No eran nadie, no significaban nada
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"¿Pensaron alguna vez que si no fuera por todos, todos seríamos nada?"
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Había llegado el día ansiado por todo el cuerpo estudiantil de Londres. El examen de admisión se llevaría a cabo aquella mañana. Todos los jóvenes se dirigían a sus diversas facultades para presentar sus respectivos exámenes para la carrera seleccionada.
Era de esperarse que la facultad de medicina fuera la más concurrida aquella mañana. Era del conocimiento de todos que solo unos cuantos lograban entrar, por lo que el estrés era más evidente en aquel lugar.
Cada aspirante lo tomaba diferente. Edmund fue de los primeros en llegar, se sentía más que preparado para presentar el examen, sabía que sus probabilidades de quedarse eran pocas al ver toda la cantidad de jóvenes postulados y por un breve instante pensaba en que la idea de Peter hubiera sido más viable. Al tener el examen en sus manos le dio una ojeada rápida, al instante desechó la idea de su hermano, ese test sería pan comido.
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A la semana siguiente, los resultados del examen fueron publicados en la página de internet de la universidad. En la letra "M", el nombre de Draco Malfoy aparecía. No estaba sorprendido, sinceramente su padre había dado un buen apoyo económico a la institución para asegurarse del ingreso de su hijo sin presentar examen.
Esperaba con todo el corazón ingresar ya a la universidad. Pasar todo el día encerrado en su casa no le hacía nada bien. Necesitaba salir de ahí.
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El mes de agosto llegó, y con ello el inicio de clases en la universidad. Se sentía extasiado por su logro, emoción que no parecía compartir Peter. Todo el mes había vivido en el hospital haciendo su último año de prácticas, y cuando llegaba a casa, se iba a su estudio y todos sabían que su mayor pasatiempo era tomar un vaso de whiskey sin falta cada noche.
Desde que su madre falleció, algo había cambiado en su hermano.
Trataba de no pensar mucho en él, si Peter quería castigarse en alcohol, que lo hiciera. Tal vez era algo que necesitaba, tocar fondo. Edmund nunca entendió ese afán de recurrir al alcohol cuando se estaba en situaciones difíciles. Los hermanos Pevensie habían resultado ser más distintos el uno del otro.
Prefería no pensar más en ese tétrico hermano suyo por lo que se decidió a tomar las llaves de su camioneta para dirigirse a su adorada institución.
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En el estacionamiento privado, Draco Malfoy bajaba de su lujoso auto. Poder estacionarse en aquel espacio no era algo que cualquier estudiante podía hacer. Sólo si eras perteneciente a la familia fundadora de la institución, o bien, ser hijo de un magnate que lo único que sabía hacer mejor era sobornar. Su padre le había conseguido aquel cómodo estacionamiento y él no dudó en aprovecharlo, quería que Lucius pagará un poco por todo lo que le había ocasionado. Aunque sabía que no se comparaba el daño que intentaba hacerle a Lucius, al que él le había hecho.
Llegó al salón que le correspondía más temprano que los demás debido a que su lugar de estacionamiento estaba más cerca que el público.
Quiso sentarse hasta atrás. Las mesas eran para dos personas. Poco a poco llegaron sus compañeros, hubo uno que llegó casi al final, todos los asientos estaban llenos menos el que estaba en su mesa. El chico se acercó a él.
—¿Puedo tomar asiento?— le preguntó señalando el asiento vacío.
—Por supuesto.
Toda la clase estuvieron en silencio, Draco prefería no hablar con nadie y al parecer su compañero de escritorio le agradaba trabajar en silencio. Fue hasta que la maestra pasó lista, y el apellido de aquel tipo lo hicieron interesarse.
—Edmund Pevensie —su compañero levantó la mano para que todos lo identificaran. Draco conocía ese apellido, por lo que se aventuró a preguntar:
—¿Pevensie? ¿De casualidad conoces a Peter Pevensie?
Edmund miró a su compañero, ahora que lo miraba bien, reconoció que lo había visto en algun lado antes.
—Es mi hermano.
—¡Mira qué pequeño es Londres! Soy Draco, tu hermano y yo solíamos ser amigos unos años atrás. Jamás pensé volverlos a encontrar.
En la secundaria, Draco y Peter habían sido los mejores amigos. No había tarde que no se juntaran en alguna de sus casas para hacer tarea o simplemente jugar toda la tarde videojuegos. Incluso salían a escondidas de sus padres a antros cada fin de semana. Draco se había conseguido unas identificaciones falsas y su aspecto mayor hacía más fácil su entrada. Juntos habían vivido las mejores travesuras. Fue hasta que Peter se graduó de la secundaria para entrar al instituto y fue ahí cuando verse comenzó a complicarse, hasta que ya no pudieron hacerlo más. Después Draco conoció a Hermione y su alocada vida había quedado en el pasado.
—Creí que te habías mudado o algo, de pronto ya no apareciste en casa —comentaba Edmund.
—Jamás salí de Londres, pero fuí a un instituto diferente al que fue Peter. Dime cómo está él, de seguro ya casi es médico.
—Eso se cree él. Se le ha subido a la cabeza que pronto se convertirá en titular. Se ha vuelto tan odioso —relataba Edmund ante la mirada extraña de Draco.
—¿Seguro que hablamos del mismo Peter?
—¡Cien por ciento! Ahora está más distinto que nunca.
Tuvieron que callar su plática ya que la maestra siguió con la clase cuando hubo terminado de pasar lista. Ahora ya no se sentían tan extraños. Al terminar todas las clases del día, Draco le preguntó a Edmund si aún vivían en el mismo lugar; quería ir a ver a Peter.
Edmund optó por darle el número de celular de Peter. Por como andaba de humor su hermano últimamente no sabía si recibir visitas sería algo que quisiera.
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Un golpe se escuchó en la habitación de Hermione. Siempre a esa hora de la mañana los gemelos acudían a almorzar con ella para hacerle compañía.
—¡Oigan! — gritó la señora Weasley—. Éste no es lugar para traer sus artículos de broma. Recuerden que si Hermione se altera, algo podría salir mal —miró a la castaña que sonreía desde su cama. Molly no compartía la diversión por la que estaba pasando Hermione, el estar tantos días en aquella cama, recibir a los gemelos era una grata bendición.
—Tranquila, señora Weasley. Me hacía falta reír —dijo aún con la sonrisa en los labios.
—¿Ves, mamá? —musitó Fred—. Ya van dos meses que está aquí encerrada. Nosotros venimos a alegrar su día —miró a Hermione y le guiñó un ojo.
—Pero no hagan tanto ruido o vendrán a correrlos.
—Mamá, la diversión no puede ser silenciosa —comentó George.
—¡Pero esto es un hospital no un circo! Contrólense o tendré que correrlos yo misma —ambos asintieron, pero al mirar a Hermione, negaron con la cabeza a lo cual soltó una carcajada. La señora Weasley salió por unos cafés intentando ignorar que sus hijos no pensaban hacerle nada de caso.
Adoraba esos momentos.
Pasaron unos minutos en los que Fred le informaba a Hermione de su nuevo invento, al parecer una bomba apestosa se consideraba un artículo de broma, claro que ella no opinaba lo mismo. Planeaba objetarle al gemelo su idea cuando se vio interrumpida por una pelirroja que entraba a la habitación deprisa.
Todos notaron que Ginny entraba enojada, se sentó en uno de los sillones de la habitación, se mantenía cruzada de brazos.
—¿Ginny, qué sucede? —le preguntó Hermione al verla tan enojada. Ginny no contestó. Primero miró a sus hermanos, ellos entendieron la indirecta, así que tomaron sus artículos y salieron rápidamente, despidiéndose de Hermione con un gesto con la mano—. ¿Y bien?
—No sé qué está pasando —dijo simplemente.
—¿De qué hablas? —preguntó sin entender.
—Yo pensaba que por nuestro segundo aniversario, él estaría preparado para dar el siguiente paso en la relación. ¡Pero no! Simplemente planeó una noche romántica y ya. —la pelirroja indudablemente seguía enojada.
—¡Por Dios, Ginny! —resopló Hermione—. Sabes que a Harry le avergüenzan este tipo de cosas. Nunca estuvo en una relación formal y tal vez ni él mismo sepa cuándo debe dar el siguiente paso —trataba de tranquilizarla.
—Pero, yo se que toda mi familia espera que nos casemos. Y empiezo a dudar en que Harry haya pensado, siquiera, en matrimonio.
—Entonces, ¿quieres que te pida matrimonio para cumplir con lo que piense tu familia? Sabes que a los Weasley le importa muy poco si te casas con tu novio o no, ellos aman a Harry.
—No quiero que me pida matrimonio para complacer a mis padres. Más bien, quiero que lo haga para poder darle un nuevo giro a la relación.
—¿Estás aburrida con tu actual situación con Harry? —ciertamente, Hermione captaba todo al instante.
—Me hace falta mas —le avergonzaba pensar de esa manera, pero una ligera sensación de alivio la recorría cada que hablaba con Hermione.
—Forzosamente el matrimonio no te asegura que sea un cambio para bien. Debes estar cómoda con tu relación para pensar en casarte. ¿Por qué no intentan irse de viaje? O hacer algo juntos, algo nuevo —se quedó callada ante la idea que se le cruzó a la mente, se fijó en que la señora Weasley no estuviera cerca para preguntarle—. ¿Será acaso que lo que te falta es sexo?
Se atrevió a preguntar, a lo que Ginny soltó una carcajada.
—Creeme Hermione, en eso estoy más que satisfecha.
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Había sido una noche asombrosa.
Su segundo aniversario había sido mejor que el primero, recordaba todo lo ocurrido la noche anterior; Ginny debajo de él le causaba un ligero golpeteo en el pecho. Había sido la mejor celebración que podían haber tenido.
Se encontraba recogiendo su habitación, la cama la habían dejado totalmente deshecha, su ropa seguía regada por el suelo, las velas que había encendido para dar un toque sensual a la noche se habían consumido. Todo aquello indicaba lo bien que se la habían pasado pero para Harry eso no era suficiente.
Se sentó al borde de su cama, levantó su pantalón del suelo y de uno de los bolsillos sacó una cajita negra, la cual contenía un anillo de compromiso que planeaba darle a Ginny. Pero justo la noche anterior no se había sentido listo para dárselo.
—Es fácil decirlo y la amo —murmuró para sí mismo, mirando ese pequeño objeto. Lo abrió para observar la sortija que había dentro—. ¿Por qué no puedo pedírselo?
Se dejó caer en su cama. Cerró los ojos y sin proponérselo recordó a aquella mujer, una linda tarde junto a ella, risas y mucha comprensión. Pero ella no era nadie para impedirle proponerle matrimonio a su novia. Debía haber algo más por lo cual no pudiera decirlo. Tal vez era miedo, o simplemente tendría que aceptar que tener con Ginny un matrimonio ahora no era su más grande idea.
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Draco obtuvo una respuesta de Peter inmediatamente. Le indicó que podía ir a visitarlo cuando quisiera, por lo que esa misma tarde se encontraba entrando a la mansión de los Pevensie. Al verse ambos se fundieron en un gran abrazo, su amistad no había terminado, simplemente se habían distanciado pero sabían que aún podían contar el uno con el otro.
Peter agradeció que, justamente en aquel momento de su vida, Draco hubiera aparecido.
—Que bueno que viniste tan rápido, me sorprendió tu llamada —hablaba Peter, mientras lo conducía hasta su estudio.
—Las clases terminaron temprano el día de hoy, por lo que no dude en venir —preferible estar con su amigo que ir a su casa con su padre. El joven Pevensie sacó unos vasos para posteriormente servir un poco de licor en ellos—. ¿Desde cuándo bebes en casa?
Le preguntaba su amigo, que veía como Peter se tomaba su vaso, ofreciéndole a él el otro. Pero Draco lo rechazó.
—Desde que todo se volvió tan difícil.
Peter también se bebió todo el líquido del vaso que había llenado para Draco. Su amigo supo que algo andaba mal con su amigo, siempre había sido el más correcto de los dos. Draco solía ser un vago sin juicio cada que salían y Peter era el tipo que guardaba la compostura y no dejaba de ser un caballero en ningún momento.
—¿Qué fue lo que pasó, Peter?
Con el valor que le había dado el whisky que recién se había tomado, le contó a su amigo todo por lo que había pasado en estos últimos meses: la enfermedad de su madre, de verla empeorar cada día, su muerte y ahora, la responsabilidad de sus hermanos. Sumando también, su último año para titularse como médico.
—No debes preocuparte amigo, todo lo tienes bajo control. Tienes a los hermanos más responsables del mundo, creo que ellos serán los encargados de cuidarte a ti— mencionaba Draco mientras le sonreía a su amigo—. Eres mucho más inteligente que yo, esto —dijo señalando a las botellas de licor que Peter conservaba—, sólo hará que te bloquees más.
Sabía que lo que Draco decía era cierto, pero no se sentía tan fuerte como solía serlo antes. Extrañaba a su madre.
—¿Cuándo maduraste?
Fue lo que pudo contestarle. Ambos se sonrieron y siguieron charlando toda la tarde. Cabe recalcar, que Peter no volvió a servirse otro trago en toda la tarde.
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Llegada la tarde, Hermione se encontraba sola en su habitación: los Weasley habían partido a casa, prometiendo que esa noche sería Ron quien iría a quedarse con ella esa noche. Eran esos momentos de soledad cuando su fortaleza caía.
Su madre no había contestado el último mail que ella le había mandado, sabía que justo en esa semana tendrían una agenda muy apretada en Australia y tal vez esa era la razón por la demora de su madre en contestar. Por lo que no había insistido en mandar otro correo. Creía sentirse fuerte, pero cada que pensaba en sus padres y en lo lejos que se encontraban, volvía a deprimirse y el rostro de Draco aparecía en su mente.
Negó fuertemente para ahuyentar nuevamente al rubio de sus pensamientos. No valía nada acordarse de él. Draco Malfoy ya era nada para ella.
Pero existía un rostro que cada noche se remarcaba en su mente; el rostro de aquel médico que la había ayudado al recién llegar al hospital. No recordaba mucho de ese momento, pero si lograba recordar que hubo una persona que la miró con preocupación y prometió cuidarla a ella y a su bebé. Se sentía boba por pensar solo en ese doctor, en toda su estadía había hablado con muchas enfermeras y tenía su ginecóloga y obstetra, pero nada se comparaba con el recuerdo de esa persona. Trataba de convencerse que era un médico más, que no significaba nada que apareciera en sus sueños.
Sería nadie si sólo se quedara en un simple sueño, pero siempre el recordarle le traía un sentimiento de calma y felicidad.
Sentía que se estaba volviendo loca.
Quizás entre ellos sólo se consideraban como extraños, pero ninguno se explicaba por qué rondaban tanto en sus cabezas los recuerdos de aquellos que le dieron alivio a sus vidas con tan sólo una sonrisa, una mirada o un momento de agradable compañía.
Son solo personas, no eran nada.
