Domus
-Despojar-
No supiste qué responder, estabas sumamente nervioso. Habías firmado el contrato.
Camus guardó la hoja en la bolsa de su pantalón y continuó:
—Dos cosas: ¿ya desayunaste? —Negaste con la cabeza—. ¿Tienes comida para que desayunemos aquí? —Afirmaste igual con la cabeza—. Muy bien, entonces desayunemos. Y dos, quiero que te quites la ropa en este momento.
Parpadeaste varias veces.
—¿Por qué? —preguntaste aunque se escuchó un poco como reclamo, hacía frío, era temprano, y más importante: acababas de conocerlo ayer.
—Sin cuestionamientos —dijo.
—Pero…
Te interrumpió:
—Es una orden.
Una orden, hacía mucho tiempo, quizá desde tu infancia, que alguien no te decía esas palabras. ¿Quería que te quitaras la ropa aquí frente a él?
—Voy al baño por una bata —dijiste.
—No.
Sacaste aire de tus pulmones.
—¿Y yo qué gano con esto?
—Complacerme. No es cuestión de ganar, Milo.
—Pero…
Fuiste interrumpido de nuevo:
—Hazlo. —Su voz más enfática esta vez, aunque pudiste rastrear algo de diversión en su voz.
Abriste la boca para decir algo más, pero la cerraste al instante.
El juego había empezado.
Te levantaste del sillón y empezaste a quitarte la ropa, primero la parte de arriba hasta que tu pecho tuvo contacto con el aire frío, después te detuviste un momento, Camus te miraba atento, con los brazos cruzados sobre su pecho.
Tomaste aire, te quitaste el pantalón y después la ropa interior. La ropa se quedó en el piso.
Miraste a Camus, no podías describir su mirada: sus ojos se obscurecieron y había algo ahí muy intenso, no sabías si era deseo.
Algo en tu vientre se estremeció, te sentías vulnerable, despojado, a la merced de sus ojos azules. Pasaste saliva. Tu cuerpo empezó a endurecerse con sólo sentir su mirada sobre ti. Quisiste que él no pudiera notar la excitación que empezaba a invadirte, pero en cualquier momento iba a ser obvio.
—¿Tienes hielo? —preguntó con voz ronca, rompiendo el silencio.
—En la nevera —contestaste en confusión, no entendías a qué venía su pregunta.
Él se levantó del sillón y fue hacia tu cocina, tu departamento era chico así que la cocina se apreciaba a primera vista, no tuvo problemas en ubicarla. Escuchaste correr algo de agua, ¿estaba lavando sus manos?
Regresó con dos hielos, uno en cada mano.
—Éste es para ti. —Su mano fue hacia tus labios, así que abriste la boca y él introdujo el hielo—. Hielo.
La otra mano la llevó a su propia boca y también se comió el hielo. Se acercó a ti y empezó a dejar pequeños besos sobre tu cuello, inmediatamente sentiste lo frío de sus labios.
Estuvo un buen rato besando tu cuello, tú cerraste los ojos, sentías escalofríos por todo el cuerpo. Finalmente, él abandonó tu cuello y sentiste como subió hasta llegar a tus labios.
El beso empezó lentamente, el pedazo de hielo en tu boca ya casi estaba a la mitad. Cuando el hielo ya estaba derretido en tu boca, él intensificó el beso, haciendo que abrieras tu boca con sus labios y su lengua helada entró a tu boca, enviando explosiones de placer que llegaron hasta tu vientre.
Siguió besándote con descaro y no pudiste evitar gemir dentro del beso. Te encantaba, él, su forma de besar, estar desnudo frente a él, todo, la excitación era enorme. Si seguían así, ibas a terminar rápido…
Y de pronto, él se detuvo, dejó de besarte.
Tú estabas prácticamente jadeando.
—Es hora de desayunar —dijo y se separó un paso hacia atrás. Después caminó hacia la cocina, dejándote ahí.
Te quedaste inmóvil un instante. ¿Qué había sido todo eso?, ¿por qué dejó de besarte?, ¿por qué te dejaba así tan… necesitado?
Tardaste un poco más en poder moverte, cuando finalmente pudiste hacerlo fue porque escuchaste ruidos en la cocina.
o-x-o
Al acercarte a la cocina, él ya había sacado un sartén y tenía dos huevos en la mano.
—¿Puedo vestirme? —dijiste y tu tono sonó más enojado de lo que pretendiste.
—No te he dado ninguna instrucción de hacerlo, ¿o sí?
¿Entendía él lo frustrado que te sentías?, ¿él no había sentido nada?
—No, pero quiero vestirme.
—Aún no. Ven, es hora de desayunar. —Tu comentario pasó desapercibido, como si no hubieras dicho nada —. ¿En dónde guardas el aceite?
Suspiraste, querías que dejara los malditos huevos y te besara de nuevo. Ahora.
—¿Por qué te detuviste? —reclamaste, tu tono seco y herido.
Camus sostuvo tu mirada unos segundos antes de decir:
—Sólo voy a decírtelo esta ocasión. Estás a mi disposición. Yo sé lo que necesitas y cuándo lo necesitas y debes de confiar ciegamente en que sé lo que estoy haciendo. Me detuve porque no es el momento, quiero que confíes en mí, ya llegará el momento adecuado y vas a agradecerme la cantidad de placer que vas a sentir.
Suspiraste y miraste al piso. Confiar. Ibas a tener que confiar en él por completo. Alzaste la mirada.
—El aceite está en el gabinete superior —comentaste, cediendo por primera vez en tu vida los sentimientos que tenías, dejándolos en segundo plano, en la parte de atrás de tu cabeza. Se sentía extraño no gobernar tus propias necesidades.
Te acercaste hacia la estufa mientras él sacaba el aceite. Sacaste dos huevos más de la nevera.
Empezaron a preparar el desayuno en silencio, hasta que Camus preguntó:
—¿Tienes pan?
—Sí, en aquel gabinete. —El silencio que habían compartido te había calmado un poco, contestaste un poco más tranquilo.
—¿Y verdura?
Hiciste una mueca con la boca, no eras muy fanático de las verduras.
—Creo que no —respondiste.
Camus te miró, hizo un gruñido como de desaprobación.
—A partir de este momento, vas a comer en cada comida los tres grupos de alimentos: cereales, alimentos de origen animal y verduras. Vamos a ir de compras después de desayunar, comerás verduras diario, esta situación cambiará de inmediato.
—Qué mandón —murmuraste para ti mismo.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Te pregunté algo, contéstame. —Su tono más severo.
—Dije que eres un mandón —contestaste otra vez alterado, dioses.
Te miró intensamente y… se empezó a reír.
—Nunca nadie me había dicho eso a la cara —confesó.
—Obviamente no, eres el dueño de Gelum y el patrón de tu casa —dijiste, ya con tono juguetón también, escuchar su risa cambió por completo tu humor.
—Cierto, soy inmune —dijo.
¿Entonces no estabas en problemas?
—Por cierto, amo las bebidas de Gelum —agregaste, para suavizar la conversación.
—¿En serio?
—Sí. La de cereza es mi favorita.
Asintió con la cabeza:
—Es bueno saberlo.
Siguieron cocinando después de la pequeña charla, te sentiste aliviado que no hubiera tomado el comentario tan en serio.
o-x-o
Después de desayunar, Camus te pidió (u ordenó) que te pusieras al fin tu ropa porque iban a ir de compras. Antes de salir, te pidió que comieras otro hielo.
Salieron de tu departamento y estaba esperándolos en la acera un Camaro ZL1 color negro, jamás habías estado en presencia de un automóvil tan lujoso, ¿iban a irse en ésa belleza de compras? Tenías la boca abierta de la impresión. Por segunda vez, fuiste consciente que Camus era millonario o cerca de serlo. Trataste de actuar lo más normal al subir al auto, pero por dentro tu corazón casi colapsa por latir tan rápido.
o-x-o
Llegaron a una plaza donde había varias tiendas, nunca habías venido a esta plaza, las tiendas de aquí eran las más caras de la ciudad.
Se dirigieron primero a la tienda de abarrotes, ahí Camus compró carne, pollo y pescado, un paquete de cada uno; diferentes tipos de pan, cereal, leche, queso, aceite de oliva y después fueron a la sección de verduras donde tomó jitomates rojos, lechuga, cebolla, pepinos y zanahorias.
—¿Qué otra verdura te gusta? —preguntó.
—No soy muy fan de la verdura —le recordaste.
—¿Con esto crees que puedas hacer una ensalada?
—¿Quién?, ¿yo? —dijiste confundido—, ¿todo eso es para mí? Yo pensé que estabas comprando para tu casa.
—No. Es para tu departamento. Tienes que comer bien, ya te dije que consumirás un alimento de cada grupo por comida.
—Es demasiado para una sola persona, Camus —dijiste preocupado—. No voy a terminarme eso, se va a echar a perder.
—Es suficiente para una semana y ya te dije que vas a usarlo en cada comida, no se caducará.
Suspiraste, pero ya no agregaste más.
Lo último que compraron en esa tienda fueron cinco charolas para hacer hielo de cubo.
—¿Para qué tantas charolas para hielo? —Supusiste que también eran para tu departamento y que todo lo que comprarían hoy sería para ti, tenías que preguntarle entonces.
—Quiero que tengas las charolas listas en la nevera. Cada hora del día quiero que comas hielo; cada hora que pase, un hielo nuevo. Tendrás una hielera en tu trabajo para que puedas tener acceso al hielo a lo largo del día.
—¿Para qué?
Camus rodó los ojos en frustración.
—Lo sabrás a su debido tiempo, Milo.
Hiciste una mueca, pero ya no dijiste nada.
o-x-o
A la hora de pagar, sacaste tu cartera de tu pantalón, pero con un movimiento te indicó que la guardaras, le dijiste que podías pagar tus gastos, te respondió que él iba a pagar, dijiste que al menos pagarías la mitad, se negó de nuevo y te dijo que volvieras a leer el contrato, que te recordaba que él se encargaría de los gastos estos siete días.
o-x-o
Al estar guardando las bolsas con lo que habían comprado en la cajuela del coche, te preguntó:
—¿Cómo está tu horario para la siguiente semana?
Te quedaste pensando y contestaste:
—Trabajo de lunes a viernes de nueve a seis.
—El lunes es Noche Buena —te recordó.
Cierto, habías olvidado por completo todo este asunto de la Navidad. ¿Haberlo conocido había sido tu regalo por adelantado?
—Cierto. El lunes trabajo medio día y el martes no voy al trabajo. De miércoles a jueves aplica lo de nueve a seis.
—Bien. —Fue lo único que dijo.
Caminaron de nuevo hacia las tiendas y en ellas Camus te hizo probarte varios atuendos de ropa, en ninguno te preguntó si te gustaba o no lo que él había escogido. Te probaste varias cosas y en algunos casos saliste del probador a enseñarle cómo se te veía la ropa; en varios atuendos te dijo inmediatamente que no, en otros decía que sí al instante, en algunos le gustaba el pantalón, pero no la camisa, y pedía que sólo te cambiaras la camisa y al revés.
Lo que más compraron fueron jeans color azul claro, y playeras blancas y negras con cuello en V. Te compró también zapatos, bufandas y ropa interior nueva.
Fueron a varias tiendas y salieron con tanta ropa que sentiste que ibas a tener que tirar todo lo que tenías en tu closet para que entrara lo nuevo. Compraron dos trajes completos carísimos, uno negro y otro gris, el chico de la tienda dijo que eran trajes traídos de la casa de bijan.
Al terminar las compras, regresaron al auto. La cajuela estaba repleta de bolsas.
Las horas habían pasado volando, eran casi las seis de la tarde.
Subieron al coche.
—Ahora sí estamos listos —dijo y encendió el automóvil.
o-x-o
De camino de regreso a tu departamento, te preguntaste vagamente cuánto habría gastado en un par de horas.
Al llegar, le pediste a Camus que estacionara el coche en la parte de atrás del edificio donde vivías, ahí había lugares reservados para las visitas. No todos los días había un camaro estacionado en la calle de tu casa.
Subieron al departamento y dejaron las bolsas de ropa en la entrada, cerca de la puerta, y las bolsas de comida sobre la mesa del comedor.
—Vendrá alguien a ayudarte a acomodar las cosas mañana temprano —dijo mientras caminaba hacia tu cocina.
—Puedo hacerlo solo —dijiste, y era cierto, no querías incomodar a su personal—. No es necesario que alguien venga.
—No es pregunta —dijo. Lo viste enjuagarse las manos con jabón en el fregadero de la cocina y después abrir la nevera. Regresó de nuevo hacia ti y te ofreció un hielo—. Ten, cómelo.
No entendías cuál era la obsesión con que estuvieras comiendo hielo a todas horas.
Camus caminó hacia las bolsas otra vez y sacó uno de los jeans azul claro y una playera blanca. Te dijo que te los pusieras mientras él hacía una llamada.
Te encogiste de hombros sin decir nada, también porque el hielo en tu boca no te permitía hablar muy bien.
Fuiste al baño a cambiarte, agradeciste que no te pidiera que te cambiaras enfrente de él, dioses, tenías un día de conocerlo, valoraste como nunca antes poder cambiarte en privado después de lo que había sucedido en el desayuno.
Sin embargo, antes de entrar al baño, escuchaste que Camus decía en el teléfono:
—Marín, hola, por favor te pido prepares dos comidas completas —hizo una pausa—. Sí, con sopa y postre. Se lo das a Shura si eres tan amable —otra pausa—. Muy bien, gracias. Hasta luego.
Mhn, con su personal era amable y formal, decía por favor y gracias, y eso te gustaba, no era un millonario despiadado o grosero.
o-x-o
Saliste del baño con la ropa que Camus te había comprado.
Camus te miró de inmediato, estaba sentado en tu sala.
—¿Qué le parece, señor Krest? —dijiste.
Otra vez sus ojos se obscurecieron, te intrigaba saber qué pasaba por su mente, qué veía o sentía que cambiaba su mirada con tanta notoriedad.
—¿Del uno al diez? Le doy un once, señor Antares.
Sonreíste, mucho. Te sentiste sexy de pronto. Tenías la ropa que a él le gustaba y te sentías bien en ella. ¿A esto se refería cuando te dijo que sentirías placer al complacerlo? No podías negar que te encantaba cómo se te veía la ropa y con su mirada supiste que tenías un efecto sobre él. Te gustaba tener un efecto sobre él.
Caminaste hacia el sillón y te sentaste a un lado de él.
—Gracias por todo lo que compraste para mí, de verdad, no era necesario gastar tanto.
—No gasté tanto —aseguró.
—Claro que sí, ni en un año hubiera podido comprar tanta ropa —dijiste y había timidez en tu voz, estabas frente a un millonario, ¿qué significaba el dinero para él?
—No me des las gracias, es parte del contrato.
Sí, sabías que era parte del contrato, pero aún así, ese dinero estaba gastado, la compra estaba hecha.
—Lo sé. Sé que estamos bajo tus términos, pero no dice en el contrato que no puedo darte las gracias, entonces… gracias.
Sonrió. Se inclinó hacia ti y dejó un beso en tus labios. Si por cada gracias que dijeras ibas a obtener un beso, ibas a agradecerle cada hora del día.
Camus se levantó del sillón y caminó hacia la puerta donde estaban las bolsas con la ropa. Se agachó y empezó a buscar algo en ellas. Cuando se levantó, te enseñó las bufandas que habían comprado, dos de ellas, sujetaba una con cada mano.
Se acercó de nuevo hacia ti.
—Dame tus manos —dijo al sentarse de nuevo frente a ti.
Extendiste tus manos hacia él y con una de las bufandas amarró tus manos para que quedaran sujetas frente a ti.
—¿Me estás esposando? —preguntaste.
—Así es, y voy a taparte los ojos.
Empezaste a respirar más rápido, te pusiste inmediatamente nervioso, una cosa era usar la ropa que él quería o comer más sano, pero otra muy distinta era que te restringiera los movimientos o tus sentidos.
—¿Y para qué necesitas atarme?, ¿qué vas a hacer? —En tu voz había incomodidad, miedo; en serio, ¿para qué necesitaba atarte?
—¿Te sientes indefenso? —preguntó.
Mucho. Estabas con un extraño prácticamente.
—Un poco, sí.
Como tus manos estaban ya atadas, no pudiste moverte demasiado cuando Camus alzó la otra bufanda hacia tu rostro, sólo pudiste girar la cabeza hacia el lado contrario en rechazo.
—Milo —pronunció tu nombre, pero sonó como una llamada de atención—. No voy a hacerte daño, por millonésima vez.
Suspiraste.
—¿Qué estás sintiendo? —preguntó.
Tenías que plantearle tu inconformidad, tu nerviosismo, agradeciste que se detuviera un momento para preguntarte y no te forzara a hacerlo.
—Me siento… en conflicto, nunca en mi vida —confesaste—, le había dado tanto poder a alguien sobre mí. En la mañana me pediste que me quitara toda la ropa y lo hice, callando todo lo que tenía adentro diciéndome que no lo hiciera, que eres un extraño. No me dejaste pagar en las tiendas y eso me hizo sentir… débil. Me dices qué comer, qué ponerme. Ahora me amarras y quieres taparme los ojos… no sé cómo sentirme al respecto.
—De eso se trata, Milo. Estamos tirando barreras, rompiendo límites.
—Pero… —Quizá era el miedo a ser lastimado, a que él te hiriera y no sólo en el aspecto físico, sino en el interior—. ¿Qué sucede después? Me usas siete días y después me tiras a la basura. Yo te dejo gobernarme y en siete días te vas, ¿y qué queda de mí después?
—No te estoy usando, quiero conocerte. No voy a tirarte a la basura, no eres un objeto. Este proceso de conocernos mutuamente se da en toda relación.
—Sí, pero tú quieres apresurar el proceso al máximo.
—Exactamente eso es lo que busco. No me gusta perder mi tiempo, Milo. Si esto no funciona en siete días o no podemos derribar esos muros, entonces no te hago perder más tu tiempo y tú no me haces perder el mío —hizo una pausa—. Piénsalo de esta manera: este proceso, si es que tú y yo funcionamos, se habría completado en dos años o tres, no lo sé, pero estamos entrando a esta relación al cien por ciento desde el día uno, ¿no crees que es mejor empezar así?
No lo habías visto de esa manera y tenía sentido, lo cual te desequilibraba lo que estabas sintiendo.
Camus continuó:
—Lo que sucede es que tienes ideas preconcebidas de lo que está bien y lo que está mal en una relación. Lo ha establecido la sociedad, la cultura, las tradiciones, pero ¿quién dice que eso es lo correcto? Deja de pensar en lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto de hacer con un extraño. Deja de pensar que voy a lastimarte e irme, eso es exactamente lo contrario que quiero hacer. Estoy a cargo de ti, tienes que confiar que es para bien.
Miraste su rostro. Demonios, sus razones eran válidas, sólo era cuestión de que dejaras de cuestionarte y cuestionarlo y, quizá, confiar en que alguien buscaría tu bienestar a toda costa, desde el día uno.
Te quedaste unos momentos en silencio. Querías creerle, querías creerle con todas tus ganas…
—Está bien —dijiste después de tomar aire. Querías intentarlo, dejar de luchar con esa voz que te decía que esto no estaba bien. Querías confiar en él.
Camus asintió y tomó de nuevo la bufanda y la llevó hacia tus ojos, cerraste los ojos y te dejaste vendar. Diste la bienvenida a la obscuridad, entregándote ciegamente a un extraño.
Curiosamente te invadió un sentimiento de libertad: no tenías más el poder sobre ti.
Sentiste a Camus levantarse del sillón.
Cuando volvió, sentiste que presionó algo helado sobre tus labios, un hielo, abriste la boca y lo retuviste ahí mientras se deshacía.
Después sentiste sus labios helados, quizá él también tenía un hielo en la boca, sus labios helados empezaron a recorrer con pequeños besos tu frente, luego tu sien izquierda, después tus mejillas, tu nariz, tu barbilla, tu cuello; luego por encima de tu ropa, recorrió con besos tus hombros, tus brazos, tu pecho. El recorrido duró varios minutos.
Entraste en un estado de tranquilidad poco a poco.
El hielo apenas se había terminado de derretir en tu boca cuando sentiste que él ponía otro hielo en tus labios para que lo comieras.
Sentiste que tomó tus brazos y te jaló hacia arriba, indicándote que te levantaras del sillón.
Cuando estuviste parado, él estaba frente a ti, sentías su cercanía, comenzó a besarte suavemente con sus labios. Comprobaste que tenía un hielo en la boca también porque su hielo y tu hielo chocaban entre ellos. El beso duró unos cinco minutos. Después los hielos se derritieron y el beso se volvió un poco más intenso, más voraz. Sentiste que puso sus brazos sobre tus hombros y te acercó un poco más a él para besarte con más profundidad. Una de sus manos fue a tu nunca y te empujó hacia sus labios.
Ya estabas perdido, perdido en el beso, en él, en haberlo conocido, en el inicio de esta relación. Un día y ya te sentías completa y desesperadamente cautivado, encapsulado, enfrascado en él.
El beso siguió y siguió por lo que se sintieron horas.
Él se separó de tu boca finalmente y giró tu cuerpo para que le dieras la espalda.
La paz que te había invadido se perdió al instante, sabías lo que iba a suceder a continuación.
Estaba detrás de ti, sentiste sus manos rodeando tu cintura y sus manos desabrochando tu pantalón.
—Desde el momento que te vi, estuve esperando este momento —dijo cerca de tu oído, su voz casi un susurro—, al fin vas a ser mío por completo.
Te costaba trabajo respirar, te dolían tus pulmones al tomar aire, estabas a la expectativa de lo que él quisiera hacer contigo.
De pronto, sentiste su cuerpo moverse detrás de ti, después sentiste su mano subir y depositar otro hielo en tu boca.
—El hielo es mi manera de penetrarte a lo largo del día —susurró de nuevo cerca de tu oído—. Quiero que recuerdes este momento y cómo te sientes cada que comas uno.
Sus palabras y el sonido tan bajo de su voz te enviaron casi al límite. Estabas sumamente excitado, como pocas veces en tu vida. No sabías si era la falta de visibilidad o el no poder tocarlo, no sabías si había sido el tiempo tan largo que se tomó besándote, no sabías qué era, pero cada célula de tu cuerpo se consumía en excitación.
Su mano regresó a tu cintura y sentiste que bajó un poco tus pantalones, se deslizaron de tu cadera hasta tus pies. Unos movimientos más y sentiste su cuerpo atrás de ti, te acercó hacia él, tu espalda pegada a su pecho.
Y sucedió: con la palma de su mano sobre tu espalda te inclinó un poco hacia delante, y en un movimiento empezó a entrar a ti. Sentiste cómo entraba con cautela y llenaba cada parte de ti. No podías describir lo que sentías, esperabas ya con hambre sentirlo en ti, sentir su cuerpo tomándote.
Era demasiado intenso, todo el universo se contrajo y se presionó sobre tu vientre, era demasiado el placer que se centraba en ti, no ibas a aguantar más…
—Dime cuando estés a punto de terminar —ordenó, presintiendo que terminarías pronto.
Su ritmo era lento, sumamente lento, lo cual te dejaba sentir las sensaciones con más fuerza. Querías girar y verlo, querías girar y tocarlo, pero el hecho de no poder hacerlo hacía la experiencia más desgarradora, sólo podías concentrarte en lo que él te estaba haciendo.
El ritmo no cambió, pero estabas cerca, muy cerca.
Siguió entrando y saliendo con lentitud.
—Camus… —tu llamado sonó a urgencia. No ibas a poder más.
Él salió de tu cuerpo de inmediato e hizo que giraras para enfrentarte de nuevo. Con sus manos sobre tus hombros te empujó hacia abajo e hizo que te sentaras en el sillón de nuevo, sentiste después sus dedos acariciar tus labios, él seguía de pie frente a ti.
—Abre —indicó.
Abriste la boca. Te dio otro hielo. Y después sentiste algo húmedo y tibio tocar la entrada de tus labios. Abriste la boca sabiendo que su erección urgía por entrar a tu boca. Tu lengua tocó la base cálida y te hiciste un poco para atrás y después para adelante, succionando. Escuchaste un sonido abandonar la boca de Camus, un sonido de placer. Repetiste el movimiento cuatro veces más y en seguida sentiste un líquido tibio inundar tu boca.
Sabía exquisito, la sensación del hielo y lo tibio de su semen era embriagante. Ibas a morir de placer. Esperaste a que él terminara. Pasaste su semen aunque la mitad del hielo seguía en tu boca.
Él se retiró de tu boca con un movimiento.
Sentiste que se sentó a un lado de ti. Tomó tu erección con su mano derecha, estabas al borde, sentir su mano sobre tu piel fue demasiado, con dos lentas caricias de arriba a abajo, explotaste en su mano.
o-x-o
Girabas y girabas, sentiste que caíste en un precipicio de sensaciones, donde la principal de ellas era una sensación de… bienestar.
Te ayudó a quitarte la bufanda de las manos y la bufanda de los ojos.
No sabías si había sido el cuidado del principio, la intensidad del final o la integridad de todo, o el tiempo tomado para llegar al momento, o las palabras dichas, o que realmente por primera vez te habías abierto al cien por ciento sin reservas, entregado sin límites, pero estabas en éxtasis.
—¿Te gustó? —preguntó con una sonrisa cuando al fin pudiste verlo.
Camus se veía magnífico, radiante, su cabello un poco desaliñado, su piel un poco más brillosa. Bellísimo.
—¿Del uno al diez? Te doy un once —contestaste, repitiendo las palabras que él te había dicho al verte con la ropa puesta.
Camus sonrió, una pequeña sonrisa.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Enamorado, estuviste a punto de contestar, pero alguien tocó la puerta de tu departamento, interrumpiendo lo que ibas a decir.
—Shura —dijo Camus—. Yo voy. —Se levantó del sillón y fue hacia la puerta.
o-x-o
Shura había llegado con una canasta. En la canasta venía en refractarios la comida que Marín había preparado.
—Hora de comer —dijo Camus. Colocó la canasta sobre el comedor.
Abrochaste tu pantalón, acomodaste un poco tu playera y asentiste con la cabeza. Te dirigiste al baño para lavar tus manos y Camus fue detrás de ti para lavarse las manos también.
o-x-o
Habías servido la comida en platos y empezaron a comer, aún estaban los alimentos calientes.
—¿Cómo te sientes? —Camus retomó la pregunta.
—Estupendo —confesaste. En realidad te sentías muy bien, te sentías satisfecho, completo. Tenía mucho que no compartías todo un sábado con alguien aquí en tu casa. Se sentía bien. Lo que acababa de pasar había sido… increíble—. ¿Y tú?
—Magnífico —contestó.
Sonreíste como un imbécil, te sentías tan… contento. Te daba una enorme alegría que él lo hubiera disfrutado como tú, lo habías complacido.
—No pensé que me gustara tanto estar amarrado —confesaste.
—Me da gusto que te soltaras, derrumbamos un gran muro el día de hoy.
Afirmaste con la cabeza.
—¿Mañana qué haremos? —preguntaste.
—Tendrás que esperar las indicaciones.
Cierto. Estabas ansioso por saber, pero él te había dicho que todo a su momento.
Siguieron comiendo en silencio.
o-x-o
Al terminar de comer, eran las nueve de la noche. Ninguno de los dos llegó al postre, Marín les había servido cantidades industriales de comida.
—Es hora de irme —Camus miró su reloj—. La persona que venga mañana va a ayudarte a lavar los trastes que usamos hoy, te ayudará a limpiar lo que necesites, de hecho. Llegará con Shura.
Asentiste con la cabeza. No te importaba quién limpiaría tu departamento, te preocupaba que él estaba por irse y te negabas rotundamente a que eso sucediera.
—Pensé que te quedarías —comentaste.
—No. Debo irme. Te mandaré indicaciones temprano.
Se levantó de su silla y tú hiciste lo mismo. Caminó hacia la puerta y tú lo acompañaste.
No querías que se fuera. Ibas a verte muy urgido, pero tenías que decirlo, no querías que se marchara:
—Me gustaría que te quedaras, Camus.
Ya en la puerta, giró y llevó una mano a tu rostro, acarició tu mejilla.
—Debo irme, quiero que descanses y si me quedo, ninguno de los dos va a dormir —dijo, se dibujó una pequeña sonrisa en sus labios.
Probablemente eso era verdad, con lo que acababa de pasar en tu sala, dudabas que pudieran dormir, pero aún así no querías que se fuera, querías seguir viendo esos ojos.
Sin pensarlo más, abrazaste su cuerpo, te lanzaste a sus brazos como si fuera una despedida eterna y jamás lo volvieras a ver. Sentías tantas cosas. Lo abrazaste muy fuerte. Había sido un día lleno de muchas emociones y todas se estaban juntando en tu pecho en ese momento.
Él te abrazó de vuelta.
—Camus… —Querías decirle que no se fuera, querías rogarle que se quedara.
—Sólo voy a darte ocho horas de tregua para que duermas, aprovéchalas —dijo divertido, dentro del abrazo aún.
Sonreíste, eso sonaba a una promesa. Obligaste a tu cuerpo a separarse de él, un suspiro abandonó tus labios.
—Vete con cuidado, Camus, avísame cuando llegues, por favor.
—Lo haré.
Te dio un beso en los labios de despedida y se marchó.
Cerraste la puerta y fuiste directo a tu recámara, donde no prendiste la luz y sólo te tiraste en la cama. No era muy tarde, pero te invadió un cansancio enorme.
Después de veinte minutos, en donde sólo estuviste viendo el techo en un estado de limbo, tu celular vibró en el mueble a lado de la cama. Leíste el mensaje:
'Reportándome sano y salvo, Señor Antares. Estuve a punto de darme vuelta y regresar por otro abrazo como el que me dio. Aproveche sus ocho horas, que empiezan a contar a partir de este momento y las cuales espero se pasen MUY rápido. Buenas noches.'
Contestaste en la obscuridad de tu recámara:
'Serán las ocho horas más largas de mi vida. Ojalá hubiera regresado… aunque suene tonto, lo extraño. Me dijo que iba a agradecerle la cantidad de placer que iba a sentir y, en efecto, gracias. Espero con ansias el día dos. Buenas noches, Señor Krest.'
Soñaste con verduras, bufandas y camaros negros.
