Primero que nada quiero disculparme con todos por tardar tanto, pero por cuestiones personales y de tiempo no he podido actualizar antes. Pero bueno, la historia por fin comienza a tomar forma en este capítulo aunque todo sea mucho más confuso que en la primera versión de la misma. El caso es que el cuarto capítulo esta practicamente listo así que podría estarlo publicando de aquí a una semana máximo. Espero que disfruten del capítulo. Un beso y disculpas otra vez.
Veela-chan.
Naruto y todos sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
-3-
La puerta de la habitación se abrió con lentitud, el olor a antiséptico flotando en el aire. Kushina se sentó con cuidado en la silla junto a la amplia cama de dos plazas en la que reposaba un pálido muchacho de desvaído cabello rubio conectado a infinidad de cables que monitoreaban sus constantes vitales. Las lágrimas no tardaron mucho tiempo en aflorar a sus ojos, que ya cansados de tanto llorar, se resistieron en un principio. Ocho meses, habían pasado ocho largos y tortuosos meses de ver a su hijo adorado morir en una cama por un simple capricho. Pero ella no podía hacer nada. Minato nunca se lo permitiría.
-Naruto… –sollozó con la voz quebrada, aferrando la tela de su vestido—. Esto no es justo… tendría que haberte cuidado mejor.
La puerta se abrió por segunda vez, entrando un hombre de cabello castaño y piel morena, una cicatriz en medio del puente de la nariz saltando a la vista. Iruka se acercó a su cuñada con cautela, como a la defensiva, pero es que no podía evitarlo. Esa mujer de expresión triste y rostro consumido no era como antes. Le daba pavor verla en ese estado, sentía que iba a desaparecer de un momento a otro.
-Tenemos que hacer algo, Iruka –musitó con dificultad, intentando refrenar las lágrimas—. Mi hijo se está muriendo y yo me quedo aquí sentada de brazos cruzados… ya no aguanto más.
-No, Kushina, no –el aludido la abrazó con fuerza, recostando la barbilla sobre su pelirroja cabellera—. Naruto se repondrá, te lo aseguro. Jiraiya habló con él hoy en la tarde, tal vez logró convencerlo.
-Eso es imposible… Namikaze Minato no se doblega ante nadie, Iruka, ni siquiera ante su propia sangre.
-Pues tarde o temprano tendrá que hacerlo si es que no quiere arrepentirse de verdad.
Clavó la mirada en el cuerpo inmóvil de su sobrino, que respiraba con pasmosa lentitud. No sabía a ciencia cierta cuanto tiempo aguantarían sus pulmones el aire artificial mezclado con el real, pero calculaba que no era mucho. Y mientras su sistema respiratorio luchaba por mantenerlo con vida, su corazón se iba apagando poco a poco. Si no hacían algo pronto la muerte les ganaría la partida.
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Su cerebro procesó con una lentitud casi desesperante las palabras de Itachi. Celoso. Había dicho que estaba celoso. Eso no podía creerlo. Se conocían poco menos de un día, prácticamente no habían tenido interacción alguna, y el único momento en que podía haber pasado algo en lo que meditar había quedado atrás. ¿Entonces por qué se sentía satisfactoriamente complacido? ¿Acaso la idea de poner a Sasuke celoso le gustaba? Se acomodó mejor en la cama, clavando los ojos en la puerta. Un mensaje de la computadora madre se reflejó en su ojo derecho indicando que el tercer número del código se había marcado. Faltaba uno.
-¿Estás bien? –La mano de Itachi presionó su hombro con firmeza—. Te has quedado callado de repente.
-Lo siento –miró en derredor buscando algo con que excusar su comportamiento, hasta que cayó en la cuenta de que algo allí no andaba bien—. ¿Desde cuando está esta habitación habilitada? Creí que Sasuke había dicho que estaba vacía.
-Era eso –suavizó la expresión del rostro, soltando un gracioso gorgorito—. Me escabullí en el departamento esta mañana, después de dejarlos en la universidad. Supuse que necesitarías tu espacio y mi hermano también. No puedes dormir con él para siempre.
-Si, claro –replicó mecánicamente al darse cuenta de que la idea de dormir con el moreno se le hacía mucho más reconfortante—. Muchas gracias por todo, Itachi-san. No debería tomarse tantas molestias por mí.
-Ya te dije que lo hago por qué me nace, Naruto-kun.
El primer ministro se puso de pie lentamente, los ojos negros clavados en los azules del rubio. En ningún momento había retirado la mano del hombro, ahora mucho menos. Con una inquietante sonrisa perfilada en los labios, se acercó al rostro moreno hasta casi rozar las narices. Naruto se congeló ante el contacto, pero no lo rechazó del todo. Simplemente se quedó quieto.
-Hasta luego… –le susurró al oído con un tono de lo más insinuante—, Naruto.
Itachi salió de la habitación con paso deliberadamente lento, perdiéndose en el oscuro pasillo. El rubio lo escuchó en la sala, mientras apagaba las luces y luego en el vestíbulo, cerrando la puerta tras de sí. Su corazón palpitaba bruscamente y las mejillas le ardían por lo sonrojado que estaba. Se reprimió mentalmente cuando su imaginación recientemente desarrollada le mostró una imagen de lo más recreativa. Una imagen en la que Itachi le quitaba la camiseta con impaciencia.
-Maldición -se puso de pie con brusquedad, sintiéndose repentinamente mareado—. Ouch.
La visión se le nubló de pronto, perdió fuerza en las piernas y su mente se desconectó por completo. Tambaleándose logró apoyar la espalda en la puerta del armario, vagamente consciente de lo que sucedía. Las imágenes comenzaron a entremezclarse en su cerebro, mostrándole a un muchacho moreno de perfilados ojos negros que le sonría de medio lado, pero también podía ver a un chico rubio exactamente igual a él, pudrirse en una cama. La impresión lo golpeó con fuerza. Un mensaje de la computadora indicó que el cuarto dígito estaba en su lugar.
Lo último que Naruto vio antes de caer al suelo con brusquedad fue las intrincadas molduras del techo, luego, todo se oscureció.
-
Sakura estacionó en el parqueadero de los profesores, que a esas altas horas de la noche estaba casi vacío. Antes de bajar del auto se terminó su café bien cargado, esperando que un poco de cafeína le infundiera vida a las machacadas células de su cuerpo. Había olvidado por completo que tenía una clase privada con Tsunade esa noche y en lugar de descansar para las horas extras que le esperaban, se había largado al parque de diversiones a gastar su preciada energía.
-Llegas tarde –una guapa mujer de cortos cabellos negros la esperaba en la entrada de la facultad de medicina. El vestido negro que llevaba puesto resaltaba de manera espeluznante en comparación con el blanco inmaculado del lugar—. Tsunade-san te está esperando en su oficina, así que muévete.
Se mordió la lengua con fuerza para no soltar la sarta de insultos que se agolparon en su garganta. En esos momentos era mejor no meterse en una pelea por el simple motivo de que tenía escasos dos minutos para llegar a la cuarta planta del edificio, considerando que los ascensores no funcionaban después de las diez. Corrió hasta llegar al primer tramo de escaleras, las cuales subió de dos en dos. Logró mantener ese ritmo todo el camino hacia arriba, impresionada por su aguante. Debía ser el miedo que le provocaba su jefa cuando se ponía de mal humor.
-Tsunade-sama –Sakura entró en la oficina sin llamar, como siempre, colgó la chaqueta y el bolso en el perchero junto a la puerta y se sentó en la silla frente al escritorio—. Lamento llegar tarde.
-No te preocupes –replicó la rubia de brillantes ojos ámbar y sugerente figura—. Tenía pensado dejar nuestra reunión para otro momento, pero ya que estás aquí… –se quedó callada unos momentos, como meditando—. ¿Ha ocurrido algo interesante en estos últimos días, Sakura?
-¿A qué se refiere exactamente? –Preguntó la muchacha con un deje de confusión en la voz—. En esta universidad ocurren cosas interesantes todo el tiempo.
-Sarutobi no consulta las decisiones que toma conmigo, pero me pareció escucharle decir que había aceptado a un alumno en segundo año de Psicología. ¿Tú que sabes de eso?
-Oh, eso –sonrió ampliamente, recordando los brillantes ojos azules de su más reciente amigo—. Pues sí, Sarutobi-san si que aceptó a un nuevo alumno en la universidad. Es un chico bastante peculiar, pero agradable.
-¿Cuándo le conociste?
-Ayer por la noche, en casa de Sasuke –meditó unos momentos en cómo continuar. No estaba del todo segura si debía comentarle a su jefa la verdadera naturaleza del rubio, pero finalmente decidió que tarde o temprano se enteraría—. Fue su regalo de cumpleaños, para ser más precisa. Un A.I de última generación. Es verdaderamente impresionante.
-¿Cómo dijiste que se llamaba? –había preocupación en su voz, también una fuerte ansiedad. Sakura arrugó el entrecejo ante esa extraña reacción, pero no dijo nada, algo le decía que debía mantener la boca cerrada—. Dime su nombre.
-Naruto –replicó la pelirosa—. No sé cual su apellido, pero luego le preguntaré… es más, mañana le traeré conmigo para que lo conozca. Va a caerle de maravilla.
-Si tú lo dices, muchacha, si tú lo dices.
La rubia se puso de pie con gracilidad, poniéndose la bata blanca de rigor en el proceso. Sakura la imitó, pero en lugar de colocarse la clásica prenda de doctor se colocó una bata de color rosa pastel que combinaba maravillosamente con su cabello. Ella era la única que tenía el privilegio de utilizar otra ropa en horas de trabajo, y sólo por que era la consentida de la jefa.
-Vamos con Shizune, que tenemos cosas que hacer.
-Por supuesto, Tsunade-sama.
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Las manos se le crisparon alrededor del libro que estaba leyendo. Con todos los sentidos alerta el moreno se incorporó con lentitud de la cama, avanzando a paso lento hasta la puerta. El pasillo estaba vacío, al igual que la sala, levemente iluminada por las luces que se colaban a través de la gigantesca cristalera que hacía las veces de pared. Todo estaba a oscuras, más un pequeño haz de luz se escapaba por los bordes de la puerta contigua. Una indefinible sensación lo invadió, asociando aquello con el extraño ruido que había escuchado hacia unos minutos.
Se acercó a la puerta y llamó con firmeza, pero nadie respondió. Esperó unos minutos más antes de volver a tocar, recibiendo silencio como respuesta. Algo inquieto aferró la perilla con fuerza y empujó la madera hacia adentro, asomando la cabeza dentro de la habitación. Fue entonces cuando todos sus sentidos se congelaron: Naruto estaba tirado en medio de la habitación, alarmantemente pálido, casi sin respiración. Y antes de darse cuenta de lo que hacía estaba sacando el móvil del bolsillo, para luego marcar el número de Sakura mientras volteaba al rubio para dejarlo boca arriba.
-Me importa poco la hora que sea –la cortó con brusquedad—. Naruto está mal… no lo sé, tal vez un rato… voy para allá.
Cinco minutos después estaba sentado en el asiento del conductor, aferrando el volante con fuerza mientras cruzaba las atestadas calles de la ciudad a toda velocidad. Podía escuchar los latidos de su corazón resonar en sus oídos, las manos temblorosas, los ojos negros llenos de preocupación. No entendía por qué demonios estaba tan asustado, pero no tenía tiempo para ponerse a pensar esas cosas, no ahora.
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Una mujer de cabello negro les recibió en la puerta del pequeño laboratorio que quedaba a cinco minutos de la universidad. Sakura, a quien Sasuke había recogido en la esquina, explicó la situación en pocas palabras mientras Sasuke cargaba a Naruto hacia el consultorio de la doctora. Allí lo recostó boca abajo en una cama y se retiró unos cuantos pasos hacia atrás mientras las doctoras preparaban todo.
-Bisturí.
Sakura, con las manos ligeramente temblorosas, le entregó a Kurenai el filoso escalpelo que ella utilizó para cortar una larga incisión en la espalda descubierta de Naruto. Automáticamente, sangre roja, tan roja como el carmín, comenzó a derramarse a borbotones manchando la sábana blanca con una rapidez alarmante. Reaccionando rápidamente, la pelirosa roció anticoagulante en la herida y ésta dejó de sangrar al instante.
La pelinegra arrugó el entrecejo mientras que con un poco de esfuerzo abrió el corte de manera desmesurada, revelando una madeja de cables, nervios y órganos vitales en pleno funcionamiento. El interior de aquel cuerpo era de lo más impresionante. Sakura no entendía como era posible que tantos elementos diferentes funcionaran con perfecta naturalidad dentro de un cuerpo hecho de carne.
-Los músculos de la espalda no son cómo los nuestros –explicó Kurenai a la pregunta que comenzaba a formarse en la mente de la pelirosa—. Los A.I de forma humana están diseñados de tal manera que si se hace un corte justo sobre la columna vertebral hecha de un material artificial con la misma resistencia que la real, esta se repliegue hacia los costados y deje a la vista una abertura en el músculo, facilitándole la labor a los mecánicos encargados de revisarlos.
Fijó entonces los ojos en un orificio de dos centímetros de diámetro, estirando la mano a una extraña máquina ubicada a su costado de la que colgaban cuatro agujas de diez centímetros de largo conectadas a gruesos cables negros forrados en plástico. Agarró la primera que alcanzó y sin dudarlo un segundo la enterró de golpe en el hueco. Los ojos de Naruto se abrieron al instante, totalmente negros, cientos de códigos números recorriendo las fibras ópticas a una velocidad de vértigo. Hasta ahí todo estaba bien.
-¿Qué se supone que es eso? –Preguntó la pelirosa señalando la aguja clavada en el cuerpo de su amigo—. ¿Una especie de medidor?
-Más o menos –replicó Kurenai al mismo tiempo que presionaba unos cuantos botones en el panel a su izquierda—. Se utiliza para medir la actividad neuronal del cuerpo.
-Un lugar más apropiado sería la cabeza o tal vez el cuello.
-La cabeza es demasiado pequeña para que la aguja quepa al completo y en el cuello es imposible por qué es ahí dónde se inserta la tarjeta de memoria y está el botón de inicio secundario. El principal está en el muslo, camuflado bajo la piel. Su sabes bien dónde se encuentra puedes reiniciar el robot.
Continuando con la revisión, Kurenai sacó la aguja despacio y cuidando que no tocase absolutamente nada la colocó dentro de un tubo de ensayo para analizar las muestras tomadas. Mientras esperaban empapó sus manos en alcohol para luego meterlas en la espalda del rubio. Movía cables y venas artificiales con mucho cuidado, buscando señales de cortocircuito pero no había nada anormal con ese cuerpo. Y los resultados que la computadora arrojó unos momentos después la respaldaron.
Un tanto frustrada, decidió revisar la caja de funciones ubicada junto al estómago. La matriz constaba de un pequeño cubo de metal fundido conectado a más de dos mil cables de distintos colores cada uno, señalando específicamente su función. Tampoco había nada extraño o preocupante allí. No tenía la menor idea de lo que podía estar mal.
-¿No les mencionó nada peculiar en los días pasados? –Preguntó a los presentes—. Esa información podría serme de utilidad.
-No que yo recuerde… ¿Sasuke? –el aludido negó levemente—. La verdad es que ninguno de los dos sabemos mucho sobre su condición como máquina.
En ese momento el móvil de la pelirosa comenzó a vibrar en el bolsillo de la bata. Leyó el nombre que brillaba en la pantalla y presionó el botón de descolgar.
-Gaara, ¿necesitabas algo?... Sí, claro, pero mejor envíalo mañana que ahora no tengo tiempo para revisarlo… muchas gracias –estaba a punto de colgar cuando se le ocurrió una idea—. Por cierto, el otro día que estabas con Naruto, él te comentó algo sobre su condición… esa misma… así que eso… gracias de nuevo, nos vemos. Adiós.
Guardó el móvil en el bolsillo y se volteó hacia Kurenai.
-Al parecer la personalidad de Naruto está bloqueada –dijo la muchacha—. O al menos eso fue lo que le contestó a Gaara, un amigo, cuando le explicó el por que de su manera de ser.
-Eso lo explica todo.
Rápidamente ensartó hilo para suturar en una aguja curva, y con la ayuda de una pinza pequeña fue cerrando el gigantesco corte que no dejaría marca alguna. Tras media hora de certeras cosidas, Kurenai se acercó a una computadora enorme. Conectó el extremo de un cable azul al CPU del equipo y el otro lado a una especie de puerto de conexión ubicado junto a la ranura de memoria en el cuello del rubio. De inmediato, los mismos números que recorrían los ojos de Naruto a gran velocidad, aparecieron en la pantalla gigante. La pelinegra sonrió de medio lado, todo estaba bien.
-El programa se está reiniciando puesto que todas las aplicaciones se desactivaron cuando la personalidad se activó; aunque me intriga, nunca había escuchado de un caso de bloqueo completo como este, pero supongo que para todo hay una primera vez –se quitó con los guantes con lentitud—. Despertará al cabo de unas horas pero mientras tanto tienen que tenerlo estrictamente vigilado.
-Yo me encargaré de eso, Kurenai-san.
Media hora más tarde estaban todos en el auto. Sakura llamó a Tsunade mientras el moreno conducía hacia su departamento, pidiendo permiso para ausentarse durante una hora. Las calles estaban parcialmente vacías aunque todavía se podían ver transeúntes y unos cuantos autos más recorriendo las larguísimas avenidas.
-Todo va a estar bien –le dijo Sakura—. Fue sólo un susto, nada más.
Sasuke negó levemente con la cabeza mientras los puentes magnéticos se enganchaban en las rieles de la autopista.
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Abrió los ojos de golpe, respirando el aire a bocanadas gigantescas para llenar sus pulmones enfermos. Su cuerpo se sacudía violentamente, temblando por el frío y los recurrentes espasmos de dolor que viajaban por cada uno de sus nervios. Con los ojos azules opacos y resecos por estar tanto tiempo cerrados, buscaba algo familiar a que aferrarse para saber que continuaba vivo. Intentó hablar, pero de sus labios no brotó ningún sonido. Entonces, escuchó voces fuera de la habitación.
-… Hablaremos mañana, Hashimoto, y no vuelva a llamarme tan tarde –abrió la puerta despacio, al mismo tiempo que guardaba el móvil en el bolsillo—. Hijo.
Cada vez que entraba en ese cuarto tan oscuro y esterilizado, abarrotado por el característico olor de las medicinas, se le revolvía el estómago y la conciencia. Se sentía culpable, no, mucho más que eso, se sentía condenado a ver sufrir a su hijo por culpa de su propio egoísmo, pero había valido la pena: su más grande creación estaba en las inteligentes manos del Primer Ministro de Japón, Uchiha Itachi. Nunca olvidaría ese nombre, pues gracias a él los nueve años de trabajo exhaustivo vivía la vida normal de un humano común y corriente. Jamás podría devolverle el favor.
Tan ocupado había estado en sus cavilaciones, que no reparó en el par de orbes azules que lo miraban con admiración y cariño. Cuando su padre se volteó cerró los ojos para que no supiera que había despertado. A la primera persona que quería revelarse era a su madre y esperaba que fuese a verlo pronto pues no estaba seguro de aguantar mucho tiempo. Siendo vencido paulatinamente por el cansancio y el dolor, se quedó dormido profundamente.
-Gracias, Naruto –se sentó a su lado—. Todo por lo que estás pasando tendrá su recompensa, te lo prometo.
Le besó la fría y blanca frente con cariño, cuando su móvil vibró por segunda vez en el bolsillo de sus pantalones negros. Lo sacó con hastío, sorprendido al comprobar el número.
-¿Qué sucede, Yamato?
-Necesito que venga de inmediato, señor –sonaba preocupado—. Hay algo que tiene que ver.
-¿A qué te refieres?
-Es sobre eso.
-¡Imposible!
Colgó sin más, salió de la habitación de Naruto a toda velocidad, bajó las escaleras de dos en dos, se metió en su auto sin dar explicaciones a su preocupada esposa y arrancó, fundiéndose en la selva de cemento que conformaba las calles de Tokio.
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La puerta de arribos internacionales se abrió soltando un bufido hidráulico, permitiendo que una ingente cantidad de pasajeros ingresase al aeropuerto cargado de maletas. Un muchacho de cabello castaño y ojos opalinos resaltaba entre la multitud gracias al blanco inmaculado de sus ropas. Miró unos momentos en derredor hasta que localizó a la persona a quien buscaba, y se encaminó hacia su prima con paso firme.
Hinata se encogió en cuanto Neji la encontró entre la multitud que llenaba el lugar a pesar de la hora que era. Habían pasado dos meses desde que se marchara a los Estados Unidos para participar de un curso de derecho y no había cambiado en nada. Seguía igual de guapo que siempre.
-Hinata –Neji la abrazó brevemente, entregándole sus maletas al hombre que acompañaba a su prima—. Me alegra volver a verte.
-Lo mismo digo, Neji-kun.
Nos vemos en el siguiente...!
