Descargo de propiedad: Hetalia le pertenece a Himaruya.
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JUEGOS DE SEDUCCIÓN
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CAP IV: Segunda Impresión.
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Sacó un pequeño trozo de papel del bolsillo delantero de su saco y revisó una última vez la dirección que tenía anotada, escrita en una elegante letra alargada. Achicó los ojos para comparar el número de la casa que tenía enfrente con el de la nota.
—Aquí es —confirmó—. Quédese con el cambio. —Le extendió un billete de veinte dólares al taxista regordete que tan bien representaba el problema de sobrepeso en los Estados Unidos de América. El sujeto recibió la paga y revisó su autenticidad, una vez que estuvo conforme se giró hacia el pasajero.
—Es usted muy amable joven. Que tenga una buena noche —se despidió, agradecido.
—Igualmente —farfulló rápidamente por mera cortesía.
Gilbert bajó del taxi, en la mano derecha cargaba una maleta de mano y en la izquierda varias bolsas de compra, atravesó las rejas de la entrada y caminó por un sendero que conducía a las escaleras de ingreso. Subió los siete escalones y finalmente tocó el timbre. No hubo que esperar mucho para que el dueño de casa asomara la cabeza por la puerta de madera.
—Buenas noches Jones —saludó Gilbert, sonriente.
El estadounidense le miró sorprendido, y entonces le envolvió en un abrazo apretado. Durante unos minutos Gilbert se quedó inmóvil. Involuntariamente recordó al niño que corría a esconderse detrás de sus piernas cuando algo le atemorizaba y su mente imaginó al pequeño Ludwig aferrándose a su cuerpo. Sus brazos se movieron instintivamente, y sin importar los bultos que cargaba correspondió al abrazo. Alfred despertaba sus instintos de hermano mayor. ¡Qué fastidio!
—Pasó algo malo. ¿Te encuentras bien? —le preguntó. Su aliento soplaba suave contra la mejilla del muchacho.
—Estoy bien, yo solo… Necesitaba un abrazo. —Estados Unidos se alejó y desvió la mirada, llevó su mano a la parte trasera de su cuello—. Adelante por favor —invitó.Se hizo a un lado, dejando el espacio suficiente para que Prusia pasara.
Gilbert le miró con suspicacia, absolutamente desencajado por el comportamiento extraño del chico, sin embargo decidió que después tendría el tiempo de hacerle hablar, por ahora quería desprenderse del equipaje y descansar un poco. Ingresó a la casa y casi al instante fue golpeado por el aire caliente del ambiente, soltó las maletas sobre el piso de parquet en lo que Alfred cerraba la puerta.
—Tienes un lindo lugar aquí Jones —reconoció, analizando la decoración y la arquitectura del lugar. Uno no esperaría encontrarse con una vivienda clásica, de colores cálidos, con molduras y carpintería de madera cuando hablamos nada más y nada menos que de la morada de míster modernidad.
—Gracias.
Prusia tomó asiento en el sofá, cruzó las piernas y tiró su espalda hacia atrás. Entrelazando las manos detrás de su nuca.
—Y bien…
—¿Y bien qué?
—¿No vas a contarme que te ocurre? —insistió. Si bien en un principio pensó en esperar a que Alfred le confiese que rayos tenía en la cabeza por iniciativa propia, la paciencia no era precisamente una de sus virtudes. Además no era nada entretenido lidiar con un anfitrión meditabundo y distraído.
—¡Y tú cómo sabes que a mí me ocurre algo! —repuso, haciendo un mohín con los labios.
El europeo levantó una ceja y le sonrió de medio lado.
Los Estados Unidos puso toda su voluntad en sostener la intensa mirada rojiza, pero terminó fallando miserablemente. Arrastró los pies hasta el sillón más cercano y se dejó caer. Soltó un hondo suspiro.
—Hablé con Arthur esta mañana —empezó, llevando la vista al techo—. Debiste escucharlo Gilbert, no estaba conmovido en lo absoluto. Y luego comenzó a actuar como un padre…, entonces exploté y le dije un montón de cosas que no debí decirle. Me arrepiento tanto. —Alfred enderezó la cabeza, observándole directamente—. ¿Qué puedo hacer? Lo he estropeado todo.
Gilbert casi se arrepintió de su insistencia, el estadounidense lucía desolado. Era extraño verlo así. No recordaba haber detectado tristeza en su expresión nunca antes. Pero fue el brillo en sus ojos azules lo que finalmente le perturbó, el rubio estaba ahí, suplicándole con la mirada algo que no terminaba de comprender, desnudando su alma. De pronto se sintió el peor bastardo del mundo por pretender utilizar la desesperación del muchacho para conseguir su propósito egoísta.
—¡Dale tiempo Jones! Yo tardé años en aceptar mis sentimientos y Lutz todavía más tiempo, no es algo fácil de asimilar —confesó, intentando animarle.
—Llevo esperando siglos Gilbert. ¿Cuánto más crees que debo esperar? —preguntó en un susurro.
Y ahí iban los esfuerzos de Gilbert por ayudar a Los Estados Unidos. Sinceramente prefería al Alfred hiperactivo y ruidoso como el infierno, al hombre decaído y vulnerable que tenía frente a sí. ¡Diablos, que incluso le daban ganas de abrazarlo!
Al menos ahora sabía que no era el único en usar una máscara.
Suspiró sonoramente y se levantó de su asiento, cortando el ambiente de incomodidad que se había generado entre ambos. Enseguida caminó despacio hacia Alfred.
—Entonces… —Detuvo su andar cuando estuvieron frente a frente, le dedicó una sonrisa burlona—. El siempre optimista Estados Unidos no es inmune a la depresión. Lindo descubrimiento. No todo es felicidad en consumismolandia —soltó, cruzando los brazos a la altura de su pecho.
—¡Cállate! —exclamó. Hizo un puchero.
Prusia se carcajeó bajo la mirada ceñuda de Jones. El chico era un idealista, hiperactivo, sentimental, mojigato, ingenuo y ahora resulta que también irritable y depresivo. Inglaterra había hecho un gran trabajo educándolo. Seguro que sí.
—No te enojes conmigo Alfy —pidió con el tono más meloso que su voz pudo conseguir y le apretó suavemente una mejilla—. Va en serio Jones, levántate. Antes de venir compré algunas cosas para ti… Así que ya sabes, me debes gratitud eterna por invertir mi valioso tiempo en tu insignificante existencia. Soy tan misericordioso que deberían hacerme una estatua… Tal vez le plantee la idea a-
Alfred se paró de un salto, contentísimo, olvidando completamente que de hecho, estaba enfadado con Gilbert por ser un "malvado bastardo sarcástico".
—¡Regalos! ¿Para mí? —chilló entusiasmado, cortando el discurso egocéntrico del prusiano. Sus ojos azules abandonaron su tristeza para mostrar un brillo de ilusión. Gilbert se limitó a mirarle divertido: Confirmado, Alfred era un crío.
—Sí Jones. Re. Ga. Los —silabeó, caminó de vuelta al sillón donde había estado sentado y tomó las bolsas de compra. Inmediatamente después se las dio a Alfred—. Ten, échales un vistazo.
Un regalo alegra a las personas y Estados Unidos amaba los regalos, sobre todo cuando eran comics, videojuegos o comida. Sin embargo, por algún motivo estos lo ofendieron un poco. Parpadeó un par de veces, dentro de las bolsas había camisas, corbatas y hasta un par de ternos. Alfred sostuvo en su mano una bonita corbata azul, se quedó observándola, todavía sin creérselo.
—Es azul de Prusia. Pensé que sería el color perfecto, combina con tus ojos —acotó Gilbert con una sonrisa de oreja a oreja, guiñándole un ojo.
Absolutamente decepcionado, Alfred quitó la vista de su nueva corbata para enfocarse en la mirada carmín del germano.
—Gracias… Supongo.
—Falta uno. —Gilbert sacó una cajita del bolsillo interno de su saco y se la tendió al americano. Si la reacción del chico al ver en las bolsas había sido de extrañeza, este regalo fue la cereza del pastel.
—¿Lentes de contacto? —cuestionó incrédulo.
—Tienes un bonito color de ojos hombre…, nunca mejor que los míos pero tú entiendes. Un día sin esos lentes de fondo de botella no van a matarte. —Se alzó de hombros—. Usa uno de esos trajes y los lentes de contacto en la próxima conferencia mundial, si Kirkland no voltea a mirarte embobado entonces puedes ir pensando en suicidarte. La ropa es muy importante, ¿por qué crees que la gente no puede apartar sus ojos de mí?… Excluyendo mi belleza y personalidad atrayente, por supuesto.
Alfred rió sintiéndose esperanzado de repente.
—¿Porque eres un escandaloso? —bromeó.
—¡Y escuchen quién lo dice! —replicó, una sonrisa traviesa extendiéndose por los filos de sus labios.
Estados Unidos rió nuevamente.
—Me gustas más así —confesó Gilbert, feliz de tener de vuelta al estadounidense que conocía—. Tu risa es jodidamente molesta, pero aun así me encanta. Las personas que la escuchan pueden sentir tu energía. Es contagiosa.
—¿De verdad lo crees?
Jones esperó por la respuesta un tanto sonrojado. Prusia no acostumbraba hacerle cumplidos, claro, si es que a eso se le podía llamar cumplido.
—Sino no lo diría —declaró, para luego pasar un brazo alrededor de los hombros del chico—. Venga guapo, pidamos una pizza. ¡Y mucha cerveza que hoy estamos de fiesta joder!
—De casualidad se puede saber qué celebramos…
—Yo que sé. ¿El día internacional de los pollitos? ¿Nuestro segundo día de noviazgo falso? ¡A quién le importa! —canturreó.
Alfred sonrió radiante.
Después de la desastrosa conversación de la mañana había estado tan deprimido, se había encerrado en su habitación a pensar y repensar sobre su relación con Prusia, la mayoría del tiempo concordó en que todo aquello era un error. Que había sido un bobo impulsivo. Que Inglaterra era y seguiría siendo inalcanzable no importaba lo que hiciera… Sin embargo ahí estaba, sonriendo sinceramente con los ánimos renovados.
Él podía. Él podía. Y Gilbert le ayudaría.
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En su cuarto día en casa de Jones Gilbert aprendió una lección importante: No era buena idea ver una película de horror con Los Estados Unidos. No importaba que suplicara, llorara o hiciera un berrinche, aceptar no era una posibilidad. Porque si lo hacía terminaría como ahora.
Frunció el ceño y se removió en la cama, intentando quitarse de encima al chico.
—¡Podrías dejar de aplastarme Jones, pesas con un demonio! —chilló empujando al norteamericano lejos, a ver si terminaba cayéndose de una buena vez y descubría que no existen los putos fantasmas y si existen no están escondidos debajo de su puta cama.
—AHHH NO ME EMPUJES IDIOTA —gritó aterrorizado. Alfred se aferró a la espalda de Gilbert como si su vida dependiera de ello, olvidándose momentáneamente de la falta de ropa del germano.
Prusia suspiró por enésima vez esa noche. Habían visto una película de apariciones sobrenaturales y aburridos fantasmas de armario… Un poco más de la basura de siempre, empero eso había bastado para dejar al estadounidense en estado catatónico. Temblando, el estadounidense se pegó más a él, prácticamente escondiendo la cara en su pecho desnudo. A Gilbert todavía le resultaba difícil creer que esa era la misma persona que le ofreció la habitación de huéspedes más alejada a la suya y que evitaba mirarlo cuando se paseaba en calzoncillos por la sala. Estiró los brazos a ambos lados de su cuerpo, dándose por vencido: Esa noche sería la confortable —y hermosísima— almohada del crío.
Alfred alzó la vista tratando de ubicar los ojos rojos de Gilbert, estaba un tanto avergonzado, no solo estaba apretando a Prusia sino que probablemente le dejaría moratones en la piel pálida de lo fuerte que era su agarre. Lamentablemente para el europeo su vergüenza era ampliamente superada por el miedo que sentía… Igual era su culpa por intentar botarlo de la cama.
—O-oye Gil, puedes contarme una historia. No puedo dormir.
—¡QUÉ! ¿Pero quién diablos te crees que soy? ¿Una niñera? —farfulló exasperado. Eso era el colmo.
—Anda Gilbert, no seas malo. Anda, anda —pidió. Su voz sonaba animada, pero los temblores de su cuerpo eran absolutamente perceptibles debido a la cercanía que compartían.
—Olvídalo.
—Entonces cuéntame un poco de ti. ¿Cómo empezaste a salir con Ludwig? ¿Cómo te diste cuenta de lo que sentías? —le interrogó, Alfred apoyó su codo en el colchón y su mentón sobre la palma de su mano.
—Es una historia larga.
—Tengo toda la noche.
Gilbert arqueó una ceja y suspiró, nuevamente.
—Esto que siento no tuvo un inicio, fue más bien un proceso. No imaginé enamorarme de la nación que adopté como si fuera mi hermanito, sin embargo las circunstancias en que nos encontramos tal vez sí tuvieron que ver —comenzó—. Las relaciones entre naciones nunca han sido sencillas, menos en la época que Alemania apareció, las alianzas y las guerras eran tan variables que uno no sabía en qué momento tu peor enemigo podría convertirse en tu mejor aliado. Por eso procuré no necesitar de nadie. Me gobernaba solo. Pero entonces pusieron al niño ahí, al alcance de mi mano. Tan cerca.
—¿Es difícil criar a una nación? —interrumpió, hablando casi en susurros. Su propia experiencia con Inglaterra lo obligaba a hacer esa pregunta.
—Ni te imaginas cuánto.
—¿Te arrepientes de haber tenido una colonia? —Estados Unidos cambió de posición, recostando su cabeza en la almohada ya que su mano se había adormecido.
—Ludwig nunca fue mi colonia. No. JAMÁS —remarcó—. Y regresando a tu pregunta, por supuesto que no me arrepiento de haberlo cuidado mientras lo necesitó. Él representa todo lo bueno que hay en mí. Lo mejor.
Alfred dibujó en sus labios una sonrisa melancólica, que Gilbert no pudo apreciar porque tenía la vista enfocada en el techo blanco de la habitación.
—El siempre egocéntrico Prusia no solo se preocupa por sí mismo. Lindo descubrimiento —musitó, parodiando la frase que le habría dicho Gilbert el primer día.
—¿Intentando ser gracioso Jones?
—En realidad eso habla bien de ti. Estabas ahí para él pero no le pedias nada a cambio.
Apenas escuchó el comentario apagado del estadounidense, Gilbert inmediatamente comprendió el porqué de tanta pregunta. Negó con la cabeza.
—Si lo dices por tu relación con Inglaterra entonces olvídalo. No puedes juzgarlo Alfred.
—Yo quisiera tanto que nuestra relación sea como la suya… Te envidio tanto —le dijo en un hilo de voz. Alfred bostezó y acomodó su cabeza sobre la mullida almohada.
—No sabes lo que dices. Todos los días siento como si yo estuviera arrastrándolo a esto ¿sabes? Yo siempre lo quise más de lo que debía, siempre lo protegí… No puedo dejar de pensar que tal vez el auto aislamiento fue lo que provocó que yo me encariñara tanto, que abandonara mi alma. Que tal vez Ludwig no me ama, sino que yo le he enseñado a amarme. A necesitarme.
Luego de unos segundos el europeo dirigió su mirada a Alfred, la respiración era acompasada. Estaba dormido.
—Hijo de puta… ni siquiera escuchaste lo que dije. —Sonrió dulcemente cuando Alfred se acurrucó contra él. Y pensando en otro tiempo, en otra persona, llevó su mano a acariciar los cabellos dorados del chico.
"Estás siendo demasiado indulgente Gilbert. Demasiado."
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El día sábado Ludwig se levantó alrededor de las siete de la mañana. Como de costumbre llevó a los perros a dar un paseo al parque y volvió a casa por un baño, se cambió y preparó un desayuno: café, pan y huevos, con algo de salchicha y fruta. Lo de siempre.
Luego fue a sentarse en su sillón favorito para leer el diario. Hizo exactamente lo que hacía todos los días, pero la sensación de fastidio no desaparecía. Tiró la cabeza hacia atrás y apretó el puente de su nariz. ¡A quién diablos pretendía engañar, extrañaba a Gilbert! Lo extrañaba demasiado. Después del incidente en Los Estados Unidos su hermano lo estuvo evitando descaradamente, no quería hablarle y tampoco le contestaba las llamadas.
Llamaron a la puerta.
El alemán se levantó como activado por un resorte. Debía ser Gilbert, tenía que ser Gilbert. Nadie iría a visitarlo temprano por la mañana un sábado, ni siquiera Italia del Norte. Avanzó rápidamente hasta la puerta, giró la perilla y la abrió.
La tenue sonrisa que Ludwig traía en los labios desapareció, y solo Dios podía decir cuando demonios la esbozó porque no estaba en sus planes recibir a Prusia con una sonrisa. De cualquier forma no fue su hermano la persona que apareció tras la puerta.
Inglaterra tenía una expresión dura, sin embargo esta se suavizó al mirarle.
—Buen día Alemania —saludó cortés—. Discúlpame por la visita inesperada. Prusia no contesta mis llamadas y me preguntaba si se encuentra en casa.
—Él no se encuentra. Lo siento —informó.
Arthur soltó un bufido. Alemania no era culpable de su irritación, ¡pero maldita sea, cómo tenía ganas de aplastar algo!
—¿Sabes dónde está? ¿Francia, España? ¿Austria? —aventuró—. Me es indispensable hablarle, y si es en persona mejor. Te agradecería mucho si pudieras decirme su ubicación.
—De hecho Inglaterra, no tengo comunicación con él desde la última reunión en Washington. Debe seguir ahí, supongo —le comentó. El británico parecía necesitar con mucha urgencia la información, sin embargo eso no disminuía su fastidio por tener que explicarle asuntos personales.
Arthur apretó los puños, su rabia creciendo a niveles insospechados. Y estalló.
—No sé qué pretende el infeliz de Prusia acercándose a Alfred, ¡PERO MÁS VALE QUE LO DEJE EN PAZ! —gritó.
—Baja el volumen de tu voz Inglaterra, no estoy sordo. Además te prohíbo que insultes a Prusia en mi presencia —respondió, intentando ser civilizado y contando hasta diez en su cabeza.
—Insultos es lo menos que se merece. Sea lo que sea que quiera obtener de Los Estados Unidos no lo conseguirá. No mientras yo exista.
—Prusia no es más una nación. No necesita de Los Estados Unidos de América…, y no hay nada que tenga él que yo no pueda ofrecerle —agregó, más para convencerse a sí mismo que para persuadir al malhumorado inglés.
Arthur entornó los ojos. Mirándole furibundo.
—Espero que este no sea uno de tus planes macabros Alemania, porque si fuera así prometo que te vas a arrepentir. ¿Me oíste? —atacó, apretando los dientes.
—¡Ya fue suficiente! No permito que vengas a amenazarme en mi propia casa. Retírate por favor.
Inglaterra alzó su nariz respingada, hizo un aspaviento y pegó la media vuelta. Ofendidísimo.
Ludwig cerró la puerta despacio tras de sí, apoyó la espalda contra la hoja de madera y suspiró en el cansancio. "En qué problema te has metido hermano… Vuelve, vuelve ahora" pensó.
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Alfred metió la llave en la incisión y la hizo girar. El motor de su Mustang emitió un poderoso rugido y el auto comenzó a avanzar, antes de aumentar la velocidad activó el GPS que rápidamente empezó a trazar en su pantalla luminosa la ruta más corta hacia el aeropuerto internacional de Washington.
—Gracias por llevarme al aeropuerto Jones —Gilbert estaba sentado en el copiloto, medio distraído escribiendo un texto en el celular. Había evitado responder las llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos de Ludwig, pero creyó necesario avisarle de su arribo a Berlín. Tenían una conversación pendiente y lamentablemente era ineludible, así que no tenía sentido dilatar lo inevitable.
—Olvídalo Gil, es lo menos que podía hacer. Fue divertido alojarte en casa, hace mucho no tenía un rival de videojuegos decente. —Alfred rió entre dientes, su vista centrada en la autopista.
—¿Decente? —bufó—. Dejé que me ganaras porque no quería verte lloriqueando.
—¡Oh por favor! Pateé tu trasero virtual, admítelo.
Prusia gruño algo inentendible. Exhaló fuerte y apretó el botón de enviar del móvil. Después giró el cuello para mirar al chico a su lado, quien dividía su atención entre la carretera y el GPS.
—Jones probablemente no podamos vernos hasta el día de la reunión en Francia, sin embargo sería bueno que me hagas una visita a Berlín, al menos por un par de días.
—¿Y qué harás con Ludwig? —preguntó Alfred, esencialmente por curiosidad.
—Tú cumpliste con tu parte niño, ¿es que acaso dudas de mi fuerza de voluntad para cumplir con la mía? —provocó, le dedicó una falsa mirada de indignación.
—No es eso Gilbert. De cualquier manera te estaré llamando —articuló apresuradamente.
—¡Que novio posesivo eres Jones! —le dijo sonriente.
Los Estados Unidos no pudo evitar reír abiertamente.
—Y eso que apenas empezamos —comentó, siguiéndole el juego.
Gilbert bajó la ventanilla completamente. Sacó su estuche de cigarrillos y un encendedor del bolsillo de su chaqueta de cuero, enseguida encendió uno, dándole una honda calada. Sonrió y dejó reposar su espalda contra el respaldar del asiento. Cerró los ojos, el humo escapaba despacio por sus labios entreabiertos.
Alfred arrugó la nariz, un olor particular inundando sus fosas nasales. Dio una rápida mirada al lado y frunció el ceño.
—Apaga esa maldita droga. ¡Fumas demasiado! —exclamó, el reproche en su expresión se le antojó a Gilbert divertidísimo, botó intencionalmente el humo en dirección al estadounidense.
—Por Dios Jones, encima de virgen también eres un exagerado —Volvió a aspirar del pitillo.
—NO SOY VIRGEN. ¡Qué nunca hayas estado conmigo no quiere decir que no tenga experiencia!
—¿Es esa una indirecta Jones? Si tanto querías un polvo solo tenías que pedirlo kesesese. —Gilbert bajó un poco sus lentes oscuros, admirando con sus ojos carmín el creciente sonrojo en el rostro del chico. ¡Pft mojigato!
Alfred infló los mofletes.
—Creí que querías a Ludwig —espetó, esperando que con esa respuesta Gilbert dejara de burlarse y de insinuar cosas. Sobre todo si eran el tipo de cosas que lo hacían colorearse hasta las orejas.
Gilbert se alzó de hombros y desvió la mirada a la ventana.
—Él se acuesta con otra persona. ¿Por qué yo no puedo hacerlo? —soltó, con aparente indiferencia.
Siguió fumando su cigarro, esta vez enfocándose en las calles de Washington. Era tiempo de volver a Berlín y enfrentar a su hermano pequeño, y Gilbert no podía asegurar que tendría la suficiente fuerza de voluntad para no saltar a sus brazos apenas le viera.
Continuará
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Notas de la autora:
Lamento la falta de emoción en este capítulo D: creí necesario escribir sobre la interacción entre Gil y Alfred. Para el siguiente sí viene el encuentro de nuestros germanos favoritos. Millones de gracias por los comentarios, me animan a continuar. Los comentarios y sugerencias son siempre bien recibidos ;)
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Espero que hayan disfrutado la lectura, y el dibujo probablemente ya este junto con el sgte capítulo. La escena del baño salió por decisión unánime.
