Aquí está otro capítulo de la maestra Candy y su alumno consentido Albert… les prometo que esto se va a poner interesante. Me da mucha risa que han llamado a esta historia "la de Candy asaltacunas" o "la de Albert adolescente" jajaja. Pues sí… le lleva siete años a Bertie…
El capítulo anterior, Albert cometió una indiscreción y ahora debe explicar algunos de los secretos que guarda. Veamos qué sigue. Y por favor, sigan dejando sus comentarios!
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Albert se levantó de la mesa y dio un par de vueltas frente al ventanal del departamento, necesitaba unos momentos para pensar por dónde comenzar y, cada segundo que pasaba, la expectación de Candy crecía.
Al fin, Albert dejó caer los hombros y dijo:
-Ya antes te he contado que mis padres murieron cuando yo era un niño. También sabes que el Colegio Lakewood es un negocio familiar…
-No entiendo cómo eso está relacionado con lo que estamos hablando -dijo Candy poniéndose de pie y cruzando los brazos.
-Bien, pues… soy un Andrew, pero Archie, Stear y Anthony… no son realmente mis primos. Ellos tampoco lo saben… me conocen como el primo lejano que vino de Escocia, pero la verdad es que soy su tío.
-¿Su tío?
Candy, boquiabierta, fue hacia Albert para observarlo de cerca. La mirada clara y directa de Albert confirmó que hablaba la verdad.
-La Directora Elroy, no solo es… era mi tutora legal hasta hace unos meses. También es hermana de mi padre.
Candy se pasó una mano por la frente, contrariada.
-Albert, cada cosa que dices solo me confunde más y sigues sin contestar mi pregunta. ¿Cómo supiste que quería dejar Lakewood?
-No quiero aburrirte con los pormenores del derecho sucesorio, pero, el caso es que soy el socio mayoritario de Lakewood.
-¿Cómo dices? -Candy se echó un poco hacia atrás, como si el impacto de la noticia la hubiera empujado realmente.
-Aunque no planeo tomar el control del colegio hasta después de terminar la universidad, hace tiempo que soy parte del consejo directivo. Para ser precisos, desde que cumplí los dieciocho.
-Así fue que lo supiste…
-Sí.
-Y esa carta… donde el consejo me pedía reconsiderar mi decisión…
-Te la enviaron por petición mía.
-Albert…
Candy, más desconcertada cada vez, se abrazó el vientre con un brazo y con la otra mano se apretó el entrecejo.
Albert la tomó por los hombros y ella no se resistió.
-Yo sabía el verdadero motivo por el que querías irte y me parecía muy injusto que dejaras un trabajo que te gusta tanto… Cuando hablé a tu favor no dije ninguna mentira, si te fueras, sería un pérdida para el Colegio.
-Y para ti.
-Sí, también para mí -dijo él sin remordimiento-. Sé que no actué desinteresadamente, pero no podía dejar que te marcharas así como así. Debía intentar algo… y sabía que si te lo contaba todo en aquel momento, te marcharías sin dudarlo.
Candy soltó una risa irónica y dijo:
-Mira… yo tan preocupada de una relación desigual entre maestra y alumno… ¡Y resulta que eres mi jefe! Esto se complica cada vez más.
Albert levantó la barbilla de Candy con sus dedos y, con una expresión demasiado seria para alguien de dieciocho, le dijo:
-Candy, déjate de sarcasmos, por favor. Soy muy consciente de lo delicado de nuestra situación, pero ya hemos atravesado lo más difícil, ¿no te parece?
Candy se mordió un labio y luego, incapaz de resistirse más, se abrazó al torso de Albert.
-Quisiera pensar que es así, Albert, pero en verdad no lo sé. A cada paso que damos me doy cuenta de que cruzo un umbral que había prometido no atravesar.
-Y se siente bien, ¿no es cierto?
A Candy le fue imposible contradecirlo y solo guardó silencio. Sintió el abrazo de Albert reconfortarla de una manera inexplicable. Candy no tenía dudas de su amor por Albert. El que hubiera estado enamorada antes solo le servía como una confirmación de que lo que sentía por Albert no tenía punto de comparación y era más grande que ella misma. Y también tenía la certeza del amor de Albert por ella. Pero en medio de tanta maravilla, algo continuaba inquietándola y no sabía qué era.
Pronto quedarían libres del vínculo académico y bastaba que ella cambiara de trabajo para que también se disolviera el laboral. Albert se aferraba a este hecho y sentía su confianza crecer con cada día que los acercaba a la graduación.
-Candy, el resto de la semana tendremos que disimular. ¿Sabes lo difícil que es no quedarme mirándote toda la clase, lo que me cuesta no correr a abrazarte cuando nos cruzamos en los pasillos del colegio? No quiero perder nuestro tiempo juntos en preocuparnos por algo que está a punto de resolverse.
Albert, otra vez, tenía razón. A veces resultaba frustrante que él fuera tan juicioso, tan entendido de cosas como pocos hombres que Candy conocía. Esto mismo le daba algún consuelo, pues se daba cuenta de que se había enamorado de él por la viveza de su intelecto y la bondad de su corazón. Pero, ciertamente, su atractivo físico… jugaba una gran parte en este enredo.
Y, como en ese momento no hacía falta disimular, se abrazaron y besaron con ganas. Muchas semanas llevaban conteniéndose, evitando el peligro al guardar la distancia. La prudencia los había mantenido a salvo, pero también hacía que se desearan con más fuerza.
Sin saber muy bien cómo, acabaron recostados en el sofá. No se trataba de un juego de seducción. Era, simplemente, el curso natural del fuego interno que los unía.
Lo cierto era que ninguno quería detenerse, que ambos presentían el intenso placer que podrían compartir, que sus cuerpos se atraían con la fuerza de un electroimán, y las ropas eran un pretexto muy pequeño para mantenerlos separados, cuando las piernas ya estaban entrelazadas, las bocas unidas y las manos palpaban con urgencia todo cuanto podían.
Habrían acabado haciendo el amor ese mismo día, de no ser por la insistencia con la que alguien tocó a la puerta.
-No abras, Candy -le rogó Albert, mientras continuaba besándola con desesperación.
Estuvo a punto de convencerla, pero una voz chillante de mujer dio voces desde fuera del apartamento:
-¡Candy! ¡Candy, ya traje a Duquesita como quedamos!
Unos ladridos, igual o más chillones que la voz de la mujer, le recordaron a Candy el compromiso de cuidar a la perrita de su vecina ese domingo.
-¡Es mi vecina! -susurró Candy, mientras empujaba a Albert para que se levantara y le pedía que se escondiera.
Albert, todo excitación y desconcierto, corrió a esconderse en el baño.
Candy se arregló el cabello lo mejor que pudo y fue a abrir la puerta, para encontrarse cara a cara con la señora Carson, una mujer muy mayor, tan dulce como entrometida, que saludó efusivamente a Candy. Al poco tiempo, la Sra. Carson puso cara de espanto y dijo:
-Niña, me parece que tienes que ir al doctor.
-¿Por qué lo dice señora Carson?
-Tienes las mejillas rojas como manzanas y respiras dificultad. Creo que tienes fiebre.
La Sra. Carson alzó la mano con intención de tocarle la frente y Candy se hizo hacia atrás con brusquedad para esquivarla.
-No es nada de eso, es que… estaba moviendo un mueble pesado y me agité un poco por el esfuerzo -mintió Candy, sorprendida de la velocidad con que era capaz de soltar una patraña.
-Lo digo en serio…
-Déjeme a Duquesita -dijo Candy, prácticamente arrebatando la mascota de las manos de su dueña, con el fin de que su vecina se fuera lo más rápido posible.
Duquesita saltó de los brazos de Candy y corrió a ladrar a la puerta del baño. La sra. Carson preguntó a Duquesita qué le pasaba, mientras Candy le aseguraba que ella se encargaría, que podía irse ya para no llegar tarde y casi la empujó fuera del departamento.
Albert salió del baño y levantó a Duquesita en brazos para hacerle cariñitos. Duquesita también quedó rendida por los encantos de Albert y se acomodó en sus brazos como si lo conociera de toda la vida.
-¿Así que ahora soy un mueble pesado?
-¿De qué hablas, Albert?
-Pues parece que te agitó el esfuerzo de moverme, según escuché -dijo él con una sonrisa seductora.
-¡Oh, cállate! -dijo Candy y se cubrió la cara con las manos, muerta de la vergüenza.
