Mientras esperamos el 7x15, os dejo con el cuarto capítulo de mi historia. Espero que os guste.


Las gotas de agua aún recorrían perezosas el torso desnudo de Rick mientras se acababa de secar con una toalla. Tras frotarse el pelo unos segundos se la anudó en su cintura, mirando el resultado en el espejo. Tenía suerte, ya podía hacer lo que quisiera con su pelo que siempre le acababa quedando bien. Sólo le faltaba acomodar un poco el flequillo para conseguir el mejor de los resultados -Simplemente irresistible-, se dijo. Casi sin quererlo, sus ojos pasaron de visionar la satisfacción de una cara llena de ilusión por gustarse para gustar, al michelín que reclamaba inoportuna atención cuando necesitaba sentirse más seguro que nunca. La pinza entre índice y pulgar y su mueca de fastidio evidenciaban que el espejo no mentía. Se había dejado más de lo que hubiera querido, pero es lo que tiene la maldita ansiedad. Desde hacía unos meses la frustración que sentía por haber reunido las fuerzas para decirle lo que sentía en balde, los meses de abandono y las esperanzas renovadas sin fecha de caducidad le había llevado de cabeza a su nevera. Ahora lo lamentaba. Con lo que había sido él... Había engordado demasiado. Tampoco es que le preocupara demasiado, pero ¿y a ella?

Se encamina hacia el vestidor mientras se convencía de que a Kate no le quitaría el sueño un kilo o dos de más. En él, claro. Ella le gustaba tal como era. De eso estaba seguro. Su mirada, sus gestos, su sonrisa la delataba. Escogió sin mirar uno de los caros boxers del cajón que intercambió por la húmeda toalla lanzándola al cubo de la ropa por lavar. Recordaba con cierta nostalgia su ahora absurda desconfianza tras descubrir la mentira, repitiéndose cómo pudo dudar de lo que estaba tan claro. A medida que el botón del pantalón vaquero era forzado a pasar por el ojal se le revelaba la realidad de que por las omisiones, las mentiras, los enfados y su infinito amor iban a ver juntos, porque les apetecía, un par de películas de acción en el loft. De John Woo. De entre todos los directores de cine, tenía que haberle escogido a él, se recriminaba mientras deslizaba el cinturón por las presillas del pantalón. Derivar una película con explosiones, metralletas, venganzas y chorros de sangre al terreno de lo romántico no era empresa fácil ni para él. Llevaba tres días ideando un escenario más favorable a las confidencias, confesiones, risas, ¿besos? Sólo de pensar en esa mera posibilidad, las mariposas que desde hace una semana revolotean caprichosas por su estómago volvían a elevar el vuelo. ¿Por qué no? Resignándose por su peculiar gusto cinematográfico se subía las mangas de la camisa blanca diciéndose que lo difícil estaba hecho: su muro estaba cayendo, quería estar con él, la tendría en su casa y estarían sólo ellos. Iba a aprovechar la ocasión. Vamos si la iba a aprovechar. Llegaría tan lejos como la noche y su dama estuvieran dispuestas. Frente a la cómoda pulsaba un par de veces el vaporizador de su colonia favorita. Muchas veces había mirado con rencor ese frasco que sostenía. Tenía más que serias sospechas de que Beckett empezó a mirarlo con otros ojos gracias a su masculina fragancia. Pero hoy no se valían los celos, debían ser un equipo, pensó mientras pulsaba el vaporizador una tercera vez.

Dándole un último y más que estéril repaso al dormitorio y al baño se convencía de que la idea de la cena había sido un buen giro para su cita, que según el reloj de muñeca que acabada de ponerse empezaría en casi veinte minutos. No dudaba que ella se iba a arreglar para él como si realmente le hubiera pedido para salir, pensaba mientras alisaba con la mano la pequeña arruga que según cómo se veía en medio de la colcha. Ahora estaba perfecta.

Deslizaba su dedo índice por su extensa colección de DVDs y BluRays buscando "The Killer" y "Hard Boiled". Se consideraba un experto en leer a Beckett y juraría que las ganas de avanzar, juntos y cuanto antes, no sólo era cosa suya. DVDs localizados y quince minutos para las siete y media. Camino al salón recordaba como esa misma mañana el tono de su conversación, el coqueteo, la ilusión puesta en algo tan irrelevante como un par de películas era muy diferente a lo que solía ser pocos meses atrás. Ahora era... Prudente pero más directa. ¡Incluso le había dicho que le iba a sorprender! Sí, vale, se refería a un vino, pero a sus ojos la sorpresa iba a ser mayor. Estaba ilusionado como un niño la noche de Navidad esperando ese regalo deseado por años con todas sus fuerzas. Y si no llegaba tampoco hoy, no pasaba nada. Seguiría persiguiéndolo sin desfallecer, porque al final sabía que lo tendría. Se sentaba en el sofá haciendo tiempo, tras dejar a John Woo sobre la mesita frente a él. Thai, decidió mirando la carátula de la película que quedaba encima. Pegaba más con la temática de la noche. Y sería perfecto para comer en el sofá o incluso en el suelo. La mejor forma de que ambos pudieran resarcirse de más de una hora de silenciosa espera entre disparos y gritos versión 5.1. Qué mejor manera para divertirse recordando historias compartidas, contando viejas experiencias casi olvidadas, perder el miedo, arriesgarse y... faltaban todavía once interminables minutos. Aunque ¿Realmente iban a ver las dos películas?

Desesperado por la extraordinaria pasividad del minutero movía la pierna derecha con un tic nervioso que alimentaba por segundos su creciente ansiedad. Rick paseaba sin rumbo su mirada por el salón, buscando una excusa que le permitiera ganar algún minuto más al tiempo. Apenas a medio metro de él, sobre el sofá, el mando a distancia del hilo musical le echa un cable. Disco house, clásica, pop, rock,… Iba pasado canales descartando uno a uno con la misma rapidez que su pierna golpeaba una y otra vez el suelo. Chill out, ambiental, romántica, no. Ambiental. Mejor ambiental de momento. Cuatro golpes anunciaban, tímidos, la llegada de su largamente esperada visita. Se apresuró hacia la entrada arreglándose de manera innecesaria la impecablemente planchada camisa, se acomodó el flequillo rebelde y secó una vez más sus manos humedecidas por los nervios en el trasero de su pantalón. Con su mano a escasos centímetros de la manilla, frenó su impulso de abrir con rapidez la puerta a sus anhelos, nuevas ilusiones, a su vida, a su musa. Cerró los ojos, cogió aire, se relajó dejándolo ir. Ahora sí estaba listo. Listo para darlo todo y recibir lo que fuera. Listo para ellos dos. Y decidido, con la mejor de sus sonrisas, acortó el espacio hasta lo que con seguridad sería una noche de película.