RECUERDOS AMARGOS

Me siento al lado de Hermione para terminar de dar cuenta del precipitado desayuno que me he preparado. Lo único que rompe el silencio es el ruido de mi cuchara al golpear con las paredes del tazón.

Cuando termino nos quedamos en silencio. No es un silencio incómodo sino todo lo contrario. Ahora que he aclarado las cosas con ella me siento más relajado de lo que me he sentido en días. No puedo creer cuánto había echado de menos esta sensación.

Desde que abrí los ojos en la mi habitación en la torre de Gryffindor la tarde siguiente a la batalla, irónicamente, todo había ido de mal en peor. Fue Hermione quién me despertó, aunque yo en ese momento deseé que no lo hubiese hecho, todavía estaba muy cansado.

Ella parecía no haber descansado mucho tampoco, pero al menos estaba duchada y vestida. Llevaba unos sencillos vaqueros y un jersey rojo. Al contrario, yo todavía llevaba lo mismo que durante las últimas "demasiadas" horas.

-Dúchate y vístete – dijo sacando ropa para mí de su bolso -. Van a hacer un memorial por la batalla en un rato.

Miré por la habitación y dándome cuenta de que estábamos solos pregunté:

-¿Dónde está Ron?

-Ron, Ginny y los demás se han llevado a casa a… bueno ya sabes… a Fred – dijo -. Supongo que tienen cosas de las que hacerse cargo.

-¿Y tú? – pregunté sorpredido -, ¿por qué no has ido con ellos?

-¿Preferías haberte quedado solo? – dijo impaciente. Al ver que no me decidía caminó hasta la cama y me tendió la ropa que había sacado.

-No, claro… - dije tomando la ropa.

-Venga – señaló a la puerta que daba al cuarto de baño -, te espero aquí. No tardes.

Diez minutos después salí del baño limpio, más relajado y vestido con una ropa demasiado muggle para el lugar y probablemente también para la ocasión. Hermione descansaba dormida en mi cama, confirmando mis sospechas de que tampoco había descansado como es debido. Me acerqué y la zarandeé un poco por el hombro para despertarla.

Al final bajamos juntos a las cocinas donde pudimos conseguir algo de comer mientras llegaba la hora de la ceremonia. Fue junto al lago, al atardecer, cerca de la tumba de Dumbledore. Alguien se había ocupado de levantar una preciosa placa de mármol pulido con el nombre de todos los caídos, la fecha y un escueto epitafio.

Casi todo el mundo tenía un herido al que cuidar o un muerto al que velar así que había muy poca gente. Estaban los profesores, el ministro, algunos aurores y Hagrid. También Neville y su abuela, una mujer tan parecida a Tonks que debía ser su madre, y Luna Lovegood, algo más triste y apartada de lo normal.

McGónagall pronunció un breve discurso que habría sido bonito de no ser porque todo el mundo estaba más pendiente de mí que de ella. Incluso Hermione se había alejado un poco avergonzada por todas las miradas.

Cuando todo acabó solo tenía ganas de volver a mi habitación y dormir hasta que se acabase el mundo así que, sin decirle nada a nadie, me di la vuelta y comencé a caminar en dirección al ruinoso edificio que alguna vez había sido el colegio de magia y hechicería de Hogwarts.

No había dado dos pasos cuando me vi rodeado de una barahúnda de pintorescos personajes que no había visto hasta entonces. En cuanto sentí los dos primeros flashes entendí lo que estaba pasando y porqué todos me habían estado mirando hasta entonces.

Las plumas "a vuelapluma" volaban a mi alrededor a la vez que los reporteros de vete tú a saber qué publicación me atosigaban con decenas de preguntas al mismo tiempo: "¿Cómo derrotó al señor oscuro? ¿Qué sintió al saberse victorioso? ¿Por qué tardó tanto tiempo en enfrentarse a él?…", y también preguntas menos inocentes: "¿Es verdad que planeó usted la batalla en el colegio? ¿Qué se siente al saber que han muerto menores de edad luchando en la batalla? ¿Hablará con las familias?".

No recuerdo como conseguí librarme de ellos. Cuando quise darme cuenta estaba cruzando la puerta principal arrastrado de un brazo por Hermione que murmuraba frases ininteligibles, claramente enfadada. Yo sin saber que hacer me dejé arrastrar por ella hasta que alguien nos interceptó justo ante las escaleras.

Era la mujer que había visto hace un momento en el funeral. Se presentó como Andrómeda Tonks y nos pidió, por favor, que asistiésemos al entierro de Remus y su hija al día siguiente. No pude ni mirarla a la cara cuando le aseguré que iríamos.

No fue la única invitación de ese tipo que recibimos en nuestro camino a la torre de Gryffindor. Hermione se encargó de rechazar amablemente todas menos la que nos hizo Luna. Cuando cruzamos el retrato de la señora gorda Hermione seguía aferrando mi brazo con tanta fuerza que me estaba haciendo daño. Al final me soltó y se dejó caer en uno de los sillones.

-Nunca te dejarán en paz, ¿verdad? – dijo.

-No parece muy probable – la imité sentándome enfrente de ella. Se me habían pasado las ganas de quedarme a solas en mi habitación. Sabía que en cuanto me quedase solo empezaría a dar vueltas a aquellas insidiosas preguntas que me habían hecho los periodistas. Una batalla en Hogwarts, menores muertos… todo parecía producto de una horrible pesadilla.

Permanecimos un rato callados y Hermione en ningún momento apartó la mirada de mí, parecía enfadada. Yo suponía que era por el asalto de los medios hasta que levantándose me dijo:

-Tú y yo tenemos una conversación pendiente – tenía el entrecejo tan fruncido que sus cejas casi se tocaban -. Por lo del bosque prohibido – aclaró -. Ahora estoy muy cansada y me voy a dormir, pero no creas que se me va a olvidar.

Inmediatamente se dio la vuelta dispuesta a irse pero, todo me pareció tan fuera de lugar que, suspirando, no pude evitar contestarle:

-En serio, Hermione, eso ya es historia. Me da igual lo que tengas que decirme al respecto.

Hermione se giró y sin mediar palabra me cruzó la cara de un bofetón que hubiese podido quedar recogido en el libro Guinness de los records. Donde sí quedó irremediablemente grabado fue en mi cara.

Cuando lo recuerdo me sorprendo y me llevo instintivamente la mano a la mejilla. El movimiento brusco hace que Hermione se gire hacia mí y me mire interrogante.

-Estaba recordando nuestra última conversación en Hogwarts – digo divertido señalando donde me había golpeado -. Con tantas cosas se me había olvidado.

-Me alegro de que te divierta – dice ecléctica -. Todavía tenemos eso pendiente – irremediablemente se gira y vuelve a sumirse en sus pensamientos y yo vuelvo a perderme en los míos. Esa había sido la primera noche en la que apenas había podido conciliar el sueño. Miles de preguntas ocupaban mis pensamientos, pero todas se resumían a una sola: ¿podría haber evitado la batalla?

El funeral de Remus y Tonks fue a la mañana siguiente. Los enterraron al lado del padre de ella en un pequeño claro en el jardín trasero de la casa que Andrómeda y él habían compartido. Asistió mucha gente y se dijeron unas bonitas palabras. No tuve el valor para quedarme allí mucho tiempo así que enseguida volvimos al colegio.

No tenía ganas de ir a la madriguera y sorprendentemente Hermione no dijo nada al respecto. Ahora que lo veo desde otra perspectiva, quizás tuviese sus propios motivos para ello. Los profesores no nos dijeron nada al vernos vagar por allí y tampoco hablamos entre nosotros más de lo necesario.

Esa tarde teníamos el entierro del padre de Luna. Nosotros no sabíamos que había muerto y cuando nos invitó a acompañarla yo no tuve el corazón de mirarla a la cara y Hermione no lo tuvo para rechazar su invitación. Pasamos el rato antes del almuerzo paseando sin rumbo fijo o sentados en algún escombro.

Aunque permaneció callada la mayor parte del tiempo, la verdad es que la presencia de Hermione resultó balsámica para mí en esos momentos. Sus: "Vamos a ver cómo ha quedado el campo de Quidditch", "Cuidado no tropieces con eso", "¿Recuerdas ahí fue donde…?" ayudaron a que no volviesen a mi mente todas las dudas de la noche anterior.

Almorzamos con inercia más que con ganas y poco después nos aparecimos cerca de la casa de los Lovegood. Cuando llamamos a la puerta una deplorable Luna nos abrió y nos ofreció un té mientras esperábamos a los demás para empezar. Los demás resultaron ser dos aurores que traían el cuerpo de Xenophilius desde Azkaban donde había muerto.

Los aurores se fueron en cuanto dejaron la caja en la que estaba el padre de Luna en el agujero que ella había hecho en el jardín. Nos quedamos los tres de pie, sin decir nada, mirando el profundo agujero en el que descansaría por siempre Xenophilius Lovegood. Al final Luna rompió a llorar y se abrazó a mí. Sin mediar palabra Hermione se acercó y nos envolvió a ambos.

Y allí, escuchando los sollozos descontrolados de Luna, recuerdo que me pregunté si hacer un Horrocrux era la única manera de ir desgarrando trozos de tu alma. Porque verla allí llorando, sola en el mundo como yo he estado la mayor parte de mi vida, hizo que se perdiese un poco de mí.

Igual que lo que me dejé en el departamento de misterios la fatídica noche que Sirius murió. O lo que se llevó Dumbledore cuando calló desde la torre de astronomía. O lo que perdí el día que supe que mis padres habían muerto asesinados y no en un accidente.

Al final, cuando Luna se calmó, nos sentamos los tres uno al lado del otro. Luna se veía devastada y vi que Hermione había llorado también. Nosotros no queríamos volver al colegio y Luna no quería entrar en su casa así que nos quedamos allí hasta que anocheció.

-Deberías ir a la madriguera – dije en cuanto Luna se hubo dormido, recostada en el pasto -. Seguro que Ron se alegrará de verte allí. Yo me quedo con Luna hasta que despierte.

-Lo que están pasando ahora ellos es mejor que lo hagan en familia – murmuró ella sin despegar sus ojos del suelo -. Si acaso deberías ir tú, seguro que lo aprecian.

-¿Nos quedamos aquí hasta que amanezca y bajamos para…er…lo de Fred? – volver a mi solitaria habitación en la torre de Gryffindor me apetecía casi tan poco como ir a pasar la noche con los Weasley.

Hermione pareció aceptar la idea porque se tumbó boca arriba en el pasto y se quedó mirando al cielo. Al rato la imité y así pasamos la noche, los dos mirando las estrellas y Luna durmiendo entre nosotros. Aunque en algún momento la respiración de las dos chicas a mi lado me llevó a un estado de duermevela, creo que ninguno de los dos durmió nada.

Los Weasley enterraron a su hijo a la mañana siguiente en el cementerio de Ottery St Catchpole. Apenas habían echado la última palada de tierra a la tumba de Fred cuando el encantamiento aullido sonó en la cocina de la madriguera, donde los Weasley, Hermione y yo nos habíamos reunido después del funeral. Alguien se había aparecido cerca de los terrenos de la casa.

Todos corrimos a las ventanas solo para ver al Ministro de Magia flanqueado por dos aurores bajando por el camino en dirección a la puerta de entrada. Me parecía haber visto a uno de los guardaespaldas del ministro pero no recordaba donde.

-Buenos días Arthur, Molly… sé que ahora mismo no es el mejor momento – comenzó Kingsley en cuanto le abrió Ginny la puerta -, creedme, he intentado postergarlo más pero me ha sido imposible. Me tengo que llevar a Ron, Harry y a Hermione al ministerio.

-Acabamos de enterrar a mi hijo… - dijo el señor Weasley.

-Lo sé Arthur – le cortó -. Créeme que no estoy aquí por gusto. Dawlish se quedará a explicaros que pasa, pero yo tengo que llevarme a los chicos ahora mismo.

A los veinte minutos estábamos los cinco cruzando el atrio del Ministerio adornado todavía con la estatua de "La Magia es Poder". Tras entrar en uno de los ascensores bajamos hasta lo que reconocí como la zona de los tribunales. Kingsley nos condujo a una de las salas de descanso y, dejando a su protección en la puerta, nos indicó que entrásemos.

Pasé a la habitación ya con los dedos entumecidos de tanto apretar los puños. No entendía nada y eso me estaba sacando de quicio. ¿Qué podía ser tan importante como para interrumpir un funeral? No me sentía capaz de mirar a Ron a la cara y enfrentarme a sus ojos enrojecidos. Tampoco a Hermione, avergonzado por haberla ignorado minutos antes cuando me pedía ayuda.

Así que, en cuanto se cerró la puerta dejándonos a los cuatro solos no pude más y estallé:

-¿Qué demonios se supone que estamos haciendo aquí?

En la sala había una mesa con cuatro sillas. Tres a un lado y la última enfrente de ellas.

-Tranquilízate Harry y sentaos por favor, tenemos poco tiempo – dijo Kingsley sin inmutarse señalando la hacia las sillas.

Noté que alguien me agarraba el antebrazo y me giré solo para ver a Hermione, que me pedía tranquilidad con la mirada. En cuanto notó que me había relajado un poco, nos guio a Ron, al que sujetaba de la mano desde el entierro, y a mí hacia las sillas y nos sentamos.

En el preciso momento en el que también Kingsley tomó asiento enfrente nuestro, Hermione nos soltó, endureció su expresión y apoyo los codos sobre la mesa.

-¿Qué demonios se supone que estamos haciendo aquí? – dijo lo mismo que yo, pero mucho más calmada. Irónicamente sonó mucho más dura de lo que yo había conseguido instantes antes.

-Tenéis una vista oral en veinte minutos – contestó lacónico Kingsley. Y de repente el enfado se me pasó de un plumazo. Miré a Hermione que se había quedado con la boca abierta y no alcanzaba a decir nada.

-Es una vista preliminar, no un juicio – siguió el ministro -. Se os informará de que se os acusa, os tomarán un breve testimonio y os dirán la fecha del juicio. Me ha parecido mejor ir a buscaros yo en persona a enviaros la citación con una lechuza.

Los tres nos quedamos en silencio. Ron no parecía estar digiriendo nada de lo que estaba pasando en esos momentos y Hermione y yo simplemente esperábamos que Kingsley comenzase con su explicación:

-Se están comenzado a investigar todos los delitos que se cometieron durante la guerra. Y uno de los más graves es vuestro asalto a Gringotts…

-¡Pero que…! – interrumpí. No podía creer lo que estaba oyendo -. ¡Ellos estaban colaborando con los mortífagos! ¡Con Voldemort!

-No es tan fácil Harry – susurró Hermione -. Cuando el Ministerio en 1865 cedió el control de Gringotts a los duendes, la cláusula 167-A establecía que el banco serviría al ministerio independientemente de quién lo controlase.

Hermione no paraba de retorcerse las manos que ahora descansaban en su regazo. Definitivamente que ella estuviese tan nerviosa me empezó a preocupar.

-Exactamente Hermione – concedió rápidamente Kingsley para proseguir con su explicación -. Y el problema más grande es que no cometisteis un simple robo, eso lo podríamos haber solucionado en un par de días, o con una disculpa. El problema es que destruisteis medio banco, sepultasteis algunas de las cámaras de las familias más influyentes, y encima hubo heridos. Los duendes están furiosos.

-Tu caso Harry, además, es mucho más delicado – prosiguió-. Hay indicios de que usaste una de las imperdonables… ¿es cierto?

-Sí, lo es – no pude evitar hundirme en la silla mientras contestaba.

-¿Usaste un Imperius para controlar un funcionario del banco? – preguntó más concisamente.

-Sí.

-¡Merlín!, ¡mierda…! – dijo él llevándose las palmas de las manos a las sienes -. Bueno… quiero que sepáis que el Ministerio no os va a dejar solos en esto. Tenemos que "representar" la función para los duendes. No nos podemos permitir un embargo, un bloqueo de fondos y mucho menos una revuelta como la del XVIII – se interrumpió un instante, pensativo -. Aunque dudo que lleguen a eso.

Yo ya no sabía a qué atenerme. Había pasado de la ira a la incredulidad en unos pocos minutos y el peso de lo que estaba pasando comenzaba a aplastarme contra aquella silla. Todo esto unido al hecho de que no había dormido decentemente me empezó a producir un punzante dolor de cabeza.

-Y… ¿qué va a pasar? – dijo Hermione.

-Los duendes quieren un juicio y se lo daremos – explicó Kingsley -. Se os condenará pero aplicaremos todos los atenuantes posibles además de condonaciones por servicios a la comunidad mágica. Afortunadamente todos los representantes del tribunal son magos y… - se adivinó un pequeño deje de inseguridad en lo que dijo a continuación -… espero que todos estén de acuerdo con el caso que presentará el abogado que os voy a asignar.

-Aún con los atenuantes y todo lo demás – dijo Hermione -, con la Ley Mágica en la mano, hemos cometido al menos un delito grave de robo – comenzó a enumerar -, tantos delitos de lesiones como heridos haya habido, y no me atrevo a pensar en cuántos delitos de destrucción de la propiedad… además de lo de Harry, claro – terminó en un susurro.

-Con la estrategia de defensa que hemos preparado dejaremos todo en un delito leve de asalto por causas de fuerza mayor – dijo Kingsley con una nota de orgullo -. Hemos tenido que rebuscar todos los agujeros legales que hemos podido pero creo que hemos hecho un buen trabajo.

Empecé a sentirme esperanzado por primera vez en un buen rato. Hermione miraba al ministro como si no se acabase de creer lo que estaba oyendo, pero ya no se retorcía las manos y parecía más calmada.

-Al fin y al cabo, los duendes también pueden ser razonables – prosiguió -. No son ajenos a lo que habéis hecho. Con un poco de suerte todo quedará en una disculpa pública, unas cuantas horas de trabajos en el banco para mostrar vuestro arrepentimiento y… el pago completo de los daños causados.

-¡Queee! – exclamamos al unísono Hermione y yo. Incluso Ron pareció volver a la realidad por un momento y miró con terror a Kingsley.

-¡Tranquilos, tranquilos! – exclamó con las manos en alto y las palmas vueltas hacia nosotros pidiendo calma -. El ministerio se hará cargo de los daños pero… por eso tengo prisa por celebrar el juicio. Estos procesos pueden llevar mucho tiempo y yo soy Ministro en funciones. Quiero asegurarme de arreglar todo esto antes de que se convoquen elecciones y sea elegido el nuevo ministro – concluyó -. Puede que no sea tan…mmm… fiel a la causa como lo soy yo.

-¿Y los antecedentes…? – preguntó Hermione. No pude reprimir una carcajada al oírla preguntar eso.

-¿En serio Hermione? – giró su mirada hacia mí. Estaba enojada y entornó ligeramente la mirada como diciendo "a ver que estupidez sueltas ahora" -. Hace unos días nos jugábamos la vida y ¿ahora te preocupas por los antecedentes que nos queden?

Me agarró de la manga y tiró hacia mí para alcanzar a hablarme al oído:

-Ron y tú queréis ser aurores y yo trabajar para el Ministerio – susurró quedamente -. No se puede ser ninguna de las dos cosas con antecedentes… - Kinglsey alternaba miradas entre Hermione y yo, ignorando el intercambio de palabras que estábamos teniendo.

-Ahora mismo me da igual – musité girándome levemente para quedar yo también al alcance de su oído -. Después de este año no sé si quiero ser auror, la verdad.

-Pues yo sí quiero trabajar en el Ministerio – dijo ella soltándome y volviendo a encarar a Kingsley.

-Os puedo asegurar un expediente limpio – prometió él -. Siempre y cuando el juicio acabe mientras yo siga en el cargo.

Hermione exhaló como si llevase un buen rato conteniendo la respiración y pareció relajarse por completo.

-Ahora os irán llamando uno a uno para la vista. Normalmente siguen un orden alfabético, pero esta vez haremos una excepción y entrara primero Ron, para que pueda volver cuanto antes con su familia. Harry, tú entrarás el último. Tu caso es el más delicado y nos estamos apoyando en un tecnicismo: las leyes mágicas consideran a los duendes criaturas de inteligencia "cuasi humana", así que el uso de la maldición imperius en ellos no está regulado como con humanos… pero estas distinciones les ponen furiosos y es probable que contigo den muchos problemas.

¿Furiosos? Eso era decir poco. No me habrían tratado peor si hubiese sido el mismo Voldemort.

Pensándolo claramente, Hermione había estado bastante serena desde la batalla hasta que nos separaron. Triste sí, pero serena… nada que ver con hace un rato. Ella es muy fuerte, lo sé. Quizás más fuerte que yo o Ron, pero todos tenemos un límite. A lo mejor ayer yo traspasé su límite. A lo mejor yo fui la gota que colmó el vaso.

Suspiro pesadamente, ahora parece más tranquila. Su mirada se pierde en el infinito y parece estar dándole vueltas a algo. Espero que no esté pensando en cómo burlarme y huir como planeaba hacer hace un rato. Sin una sola explicación, sin una nota… definitivamente padecer insomnio tiene sus ventajas.

Instintivamente empiezo a pensar en maneras de persuadirla para que se quede. Lo primero que se me ocurre es convencerla para que busquemos ayuda. Es una locura que intente encontrar a sus padres ella sola pudiendo contar con la ayuda del Ministerio. Estoy seguro que si pedimos ayuda al señor Weasley nos dirá que hay un departamento de localización de muggles desaparecidos o alguna locura del estilo.

Además la señora Weasley se va a poner como loca en cuanto le mencione las intenciones de Hermione de viajar sola hasta Australia. Sí, eso es… solo tengo que convencerla para que discutamos esto entre todos y a partir de ahí todo irá como la seda. Es imposible que, con lo razonable que es, se niegue a escucharnos.

Por otro lado está el juicio que tenemos pendiente. Abandonar el país no está entre las cosas que podemos hacer ahora mismo, supongo. Me lo anoto mentalmente para usarlo en caso de que se ponga cabezota. Porque si algo sabe ser Hermione aparte de razonable, es terca.

Una idea cruza por mi cabeza y sin pensarlo mucho le pregunto:

-¿Cómo pensabas ir hasta Australia?

-Ya qué más da – dice un poco ausente. Me doy cuenta de que no quiere decírmelo pero tampoco me importa mucho ya que ha dado a entender que no tiene intenciones de irse.

-Bueno… con lo del juicio difícil que te dejen usar un traslador – especulo -. ¿Pensabas ir en avión?

-No puedo coger un avión, no tengo dinero… tampoco para un traslador.

-¿Y en tu casa? ¿No hay dinero o algo que puedas vender?

-Ayer pasé por mí casa y había una niña pequeña jugando en el jardín con su madre – parece avergonzada cuando añade -. Solo tengo lo que llevo en el bolso y ni siquiera todo es mío – acto seguido se levanta y empieza a guardar de nuevo la comida que había cogido antes.

La observo hacerlo en silencio maldiciéndome de nuevo por cómo me había comportado con ella ayer. Si ahora está en esta situación no deja de ser por haberme ayudado. Sin darle muchas vueltas me levanto y comienzo a ayudarla. Al final, cuando acabamos, nos volvemos a sentar.

Pasa un rato y baja la señora Weasley y nos mira sorprendida. Después de la bronca que tuvimos ayer no le debe de parecer normal vernos otra vez juntos como si nada.

Al final encoje los hombros y nos saluda:

-Buenos días chicos.

Sin mediar una palabra más y dándonos la espalda, comienza con sus quehaceres. Hermione agacha la cabeza escondiendo la cara entre sus rizos castaños y se queda hundida en su asiento, como intentando desaparecer. Está más que nerviosa, y es que no le gusta pedir ayuda a nadie. Pero debe entender que hay cosas que no puede hacer por sí misma. Sin pensarlo mucho le tomo de la mano por debajo de la mesa y se la aprieto para animarla un poco.

Poco a poco los demás van bajando y se sientan a la mesa. La señora Weasley les va sirviendo el desayuno según llegan. No me sorprende el silencio que reina en una cocina que siempre había estado llena de ruido y risas. Eso fue en otra vida.

Cuando todos, incluida Molly, están sentados, aprieto un poco la mano de Hermione para darle ánimos. Ella enseguida recoge su mano y empieza a retorcer sus dedos. Una cortina de rizos castaños me impide ver su cara pero puedo adivinar que estará mordiéndose el labio. ¡Merlín! Esta histérica… en fin, tendré que ser yo el que empiece:

-Señores Weasley. Hermione tiene un problema y necesitamos ayuda para solucionarlo.