Holaaaaa!
como prometi otro capítulo
espero que les guste y dejen comentarios! que me encanta leerlos
-dialogos-
"pensamientos de los personajes"
xxxx cambios de escenaxxxxx
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Esclava del Amor
Capítulo 4
-Me atrevo a decir que eso humedeció un poco su ardor.-
-Gracias a Dios que estaba disfrazada -señaló Kagome con fervor.
Al doblar por la calle North Audley hacia Grosvenor Square, un carruaje negro se les adelantó y se detuvo junto a ellas. Se abrió la puerta y una mano fuerte levantó a Kagome de la calle y la depositó contra los cojines de terciopelo del interior en penumbra. Kagome gritó.
-No te alarmes. Ya nos conocemos, y me atrevo a decir que antes de que termine la noche estaremos en términos aún más íntimos.-
Kagome reconoció la voz, lo cual no hizo mas que aumentar su miedo.
-¿Cómo se atreve a abordarme? ¿Qué diablos quiere?
-Simplemente quiero disfrutar de lo que pagué, cherie.–Hizo una pausa y continuó arrastrando las palabras-. Y quizás una disculpa por lo del champaña
-¿Que me disculpe yo? -replicó Kagome, escandalizada-. ¡Usted es el que debe disculparse, por tocarme la pierna!
-Perdón por haberte tocado la pierna. Habría preferido mucho más acariciarte los pechos.-
Kagome soltó una exhalación. No sólo le temía a él; también comenzaba a tener miedo de sí misma y de su reacción ante aquel hombre peligroso. Sentía una atracción magnética hacia él, aunque sabía que debía rechazarlo a toda costa. En ese momento advirtió que el carruaje se movía.
-¿Adónde me lleva?-
-A mi casa en la ciudad. No queda lejos.-
-¡Señor, no puede! Me confunde con una... una prostituta. En realidad soy una dama disfrazada -confesó Kagome.
Él rió. El sonido era intenso, oscuro y envolvente. -No lo creo-
-¿Por qué lo dice? El conde tomó un fósforo y encendió uno de los faroles del carruaje. La mitad de su cara quedaba en penumbra, pero la de ella fue bañada por la luz de la lámpara.
-Por cierto que eres tan adorable como una dama, y tu hablar es muy culto, pero te traicionaste al ir acompañada de Allegra. Ella dirige una de las academias de equitación más finas de Londres. Provee de monturas a la mitad de la aristocracia.-
Por un momento Kagome se preguntó de qué estaba hablando aquel sujeto, pero cuando cayó en la cuenta de que él se refería a que Allegra era una madama, se ruborizó hasta la raíz de los cabellos. El conde notó el color que le subía por las mejillas y necesitó ver la belleza que apenas había vislumbrado bajo el antifaz. Sin embargo, el carruaje se aproximaba a la calle Jermyn, de modo que decidió permitirle que mantuviera la máscara puesta hasta que se hallaran a salvo en el interior de la casa.
Cuando él le ofreció una mano para ayudarla a apearse, ella replicó, indignada:
-¡No puedo entrar en su casa!-
-Ah, por fin comienza a aclarar. Sabes quién soy, y que estoy dispuesto a obtener el precio más alto posible-
-¡No! Es decir, sí, sé quién es usted.-
Una sonrisa cínica curvó los labios del hombre.-Entonces sube mientras negociamos.-
Una ola de ira invadió a Kagome. Jamás en su vida se había topado con un individuo tan arrogante. Necesitaba que le pusieran freno, y ella se proponía hacerlo. Se apresuró a urdir un plan. Como una diosa, Kagome tendió una mano y aceptó que el conde la ayudara a descender. Él abrió la puerta y despidió con un gesto al mayordomo, que se desvaneció entre las sombras al ver que el conde no se hallaba solo.
El noble señaló las escaleras, y Kagome subió al primer piso como si ascendiera al Olimpo, permitiendo que su secuestrador, que iba detrás, le admirara las piernas bien torneadas. Mientras el conde encendía las lámparas de la magnífica sala de estar, Kagome se paseaba con lentitud evaluando la decoración con ojos críticos. Miró de reojo los tapices, los sillones cuero, los cuadros de Van Dyke, y declaró:
-Muy masculino.-
-Eso espero -contestó él en tono divertido.
Se dirigió hacia una mesa de vinos estilo Sheraton y llenó dos copas.
-Qué osado es usted -comentó ella, mirando el vino.
-Apuesto a que no me lo tirarás otra vez a la cara. -Ya no podía ocultar su diversión ni su expectativa.
-Puede perder la apuesta -advirtió Kagome.
Bebió un sorbo mientras observaba al conde por encima del borde de la copa y dijo
-Con que así es como se hace. -Bajó la mirada-. Bien, ya puede comenzar con la negociación.
Él levantó una ceja oscura. -¿Estás segura de que ésta es tu primera vez?
-¿La primera vez que se me declaran, o la primera vez que considero la idea de aceptar un amante? –
Kagome se asombraba de su propio atrevimiento, pero la guiaba su diablo interior. El conde vio que debajo del antifaz los ojos de la joven brillaban, y supo lo mucho que ella estaba disfrutando de la situación. Se endureció como mármol al imaginar el placer que ella le proporcionaría en la cama. Casi sentía aquellas piernas largas deslizándose por su espalda.
-Te pagaré las cuentas de la modista y una criada -ofreció.
Kagome dejó la copa de vino sobre la mesa.
-Está perdiendo tanto su tiempo como el mío.-
El conde tomó la copa y se la devolvió.-Te alquilaré un pied-à-terre, y tendrás tu propio carruaje –agregó él como incentivo.
Kagome se humedeció los labios con la lengua. Hardwick sintió que le latía el miembro.
-Su oferta... -Kagome hizo una pausa dramática-. Es ofensiva.-
Los ojos del conde ya no mostraban mera diversión, sino intenso deseo.
-Juegas muy bien, pequeña diosa. Estoy dispuesto a comprarte una casa... si me complaces en todos los aspectos.-
Kagome pasó la punta de un dedo por el borde de la copa.
-¿Acaso acaba de decir carte blanche, señor? -Casi se dejaba llevar por una deliciosa sensación de poder.
-¡Maldición! ¡Vaya que me lo haces difícil! -La miró unos minutos con expresión sombría mientras su mente discutía con su ó el cuerpo.
-Que sea carte blanche -accedió con una mirada triunfadora Kagome volcó el vino en un florero con lilas.
-Me temo que no habrá carte blanche-
-¿Qué diablos quieres decir?-
-Quiero decir "no". Mi respuesta es "no".-
-¿Por qué? -inquirió él.
Kagome lo miró de arriba abajo.-Porque usted es demasiado arrogante, demasiado engreído y muy, muy viejo para mí, lord Bath.
Sesshomaru Hardwick, conde de Bath, quedó atónito.
-No se moleste en mostrarme la salida. Conozco muy bien el camino a la calle.-
Sin darse cuenta, Hardwick hizo pedazos la copa que sostenía en la mano.
Lady Kagome encontró su carruaje, que la esperaba en Grosvenor Square. Golpeó a la puerta y pasaron algunos minutos hasta que salió James, desgreñado. Una vez dentro, Kagome se quitó la capa. Estaba sin aliento después del delicioso íntimo encuentro que acababa de tener con el viril conde. Cuando él le mostró a todas luces que la deseaba, ella se sintió inundada de un placer perverso.
–¡Rápido! Ayúdame a quitarme el traje -pidió a Biddy –¿Cómo haré para volver a ponerme el condenado corsé en este espacio tan reducido?-
-Es un poco complicado, pero se puede lograr. Confíe en mí, señora - contestó Biddy con amabilidad.
A la mañana siguiente, temprano, Kagome se bañó y se lavó el pelo, asegurándose de que no quedara en ella ni el menor rastro de maquillaje.
Kikyo, con una taza de chocolate en la mano, la miraba consternada.
-¡Te lavaste el cabello! Qué molesto. Apresúrate a secártelo. Acepté una invitación para que vayas a pasear por Hyde Park esta tarde-
-¿Con quién? -preguntó Kagome, molesta por el control que siempre ejercía su tía sobre ella.
-Con Bankotsu Hardwick, por supuesto. Ha sido muy puntilloso en sus visitas. Debo decir que sus modales son impecables. Tal como debe ser.-
En cierto modo, Kagome se apaciguó al oír el nombre. Decidió que el hogar de la biblioteca sería ideal para secarse el cabello. Mientras paseaba impaciente frente a las llamas crepitantes, sus ojos recorrieron los títulos de los volúmenes encuadernados en cuero, en busca de algo que la transportara a otro lugar y época. Eligió un libro sobre la leyenda del rey Arturo y se acurrucó a leer ante el fuego en un espacioso sillón de orejas. Como siempre, su imaginación emprendió vuelo y la transportó hacia donde las brumas remolineantes revelaban ese paraíso terrenal que se llama Avalon.
Perdió la noción del tiempo y de pronto se dio cuenta de que ya no estaba sola. Levantó la vista con desgana por encima del libro y espió por el borde superior del sillón. De inmediato, escondió la cabeza como una tortuga que se refugia en su caparazón; su mente estaba inmersa en un absoluto caos. Salvo por el crepitar del fuego, reinaba el silencio. Kagome levantó la cabeza para comprobar que su imaginación no la engañaba. ¡Y vio directamente frente así un par de orbes doradas! Los ojos se abrieron un poco debido a la sorpresa y brillaron de animosidad.
-Kagome descubierta -se burló él.
-¿Cómo me encontró? -preguntó Kagome, escandalizada.
-Te aseguro que no estaba buscándote. El destino halla un perverso placer en arrojarte en mi camino.-
-¿Qué hace aquí? -insistió ella; cerró el libro de un golpe y avanzó agresiva hacia él.
-No creo que sea de tu incumbencia, pero he venido a evaluar la posibilidad de comprar una biblioteca.-
Aquellas palabras hicieron que Kagome se detuviera.
-No se tratará de esta biblioteca, supongo.-
-Sí, de esta biblioteca, -La voz profunda del hombre recalcó las palabras, mostrando con claridad su irritación.
-¡Imposible! Esta biblioteca no está en venta. Le han informado mal, lord Bath.-
Al conde le irritó que la muchacha conociera su identidad mientras que él ignoraba la de ella.
-¿Quién diablos crees que eres?-
-Soy lady Kagome Higurashi, la dueña de esta biblioteca-
-Hola, Kagome -saludó Onigumo al entrar en el cuarto forrado de libros -No tenia ni idea de que estuvieras aquí, querida. Lamento molestarte.
-Estoy más que molesta, Onigumo. Este... caballero tiene la errónea idea de que deseo vender mi biblioteca.-
-Yo había entendido que la biblioteca era de usted, Higurashi, y que la vendía -explicó lord Bath con brusquedad.
-Entonces entendió mal, señor -replicó Kagome -La colección de mi difunto padre no tiene precio, al menos para mí, y no está en venta.-
La joven miró furiosa, desafiando a que se vengara informando a Onigumo sobre el episodio de la noche anterior. El conde no tenía esa intención tan mezquina, y le habló como a una igual.
-Tienes mucha razón en cuanto al valor de esta biblioteca. Comprendo perfectamente tu negativa a deshacerte de ella. Yo creía que Higurashi tenía derecho legal a disponer de esta colección.- Su voz sonaba ahora suave y serena, pero traicionaba un gran pesar.
-Sí que tengo derecho legal a disponer de la biblioteca –afirmó Onigumo- Soy el ejecutor del testamento de mi difunto hermano, así como el asesor financiero y tutor legal de mi sobrina hasta que cumpla la mayoría de edad. Era el deseo de mi hermano que yo guiara a lady Kagome en todo sentido –
-¿Cómo puedes siquiera pensar en vender los libros de papá? -reclamó Kagome con pasión-. He crecido rodeada de ellos; forman parte de mi vida. ¡Deshacerme de estos libros sería como cortarme un brazo!
-Basta de historias, Kagome. Es muy descortés de tu parte discutir temas familiares ante el señor.-Onigumo estaba sorprendido, pues Kagome nunca lo había desafiado.
-¡No permita el Cielo que alguien actúe con descortesía ante el conde! -La joven todavía sentía el calor de la mano descortés de lord Bath deslizándose por su pierna.
-¡Retírate! -gritó Onigumo, pálido.
Con las mejillas enrojecidas, Kagome levantó el mentón, apartó sus faldas como si fueran a contaminarse al contacto con ambos hombres, y se marchó con la altivez de una reina. O de una diosa, pensó Bath. Al entrar en el comedor, Kagome esperaba que Onigumo y Kikyo la reprendieran por el desconcertante despliegue de malos modales. Se preparó para hacerles frente. No obstante, Onigumo brillaba por su ausencia y Kikyo tenía los labios apretados en una mueca en apariencia de dolor.
De inmediato Kagome se compadeció de ella.
-¿Te duele la cadera, Kikyo? -Entre otras cosas -respondió la tía en tono acusador.
"Que el maldito conde de Bath se vaya al infierno", pensó la joven. Cada vez que se encontraban saltaban chispas entre ambos, encendiendo emociones que amenazaban con consumirlos. Si la noche anterior él no la hubiera tratado como a una ramera, no habría ocurrido nada. Aunque Kagome jamás habría permitido que Onigumo le vendiera la biblioteca de su padre, al menos habría hablado al conde de manera civilizada. Kikyo se negaba a conversar. Tenía el rostro tenso de un dolor que había decidido sufrir en silencio. Para Kagome el almuerzo se echó a perder, de modo que se excusó con objeto de ir a cambiarse para el paseo de la tarde por el parque. No sabía si deseaba ir en realidad, pero la compañía de Bankotsu Hardwick sería una distracción bienvenida. Mientras descendía las escaleras con el vestido de tarde, que era de un delicado tono verde, y un parasol de color pistacho a juego, Kikyo la interrogó:
-¿Adónde vas, Kagome?-
-A pasear por el parque con Bankotsu Hardwick. Tú aceptaste la invitación por mí.-
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chan chan
besoss!
