Desperté sintiendo una punzada de dolor en mi costado. Entorné los párpados, que me pesaban de sobremanera, encontrándome con un entorno desconocido.
Parecía estar en una habitación diáfana. La luz caía sobre los escasos muebles; una cómoda y una mesita de noche, proyectando sombras largas. Supe que estaba atardeciendo.
El empapelado de las paredes era de un color celeste claro. En las esquinas del techo, el estuco daba forma a cuidados relieves. El estilo barroco de la estancia inspiraba una anacronía imprecedera.
Traté de incorporarme en el lecho: posando mi espalda en el cabezal de la cama; este tenía grabados motivos rocambolescos, por lo que apoyarme en el era incómodo. Volví a hundirme entre las almohadas de plumón.
Recordé lo acontecido antes de desvanecerme y miles de preguntas me sobrevinieron a la vez, de manera vertiginosa: ¿Dónde me encontraba? ¿Quién me había traído allí? ¿No estaba yo si no muerta?
Ante el impulso imperante de levantarme, el agudo dolor que sentía respondía: no podía hacerlo. Aguardé, intuyendo que alguien, o algo, acudiría a mi encuentro.
Mi cama daba de frente a un coqueto balconcillo. La ventana estaba abierta de par en par y, tras esta, podía adivinar una arboleda. La brisa entraba: aunque no era lo suficientemente fría, me resultó molesta.
Antes de que cayese la noche, Jhin entró. No escuché sus pasos acercándose.
Lo miré y, cuando me disponía a avasallarlo con mis dudas, él tomó la palabra:
-Yo te he traído hasta aquí -sentenció-.Debemos aclarar muchas cosas.
Observé su tez pálida: dos surcos violáceos; ojeras, enmarcaban sus ojos. El moreno dió tres vueltas por la habitación y luego se sentó al borde de la cama. Parecía estar nervioso.
Tomó un coletero dorado de su muñeca y se recogió el pelo, que le caía hasta los hombros, en una coleta alta. En un principio me había parecido que su cabello era azabache; mas ahora, con los últimos rayos de sol incidiendo sobre este, pude atisbar reflejos castaños. Reparé también en su ropa: Jhin vestía más informal que las otras veces; con una camisa de lino blanca y unos tejanos ceñidos. Traté de no volver a reparar en nimiedades y centrarme, supongo que por el desconcierto me encontraba yo más observadora de lo habitual.
-Deberías decir: "tengo que aclararte muchas cosas" -le espeté.
-Ambos -concluyó él- Para empezar: ¿Qué te llevó a descubrir mi obra?
-¿Obra? ¿Qué obra? ¿De qué me hablas? -me inquieté.
-Hacerte las sueca no funcionará conmigo -dijo Jhin-. Ellos me lo anunciaron y, además, te llevaron hasta mí.
-Se me han manifestado en varias ocasiones -declaré, esperando que al menos él pudiese arrojar algo de luz al asunto, puesto que parecía conocer a los Kindred-; mas sigo sin saber de que obra me hablas.
-De modo que los has visto varias veces... -hizo una prolongada pausa, parecía divagar sobre algo- ¿Sabes acaso por qué acuden a ti?
-No. Creo estar más confundida que tú. -declaré- ¿Vas a responder a mis preguntas?
-Escúchame bien -Jhin se exaltó-: me hallo en este entuerto por tu culpa. Si ayer te hubiese matado la culpa por mancillar mi arte me atormentaría la existencia.
-Oye: deja el teatro para otro momento y habla con claridad. -le dije.
-Hablo con la suficiente claridad -me recriminó-. Necesito escuchar tu versión antes de ligar cabos.
Supe que Jhin no hablaría hasta que yo lo hiciese. Además de no estar bien de la cabeza, era tozudo como él solo.
Tomé la palabra y, minuciosamente, le expliqué lo acontecido desde la primera vez que me había topado con los Kindred. El moreno escuchó con la vista fija en el suelo. Una vez relaté mi visión de aquel asesinato, pude adivinar como una sonrisa socarrona se dibujaba en su rostro. Sabía que Jhin era el culpable de aquello: la misma arma con la que había matado era la causante también de mi herida, la máscara, su silueta; se trataba de él.
-¿Te divierte asesinar? -le increpé sin titubeo alguno- ¿Me has traído aquí para acabar conmigo también?
-Ahora que conoces mi identidad no me queda más remedio -dijo con franqueza-.Culpa a los Kindred y no a mí: fueron ellos quienes te guiaron hasta mis fauces. No obstante, me temo que no será tan fácil.
-¿Por qué? Parece que a ti te resulta sencillo matar a sangre fría. -le increpé.
-No es mi forma de hacer las cosas: la muerte visceral, sin sentido, carece de todo tipo de gracia -declaró-.Si te matase sería simplemente para acallarte. Malditos... son ellos quiénes me han llevado a esta encrucijada.
-¿Por qué te detuviste ayer? ¿Fue por eso? ¿Por tu moralidad desviada? -le pregunté.
A modo de respuesta Jhin desabrochó los primeros dos botones de su camisa, dejando ver una marca negra sobre su pecho. Los bordes del estigma lucían de un tono plateado: no parecía haber sido trazada por algo de este mundo.
-La muerte me hizo esto ayer. Antes de que me decidiese a matarte -se sinceró el joven-. Ellos me dijeron que, si concluía tu vida en este momento, yo quedaría sentenciado -prosiguió tras una pausa-. Pero créeme, si de mí se tratase, preferiría morir por ellos y vagar por los infiernos como una sombra, antes que ensuciar mi obra. No te maté porque dudaba.
-No sé que quieren de mí -dije-. Han estado atormentándome todo este tiempo. Parece que desean que esté a tu merced.
-Deseo resolver esto -dijo Jhin-. Los invocaremos: ellos acuden a ver mi espectáculo a veces; mas hasta ayer no me habían hablado. Cuando sepa que demonios quieren me será sencillo establecer un veredicto. Hasta entonces debo pedirte que te quedes conmigo.
-Estoy entre la espada y la pared -suspiré-. Si trato de irme sé bien que no dudarás en dispararme.
-Preferiría no tener que hacerlo. Como ya he dicho: mi arte no versa en ese modo de actuar -dijo-. De momento nos quedaremos aquí unos días. No vendrá nadie: esto es un antiguo palacete que únicamente se utiliza para dar fiestas clandestinas, y eso ocurre pocas veces al año.
Supe bien que iba a morir: Jhin seguramente estaba esperando las directrices de los Kindred para acabar conmigo. No creía en él. Prefería no creerlo: si era cierto todo lo que me había dicho, aquel hombre padecía una locura demente.
¿Acaso él temía una imaginaria penitencia por no llevar a cabo de modo correcto "su obra"? No: aquello era una patraña.
-Hasta entonces espero que cooperes -anunció el moreno-. Deberías agradecerme: de todos modos no tienes sitio alguno dónde caerte muerta.
-Preferiría caerme muerta alejada de todo esto. -declaré.
-Te ruego que no me pongas las cosas más difíciles: ya de primeras detesto compartir mi espacio con nadie. Sé que alguien tan pueril como tú no entiende un ápice mis intenciones, pero vas a tener que aceptarlas. -espetó Jhin.
-Entonces me veo resignada a esperar aquí hasta que cometas otro crimen y los Kindred se revelen. ¿No?
El moreno asistió con la cabeza.
Estaba abrumada por el giro que habían tomado las cosas. Y empezaba a estar harta también. Todavía debía preguntarle varias cosas a Jhin; pero mis labios no volvieron a abrirse. Sentí ganas de llorar, de abalanzarme sobre ese hombre y estrangularlo. De hundir un cuchillo en el vientre de la cordera y atravesarla. ¿Sangraría?
Si tan solo pudiese escapar de allí, volvería al circo. Entonces la compañía, tras anunciarles que estaba curada me recibiría entre júbilo -soñé- nos emborracharíamos todos delante del candor de una fogata y, cuando el néctar etílico aplacase mis temores, podría concluir que todo esto fue una pesadilla.
Al día siguiente asistiría al espectáculo animada, observaría en los artistas la duda y la incertidumbre de exponerse ante el público; aquel temor que hasta los más antiguos todavía albergan. Y así sería día tras otro. Por más que el tedio me venciera, una férrea idea se alzaría como directriz de mi vida: yo no estaba hecha para nada más en este mundo, si no para observarlo entre bambalinas.
Jhin, que había abandonado el cuarto tras la conversación, volvió a entrar en este tras unas horas. Sostenía un plato que me tendió: "Debes comer", me dijo. ¿Pretendía ahora el psicópata ser amable?
Antes de engullir el primer bocado, sostuve mi mirada en él.
- ¿Cómo sé que esto no está envenenado? -le pregunté
Jhin resopló.
-Eres exasperante -dijo-. Veo que no confías en mis palabras; mas no te culpo: yo tampoco lo haría.
-Prueba tú un trozo antes -le ordené, acercándole el tenedor con un pedazo de carne-. Aprisa, tengo hambre.
-¿Pero quién te has creído que soy? -dijo mostrando una mueca de enojo- Si no quieres comer, no comas.
-Entonces me moriré de inanición. -declaré.
-Tal vez sería lo mejor: quedaría yo expiado de toda culpa. -dijo Jhin.
¡Qué afable ser!
-Venga Jhin. -le insté de nuevo-. Podría fiarme más de ti si lo hicieras.
-No. -se negó rotundamente. Tras ello, se levantó y se fue.
Me quedé ante el plato: tenía buena pinta. Mi boca salivaba por el hambre. Efectivamente, era poco probable que Jhin hubiese envenenado los alimentos. Los engullí con avidez, quedando plenamente satisfecha.
Debía acercarse el amanecer cuando, ya casi dormida, sentí un peso al otro extremo de la cama. Sobresaltada, me giré de inmediato, encontrándome con Jhin.
-¿Se puede saber qué haces? -alcé el tono.
-Pues dormir. -declaró mientras bostezaba.
- ¿En mi cama?
-No hay ningún otro colchón en este sitio. Hoy me he partido la espalda durmiendo en los sofás de abajo y no pienso volver a hacerlo. Me incómoda de sobremanera tener que llegar a este punto; pero la cama es lo suficientemente grande para ambos.
Tenía razón: era un lecho regio.
-No sé que educación te habrán dado; pero es de terrible mal gusto yacer junto a una mujer así, de buenas a primeras. -le incriminé.
-Si por tu cabeza rondan pensamientos carnales siento decirte que eres tú la única atormentada por ellos: repudio ese tipo de repugnancias mundanas -espetó.
-De acuerdo monje -me burlé-. Pero sal de la cama.
-Me estás comenzando a incordiar de nuevo. Vete tú a dormir abajo. -Resopló.
-Tal vez lo haría si esta herida me dejase moverme. Herida que tú me has hecho. -le increpé.
No hubo respuesta. Jhin se tumbó al otro lado de la cama, dándome la espalda.
Acerqué mi pierna y le propiné una patada.
-Deja de jugar -gruñó-. No eres una cría.
Me resigné. El actor se durmió rápido: lo supe porque, de vez en cuando, dejaba escapar un leve silbido. Yo no pude pegar ojo hasta bastante tiempo después.
Amanecía cuando el frío me despertó, sintiéndome destemplada. Traté de cubrirme con la manta, encontrándome con que el moreno se había enrollado en ella de tal forma que la acaparaba toda para él. Traté de tirar de ella; pero fue en vano. Tiritando, supe que tenía dos opciones: o me acercaba a él o buscaba otra tela para cubrirme. Descarté la primera, por supuesto.
Traté de ponerme en pie y, después de un titánico esfuerzo, lo conseguí. Casi arrastrándome y reprimiendo el dolor, abandoné el cuarto y caminé por un largo pasillo, el cual me llevó a otra estancia.
La luz del alba se filtraba por la cristalería. En el techo de la sala, se alzaba una bóveda encamonada que lucía imponente.
Encontré una manta raída sobre una butaca y me envolví con ella.
El dolor se acrecentó y, para paliarlo, decidí tumbarme en un sofá, el cual moraba al lado de un ventanal.
Me entregué al sueño escuchando el cantar de las primeras aves. La melodía se fue evaporando a medida que me adentraba en el jardín de Morfeo.
Desperté escuchando un cantar: una melodía lenta, similar a una nana, parecía provenir de fuera.
En cuanto me levanté supe que me encontraba fuera de la realidad, en un sueño. Mi herida ya no dolía y mi cuerpo parecía flotar, ingrávido.
Caminé hacia la ventana y la abrí, esta daba a un patio de naranjos en el cual unas siluetas parecían danzar, poseídos por una especie de trance, entorno a una figura alta que permanecía inmóvil, inerte.
Un inmenso sol ardía, tiñiendo el paisaje de un rojo intenso.
Una ráfaga de viento frío levantó mi cuerpo, el cual se me antojó una pluma, y me transportó al lugar donde se reunían aquellos extraños seres.
Pude verlos de cerca: sus cuerpos emitían una luz blanquecina y todos ellos portaban una máscara grisácea: eran iguales, idénticos.
Poco a poco, fueron formando un coro alrededor del ente que entonces adiviné como una marmórea estatua. Era ella quien cantaba. Parecía invocarme. Caminé hacia su encuentro, sintiendo la húmeda hierba bajo mis pies desnudos: ya no era incorpórea.
Antes de llegar a ella, alguien me sostuvo de la muñeca; su rostro se desdibujada, no pude verlo. Su voz llegó a mí:
-¿Sabes quién es? -preguntó en un susurro.
Quise hablar; mas de mi boca no brotó palabra alguna.
-Ella es la portadora de la lírica del movimiento -me dijo-. Lleva consigo una guadaña hecha de flores marchitas y sostiene, en su mano izquierda, el libro que narra la verdad del terror.
-¿Y quién eres tú? -Pude decirle.
-Yo soy la cuarta víctima y, a su vez, la tercera en la unión olvidada. Un títere creado por fractales de almas extinguidas, tal vez ilusorias, que resuenan en mi cabeza una y otra vez.
La melodía llegó a su auge. Absortos en su frenesí, aquellos entes enmascarados se inclinaron ante la estatua. Entonces supe que estaban condenados.
Él -yo sabía que era él y no ella- volvió a hablar:
-Llevo escuchando esa nana tanto tiempo... ha ido calcinando el silencio poco a poco, cambiando el flujo de todos mis universos.
Lo miré. Fue entonces que supe quién era: Khada Jhin.
-¿Quién soy yo? -le pregunté.
-Tú sólo eres azufre en la negra noche, esperando a la marea de la anulación.
Observa bien las tinieblas en el horizonte y suplica...
Eres la desdicha personificada, triste encarnación de lluvia.
- ¿Eres tú quién me condena? -quise saber.
-Soy yo. Caerás la última vez sobre mis brazos y me brindarás la paz de sentir el cálido aleteo, aquel que se produce cuando una vida se extingue. -rezó él.
-No soy digna.
-Sólo acepta la corriente y, si deseas morir, deja que sean mis manos quienes lleven a cabo el sacrificio. Eso será lo más cerca que estarás, en todas tus vidas, de mí.
Todo se desvaneció a mi alrededor. Me encontraba en otro escenario. Bajé unas escaleras de piedra. Llovía. Al final de estas vislumbré a Jhin tumbado sobre el suelo. Parecía estar muerto. Me miró: vivía.
Me tumbé sobre él, clavándome su miembro. Observé su rostro y entonces lo ví: los gusanos asomaban por las cuencas de sus ojos.
Me desperté turbada y notando un dolor en mi bajo vientre. Conduje mi mano hacia mis bajos y me noté mojada, examiné: me había bajado la regla.
El sol se alzaba ya alto: debía ser mediodía. ¿Aún dormía Jhin?
Me levanté y comprobé que la herida ya no me dolía tanto, podía, al menos, caminar.
Me asomé a la ventana y reparé en algo que me estremeció: aquel paisaje era exactamente igual que el mi sueño. Aquello me hubiese inquietado días atrás; pero desde mi encuentro con los Kindred parecía haber desarrollado cierta tolerancia al surrealismo, era mejor así: la situación no me desbordaba tanto.
Sentí la necesidad de limpiarme y comencé a recorrer el palacete en busca de un baño. Aquel lugar era grandioso y bello; aunque abandonado a la merced del tiempo, el cual lo había deteriorado. La mayoría de salas permanecían vacías, podía escuchar el eco de las pisadas cuando las recorría.
En el segundo piso, cerca de la habitación donde había dormido la noche anterior, hallé al fin un baño con una amplia bañera.
Abrí el grifo y dejé correr el agua, esta cayó helada y de un tono rojizo. Esperé un rato; pero no se calentó. Supe que no lo haría, al fin y al cabo la casa debía llevar abandonada bastante tiempo. Resignándome ante mi idea inicial de darme un baño, me limpié como pude.
No sabía que hacer en aquel lugar, descarté la idea de explorar las inmediaciones del palacio: mi cuerpo todavía estaba adolorido, por lo que no podría recorrer mucho trecho, además, tal vez ese hombre me replicaría por ello luego, y no tenía ganas de aguantar sus discrepancias.
Decidí dirigirme al salón y pensar. En estas me encontraba cuando Jhin entró.
-Vaya -le dije-. Buenos mediodías. Que sepas que eres un fastidio incluso dormido.
-Buenos días -me respondió- ¿Por qué lo dices?
-Pues porque acaparaste toda la manta durante la noche. Y me helé -le repliqué.
Al moreno aquello le pareció divertido y soltó una risita.
-Lo siento. Jamás me lo habían dicho, bueno, tampoco es que haya dormido yo con nadie. -declaró.
Me parecieron extrañas la disculpa y la confesión, puesto que provenían de él: el ser más frívolo en la faz de la tierra. Tal vez se había levantado de buen humor: tantas horas de sueño daban sus frutos.
-Vaya, entonces tú eres más de despachar a tus amantes antes de entregarse al sueño -le dije burlona.
-Creo haber sido bastante rotundo ayer: no me interesan esas cosas. -declaró.
-No hay agua caliente -cambié de tema-. Y me gustaría bañarme.
-Es evidente que no hay: la casa lleva inoperativa bastante tiempo. Pero puedes usar los fogones de la cocina para calentar el agua: estos sí que funcionan. -anunció Jhin.
De modo que debía llenar ollas de agua, calentarlas y llenar poco a poco la bañera... Tan solo con planteármelo resoplé ante la pereza.
-¿Podrías hacerlo tú? Todavía me duele la herida y tardaría muchísimo tiempo.
-No, evidentemente. Y el cuento de la herida no te durará mucho, por lo que ya puedes comenzar a espabilarte -Como era de esperar, el Jhin amable no había durado ni cinco minutos-. Yo iré a la ciudad, volveré a la noche.
-¿Y cuándo llamarás a los Kindred? -pregunté.
-Creo recordar que ayer no te resultaba particularmente afable la idea de que yo matase -dijo con una sarcástica sonrisa- ¿A qué viene ese repentino cambio? ¿Estás impaciente?
-Estoy aquí simplemente para esclarecer las cosas, tú mismo declaraste eso. Por lo tanto no veo para que prolongar la situación.
-Yo no trabajo con prisas -dijo Jhin-. He de sentir la inspiración.
-¿Cuánto debo esperar pues?
-No te preocupes: será poco tiempo -anunció-. Yo también estoy ansioso de que esto termine.
Una vez Jhin se fue, me quedé de nuevo a solas, reparé en unos libros sobre la mesa; pero solamente con ojear el prólogo descarté la idea de entregarme a su lectura: parecían tediosos y aburridos. Supuse que eran del moreno, puesto solo un sádico como él leería ensayos sobre taxidermia y disección.
El estómago me rugía de hambre; mas, tras mirar en la cocina, supe que debería aguantarme puesto que no había alimento alguno que pudiese preparar. Deseé que Jhin trajese algo que llevarse a la boca.
Cuando cayó la noche, el joven volvió.
-Dime que traes comida. -le dije, famélica, en cuanto entró a la sala.
-Sí -Asintió-. Pero no esperes que me ponga ahora a prepararla.
-Descuida, lo haré yo misma.
-No creas que tus sucias manos van a tocar mis alimentos. -declaró Jhin.
-No tienes porque comerte nada de lo que prepare -le dije- .Pero yo no he comido absolutamente nada en todo el día y debo hacerlo.
-¿Sabes? El ser humano aguanta más de lo que te imaginarías.
-No me fastidies Jhin. ¿Te causa placer actuar de este modo conmigo? -Me indignaba su comportamiento y comenzaba a sospechar que actuaba así queriendo.
-Simplemente no quiero que nadie manipule lo que luego yo me llevaré a la boca -declaró.
-Lo separaré con mucho cuidado, respetando tus manías -le dije con recelo y con cierta sorna-. Por favor te lo pido.
Jhin se quedó un momento en silencio, observándome con una expresión que me desconcertaba.
-De acuerdo -dijo-. Lo haré yo.
-Tal vez pueda ayudarte...
-No -cortó tajante- ¿Acaso haces caso omiso de lo que te digo? Limítate a esperar.
-Gracias. -decidí decirle ya que, visto lo que había, cualquier acción buena del moreno era digna de aplauso. Sin volver a mediar palabra, Jhin marchó hacia la cocina.
Al cabo de otro rato de aburrimiento, el cual se había prolongado durante todo el día, el moreno apareció con la cena. Para mi sorpresa, se sentó a comer conmigo, en el otro extremo de la larga mesa.
-Siento que ahora debemos ir con extrema cautela: no podemos permitirnos ningún fallo. -anunció Jhin.
Le dí el primer bocado a mi plato: la carne estaba tierna y especiada: se me antojó suculenta.
-¿Crees que ellos nos observan? -pregunté mientras todavía masticaba.
-Sé que ellos están en todas partes: en el viento, en la tierra... Son una esencia. -dijo- ¿Quieres vino?
Asistí con la cabeza y me sirvió: al menos tenía modales en la mesa.
-¿Siempre acuden a ti cuando... matas? -me parecía extraño referirme a ese asunto con tanta frivolidad.
-Tan solo a veces; mas no sé que patrón siguen. Aunque, como ya te dije ayer, jamás había intercambiado palabra con ellos -dió un sorbo al vino y prosiguió-. Aquella noche, antes de que llegases, ellos vinieron a verme. "Sigue tocando hasta que quien conoce tus actos venga", me ordenó el lobo. Ondeó entorno a mí y lo sentí como una amenaza. Supongo que, movido por la curiosidad, acepté su orden.
-¿Por qué diste por hecho que yo conocía tu identidad? -pregunté.
-No lo dí por hecho; pero la mínima posibilidad de que eso fuese cierto ya era suficiente para matarte. Entonces, cuando te ví, supe con certeza que habías sido guiada por ellos -Jhin tomó aire y prosiguió-.Aquella noche estaba inspirado, en cuanto entraste por la puerta la sed de matarte me invadió, pero cuando te supe tan frágil; tan patética, una duda cruzó mi mente: ¿merecías ser bendecida por mi arte?
-Menuda bendición... -masclullé.
-Por eso no lo hice: jamás debo dudar cuando de mi obra se trata. Aún que me culpo de haber sido cegado por la ira y darte el primer disparo. -se sinceró Jhin.
-Pero si los Kindred dictaminan que su voluntad es que muera en tus manos lo harás, ¿no? -le dije sosteniendo mi mirada en él.
-Entonces no me quedará otro remedio. Al fin y al cabo somos meros mortales danzando para el acto final que es la muerte.
-Puedes pintarlo todo lo poético que quieras; pero sigue siendo sucio y mezquino -dije-. Y la locura no te excusa de nada de esto.
-No estoy loco -declaró-. Simplemente tengo una visión particular. La vida es un simple juego y la virtud nos brinda las armas para que lo disfrutemos. Yo me obsesioné con pintar rosas de sangre en las avenidas de la muerte y no puedo sentirme vivo si no por eso.
-Sé que jamás podré llegar a entender tu visión, aun así la sentencio, tal vez a causa de mi moralidad. -le dije.
-Cualquier ser, en el fondo de su corazón, alberga turbias sombras y cierto demonio; pero no todos se funden con él.
-Soy consciente de mi interior, que como bien dices, posee una cruda naturaleza.
-Si conoces eso y aún así reniegas de tu condición, eres un simple títere cuya memoria caerá cuando el acto final suceda. -declaró Jhin.
El joven llevaba cierta razón; pero yo, a diferencia de él, había postergado mis fatales pensamientos y me había negado a entregarme al caos. Si dejaba aflorar la negrura que se había ido tejiendo en mí desde mi nacimiento, entonces yo tal vez sería el eco de aquel que se ocultaba tras esa máscara.
Me obsesionaba la muerte, la violencia con que el universo, inclemente, arrancaba la esencia de lo que había sido una persona y se lo llevaba de vuelta hacia los confines de los cuales una vez había surgido.
Me fascinaba la pasión febril con la que un humano se aferraba a la vida antes de que esta se quebrase. Y fantaseaba con observar la placidez con la que un cadáver se entregaba a su descanso eterno.
¿Era entonces yo una hipócrita al recriminar a ese hombre? No, no lo era: la humanidad me había salvado de cometer el nefasto acto de matar.
Una vez terminamos la comida, le expresé a Jhin mi deseo de salir afuera. Estaba animada por el vino y, además, quería contemplar aquel paisaje que había aparecido en mis sueños.
Pensé que el sádico no me acompañaría; pero lo hizo.
Antes de salir decidí tomar otra botella para llevarla afuera.
-Si deseas beber más lleva unas copas también. -me dijo Jhin.
-¿Por qué? -pregunté- No me parece necesario.
-Porque me gustaría acompañarte y...
-Ah -le interrumpí sabiendo lo que iba a decir: en algunas cosas aquel hombre era fácil de leer-, déjame que adivine: te da grima beber de la misma botella que yo. "Tu boca infecta me repele" -lo imité.
-Eso mismo -rió él.
-No es para reírse: esas manías tuyas son bastante tristes. -me burlé.
-Lo siento entonces, querida.
Salimos fuera. La noche era cálida y la luna brillaba con intensidad: dotando al paisaje de una claridad casi diurna.
El aroma de los naranjos inundaba el aire.
Caminamos en silencio hasta un banco cercano, bajo una bóveda cubierta de hiedra; las grietas en esta dejaban pasar la luz nocturna.
Traté de comenzar una conversación intrascendente; mas noté a Jhin silencioso y enfrascado en su propio mundo. Decidí servirme otra copa.
-Déjame la botella -le dije a Jhin, que la sostenía entre las manos. Me dispuse a cojerla, posando mi mano sobre la de Jhin. Este se apartó de golpe.
-No me toques. -dijo en tono amenazante.
-¿No quieres que te toque? ¿Nunca nadie te ha tocado? -me mofé de él.
Jhin guardó silencio y se apartó todavía más, sentándose en el borde del banco. Pero yo, tratando de intimidarlo, me volví a acercar a él: acortando las distancias. Me resultaba graciosa la pureza de la que hacía gala el moreno. Le acerqué una mano al rostro y le acaricié la mejilla, su piel era firme y lisa. Lejos de volverse a apartar, Jhin se quedó totalmente inmóvil, con la mirada fija en mí. Noté su respiración entrecortada.
Ambos nos quedamos así, como estatuas, clavándonos la mirada uno en el otro.
Un aroma dulce inundó el aire: el aroma de una flor cuyo nombre desconozco y que, oculta entre la maleza, no brilla más que por su olor. Eternamente sola, sin ser descubierta.
