Shaman king no es mío.


Dont forget me: Verano.


XXXX.


No está funcionando. Nada, de hecho, está funcionando. Lo confirma una semana después de que ha comenzado el verano, cuando ya han pasado nueve meses de saber que está enfermo y seis de meses de tratamiento con la quimioterapia, la cual no hace más que consumirlo como consumió todo su cabello y el color de su piel.

Tiene cita con su médico y las noticias no son buenas. Pero, ¡Já!, ¿cuándo las fueron? Todo ha sido una constante pesadilla por esos meses.

─Y, dígame, doctor, ¿cuánto tiempo me queda?

Ren estaba bromeando. Su médico no cambia la cara de seriedad y aprieta aún más los resultados entre sus manos.

Ren no llegará al próximo invierno.


XXXXI.


Él va a morir pronto. Es la tercera semana de verano y solo quedan cinco meses antes que el otoño comience, pero da igual porque Ren no llegará al invierno.

No ha visto a Horokeu en todo ese tiempo; no encuentra la valentía, ni la forma de encararlo, para recordarle quién es él o que se está muriendo. El dolor, a pesar de ser verano, parece que nunca deja de pesar y, últimamente, no le da tregua. Hace tiempo cambio las pastillas por las vacunas de morfina, pero parece que ellas también se burlan de él.

Ren extraña a Horokeu. Sabe que Horokeu no lo hace porque no tiene esa capacidad, pero él decide, en un último momento, dentro de su delirio febril, que quiere ser recordado. Así que idea un sistema para que el chico de los cabellos azules lo recuerde de la misma manera que tiene que recordar respirar o que tiene que recordar su propio nombre todos los días.


XXXXII.


Al otro día, cuando Horokeu abre los ojos en la mañana, su habitación está empapelada con papelitos rojos y mensajes escritos en ellos.

Desde ese momento, al despertar todas las mañanas, un muchacho de pelos azules debe recordar todos los días que se llama Horokeu; que tiene amnesia a corto plazo; y que tiene un vecino que se llama Ren.


XXXXIII.


Están entrando en el segundo mes de verano y todo pasa tan rápido que Ren no puede evitar sentirse completamente enfermo: por las malas, aprende a vivir con su dolor de cabeza, con su malhumor, con las fiebres nocturnas –que pasaron a ser todo el jodido día desde hace unas semanas-, y con sus vómitos cada vez que decide comer algo. Claro, si es que eso aún se puede considerarse como 'vivir'.

Lo único que Ren mantiene constante, y como prueba de que aún respira, son sus cigarrillos y Horokeu. Y sabe que a ambos los tiene a medias.

─No deberías fumar ─recrimina Horokeu, con una mueca.

Ren pone los ojos en blanco. Es lo mismo todos los malditos días. Quizá debería anotarlo en uno de los papelitos que hizo para Horokeu.

─Da igual, me estoy muriendo y mi tiempo ya se agotó; esto no va a empeorarlo.

Ren espera el sermón de siempre, ese que gasta todos los minutos que le quedan juntos antes de que el sol descienda por el horizonte y ellos lo observen desde el balcón. Puede ser insignificante, pero para Ren y Horokeu es el atardecer que anuncia un día menos de vida para uno y el vacío de los nuevos recuerdos adquiridos para el otro.

Ese atardecer, algo cambia entre ellos. Ren no lo percibe al principio, pues sus labios están tan maltratados que perdieron la sensibilidad hace algunos meses, pero conforme el calor persiste, él finalmente se da cuenta de que Horokeu lo está besando.

Ren siente que el atardecer acaba de adquirir un nuevo significado.


XXXXIV.


El chico de ojos negros despierta al otro día y hay un ligero cambio en lo que tiene que recordar todas las mañanas.

Su nombre es una; que tiene amnesia es otra; y que tiene un novio llamado a Ren es la que más le importa.


XXXXVI.


─¿Cuántos años tienes?

─¿Cuánto me das?

─No me hagas responder eso.

─¡Pervertido! ¡No estaba hablando de eso! ¡Deja de hacer gestos, Ren!

─Eres un ruidoso, ¿lo sabías? Vamos, dime tu edad, oh, gran pitufo azul.

─Obviaré eso por tu bien. Según mi documento, tengo veinticuatro años, pero todos los días me despierto pensando que tengo veinte. Es realmente frustrante cuando me doy cuenta de que no.

─Bienvenido al mundo real, donde todo el mundo es viejo, Peter Pan.

─Hey, ¿cuántos años tienes tú?

─No importa. Cuéntame lo que recuerdas antes del accidente.

─Oh, no mucho. Recuerdo que le hablaba a mi madre y después, ¡pum! Un camión barriendo el camino con nosotros dentro del auto. Ella murió; yo viví, pero a un alto precio.

─Estás vivo. Eso es todo lo que importa.

─No me siento vivo en las mañanas, cada vez que me olvido de que existes.

─Solo es un momento hasta que lees las notas, chico cursi.

─Sí, lo sé. Pero en esos momentos, ¿no crees que así se siente morir? Ya sabes, si no te recuerdan, ¿no es que ya estás muerto?

Ren no tiene respuestas para ello.


XXXXVII.


Ren entiende que él muere para Horokeu todos los días, observando cómo se oculta el sol naranja por un día más, dejando que el cigarrillo sin prender cuelgue en su boca.


XXXXVIII.


Los papelitos rojos han desaparecido del cuarto de Horokeu. Él sigue su vida normal, no hay nada diferente.

Excepto un pequeño vacío en un lugar que no puede localizar.

Cuando se cruza con Ren más tarde ese día, Horokeu lo mira como si algo y Ren lo mira como si todo.


XXXXIL.


─Entonces, eres mi vecino.

─Soy mucho más también.

─¿Mucho más? ¿Es eso posible?

─Funcionó hasta ahora.

Horokeu está de acuerdo con eso, sonriendo incómodamente ante la mirada inquisitiva de Ren.

Los papelitos rojos no regresan a la habitación de Horokeu, pero él siente que falta algo todos los días.


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