****La historia no es mía es una adaptación al final pondré el nombre del autor y el nombre original de la historia.****

****Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer****

**Contenido altamente sexual con temas de violacion y maltrato**


CAPÍTULO 4

Habíanencontrado el cadáver de Michael Newton, colgando, y enredado, meciéndose suavemente en las cuerdas del escenario que había manejado durante casi veinte años.

Si alguien se fijó en que los pantalones de monsieur Vulturi estaban mal abotonados, no lo consideró lo bastante importante para mencionarlo.

Eran tan grandes la conmoción y el temor que impregnaban hasta el aire en el teatro, que nadie podía preocuparse de algo que no fuera el fantasma de la Ópera.

Porque, tal como habían supuesto Edward y Esme, inmediatamente le echaron la culpa a él.

—Pero eso es absurdo —protestó madame Esme. —Mirad cómo tiene las cuerdas enrolladas al cuello. Habría sido imposible intentar estrangular así a alguien. Seguro que ha sido un accidente.

—El fantasma lo asustó y lo hizo caer a una muerte segura —chilló una de las chicas.

Madame se giró a mirarla fijamente con sus ojos negros terriblemente duros.

Nadie, ni siquiera monsieur Vulturi, habría reconocido en ella a la desenfrenada mujer con los pechos al aire, moviéndose y gimiendo de placer y boquiabierta, de sólo un momento antes.

—No sabes lo que dices —le dijo a la chica, severamente. —Será mejor que aprendas a callar, si no quieres acabar convirtiéndote en una de sus víctimas.

Una vez que llamaron a la policía y todos los demás abandonaron el escenario, los dos administradores se situaron a un lado, junto los bastidores. Entonces monsieur Carlisle Cullen le enseñó a monsieur Vulturi un papel doblado con su nombre escrito.

—He recibido esta carta —le dijo.

—¡Yo también recibí una! Este fantasma de la Ópera exige que le paguemos veinticuatro mil francos al mes, o de lo contrario no nos dejará tranquilos.

—Y también me dice que debemos poner a Isabella Swan en el papel de Margarita en el Fausto de esta noche.

—Pero si ese es el papel de Victoria. Anoche no cantó porque la enfureció la caída del telón de fondo, pero seguro que se ha enterado del éxito de la señorita Swan y esta noche querrá volver a recuperar el escenario. —El tono de Aro reflejaba que estaba enfermo de preocupación. —¿Qué le diremos?

—Esta noche cantará Victoria, por supuesto —contestó Carlisle, rompiendo el papel en dos largas tiras. —Madame Esme tiene razón; lo más probable es que Newton bebiera demasiado y se cayera de la pasarela. ¿No te acuerdas de lo que Poligny nos dijo de él? El fantasma de la Ópera no es otra cosa que un tonto que intenta asustarnos chantajeándonos para que le paguemos. —Soltó el papel y lo observó caer al suelo. —Bueno, pues no le va a dar resultado en mi Teatro de la Ópera.

—¿Y lo del palco cinco? El fantasma insiste en que lo tengamos siempre desocupado para él. Madame Esme me lo ha explicado todo.

—El fantasma, como el buen espectro que es, no necesita un palco para sentarse —replicó Carlisle, desdeñoso. —Es un fantasma y puede volar por el escenario si quiere ver la obra. Venderemos esa localidad para la representación de esta noche.

Esa mañana, ya tarde, después de su magnífica actuación, Isabella estaba en su camerino. El montón de ramos de flores que le habían llevado esa noche estaban ordenados sobre una mesa pequeña y en el suelo a los lados. Los olores mezclados de rosas, azucenas, gardenias y alhelíes eran dulces y empalagosos.

Sobre una silla estaban dispuestos tres pesados vestidos: uno rosa, uno lavanda con hilos de seda entretejidos y uno azul zafiro. A esos vestidos no habría podido siquiera acercarse jamás si La Victoria no se hubiera marchado malhumorada del teatro.

Si no se hubiera caído el telón de fondo, asustando a la prima donna, ella aún seguiría compartiendo uno de los camerinos con las otras chicas. Tampoco tendría un espejo del suelo al techo sólo para ella, sino uno estrecho, alrededor del cual se reunirían las chicas, empujándose unas a otras, para vestirse.

«Si» no se hubiera caído el telón de fondo. Ahogó una exclamación.

«Él» lo hizo. Él hizo caer la pesada lona al suelo, sabiendo que eso pondría histérica a La Victoria, seguro de que su reacción sería marcharse indignada, en el papel de diva, y negarse a cantar.

Victoria supuso que intentarían aplacarla, la mimarían y rogarían para que cantara. No sabía que el ángel de la música tenía otros planes.

Se había enterado de la muerte de Michael Newton, y sintió un estremecimiento de miedo. Su ángel era un profesor estricto y exigente, pero jamás le había dado ningún motivo para tenerle miedo. No le inspiró miedo ni siquiera la primera vez que le habló.

Aquella vez ella estaba rezando en la pequeña capilla, situada debajo de la grandiosa escalera de piedra del teatro. La capilla era el único lugar donde se sentía cerca de su padre, aun cuando estaba enterrado en un camposanto cerca de la bahía Perros. Aunque ya habían pasado casi ocho años de su muerte, seguía sufriendo por su ausencia, pues echaba de menos su sonrisa distraída y sus ojos fijos en un punto remoto; echaba de menos ver sus dedos siempre moviéndose, siempre tocando algo en un violín invisible, incluso cuando la abrazaba o estaba sentado en su sillón leyendo o viajando en un coche.

Su padre la entretenía, y durante un tiempo a Jacob también, con historias sobre el ángel de la música. «A todo músico, a todo artista de valía, lo visita un ángel —les decía. —Tal vez, de bebé, lo vea una sola vez, y después, al crecer, se convierta en un niño prodigio. O tal vez el ángel se presenta más de una vez para enseñar a las personas que tienen talento. Pero no me cabe duda de que si el ángel bendice a un músico con su presencia, será un éxito».

Entonces cogía su violín y tocaba melodías tiernas e inolvidables como La resurrección de Lázaro, tan bellamente que ella estaba segura de que lo había visitado un ángel.

Y cuando él murió, también lo hizo la música que sabía hacer ella.

Sólo la influencia del profesor Valerius hizo que la admitieran en el coro de la Academia Nacional de Música, ahí en el Teatro de la Ópera, cuando tenía doce años. Él insistió en que ella demostraba tener muchísimo talento para cantar, pero que la aflicción por la muerte de su padre lo había sofocado y que con el tiempo lo recuperaría si se lo nutría.

Pero pasados cinco años en el coro, seguía siendo una sombra de la niña callada y melancólica cuya voz angelical recordaba el profesor Valerius.

Hasta aquel día en la capilla.

Ese día, como solía hacer, le habló a su padre; conversó con él acerca de los recuerdos de su vida y viajes juntos; le recordó nuevamente la promesa que le hiciera de enviarle un ángel de la música cuando muriera, para encontrar una manera de expresar su aflicción por haberlo perdido; para reencontrar su música.

Y entonces oyó la voz. «Isabella.»

Era una voz dulce, exquisita, inolvidable, apenas audible. Miró hacia todos los lados de la pequeña y húmeda capilla, pero no vio a nadie. Arrodillada sobre una delgada alfombra, sintiendo la presión de la piedra del suelo en las rodillas, giró la cabeza escudriñándolo todo. Entonces volvió a oír la voz:

«Isabella, yo soy tu ángel».

Entonces comprendió que su padre había cumplido su promesa.

De eso hacía tres meses. Volviendo al presente, después de muchísimas clases y arduo trabajo, a la mañana siguiente de su exitosa actuación en la gala, pasó las yemas de los dedos por los aterciopelados pétalos de una rosa roja, pensando qué diría Jacob si lo supiera.

¿Debía contarle a Jacob lo del ángel de la música? ¿Le creería?

Entonces, de repente, en medio del silencio, sonó una dulce nota de violín y la voz:

—Isabella.

Tal como la primera vez.

—Ange.

Levantándose de un salto, fue a cerrar la puerta e inmediatamente corrió a situarse delante del alto espejo. Miró más allá de su imagen en el espejo, pero no vio nada.

—Volviste muy tarde anoche —dijo su exquisita voz. —No está bien que la nueva estrella de la ópera se prive de su descanso y su práctica en favor de obligaciones sociales.

Él estaba ahí, pero ella no lo veía. Sentía deslizarse su voz alrededor de ella, envolviéndola, abrazándola, y también su respiración, al mismo ritmo de la suya; sentía moverse el aire de su aliento en el cuarto. De esa manera lo sentía. Pero ansiaba verlo.

—Perdona, Ange —contestó—, no era mi intención enfadarte.

—Me enfadaré si continúas yendo en compañía de hombres hasta altas horas de la madrugada. La advertencia que detectó en su voz la asustó.

—Comprendo, Ange.

—Me llamo Edward.

—Edward, sí.

—Anoche te di placer, ¿verdad?

El mimoso timbre de su voz le erizó el vello de los brazos.

—Sí, An… Edward.

Fue tanto el placer que soñó con él, dándose vueltas y retorciéndose entre las sábanas, y se despertó mojada y jadeante por el recuerdo. Le temblaron las manos al cerrarlas en la fina seda de su bata.

—Deseo darte placer así otra vez, y más, Isabella. La voz le salió algo ronca.

—Yo también lo deseo —contestó ella, avanzando automáticamente hacia el espejo, como si fuera a encontrarlo ahí. Pero no, sólo vio su reflejo: los ojos agrandados, la cara pálida, los labios rosados, y la única nota de color, su largo pelo suelto cayéndole hasta las caderas. Colocó una mano en el fresco cristal como si quisiera tocarlo a él. —Ange, Edward, deseo verte, tocarte, acariciarte, darte placer también. Por favor.

Sólo le contestó el silencio. La quietud.

—¿Ange? —llamó, aterrada, pensando si no lo habría ahuyentado. ¿Tal vez había sido demasiado atrevida?

Aguzó los oídos, con la esperanza de oír el sonido de su música, las hermosas notas de violín y flauta y, claro, su melodiosa voz, que le llenarían los oídos y todo su ser.

Silencio.

—¿Ange? ¿Edward? —repitió.

Entonces volvió a sentirlo; lo sintió, sintió su presencia. Enérgico, fuerte, rodeándola con su presencia.

—Isabella —dijo él; se le cortó la voz en la última sílaba, pero al instante continuó, más tranquilo—: Cuando llegue el momento, seremos uno. Pero mientras tanto debes practicar la paciencia. Y debes trabajar mucho, y recordar que soy tu profesor, y quien puede hacer nacer tu música.

—Sí, ángel.

Era cierto. Sí que sabía cantar antes que el ángel de la música entrara en la capilla y en su vida hace tres meses, pero con sus enseñanzas se había desarrollado, había florecido como una flor tardía abriendo sus pétalos bajo el intenso calor del verano.

—Ahora deseo oírte cantar el aria de Margarita. Victoria no la cantará esta noche. La cantarás tú. Isabella hizo una inspiración profunda y sintió en los pechos la presión del corsé que se los levantaba y juntaba. Tenía duros los pezones, enterrándose en el delgado linón de la camisola que llevaba y empujando la firme estructura del corsé.

La música salió de ninguna parte y de todas partes; inundó el elevado y estrecho camerino, le calentó los oídos y vibró por sus venas. Cuando comenzó a cantar, bajó la intensidad de la luz de las lámparas. Los contornos de su imagen en el espejo, su boca abierta, sus ojos brillantes, sus mejillas sonrosadas, se volvieron grises al disminuir la iluminación. Levantó los brazos, metidos en las mangas de una bata de seda amarillo claro, moviéndolos como para ayudarse a expresar las notas, y esta se le deslizó hacia atrás por los hombros, dejándole desnudos los esbeltos brazos. Nuevamente se había convertido en la hermosa dama.

Cantaba con voz clara, fiel, fluida, mientras la música de Edward giraba a su alrededor y su presencia la llenaba; y entonces él unió su voz a la de ella. Su bella voz de tenor se mezcló con la suya, soprano pura, y se sintió como si echara a volar.

Elevándose.

Cerró los ojos, sintiendo la presencia de Edward y el regalo de la música que él había despertado dentro de ella. Entonces comprendió, en la parte más profunda de su ser, que jamás podría estar sin él.

No podía perderlo, jamás.

Porque él hacía salir lo mejor de ella. La instaba, la pinchaba, la fastidiaba y le exigía que sacara lo mejor de su música desde lo más profundo de su ser. En cierto modo, la conocía. En cierto modo, sabía inspirarla, estimularla, hacerla sentirse así. Exquisita, poderosa, embriagadora.

Se le acumularon lágrimas en las comisuras de los ojos, calientes y abundantes, y luego las sintió bajar por las mejillas. Notó que le apretaba el corsé desde el vientre con cada inspiración y que luego se le aflojó al sostener el do agudo y largo, hasta que creyó que perdería el sentido; aun así, hizo otra honda inspiración y al do le siguió un mi.

Cuando se apagó el sonido de la última de sus notas y sólo se oía su fuerte respiración y las últimas notas de la música, abrió los ojos.

El cuarto continuaba en penumbra; no oscuro, sino poco iluminado. En la pared que tenía al lado, brillaba una lámpara de gas, arrojando sólo luz suficiente para que se viera su figura en el espejo. En el resto de la estancia sólo había sombras, y se sentía un suave aroma a rosas.

—Isabella, me has complacido infinitamente. —Gracias, ángel. Tú eres mi inspiración.

—Si cantas así esta noche vas a inspirar amor a todos los espectadores.

—Cantaré así, ángel, Edward.

Llevaba tanto tiempo pensando en él como en su ángel, que se le olvidaba llamarlo por su nombre.

—Ahora… —dijo él, y su voz sonó como un suave ronroneo. —Ahora deseo verte, Isabella. Toda entera. Para que cuando estés en el escenario esta noche y yo esté sentado en el palco cinco, te vea de una manera como nadie más puede verte. Y saber que cantas para mí.

Sus palabras le produjeron un fuerte ramalazo de deseo. Sintió bajar el hormigueo, la dolorosa espiral del deseo hasta el bajo vientre y luego a la entrepierna. Sólo con oír sus palabras, y por la imagen que él le ponía en la mente.

—Venga, quítate la bata, Isabella.

Le temblaron las manos al desatar el lazo bajo los pechos, y dejó caer por los hombros la prenda de seda toda guarnecida con volantes, que quedó arrugada en el suelo. Se puso delante del espejo y se vio vestida con la delgada camisola ceñida a sus curvas por el corsé. No tenía los pies desnudos; llevaba las delgadas medias de seda, que le cubrían las piernas por encima de las rodillas y de la orilla de la camisola.

—Más, Isabella.

Se cogió los bordes superiores del corsé, y empujó hasta unirlos, torciéndolos hasta que se soltó la primera presilla. Sintió el roce de la tela del corsé sobre los pechos y el de sus dedos al moverlos para desabrocharlo, y los pechos se le hincharon, ansiosos de más libertad.

Soltó las presillas, una a una, y pudo respirar mejor, con más libertad. El corsé cayó a sus pies con un suave ruido. Se quedó con la camisola que tenía un amplio escote redondeado; la tela era tan delgada que se le veían sobresalir los pezones. El pelo le caía la mitad sobre un hombro y la otra mitad por la espalda, por lo que vio asomar las puntas rizadas a la altura de la cadera. Tenía las mejillas sonrojadas y los labios rosados, entreabiertos y mojados, pues se acababa de pasar la lengua por ellos.

—Isabella…

Su voz sonó mimosa, pero ella detectó cierta dureza, que quedó suspendida, pero lista para fustigar si ella no obedecía.

Se cogió la orilla de la camisola y lentamente la subió y se la sacó por la cabeza. Y quedó libre. Alta, esbelta, blanca, con una mancha oscura en la entrepierna, una más oscura y pequeña en cada pecho, unas sombras en curva debajo, y una mata de pelo rizado cayendo en cascada detrás de los hombros, meciéndose alrededor de sus caderas.

Lo sintió respirar y notó que ella tenía la respiración más rápida y agitada. Pero continuó ahí, orgullosa, desnuda, dispuesta.

Dispuesta para él.

—Acércate al espejo.

Se le desbocó el corazón; vio cómo le latía fuerte la vena de la garganta. Con los ojos fijos en la prueba de su pulso acelerado, caminó lentamente hacia el espejo, y cuando estuvo tan cerca que su aliento dejó círculos de vapor en el vidrio, se detuvo.

—Más cerca. Se acercó más.

Se agrandaron los círculos de vapor. Le crujieron levemente los dedos al apoyarlos extendidos sobre la lisa y dura superficie. Sus pezones sólo rozaban el espejo, frío como el Sena en enero, como el hielo. Las puntas de los dedos de los pies tocaron la parte de abajo del grueso y ornamentado marco.

Se le endurecieron más los pezones, y el contraste entre el calor del resto del cuerpo y el frío que sentía en los pechos, le hizo pasar otra espiral de deseo por todo el cuerpo. Se movió, frotando los pezones en el frío vidrio, y se le endurecieron aún más, volviéndose más puntiagudos. Deseosos.

—Más cerca.

La orden fue apenas un susurro.

Ella adelantó el cuerpo, apretándose al frío espejo como si estuviera acostada sobre él, con la cabeza girada hacia un lado. El frío le iba a resultar insoportable al tener toda la cálida piel prácticamente estampada contra el frío cristal plateado; pero lo hizo, resollando y concentrándose en aquella sensación, opuesta al calor del deseo. Sintió en todo el cuerpo la carne de gallina y tuvo que cerrar fuertemente la boca para no gritar del frío que sentía. Era increíble que esa superficie tan lisa y brillante pudiera causar tanta molestia, tanta conmoción.

Apoyó la mejilla en el cristal, bien pegada, por lo que sus ojos no veían la imagen que ofrecía.

Sus pechos presionaron el frío espejo, y dos círculos de hielo se filtraron en sus duros y ansiosos pezones.

Arqueó las caderas y el hueso púbico se aplastó contra el cristal plateado la mata de negro vello rizado.

A eso siguieron los muslos, y luego las rodillas, ligeramente flexionadas, para continuar presionando el cuerpo contra el espejo.

Y luego la tierna y sensible piel de la parte interior de los brazos, cada uno doblado en ele a los lados de la cabeza.

—¿Cómo lo sientes, Isabella?

Ella no logró articular las palabras, pero sí sentía. Sentía el caliente centro en el vientre y el líquido que se le iba acumulando en la entrepierna; sentía la tortura de sus pezones duros apretados contra espejo, todavía tan frío.

—Ahora estira los brazos; coge los bordes del marco.

Ella deslizó las palmas mojadas por el helado cristal plateado, dejando una estela, con lo que los pechos se le aplastaron más a él; le costó alcanzar los bordes del marco, pero finalmente cerró los dedos sobre los salientes de una rosa a la izquierda y algo que no logró identificar a la derecha. Al doblar los dedos en los bordes del marco sintió relajarse los músculos de los brazos; sintió el placer de tenerlos estirados.

Y entonces algo se cerró alrededor de su muñeca derecha, dejándosela fijada al marco desde la parte de atrás del espejo. No alcanzó a reaccionar antes de que le quedara paralizada la muñeca izquierda. Estaba atrapada, atada a los bordes del marco del espejo.

Soltó el aliento en un resoplido, en una exclamación ahogada, y con la cara pegada al espejo giró la cabeza hacia el otro lado, como si creyera que vería un atisbo de… de algo. La mejilla, la nariz y la boca, las pestañas, y la otra mejilla, atraparon un mechón de pelo, presionándolo contra el cálido espejo.

—¿Cómo te sientes, Isabella?

Los genitales le vibraban; sus pezones estaban sufriendo; tenía la respiración agitada, tan rápida que el vapor de su aliento dejaba un círculo húmedo en el cristal. Se pasó la lengua por los labios e intentó tragar saliva. En lo único que lograba pensar era en la sensación que el frío y liso espejo provocaba en su piel.

—Ange —resolló.

—Edward. Me llamo Edward.

—Edward. Por favor, Edward…

Así, apretada contra el espejo, no veía nada que no estuviera delante de su cara, sólo la pared, a unos sesenta o tal vez noventa centímetros de distancia, una lámpara de gas y la esquina de una mesita.

Entonces oyó algo y se le aceleró más la respiración; le salía entrecortada, en resuellos, porque sabía que él estaba ahí, en el cuarto con ella. Lo estaba.

Intentó apartar el cuerpo del espejo, pero tenía los brazos tan estirados que sólo pudo mover la cabeza de un lado a otro. Al intentar levantarla, el pubis presionó el espejo, aplastando el rizado vello. No podía apartar la cabeza lo bastante para ver algo, aparte de una pequeña distancia a la derecha o a la izquierda.

No estaba asustada pero sí… consciente. Absoluta y dolorosamente consciente de cada pelo y vello de su cuerpo, de cada músculo, de cada latido del corazón, de cada respiración, de la creciente excitación, del deseo y la necesidad.

Cuando él la tocó pegó un salto y se golpeó las caderas contra el espejo, sin poder evitarlo. La mano… no, un dedo, sólo un dedo, bajó por su columna, mientras la otra mano le apartaba el pelo, sin tocarle la piel, dejándole la espalda desnuda.

Un dedo desnudo, sin guante.

Piel con piel. La yema del dedo, cálida y áspera, firme y segura, bajó hasta la curva de sus nalgas, se deslizó rápidamente por el inicio de la hendidura, y se retiró.

Dos manos le cogieron la mata de pelo y se la levantaron; sintió los movimientos de sus manos, recogiéndole y enrollándole el pelo en un moño flojo; entonces introdujo algo para afirmarle el moño; sintió el roce de una peineta o algo así en el cuero cabelludo. Terminada la operación, él retiró las manos. Le había dejado desnudos la nuca, los hombros y la espalda.

Cerró los ojos, esperando, intentando hacer más lenta la respiración, para calmar la excitación, que sentía tan fuerte que le dolía.

Entonces sintió sus manos en la parte de atrás de la pierna izquierda; le estaba enrollando diestramente la media, bajándola por el muslo, luego por la rodilla y más abajo. Sin vacilar ella levantó el pie, y cuando él terminó de sacarla, sintió la áspera lana de la alfombra en la planta. Él repitió la operación con la otra media, y entonces ella se quedó totalmente desnuda. Totalmente desnuda, aunque con la parte delantera oculta, al estar apretada contra el espejo.

—Edward —gimió; no sabía qué otra cosa hacer; él ya no la estaba tocando; no le hablaba. —Por favor…

Más que ver sintió su sombra cuando él se acercó más; su cuerpo bloqueaba la luz de la lámpara de gas, por lo que lo único que pudo ver en el espejo, al estar tan cerca, fue la oscura forma de una cabeza y los hombros anchos detrás de ella.

Entonces él colocó una mano en el centro de su espalda, justo entre los omóplatos. Deslizando la mano hacia arriba la cerró suavemente en su nuca y con la mayor delicadeza le sostuvo quieta la cabeza mientras bajaba la otra mano por su costado derecho; le palpó las costillas, luego la bajó por la curva de la cadera y la ahuecó en la nalga.

Sólo fue eso, nada más que el contacto con su mano desnuda, y ella ya estaba temblando. Jadeando. Le aumentó el hormigueo en la entrepierna y sintió salir el líquido de excitación, mientras se movía y se apretaba contra el espejo.

—Separa las piernas.

Le introdujo una mano por la entrepierna, por atrás, y deslizó los dedos por entre los labios de la vulva, hacia delante y luego por el pozo de líquido. Afirmando el pulgar en la hendidura entre sus nalgas, comenzó a deslizar los dedos de aquí allá por entre los labios de la vulva, moviéndolos en círculo alrededor de la abertura mojada de la vagina y luego extendiendo el líquido por encima de los dilatados labios.

A pesar del rugido que sentía en los oídos, oía su respiración agitada. Sintió temblar y flexionar sobre su piel la hábil mano que le tenía aprisionado con tanta suavidad el cuello. Pero la mayor parte de su atención se concentró en su duro y vibrante clítoris cuando él deslizó los dedos por el contorno, por los lados y finalmente se lo aprisionó y se lo movió, rápido. Una vez, dos veces. Gimiendo empujó el trasero hacia atrás, alejándose del espejo, hacia su mano.

—Isabella… —musitó él, con la voz temblorosa.

Entonces ya estaba cerca, detrás de ella, con la frente apoyada en el espejo, al lado de la suya, de forma que no pudiera girar la cabeza para mirarlo. Sentía el suave roce de su manga en el hombro izquierdo, y abajo, cerca de la rodilla, el de sus pantalones que le tocaban la parte de atrás de la pierna. Él volvió a cambiar de posición y ella quedó atrapada entre su alto y potente cuerpo y el frío y duro cristal del espejo.

Él deslizó las manos por sus brazos estirados y las cerró en sus muñecas; sus piernas quedaron presionándole las suyas y sus caderas y el duro bulto de su miembro excitado presionándole la espalda a la altura de la cintura, estampándole en la piel los botones que le cerraban los pantalones.

Entonces él le soltó las muñecas, bajó las manos por sus brazos en una suave caricia, continuó por detrás de los hombros, las pasó por las axilas y las deslizó por los costados de sus pechos. Ella se arqueó hacia atrás, todo lo que le permitieron los brazos estirados, y él se rió suavemente con la boca en un lado de su cabeza, echándole el cálido aliento en la sien.

—Impaciente, ¿eh, Isabella?

Pero le deslizó las manos por delante y las cerró sobre sus pezones, todavía fríos al haber estado en contacto con el cristal, y se los cubrió con sus cálidas palmas. Con el cuerpo le empujó las caderas hacia el espejo y le friccionó los pechos con sus dedos largos y flexibles. Gimiendo, ella movió el pubis contra el espejo y él siguió su ritmo, apretándose y moviéndose con ella. Estaba temblando y palpitando toda entera, todo su ser concentrado en la excitación y necesidad que le despertaba él.

Intentó girar la cabeza para poner la cara junto a la suya, pero él siseó y apartó la cabeza del espejo antes que ella pudiera quedar de cara a él.

—Eres impaciente, ¿eh?

Nuevamente ella detectó ese filo en su erótica voz, ese filo que le decía que no estaba complacido con su impaciencia. Volvió a ladear la cabeza hacia el espejo, apoyó la mejilla en el lugar húmedo que había dejado con el aliento, y cerró los ojos.

—Por favor, Edward —susurró.

Él le apretó y tironeó los pezones, uno después del otro, a un ritmo rápido, tortuoso, que le agitó más la respiración, haciéndola jadear. Punzadas de deseo le bajaban como agujas al clítoris con cada pellizco. Tenía la impresión de que se estaba agrandando, hinchando y que no soportaría más sin explotar.

Entonces él bajó las manos, le cogió las caderas y se las sujetó firmemente apretadas al espejo. Ella se quedó sin poder moverse de cintura para abajo y apenas de cintura para arriba.

Él apartó el cuerpo y sólo sus manos siguieron tocándola, apretándole el pubis y las caderas contra el espejo.

Entonces ella sintió su boca en el hombro, cálida, mojada, deslizándose por la piel; no eran besos suaves, ligeros como una pluma. Le succionaba, mordisqueaba, le enterraba los dientes y la lamía, sin dejar de sujetarle las caderas, para que ella no pudiera escabullirse, hasta que estuvo toda estremecida de deseo.

Succionándole y lamiéndole la piel, bajó la delicada punta de la lengua a lo largo de su columna. Lo sintió arrodillarse y se preparó al sentir su lengua deslizándose por la hendidura entre las nalgas, haciéndola estremecerse, retorcerse, medio sollozar y boquear para recuperar el aliento.

Vamos, por favor… Sólo podía pensar en eso. Ni siquiera podía articular las palabras. El clítoris le vibraba tan fuerte que le dolía; sentía bajar un hilillo de líquido por la parte interior del muslo. Y entonces su lengua se situó ahí, lamiéndoselo y volviendo hasta su mojada vagina, y pensó que gritaría.

Él le apartó más las piernas y le levantó las caderas, apartándoselas del espejo, de modo que ella quedó medio doblada, medio colgando de las muñecas; su cara, hombros, pechos y brazos empujaban en contra, como para enderezarla. Lo sintió acercarse más, y de repente su lengua se situó justo donde la necesitaba.

Se le escapó un suave gemido, moviéndose sin poder controlarse contra el espejo mientras él la pasaba por el duro montículo del excitado clítoris, más rápido, más rápido, de lado a lado, hasta que a ella se le desmadró totalmente el cuerpo, sacudido y estremecido por el placer.

Tenía la boca abierta apoyada contra el espejo, silenciando sus gritos en su plateada superficie mientras a un orgasmo seguía otro y otro, y finalmente se le desmadejó el cuerpo mojado y caliente deslizándose por el espejo y dejando caóticas marcas.

—Ahora recordarás esto cuando cantes esta noche, ¿verdad, Isabella? —le dijo Edward al oído. Su voz sonó áspera, en resuello, forzada. —Yo estaré mirándote desde el palco cinco, y recuerda, cantarás para mí. Y sólo para mí. Ningún otro puede darte lo que yo te doy.

Y entonces ya no estaba.

Un instante después se soltó lo que le sujetaba las muñecas por detrás del espejo y ella cayó al suelo, justo encima de la bata de seda y el corsé de tiesas ballenas.