Capitulo cuatro: Ilógico.


La mujer tomaba su mano con fuerza, mientras lloraba con la cabeza apoyada en su pecho. Lo escuchaba balbucear mientras cotorreaba o contaba alguna fabula sin sentido, sin coherencia. Sumido en alucinaciones producidas por la fuerte ola de fármacos tranquilizadores, el dolor físico que debería de sentir lo mataría; pero las drogas le fulminaban el cerebro.

Era triste ver como uno de los héroes del mundo estaba abatido en cama, sin esperanzas de levantarse, simplemente con la mente y el cuerpo divididos. Uno en lo más lejano del universo, en otro plano, mientras su cuerpo seguía inerte.

—Bulma… —Susurro Yamcha, apoyando su mano sobre el hombro de ella— Sé que es difícil, pero debes ir al laboratorio. No podrán seguir sin ti.

Ella solamente apretó más la mano de su esposo en silencio, afligida y sumamente desesperada. Levanto su cabeza para ver el rostro pálido de su saiyajin.

—Tienes razón…—Contesto en voz baja— El… no va a despertar.

El guerrero del desierto frunció el ceño— ¿¡Como que no!? No olvides de quien estás hablando.

Bulma se levantó y miro el rostro de su viejo amigo, le sonrió. Se acercó y lo abrazo con fuerza, sin darse cuenta, estaba llorando en su hombro. El hombre estaba cansado, una parte de él quería abrazarla y besarla, alejarla de ese guerrero, casarse con ella; y otra deseaba que ella fuera feliz.

Bulma se alejó de su amigo y lo miro a los ojos —Gracias por ser tan buen amigo— Se despidió de su marido y salió por la puerta.

El joven, ahora solo en la habitación, quedo mirando el cuerpo casi inmóvil de Vegeta. Quería desconectarlo, quería que acabara su sufrimiento. También deseaba que se levantara, que todo fuera como antes. Feliz.

Debido a que, si bien había sido una noticia alarmante y casi increíble, era sobre todo muy sorprendente que se encontrara en ese estado tan deplorable. Todos estaban conmocionados, tristes o incrédulos antes la noticia de Vegeta… sobre su estado crítico, o la manera en la que estaba evolucionando ante la misma.

—Siento ser tan negativo, pero—Susurro por lo bajo—No le dio una semana más.

Una necesidad infundada lo obligo a moverse hasta la camilla, tomar entre sus manos la sábana blanca que cubría sus pies, y levantarla. Ahogo un grito con sus manos, cayendo hacia atrás. Retrocedió con los ojos completamente expandidos y observo, con horror, las piernas del hombre.

No estaban violeta por la falta de circulación sanguínea, o flácidas por la falta de ejercicio. Estaban marrones; Parecían talladas en madera.