= 4. Pactos tontos o tontos pactando =


Por alguna razón alucinante, que hasta ese momento, Terry Grandchester, no era capaz de comprender, su madre —aquella hermosa y poderosa mujer que le había dado más que solo la vida— se había obsesionado con la idea de que su primogénito contrajera matrimonio. Y lo que era peor, estaba aferrada a unirle con la mujer más demandante, pesada y amargada de la ciudad. ¡Y vaya que Londres era inmenso!

— Si hasta una piraña tiene más encanto que esta niña— bufó Terry, al tiempo que arrojaba sobre la mesita de la sala, los papeles con la información que Gray, su amable casamentera, había recabado acerca de los Andrey.

Según el expediente —Terry aún no podía creer que su "futura" familia tuviera un expediente—, los Andrey, rayaban exageradamente en lo normal. Albert, el padre, era presidente de una empresa reconocida, aunque no era el dueño. Elroy, la tía, había ganado el certamen Miss Londres y perdido en el concurso Miss Universo, frente a la belleza exótica de Colombia. Candy, por otra parte, se había graduado de la Universidad de Nueva York con un título en Diseño de Modas y según los datos recabados era una muchacha con gustos triviales. En el listado de Gray, había al menos siete u ocho marcas que Terry conocía y odiaba, respecto a ropa, comida e incluso respecto a grupos musicales.

— ¿Quién rayos es Justin Bieber? ¿Es que es americana? ¿Cómo es posible que una inglesa no tenga como número uno en la lista a The Beatles?— se preguntó el chico en voz alta, mientras se llevaba a los labios el vaso de whisky que hacía rato se había preparado. Dejando de lado los aburridos datos de Candy—bobaAndrey, el castaño dejó la sala y se metió en su habitación. Le urgía una buena ducha y unas cuantas horas de siesta para reponer las energías que cada noche perdía y para olvidarse un buen rato de la absurda sentencia que su madre había impuesto.

Mientras recorría el lugar, reparó en lo único bueno que había sacado de aquello. Eleonor parecía haberlo perdonado a medias cuando él aseguró que enamoraría a Candy, y en recompensa, su madre le había devuelto todos y cada uno de los privilegios que un hombre como él se merecía.

La mucama asignada a la suite que desde hacía ya un par de semanas, él estaba ocupando, había vuelto a sus actividades y la recámara volvía a estar —a diario— en buenas condiciones. El hermoso y excéntrico Lamborghini Sesto Elemento del año, se hallaba nuevamente aparcado en el estacionamiento del hotel y completamente a su disposición. Incluso sus ingresos habían aumentado y es que, sin que Eleonor supiera, había repuesto todas y cada una de las libras que el chico había perdido la noche en que lo desfalcaron a él y a su querido amiguito.

Y seguiría reponiendo lo perdido y Terry seguiría a salvo de su furia, si conseguía —al menos— una cita con la amargada pecosa.

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— ¿Bromeas?— cuestionó Candy, visiblemente molesta. Al otro lado de la línea, Susana suspiró, como quién se siente mal por lo que acaba de decir.

En serio, Candy, perdón. Olvidé…— comenzó a decir la chica, pero Candy ya estaba pidiendo la cuenta por las bebidas que había consumido, mientras esperaba por más de media hora a su amiga, que al final, terminaría sin acudir.

— Está bien, nos veremos después. Disfruta a tu chico— se despidió la pecosa, mientras pagaba y dejaba el restaurante en que se había citado con Susana.

Colgando la llamada, la rubia se ahorró los mil reproches dirigidos a su mejor amiga, cuando recordó que aquellos últimos tres días no había sido ella en realidad. Su humor no podía ser el mejor, considerando la situación que estaba atravesando. La Universidad había enviado el correo a su hogar y aunque había evitado que Albert y Elroy cogieran la carta antes que ella, todavía no tenía idea de cómo haría para resolver aquella situación.

Acababa de salir del lugar, cuando reparó en el auto frente a ella y el chico recargado en él. Enfundado en lo que no podía ser otra cosa sino lo más nuevo en las filas de diseños de Marc Jacobs, Terry la sorprendió, con el nuevo conjunto que había decidido usar. Pantalones negros y ajustados, camisa negra, saco gris y una bufanda para las bajas temperaturas de diciembre, además de esos zapatos brillantes, el chico debía haberse dado una vuelta por los emporios, pues Candy podía apostar que antes de esa ocasión, no había usado aquellas ropas.

— ¿Bonito, no es cierto?— preguntó Terry con esa mirada de chulo que lo caracterizaba y que la rubia tanto odiaba. Un segundo después, pasó la mano por el brillante auto detrás de él, admirándolo como si fuera la cosa más hermosa del mundo. Sin duda alguna, el chico había creído que la rubia se había impresionado por el vehículo y no por su ropa.

— Bastante excéntrico, más bien— repuso Candy, rodando los ojos. Lo cierto era que aunque el modelo resultaba atractivo, ella nunca había sido la clase de chica que se colaba por los autos.

— Y yo que estaba a punto de proponerte dar una vuelta— se mofó el chico. Candy casi sonrió.

— No te molestes, galán, no estoy interesada— le aseguró y sin más, siguió su camino. No había planeado volver a casa a pie, pero en vista del plantón que había recibido de parte de su amiga, le parecía una buena idea para calmar los nervios y centrar las ideas. Dejando a Terry atrás, con cara de no haber comprendido su respuesta, la chica recorrió tranquilamente las calles de Londres.

La carta de la universidad todavía seguía impresa en su memoria y como cada noche desde que había llegado, la atormentaba sin piedad. No era, claro, que no supiera que eso sucedería, pero realmente, esperaba tener la oportunidad de volver a América y resolver el asunto, antes de tener que afrontar que debía decirle a su padre y a su tía. Antes de tener que prepararse para la mirada decepcionada que Albert le daría.

¡Hey! ¡Tía! ¡Que te estoy hablando, joder!— exclamaron a su lado. Con sorpresa, Candy advirtió que Terry conducía a su lado a una velocidad excesivamente e intentando que reparara en él, montado en el auto.

— ¿Qué demonios quieres, bobo?— le cuestionó, deteniéndose a mitad de la acera y obligándolo a él a detener el auto, también.

— Sube, niña. No te lo diré otra vez— ordenó él. Su voz había perdido aquel tono jocoso y arrogante de siempre y en su lugar, el autoritarismo digno del primogénito de una familia poderosa, se hizo presente. Con el ceño fruncido, Candy se preguntó que estaría pensando Terry para creer, que con ese tono, la convencería de obedecerle. Alzando los hombros como quién no comprende, la rubia aferró el bolso sobre su hombro y se dio la media vuelta. A sus espaldas, una tienda de ropa la recibió dejando a Terry fuera, boquiabierto y más que molesto.

— ¡Esa…!— espetó Terry, ahogando una maldición y acelerando a todo el Lamborghini.


No puedes hablar en serio Albert— espetó Elroy, viviblemente alarmada. Frente a ella, su hermano sonreía aunque no era exactamente una sonrisa alegre. La nostalgia estaba tatuada en ella y era obvio para Candy que su padre estaba tratando de ocultar lo mucho que lo que acababa de anunciar, le dolía.

Me temo que no bromeo, Eli. George lo ha dicho delicadamente, pero ya sé yo, que en la empresa más de uno pensaba que…— comenzó a explicarse el rubio. Candy bajó la mirada, avergonzada.

¿Qué? ¿Qué eres viejo? ¡Por favor! Ni siquiera has cumplido 60, los 52, apenas surcan tu rostro. ¡Tonterías! ¡Eso es lo que son!— exclamó Elroy, indignada y completamente fuera de sí. Sin más, la dama se puso de pie y dejó la sala sin decir palabra, solo parloteando en su mente, despotricando sobre aquel que se dijo amigo de su hermano y terminó sacudiéndoselo cuando le fue inútil.

En la sala, Albert suspiró, resignado. Se sentía cansado de las actividades de aquel día y por primera vez en 24 años, Candy lo vio, como se ve a alguien que está agotado y apunto de rendirse ante la situación. Ni siquiera cuando Rosaline, su madre, había muerto, había visto a Albert de aquella manera.

Lo siento, Candy, de verdad lo siento— habló entonces Albert, más abatido incluso que cuando anunció su despido— Te fallé de la peor forma. Me temo que con esto… no podré enviarte de regreso a América. Tu graduación a final de este trimestre…

Papá…— comenzó la rubia, con un nudo atravesándole la garganta. Albert alzó entonces la mirada y el cansancio que antes había estado ahí, se había esfumado. Sonreía y sus orbes azules brillaban como el mismo cielo en un día completamente despejado.

Olvida lo que dije. Estoy delirando… Ya me las ingeniaré… Mi niña, mi preciosa niña, tendrá su graduación. Se la merece y papá se la dará— sin decir más, Albert también desapareció de la sala, dejando a Candy, completamente acongojada.


— Candy, Candy…— la llamó Albert, por tercera vez. Parpadeando, la rubia espabilo e instó a su padre a repetirle lo que fuera que le estaba diciendo, antes de recordar, aquel amargo episodio que había vivido, tan solo dos días atrás, cuando tras volver de un fatídico día, Albert les había comunicado a ella y a su tía, que George había decidido prescindir de sus servicios como contador.

«Agua pasada, Candy, agua pasada. Ayer es ayer, concéntrate en el hoy» se dijo a sí misma, mientras dejaba la cocina y subía a la planta alta para llamar a Elroy a cenar, como su padre le había pedido que hiciera.

Desde la noche anterior, Candy había tomado la clara determinación de hacer lo posible por resolver su situación, sin necesidad de que su preocupado padre, se enterara de lo que ocurría. Si tenía suerte —y vaya que la necesitaba— Albert encontraría pronto otro empleo y la enviaría de vuelta a América antes del comienzo del último trimestre para resolver directamente con la Universidad lo que concernía a su educación.

Acababa de recargarse contra el marco de la puerta de la recámara de Elroy, cuando su tía giró, móvil contra el oído, y pegó un ligero brinco. Cortando toda comunicación con quién fuera que estuviera charlando momentos atrás, arrojó el móvil a la cama y arremetió contra la rubia:

— ¡Candy, cielo! ¿Pero por qué no haces ruido? ¡Me has pegado un gran susto!— haciendo a un lado sus propias preocupaciones, Candy se permitió sonreír.

— ¿Ah, sí? ¿No será que hablabas de cosas sucias con tu chico misterioso?— se mofó la chica con gran diversión, Elroy pareció sonrojarse aunque no porque la pregunta hubiera sido acertada.

— Niña tonta, como sigas…— comenzó a decir, cuando el timbre de la puerta sonó. Curiosas, porque las visitas no solían ser frecuentes en el hogar de los Andrey, ambas se encaramaron a la ventana solo para apreciar un hermoso Lamborghini estacionado y a Terry Grandchester frente a la puerta principal. Como el día anterior, en que Candy se había cruzado con el chico al salir del restaurante donde se encontraba, Terry vestía un nuevo conjunto aunque en esa ocasión se trataba de algún diseño de Tom Ford.

Emocionada, Elroy pegó un brinquito a su lado, completamente alucinada con la idea de tener a Terry llamando a la puerta. Sin duda alguna y sin necesidad de preguntar, Candy ya sabía que su tía estaba imaginando, mil y un historias locas que de alguna forma llevarían al mismo punto: Candy y Terry estaban saliendo.

— No, definitivamente no— aseguró Candy, cuando su tía le lanzó una significativa mirada.

— ¿Entonces?

— Le gusta molestar— repuso la rubia— O quizás, nadie en su vida le ha rechazado y yo soy la bruja malvada que lo hizo y le traumó. Aunque si es así, me temo que no puedo hacer nada para remediarlo— aseguró, encogiéndose de hombros.

— ¡Pero claro que puedes! Sal con él, niña. ¿Qué más puedes pedir que no tenga él? Es rico, es guapo y es agradable— exclamó Elroy, escandalizada.

— ¡Ja! ¿Agradable? ¡Tiene más encanto un maní!—

— Candy Andrey, no puedo creer que seas tan egoísta— le reprochó entonces Elroy, con una seriedad, rara en ella. Si aquello seguía siendo solo una loca obsesión por unir a su sobrina con un chico rico, Candy no lo supo interpretar. Por primera vez desde que aquella actitud había comenzado, la rubia se sintió mal por las palabras de su tía. Mucho peor por el tono tan despectivo.

— A… ¿A qué te refieres?

— No me interesa que salgas con el niño solo por ser el mejor prospecto en todo Londres, cariño— expuso Elroy, visiblemente más tranquila— Me interesa porque, hasta donde yo sé, Terry es el único que puede sacarte de esta difícil situación—

— ¿Situación? ¿Cuál situación?— inquirió la pecosa, más confundida que antes.

— Candy, Albert fue despedido— espetó la tía, como si aquello fuera algo obvio. Y a decir verdad, claro que lo era— Lo que quiere decir— continuó Eloy— Que el dinero pronto escaseara—

— Lo dices como si papá no fuera a coger otro empleo jamás. Sabes que ha estado buscando, él…

— Será rechazado, Candy. Tal y como ocurrió con George, ya no es ningún joven, ya no es ningún nuevo empleado. Lo considerarán demasiado viejo para laborar, demasiado anticuado para la nueva tecnología. No encontrará nada como lo que tenía, ni siquiera la mitad de ello. Y cuando eso pase, las cosas se volverán un caos, el dinero, la vivienda, la comida, tu padre jamás te consideraría una carga, ni yo tampoco, pero…

— Pero verá por mí siempre, sin descansar

— Es su responsabilidad como padre. Poner a sus hijos antes que a él. Poner a su familia antes que él. Ya perdió a tu madre, no querrá perderte a ti.

El recuerdo de lo dicho por Albert la noche anterior, le revolvió el estómago. Elroy tenía razón. Y Candy era una egoísta.

— Si salgo con Terry, si puedo decir que tengo… que tengo…— comenzó a decir, pero Elroy, ya sonría.

— Si tú estás segura, si tu futuro es seguro, créelo hija, tu padre no se rendirá, ni se dejará venir abajo. Tú padre verá por él mismo— se aseguró.

— ¿Y quién verá por ti?— cuestionó la rubia, antes de que su tía dejara la habitación.

— Oh, cielo, por mí no te preocupes— sonrió la dama, y pronto desapareció para bajar a la sala, donde Terry ya era atendido por un muy sorprendido Albert. Candy tardó un momento en asimilar lo que estaba a punto de hacer.

Sin más, dejó la recámara y entró a la suya, tomó su bolso, su abrigo y se miró en el espejo, esperando que el maquillaje estuviera justo donde debía estar. Lo estaba. Suspirando y convencida de que hacía lo correcto, la rubia bajó a la sala.

— Candy, ahí estás— sonrió Albert al verla bajar. A su lado, Terry esperaba, aparentemente nervioso de estar entre Albert y Elroy. Su mirada se relajó cuando la encontró a ella y algo de la arrogancia que siempre se le miraba volvió a aparecer.

— Lo siento, olvidaba mi abrigo— se disculpó, sus ojos verdes no dejaban de mirar los zafiros de Terry, que inesperadamente comprendió lo que aquello significaba.

— ¿Nos vamos?— le preguntó y ella sonrió, al tiempo que asentía.

— Vuelvo más tarde— anunció.

— Diviértete, cielo— se despidió Albert, visiblemente sorprendido, observando a su hija, dejar la casa prensada del brazo de aquel aristocrático castaño.

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— ¿Has escuchado que al mal tiempo, buena cara?— cuestionó Terry, aburrido. Frente a él, Candy picaba un poco de la costosa lasaña que había ordenado, mientras el castaño frente a él, ya iba por la mitad del filete que había pedido.

— Y tú, ¿no sabes que 'calladito de te ves más bonito'?— replicó la chica, con una brutalidad digna de la directora que había expulsado a Terry de la preparatoria, cuando él y sus amigos prendieron fuego a las papeleras, por accidente.

— ¿Qué pasa con el 'prohibido ignorarlo si el tío está muy bueno'?— una pícara sonrisa, surcó sus labios, cuando Candy tardó en reaccionar y comprender que aquella frase acababa de inventarla.

— Eso no existe— le acusó ella.

— Pero es verdad— Terry se encogió de hombros— Y bien, ya que confirmé que como creía, no eres muda, me dirás ¿qué te sucede? Ayer me ignoraste, incluso huiste cuando te pedí que subieras al auto, pero esta tarde… Esta tarde parecía que realmente, deseabas salir conmigo— se explicó él chico y por la expresión confundida de su rostro, Candy tuvo que admitir que el chico realmente se hallaba confundido.

— ¿Y tú? Realmente parecía que deseabas que saliera contigo— aseguró la rubia, evasiva.

— Claro, porque sería humillante ser rechazado frente al padre de la chica— resolvió Terry, excusando su comportamiento. Candy rodó los ojos.

— Candy…— la llamó Terry, al cabo de un momento. La rubia ni siquiera le miró, siguió concentrada en su comida, como si esta fuera lo más interesante que hallaba en el lugar.

— No me quiero casar contigo— espetó entonces el chico, de lo más natural. Sus palabras causaron un efecto inmediato en la rubia, que alzó la mirada, visiblemente sorprendida. Por respuesta, Terry sonrió.

— ¿Qué?

— Lo que oíste. No estoy interesado en casarme contigo, ni siquiera en invitarte a salir— explicó el chico— No eres mi tipo, ni mucho menos la mujer que logrará un cambio en mí— se mofó.

— Eso…— comenzó ella, pero Terry la cortó de tajo.

— Tú tampoco quieres casarte conmigo, lo sé— sonrió él. Por primera vez, desde que lo conocía, Candy sonrió. Sin sarcasmo, sin rudeza, sonrió, porque el chico tenía razón.

— No, no quiero— aseguró.

— Bien— repuso el castaño, con amabilidad, con verdadera comprensión.

— Pero… si no lo quieres, ¿porqué…? Hoy y ¿ayer…?— comenzó a cuestionar la pecosa.

— Bueno, eso es sencillo— aseveró Terry, afable— Ya has escuchado de mi madre, lo que quiere de ti. Quiere que seas mi esposa y está segura que si te conquisto, cederás. Pero yo no quiero enamorarte, ni creo que haciéndolo vayas a acceder. En fin, que al menos, debo intentar. Mi vida perfecta está en juego y sin ofender, amo mi vida, tal y como es— explicó. Frente a él, Candy lo miraba verdaderamente interesada, como si estuviera reformulándose el odiarlo sin razón y odiarlo justificadamente.

— ¿Perfecta?— preguntó ella, sonriente.

— Perfecta— confirmó él— Puestos así, y dado que tú tampoco quieres nada de mí, te propongo un trato—

— ¿Un trato?— la rubia arqueó una ceja, confundida— ¿Qué clase de trato?

— Sal conmigo— espetó el castaño— O más bien, finge que sales conmigo— se aclaró, al ver la expresión que la pecosa compuso— Solo el tiempo suficiente para que mi madre comprenda que ni tú, ni yo, somos el uno para el otro. Solo eso y te prometo que te dejaré en paz— aseguró el castaño.

Con el despedido de Albert, la carta de la Universidad, la situación que Elroy le había planteado y las palabras de Terry, danzando cual remolino en su cabeza, Candy se esforzó en concentrarse y analizar cuidadosamente aquella situación. Si salía con Terry al menos hasta que Eleonor notara que eran completamente opuestos y Albert encontrara un empleo fijo para devolverla a América, entonces, tanto ella como el castaño, tendrían lo que querían y nadie saldría mal parado.

— Trato hecho— afirmó y una sonrisa surcó sus labios, correspondiendo a la de Terry.

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Navidad estaba cerca, tan solo a una semana de que llegara a la ciudad y como era costumbre en el mundo entero, los adornos decorativos y las luces de múltiples colores, ya habían comenzado a colorear las calles y las casas de todo Londres. Las primeras nevadas se habían anunciado para aquella semana y las temperaturas habían descendido tanto como era posible en invierno. Por ahí y por allá, los transeúntes se refugiaban en abrigos de pieles o en chaquetas lo suficientemente rechonchas para mantenerlos calientes.

Justo en esos momentos, Candy vestía unos ajustados leggins negros que había combinado con una blusa blanca holgada y unos botines de gamuza, los últimos de Manolo Blahnick que Albert le había regalado hacía solo dos meses y que había enviado a Nueva York, sorprendiendo no solo a su hija, sino también a sus amigas. Su abrigo blanco la mantenía calientita y las tiendas a su alrededor lo bastante entretenida como para no reparar en el frío que se cernía sobre Londres.

Pasaban de las ocho, pero eso realmente la tenía sin cuidado. Hacía menos de media hora que se hubiera despedido de Susana y Terry ya le había llamado para pedirle que lo esperara en el centro. Mirando los escaparates a Candy realmente no le había molestado esperar y que se tratara del castaño realmente tampoco le desagradaba.

Habían pasado cuatro días desde que pactaron salir y su relación había mejorado considerablemente, ahora que sabían que ni el uno ni la otra tenían otra intención más que fingir hasta que sus propios fines se vieran cumplidos. Desde aquella cena, Terry había estado yendo a casa por ella y habían ido tanto a cenar como al cine, una noche atrás. Sus mensajes de texto incluso contenían un par de chistes, por el simple hecho de que el castaño dejó el móvil adrede frente a su madre, con la conversación de la rubia abierta, para dar cuenta de que no mentía al decir que salía con ella.

— Se vería hermoso en ti— susurraron a su oído, logrando así sorprenderla y hacerla brincar. El abrigo de piel frente a ella perdió completa belleza, en cuanto se giró y encontró a Neil Legan mirándole embelesado y demasiado cerca para su gusto. Como la noche del club, el chico sonreía y sus ojos aceituna parecían brillar, haciéndola sentir nerviosa. Y no de buena forma.

— Un placer encontrarte de nuevo, princesa— le dijo él, entregado a una caballerosidad que casi rayaba en lo ridícula. Sin mirarle, Candy sujetó el bolso con firmeza y se giró, echando a andar. Ya Terry la llamaría cuando hubiera llegado.

— ¿No hablas?— Neil había echado a andar a su lado, con las manos dentro del abrigo, aunque aun así, bastante cerca de ella.

— Piérdete, tonto— bufó ella, por lo bajo. Neil pareció escucharla, aunque su sonrisa no mermó.

— ¿Por qué no me dices que he hecho para ganar tu desprecio?— le cuestionó, aparentemente cabizbajo— Soy un buen chico, aunque no puedas creerlo. Pero ¡venga! Me conoces de la escuela, Candy y…

— No, a decir verdad, no lo hago— le cortó la rubia, deteniéndose en el acto— Dices haber ido al mismo colegio que yo, pero a decir verdad, yo no lo recuerdo. ¿Y sabes por qué? Porque no eres más que uno de los muchos tipos que se cruzan en mi camino y de los muchos más que ni siquiera miro por ser demasiada poca cosa para mí. Hazme un favor y háztelo a ti también, piérdete— le sentenció y sin más, ingresó a la primera tienda de lencería que atisbó, dejando a un Neil a sus espaldas, completamente furioso.

Apretando los puños como quién está a nada de soltar un golpe a lo primero o al primero que se cruce en su camino, el chico echó a andar, allá adónde había aparcado su precioso BMW, mientras mil y un ideas, le cruzaban por la cabeza. «Te arrepentirás… Vendrás a mí, de una u otra forma, Candy Andrey. Ya lo verás.» se dijo.

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Lo que antes había llamado gafas defectuosas, se convirtió de repente en mareo y el temblor que le acometió en manos y rodillas, pareció ser suficiente para hacerlo sentir que tarde que temprano perdería la consciencia. Un tremendo escalofrío le recorrió y el mismo aire pareció dejar de ingresar en su sistema, haciéndolo trastabillar, camino al sofá de la sala.

Desde el sillón, Elroy lo observó, consternada. Acababa de terminar la nueva versión de Vogue Londres, cuando reparó en la inusual palidez de su hermano y los temblores que sacudían sus finas manos.

— Albert… ¿sucede algo?— le preguntó, visiblemente preocupada. Albert apenas se sostenía del respaldo del sofá, cuando volviéndose hacia su hermana, le transmitió con una sola mirada, toda la angustia que estaba atravesando.

— Albert, ¡dios! Dime que sucede— le pidió la dama, alterada— Me estás poniendo nerviosa, hermanito—

— Eli… por favor… Eli— comenzó a balbucear el rubio, presa de un ataque de pánico— antes de poder continuar, el móvil de Elroy vibró y ella lo desbloqueó para mirar la vista previa de lo que parecía ser un SMS de un remitente desconocido. El texto, escueto y misterioso rezaba:

Has resuelto mi vida.

Hasta que Lennon reviva.

Besos.

— Eli…— volvió a decir Albert, mientras el cerebro de su hermana comenzaba a trabajar. Sin duda alguna, el texto había sido enviado por el hombre con el que hasta ese día había estado saliendo. El mismo al que consoló semanas atrás, cuando este perdió todo lo que tenía, al quebrar su negocio. El mismo al que…

Las palabras de su hermano la hicieron flaquear, lo que debería haber sido dolor por una ruptura como aquella, se convirtió en pavor.

— ¿Has retirado dinero del banco?— cuestionó Albert.

— ¿Qué? Claro que no, sabes que el dinero, solo lo manejas tú. Al menos en los bancos— aseguró la dama, intentando conservar la calma.

— ¿Y Candy? ¿Sabes si Candy ha retirado alguna suma?— siguió Albert, apurado.

— No, no lo sé. Pero no ha salido más que con Terry y ¡realmente! ¿Ese niño necesitaría que su novia lleve dinero?

— ¡Dios mío!— exclamó el rubio, mucho más alterado que hacía solo unos momentos. El papel en su mano, el estado de cuenta actual, fue arrojado sobre el sofá, cuando Albert golpeó el mismo con una brusquedad que su hermana casi nunca le veía.

— ¿Me dirás que demonios sucede?— le instó Elroy.

— Vaciaron las cuentas— escupió Albert, angustiado— Todo está en ceros. Todo. No tenemos ni una libra…— la puerta de entrada se cerró justo entonces. Candy acababa de volver, llevaba en la mano una bolsa de Chanel y la sonrisa que hasta entonces había mantenido se esfumó de inmediato.

Elroy perdió el equilibrio y cayó de rodillas, el pavor se convirtió en delirio, en culpa. En odio. ¿No había sido ella la que confió aquella vital información al hombre que la sedujo?


Continuará…


JulietaG.28.