Capítulo 3

Será que te he esperado tanto y al final, no te supe amar…

II Parte

Ella rompía a llorar ahogándose por los sollozos y ese dolor que se había instalado en su pecho, se llevó las manos al rostro para ocultarse de Albert, sentía tanta vergüenza por actuar así, era ella quien estaba fallando y aun así se atrevía a reclamarle, como él fuese el culpable de todo lo que ella había ocultado hasta ahora, se había engañado durante todo este tiempo y lo hubiese hecho por mucho más de no haber ocurrido este encuentro; cada día que pasaba junto a Albert era especial, él lo era y a eso se aferraba ella, a la felicidad que él le brindaba… pero ahora todo había cambiado, no podía seguir así… y tampoco podía salir de esta situación, no sin lastimarlo y no quería hacerlo – Pensaba sin dejar de llorar.

- Candy… lo siento pequeña… lo siento en verdad, no quise hacerte sentir mal… soy un torpe… - Decía cuando ella lo interrumpió.

- Tú no tienes la culpa de nada Albert… no la tienes, todo esto es mi culpa… yo soy la única responsable, yo acepté lo que me ofrecías pensando que eso me bastaría para ser feliz y te juro que lo es… soy muy feliz a tu lado Albert, pero no puedo llenar este vacío que tengo dentro del pecho… y me siento horrible por todo esto… - Los sollozos no la dejaban hablar.

- No digas eso… no te culpes por nada Candy, tú no eres culpable de nada… mírame – Dijo tomando el rostro bañado en lágrimas entre sus manos – Si se trata de buscar culpables entonces dame el primer lugar a mí… yo también fallé Candy y lo mío fue mucho peor, pequeña quisiera decirte tantas cosas pero temo lastimarte aún más, temo que termines odiándome… y tal vez me lo merezca Candy… pero, no podría soportarlo… yo te quiero demasiado y no me perdonaría hacerte sufrir – Expresó sintiendo que un nudo se formaba en su garganta.

- No creo que hayas hecho algo peor a lo que yo hice esta noche… - Esta vez fue el turno de él.

- Si… si lo hice pequeña… - Se detuvo dándole la espalda, completamente avergonzado ante lo que debía confesar, sintiendo un gran dolor en su pecho.

- Albert… ¿Qué sucede? Por favor dime que está pasando… sé que pasa algo y también sé que ese algo es un gran peso que llevas encima, yo quiero ayudarte pero si no me dices que es eso que te atormenta… no puedo hacerlo – Pidió con la voz ronca por las lágrimas.

- No es sencillo Candy… - Se volvió a mirarla y el desconcierto en sus hermosos ojos verdes lo llenó más de dolor, sabía que si le contaba todo ahora ella saldría de allí odiándolo y puede que suene egoísta, pero no quería perder esa conexión que tenía con ella. – Ahora estamos muy cansados… no quiero agregar más complicaciones a esta noche, será mejor que hablemos mañana Candy –Sugirió mirándola a los ojos.

- Necesitamos hablar ahora Albert… sea lo que sea yo lo comprenderé, te lo prometo… - Se interrumpió al ver que no lograría nada, por el semblante de él – Mañana… está bien… será mañana, cuando estemos más calmados y podamos pensar las cosas bien, por favor perdóname por gritarte… no debí hacerlo – Dijo apenada.

- No te preocupes… no tengo nada que perdonarte Candy, fue mi culpa y lo siento… en verdad siento haberte expuesto a tanto… solo quería que abrieras los ojos y dejaras de negarte lo que sientes en realidad – Mencionó abrazándola con fuerza impidiéndole que protestara – Vamos a descansar… el día de mañana será muy largo.

Después de una hora ambos se encontraban acostados uno al lado del otro dándose la espalda, ella a veces temblaban a causa de algún sollozo que intentaba acallar llevándose la mano a los labios, mientras él en completo silencio también dejaba correr sus lágrimas, sintiendo una gran opresión en el pecho que apenas lo dejaba respirar, toda su vida luchando por hacer lo correcto, por no defraudar a quienes amaba, por no hacerlos sufrir y había fallado, con quien más quería había fallado, quizás lo que pasó fue lo mejor para él pues de lo contrario ver a Candy llorar de esta forma por Terry le hubiese rotó el alma y el corazón, ahora le dolía… pero no por celos, sino por saber que si ella en este momento fuese libre se podría ahorrar todo esto, que en sus manos estaba el decirle que fuera con él, que no dejara escapar una vez más el amor de su vida ¿Por qué demonios todo tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no solo le decía la verdad y la liberaba de sentirse tan culpable? Eso podía liberarlo a él también de este peso que lo estaba matando de a poco… Si tan solo ese día no se hubiese dejado llevar… si hubiese actuado de manera correcta, como debió hacerlo… si tan solo… - Se decía en pensamientos cuando los recuerdos llegaron una vez más hasta él y lo llevaban a otro lugar muy lejos de allí.

La suave brisa que los envolvía hizo balancearse un poco el pequeño bote, ella llevó las manos hasta el cuello de Albert para sostenerse y no caer, mientras él le rodeó la cintura con sus brazos pegándola a su cuerpo, ese contacto provocó un estremecimiento en ambos, dejaron ver sonrisas nerviosas, ella se separó muy despacio de él y se sentó mirando el atardecer que lucía esplendido, Albert tomó los remos y comenzó a navegar en dirección al centro del lago donde una gran cantidad de lirios flotaban, la barca se fue haciendo espacio entre estos hasta quedar en medio, ella se volvió para mirar a Albert quien la venia con una hermosa sonrisa, compartió el gesto del rubio y admiró el lugar sintiéndose en medio de un sueño.

- Casi empieza – Susurró Albert mirando a su alrededor.

- ¿Casi empieza? – Preguntó mirándolo con interés.

Albert asintió en silencio con una sonrisa que iluminaba sus hermosos ojos azules y después el indicó a ella que mirase hacia donde el sol comenzaba a esconderse, lo que los ojos de Naysha vieron en ese instante fue sencillamente maravilloso, todos los lirios se abrían recibiendo los últimos rayos de luz, pintándose de ese hermoso tono naranja que lo cubría todo, la suave brisa los hacia moverse de un lado a otro como si estuviesen bailando extrayendo de su interior ese delicioso aroma que ellos poseían. La mirada de la chica se iluminó ante tal espectáculo llevándose una mano hasta el pecho por aquel descubrimiento.

- Esto es… es maravilloso Albert… no lo había visto nunca… es extraordinario… mira cómo se mezclan las luces del sol en aquella parte – Decía emocionada mirando el paisaje.

- Eso no es todo… hunde uno de los lirios – Indicó acercándose a ella.

- Ellos no se hunde, siempre flotan… mira – Hablaba mientras lo hacía para demostrárselo al rubio, pero cuando este salió de nuevo a la superficie las gotas de agua en él también se pintaban de los mismos colores del sol haciéndolo lucir como un hermoso rubí, las gotas de agua reflejaban un brillo extraordinario - ¡Que hermoso! Esto es bellísimo… todos se pintan igual – Exclamó emocionada como una niña hundiendo varios a la vez. - ¿Cómo te diste cuenta de esto? – Preguntó mirándolo a los ojos.

- Casi me caigo del bote… estaba tan embelesado admirando el atardecer que no me había fijado lo inclinado que me hallaba y que mientras los minutos pasaban estaba más cerca del agua, tuve que actuar con rapidez para no terminar en medio de todos ellos – Contestó con una radiante sonrisa – Vi luego que al emerger los lirios adoptaban el mismo color de todo lo demás, pero las gotas de agua los hacían lucir aún más bellos de lo que ya son… imagino que de noche también debe ser un hermoso espectáculo si se pintan con la luz de la luna, pero eso no puedo asegurarlo pues no me quede hasta tan tarde – Agregó mientras hundía una de las flores.

- Son realmente hermosos… son perfectos, fuertes, mágicos… en las noches de tormenta sufren todo el poderío de las aguas que bajan del cielo y la mayoría de las veces crees que no sobrevivirán… pero a la mañana siguiente cuando llegas a este lugar los ves resplandecientes y llenos de vida, como demostrando que pueden soportar cualquier cosa… que son únicos y poderosos… sería maravilloso ser como ellos verdad… - Esbozó sumida en sus pensamientos.

- Tú eres como ellos… eres hermosa y fuerte, además estoy seguro que puedes resistir cualquier tormenta, salir ilesa de esta y al día siguiente verte tan radiante como siempre – Mencionó con una sonrisa observando el perfil de la chica.

- Tu esposa debe ser una mujer muy feliz Albert… al tenerte a su lado, llenándola de halagos todo el tiempo, es muy distinta la manera de amar de ustedes los occidentales… el amor tiene que nacer antes del matrimonio para que este pueda funcionar, nosotros por el contrario pensamos que el amor debe crecer con el convivir de las parejas una vez casados… al menos eso es lo que se espera, pero… ¿Qué podemos hacer cuando no pasa así? Nuestras vidas son planeadas desde que nacemos, lo que se supone debemos ser y hacer… aprender todo lo necesario para ser buenas personas, cumplir con lo que Dios manda, honrar a quien lo merece, casarnos… tener hijos, entregarnos a ellos por completo y hacer de estos personas de bien, brindarles el conocimiento que la vida nos ha dejado, dejarlos ir cuando el momento llegue y esperar a que regresen con los nietos… ese es el plan de nuestras vidas… pero algunos estamos fuera de ese plan y debemos hacernos a un lado para que la vida pase frente a nosotros, solo podemos quedarnos admirando desde lejos aquello que deseamos… pero que nunca tendremos – Mencionó con la voz ronca, no lloraba pero la tristeza en sus ojos era infinita.

- No te quedaras a un lado del camino… no lo harás Naysha… yo no dejare que eso pase – Esbozó sin poder evitarlo y la amarró en un abrazo.

Ella se aferró a este con fuerzas mientras las lágrimas salían en silencio, sintiéndose mucho más desolada que antes, el amor había llegado a ella y ahora no sabía qué hacer con lo que estaba sintiendo, jamás pensó que su corazón pudiera albergar tantas emociones por alguien que apenas conocía, que había logrado despertar muchas más cosas dentro de ella que su esposo, el hombre junto con el cual había pasado casi dos años y al cual le había entregados sus votos y su juramento de amor eterno… no podía olvidarse de ello, pero tampoco podía hacerse la indiferente ante lo que sentía por Albert; aunque él solo la viese como a una amiga – Pensaba la chica dejándose llenar de esa seguridad que él le brindaba, por esa maravillosa calidez que no había sentido nunca en su vida, viviendo este momento… aunque fuese solo este. Albert sentía su corazón latir con rapidez haciendo que dentro del pecho un nuevo y maravilloso sentimiento comenzara a tomar vida, la sangre parecía correr más rápido dentro de sus venas, llevando esta sensación a cada parte de su cuerpo y un deseo enorme empezaba a despertar – Un trueno retumbo en todo el lugar sorprendiéndolos, se separaron pero de inmediato sus miradas se anclaron la una en la otra, estaban brillantes y húmedas, conteniendo las lágrimas que causaba el saber que debían callar eso que sentía, por el bien de otros… no podían y no debían darle libertad a lo que llevaban dentro pues terminarían arrepintiéndose.

- Va a llover… será mejor que regresemos – Indicó ella con la voz ronca limpiándose las lágrimas.

- Si… es lo mejor – Dijo Albert mientras comenzaba a remar para volver a la orilla.

Un abrumador silencio se apoderó de ambos, la brisa cada vez cobraba más fuerza haciéndole más cuesta arriba la labor del rubio, por lo que tardaron más para llegar hasta el muelle, después de varios minutos llegaron hasta este, él lanzo la soga que sostenía el bote y ayudó a Naysha a colocarse de pie para que saliera de este cuidando que no cayera al agua por el balanceo del mismo, ella lo hizo y se quedó parada esperando por él, cruzado sus brazos para darse cobijo pues se sentía tan vacía sin los de él rodeándola. El rubio aseguro el bote, subiéndolo al muelle pues era evidente que caería una tormenta y la miro a los ojos dedicándole una sonrisa, al ver como se encontraba ella quiso abrazarla de nuevo y darle ese calor que en silencio pedía, pero contrario a ello se metió las manos en los bolsillos y comenzó caminar con la chica. Antes que pudiesen llegar hasta donde se encontraban sus cosas, la lluvia los atrapó dejado caer un torrente de agua sobre ellos con fuerza, comenzaron a correr para llegar hasta donde habían dejado todo y con rapidez lo guardaban en la mochila del joven, dejaron una manta afuera para cubrirse de la lluvia, estaban por salir del palacio cuando vieron que el acceso al puente se había llenado de agua.

- Espera aquí… intentare pasar para llevar esto y regreso por ti – Pronunció el rubio levantando por sobre su cabeza la mochila para que no se mojara, aunque igual la lluvia los iba a empapar a ambos, a medida que avanzaba el agua ganaba altura, cuando estaba por llegar a la mitad del paso esta ya pasaba sus rodillas y estaba corriendo con fuerza.

- ¡Albert, no! ¡Espera! Será mejor que regreses y nos quedemos de este lado hasta que escampe – Sugirió ella llenándose de miedo al ver que la corriente aumentaba.

- Pero puede que eso tarde Naysha… - Dijo mientras regresaba a ella – El viaje hasta Jaipur es largo y no nos vamos ahora llegaremos entrada la noche… ya de por si será complicado manejar con este tiempo – Agregó mirándola a los ojos.

- Estas lluvias suelen pasar rápido… lo importante es que el viaje sea seguro, no podemos arriesgarnos a tomar la carretera con esta tormenta Albert… la lluvia te empapo todo – Mencionó llevando la manta en sus manos hasta el rostro del rubio para secarlo, un gesto aparentemente casual pero que para ellos encerraba algo mas y sus cuerpos reaccionaron a esto.

- Gracias… creo que debemos buscar algo para encender una fogata… -Indicó el chico caminando para alejarse de ella y no ser consciente del brinco que dio su corazón.

- Si sales de nuevo vas a terminar enfermándote… ven por aquí hay una chimenea, no sé si aún funciona pero no está de más verificar –Expuso caminando hacia el interior del lugar.

Llegaron hasta una hermosa torre que se alzaba por encima de la tercera planta, la cúpula estaba hermosamente tallas al igual que el restos de las del palacio, la mitad de esta se encontraba abierta hacia el horizonte y seguramente durante el día tendría una vista maravillosa pero ahora la tormenta no dejaba ver nada, efectivamente había una chimenea y cerca de esta varios pedazos de madera, rogaron porque estos fuesen útiles aun, pues por las condiciones de la misma hacía muchos años que no se usaba, Albert busco dentro de la mochila una caja de cerrillos que siempre llevaba por alguna emergencia, afortunadamente estos no se habían mojado, preparo la leña y la encendió, ella no puedo evitar exclamar con júbilo y respirar aliviada, la verdad estaba haciendo algo de frio y se preocupaba pues Albert aun llevaba su ropa húmeda.

- Corrimos con suerte – Mencionó dejando ver media sonrisa, se acercó hasta ella que tenía la manta aferrada entre sus brazos - ¿Tienes frio? – Preguntó mirándola a los ojos y sin poder evitarlo llevó su mano hasta la mejilla de la chica para acariciarla con suavidad.

- No… no, estoy bien… pero… tú deberías… colocarte cerca del fuego para que se seque tu ropa – Le indicó presa de los nervios por ese toque tan sutil pero que la hizo luchar contra un suspiro.

- Tienes razón… ambos deberíamos hacerlo – Dijo alejándose para buscar su morral, había notado la tensión en ella – Al menos tenemos comida y agua para un par de horas… debimos haber regresado más temprano y evitar esta tormenta – Agregó acomodando los cojines para que ella tomara asiento, después lanzó más leña a la chimenea.

- ¿Y perdernos el momento más hermoso en uno de los lugares más lindos de Jaipur? ¡Por supuesto que no! Además no somos adivinos para saber lo que pasaría… - Decía la chica intentando tomar toda esta situación con naturalidad, pero se interrumpió de golpe al ver que el rubio se despojaba de su camisa para colocarla cerca del fuego… solo basto con mirar su espalda una vez para sentir que una ola de calor la recorría, sintió sus mejillas arder y desvió la mirada enseguida, pero ya la imagen estaba grabada en su cabeza y era imposible alejarla de esta, nunca había visto a otro hombre así que no fuese Rabat, sin embargo podía asegurar que Albert Andley tenía la espalda más hermosa del mundo, el tono de piel era tan… lindo, unas pecas apenas perceptibles, era fuerte y se notaba tan suave – Apretó los dedos ante los deseos de tocarla y levantó la mirada llevada por la tentación de verla de nuevo, pero esta vez la vista fue distinta y ahora el calor regreso acompañado de una corriente que se estrelló en su vientre y la hizo temblar, sus ojos se toparon con el torso desnudo de Albert y podía jurar que si su espalda era hermosa este no lo era menos, los músculos de abdomen se marcaban perfectamente en suaves relieves, cubierto apenas por una ligera capa de suaves vellos que extendía en ambas direcciones, subió un poco más encontrándose con el pecho fuerte y perfectamente tallado del joven, los músculos en este eran iguales, suaves, estilizados…

Temiendo que Albert hubiese visto la manera en como ella lo miraba aparto la vista con rapidez, pero al parecer él no se había dado cuenta de nada pues estaba retirando el agua de su cabello, sacudiéndola y llevando sus manos para peinarlos. Albert tomó asiento junto a ella en otro de los cojines, se quitó las botas y las colocó a un lado quedando descalzo, esta vez la vista de Naysha se posó en los pies del rubio y controlando un suspiro dentro de su pecho preguntándose si había algo en él que no fuese lindo, pues sus pies también lo eran, el chico al notar el silencio en ella se extrañó y se volvió a mirarla.

- ¿Estas bien Naysha? – Preguntó buscando sus ojos.

- Si… - Contestó y su voz se quebró, se aclaró la garganta con disimulo – Si, Albert… toma será mejor que te cubras con la manta para que no te vayas a resfriar – Mencionó sin mirarlo y entregándosela.

- No te preocupes estoy bien, utilízala tú… deberías quitarte las zapatillas, están muy mojadas – Indicó de manera casual, pero sintiendo una calidez especial por esta cercanía.

- Tienes razón – Dijo pero seguía sin mirarlo, se las quitó y las puso a un lado enfocando la vista en todo menos en él, sin embargo no podía controlar los latidos de su corazón, ni ese calor que a cada minuto se hacía más intenso.

Ella no podía soportar la cercanía de Albert así que se colocó de pie y se acercó lo más que pudo hasta la chimenea para simular que estaba buscando calor, rogando para que la camisa del joven secara rápido y él se la colocara, estaba sumida en sus pensamientos, luchando contra esto que sentía y no debía, aferrándose a la imagen de su esposo, pero esta no era ninguna ancla, no la que necesitaba para mantenerse firme ante una tormenta como la que representaba Albert, él se había acercado hasta ella con cuidado deteniéndose a sus espaldas.

- ¿Es mi imaginación o me estas huyendo? – Preguntó con la voz más ronca de lo normal, sentía que esta intimidad de la que disfrutaban los estaba acercando sin remedio.

- Yo… no… claro que no – Dijo volviéndose, encontrándose con el fuerte y amplio pecho de Albert desnudo que la dejo sin palabras, subió los ojos y todo fue peor, la imagen de su rostro tan cerca del de ella, sus ojos lleno de luz y claridad, sus labios un poco más rojos por el frio. – Ya no podría huir de ti… no sé cómo hacerlo – Esbozó aquello que pensaba y cuando se dio cuenta de ello intento alejarse pero Albert no se lo permitió, la tomó de la muñeca acercándola a él.

- Yo tampoco lo sé Naysha… no sé cómo huir de esto que siento cada vez que estoy contigo – Confesó en un susurro llevando una mano hasta el cuello de ella.

Naysha se estremeció y cerró los ojos, ante el contacto de sus dedos largos y fuertes que la acariciaban con sutileza, sabía que no podía alejarse de él, que sin importar lo que hiciese le era imposible, lo sintió acercarse muy despacio a sus labios, pudo percibir el aliento tibio de Albert cerca de estos, su respiración entrecortada bañar sus mejillas, mientras la otra mano del chico viajaba a su cintura para crear un mayor cercanía y ella no podía hacer nada, estaba allí congelada.

- ¡No! ¡No podemos… no podemos! – Exclamó de manera ahogada sintiéndose mareada ante las sensaciones que bailaban en su interior.

- Lo siento… - Susurró Albert tensándose por la interrupción – Tienes razón, lo lamento… perdóname Naysha – Agregó separándose muy despacio de la chica.

Ella se sintió desamparada sin el toque de Albert, sin la calidez de su mano, de su aliento, de su respiración, sintió unas ganas inmensas de llorar y se abrazó a sí misma para controlar el temblor que la invadió, cerró los ojos para que las lágrimas no la desbordasen y evitar ver como él se alejaba. Albert caminó hasta una de las columnas del lugar, para estar lo más lejos posible de ella, había actuado mal, no sabía qué demonios le pasaba que no lograba controlar sus impulsos, él era un caballero y debía comportarse como tal, no debía aprovechar esta situación para llevar a la chica a… a entregársele ¡Dios! ¿Cómo podía pensar eso? Él era un hombre casado… aunque había descubierto que no amaba a Candy le debía respeto, había jurado serle fiel y…

Un trueno que retumbó en el lugar los sacó a ambos de sus cavilaciones haciéndolos estremecerse y por instintos se buscaron con los ojos, las miradas se ahogaron una en la otra, diciéndose tantas cosas sin siquiera pronunciar palabra, fueron impulsados por algo más fuerte que sus razones, que sus miedos, que sus deberes, que ellos mismos, el amor se adueñó de sus cuerpos, sus almas y sus corazones. Albert comenzó a caminar con largas zancadas hacia ella quien no pudo quedarse inmóvil, se acercó hasta él y como si esto fuera lo más natural del mundo sus bocas se unieron en un beso voraz y completo, él llevó una mano hasta el cuello de ella y la otra a su espalda, mientras las manos de Naysha se posaron en la nuca del rubio para acoplarse a su boca y ceder a esa urgente demanda que él le hacía, su beso era profundo e intenso, su lengua rozaba la de ella, hacia espirales, llegaba a cada rincón, como si quisiese beber todo de ella en un solo trago, nunca pensó que Albert pudiese encerrar esta pasión, la verdad ella nunca había experimentado nada igual, un placer tan poderoso que al mismo tiempo despertaba un deseo en ella que no era fácil de controlar, ahogaba los gemidos dentro de la boca de Albert, ya no tenía aire pero no por ello se separó de él, busco la manera de conseguirlo de la boca del rubio, mientras sus manos acariciaban la nuca de él con la misma pasión que él acariciaba la suya. Se separaron un momento para mirarse a los ojos y estos seguían diciendo lo mismo, mostrando la misma necesidad, él pegó su frente a la de ella cerrando los ojos un instante para buscar algo dentro de su cabeza o su corazón que lo hiciera detenerse pero no encontró nada, pues ella lo ocupaba todo en este momento.

- Naysha… yo… - Intentó, pero ella lo detuvo.

- No digas nada… no hablemos… solo mírame… solo eso Albert – Pidió mirándolo a los ojos.

Él acepto el pacto que ella proponía, no necesitaban las palabras… palabras que podían derrumbar esto que estaban construyendo, lo único que deseaban en este momento era vivir lo que tenían, ya después sus consciencias serían sus jueces, pero ahora eran libres… y solo eran ellos dos, sin pasados, ni futuros, solo tenían el presente y este era su presente. Él la tomó entre sus brazos llevándola hasta donde se encontraba la cobija hecha un montón, sin dejar de besar a Naysha la extendió un poco con su pie, para después posar a la chica en esta mientras él se colocaba de rodillas, ella se incorporó un poco llevando sus manos hasta el pecho de Albert, se moría por tocarlo y no iba a esperar más, él chico dejo libre un gemido en cuanto sintió las manos de ella recorrer su piel, comenzó a acariciar las piernas de Naysha subiendo con suavidad la tela del sari, sintiéndola estremecer ante el avance de sus manos, besando sus labios una y otra vez, al tiempo que las manos de ella ahora se apoderaban de su espalda con caricias que comenzaban poco a poco a despertar su cuerpo, él la elevó tomándola por la cintura para despojarla del sari, pero para su frustración esto no era tan fácil. Ella al ver los intentos desesperados de él dejó ver una hermosa sonrisa y llevó sus manos hasta el cruce de telas para hacerlo ella, Albert notó como lo hacía y llevó sus manos para ayudarla al tiempo que aprendía, un minuto después ella se mostraba ante él solo con la ropa interior, una delicada camisola blanca casi transparente que le ofrecía un generoso adelanto de los hermosos senos de Naysha, tuvo que controlar el enorme deseo, que se desató dentro de él, de llevar sus manos hasta estos y tocarlos pues no deseaba incomodarla, no sabía cómo recibiría ella esa caricia, la chica llevó sus manos hasta el pantalón de Albert y con lentitud abrió el botón y luego la cremallera, deslizando sus manos por la cintura del rubio para ir bajándolo muy despacio. Él se hallaba completamente perdido en esas caricias que ella le brindaba, había estado con algunas mujeres en su vida, no habían sido muchas, pero si las suficientes para saber que las caricias de Naysha eran especiales, como si salieran directamente desde su corazón; Albert se colocó de pie tomándola de las manos para llevarla consigo mientras la miraba a los ojos y depositaba suaves besos en sus labios, con lentitud comenzó a deshacer el nudo de la cinta que mantenía la camisola en el cuerpo de la chica, antes que esta pudiese caer a los pies de ella, Naysha deslizo su ropa íntima para quedar completamente desnuda delante de él.

- Eres bellísima… como una estrella… - Susurró Albert admirando el cuerpo perfecto de ella.

Su cintura estrecha, sus senos llenos y hermosos, sus caderas anchas pero estilizadas, sus piernas torneadas y cuando sus ojos se posaron en ese lugar anhelado sintió una ola de deseo azotarlo con fuerza y su cuerpo se tensó aún más, esta vez no pudo controlar los deseos de acariciarla y con suavidad llevó una mano hasta el pezón rosado y suave de ella que se irguió ante ese primer contacto de sus dedos, provocando un temblor y un jadeo en la chica, buscos sus ojos para sospesar su reacción, pero ella no lo miraba con reproche, simplemente se mostraba expectante, así que él hizo la caricia más posesiva, abriendo la palma de su mano sobre este mientras se acercaba muy despacio para besarla, abriendo su boca y acariciando con su lengua la de ella, ahogando los gemidos que provocaba su caricia.

- Albert… me quemas, tu piel me quema… - Susurró cuando él libero su boca para apoderarse de su cuello y por instinto o por deseo, llevó su mano al pantalón del joven, introduciéndola entre la tela de su ropa interior buscando eso que ansiaba, que su cuerpo y la humedad en su interior clamaban por poseer, con suavidad comenzó a acariciarlo.

- ¡Naysha! – Exclamó en un jadeo ahogado al sentir las caricias de ella, llevó sus manos hasta el rostro de la chica para asaltar su boca con un beso profundo, mientras ella seguía llevándolo a la locura con esa caricia que le brindaba.

Ella terminó de despojarlo de su ropa y Albert en un movimiento rápido de sus pies la hizo a un lado, la tomó por la cintura elevándola sin dejar de besarla, la chica en un acto espontaneo cerró sus piernas en torno a él, aferrándose a su nuca sintiendo que cada vez el placer era mayor y la estaba llenando de sensaciones que nunca había sentido y que se hicieron mucho más intensas, cuando Albert abandono su boca para apoderarse con besos cálidos y húmedos de sus senos.

- ¡Oh, Albert! – Exclamó extasiada entrelazando sus manos en el sedoso cabello dorado, mientras el temblor en su vientre se hacía más perceptible a cada momento. – Necesito sentirte… me estás volviendo loca… no puedo esperar más… entra en mi cuerpo, hazlo ahora Albert… - Susurró al oído del chico sintiendo como olas de placer se estrellaban contra ella haciéndola temblar cuando su intimidad rozo la poderosa y firme hombría de él.

- Sera un placer volar en tu cielo Naysha… eres tan hermosa… te deseo tanto que me duele… yo también te necesito, en este momento… te necesito – Dijo en el mismo tono de ella al tiempo que le daba suave toques con sus labios al rostro de ella.

Comenzó a descender muy despacio mientras la mantenía a ella en brazos, sin dejar de besarla, cuidando para no tropezar, ella lo ayudó apoyándose en los hombros de él para acomodando sus piernas para lograr que sus pies tocaran el piso e indicarle a él que ya casi lo encontraba, Albert se sentó en uno de los cojines acomodándose para dejarla a ella sentada sobre él, acariciándole con suavidad las piernas, el derrier, la cintura y de esta manera viajar por su espalda hasta su espesa cabellera donde se deleitó enredando sus dedos, mientras elevaba sus caderas para encontrar ese paraíso al cual tanto deseaba entrar, estremeciéndose ante ese primer sublime pero intenso roce, ancló sus manos en las caderas de Naysha para hacerla bajar sobre su miembro que se encontraban tan firme como los pilares que sostenían el palacio donde se encontraban. Ella cedió a aquello que ambos deseaban y abriéndose muy despacio para él comenzó a recibirlo, sintiendo que su cuerpo era barrido por una corriente que le hizo curvar los dedos de sus pies cuando sintió a Albert llegar tan profundo, dejo libre un jadeo y hundió su rostro en el cuello del chico. Él besaba su cuello y su hombro con besos húmedos y posesivos mientras cerraba la cintura de ella con un brazo al tiempo que su mano se deslizaba con pasión por la espalda de la chica, anclándose en su nuca y manteniendo ese movimiento cadencioso dentro de ella que los estaba llevando a estado de placer perfecto; buscó sus ojos para hundirse en ellos mientras tomaba sus labios succionándolos suavemente, ahogando los gemidos de ella, temblando cuando Naysha comenzó a seguir su vaivén con suaves balanceos de sus caderas, tomando un poco más de él dejando libre un jadeo y elevando su rostro al cielo mientras cerraba los ojos.

- Esto es maravilloso… Albert… nunca me… había sentido así… es extraordinario… - Decía de manera entrecortada besando el cuello y la quijada del chico, mientras sus manos se deleitaban acariciando a su antojo aquella hermosa espalda que se había apoderado de sus pensamientos.

- Me siento igual… hay algo en ti que me hace sentir otro… eres especial… eres realmente especial… maravillosa – Mencionó el rubio llevándola a un mar de placer cuando su boca se adueñó de uno de los pezones para succionarlo con suavidad y después pasar al otro.

- Albert quiero sentirte sobre mi cuerpo… sentir tu peso… el roce de cuerpo cubriendo el mío… - Le pidió mirándolo a los ojos.

- Pero… el mármol puede ser incomodo… - Decía cuando ella lo detuvo.

- No te preocupes por ello… solo puedo ser consiente de ti y lo que me das… tómame así… quiero tenerte así… - Pidió de nuevo moviendo sus caderas como si estuviese en una hermosa danza.

- ¡Oh, Dios mío! – Exclamó el rubio tomándola por la cintura con rapidez e intentando tener todo el cuidado posible, ya que la pasión lo tenía cegado la deposito sobre la manta, las piernas de ella quedaron a ambos costados de él quien se encontraba de rodillas y la visión de Naysha así casi le arrebata la cordura.

La chica lo miraba a los ojos, bajando después a su cuello, su pecho, su abdomen y la unión que ambos cuerpos mantenían, el sudor corría bañándolos, sus ojos oscuros y brillantes, sus bocas hinchadas y rojas por los besos apasionados, sintió la mano de Albert posarse sobre su vientre y cerró los ojos dejando libre un suspiro, esto era demasiado sublime e intenso para ser verdad. Él la cubrió con su cuerpo como ella deseaba y continuo con sus movimientos, jadeando y temblando ante el roce que le daba esta posición, ahogándose en los ojos hazel de ella que se encontraban llenos de luz, la chica llevó sus manos a la espalda del rubio acariciándola con suavidad, deleitándose en cada musculo que se tensaba acompañando los movimientos de él, subiendo sus labios para rozar los de Albert, pidiéndole con este gesto un beso que él entregó de inmediato, colmando su boca y haciéndola estremecer cuando aumentó el ritmo de sus movimientos.

- Mírame Naysha… mírame – Pidió con la voz ronca pegando su frente a la de ella.

La chica abrió los ojos para que él se quedara en ellos, al tiempo que ella se hundía en ese azul pacifico, brillante y oscuro del que se habían pintado los de él, sus manos bajaron más de allá de la espalda del chico para tomar con posesión sus glúteos y enredar sus piernas a las de él; un jadeo ronco se escapó de los labios de Albert al sentir las manos de ella apoyándose en su trasero para subir y tenerlo más cerca al tiempo que en su interior lo apretaba con fuerza, pudo sentir como el temblor en el cuerpo de ella aumentaba como muestra visible de la ola de placer que la recorría, pero al mismo tiempo podía ver cierta turbación en sus ojos, como si estuviese conteniendo algo.

- Déjate llevar… no pienses, solo siénteme… ven a volar conmigo Naysha… quiero escucharte gritar mi nombre… dame ese regalo, quiero tenerlo… deja que tu corazón sea libre… - Le pidió acariciando con sus labios el rostro de ella, le dio un beso lento y cargado de amor.

El cuerpo de Naysha se llenó de calidez, placer y ternura, mientras las lágrimas que colmaban sus ojos corrieron libres por sus sienes, sintió su corazón latir como nunca antes y eso que crecía de manera vertiginosa dentro de ella al fin la desbordo rompiendo con eso que la ataba y no la dejaba entregarse por completo, era la primera vez que algo así le sucedía, se sintió volando en espirales muy alto y todo a su alrededor se iluminó, terminando por dejar libre eso que Albert le pedía, un grito desgarrador liberó el nombre del rubio que retumbó en el lugar mientras ella se aferraba a él en cada espacio. Las lágrimas también lo desbordaron a él cuando la escuchó llamarlo y esa fuerza con la cual lo abrazaba crearon un sentimiento dentro de su ser que nunca antes había sentido, su cuerpo bajó un poco el ritmo de sus movimientos para disfrutar de este instante, besándola con suavidad en los labios, pero ella hizo el beso más profundo y comenzó a moverse debajo de él, todo indicio de cordura los abandono a ambos y la lujuria se apoderó de sus cuerpos, los movimientos tomaron fuerza de nuevo y esta vez fue él quien comenzó el vuelo, sintiendo su alma desprenderse de su cuerpo y esta vez no se fue hacia otro lugar sino que entró en la mujer que lo estaba llevando a este sueño, se coló a través de sus ojos, por esos que lo habían cautivado, para después despojarlo de su esencia con poderío, apretó los ojos con fuerza mientras se desahogaba en Naysha, dejando en ella todo lo que llevaba en su interior, por primera vez sentía que no guardaba nada, lo estaba dando todo… todo y sintió su corazón latir tan rápido que pensó moriría en este lugar, lo único que logró expresar su voz fue el nombre de ella.

Un jadeo ahogado y un temblor que lo recorrió por completo lo regresaron a la realidad, abrió los ojos de golpe sintiéndose mareado, busco de inmediato a Candy rogando para que ella no se hubiese dado cuenta de su estado o que estaba pasando por su mente, se acercó a ella comprobando para su alivio que la rubia se había quedado dormida, seguramente después de tanto llorar, sus ojos se notaban hinchados, eso lo hizo sentirse tan culpable que no se atrevió ni siquiera a acariciar sus dorados y hermosos rizos. Se levantó muy despacio encaminándose hacia el baño, su imagen en el espejo se mostraba perturbada y desencajada, no podía seguir así, este sentimiento lo estaba matando. – Pensó abriendo el grifo para echarse agua en la cara, pero esta no hizo mella en él así que optó por darse una ducha.

Los recuerdos de Naysha eran tan vívidos que su cuerpo comenzaba a reaccionar a esos estímulos, la necesidad por tenerla crecía cada día un poco más, no soportaba tenerla lejos, ella le había robado el alma, el corazón… no podía encontrar lo que ella le daba en otra mujer, no lo hizo en Candy cuando estuvieron juntos a su regreso y estaba seguro que no lo encontraría en nadie más. Albert se apoyó con sus brazos en la pared dejando que el agua corriera por su espalda mientras las imágenes de los días pasados junto a Naysha regresaban torturándolo sin piedad; después de esa noche tan hermosa y maravillosa que vivieron, donde hicieron el amor casi hasta el amanecer ambos sabían que no lograrían hacerla a un lado y fingir que nada había pasado, ese fue el despertar más hermoso que ha tenido hasta ahora, ella se veía bellísima bañada por los primeros rayos del sol y él no pudo evitar la tentación de despertarla con besos, ese lugar fue testigo de la pasión, la ternura y el amor que se entregaron en más de una oportunidad; nunca irrespetaron la casa de su esposo, ella no piso el hotel donde él se quedaba, solo en una ocasión el deseo le ganó a la cordura y aprovechando que el museo se encontraba completamente solo, él la llevo hasta uno de los depósitos y le hizo el amor, estando de pie mientras ella se apoyaba en una mesa, una de las experiencias más emocionantes y eróticas que tuviese en su vida, ella era así… le daba todo, incluso la fantasía, como hizo aquella vez que se lanzó a nadar en el lago desnuda, sumergiéndose para luego salir entre los hermosos lirios que flotaban en este, era una diosa… y en esos momentos era suya… completamente suya.

El deseo estaba haciendo estragos en el cuerpo de Albert haciendo que la necesidad de tener a esa mujer a su lado fuese más palpable cada vez, llevó una de sus manos hasta su entrepierna para darle un poco de alivio, aunque sabía que no era comparado con lo que provocaba ella en él, al menos era una manera de escapar; desde esa misma noche había renunciado a Candy no deseaba volver a sentir ese asco por sí mismo que sintió cuando consciente de lo que había hecho, tomó a la rubia pues no podía actuar de manera distinta, se suponía que regresaba de un viaje donde la había extrañado mucho, se odio en ese momento por no tener el valor de detener esa situación y contarle toda la verdad a Candy… pero no lo haría de nuevo, ya ella no le pertenecía, en realidad siempre fue de otro hombre y era con él con quien debía estar. – Se quedó por casi dos horas debajo de la regadera - Rogando para que el agua se llevase esto que lo estaba consumiendo, aunque había tomado una decisión sabía que no tenía nada seguro, que se estaba basando en un amor que Naysha nunca le había expresado, pero él tampoco lo hizo… y la amaba… ¡Por Dios que la amaba con todo su ser! Así que con esa esperanza regresaría a Jaipur. Regresó a su habitación pero no podía dormir así que se vistió y bajó hasta el despacho buscando entre sus cosas y encontrando la foto que le tomase a ellos junto al profesor el día de la reinauguración del museo, lucía tan hermosa ese día, como una princesa; después de varias horas buscando en sus recuerdos detalles que le aseguraran que la chica sentía lo mismo por él, se puso de pie acercándose al ventanal, su mirada se perdió en el jardín hasta que los primeros rayos del sol anunciaban un nuevo día, subió a su habitación para dejarle una nota a Candy.

- Voy a asegurar tu felicidad… es lo mínimo que puedo hacer por ti después de todo lo que me diste – Susurró con lágrimas en los ojos y le dio un suave beso en la frente.

Aún era temprano y las calles de Chicago se encontraban desiertas lo que le facilitó llegar a su destino, entró dirigiéndose con paso seguro hasta la recepción del hotel donde se hospedaban los integrantes de la compañía Stamford; pidió hablar con Terruce y el hombre tras el mostrador dudo en hacerlo, informándole que ellos habían llegado entrada la madrugada y el actor estaba descansando, pero lo pidió de nuevo indicándole que Terry no se negaría a recibirlo, en cuanto el empleado escuchó su nombre se sorprendió, tal vez no esperaba ver al magante de la banca en ese estado tan descuidado, pero eso a él no le importaba en lo más mínimo; el chico envió a un botones hasta la habitación del actor rogando para que este no sacara a su compañero a patadas del lugar por despertarlo tan temprano.

Terry se hallaba mirando por la ventana, no había logrado conciliar el sueño en toda la noche, no solo por ese encuentro entre él y Candy, sino por un extraño presentimiento que se había instalado en su pecho; se extrañó al sentir que llamaban a la puerta, se colocó de pie con rapidez encaminándose hasta esta y la abrió.

- Señor Grandchester… disculpe que lo moleste señor… pero en recepción hay alguien que desea hablar con usted… - Pronunció el chico nervioso.

- No se preocupe… ¿Le dijo como se llamaba? – Preguntó sintiendo su corazón pendiendo de un hilo al pensar que podía ser Candy.

- Es el señor William Andley… el banquero… - Contestó el chico sintiendo aliviado.

- ¿Albert? ¿Qué habrá sucedido? Seguramente viene a… - Se interrumpió al ver que estaba pensando en voz alta – Lo atenderé… dígale que suba por favor – Pidió despidiendo al chico.

Mientras en su cabeza varias ideas rondaban y la que parecía más probable era que Albert se hubiese molestado por su actitud de anoche y viniese a reclamarle su proceder, a recordarle aquella promesa que él le hiciese en esa carta que envió después de enterarse del compromiso de ambos y a exigirle que no se acercara nunca más a Candy – Un par de golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones, respiró profundamente y se encamino hasta esta.

- Buenos días Terry – Lo saludó el rubio mirándolo a los ojos.

- Buenos días Albert… sigue por favor – Indicó abriendo la puerta e invitándolo al recibidor que tenía la suite que ocupaba.

- Gracias… seguramente te estarás preguntando qué hago aquí ¿No es así?- Inquirió y el chico asintió en silencio sin dejar de mirarlo. – La verdad… no sé por dónde empezar… yo… necesito que cuides de Candy, quiero que la tengas a tu lado y la apoyes… - Decía cuando el castaño lo interrumpió mirándolo completamente desconcertado.

- Espera… espera un momento Albert ¿De qué hablas? ¿Por qué tendría que cuidar a Candy y de qué? – Preguntó con preocupación.

- Voy a introducir los documentos del divorcio hoy mismo y… - De nuevo Terry lo detuvo.

- ¡Te has vuelto loco! ¿Por qué vas a hacer algo así? – Lo interrogó, aunque no pudo obviar el brinco que dio su corazón al saber a Candy libre.

- Porque es lo mínimo que puedo hacer por ella después de lo que hice… Candy necesita su libertad para ser feliz a tu lado y yo no sé la negaré, ella te ama Terry… en realidad nunca dejo de hacerlo y yo solo estuve ciego a esa verdad hasta hace poco, cuando descubrí que ese sentimiento que compartíamos no era amor, al menos no el que se necesita para mantener un matrimonio… no conocía el poder y la intensidad de un amor verdadero hasta que lo viví en carne propia… - Hablaba y de nuevo fue callado.

- ¿Qué quieres decir con eso? – Pregunto con desconfianza - ¿Qué fue eso que hiciste a Candy y que te llevó ahora a tomar esta decisión? Si es por lo que ocurrió anoche déjame decirte que ella no tuvo nada que ver… por el contrario fue quien se alejó de mí demostrándome que lo que siente por ti y lo que comparten en mucho más importante que cualquier otra cosa – Explicó mirándolo a los ojos para que viese que era sincero.

- Esto no tiene nada que ver con lo que sucedió anoche… no del todo, yo pedí reunirme contigo e ir después a esa fiesta con la intensión de ver si aún amabas a Candy como sospechaba, por esa renuencia tuya de visitar Chicago, ciertamente no me equivoque tú sigues amando a Candy… la amas igual o más que antes y sé que puedo confiar en ti de nuevo para que cuides de ella, yo no puedo hacerlo… ni seguir casado con ella, no puedo brindarle una familia y aferrarme a una mentira que terminara destruyéndonos a ambos… no amo a Candy, pero la quiero demasiado como para lastimarla o engañarla una vez más… - Mencionó dejando a Terry perplejo.

- Fue eso lo que paso en la India… por eso te tensaste ayer cuando Candy mencionó tu último viaje, por eso eludiste el tema… ¿Engañaste a Candy con otra mujer? – Preguntó pero era más una afirmación mientras miraba al rubio a los ojos.

- Conocí a una mujer en la Jaipur y falte a mi juramento… le falle a Candy… si, lo hice… - Estaba por explicar cuando Terry lo interrumpió.

- ¡Eres un miserable! – Gritó lanzando un golpe que se estrelló en la cara del rubio y lo llevó a chocar contra la pared, mirándolo con furia.

- Espero… que eso te haya hecho sentir mejor… - Esbozó limpiándose con el dorso de la mano la comisura derecha de la boca para retirar el rastro de sangre y se dejaba caer sentado en el piso - Yo llevo semanas reprochándome todo esto y no me ha hecho sentir mejor... tal vez porque yo... ¡Bah! ya no importa, quizás nada de lo que sienta importa - Agregó con amargura.

- ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¡Tú! ¡Tú que siempre fuiste un ejemplo de rectitud!… que nunca lastimo a nadie porque su sentido de justicia era tan alto… que hasta yo desee ser paciente y comprensivo como lo era mi amigo Albert… no puedo creerlo… ¡No puedo creerlo! ¿Qué demonios le sucedió al hombre que conocí en Londres? ¿Qué te sucedió para que te olvidaras del compromiso que tenía con Candy? – Le reprochaba lleno de rabia.

- Me enamore… yo… yo solo me enamore… - Esbozó dejado ver media sonrisa llena de amargura y tristeza, mientras sus ojos se llenaba de lágrimas.

Terry se quedó congelado ante esa imagen de Albert, lo miraba sin poder creer aun lo que escuchaba y sentía rabia, mucha rabia… su semblante aún era duro, pero el sentimiento impreso en la voz de Albert le hizo ver que el rubio no mentía y que además estaba muy mal… fue como ver un reflejo de su tiempo más oscuro, cuando Albert lo salvó de seguir de cantina en cantina, ahora era él quien se veía derrotado, lastimado profundamente y andando a la deriva.

Continuará…