Capítulo IV
FRAGMENTACIÓN
La telaraña voló lejos,
el espejo se rompió de parte a parte.
"¡La maldición ha caído sobre mí!"...
Tennynson
-Mañana regresará Shura al Santuario, finalmente ha concluido su entrenamiento y se ha hecho digno de la armadura de Capricornio -dijo Shion, con la mirada fija en las estrellas, se había quitado la máscara y dejaba que el viento de la hora anterior al amanecer le despeinara el cabello.
-Eso alegrará a Aioros, tengo entendido que es su mejor amigo -sonrió Arles.
Pero Shion no sonreía, cosa que preocupó a su hermano.
Luego de la batalla, el Maestro había salido inmediatamente hacia Star Hill, sin preocuparse siquiera por averiguar cómo se encontraban los caballeros o la dama Metis. Había estado meditando toda la tarde y ya casi terminaba la noche cuando por fin habló, para darle ese aviso a Arles, como si retomara una conversación cualquiera. Arles tenía muchas preguntas en mente, pero sabía por experiencia que era mejor callar y esperar a que las respuestas llegaran solas.
-Los que nos atacaron no eran los Siete Ángeles, eran impostores -añadió Shion, como si le costara un gran esfuerzo decir eso.
Su hermano guardó silencio, esperando.
-Debí darme cuenta tan pronto como escuché sus nombres... pero lo entendí cuando Anmael dijo que la dama Metis estaba usando un exorcismo medieval... sus nombres no eran de ángeles, eran nombres de demonios. La pregunta es... ¿quién los envió y por qué ocultaron su verdadera identidad? -bajó la vista y se cubrió la frente con ambas manos-. Sé que tengo la respuesta cerca, pero no puedo alcanzarla.
-Necesitas descansar, hermano...
-No, necesito pensar, el peligro no ha pasado todavía.
-Los vencimos, fueran ángeles o demonios, el Santuario está a salvo.
-El Santuario no era su objetivo, y tampoco la dama Metis ni su bebé. Querían convencer a alguien de algo... y mi instinto me dice que lo lograron, que pusieron algo en movimiento, pero no logro entender de qué se trata.
Alguien se aproximó tratando de no hacer ruido. Shion sintió su presencia y le hizo un gesto para que se acercara.
-Me alegra que vinieras, Saga, estaba a punto de enviarte a llamar.
-¿Sí, Maestro?
No era normal que nadie, aparte de Arles, se atreviera a interrumpir la meditación del Maestro en Star Hill, pero Saga estaba ahí sin invitación... Sin embargo, Shion no lo miró.
-No puedo sentir el cosmos de Kanon. ¿Cómo murió?... ¿Acaso esos demonios lo atacaron a él antes de invadir el Santuario?
Entonces, no lo sabía, eso casi sorprendió a Saga.
-Lo encerré en el calabozo del Cabo Sunión antes de la batalla.
Shion estuvo a punto de ponerse en pie para dar la alarma, pero entonces recordó que habían pasado casi veinticuatro horas desde la batalla... Cualquier intento de rescate llegaría demasiado tarde.
-¿Dejaste que tu propio hermano se ahogara? -preguntó con una voz que a Saga le pareció extrañamente calmada y carente de asombro, Shion había vivido demasiado y había contemplado demasiados horrores como para asustarse con uno más.
-Él traicionó al Santuario. Traicionó a Atenea. Pero eso no es lo importante, Maestro.
-¿No, Saga? ¿Qué puede ser más importante que eso?
-La niña.
-¿Tu hermana?
-La niña -replicó Saga apretando los puños-. Lilith.
De repente, todo estuvo claro para Shion.
-Lilith los envió... Envió aquí a sus hijos para dañar a Atenea a través de sus hermanos. La madre de las Sombras ha corrompido a quienes debían ser los principales guardianes y protectores de Atenea...
-¡Eso no es cierto! -gritó Saga, el abismo de posibilidades que se abriría en caso de que eso fuera verdad era demasiado grande y amenazaba con tragarse su alma, no se dio cuenta de que corría hacia el Maestro para hacerlo callar hasta que vio a Arles atravesándose en su camino-. ¡No es cierto! ¡Esa niña no es la diosa Atenea! ¡No puede ser la diosa Atenea! ¡Es Lilith, la diablesa!
-Aunque fuera Lilith... -replicó Arles, calmadamente-, no es a ti a quien corresponde dar o quitar la vida de nadie, en especial la de quienes comparten tu sangre.
Eso fue demasiado, y Saga lo atacó, con la extraña sensación de que sólo contemplaba lo que estaba sucediendo mientras su cuerpo, manejado por una voluntad ajena y ardiente, acababa con la vida de Arles en pocos segundos.
El grito de Arles resonó en el observatorio de Star Hill como si nunca fuera a acabar, y Saga supo que jamás terminaría de escucharlo en su memoria, nada podía hacer al respecto, se dijo a sí mismo que sólo era un espectador mientras aquel... ¿reflejo? de un poder desconocido destruía sus últimos lazos con la realidad.
Ya no había manera de regresar.
Lentamente se acercó a Shion, y se permitió sorprenderse un poco al ver que el anciano Maestro, que había regido el Santuario desde mucho antes que él naciera, tenía el aspecto de un hombre joven.
"Qué curioso..." pensó una parte de él con frialdad, mientras lo apuñalaba.
Otra parte de él, demasiado débil en ese momento como para luchar por detener lo que pasaba, gritaba con espanto, sintiendo que nunca gritaría lo suficiente como para aquietar todo el horror que sentía.
Saga supo que su madre no viviría hasta la noche tan pronto como la vio. Se sorprendió de que lo reconociera, pero Metis estaba lúcida a pesar de la fiebre. Él se arrodilló junto a la cama y tomó la mano derecha de ella entre las suyas.
-Mamá...
-No he podido ver a la niña... ¿Cómo es?
-Preciosa, perfecta.
-¿Se parece a mí?
-Er... creo que no tanto como yo.
-Mmm... Saga...
-¿Sí, mamá?
-¿Qué le hiciste a Kanon?
Saga desvió la vista. Metis repitió la pregunta hasta que él no tuvo más remedio que contarle todo.
-¿Cómo pudiste? Ustedes siempre han sido un alma en dos cuerpos...
-Él... él iba a asesinar a nuestro padre... Tú sabes quién es Mitsumasa Kido en realidad, ¿verdad?
-Él es la reencarnación de Zeus.
-No podía permitir que lo matara... Tú me entiendes, ¿verdad? -su voz era dolorosamente suplicante.
-Entiendo mucho más de lo que crees. Kanon vive aún y sobrevivirá a lo que le hiciste porque alguien lo protege.
-... ¿Quién?...
-Atenea, que ha vuelto a la Tierra.
-¿Atenea? Pero...
Metis cerró los ojos, al límite de su resistencia, pero su mano sujetó con firmeza la de Saga.
-Atenea protege a Kanon, ella no los abandonará nunca.
-Mamá...
-¿Tú sabes quién soy?
-¿Eh?
Un cosmos rojo, poderoso y ardiente como fuego se encendió alrededor de Metis. Lejos de debilitarse por la cercanía de la muerte, el cosmos de la mujer parecía fortalecerse cada vez más. Mudo por el asombro, Saga pudo ver una figura que se formaba en la energía luminosa. Una dama de cabellera roja y ojos brillantes como estrellas, coronada con una tiara en la que aparecía la figura de un pavo real.
-Yo soy Hera.
-¿Qué? Pero, pero tú no puedes ser la madre de... de esa niña...
-Escúchame bien, Saga. Tu hermana no es Lilith. Esta niña es Atenea. La primera vez que ella nació, Zeus absorbió por completo la esencia de su madre, de modo que Metis, la verdadera Metis, no pudo renacer nunca. Desde entonces yo tomé su lugar como madre de Atenea y la he protegido en todas sus reencarnaciones. También he tenido que encargarme de otra labor... bastante ingrata... en cada reencarnación me corresponde dar muerte a las madres de los caballeros de la Orden.
-Pero... ¿por qué?
-Los caballeros de Atenea siempre son reencarnaciones de semidioses, hijos de Zeus, yo he tenido la misión de destruir a las madres de estos guerreros desde los tiempos de la Mitología. ¿Creíste que lo hacía por celos? ¡No seas tonto! Tenía que hacerlo, los caballeros de Atenea deben ser huérfanos, no deben tener más lazos con la vida que la lealtad hacia la diosa. Tu hermano trató de luchar contra mi destino, porque él sabía que me correspondería morir tan pronto como hubiera cumplido con mi misión. ¿Comprendes?
-Francamente, ya no sé ni qué pensar.
-Pero Zeus y yo cometimos un error. Nunca debimos encontrarnos en esta reencarnación.
-¡¿Qué dices?
-Soy Hera, la reina de los dioses griegos. Pero también soy la humana Metis, y como humana, pertenezco a Vesta. Mitsumasa me traicionó y, aunque sólo estaba cumpliendo su destino, con eso insultó a la diosa romana de la fidelidad y la lealtad. ¿Sabes por qué es que a una vestal no se le permite tener hijos? Porque nuestros hijos nacerían con el fuego de Vesta en sus corazones y esto actúa en formas extrañas cuando no se logra después de un largo aprendizaje y muchos sacrificios... en ustedes, el fuego pude corromperse. Ya se corrompió en Kanon...
-Madre, yo no...
-El fuego de Vesta ardía puro en ustedes la primera vez que los vi... Lealtad, Fidelidad, las estrellas gemelas, los Ojos de Vesta... llegué a pensar que ella me había perdonado, que el nacimiento de ustedes la había alegrado tanto como a mí, pero ahora veo que me engañaba. Kanon y tú dejaron que la corrupción llegara a sus corazones... El corazón de Kanon se oscureció, pero eso es sólo un reflejo de lo que ocurre en tu propio corazón, aunque tú mismo no puedas notarlo aún.
-Pero...
-Dudaste.
-¿Eh?
-Lealtad. Fidelidad. No fuiste leal a tu hermano ni a tu hermana. Al dudar de Atenea y al condenar a Kanon traicionaste a Vesta, a quien deberías servir tan fielmente como a Atenea, por ser hijo mío.
-¡Pero él iba...!
-Debiste hacer algo mejor que juzgarlo y condenarlo a muerte tú solo. Debiste dejar que el Patriarca decidiera su destino, no tomar tú la justicia en tus manos. Y llegaste a pensar en asesinar a tu hermana.
-¡¿Qué? ¡¿Cómo...?
-Le creíste a las Siete Sombras. Creíste que ella era Lilith.
Saga bajó la cabeza. Metis lo miró fijamente de nuevo.
-Creíste en la palabra de un extraño antes que en todo lo que te han enseñado los que te aman. ¿Cómo pudiste pensar siquiera que una criatura recién nacida pudiera ser malvada por naturaleza y tuviera que ser destruida, sin ninguna otra opción? ¿Con qué autoridad moral te creíste en la obligación de matar a un ser inocente? ¿Con la misma que te sirvió para condenar a tu propio hermano, a la mitad de ti mismo?
-¿Por qué me dices todo esto? -Saga se echó a llorar.
-Porque te quiero. Necesitas oír la verdad de parte de alguien que te ame. Saga... la maldición de Vesta actuará a través de ti, sólo hay un camino para que puedas librarte del fuego corrupto y de su odio.
-¿Cuál es?
-Debes morir por lealtad a Atenea. Sólo así Vesta se dará por satisfecha y perdonará el hecho de que hayas existido.
Metis murió al atardecer. Cuando Saga lo comprendió finalmente, se puso en pie, besó la frente de su madre y, al ir a salir, se miró por casualidad en un espejo. El espejo se partió en dos, con una larga rajadura que iba de arriba hasta abajo. Saga vio que el cabello de sus dos reflejos se tornaba gris, mientras que sus ojos se volvían rojos y brillantes como brasas.
-El fuego corrupto de Vesta...
Siete guerreros vestidos con armaduras blancas, cada una con detalles correspondientes a uno de los colores del arco iris, se encontraban en Star Hill al caer la noche, habían llegado hasta las cercanías del Santuario siguiendo el inusual estallido de poder que indicaba una batalla con la participación de al menos siete demonios, pero una vez allí sólo habían podido percibir rastros del poder de una diosa romana y una diosa griega, como un fuego que acabara de apagarse, y eso: el poder de una tercera diosa envolviendo un cuerpo yacente.
Gabriel inclinó la cabeza con el respeto apropiado ante la presencia de la muerte. Miguel, en cambio, frunció el ceño.
-Esto no es natural -comentó.
-Si fue apuñalado en el corazón, lo natural es que haya muerto -señaló Rafael, sonriendo a medias.
-Temo que Miguel no se refiere a eso -dijo Ragüel-, sino al aura que rodea al cadáver.
-Es el poder de Atenea -dijo Azrael-, protegiéndolo.
-¿Pero por qué? -se asombró Uriel-. Su alma ya no está aquí y el destino de todo cuerpo sin vida es corromperse y volver a la tierra para generar nueva vida.
-Imagino que tendrá sus razones -dijo Raziel-. Los asuntos de los dioses griegos no son algo que nos incumba, de todas maneras.
-Y yo que siempre te tuve a ti por el más curioso de los siete.
Como una sola persona, los siete caballeros voltearon al mismo tiempo al escucharla. Se trataba de una niña de unos ocho años, con cabello del color del cobre y alegres ojos verdes.
-Lilith -dijo Miguel.
Ella sonrió.
-¿Qué es lo que ha pasado aquí? -preguntó, mientras se acercaba, pero manteniendo la losa sobre la que yacía el cuerpo de Shion entre ella y los Ángeles.
-Una de esas pequeñas tragedias que los humanos provocan todos los días, una vida ha sido arrebatada en forma violenta -dijo Ragüel.
-O tal vez sólo ha sido equilibrada la balanza, este hombre debió haber muerto hace más de doscientos cincuenta años -dijo Azrael-, pero el poder de una diosa lo retenía entre los vivos en contra de las leyes de la naturaleza.
La niña se acercó un poco más, hasta que estuvo al alcance de la espada de Miguel, éste, sin embargo, no hizo el menor intento por atacarla.
-¿Y murió por una buena causa? -preguntó ella.
-Es difícil saberlo. Además, no nos está permitido juzgar -dijo Uriel.
-Entiendo -dijo ella-. Es por eso que no intentan destruirme en este mismo momento, ¿verdad? Sin embargo, yo soy Lilith.
-Fuiste Lilith -Gabriel habló por primera vez-. Fuiste Lilith en el principio, Lilith antes que Eva. Fuiste Lilith en casi todas tus reencarnaciones, pero en esta tal vez seas algo distinto. La decisión es tuya.
-¿Y si decido ser nuevamente la enemiga de los hijos de Eva y provocar guerra y destrucción otra vez?
Entonces Azrael sonrió y acarició con suavidad el cabello de la niña.
-Entonces, pequeña, aceptaremos tu decisión y lucharemos en tu contra hasta acabar contigo, como lo hemos hecho desde el día en que despreciaste a tu Creador y te volviste en contra de la humanidad.
-La humanidad se volvió primero en mi contra.
-Pequeña, así es como son los hijos de Eva -dijo Gabriel con dulzura- y a nosotros sólo se nos permite aceptarlos como son. Cuando llegues a una decisión sobre lo que harás con tu vida en esta generación, avísanos y nosotros tomaremos las medidas del caso.
La niña sonrió.
-A veces pienso que es una pena tener que combatirlos a ustedes, son demasiado... amables...
-A mí siempre me apena tener que luchar contigo -dijo Raziel, con aire inocente-, siempre eres tan dulce cuando eres pequeña. Claro que cuando llegas a los quince te vuelves un dolor de cabeza que enloquecería hasta al más paciente.
Lilith rió alegremente, se dirigió hacia la salida y desde ahí les mandó un beso con la punta de los dedos.
-¡Nos veremos dentro de siete años, amigos míos, cuando tome mi Decisión!
Los Siete Ángeles hicieron una reverencia mientras ella se retiraba. Luego, Ragüel volvió a mirar el cadáver de Shion.
-¿Y qué haremos con esto? -preguntó.
Miguel, que ya estaba en la salida, dispuesto a marcharse, miró a su hermano enarcando una ceja.
-Dejarlo donde está, por supuesto. Ya lo dijo Raziel, nosotros no tenemos arte ni parte en lo que hagan los dioses griegos, ellos también toman sus decisiones y les corresponde atenerse a ellas. Cuando llegue el final, ya veremos lo que estuvo bien o mal. Por ahora, debemos prepararnos para nuestra propia guerra.
-¿Estás seguro? -preguntó Raziel con tristeza-. Me parece que quizá esta vez Lilith sí querrá cambiar. Sería bello que volviera a haber paz entre los hijos de Lilith y los de Eva, volvería otra edad de las hadas, como la que tuvimos en Europa durante el Renacimiento.
-Ay, hermano, tú siempre tan soñador... Bueno, esperemos que tengas razón esta vez, pero doscientos años entre seis mil es un récord muy pobre para tus predicciones.
-¡Bueno, pero he acertado dos veces, así que todavía me queda esperanza!
Los demás rieron y todos abandonaron Star Hill.
Fin (del principio)
