Culpable
Sophieluna
Cuarto: De regreso al caos
El artefacto que había dejado se había activado algunos días atrás. Quizá era lo que estaba esperando, de lo contrario, estaba segura, podría enloquecer. Caminó apretando el paso con la vista fija en la distancia, hasta llegar al área permitida para desaparecerse. La mirada escrutadora de los magos y brujas a su paso, entre otros cuchicheos, la intimidaban horriblemente, dándole por momentos un aspecto de infierno a cada paso que daba. Sólo haciendo grandes esfuerzos lograba llevar el rostro seco, Navidad dentro de pocas horas y la desesperación suficiente para querer hacer cualquier locura que le devolviera la poca fe que ya no tenía.
Se acomodó la capa de viaje antes de emprender el viaje. Esperaba débilmente encontrar el portal abierto todavía, aunque todo apuntaba a lo contrario. Se concentró en su destino y desapareció con un modesto plop. Era su única posibilidad si es que en algún momento pudo considerarla como una de ellas… el tiempo se agotaba y nada parecía ayudarle. Logró aparecerse sin contratiempo alguno, la penumbra del pasillo envolviéndola. Con la varita en alto, iluminó el largo camino hasta una ya conocida sala de estar. No estaba equivocada, la madera dentro de la chimenea crepitaba y lanzaba largas llamas que se proyectaban a lo largo de la estancia. Caminó con cautela hasta el centro de la adornada habitación, recorriéndola con la mirada palmo a palmo. Todo parecía estar en su lugar, salvo…
-¿Qué haces aquí?
… esa bufanda gris sobre el sofá del fondo.
Volteó hacia la voz y enfrentó la dura mirada de Draco. Las palidez cubría el rostro del rubio, un par de profundas ojeras alrededor de sus ojos.
-¿Qué haces aquí, Granger? –La tirantez en su mirada no vaciló.
-Draco, yo… -Se frotó las manos, herida. –Necesito que me ayudes.
-No tienes derecho a irrumpir en mi propiedad de esa manera. Creo que fui muy claro al decirte que no quería saber nada más de nadie, incluyéndote. –Se cruzó de brazos. –Vete. Ahora mismo.
-Draco, las cartas. –Suplicó. –Yo te envié muchas cartas con Hedwig.
-Las quemé. –Cambió los ojos. –Vete, Granger.
-Eres mi única esperanza. No me hagas esto, Harry está…
-No me interesa. –Gruñó.
-¡Si no hago algo, le van a hacer no-se-que-cosa, Draco! No me puedo quedar sin hacer nada… -inspiró ruidosamente. –Desde que despertó pensé que todo volvería a ser como antes, pero no… -se llevó las manos a la boca; -Harry ha perdido el juicio. –Gimió.
La expresión de Draco era la misma. Hermione alzó los ojos lavados por las lágrimas y esperó. Sus manos temblaban con violencia.
-Granger, no me interesa lo que le haya ocurrido a ese gryffindor. –Meneó la cabeza. –No es mi problema.
-Por favor –Pidió –no podía hacer algo por mi misma. Harry no quiere ayudar, sólo está culpándose a cada minuto sin siquiera oír mi voz. Ellos se aprovecharán de eso, estoy segura… lo van a masacrar…
-Granger. –Continuó impasible, pese al nudo terrible en su garganta. –No me hagas utilizar la fuerza. Vete de una maldita vez. –Su mirada comenzaba a escocerle.
-No. No tengo otro lugar a donde ir. Se me acaba el tiempo, Draco. Por favor… hazlo por mí. –Apremió. –Sólo por mí. Yo te juro que después de esto, me desaparezco si es lo que quieres… pero por favor, Draco. –Se tragó los gemidos y limpió su rostro con las manos, en un ademán desesperado.
-Eres insoportable. –Bufó. -¿Qué es eso que sólo puedo hacer yo? No creo que no puedas conseguir a alguien a parte mía en este planeta.
-La noche del asesinato de Ron. –Su tono descendió dramáticamente. –Esa noche estuviste ahí. Tú sabes perfectamente quien lo hizo. Necesito que declares ante el Ministerio, así Harry…
-Jamás. –Cortó fríamente. –Por ese amigo tuyo nada haría. Además, nada cambiará si cuento lo que ocurrió ese dia. Sigo siendo el culpable oficial; -torció la boca, -gracias a tu querido amigo.
-No me entiendes. Harry está culpándose por la muerte de Ron, por el operativo para atraparte y…
¡¿Qué?! –La expresión del rubio se desfiguró horriblemente. –Tu estás diciendo que… -tragó, incrédulo; -¿ese estúpido Potter se está echando toda la culpa?
-Si. Despertó hace una semana y en un momento en que salí, huyó y se entregó. Yo… no sé que voy a hacer si a Harry se lo llevan para Askaban. Draco; -gimió –tienes que ayudarme.
El rubio estaba en shock. Pasó varias veces las manos por su platinado cabello, caminó de un lado a otro, incapaz de controlarse. Estaba hiperventilando cuando intentó decir algo y sólo cerró la boca de nuevo, confuso.
-Lo acribillarán. –Soltó al fin. –Sólo les está dando lo que quieren… es un imbécil. Asqueroso gryffindor. –Se humedeció los labios; -aunque, no me sorprende. Siempre fue estúpido.
-Draco… -Susurró, Hermione. -¿Vas a venir conmigo?
-No.
-¡¡¿Qué dices?!! ¿No vas a venir conmigo? Oh, Draco… -Retrocedió espantada, las lagrimas bañaban sus mejillas. –Dejarás que lo maten… yo, yo no sé que voy a hacer… esto, esto va a matarme…
-Granger.
-No… -Se cubrió el rostro con ambas manos. Temblaba de pies a cabeza.
-Granger, espera. –Un escalofrío recorrió su espina dorsal.
-Hermione sollozaba confundida, dando traspiés hasta chocar con la pared del fondo. Abrió los ojos desmesuradamente y se contrajo de dolor, negando desesperadamente.
-¡¡¡Hermione!!!
Los ojos de la castaña lo enfocaron al instante, petrificada.
-No puedo ir contigo. Pero si voy a ayudarte. –Dijo lentamente.
-Draco… -gimió, esperanzada.
-Voy a contarte todo. Tú llevarás las pruebas al Ministerio y echarás por tierra las idioteces de Potter. ¿Entendido?
-Si. –Caminó tambaleante con una expresión distinta, hasta encarar a Draco.
-Vamos, siéntate. –Señaló el sofá. –No tenemos mucho tiempo. Espera; -Hermione le miró atenta. –No le digas a Potter que fui yo el que te dio esa información… después de esto, no te quiero ver cerca. te lo dije una vez y hoy lo repito. Harás como si esto nunca pasó.
-Pero, Draco… -Pidió.
-No. –Respondió, inflexible. –Es mi condición para ayudarte, de lo contrario te vas ahora mismo.
Hermione bajó el rostro y suspiró lentamente. –Está bien. Tienes mi palabra.
-oOo-
-Fue una treta muy bien planeada.
-Esa afirmación es muy… espero que sepa lo que está diciendo.
-Si, señor. Tengo en mis manos cada una de las pruebas que soportan lo que digo. De hecho, estos mortífagos estuvieron rondando mi apartamento durante varias semanas antes de lo ocurrido. Todo fue perfectamente calculado.
Extendió un montón de pergaminos sobre la mesa del Ministro, con cada una de las investigaciones que, por su cuenta había realizado y las pruebas que había obtenido donde, todo se mostraba claro como el agua.
-Vaya… no pensé que llegaría tan lejos, Hermione Granger.
-Se cometió una injusticia de dimensiones escandalosas y estoy en mi derecho de exigir una reivindicación. Creo que no existe nada de malo en ello. ¿O si?
-No, claro que no. –Respondió nerviosamente, pasándose una mano por la encanecida cabellera. – Incluso, fue reprobable la actuación del Ministerio y le pido mis más sinceras disculpas por ello. Puede estar segura que los culpables recibirán su recompensa, el señor Potter y su oficina de aurores.
-Harry sólo fue una víctima de las circunstancias. El…
-No podemos tapar el sol con un dedo. De hecho, las acciones que hoy nos avergüenzan fueron llevadas a cabo al mando de este hombre.
-Yo sólo quiero que Draco sea absuelto públicamente y que los culpables de la muerte de mi esposo sean atrapados.
-¿Y dejar impune la injusticia cometida contra el señor Malfoy? ¿Eso me esta pidiendo?
-No, señor. Sólo le pido que me deje a mí el castigo del señor Potter. Usted se puede encargar de sus aurores. ¿Cree que puede concederme eso?
-Es usted muy ambiciosa.
-Por favor.
-Me pide algo casi imposible debido a las circunstancias. Me gustaría ayudarle pero eso es… demasiado.
-Yo haré que Harry Potter pague por lo que hizo.
El brillo incandescente en las pupilas marrones de la castaña hizo que un escalofrío recorriera la espalda del ministro.
- De por hecho la absolución del señor Malfoy, con toda la publicidad del caso, si eso le complace mas. En cuanto a lo otro… lo siento, señora Granger, pero no pienso tener contemplaciones con nadie, sin importar si se trata del señor Potter.
-Eso no pasará, simplemente yo actuaré en nombre del Ministerio. Créame, señor ministro. Haré justicia. –La convicción en sus ojos era sólida. Pero no lo suficiente como para convencer al viejo mago.
-Por favor, no me pida imposibles. En estos momentos, tengo a un Potter dispuesto a dejarse besar por un dementor, en los calabozos. Desde que se entregó, hace unas doce horas, no ha parado de echarse la culpa por lo sucedido con el señor Malfoy. Acceder ante lo que me pide sería un acto descabellado. –Enarcó las cejas buscando aprobación; - tengo que darle al señor Potter lo que quiere, y que de hecho, merece. Así, la posición del Ministerio quedará muy clara ante este tipo de situaciones, siempre condenando a quienes osan alterar la paz de nuestro mundo. –Cambió la expresión de su rostro, reduciendo su boca a una fina línea, -sin importar de quien se trate.
-Respeto su posición señor Ministro, pero no la comparto. Creo que la posición del Ministerio de Magia no debe depender de actos como los ocurridos. Sólo que… sería una insensatez creer en las palabras de Harry Potter, en estos momentos. Es un hecho que todo lo que ha pasado ha llegado a trastornar su cordura…
-No necesito creer en las palabras del señor Potter para encontrar la verdad. Sus actuaciones frente a este caso merecieron la atención de muchos magos, ahora testigos. Creo que es irrelevante el estado mental en que se encuentre; siempre y cuando pueda pagar por sus actuaciones reprochables.
El rostro de Hermione se cubrió de un velo helado. Cualquier intento por sacar a su amigo, estaba echado por el suelo. Se levantó del incómodo sillón y miró por última vez al Ministro:
-Espero que sea muy objetivo en el tipo de correctivo hacia el señor Potter y sus aurores. Recuerde que para la comunidad mágica, su héroe es el que está tras las rejas.
-No tiene que decirme eso, señora Granger. –Sonrió ya molesto. -Delo por hecho.
-oOo-
Amanecía de nuevo y el sueño simplemente había desaparecido. Cansado de dar vueltas en la cama, estaba ahora acostado, con las manos tras la cabeza y mirando hacia el techo de su habitación, esperando con los sonidos de la mañana en el cercano bosque. Un día completo y las noticias no se hacían oír todavía. Aunque su único medio de información era el Profeta que continuaba llegando a pesar de la supuesta ausencia de habitantes dentro de la mansión. Lo que hacía un contrato renovado cada dos generaciones por su familia… al menos, tendría suficiente periódico si faltaba todo lo demás.
Eran demasiadas cosas que se habían revelado en las veinticuatro últimas horas, no sabia cual de todas podría colapsarlo más o en que punto del camino dejaría de aceptarlas como verdaderas. Una vez creyó que con su exilio el resto del mundo dejaría de existir, hoy ese mismo mundo le golpeaba en el rostro todo el tiempo en que permaneció alejado. Que Harry estuviese envuelto en un problema de magnitud escandalosa competía con los casi dos meses de anestesiado letargo en San Mungo, mas cerca de la muerte que de superar el nuevo giro de su vida.
Al menos, no estuvo ahí para permanecer día y noche al lado de un vegetal, su espíritu no hubiese aguantado mucho. Pese a su propio dolor, no quería alejarse de nuevo, esperaba ver a Harry libre, sin importar si la injusticia cometida en su contra era pagada por el moreno o no. No tenía ánimos de verlo caer frente a todos, tan sólo necesitaba un largo descanso, con la potestad de olvidar cada maldito minuto, después de que su mundo se colapsó.
¿Qué sentía? Era muy pronto para enfriar del todo su corazón si le estaba doliendo horriblemente todo aquello, quería correr y sacar a Harry de la mirada acusadora de todos los que hoy lo acusaban, abrazarse a su pecho y cerrar los ojos a un nuevo día. La realidad escocía y sus ojos perdían lágrimas que rodaban por los costados de su rostro hasta perderse en su cabello. Porque en ocasiones no es suficiente querer si un muro de razones se interpone monstruosamente.
El periódico llegó sobre las siete cuando se paseaba de sueño en sueño lo suficientemente despierto para sentir el sol avanzar a través de las ventanas y aun adormilado como para levantarse. Vio el pliego de papel caer ligeramente sobre una mesita, en el centro de la estancia y la ya familiar lechuza alzar su vuelo nuevamente, como cada mañana. Observó largamente sin parpadear hacia el opaco papel, cada vez más ansioso, hasta que fue incontrolable y se levantó de un salto para tomar el periódico en las manos y regresar de nuevo a la cama. La noticia de primera plana ocupaba tres cuartos de la página principal, un gran titular enmarcaba una foto a blanco y negro, donde Harry parpadeaba avergonzado hacia la cámara, con los brazos tras la espalda. "Harry Potter será llevado a Askaban". Aguantó la respiración hasta sentir las lagrimas resbalar por sus mejillas y se derrumbó entre los almohadones blancos, gimiendo quedamente.
Así que Hermione no pudo pararlo, todo estaba perdido. Luego de mucho tiempo, levantó el periódico y se dedicó a leerlo, encontrando un morboso amarillismo de principio a fin. Rápidamente se incorporó al llegar al final del articulo, con la mirada fija y la resolución en su sistema, nadando.
-oOo-
Estaba ocurriendo tal como lo esperaba. Cientos de magos y brujas curiosos se apostaban a las afueras del Ministerio de Magia a la espera del momento en que su héroe sería sacado de los calabozos donde permanecía, rumbo a la sombría prisión mágica de Askaban. Varios grupos con pancartas gigantes que rotaban mensajes de apoyo cada pocos minutos, camisetas con un gran "confiamos en ti, Harry" estampado en color neón y afligidos rostros que no ocultaban la tristeza reinante. Periodistas de distintas partes del mundo se apretaban entre la multitud, buscando obtener la primicia del momento.
Draco se deslizó sin levantar la mínima sospecha hasta encontrar un lugar cercano a las puertas del edificio, detrás de un grupo de activistas que apoyaba la firme decisión del Ministerio de procesar a Harry por sus intransigencias. Una vieja poción ilusionadora guardada en su mesa de noche, había servido para cambiar su aspecto casi completamente; luciendo como un atlético moreno de ojos azules y espesas cejas, extranjero a los ojos de cualquiera. El efecto duraba algo menos de ocho horas, tiempo suficiente para ver lo que de seguro ocurriría.
Pero no tuvo que esperar mucho tiempo entre la multitud. Hora y media mas tarde la actividad en el edificio incrementó dramáticamente como nunca lo había visto. Minutos más tarde un fuerte grupo de aurores custodiaba un par de magos que llevaban a Harry en medio, con las muñecas atadas a su espalda y el rostro caído. Caminaba casi inconscientemente, sometido a los aplastantes brazos de los guardias, a cada lado de su cuerpo. Abucheos, gritos, maldiciones y toda clase de mensajes de odio eran dirigidos hacia el moreno. Algunos guardaban silencio, expectantes, viendo como el elegido era reducido a un criminal mas. Incluso los que minutos antes gritaban palabras de apoyo, soltaban ahora algo menos que suspiros y jadeos.
Draco observaba sin casi parpadear, con los ojos vacios y sin quitar la mirada de Harry, ajeno al tiempo y sintiendo profundas punzadas de dolor recorrerle sin piedad. Los flashes de las cámaras se estrellaban sobre el moreno, dándole un aspecto lamentable… podría decir que sólo quedaban cenizas.
A pesar de estar tan cerca, nada haría porque ya no estaba en sus manos. Permaneció apostado tras una columna de mármol hasta que Harry desapareció de su vista, sin fuerzas para quitar la vista o pronunciar una sola palabra. Estaba mas allá del tiempo, envuelto en todo el pasado de su vida, viendo como los trozos de su alma se desmoronaban uno tras otro, cayendo estrepitosamente. Cuando se percató de que debía regresar a casa, la luna llena iluminaba poderosamente sobre un límpido cielo, con pocas estrellas.
-oOo-
Si los días fueran noches,
El sol calentaría mi insomnio,
La luna iluminaría mis lágrimas
Y los demonios
Tendrían la luz que odian.
Entonces este era el fin de todo. Aquí debía terminar su vida, tras la pesada puerta de hierro de lo que ahora era su celda. Estaba alejado del resto de los prisioneros, desconocía si era peor o mejor que tenerlos cerca. Sin argumentos cavilaba, yendo de recuerdo en recuerdo, sintiendo la calidez de los días en que todavía sonreía y el temor era sólo una sombra gris sin sentido alguno. Se percató de sus lágrimas mucho tiempo después de que estas bañaban su rostro sin descanso, cuando la oscuridad empezaba a apabullarlo realmente. No sabía si aun era de día o si la noche ya había comenzado. Allí siempre existía oscuridad y frio.
Tenia el cuerpo entumecido, sin embargo, no se movió. Con los ojos llenos de un miedo irracional, contemplaba el pequeño y horrible espacio al que se había reducido su mundo: un feo camastro desnudo junto a una letrina, era todo lo que tenia, sin contar el plato metálico con asquerosa comida bajo la ranura de la puerta. Respiraba cada vez mas intranquilo, el terror creciendo en su pecho y la sensación de encierro con ganas de ahorcarlo. Un lejano pero profundo grito se dejó escuchar en medio del silencio, helando sus labios y rompiendo las riendas de sus más escondidos miedos. Se abrazó a sus piernas, apretando tan fuerte que sus dormidas articulaciones crujieron en desaprobación, con los ojos cerrados, temblando sin control alguno.
Descubrió casi al instante que nada lo libraría de los dementores, sin importar los esfuerzos sobrehumanos que intentara. Un grito más y el colapso llegó para cargarse su cordura, perdió la noción de tiempo y cada maldita razón para contener el miedo. Ahora nada serviría. "Culpable, culpable…" era lo único que resonaba en su cabeza, cada vez mas fuerte y horrendo hasta arrancarle agudos gemidos. Se deshizo en su culpa hasta el mismo amanecer, cuando el sueño le venció y un sol inexistente alumbró del otro lado del mar.
Los sentía a cada momento, listos para reducirlo a algo menos que nada. Tenía la certeza de que los vería llegar a esa celda, en cualquier momento. Así que no esperaba algo diferente del beso de uno de esos goteantes espectros. El tiempo se perdió entre la humedad constante en su rostro, el poco sueño al que se entregaba cada vez que sus ojos se cerraban sin importar la vigilia obligada a la que estaba consagrado, las pesadillas que hacían que el infierno fuera el mismo cuando caía dormido al que vivía con los ojos abiertos y la constante espera de la muerte.
Draco venia a su mente en medio del dolor y los horripilantes gritos de esas cosas, allá afuera, cuando se sentía desfallecer y apunto de entregarse a la oscuridad. Parpadeaba varias veces, con la imagen fresca del rubio que iluminaba con fuerza su alma, alejando por momentos la helada oscuridad que venia a matarlo. Se entregaba a ella durante largos minutos, rompiendo en llanto cuando se desvanecía. Por alguna extraña razón que no comprendió nunca, los dementores fueron siempre un perverso mal agitándose en la distancia, sin la suficiente maldad para llegar hasta donde se encontraba.
-oOo-
Los minutos corren
Mi corazón aun palpita
Levanto las manos
Y observo el manto helado
Que cubre mis heridas.
Pese al tortuoso lugar, el constante frio y los mismos dolores que aun permanecían; el terrible miedo fue cediendo hasta hacerse soportable. Reprimía gemidos cada vez que escuchaba los lastimeros gritos llenar su mente, sintiendo el helado avance hacia su celda. Un momento de tantos entre las sombras, fue consciente de que ellos no se acercarían, al menos llevaba algo mas de una vida esperando a morir bajo sus humeantes rostros y nada ocurría todavía.
Llorar aun entre los sueños debilitó su espíritu hasta perder gran cantidad de lágrimas; la horrible realidad que no cesaba, dejaba de aterrarlo por momentos, estaba empezando a acostumbrarse a ese infierno y sus dagas mortales comenzaban a no herirlo. Quizá ya estaba lacerado hasta un punto de no regreso donde llorar era poco importante y ver nada no podía hacerle mas daño. El tiempo gastado en lamentarse se perdía ahora entre viejos recuerdos; la calidez de las sonrisas de sus amigos, los abrazos de Molly Weasley, el sabor del chocolate derritiéndose en su boca y los profundos besos mientras Draco se ajustaba a su cuerpo, transcurrían con parsimonia, perdiendo brillo y limitándose al blanco y negro. Cada vez dolía menos tener nada, un profundo vacío comenzaba a extenderse sobre sus heridas. Aislándolas, lejos del dolor y el frio, perdiéndolas en el mar profundo de su alma para no recordar siquiera que estaba perdido.
Dejó de añorar la luz del sol y el calor bajo las mantas de su cama, el peso de la vida que ahora era todo cuanto tenía, envió lejos algo diferente a la corta y amarga rutina de su celda. Terminó comiendo (primero con asco, luego con resignación) la masa uniforme y en ocasiones, sin sabor, que era depositada en el plato metálico cada día. La única luz real era la que se colaba por la rendija de la puerta cuando recibía su ración diaria. Poderosa y lejana, límpida y blanca, viva… con el tiempo, dedicaba sus horas a la espera de verla, soñándola tan cerca que podía tocarla. Y cuando la tenía colándose a través de la oscuridad durante unos pocos segundos, podía olvidar todo cuanto sabía y sólo importaba ese rayo libre, aun más poderoso que la densa negrura a la que estaba atado.
Con cada nuevo tormento aprendió a dejar fluir el dolor hasta embriagarse con su veneno, incapaz de morir ya bajo su peso. La influencia de los dementores era algo menos importante cada vez, llevándose cada vez más lejos su culpa hasta olvidarla por largos minutos en que se perdía entre las sombras proyectadas en la mohosa piedra. Incluso, un día logró mover su plato de comida unos cincuenta centímetros con algo menos que esfuerzo mental. El tiempo ya no era importante, ni su sueño o la poca hambre que sentía, sólo el hielo recubría cada trozo herido de su corazón, dejándolo inmóvil y sereno.
-oOo-
Los segundos se llevan
Por pedazos tus recuerdos.
Mientras tanto sonrío ausente
Por algún chiste austero;
Estoy olvidando, creo.
Primero, el sueño regresó. Dormía tantas horas como podía, algunas veces reviviendo pesadillas y otras tantas tan sólo en un blanco vacío. La simpleza de los días, el constante frio que ya no hería y la oscuridad profunda, dejaron de importar con el paso del tiempo. Quizá acostumbrarse era mejor antes que preferir morir entre las herméticas paredes de su pequeño mundo. Cualquier infierno puede llegar a ser tolerable, la capacidad de los humanos de adaptarse a cualquier situación es realmente sorprendente, aunque encontrarle explicación a su supervivencia estaba lejos de importarle. Observaba sin palabras en su mente a las paredes empedradas, viendo fugaces momentos que ya se desdibujaban antes de aclararse completamente, perdiendo brillo y fuerza, dejando de ser importantes. Lentamente, los rostros dejaron de regresar y el frio calado en su corazón llenó por completo su mente. ¿Serenidad o vacío? No lo sabría. Igual, sentía lo mismo, día tras día. Alguna vez, con los ojos inflamados por el llanto, pidió por Draco y sus besos calientes… descubrió poco tiempo después que nadie volvería a por el, ni siquiera la muerte. Estaba pagando por algo que sabía había costado su vida entera. Ahora esos escombros, nada valían.
Durante el tiempo en que no dormía, permanecía sentado o recostado a la fría piedra, con los ojos fijos en algún punto muerto más allá de su encierro, sin realmente moverse, ajeno a sus viejas penas o a los fantasmas allá afuera, listos para robarle la poca llama que todavía que no se extinguía. Demasiado solo para necesitar compañía, demasiado triste para advertir en qué se había convertido, con la mirada ausente y un silencio sólido envolviéndolo sin dejarle un mínimo espacio para respirar. Ya no existía vida, esperanza o algo parecido a los sueños, tan sólo niebla y en ella: vacío. Desconocía que ocurrió con Draco, Hermione y los Weasleys, de cualquier manera, poco importaban ya, estaba lejos de ellos porque ya no estaba en su mundo.
Luego de olvidar sin saberlo cientos de cosas que ya no importaban, porque se olvida realmente cuando deja de importar, dejó de alterarse por los sonidos que ocasionalmente llamaban su atención. Escuchaba en la distancia lamentos, sollozos, gritos, risas desencajadas que antes lograban aterrorizarlo pero que perdieron fuerza hasta hacerse inaudibles. Un día cualquiera, las ganas de levantarse no acudieron a su cuerpo, así que se quedó sin moverse, con la mente en blanco y la respiración pausada. Afuera, el tiempo corría inalterable.
***
