Steve estaba recostado en la cama con la cabeza apoyada en el brazo, admiraba el perfil afilado de Natasha, quien se recostaba contra su estómago y le devolvía una sonrisa tímida muy poco propia de ella, ambos envueltos en pijamas de lana ya que la noche anterior había sido fría, la más fría que hubiese pasado Steve bajo techo. Por un momento se permitió creer que, si él hubiese nacido en esa época y nunca hubiese sido el legendario Capitán América, y que, si ella no hubiese sido una espía rusa y doble espía norteamericana, ellos podrían haberse conocido como dos civiles que se topan por casualidad, pero terminan siendo el destino del otro.
Sonrió ampliamente apartando un mechón de cabello del rostro de Natasha y disfrutó escuchar la risa tímida de su pelirroja ante este simple acto. La observó detenidamente, cómo ella abría los ojos y le dedicaba una mirada cargada de curiosidad por aquel gesto. Un mes juntos en Rusia. Un mes le había tomado a Steve acostumbrarse a la idea de que tenía permiso y completa libertad para iniciar un contacto físico cariñoso con la pelirroja que ahora reposaba a su lado, un mes completo para terminar de comprender que ella decía la verdad cada vez que se llamaba suya y le llamaba "mío" mirándolo a los ojos, un mes de tenerla desnuda sobre su cuerpo cada mañana y esperar a que se le terminara el sueño ahora que él despertaba primero.
Un mes largo y fugaz al mismo tiempo.
— ¿Qué pasa? —Inquirió ella sonriente mientras Steve recorría un trayecto de la punta de su nariz hasta su frente y terminaba por enterrar su mano entre los rizos de la pelirroja. — ¿Taciturno?
—Somnoliento. Hoy no quiero salir de la cama. —Admitió admirando a su novia girar sobre sí misma para recargar su peso en los codos. Por primera vez se permitió abiertamente deslizar su mirada por toda la espalda de su chica, recorrer y comerse con los ojos todas y cada una de las curvaturas que la constituían hasta terminar por su curva favorita. Una sonrisa tímida enmarcada por el sonrojo que sólo él podía provocar en ella. Era gracioso escucharlo, tenía el acento muy marcado, ya no sonaba norteamericano cuando hablaba inglés, pero tampoco sonaba ruso hablando en ese idioma. El primer día libre de Natasha y de Steve al mismo tiempo, dado que había terminado por fin su curso en línea.
—Hay que quedarnos en cama, entonces. —Murmuró recorriéndose en la cama hasta apresar el pecho de Steve en un abrazo y acurrucarse en el hueco de su cuello, suspirando y haciéndole cosquillas con la nariz.
4 Flores
Sajonia-Weimar: He estado leyendo mucho sobre Irkutsk desde tu sugerencia y me enamoré de esa ciudad, realmente me parece un buen lugar para instalarse y ya vi lo del lago Baikal, me gusta, voy a estructurar algo así. Gracias por las sugerencias, estaré encantada de seguir leyendo más de tus comentarios y si tienes algún otro comentario o sugerencia, estaré encantada de leerla.
Chicas de #TeamRomanogers! Gracias por tanto apoyo y ya me estoy poniendo al corriente con sus historias, me tienen colgada de un hilo, con cariño para ustedes éste capítulo!
Junio... ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin que ninguno de los dos se percatara? Porque ellos habían estado tan encerrados en su burbuja que a duras penas se habían percatado de cómo había ido subiendo el calor. Si bien, estar tan cerca de Siberia podía ser contraproducente gracias a los climas gélidos a los que podrían enfrentarse, Irkutsk era cálido en el verano, muy cálido ahora que ambos se habían vuelto a acostumbrar a los vientos helados y nevadas rusas. Aquel día el clima prometía alcanzar la máxima de veintisiete grados, Steve agradecía haber amanecido casi a veinte, estaba todo sudado y se andaba descalzo por la casa, defendiéndose sólo con una camiseta de manga corta y sus bóxers de licra. Sonrió cuando sintió los pasos felinos y discretos de Natasha que entraba a la habitación. Aunque ella fuese casi un gato, él había aprendido a escuchar sus pasos cautos.
Steve se había adueñado de la cocina, Natasha lo observaba divertida, sentada en lo alto de su banquito desde la barra, disfrutando cómo el capitán se paseaba de aquí allá, buscando sazonadores e ingredientes para preparar un desayuno "decente" una vez al año. No era que no adorase la comida rusa. Bueno, no, no le gustaba del todo. Pero cuando era Nat quien cocinaba, entonces sí que amaba la comida. Pero preparar el desayuno, la comida y la cena al menos una vez al mes era parte del trato, porque aunque fuese a adoptar a Sasha, tenía derecho a consentir a Steve de vez en cuando. Aquel juego de palabras era gracioso para ambos y se había convertido en un chiste personal que flotaba entre ellos cada que hablaban de uno o de otro.
Steve había confrontado a Natasha. Ella al menos había podido conservar su segundo nombre, y cuando la ex agente había admitido que jamás había usado Alianova como un alias, Steve no se quedó conforme del todo, pero ya no apeló.
Puso el plato de pancakes frente a Natasha y sonrió al ver la expresión de sorpresa de la pelirroja cuando ella contó más de doce en la torre.
— ¿Y esto?
—Me gustan. —Murmuró sonrojado antes de poner un par de platos frente a ella, cada uno con dos huevos estrellados, un par de tiras de tocino y pan tostado. Sonrió sirviéndose tres pancakes en su propio plato y sentándose al lado de la pelirroja, quien sonreía fascinada ante el menú que su novio le ofrecía después de haberse metido el primer bocado. —Mucho. —Añadió con la boca llena.
Natasha soltó una carcajada ante el gesto infantil del capitán y se dispuso a servirse un vaso de leche y untar de cajeta casera su propia torre de pancakes. Sonrió ampliamente cuando vio a Steve cerrar los ojos para disfrutar un poco más el sabor en su boca, y se permitió disfrutar ver al hombre que había puesto su mundo de cabeza.
Porque eso había hecho Steve Rogers, poner su mundo patas arriba y la había obligado, sin darse cuenta, a replantearse un millar de convicciones.
Recordaba una noche en la torre de los vengadores, era el primer día que ella estaba en el complejo y se dignaba a dormir en su habitación. Aunque sus cosas estaban ahí desde meses atrás ella rara vez pasaba una noche en el lugar.
Y ahora recordaba por qué no lo hacía. Tenía pesadillas.
Recordaba cómo había sentido los brazos de Steve cerrarse en torno a su cuerpo cuando por fin había podido despertarla de sus malos sueños, recordaba al capitán llenando su bañera con agua templada y ofreciéndole privacidad, recordaba cómo ella misma se había metido a la bañera con todo y pijama pidiendo, suplicando, a su líder de equipo que se quedara con ella. Y recordaba cómo ella se había hecho bolita en un rincón de la bañera mientras Steve se sentaba en el suelo a su lado, prometiendo que todo iría bien.
Sonrió cuando se percató de que el capitán leía el periódico.
Hacía tiempo que había adquirido esa costumbre. Se preguntó si buscaría noticias de los otros Vengadores y una vocecita en su cabeza le repetía una y otra vez que sí, se trataba de eso. Él la había ayudado a superar los horrores de su pasado y le había ayudado a entender que nada podía cambiar lo que ya había sido hecho, pero que ella podría día con día construir un presente más bondadoso y prometedor.
¿Por qué demonios ella no podía hacer lo mismo con él?
Suspiró hastiada retirando su plato y yendo a su habitación. Cuando él leía el periódico pocas cosas podían sacarlo de su ensimismamiento.
Sonrió con picardía ante una idea que atravesó su mente de lado a lado como un rayo, se vistió para salir y tomó su sujetador de encaje negro. Steve amaba el encaje negro.
El capitán levantó la vista con el rostro rojo cuando vio el sujetador de Natasha aterrizar sobre su periódico, y la fulminó con la mirada al percatarse de que la chica estaba vestida para salir.
— ¿A qué debo tanto entusiasmo? —Espetó molesto.
—Vístete. —Ordenó con una sonrisa radiante y coqueta. Amaba verla coquetear.
— ¿Para qué ocasión?
—Vístete. —Repitió pasando sus brazos sobre los hombros del rubio para aferrarse a su pecho antes de besar su mejilla y añadir. —Por favor.
Lo soltó dirigiéndose a la entrada y sonrió al verlo levantarse, aún con el periódico en la mano.
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(Supermarket flowers – Ed Sheeran, sé que tal vez no tiene nada que ver la letra, pero escuchaba esa cancion cuando escribí esto)
Ellos nunca habían tenido una cita.
Steve no se había percatado de aquel hecho. Se había convertido en un ritual para él salir por las mañanas de algunos días a hacer las compras de la semana, claro, siempre después de correr un rato y sólo si Natasha ya se había ido a la academia, mientras ella permaneciera en caso, él la seguía como un perro faldero por todo el departamento, arrancándole besos y suspiros; cuando por fin se había hartado de no hacer nada, había conseguido un trabajo (si podía llamarlo así) como profesor en una escuela cercan al departamento, donde enseñaba inglés a estudiantes de catorce a dieciocho años desde las diez de la mañana y hasta las tres de la tarde.
Sasha Nóvikov había vivido en "el extranjero" durante cinco años, en Brooklyn y ahí había logrado perfeccionar su acento norteamericano. O al menos esa era la versión oficial cuando hablaban con alguien en la calle y preguntaba por qué el acento no se le notaba casi en el inglés, pero sí mucho en el ruso.
Steve sonrió con ganas cuando Natasha entrelazó sus dedos con los de él antes de correr hacia el tianguis de frutas que se había instalado a media plaza. Ella amaba comprar manzanas desde que se había dado cuenta de que le gustaban tanto a Steve, y aprovechaba cada vez que veía frutas frescas para sorprender al capitán.
Ella lo soltó y se enfrascó en una conversación con la anciana que vendía las frutas, su chica hacía preguntas a cada minuto, así que él aprovechó ese momento para escabullirse y echar un vistazo a su alrededor.
Miró a la gente, paseando entre los puestos, muchos de ellos turistas de todos lados del mundo, gente ajena a todos los horrores que podían enfrentar ahora que "el mundo" ya no se limitaba al planeta tierra. Suspiró horrorizado de pensar en los Vengadores. Había algo flotando en el ambiente que lo obligaba a recordarlos una y otra, y otra vez. No estaba del todo seguro de si se debería a la culpa, a la tristeza o a la descepción que sentía de sí mismo tras haberlos traicionado a todos sólo por seguir sus convicciones.
¡Por Dios, Rogers!
Suspiró pensando en todas las veces que le había dicho a Natasha que su pasado era sólo eso, pasado, y que el resto de la vida se limitaba a qué estaba haciendo en ese momento para poder hacer un mundo mejor. Cuando se enlistó en el ejército, décadas atrás, creía que con la misericordia de Dios y el amor por la patria, podría salir airoso de cualquier problema que se le presentara enfrente; ahora se preguntaba si merecía la misericordia divina. Ya no tenía una patria a la que volver o a la que defender.
Suspiró profundo recordando una de sus primeras conversaciones con Natasha luego de que la encontrase de nuevo. Tendrían al menos cinco días viviendo juntos. La espía trazaba figuras etéreas en el pecho de Steve mientras él jugaba distraídamente con sus caireles rojos.
—No merezco ésta paz. —Había murmurado antes de levantarse y sentarse en el borde de la cama, con las sábanas enredadas en el cuerpo y el corazón quebrantado. Si antes se había sentido fuera de lugar, ahora sabía que el mundo lo echaría fuera si alguna vez volvía a encontrarse en casa. Las manos de Natasha lo sacaron de sus pensamientos. La mujer se había acercado casi sin hacer ruido y ahora tenía las piernas enroscadas en torno a la cintura de Steve y apresaba su pecho con fuerzas, recargando una mejilla en su hombro para mostrarle una sonrisa.
—Tampoco yo. —Admitió con una sonrisa digna del gato de Cheshire. —Y aquí estamos.
—Nat, ¿Cómo puedes estar cerca de mí sabiendo todo lo que hice para llegar a este punto? Por mi culpa los Vengadores se separaron, Rhodes está en quién sabe qué estado, Tony tiene crisis de ansiedad, Wanda y Visión pelearon frente a frente, y tú te estás escondiendo del mundo, te arrebaté otro hogar. —Murmuró al final como si aquel fuera el pecado más grave de todos los que cargaba en su lista.
Natasha soltó una risa por lo bajo, como si acabara de escuchar una incoherencia. Suspiró antes de soltar a Steve y obligarlo a recostarse en la cama. Se sentó a horcajadas sobre él, consiguiendo que se sonrojara hasta las orejas. Después de cinco días seguía sin acostumbrarse a la desnudez de la espía, quien había permitido que sus cabellos ocultaran sus senos, sin saber que la chica consideraba seriamente descubrirse por completo sólo por ponerlo más nervioso.
Optó por no hacerlo, se recargó en el pecho de Steve y cerró los ojos tomándole las manos para obligarlo a abrazarla.
— ¿Qué hay de mí? —Steve la miró confundido, como si aquellas palabras no tuvieran sentido en ningún sentido. —Yo soy la ex espía soviética que dedicó la mitad de su vida a cometer actos infames en el nombre de su patria, asesinatos silentes y golpes de estado tan brutales que me pondrían tras las rejas el resto de mi vida, en una celda pequeña, fría donde nunca diera el sol. Yo soy el monstruo sin sentimientos que se esconde bajo la cama y tú, Steve Rogers, el legendario Capitán América, fidelidad y valores, vino a ver a la niña asustada oculta detrás del catsuit negro y las armas de precisión.
Natasha por fin se había convencido de dejar el pasado atrás y ahora el capitán en persona, que había luchado con todas sus fuerzas para convencerla de aquello, no podía con su propio pasado. Suspiró pensando en que tal vez, Sólo tal vez, un día podría dejar el pasado atrás y ser feliz.
Podía estar en su burbuja de felicidad de vez en cuando, permitir que Rusia lo adoptara y lo tratara como a un hijo, y hacer un hogar con Natasha en aquel lugar, un refugio seguro para Steve y Natasha, y él podía seguir dándole vida a Sasha sin problemas, siempre y cuando Alianova estuviese dispuesta a sostener su mano.
Natasha se percató de que Steve no estaba a su lado, miró a su alrededor un momento y abrió los ojos pasmada al localizarlo, sosteniendo un ramo de flores que casi ocultaba su pecho por completo. El rubio le dedicaba una sonrisa mostrando todos los dientes. Natasha se enderezó y sonrió observando con detalle al capitán, alto, rubio, fornido (no había pasado un solo día sin que él hiciera su rutina ya que había adecuado una de las habitaciones vacías como un mini gimnasio personal), con la barba bien cuidada pero larga, ocultando la mitad de su rostro para darle a Sasha un detalle personal.
Natasha amaba sus ojos, amaba la manera en la que Steve sonreía aun cuando ocultaba la sonrisa de su boca, porque aquellos ojos infinitamente claros no podían mentirle a la espía. Las flores no eran sólo un regalo, eran una disculpa. Sonrió acercándose a recibir las flores, percatándose de que otras parejas que habían estado paseando en el mercado les dedicaban miradas de asombro al percatarse del tamaño del ramo.
— ¿Es una disculpa, Rogers? —Murmuró mirando las flores.
—Eh, yo…
Natasha tomó el ramo y hundió su nariz entre las flores y aspiró profundo. Sí, era una disculpa, y Natasha sabía perfectamente que era una disculpa por los últimos quince días en los que él había estado distante y distraído, con la cabeza puesta (seguramente) en los estados unidos, en el complejo de los Vengadores. Suspiró.
—Era una broma, Sasha.
Steve sonrió asintiendo con la cabeza.
— ¿Te gustan?
¿Gustarle?
Natasha amaba las flores.
Y las amaba porque siempre que le regalaban flores tras las presentaciones de ballet, amaba las flores porque le recordaban que ella había sido la mejor bailarina de su academia, amaba las flores porque tenían que ver con su vida en el ballet y no tenían nada que ver con su vida de espía. Ahora también tenían que ver con su vida con Steve.
Aquella era su primera cita.
Era la primera vez que le regalaba flores.
Era la primera vez que ambos se permitían caminar sin mirar sobre su hombro, sintiendo la zozobra de estar siendo perseguidos.
Flores.
Aquel día sólo podía ser perfecto.
.
En la noche, cuando por fin habían vuelto a casa, Natasha se había demorado un poco en la entrada del edificio, recogiendo la correspondencia, Steve se había adelantado para poner las flores en agua y comenzar a preparar la cena. La pelirroja entró al ascensor distraída, revisando los remitentes de los sobres. Cuentas, peticiones para la profesora Alianova, una invitación a Moscú que ella rechazaría con una sonrisa y la excusa perfecta.
El último sobre la tomó por sorpresa.
Un sobre blanco, sin remitente, sin notas encima, ni siquiera estaba cerrado. Alguna vez alguien le había entregado una nota así después de su última presentación como Giselle, pero ahora no estaba bailando. Abrió el sobre antes de salir del ascensor y se congeló con la mano en el pomo de su puerta.
Una línea nada más.
Sabemos quién eres en realidad y nos pondremos en contacto.
