Albus Dumbledore
Dumbledore estaba impaciente.
Severus había partido hacía un rato al bosque de Dean, donde iba a colocar la espada de Godric para que Harry pudiese encontrarla. Lo sentía por el muchacho, porque no se podía dejar simplemente apoyada en un árbol. Pero confiaba en Harry, siempre lo había hecho.
A lo pocos minutos regresó Severus, que se acercó al fuego para calentarse las manos.
- ¿La has dejado allí?
- Así es –dijo con una torva sonrisa -. En un lago helado, debajo del hielo. Pero no se preocupe, se ve perfectamente desde la superficie: solo hay dos metros de profundidad.
Albus torció el gesto.
- La espada tiene que ser conseguida en la adversidad Severus, pero creo que te has vuelto a dejar llevar por el rencor que le tienes a James.
Snape no le hizo caso (al fin y al cabo era solo un lienzo, aunque fuese Albus Dumbledore) y se puso a pensar en Harry.
Pobre chico, nunca lo había tenido fácil. Ese año era el más peligroso de su vida, y aun le quedaban duras pruebas por afrontar antes de que llegase el momento de la verdad. Albus sabía que haría lo correcto, lo que se esperaba de él. Pero aun así sentía un deje de inquietud. Al fin y al cabo, Harry era un ser humano, excepcional, sí: pero humano al fin y al cabo.
Esperaba que comprendiese que siendo él el último horrocrux, debía dejarse morir para poder acabar con Voldemort. Parecía una paradoja, pero ya se lo explicaría después, cuando todo hubiese acabado. Sabía que era algo muy difícil de entender para un chico de dieciocho años, pero Harry no era un chico común. Desde pequeño había demostrado su valor y sabía (confiaba) en que ahora no le decepcionaría.
Ahora sí, por el bien de todos, esperaba que fuese así.
