Releía por tercera vez un mensaje de sus espías en Drachma mientras buscaba claves ocultas o palabras faltantes que le advirtieran de peligro o de algún ataque. El reporte decía que no había movimientos militares en contra de Amestris.
Olivier no podía creerlo.
Después de ser informada del ataque de Drachma al fuerte, por la doble traición de Kimblee, ella esperaba un ataque como represalia. Lo había esperado por años. Y este, parecía que no se produciría… aún. Lo que más temía era que, mientras ella esperaba una advertencia, movimiento o algo, Drachma podía estar tomándose su tiempo para orquestar un ataque a nivel masivo.
Todo estaba a favor de Drachma: el cambio de Führer, la movilización de tropas para la restauración de Ishval —que aún no terminaba—, la movilización de tropas a Lior —por razones parecidas—, los conflictos con Aerugo en el Sur…
—General Armstrong —llamó Falman entrando a la oficina—. Estos papeles necesitan su firma —terminó él poniendo los papeles sobre el escritorio—. El té estará listo en un par de minutos.
El hombre de cabello gris y ojos eternamente cerrados dejó la habitación mientras ella comenzaba a pasar los ojos por los papeles. Petición de raciones, firma. Movimiento de tropas, firma. Ingreso de soldados, firma. Vacaciones de alguien, firma. Reporte de campo, apartado para inspección real —necesitaba la versión menos resumida de su asistente para esto—. Insumos entregados al fuerte, firma. Avistamiento de osos resuelto, firma.
Se detuvo cuando Falman entró con la bebida caliente. Le agradeció someramente y, antes que pudiera invitarle a sentar para lo de ese reporte de campo, el teléfono sonó.
Ella misma se levantó para responder.
—Aquí Armstrong —saludó con su tono imperativo y frío.
—¡General Armstrong! —saludó una voz que reconocía al instante—. ¿Cómo se encuentra todo en Briggs? —preguntó él con un tono falsamente amistoso y completamente irresponsable.
—¿Qué quieres, Mustang? —lo cortó de inmediato.
—Directo al trabajo como siempre, ¿no, General? —dijo con un suspiro de resignación—. Miles está en un mal punto —sonó al fin la voz seria de Mustang—, creía que le interesaría saberlo.
—Ese no es mi problema, Mustang. Dejó de serlo cuando firmé tu petición para llevártelo de los cuerpos de Briggs. Ahora es tu responsabilidad.
La risa de Mustang sonó por el teléfono tan clara como burlona. Olivier separó el auricular del oído para escuchar lo menos posible de aquel sonido que le hacía querer desenfundar su espada.
—Junto con otra "responsabilidad" —habló Mustang de nuevo, dejándose de reír—; una que no pedí.
—¿Es que no te gustó mi regalo? —dijo con sorna mientras sonreía de forma malvada.
—Me diste un regalo muy útil —dijo jactancioso—, me quejo del soldado defectuoso.
—¡Tú eres el defectuoso, Mustang! —gritó enfurecida al fin—. Ningún hombre de Briggs se acobarda, ninguno se rinde y nunca son derrotados en una misión.
—No es lo que yo estoy viendo, General —dijo Mustang con una voz extrañamente calmada—. Miles necesita un poco del amor Armstrong.
Olivier le colgó el teléfono con un golpe que hizo crujir la madera del escritorio. Si no hubiera estado tan enojada, se hubiera sorprendido de que el teléfono no sufriera daño ante el golpe. Lo que notó fue a Falman escabulléndose de la oficina.
Se quedó viendo el teléfono por el cual le habían movido su mundo como sólo un terremoto podría. No sólo era el ataque a sus capacidades de líder, o a su soldado entrenado. Había mencionado a Miles.
Con un suspiro que no se hubiera permitido dar en presencia de otros, Olivier hizo aquello que sabía debía evitar: recordó a Miles.
Casi dos años le había llevado enterrar en lo profundo de su ser esa cosa extraña en su estómago que la hacía querer vomitar. Sentimientos, lo llamaría cualquier otro; ella no, no podía tener sentimientos. No podía tener corazón.
Y, aún así, ese algo en su pecho había dolido con algo diferente a la herida de una bala; en más de una ocasión. Y todo por causa de Miles.
Apenas había recibido información de los espías… de las personas leales a los Armstrong, que le comentaban acciones extrañas entre los militares de Central, Miles había aparecido en su oficina llamándola por ese nombre que sólo él usaba y sólo usaba en ciertos momentos. Pero ella no estaba para caricias y sudor en la piel mientras tuviera que indagar más en esa información de alteraciones militares para poder anticiparse y proteger a Amestris.
Una vez más él la había buscado, con ilusión en esos ojos rojos y un deseo ardiente que le daba vida gracias al alma que reflejaban. Ella había recibido una llamada que le advertía de una movilización militar en Drachma y la sospecha de que mandaban espías hacia Amestris. Cuando lo había visto entrar a su oficina con ese deseo en los ojos, ella había deseado arrojarse a sus brazos, ser sostenida por la fuerza de esos músculos y sentirse protegida ante la envergadura del ejército anunciado. En cambio, se había endurecido, no dándose el lujo de tener una debilidad que despreciaba, y había mandado salir al Mayor. En cada una de esas ocasiones él había comprendido que debía replegarse.
En la mansión Armstrong, él se había acercado de nuevo… justo después que ella hubiera firmado la petición y la orden para dejarlo ir. Había querido tomar su invitación, pero sabía esa cosa en el estómago y en su pecho sus peores consejeros. Porque meterlo a la oficina donde acababa de firmar su reubicación y arrancarle la ropa, era una pésima idea en tantos sentidos…
Sin contar que estaba casado. Y su honor, su orgullo y su dignidad de mujer y de soldado no le permitían cruzar esa línea con un hombre casado… por más que esa cosa en sus órganos le dijera lo contrario.
Aunque él hubiera estado a punto de desobedecer una orden, o tal vez por ello mismo, Miles había probado ser uno de los mejores. No sólo por su fuerza, su voluntad o su entereza, sino por el tipo de cabeza que tenía sobre los hombros. Así lo había probado una y mil veces; la última junto a la cama de Scar, cuando lo convenció de ayudar en su misión, cuando —al hacerlo— le dio una nueva misión en la vida, y cuando no se despidió de ella.
Pero Miles, como cualquiera, era un hombre —un humano— vulnerable en algunos puntos más que en otros. Primero había sido esa sangre Ishvalí corriendo por sus venas. ¿Sería que ahora se había ablandado en el calor del desierto? ¿Dónde demonios había quedado la fuerza con la que se había levantado de su flaqueza?
Tal vez, después de todo, el matrimonio sí castraba a los hombres.
—¡Maldita sea, Miles! —gritó mientras golpeaba su escritorio y se ponía de pie.
Iba a tener que hacer que le crecieran las pelotas de nuevo a ese hombre.
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Cuando llegó a Ishval, llegó a plantar las manos sobre el escritorio de Mustang; a enfrentarse con él.
—Vine a arreglar tus problemas, Mustang —dijo furiosa. El viaje había sido largo y de todo menos placentero—. ¿Dónde está Miles?
—Alguien la llevará a él, General; no se preocupe. Mientras tanto, ¿por qué no se relaja? —preguntó guasonamente, seguramente para molestarla—. La reconstrucción de la ciudad va por buen camino, la línea ferroviaria que cruza la ciudad hasta Xing está progresando tan rápido que los cambios son vertiginosos…
—¿Me estás reportando, Mustang? —preguntó ella con sorna y una ceja levantada. A nadie le había pasado inadvertido que Mustang había ganado el título de General; unos dos rangos más que el de ella.
—Sólo hacía conversación —respondió de inmediato con un tono desenfadado y una sonrisa boba pegada a su cara mediocre.
—No vine por política, General Mustang. O me da una orden, o resolveré esto como mejor me parezca —amenazó a su superior.
Pero es que, para Olivier Armstrong, el cargo no generaba el respeto sino el hombre que lo portara. Y aunque de alguna forma respetara a Mustang, muy en lo profundo y justo donde nadie se enterara de ello, el fuego y el hielo nunca se llevarían bien. Lo que era lo mismo a que ella no soportaba a los tipos como Mustang.
—General —los interrumpió la voz severa de Hawkeye—. Oh, no sabía que estaba ocupado —se disculpó ella de inmediato.
—Ya terminamos aquí —respondió Olivier dándole la espalda a Mustang. Miró al ahora Coronel Hawkeye y sonrió desdeñosamente—. Es una lástima que siga protegiendo a este bueno para nada. En Briggs siempre necesitamos gente como usted, Hawkeye.
—Tiene razón, General Armstrong. Gracias por sus palabras —respondió Hawkeye con una inclinación formal de cabeza.
—¡Ey! —gritó Mustang a la espalda de Olivier—. ¿Vas a dejarme, Coronel?
—No voy a dejarlo, General —respondió la aludida con un tono plano y casi paciente—; pero el General Armstrong tiene razón en lo que dice. Ahora, por favor, termine con su trabajo.
Olivier salió de esa oficina aún escuchando el intercambio de aquellos. No pudo reprimir una sonrisa casi cruel, casi orgullosa, por la forma en que Riza Hawkeye era capaz de manejar a Mustang. Por algo, además de por sus capacidades en el campo, estimaba a esa mujer; lo supo en ese momento.
Cuando salió del edificio del Cuartel de Ishval, se sorprendió al ver a Ishvalí acercándose a ella. Su cabello blanco había crecido, ahora lo llevaba en un mohak atado en la parte posterior del cráneo, pero la cicatriz en forma de cruz en su cara era igual. La mayor diferencia la encontraba en sus ojos, éstos brillaban con paz y con la seguridad de alguien que ha encontrado su lugar y su misión.
—Ishvalí —saludó ella en cuanto se encararon.
Él resopló con lo que parecía algo de diversión y le dedicó una sonrisa sincera.
—Es verdad —dijo recordando—, te dije que me llamaras cómo quisieras —terminó en buen son.
Olivier le respondió con la sonrisa más sincera que había mostrado en muchos años. Ishvalí era uno de esos pocos hombres que la hacían sentir… en paz. Como si no tuviera que estar en pie de guerra frente a él, como si no necesitarla estarlo.
—Llévame con Miles —ordenó tibiamente, pues Ishvalí no era parte de la milicia.
Vio el ceño del hombre fruncirse, pero —acostumbrada como estaba a generar esa reacción en otros— no hizo caso a las causas probables. Dio media vuelta y caminó esperando que el ishvalí en morado y rojo se pusiera a su lado para guiarla.
Mientras la llevaba a casa del Mayor, Ishvalí le comentaba de todos aquellos acontecimientos que no había querido escuchar de Mustang. Olivier sintió sus labios elevarse en una sonrisa mientras sentía que la brecha entre ishvalís y amestrianos comenzaba a reducirse.
Fue entonces que llegaron a una pequeña casa de una planta, hecha del color de la arena del desierto.
—Llegamos —avisó él deteniéndose frente a la sencilla puerta de madera—. Si me necesitas, pregunta por Akran.
—Para mí siempre serás Ishvalí —amenazó ella.
—Puedes llamarme así —dijo con un ligero asentamiento de cabeza—, pero todos apuntarán a cualquiera de los que estén cerca —devolvió en una provocación amistosa.
Olivier rió un poco antes de volver la mirada a la puerta.
—Mi hermano de ojos rojos perdió a su esposa —avisó Ishvalí como excusa para el otro. Olivier apretó la quijada—. Ella enfermó hasta morir —terminó él.
Ella tragó con fuerza mientras cerraba los ojos dejando que esa información se procesara.
No tenía forma de saber cuánto le habría dolido al hombre que era Miles, pero eso nunca sería una excusa para descuidar el trabajo. La gente moría y los vivos seguían adelante. Esa era parte de la ley del más fuerte.
"Él ya no está casado". El pensamiento cruzó, insidioso, por su mente.
El que ese pensamiento le generara aquellas molestas ganas de vomitar la enojó más con ella misma que con Miles. Se regañó mentalmente por esa sensación que se había generado en ella de alivio ante la desgracia de otro y por el atisbo del deseo de aprovecharse de dada situación. Se lo reprochó una vez más cuando su estómago se reveló ante el decoro; y aplastó el sentimiento a base de furia. La desgracia de uno no podían ser los cimientos para sus deseos. Aunque sus sentimientos no entendieran de ello, su cabeza recordaba a la perfección el exterminio de Ishval y cómo esa desgracia había sido un cimiento para la atrocidad que los homúnculos querían cometer en Amestris.
—Eso no es excusa —dijo en voz alta, tanto para ella como para Miles.
Se regañó de nuevo: ella no había viajado al Este para recoger los pedazos de un hombre endeble; había viajado para patearlo hasta que se pusiera en pie de nuevo. Porque ningún hombre de Briggs se pondría en ridículo, ninguno de ellos la defraudaría a ella… Ninguno la lastimaría de esa forma.
Y ella no era una mujer a la que alguien lastimara.
Ishvalí abrió la puerta de entrada como su fuera propia y Olivier Armstrong entró como si la poseyera.
Apenas necesitó ver la disposición del interior para descubrir que al fondo estaría la habitación. Era una de las dos puertas tras la cocina y la pieza que fungía como sala. Abrió la puerta izquierda con una patada para descubrir su objetivo.
La habitación era pequeña, austera, pero tenía un escritorio, repisas y una cama. Sobre ésta vio un bulto humanoide… y la inspección de la morada terminó así de rápido.
—¡Miles! —gritó enfurecida mientras veía un bulto en la cama y bajo las sábanas.
Se enfureció más aún, al ver la debilidad de ese hombre tirado en la cama a llorar una muerte.
Llegó hasta el bulto aquel y descargó su furia sobre el cobarde con poderosas patadas que hasta entonces sólo había reservado para Alex.
—¡Levántate, Miles! —ordenó furiosa de indignación ante la paliza que no surtía efecto.
Se preparó para seguir con el castigo antes de sentir dos musculosos brazos rodeándola por la espalda para detenerla. Su mano fue a la empuñadura de su espalda.
—¿Mira? —la detuvo una voz casi rasposa, casi incrédula.
Detuvo el movimiento de su mano antes de liberar el filo de su espada.
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Sabiendo que era la sorpresa de ella lo que le permitía sujetarla, pero aún sorprendido él mismo por verla en Ishval, Miles acercó su cara al cuello de ella y respiró profundamente, como si quisiera cerciorarse que era ella por el aroma de su piel.
Ella comenzó a luchar contra la sujeción a la que era sometida así que él apretó más el marco de su abrazo; aún sin estar listo para dejarla ir una vez más. Al ella no haberse liberado de inmediato, él sabía que la reina de hielo no estaba luchando en verdad para soltarse.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en un susurro cerca de su piel—. Porque sólo visitas mi habitación para una cosa.
Entonces ella lo apartó con un fuerte empujón que lo obligó a separarse dos pasos.
—Vengo a meter algo de sentido común en ti. ¡Qué mejor que hacerlo a golpes! —soltó a voz en cuello, con esos ojos azules brillando con promesas de muerte mientras su tono severo le advertía una venganza.
Él sólo pudo verla confundido. Balbuceó un par de veces, como dándose tiempo a pensar en qué podría haber hecho para recibir tal reclamo.
—¿De qué habla, General? —preguntó entonces, comprendiendo que no era Mira sino Olivier Armstrong quien había entrado a su habitación.
—Me hicieron venir desde el Norte porque no estás haciendo tu trabajo. ¡Ineficiente!, ¡soldado defectuoso! Esos fueron unos de los insultos de Mustang que tuve que tragarme por ti, Miles. ¡Me dejaste en ridículo!
—¡Jamás haría eso! —le devolvió alzando la voz.
—¿Cuándo olvidaste el orgullo de Briggs? —gritó más fuerte, sin escuchar siquiera la respuesta—. El desierto te está haciendo débil. ¿Es que Mustang no puede mantener fuerte a sus hombres? —gritó con frustración.
—No soy un hombre de Mustang, General. Soy suyo.
—No, Miles. Dejaste de serlo cuando me avergonzaste —dijo con la voz tan helada que el calor del desierto se dejó de sentir en la habitación completa—. Sígueme —ordenó mientras se dirigía al cuartel.
Aún no sabía lo que haría con Miles, con Mustang o con la situación en general. Miles la había avergonzado frente a Mustang: el bastardo que había llegado a General tras el ataque a Central mientras que a ella la habían mandado de vuelta a Briggs con unas "palmaditas" de amonestación por haber sido vista —sus tropas— peleando directamente contra Bradley.
Le enfurecía eso; porque Grumman, Mustang y Briggs habían luchado en contra del antiguo Führer y sólo ella, por no esconder sus acciones —pero igual hacer lo que se necesitaba hacer—, era castigada. Bien no la habían degradado, tampoco la habían ascendido y eso sólo significaba que Grumman favorecía a Mustang para seguirlo en el puesto de Führer. Mordió con fuerza las quijadas pero un gruñido salió igual por su garganta. Para que a una mujer la tomaran como un igual entre los hombres, ella debía trabajar el doble. También por eso se enojó, pues el pensamiento había llegado a su mente justo cuando su humor no estaba más que para incendiar el fuego de la ira.
Bien, porque pelearía contra el alquimista de fuego; y lo atacaría con ese fuego.
Entró al cuartel a raudos pasos con Miles tras ella. Todos se movían de su camino, asustados ante su humor o su espada, pero se movían abriéndole el camino. Sin escuchar los susurros de aquellos que pasaba, Olivier llegó a la oficina de Mustang. Antes de poder patear la puerta para abrirla, ésta lo hizo sola, para mostrar a una Hawkeye más confundida que sorprendida.
—¿Coronel Miles? —preguntó la francotiradora viendo al hombre tras Olivier—. ¿No estaba de licencia?
—Los planes no salieron como esperaba, Coronel Hawkeye —respondió el aludido con un tono avergonzado. Para cualquiera, ese tono podría sonar tan neutro como el que Miles siempre usaba, pero Olivier lo conocía mejor.
Volteó de inmediato al hombre, sus ojos enfrentaron el rojo isvhalí mientras su cabeza apenas notaba las ropas de civil que él usaba.
—¿Qué planeabas? —preguntó con ojos entrecerrados, ya no pudiendo decepcionarse más del soldado frente a ella.
—Ir a Briggs —respondió tras un carraspeo, y la piel morena de sus mejillas se coloreó de un rubor rojizo que nunca antes había visto en él—. Olvidé algo en el fuerte —terminó con su explicación.
—Debiste pedirlo por correo —amonestó el General Armstrong.
—No cabe en el correo, General —respondió con un tono plano para el mundo, resignado para ella.
—Te dije que arreglaras todo para tu partida —devolvió fríamente.
—Eso era imposible de arreglar en el momento, General —rezongó parcamente.
—General Armstrong, Coronel Miles —interrumpió Hawkeye—. ¿Por qué no pasan a la oficina? Mantendré ocupado al General Mustang para que hablen.
Olivier miró a Miles asentir en silencio y dirigirse hacia la oficina. Sin saber si sería peor para el nuevo Coronel el encontrase encerrado con ella o no, siguió la misma dirección. Él se detuvo frente a la puerta en posición de firmes y la dejó entrar primero.
Y es que Miles, a pesar de cualquier situación, se mantenía fuerte, orgulloso, inalterable y suficientemente flexible como para actuar en cada una de las que se le presentara.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, y el ruido del cuartel decrecer hasta ofrecer la ilusión de privacidad, encaró de nuevo la mirada rubí del mestizo ishvalí.
—¿Qué está pasando aquí, Miles? —preguntó contenida.
—Tampoco lo sé bien. Pedí días de licencia para volver al Norte y arreglar un último asunto y usted llegó a mi casa acusándome de avergonzarla.
—Ese bastardo de Mustang —gruñó entre dientes antes de volverse a Miles—. Me llamaron al Norte para decir que eras un soldado defectuoso. ¿Cuándo te ascendieron a Coronel? —preguntó con los ojos entrecerrados. Analizando.
—Hace unos meses —respondió él, distraído—. ¿Por qué el General Mustang querría sacarla de Briggs? —se preguntó en voz alta—. No es un hombre que quisiera iniciar una guerra o darle ventaja a Drachma —caviló.
—Está probando su recién adquirido poder —soltó Olivier entre dientes desenfundando la espada mientras marchaba a la puerta.
Sujetándola por la muñeca de la mano en que llevaba la espada, Miles detuvo la marcha de la mujer antes que llegara a la puerta.
—Mustang es un hombre leal a sus aliados —lo defendió aún sabiendo que se ganaría el enojo del General Armstrong—. Lo que sea que haya buscando con esto, al menos yo salgo beneficiado —susurró.
—¿De qué hablas, Miles? —gruñó ella sin oponer una verdadera resistencia al contacto de una mano que la sujetaba cálidamente.
—Eres el asunto que dejé pendiente en el Norte —dijo acercándose a ella hasta tener sus labios casi sobre la piel bajo el oído—, Mira.
Olivier entrecerró los ojos ante el nombre, ante la cercanía de sus labios y ante la respuesta de su propio cuerpo. Movió el filo de su espada hasta el cuello de Miles para separarlo de ella.
—Tú te casaste, Miles. Eso que sucedía entre nosotros, tú lo terminaste y no voy a ser tu distracción a la muerte de tu esposa.
Miles se quedó de piedra. El filo de la espada Armstrog en su cuello no era una amenaza real, sólo una advertencia. Lo que le había dejado petrificado eran las palabras que escuchaba.
—Tú me rechazaste las dos veces que te busqué, nunca volviste a buscarme —confesó él con la voz quebrándosele al tener que ponerlo en palabras.
—Tuviste el mal tino de buscarme cuando no tenía el tiempo de ser mujer. Lo siguiente que dijiste fue que te casabas.
—Mi esposa está muerta —dijo él acercándose más a ella, a pesar del filo en su cuello.
—Vive tu duelo como puedas, pero no me involucres —ordenó fríamente.
—Mi esposa murió poco después del "día prometido" —dijo claramente—. Mi duelo terminó hace mucho.
Olivier pensó en aquel día en la mansión Armstrong, cuando él la llamó por su segundo nombre indicándole que buscaba desdibujar las líneas jerárquicas. Cuando ella no le permitió desobedecer una orden de silencio.
¿Era eso lo que había querido decirle?
En todo caso, no importaba. Ya no importaba nada de eso.
—Nada de eso importa ya —puso voz a sus pensamientos.
—En eso tienes razón —secundó él mientras la besaba.
Con sus labios sobre los de ella, sintió su sangre correr por el corte de la espada Armstrong en su cuello y profundizó el beso mientras pegaba el cuerpo de Mira al suyo; la herida y la sangre olvidadas en cuanto ella correspondió su beso.
—Lo que haces es peligroso —dijo ella apartándose del beso mientras intentaba regularizar su respiración.
—No le temo a la espada, Mira.
—No hablo de la espada —dijo ella golpeándolo sin fuerza en el pecho.
—Lo sé —aceptó con un suspiro derrotado—. Pero esto vale la pena. Lo suficiente como para que deje el ejército.
—Te lo prohíbo, Miles —ordenó con su voz de mando.
—Sí, General Armstrong —aceptó él con una sonrisa de lado—. Pero esto nos deja en el mismo punto de antes.
Olivier Mira Armstrong le sonrió con la petulancia de la reina de hielo. Azul y rojo se encontraron de nuevo brillando con la anticipación de una complicidad total.
—Soy conocida por hacer cosas en contra de la cadena de mando y sus reglas.
Miles sonrió también. Aquella amestriana de sangre pura, curtido General del fuerte Briggs y la más poderosa reina de hielo, iba a jugarse el cuello por él una vez más.
Él estaría a la altura de ello.
—La seguiré entonces, hasta dónde esto nos lleve.
—Cumple tu palabra, Miles; porque ya te lo dije una vez: Como amestriana pura, si quiero liderar, te necesito a mi lado. Ahora —se interrumpió ella misma—, salgamos de aquí. No soporto el olor de… esta oficina.
Miles se separó de ella para abrirle la puerta de doble hoja. En posición de firmes, esperó a que ella pasara primero, y se alejaron unos pasos de allí —con ella liderando la marcha—antes que el General Mustang se cruzara en su camino.
Miles saludó formalmente al General mientras éste le devolvía el saludo de manera distraída.
—Disfrute de sus vacaciones, General Armstrong —dijo Mustang al pasar a su lado.
—¿Cuáles vacaciones? —gruñó ella volteando a verlo con la mirada encendida por la furia. No le perdonaría el juego que había jugado con ella… Y aún tenía que escuchar los detalles del cretino que le había ayudado para ello. Porque sólo Falman habría podido ayudarle con su farsa.
—Por qué otra razón vendría desde el Norte hasta aquí… —comenzó mientras se encogía de hombros desenfadadamente— sino para disfrutar de unos días… calurosos —terminó mientras entraba a su oficina.
La risa de Mustang se escuchó mientras se cerraba la puerta de doble hoja.
Olivier desenfundó una vez más, dispuesta a cruzar esa puerta antes de sentir la mano de Miles deteniéndola de nuevo.
—Salgamos de aquí —dijo Miles en tono confidencial—. Tengamos esos días calurosos en mi habitación.
—Cállate, Miles —dijo la reina de hielo sonrojándose ligeramente.
