Todo el texto en negrita y los personajes pertenecen a J. K. Rowling
El vidrio que se desvaneció
- A mí me gustaría leer este, profesor, si no hay ningún problema.
- En absoluto, señorita Granger - respondió él haciendo levitar el libro hasta la niña -. Que comience la lectura.
Se sentó donde siempre se sentaba, en el centro de la mesa de los profesores, y miró al frente. De pronto la visión de cuatro mesas enormes con incómodos bancos de madera no parecía la más adecuada para ponerse a leer siete libros.
- Un momento, señorita Granger - habló de nuevo -. Si sois todos tan amables de poneros un momento de pie.
Hubo un revuelo mientras todos obedecían, incluidos los profesores, y se ponían de pie al lado de sus asientos. Con un ademán de la varita, Dumbledore hizo desaparecer las cinco mesas del Gran Comedor y con otro quedaron sustituidas por sofás, sillones y puffs mucho más cómodos.
- Esto está mejor - asintió Dumbledore satisfecho.
Los gritos de alegría le dieron la razón, mientras todos los estudiantes corrían a coger sitio y movían los asientos para colocarlos cerca de sus amigos. Pronto estaban todos sentados, los profesores en sillones mullidos al frente del comedor acompañados por los dos aurores y Fudge. Harry se encontraba en un sofá en medio de Ron y Hermione y al lado de este había dos sillones donde estaban Sirius y Remus. En otro sofá algo más pequeño estaban los señores Weasley mientras que Bill, Charlie y Tonks compartían otro y Ginny estaba sentada en otro con los gemelos.
- Ahora sí - dijo Dumbledore -. Señorita Granger, si es tan amable, ¿le importaría comenzar la lectura?
El vidrio que se desvaneció
- ¿Un vidrio puede desaparecer? - preguntó un niño de Slytherin.
- ¿Y qué tiene que ver con esta historia? - dijo Dean Thomas.
Sin embargo, Harry estaba demasiado ocupado riéndose a carcajadas al recordar lo que había ocurrido como para contestar a cualquier pregunta.
- Me parece que es magia accidental - opinó Kingsley.
- Ahh... - se limitó a decir Sirius -. Así que veremos algunos de tus estallidos de magia accidental.
Al oír esto, Harry no imitó la sonrisa traviesa que tenía ahora su padrino. Todo lo contrario. Ahora este capítulo ya no tenía ni pizca de gracia.
Ese día había sido horrible para él porque había recibido uno de los castigos más largos de su vida, aunque por lo menos no fue de sus peores días en esa casa. ¿Qué mencionarían?
Estaba tan metido en sus pensamientos que no se dio cuenta de las miradas preocupadas que le lanzaban los que más le conocían. ¿Qué había pasado para que se reaccionase así?
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto.
- ¿En serio? - se extrañaron los gemelos Weasley.
- Pero si nuestra casa cambia cada mes - dijo George.
- Al menos hasta que mamá la vuelve a poner como antes - terminó Fred con un puchero.
La señora Weasley les lanzó una mirada asesina mientras el resto intentaba ahogar la risa.
El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores,
- ¿Una pelota? - susurró Katie confusa.
- ¿Y con gorros de colores? - dijo Angelina pensando lo mismo.
- ¿Por qué le quieren sacar fotos a eso? - preguntó Alicia.
pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño,
Las tres cazadoras de Gryffindor tuvieron un ataque de risa y recibieron miradas extrañadas de todos, pero se limitaron a pedir con un gesto que siguiesen leyendo.
y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.
- ¿Te echaron de casa? - empezó a espantarse Hermione.
- No me digas que te llevaron a un orfanato - dijo Charlie muy serio. Ya consideraba a Harry como otro hermanito, solo por ver lo cercano que era a Ron.
- Ojalá, pero no tuve esa suerte - murmuró Harry, pero le oyeron e intercambiaron miradas ansiosas. En el nombre de Merlín, ¿qué había pasado esos diez años?
Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.
—¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!
- Esa no es forma de despertar a un niño - gruñó Molly. Ella nunca había levantado así a uno de sus hijos, ni pensaba hacerlo.
El resto se alejó un poco de ella, aunque no podían estar más de acuerdo.
Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.
—¡Arriba! —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón.
- ¿Tan buen oído tienes, Harry? - se sorprendió Remus -. Porque para oírlo desde tu cuarto en el piso de arriba...
De nuevo, Harry no contestó. Estaba rezando frenéticamente para que no se mencionase donde había estado durmiendo toda su vida hasta hace un par de años. Ni cómo le trataba tío Vernon.
El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.
- ¡Recuerdas mi moto! - exclamó Sirius girándose hacia su ahijado con los ojos brillantes de alegría. Así casi parecía que no había pasado doce años en el infierno.
- Harry, ¿cómo es que luego no te acuerdas de las fechas de las batallas de los gnomos? - le picó Hermione con una sonrisa.
Harry y Ron devolvieron la sonrisa mientras ponían los ojos en blanco.
El comedor los miraba con curiosidad. A simple vista esos tres niños no tenían nada de especial, pero a veces las apariencias engañan y este trío ya había demostrado eso más que de sobra. Siempre tramaban algo, algo que nadie descubría hasta que ya estaba hecho. Y parecía que volvían a sus secretos, metidos en su burbuja.
Sí, definitivamente este era un trío muy especial.
Su tía volvió a la puerta.
—¿Ya estás levantado? —quiso saber.
- A lo mejor si le hubieses dado algo más de quince segundos tendría tiempo para levantarse - frunció el ceño Oliver. Él metía prisa para ir a entrenar, ¡pero esto era excesivo!
—Casi —respondió Harry
—Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.
- ¿Te hacían cocinar? - empezó a enfadarse Sirius -. ¿Cómo, en nombre de Merlín, pretende que sepas cocinar con diez años?
Harry agachó la cabeza para ocultar la cara porque estaba seguro de que entonces sabrían que escondía algo. Esperaba que lo tomasen como si estuviese avergonzado o algo por el estilo.
No funcionó. Sirius tuvo una sospecha.
- ¿Desde cuándo te hacían cocinar? - preguntó estrechando los ojos.
- Sirius, de verdad, no...
- ¿Desde cuándo, Harry? - repitió con más fuerza y temiéndose lo peor.
- No estoy seguro - confesó Harry bajando la cabeza -. Desde que tenía cinco o seis años, a lo mejor. En cuanto llegué a los fogones.
Sirius estaba furioso. ¡¿Cocinaba desde los cinco años?! Los Dursley se iban a arrepentir de siquiera haber mirado mal a su ahijado, ya se iba a asegurar él de eso. Después de unos segundos, se giró hacia Hermione, que estaba igual de horrorizada, para que siguiera leyendo.
Harry gimió.
—¿Qué has dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.
- No ha dicho nada, estúpida - siseó Seamus. ¿De verdad Harry vivía con estos muggles? ¿Cómo había sobrevivido?
—Nada, nada...
El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo? Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso.
- Merlín, Harry, ni siquiera yo soy tan desordenado. ¿Hacía cuanto que no limpiabas tu habitación? - preguntó Ron en broma. En el fondo estaba sorprendido. Su amigo no era tan ordenado como Hermione, pero sí mucho más que él.
Harry le dio una débil sonrisa. Esto se estaba poniendo peor.
Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía.
El silencio era aplastante.
Nadie sabía qué decir y, de todas formas, ¿qué se podía comentar al descubrir que el salvador de todo el mundo mágico, ese al que todos conocían y alababan, vivía en un armario debajo de las escaleras?
Malfoy y el resto de los Slytherin estaban pálidos por la sorpresa y por la culpa que empezaba a arremolinarse por dentro. ¿Cuántas veces habían pensado que la vida de Potter era maravillosa y perfecta y él solo era un llorica molesto? ¿Cuántas veces se habían burlado de él? Por Merlín, todos le habían juzgado mal...
El resto de las casas no estaba mejor, ni tampoco los profesores o los recién llegados. Harry evitó la mirada de Ron, que estaba perplejo, y la de Hermione, que tenía lágrimas en los ojos. Por eso no quería que nadie lo descubriese. No quería la pena o consuelo de nadie porque eso ya había pasado y ya no importaba.
- ¡¿Una maldita alacena?! - rugió Sirius de pronto sobresaltando a todo el mundo. Se giró hacia Harry y parecía a punto de asesinar a alguien -. ¡¿Dormías en una alacena?! ¡Por Merlín, eso es casi peor que la maldita celda en Azkaban! ¡Voy a matar a esos Dursley! ¡Se van a arrepentir de todo esto!
- Sirius, eso ya no importa - intentó tranquilizarle Harry -. De verdad, ya es pasado y me dieron una habitación como un mes antes de venir a Hogwarts así que cuando vuelva este verano...
- No vas a volver ahí nunca - interrumpió apretando los puños -. Y no hay discusión en esto - añadió mirando de reojo al director por si se atrevía a protestar contra eso.
- Bueno, pues entonces hay menos razón todavía para ponerse así - replicó Harry. Ahora tenía una pizca de esperanza. ¿No iba a volver con los Dursley? ¿En serio?
- Harry, ¿por qué no nos lo contaste? - preguntó Hermione, con el libro olvidado a sus pies.
- No habría servido de nada porque eso ya ha pasado. Además, ¿lo habrías contado tú, de haber estado en mi lugar? ¿O tú, Ron? - preguntó girándose hacia el pelirrojo.
- Harry, colega, lo siento. Me siento un idiota - dijo Ron. ¡Era su mejor amigo, por Merlín! ¡Y no se había dado cuenta! Sí, sabía que no lo pasaba bien en casa, pero esto... Y mientras él quejándose de que no tenía dinero, o de que no destacaba sobre sus hermanos, o de que no tenía fama.
- Ron, no es tu culpa ni de nadie excepto de los Dursley.
- Quienes van a pagar por esto - prometió Sirius y varios asintieron de acuerdo con él -. En cuanto podamos salir de aquí voy a ir con todo el que quiera a hacerles una visita y tú no volverás a acercarte a menos de un kilómetro de ellos.
- Sirius, por favor, ya ha pasado todo - suplicó, pero al oír que su padrino le volvía a prometer que no tendría que volver con los Dursley apenas podía mantener la sonrisa fuera de su cara -. No merece la pena que te pongas así o que te arriesgues a convertirte en un asesino de verdad,por su culpa.
- Harry, dormías debajo de las escaleras. Rodeado de arañas. Donde no dormiría ni un perro - gruñó de nuevo. Harry estuvo a punto de sonreír al oír esto, pero no le pareció oportuno. Nadie estaba de humor para eso -. Hay muchas razones para ponerse así.
- Sirius...
- Y tú y yo vamos a tener una charla esta noche sobre esto - le ignoró completamente -. Ahora vamos a seguir leyendo.
Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras.
Los nacidos de muggles silbaron sorprendidos, pero no se molestaron en explicarle al resto qué eran esos regalos. No era importante para la historia y no querían perder tiempo.
La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto.
Los amigos de Harry miraron mal al libro. Más le valía al cerdo ese que no se refiriese a Harry.
El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry,
Hubo muchos gruñidos y maldiciones murmuradas por lo bajo. Harry los miraba casi divertido. ¿No habían aprendido todavía que si algo podía ir mal en torno a él, iría mal?
pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.
- ¡Ni que lo digas! - gritaron muchos Gryffindor, especialmente el equipo de quidditch, al recordar lo rápido que era sobre una escoba.
Sirius y Remus se miraron confundidos. ¿A qué se referían todos con eso?
Al ver la cara de los dos merodeadores, Harry se dio cuenta de que ninguno sabía que él estaba en el equipo de quidditch y tuvo una idea. Sonrió al pensar en la cara que pondrían los dos.
Los gemelos le miraban curiosos. Esa era la sonrisa que ponían ellos antes de una broma, ¿pero por qué la ponía Harry? "Ya lo veréis", les dijo sin hacer ruido. Ellos solo asintieron y devolvieron la sonrisa. No sabían qué planeaba, pero iban a seguirle el juego. Cualquier cosa por una broma.
Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad.
- Me parece, Harry - dijo Sirius con una sonrisa -, que le debes dar las gracias a tu padre por eso. Él era igual, demasiado canijo para su edad.
- Sí - afirmó Remus sonriendo también -. No empezó a crecer hasta quinto y el estirón lo tuvo en sexto. Tu abuela se desesperaba porque los pantalones solo le valían un par de meses antes de que se le quedasen cortos.
Harry absorbía cada palabra que decían sobre su padre. Sabía tan poco de él, o de su madre, que cualquier detalle era un regalo para él.
Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.
- ¿Ni siquiera te compraban ropa? - se espantó Molly.
Harry negó con la cabeza preguntándose por qué les sorprendía tanto. Si le hacían dormir en un armario, ¿por qué iban a comprarle ropa?
- Por eso casi nunca te vemos con algo que no sean las túnicas del colegio - dijeron Fred y George comprendiéndolo y fijándose en que ahora volvía a llevar puesta la túnica. Se lo habían preguntado muchas veces, pero el niño siempre evitaba responder haciendo una broma o cambiando de tema.
- Esos Dursley no van a saber qué los golpeó - dijo Sirius -. Nadie se mete con el hijo de un merodeador.
¿Merodeador?, pensaron los gemelos. ¿Esos merodeadores? Tenían que hablar con Sirius y Remus cuando hubiese un descanso.
Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante.
- La viva imagen de James - dijo Sirius.
- Con los ojos de Lily - terminó Remus.
Merlín, cuánto los echaban de menos...
Harry casi puso los ojos en blanco. Siempre le decían lo mismo.
Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz.
- ¡Yo te vi con ellas así a principio de primero! - recordó Hermione.
Todos le habían visto con las gafas así, aunque ninguno había pensado que era por culpa del gordo de su primo. Alguno se lo había preguntado, pero nunca obtuvieron una respuesta y después Harry había aprendido a repararlas con magia y se habían olvidado del asunto.
La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.
- ¿Te gustaba? - se extrañó Ron -. ¡Pero si tú odias esa cicatriz!
Los demás estudiantes se miraron. ¿Odiaba la cicatriz? ¡Pero si era por ella que era famoso!
- No sabía lo que significaba. Era lo único que me acercaba un poco a mis padres - se justificó Harry casi a la defensiva. Él tampoco entendía ahora cómo había podido gustarle esa cicatriz en algún momento.
La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.
—En el accidente de coche donde tus padres murieron —había dicho—. Y no hagas preguntas.
- ¡¿Accidente de coche?! - rugieron los que habían conocido a James y a Lily, los dos merodeadores más fuerte que nadie.
- ¡¿Cómo se atreven a decir una mentira así sobre ellos?! - Sirius tenía ganas de pegarle un puñetazo a alguien.
- ¿Y mentirle a Harry? ¿A su hijo? - Remus tampoco estaba mucho mejor.
No había nadie que no hirviese de indignación en el Gran Comedor. Esto era un insulto para dos de los mejores magos que conocían.
- ¿Así que no sabías nada de magia? - preguntó Bill incrédulo.
- ¿Ni de tu historia o la de tus padres? - añadió Charlie en el mismo estado.
- No - negó Harry -. No lo averigüé hasta el día que cumplí once años - dijo mirando de reojo a Hagrid, que estaba ocupando él solo un sofá en el cabrían fácilmente cuatro personas.
«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.
- ¿Y cómo queréis que aprenda? - demandó enfadado un Ravenclaw.
Una idea pasó por la cabeza de los profesores. ¿Y si por eso ahora Harry no preguntaba si tenía alguna duda o algún problema? El niño ahora era mucho más independiente que cualquier estudiante de segundo. Menos mal que contaba con el señor Weasley y con la señorita Granger, pensaron aliviados. Por lo menos, si no acudía a algún adulto, siempre podría acudir a ellos dos.
Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.
- ¡Eso no es vigilar el tocino! ¡Está haciendo él el desayuno! - Molly estaba horrorizada. Solo tenía diez años, por Merlín, ¿qué pasaba si se quemaba? Porque eso seguro que había pasado más veces de las que podía contar. ¿Le llevarían al médico? ¿O se ocuparían de curárselo en casa? Algo le decía que no le gustaría la respuesta a eso.
—¡Péinate! —bramó como saludo matinal.
Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.
- Es el pelo Potter - rio Sirius -. La madre de James nunca fue capaz de peinarlo, ni tampoco pudo Lily. Con un año de edad ya se veía que iba a pasar lo mismo contigo y Lily desistió en el intento - rio más fuerte recordando los intentos de la pelirroja.
Harry volvió a sonreír. ¿Así que su padre tampoco había sido capaz nunca de domar esta mata de pelo?
Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre.
Las mujeres seguían gruñendo y planeando venganza. ¡Freía huevos a los diez años! ¡Eso es peligroso! El aceite salta mucho al freír huevos y era casi seguro que se iba a quemar.
Lo peor es que no había tenido que pedir ayuda para hacerlo, por lo que seguro que ya lo había hecho muchas veces antes. ¡Desde los cinco años! ¡Por Merlín, más les valía a los Dursley que supiesen esconderse!
Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.
- Harry, ¿nos podrías explicar... - preguntó Fred por encima de las risas.
- ...dónde has escondido ese humor todo este tiempo? - terminó George.
- Que vosotros no lo hayáis oído no significa que no estuviese - dijo Ron -. Hermione y yo lo hemos visto, aunque es mucho mejor oír directamente lo que te pasa por la cabeza, Harry - añadió riendo.
Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio.
- Así que ahora no solo eres su cocinero, sino que también eres el camarero, ¿no? - dijo molesto Neville. Harry siempre le había defendido y ahora él pensaba devolverle el favor de alguna forma.
Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.
—Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.
- ¡Pero será malcriado! - exclamó Malfoy, haciendo que algunos pensasen que era un hipócrita. ¡Como si no le mimasen a él! -. Ni siquiera yo recibo tantos regalos.
Vale, esto era preocupante, pensaron algunos. Si hasta el idiota de Malfoy pensaba que Dudley era un mimado, algo iba realmente mal con ese niño.
—Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.
—Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.
Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.
- ¿Cuántos años tiene? ¿Tres? - se burló Katie disgustada.
- Mentales a lo mejor, porque cualquier niño normal de once años ha dejado los berrinches y las rabietas hace tiempo - dijo Alicia con una mueca.
Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:
—Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?
- Pichoncito - se burlaron Fred y George -. Ahora casi le tenemos pena al cerdito ese.
- Le consienten todo - dijo Arthur molesto -. No se puede criar así a un niño.
Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.
—Entonces tendré treinta y... treinta y...
- Inútil - dijeron muchos por lo bajo.
- ¡No sabe contar! - exclamó disgustado un chico de Rawenclaw -. ¡Sólo tenía que sumar dos! ¡Dos! ¿Cómo se puede ser tan estúpido?
- Ese es mi primo para vosotros. Ahora ya le habéis conocido. Y no ha cambiado desde entonces - se encogió de hombros Harry mientras el resto de los presentes le miraban horrorizados. La familia de Harry era horrible. ¿De verdad están emparentados?, pensaban muchos.
—Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.
—Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien.
Tío Vernon rió entre dientes.
—El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.
- Me corrijo - dijo el señor Weasley -. No solo le consienten, también le premian por ser así. No creo que fuese capaz de malcriar tanto a un niño ni aunque lo intentase.
- Es repugnante - dijo Bill con una mueca. Se alegraba de que sus padres les hubiesen educado mil veces mejor.
En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.
Los nacidos de muggle volvieron a silbar impresionados y todos entendieron que esos regalos no nada baratos, al parecer. Y Harry con la ropa de su primo, pensaron algunos amargamente.
—Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.
- Tiene un nombre, ¿sabéis? - siseó Ginny. No había hablado mucho desde que estaba delante de Harry, pero se propuso comportarse con normalidad de ahora en adelante.
Harry le lanzó una sonrisa agradecida. Llevaba tiempo queriendo conocer a la hermanita de Ron, pero le había sido imposible porque cada vez que le dirigía la palabra ella se ponía colorada y tiraba algo. Así que al final había desistido para ahorrarle la vergüenza a la chica.
Ginny se la devolvió sin sonrojarse y Harry pensó que, tal vez, ahora sí podía empezar a conocerla.
Los dos merodeadores vieron el intercambio de miradas y se sonrieron mutuamente pensando lo mismo. Los Potter siempre caían por las pelirrojas. Solo era cuestión de tiempo que estos dos acabasen juntos. Estaba claro que aún eran jóvenes para eso, pero en el futuro...
La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry como si él lo hubiera planeado todo.
- Claro, seguro que Harry le ha roto la pierna a propósito - se burló Fred.
- Seguro que llevaba meses planeando una cosa así - dijo George.
En el fondo no tenían ni una pizca de humor al hablar. Estaban demasiado furiosos por como trataban a Harry. Su hermanito adoptado se merecía algo mucho mejor que esos animales que se hacían llamar personas.
- Sí, ya, seguro - dijo Ron sarcástico al ver un su amigo estaba incómodo con toda la tensión -. Aunque lo hubiese planeado, y es imposible que lo haya hecho, sus planes nunca salen bien, así que probablemente habría acabado él con la pierna rota o algo por el estilo.
- ¡Hey! - se quejó Harry sobre las risas, pero estaba agradecido por que Ron hubiese roto la tensión que había, y el pelirrojo lo sabía y le sonrió para hacérselo saber.
Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.
—Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.
- Por Merlín, no - suplicó Harry por lo bajo -. Prefiero ir con la señora Figg. O que me encerréis en la alacena. O que me dejéis en el coche. Cualquier cosa antes que Marge.
Solo los Weasley, los dos merodeadores, Hermione y Tonks le habían oído y todos tenían el mismo horror pintado en la cara antes de transformarse en ira. ¿Le habían hecho todo eso a Harry? Si cualquiera de esas cosas se mencionaba, los Dursley no iban a tener mundo suficiente para correr y esconderse de ellos.
¿Y quién era Marge? ¿Qué le había hecho para que prefiriese estar encerrado en la alacena o en el coche antes que acercarse a ella?
—No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.
- ¿Cómo es esa Marge? - preguntó Hermione dubitativa.
- Diez veces peor que los Dursley - respondió él.
¿Se podía ser peor que ellos?, se preguntaban todos. No entendían cómo era posible, pero, después de todo, tampoco se habían imaginado que fuese posible se pudiese ser así de desagradable en primer lugar.
Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.
Harry tuvo que agarrar a Ron y Hermione para evitar que se levantasen a buscar a los Dursley, mientras Remus hacía lo mismo con Sirius.
- ¡Suéltame, Harry! ¡Quita, que voy a pegarles un puñetazo! - se quejaban los dos niños mientras intentaban que Harry soltase sus túnicas, ya que ellos, sabiendo que Harry se iba a poner la suya, se las habían puesto también para que no fuese el único.
- ¡Suéltame, Remus! ¡Esto es demasiado! ¡No tienen derecho a tratar así a mi ahijado! - gritaba Sirius.
- ¡¿Os queréis estar quietos los tres?! - se hartó Harry y todos se callaron. Los que ya estaban sacando sus caritas para imitar a estos tres e ir a hechizar a los Dursley se quedaron con las manos en los bolsillos y los que ya se estaban levantando se quedaron quietos -. ¡Gracias! ¿Ahora me vais a escuchar? No podemos salir de aquí, ¿o se os ha olvidado? Así que ahora solo estamos perdiendo el tiempo por nada porque esto ya ha pasado y no se puede cambiar y si paramos cada vez que los Dursley hagan algo totalmente estúpido, ¡no vamos a terminar estos libros en la vida!
Todos seguían mirándole sorprendidos, excepto Ron y Hermione. Ellos dos ya sabían lo bueno que era Harry con esos discursos, pero el resto era la primera vez (bueno, la segunda, si contaban el día anterior, pero en ese momento estaban demasiado sorprendidos con todo lo que estaba pasado como para darse cuenta) y se quedaron de piedra al ver a un niño de doce años con la cabeza tan bien puesta sobre los hombros.
- Ya discutiremos sobre los Dursley cuando terminemos los libros y ya haya una posibilidad real de que podáis ir a hechizarles - siguió Harry poniendo los ojos en blanco -, pero ahora no la hay. ¿Así que podemos, por favor, seguir leyendo en lugar de perder el tiempo?
Todos se sentaron lentamente después de mirarle fijamente unos segundos, pero los gemelos solo podían pasar cierta cantidad de tiempo en tanta tensión antes de soltar un chiste.
- Querido hermano, ¿me podrías explicar tú cómo es que podemos perder el tiempo? - dijo Fred en su mejor actuación de pomposo.
- No lo sé, querido hermano. Yo también creía que el tiempo dentro de esta burbuja no pasaba - respondió George imitando a su hermano.
- ¡Fred! ¡George! - dijo Harry con una chispa de diversión en los ojos -, ya sabéis a lo que me refiero.
—¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?
—Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.
—Podéis dejarme aquí —sugirió esperanzado Harry. Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley.
- No sé ni para qué me molesté en preguntar - suspiró Harry recostándose en el sofá -. Si sabía que no me iban a dejar.
- No perdías nada por intentarlo - dijo Ron poniéndole una mano en el hombro -. Pero siempre hemos sabido que esperas lo imposible.
Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.
—¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.
- No va a quemar la casa - le defendió Ginny y Harry la miró sorprendido al recordar lo que había dicho el.
—No voy a quemar la casa —dijo Harry, pero no le escucharon.
Ambos se pusieron colorados mientras el resto soltaba risitas divertidas. Sirius y Remus se miraron y contuvieron las carcajadas. Sí, definitivamente, pelirrojas.
—Supongo que podemos llevarlo al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia—... y dejarlo en el coche...
- Es una broma, ¿verdad? - dijo Hermione entrando en pánico -. No pueden hacer eso. ¡Es ilegal! ¡Por Merlín, hay niños que mueren asfixiados porque los dejan en el coche encerrados!
- Relájate, Hermione - dijo Harry -. No me dejaron en el coche ese día - y luego se dio cuenta de lo que había dicho y rezó por que no notasen ese desliz.
- ¿Quieres decir que sí lo habían hecho otras veces? - preguntó ella echando chispas por los ojos.
Harry se regañó mentalmente por haber dicho eso y no respondió. Eso simplemente confirmó las peores sospechas de todos.
—El coche es nuevo, no se quedará allí solo...
- ¿Así que solo te salvaste porque el coche era nuevo? - escupió Ron. Su hermano se había salvado de acabar cocido en el coche porque el estúpido trasto era nuevo -. No porque te pudieses cocer allí dentro ni nada, ¿no?
Harry suspiró pensando en lo largos que se iban a hacer los capítulos en los que apareciesen los Dursley. Por lo menos confiaba en Sirius para que su padrino evitase que tuviese que volver con ellos.
Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.
- Llorica - murmuraron unos.
- Malcriado - susurraban otros.
—Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial —exclamó, abrazándolo.
- ¡No ha hecho nada, por Merlín! - se exasperó Angelina -. ¡Hasta ha hecho él el desayuno! ¿Qué tenías que hacer para no estropeárselo? ¿Besar el suelo que pisa? - preguntó girándose hacia Harry, pero el solo levantó las cejas como diciendo "¿en serio piensas que eso funcionaría?" -. ¿Sabes qué? Mejor no quiero saberlo.
- Se iba a quejar de todas formas - murmuró Katie por lo bajo -. Probablemente solo se quedaría contento si Harry desapareciese o algo así.
—¡Yo... no... quiero... que... él venga! —exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.
- Mira que burlarse así, ni siquiera Malfoy hace eso - dijo Ron en voz baja con una mueca -. Menudo cerdo.
Harry tuvo un ataque de risa al oír esto y Hagrid se puso colorado debajo de su barba.
- Ya lo entenderéis. Pero sí, tienes razón, Ron. Es un cerdo perfecto - dijo Harry deshaciéndose en carcajadas otra vez -. Si no se menciona antes de que llegue el primer capítulo de Hogwarts lo cuento.
Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.
—¡Oh, Dios, ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.
- Menudo idiota - dijo Bill.
- ¿Qué esperabas? - replicó Charlie -. No puede permitirse que sus "amiguitos" le vean llorar, ¿no? Eso arruinaría su fachada de tipo duro.
Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida.
- ¿Por primera vez? - dijeron algunos nacidos de muggles lanzándole miradas de pena a Harry, pero él evitó todas ellas. Le hacían sentirse incómodo.
- ¿Es raro no haber ido nunca al zoo? - le preguntó Sirius a Remus en voz baja. Llevaba casi todo el capítulo callado porque sabía que si abría la boca iba a ser para ponerse a despotricar contra los Dursley.
- Todos los niños muggles van al zoo de pequeños - explicó Remus apretando los puños -. Es muy divertido y los padres siempre los llevan varias veces.
A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.
- Como le toques un solo pelo de su cabeza... - amenazó Sirius sin terminar la frase. No hacía falta. Ya había mandado escalofríos a la mayor parte del comedor a pesar de que ni siquiera había alzado la voz. En esos momentos sí que recordaban todos que no hacía ni veinticuatro horas antes, Black había estado en una celda rodeado de dementores.
—Te lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.
- ¿Qué día es el cumpleaños de Dudley, Harry? - preguntó Hermione entrecerrando los ojos -. Es por saber cuánto tiempo pensaban dejarte encerrado en un armario. Y ni se te ocurra mentir. Con Ron y conmigo no funciona y lo sabes - advirtió adivinando las intenciones del chico.
- El 26 de Mayo - respondió a regañadientes -. Pero no lo cumplieron, Hermione, de verdad.
La chica se giró con las cejas alzadas, con una mirada que decía claramente que no le creía.
—No voy a hacer nada —dijo Harry—. De verdad...
Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.
El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.
- Es magia accidental y Petunia lo sabe de sobra. Lo vio de pequeña - gruñó Remus -. A Lily le pasaba constantemente, como a todos los magos.
En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz».
Algunos abrieron los ojos horrorizados.
- Una cosa es no saber controlar el pelo Potter - gruñó Sirius apretando los puños -, pero ni a mamá Dorea ni a Lily se les habría ocurrido nunca hacer algo así.
- ¿Mamá Dorea? - preguntó Harry confundido.
- Tu abuela, la madre de tu padre. Luego te lo explico, cuando haya un descanso - añadió al ver que esa respuesta solo le había confundido más.
Harry tenía la cabeza hecha un lío. ¿Por qué Sirius llamaba mamá a su abuela? No era que le molestase, pero era como si él empezaba a llamar mamá a la señora Weasley. Era raro. ¿Le habría pasado a la madre de Sirius?, pensó alarmado. Bueno, ya se enteraría en el descanso.
Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas.
Había muchos con ganas de pegarle un puñetazo a Dudley, o de practicar una nueva maldición que habían aprendido, pero Harry tenía razón. Tendrían que esperar hasta que terminasen los libros.
Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara.
- ¡Ja! - celebró Sirius triunfante -. Nada puede controlar el pelo Potter.
- Sí, pero no creo que eso le haga mucha gracia a los Dursley - murmuró Remus preocupado.
Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.
- Una semana en un armario - repitió Remus apretando los dientes.
- Por algo que no puede controlar - dijo Molly.
- Y que no hizo daño a nadie - dijo Tonks.
- Estáis muertos, Dursley - amenazó Sirius. Ahora se veía claramente el hombre que había pasado la última década solo con sus peores recuerdos.
- No era todo el día - intentó calmarlos Harry -. Podía salir dos veces al baño.
Al parecer no era lo que querían oír porque esto solo ensombreció todavía más sus rostros.
Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.
- Por fin - dijo Dean. No era el único aliviado. A juzgar por lo que estaban leyendo, Harry se había pasado casi toda su vida castigado así que era un respiro cuando se libraba de ello.
Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio.
- Harry, ¿qué hacías trepando por los tejados? - preguntó Ron por encima de las carcajadas.
Su amigo solo hizo un gesto mientras sonreía para que siguiesen leyendo. No iba a fastidiarles la historia.
El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea.
- ¿Te apareciste? - preguntó impresionado Ron olvidándose de la mención del grupo de Dudley.
- No creo, más bien me parece que volé - respondió Harry y eso no disminuyó el asombro de todos. Esto era magia muy poderosa, demostrando que Harry iba a ser un gran mago.
Los profesores le miraban boquiabiertos. Eso era increíble. No era raro que le cogiese rápidamente el truco a los hechizos y encantamientos, siempre que estuviese centrado, claro.
Snape apenas podía disimular su asombro. Recordaba perfectamente a la niña pelirroja de brillantes ojos verdes que había salido volando, literalmente, de un columpio, para caer suavemente en el suelo varios metros más lejos. Al parecer el chico se parecía más a su madre de lo que pensaba. Aunque eso no quitaba que siguiese pareciéndose a su padre, pensó con una mueca.
Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.
- ¿Te encerraron? ¿Cerrado con llave? - preguntó Tonks.
Harry se encogió de hombros incómodo.
- ¿Y si pasaba algo? ¿Y si había una emergencia? ¿Un incendio o algo así? - gruñó Remus -. ¿Entonces qué? No creo que se acordasen de ti.
- Alguna vez se abrió sola la puerta - les tranquilizó Harry -. Normalmente cuando más necesitaba salir, para robar algo de comida o algo así. Antes no sabía por qué pasaba, pero supongo que era magia accidental.
A pesar de su asombro ante este despliegue de magia accidental, nadie estaba menos molesto con los Dursley tan solo porque Harry fuese capaz de salir de la alacena. ¡No tendría que estar ahí dentro en primer lugar, por Merlín!
Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.
Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos.
- Y nosotros que pensábamos que te tenía cariño - se mofó George.
- Nos ha engañado completamente - asintió Fred.
Harry sonrió. Siempre podía contar con los gemelos para convertir algo serio en un chiste.
Aquella mañana le tocó a los motoristas.
- ¿Qué tiene en contra de los motoristas? - dijo Sirius molesto -. ¡No le han hecho nada!
—... haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.
—Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.
- Lo sé, lo sé, fue un comentario estúpido - dijo sonrojado Harry pasándose la mano por el pelo al ver las miradas que le lanzaban -. No estaba pensando en ese momento.
- Eso ya lo habíamos visto - dijo Ron -. Sabía que eres un cabezota que va sin pensar contra el peligro, ¡pero esto es un deseo suicida!
Harry se sonrojó todavía más y el resto se echó a reír.
Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:
—¡LAS MOTOS NO VUELAN!
- La mía sí, estúpido - dijo Sirius orgulloso de su moto. Había decidido hacer caso a Harry e intentar no darle tanta importancia a los Dursley hasta que terminasen de los siete libros. Haciendo énfasis en intentar.
Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.
Dudley y Piers se rieron disimuladamente.
—Ya sé que no lo hacen —dijo Harry—. Fue sólo un sueño.
Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.
- No necesitas los dibujos animados para eso - se burló Ron.
- Sí, ya hemos comprobado que las puedes tener sin ayuda - Hermione se cruzó de brazos con una sonrisa.
Los dos estaban recordando cómo su amigo no había dudado ni un momento en subirse a una escoba a pesar de no haberlo nunca, o cómo había saltado sobre la espalda del troll de tres metros de alto, o cómo había decidido que iba a ir él primero a través de una trampilla en la que no se veía el fondo, o había ido con Ron a encontrarse con una mascota de Hagrid sin pensárselo o... Bueno, la lista era larga. Muy larga.
Definitivamente, Harry no necesitaba que le diesen ideas.
El resto del comedor los miraba confundidos. ¿Qué había pasado en dos años para que pensasen eso de Harry?
Esta conversación solo confirmaba los peores temores de Sirius y Remus de que Harry se había metido en líos. Y no precisamente de los que en los merodeadores se metían.
Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato.
Algunos insultaron a los Dursley, pero Harry no le daba importancia. Por lo menos había conseguido un helado.
Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.
- Hijo de un merodeador - dijeron Sirius y Remus orgullosos.
Los gemelos ya estaban considerando pedirle a Harry que planease alguna broma con ellos de vez en cuando. No conocían este lado del chico.
Aparte de que todos estos comentarios sobre los merodeadores les estaba volviendo locos. ¿Eran los mismos merodeadores que los del mapa? ¿Sirius y Remus les conocían? ¿Y Harry era el hijo de uno de ellos? ¿De cuál? ¿Lo sabía Harry? No parecía extrañado por los comentarios así que probablemente sí. Iban a interrogarle sin falta en un descanso.
Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él.
- Que se atrevan a ponerte la mano encima de nuevo - retó Sirius. Harry estaba a punto de recordarle que eso ya había ocurrido, pero se quedó de piedra al mirar a su alrededor.
Al parecer su padrino no era el único que parecía a punto de ir a asesinar a su primo. Remus dejaba ver perfectamente el lobo en el que se convertía una vez al mes y a su lado Tonks había perdido el control de sus emociones y su pelo estaba aún más rojo de furia que el de los Weasley. Los pelirrojos tenían la varita en la mano, igual que Hermione y el equipo de quidditch, y tenía pinta de que tenían problemas para contenerse.
Harry era su hermanito. El más pequeño de todos tanto en el equipo como en la familia Weasley, sin contar con Ginny, y a partir de ahora si alguien le tocaba un pelo de la cabeza iba a afrontar las consecuencias. Consecuencias desagradables. Muy desagradables.
Al ver esto a su alrededor Harry se quedó sin palabras. Todos estaban dispuestos a defenderle. Sintió una mezcla de cariño y agradecimiento y entonces se dio cuenta de eran su familia. Todos ellos. Y, igual que él los defendería, él no podía esperar nada menos de su parte.
Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.
- ¿Y si no hubiese pasado eso qué? - bufó la señora Weasley -. ¿Te habrían comprado algo?
Harry solo se encogió de hombros despeinándose el pelo de nuevo. Probablemente, es más, casi seguro que no le habrían comprado nada, pero no pensaba decirle eso a la señora Weasley. Ella ya parecía a punto de echar fuego por los ojos sin que se lo confirmase.
Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.
- Odio tu suerte, Harry - bufó Ron -. De verdad, de no ser por eso no habríamos tenido ni la mitad de problemas.
- ¡Hey!, que no siempre es tan mala - protestó inútilmente. En el fondo sabía que la suerte solo le sonreía a la hora de salir de situaciones de vida o muerte. Por lo menos de momento. Y esperaba que siguiese teniéndola en esos momentos durante mucho más tiempo.
He tenido que dividir este capítulo en dos partes porque se me bloqueaba porque era muy largo así que está en dos partes. Pero están las dos subidas. Besos!
