A la mañana siguiente chicle despertó esperando estar rodeada por aquel pálido brazo de un ángel. Pero no había nadie a su lado. Era una mañana fría, como aquel sentimiento que recorría su corazón al no haber encontrado nada más que la soledad al despertar.
Se dirigió a la mesa para prepararse el desayuno, pero ya estaba preparado y al lado había una nota con un letra algo ilegible en la que ponía su nombre:
"Querida Chicle, perdona que haya desaparecido sin decirte nada hoy, pero no tengo pensado ir a clase y no quiero encontrarme con nadie hoy. Así qué he decidido irme a pasear un rato. Por favor, no me busques. Besos, Marceline".
Eso la dejó sorprendida. Se sentó despacio en la silla y comenzó a mordisquear vagamente una de las varias tostadas que había allí. ¿Qué era lo que le podía suceder a Marceline? ¿Aquél día en el bar pudo ser el detonante de esto? No lo sabía. Y quizás la propia Marceline tampoco.
Se le hacía tarde, así qué cogió todos los libros y se puso en marcha hacia la facultad.
Los pasillos estaban repletos de gente medio dormida, prácticamente zombies. Algunos iban ya con el teléfono en la mano y otros simplemente rezaban para poder mantener los ojos abiertos más de cinco segundos seguidos. Al final consiguió salir de la residencia. Hacía frío y la mañana se presentaba con posibilidad de lluvia, pero debía asistir a las clases, pese a que le preocupaba dónde podría encontrarse Marceline. El timbre resonó, era hora de entrar y atender a las clases.
Le resultaba extraño encontrar aquel asiento a su lado vació, sin aquella chica pálida que siempre le sonréia al mirarla. La necesitaba, ella lo sabía. Y Marceline posiblemente también la necesitara a ella. Pero no se explicaba cómo podía haberla abandonado aquella mañana sin ni si quiera despedirse físicamente.
En nada se hizo la hora de salida, a Chicle se le había pasado la hora como si de un instante se tratase. No podía estar sin Marceline. Aquel baile le hizo sentir algo que no había sentido nunca por ninguna chica... Ni por ningún chico, puesto que ella pensaba que era hetero.
Ella sabía dónde se podía encontrar, era muy evidente. Si algo así podía haberle hecho desaparecer, también podría haberle hecho aparecer en otro lado. Así qué fue a la habitación a recoger lo que había dejado, se cambió y puso rumbo hacia el bar.
Estaba a escasos metros del bar, podía ver la fachada y el cartel colgante. Todo le venía a la mante: La forma en la que la miraba, cómo la cogió cuando bailaron, ese latir de corazón acelerado en el inminente beso... Así qué se dispuso a abrir la puerta, y cuándo se encontraba haciéndolo, estaba sonando aquella canción. Esa que le quitó la respiración y le dió el alma de Marceline. Y allí estaba ella, la chica blanca. Estaba en un rincón, con la espalda apoyada en el asiento y la cabeza echada hacia delante. Fue lentamente hacia ella, sin saber qué le iba a decir o qué le iba a hacer, pero sabía que algo iba a suceder.
Estaba postrada delante de ella, sin que se hubiese percatado, hasta que se aclaró la garganta y la saludó:
-Hola, Marcy
Ella levantó la cabeza y la miró algo seria.
-Oh, hola... ¿no te dije que no me buscases? -dijo en un tono serio-
-Mira, no sé lo que te pasará, pero me gustaría hablar lo que pasó ayer.. Y anoche.
-O sea... que estabas despierta, ¿no? -sonrío ella-
-Sí, estaba despierta y supe que te metiste en mi cama y me abrazaste...
-Ah, genial... Pues entonces no hay nada que hablar, ¿no?
-Sí lo hay -exclamó Chicle- No entiendo cómo has podido irte sin avisarme, sin siquiera darme los buenos días y sin venir a clase a entretenerme con tus estúpidas tonterías y tus estúpidas sonrisas...
Chicle comenzaba a dar señales de lo que era un inminente llanto. Marceline se levantó y se puso delante de ella, e intentó abrazarla, pero Chicle no quiso, dándose la vuelta.
-Chicle.. No me seas así, por favor... -puso sus manos sobre las caderas de la pelirrosada-
-Pero... Marceline, entonces, ¿por qué no te quedaste y huiste como una cobarde?
-No me atrevía...
-No te atrevías, ¿a qué? -dijo entre lágrimas-
-A esto...
Marceline cogió a Chicle por los mofletes, inclinó su cabeza y besó los labios de Chicle. Aquellos labios de color rosa, que parecían desprender un sabor a dulces fresas. Estaba muy nerviosa. El corazón le latía a mil y por lo que parecía, a Chicle también. Había conseguido lo que llevaba tiempo esperando: Un beso de esa chica. Ese ángel, se atrevería a decir. Puso fin al eterno beso y ambas se miraron, una con los ojos en grandes lágrimas y una amplia sonrisa y la otra exactamente igual. Ambas de felicidad. No era oficial, pero habían comenzado una relación.
