NdelA: La Última Alianza, 2º parte de las batallas y final de la Segunda Edad. Si alguien ha leído algúna de mis otras historias de elfos aquí verá claramente una de ellas ;)

Al final del capítulo está el significado de las palabras élficas y/o algunas aclaraciones respecto a sitios/personajes, pero sentíos libres de preguntadme lo que sea.

Por cierto, una aclaración. Los elfos pueden hablar mentalmente entre sí con sus respectivas parejas, exceptuando a los Eldar que pueden hablar con cualquiera (Celeborn, Galadriel, Cirdan...)

NdelA2: Me he tomado un descanso tras concluir este capítulo que no sé cuánto durará -espero que no eternamente- De todos modos, espero que hayáis disfrutado con las batallitas del Silmarillion tanto como yo 0

Concerning Elves

Año 3441, Segunda Edad

El día que Ereinion previera en la funesta conversación que mantuvo con Celeborn llegó inexorablemente como todas las cosas llegan en el mundo.

No fue diferente a cualquiera que ya hubiera sucedido; amaneció nublado con el aire viciado que expulsaba el volcán y el tizne oscuro se pegaba a los cuerpos con la misma facilidad que de costumbre.

La única diferencia era que, aquella noche todo el campamento estaba en pie afinando sus armas y armaduras. Los grandes capitanes de la Última Alianza se habían reunido en la tienda de Gil Galad a repasar la estrategia a seguir. Todo tenía que estar perfectamente preparado y sin fallo el día de la última embestida al enemigo.

Ereinion y yo estaremos al frente, aquí - dijo Elendil señalando la posición en el mapa. Movió la mano a la derecha, sobre un montículo - Aquí estará Thranduil con sus arqueros, cubriéndonos desde atrás.

Detrás de nosotros estarán Elrond y Celeborn, - continuó Ereinion marcando los lugares- a la derecha irá Isildur y a la izquierda Círdan. No debemos dejar un hueco libre en la cuña.

El medio elfo suspiró ligeramente al sentir unos ojos helados en su persona. A veces, como en esos momentos, Celeborn le miraba con una frialdad que le dejaba bien claro lo que pensaba de él.

Desde aquella noche y tal y como presintiera, no había vuelto a hablarle a no ser que no tuviera más remedio y aún más, evitaba cruzarse con él. A pesar de dormir en la misma tienda, raras veces se veían y, si lo hacían, Celeborn no gastaba saliva; lo decía todo con un par de gestos.

En el fondo sabía que tenía motivos para estar enfadado con él, pues había contravenido su voluntad y lo que era más, se lo había ocultado… pero a veces tenía la sensación de que no se estaba comportando de acuerdo con su edad.

Por respeto a los Reyes, Elrond se abstuvo de hacer comentarios al respecto del emparejamiento que de seguro traería problemas, pero el elfo de Doriath tenía unos planes muy diferentes.

No estoy de acuerdo. Prefiero cambiar mi lugar con Círdan.

El consejo de guerra en pleno le miró, pero Celeborn no parecía tener intenciones de retractarse. El medio elfo sopló disgustado. El que no quisiera saber nada de él no era ni la mitad de molesto que el hecho de mostrarse tan poco cooperativo incluso en las cuestiones de guerra.

Ereinion miró a su amigo con las cejas arqueadas y cierta exasperación, pues no era la primera vez que le pedía cambiar los planes de batalla por el mismo motivo. Le había preguntado un par de veces, pero siempre le respondía con evasivas o medias tintas a sus cuestiones. Gil Galad frunció el ceño y se apoyó en la mesa.

No esta vez, Celeborn. Te quiero justo donde te he colocado - Le dijo en un tono que no admitía réplica. El elfo de Doriath asintió suavemente y se apartó un poco del mapa, sin volver a replicar en lo que quedó de reunión.

Cuando todos iban a partir a ultimar detalles con sus respectivas tropas, Ereinion les hizo detenerse.

Quedaos, vosotros dos - No hizo falta que especificara; todos se marcharon excepto los aludidos. Elrond se quedó junto al mapa, remiso a mirar al Rey. Celeborn, en cambio, tenía la cabeza bien alta y miraba fuera de la tienda de lona, a la oscuridad.

¿Podéis, después de un año, contarme cuál es el problema…? - Dijo arrastrando un poco las palabras con suave deje molesto.

Hasta que puse remedio, tuvo en su posesión algo que no le pertenece - Celeborn fue especialmente seco mientras miraba por la puerta de la tienda, y Elrond arqueó una ceja.

Lo tenía por expreso deseo de la dueña.

Ereinion miró al techo de lona de pronto, reprimiendo un suspiro. Por alguna razón se había imaginado más de una vez que el problema tuviera esta fuente, pero siempre había desechado el pensamiento por considerarlo fuera de lugar estando en guerra…. pero ahí estaban, sus mejores capitanes peleados por una elfa….

Creo que fui perfectamente claro cuando hablé contigo y que todo lo dije con buenas formas - El elfo plateado se volvió con un revolver de su capa, los ojos oscuros duros como las afiladas rocas de Mordor.

Perfectamente claro. Pero ella vino a mí y hubiera sido una ofensa si la hubiese despreciado como me habías pedido - Elrond a su vez le miraba con el gesto serio, intentando mantener la serenidad y el civismo de la conversación.

El Rey arqueó las cejas a la conversación en la que había sido totalmente olvidado, pero se amonestó mentalmente.

Conociéndoles como les conozco, no debería sorprenderme ya si esta es la primera vez que hablan en un año...

¿Ofensa? ¿Y cómo consideras esto, entonces?

Es ridículo que te sientas ofendido por mí porque ella haya elegido estar a mi lado - Se quejó el medioelfo, y para su asombro y el de Ereinion, Celeborn echó mano de su cimitarra.

Te tenía por amigo, y lo que has ofendido y traicionado ha sido mi confianza. El que portaras su joya al cuello empaña el honor de mi familia, y en Doriath sólo hay una forma de resarcir estos desmanes - El elfo de plata habló totalmente en serio, y con esto agotó la última paciencia que le quedaba al Rey.

Guarda tu arma y no vuelvas a desenvainarla contra Elrond o seré yo contra quien debas luchar, Celeborn - en los ojos claros de Gil Galad ardía la ira, así como en el tono tajante de sus palabras - No toleraré semejantes insensateces bajo mi mando y menos bajo mi tienda, de modo que habrás de encontrar otro modo de reconciliarte con mi heraldo.

Celeborn le miró altivo y orgulloso, y pareció por unos momentos que iba a cuestionar su autoridad pero, mientras la hoja de la cimitarra era envainada sin producir sonido alguno se escucharon fuera clamores de guerra.

Raudos salieron de la tienda de lona al exterior y no les cupo ninguna duda de que el sonido que captaban sus oídos eran cuernos orcos acercándose.

¿Van a atacarnos? ¿En el campamento? - Elrond estaba sorprendido, puesto que las criaturas de Mordor nunca habían demostrado osadía tal.

Gil Galad frunció hondo el ceño y se volvió, dándole la espalda a la horda de orcos que se acercaba desde el Monte del Destino.

No tenemos tiempo que perder. Llamad a filas a todos; No les dejaremos llegar hasta aquí.

¿Y el plan que se había trazado?

Lo pondremos en práctica de inmediato. Cuando hayamos machacado a estas sucias criaturas, cargaremos contra Sauron - Las palabras del Rey Noldor eran secas y tan duras como su gesto, y Celeborn se apartó de su paso cuando quiso volver a su tienda. El corazón se le encogió de pronto al notar las horas de vida de su amigo escurrírsele entre los dedos, y suspiró, pues se sentía mal por haberle hecho enfadar con sus problemas en un momento como aquél.

Miró al medioelfo, que tenía los ojos perdidos en el cielo siempre encapotado con esa expresión vacía que solía tener cuando veía algo que aún había de pasar, y una vez más se preguntó sobre la visión que tuvo en Imladris y que compartió con su esposa.

¿Habría visto la muerte de Ereinion...?

Agitó la cabeza al momento. Por su comportamiento era evidente que no... pero algo debía de haber intuido Galadriel para estar tan asustada con la guerra.

Recordó también la promesa que le hiciera a Gil Galad de permanecer junto a Elrond cuando él se hubiera marchado, y se mordió suavemente el labio al ponderar algo que no había tenido tiempo de pensar hasta el momento; Cuando terminara aquélla guerra, el medioelfo habría de ser el Rey de los Noldor...

Con un suspiro, Elrond volvió al presente después de volver a recordar pedazos de su visión y se sorprendió de que Celeborn aún estuviera allí a su lado. El elfo plateado estaba muy serio mirándole, pero no había rencor en sus ojos, sino reflexiones y preocupación.

Tenemos trabajo - Le dijo de pronto tras intercambiar miradas, volviéndose y marchando hacia las tiendas de las tropas.

Para cuando el moreno hubo llegado hasta donde se encontraban sus soldados, todos estaban ya fuera terminado de ajustarse las armaduras o limpiando sus armas, prestos para el combate.

¿Iremos a la batalla, señor? - Le preguntó Fereveldir, un arquero de Lórinand.

No lo sé, aunque es posible que todos salgamos a combatir. En poco tiempo tendremos noticias de Gil Galad...

Y efectivamente, no hubo de pasar mucho tiempo hasta que estuvieron las tropas de la Última Alianza en perfecta formación por escuadrones de dorado y plateado, con sus líderes frente a cada una y ambos Reyes en cabeza de todos ellos, marchando contra el enemigo.

Lólindir, que había quedado al mando del campamento tras la incorporación de Círdan en el lugar que debiera haber ocupado Anarion, se encomendó a los Valar en silencio pidiéndoles protección en su empresa. El clamor de los cuernos orcos se oía cada vez más cerca, pero el sonido de las armaduras de Hombres y Elfos lo amortiguaba.

De cuando en cuando alguno de los capitanes soltaba su grito de guerra que se extendía por el ejército como una ola, y el ánimo se les inflamaba pues tras aquella batalla acabaría el interminable conflicto y por fin podrían regresar a sus añorados hogares.

Gil Galad y Elendil detuvieron su marcha casi junto al final del llano de Gorgoroth y allí esperaron, entre pequeñas polvaredas de ceniza oscura, a que el enemigo estuviera al alcance.

Ereinion, apoyado en Aiglos, miraba al frente con la mayor calma del mundo. Los orcos venían hacia ellos, sus ojos amarillos inyectados en sangre, pero no le preocupaba lo mas mínimo. La batalla estaba claramente inclinada a su favor, y no les harían falta muchas horas de combate para hacer retroceder a los atacantes hasta las faldas del Orodruin, donde sabía empezaría la verdadera lucha por la Tierra Media.

Allí, a las puertas de Barad-dûr combatiría a todas las criaturas de Mordor y finalmente al mismísimo Sauron y, aunque él muriera como era su destino la Alianza vencería, pues había demasiado que perder.

¡Por la libertad de la Tierra Media! - Gritó el Rey Elendil, y todas las espadas se alzaron a un tiempo a la vez que sus dueños le coreaban.

A un grito de Gil Galad, las filas de arqueros dorados lanzaron sus largas flechas que no fallaban un blanco, y fueron repitiendo las andanadas en solitario hasta que los arqueros de Númenor tuvieron al enemigo a tiro. La lluvia de proyectiles fue tan intensa y causó tantas bajas que los orcos hubieron de cargar contra ellos para intentar romper sus filas o morir en el intento, pues serían fácilmente derrotados si continuaban con aquella táctica.

Los Reyes se colaron entre los guerreros de vanguardia y allí esperaron, las armas a punto, a que la muchedumbre oscura llegara a ellos. Los escudos por delante, las lanzas de la segunda fila en los resquicios y las afiladas cimitarras de los primeros guerreros despuntando en el cielo; todo se puso en movimiento en perfecto orden y en el momento preciso, destrozando a los orcos que habían sobrevivido a las flechas según llegaban.

Tras varias horas de combate encarnizado, los orcos se vieron obligados a retroceder tal y como habían previsto los Grandes de la Alianza, y fue así como Hombres y Elfos vieron de cerca la más grande fortaleza del mal, Barad-dûr, y el alto Monte del Destino que escupía fuego y cenizas.

El calor era insoportable allí, donde las cenizas caían sin parar sobre ellos y el suelo emanaba vapores venenosos del volcán, pero la Última Alianza estaba demasiado cerca de la victoria y no se dejó amilanar por las aún peores condiciones del terreno.

Los estandartes élficos se veían como las estrellas en aquella tierra oscura y desolada y Nársil brillaba en la mano de Elendil como Anor e Ithil. Aiglos en manos de Gil Galad era como la hoz de un segador; nadie podía resistirse al Alto Rey de los Noldor, y sus tropas lo sabían y los orcos le temían.

Las criaturas de Mordor fueron arrinconadas contra su propia casa y, acuciados por el miedo de verse contra las faldas de la torre de su Señor y cayendo sin cuartel ante la aplastante marea dorada y plateada se les transformó la desesperación en fiereza.

En la vanguardia la batalla se recrudeció hasta el punto de que ambos ejércitos parecieron confundirse en uno sólo pero multicolor, pues las armaduras de la Alianza brillaban y las capas les ondeaban como el mar y la hierba de la pradera. Desgraciadamente, el enemigo consiguió abrir brecha en los batallones de los elfos.

Celeborn intentaba rehacer sus líneas deshechas a gritos y golpes de cimitarra, lanzándose allí donde los orcos estaban masacrando a los suyos con una ferocidad nunca vista, y muchos de sus soldados intentaron encerrar al enemigo en un círculo donde poderles dar muerte. Glorfindel, que estaba al frente de los soldados de Elrond, no podía apartarse de su tarea para ayudar, pero el medioelfo dispuso algunos de sus arqueros de forma que haciendo gala de su buena puntería pudieran ir acabando con aquellas sucias criaturas.

Tangado haid! Hado i philinn! - Gritaba, y cada vez una nueva andanada de flechas silbaba por el cielo oscuro hasta encontrar un blanco.

El frente lateral que compartían Glorfindel y Círdan entró en la batalla con un rugido de guerra, y Elrond mandó lanzar las flechas a lo lejos para intentar diezmar los refuerzos enemigos que pugnaban por abrir una segunda brecha justo delante de ellos.

Mientras tanto, Thranduil y sus arqueros así como un escuadrón de Gondor corrieron a posicionarse cerca del grupo que mandaba el elfo de Doriath, lanzando sus mortíferas flechas contra el enemigo protegidos por estrechas filas de espadas y lanzas bien forjadas.

De cuando en cuando, el medioelfo miraba la línea principal donde estaba Celeborn y una de las veces, a lo lejos, sus ojos de elfo vieron cumplida parte de su premonición cuando un hediondo orco con una grotesca cicatriz en el rostro clavaba su lanza en su brillante armadura plateada.

Celeborn se revolvió como un tigre albino y su cimitarra hizo rodar la cabeza de su atacante antes de caer de rodillas al polvoriento suelo de Mordor junto a los cadáveres de aquellos a los que había masacrado. Otro orco se lanzó contra él para rematarle, pero por fortuna consiguió ensartarle en su cimitarra mientras llegaba.

Los soldados cerraron filas en torno a él intentando protegerle de los enemigos pues, aunque el elfo de Doriath quería incorporarse para ver lo que sucedía y dar las órdenes pertinentes, le era imposible. Casi de hinojos, las manos se le crispaban sobre la templada ceniza sobre la que goteaba su sangre cada vez que respiraba, y las piernas apenas le respondían cuando quería moverse.

De pronto, en mitad de los cruentos combates, la Oscuridad se cernió sobre ellos, y Hombres, Elfos y Orcos detuvieron sus armas. La batalla se detuvo completamente, y se abrió en el campo de batalla un silencio de muerte y terror.

De pronto, las tropas de Mordor se abrieron a los lados desde la torre de Barad-dûr, creando un camino despejado por el que el Señor Oscuro Sauron se acercaba dispuesto a terminar la batalla de una vez por todas.

En la vanguardia del ejército de la Última Alianza corrió el miedo como arde la yesca, y sólo la voluntad férrea de sus dirigentes mantuvo a las filas unidas, ya que Sauron era en verdad era terrible de contemplar, pues su altura era casi dos veces la del guerrero más alto y su armadura era negra y puntiaguda como las torres de Barad-dûr. A través de los orificios de su yelmo se desprendía calor como pequeñas llamas, y en la zurda llevaba una gran maza de hierro negro que a los mayores recordaba al martillo de Morgoth.

Y allí, en el índice de su mano derecha, brillaba el Anillo Único.

Desde su posición, Elrond estaba demasiado lejos del combate como para siquiera intentar hacerle frente e inconscientemente, lo agradeció. Miró a su derecha, donde orcos y elfos estaban mezclados y, a pesar de que la razón le decía que no debía hacerlo el corazón le ordenó ir al lado de Celeborn, dejando a uno de los suyos al mando de los arqueros hasta su regreso.

Estuviese allí Sauron o el mismísimo Manwë, a pesar de sus diferencias y de su enfado no dejaría morir al padre de Celebrían si podía hacer algo por impedirlo.

Tras haber cruzado un gran trecho pasando entre soldados boquiabiertos, Elrond se agachó al lado del elfo de pelo plateado y le obligó a sentarse para poder ver su herida. La lanza aún se encontraba clavada en su estómago, y la sangre que la ropa no era capaz de absorber le escurría por el faldón plateado.

¿Qué haces... aquí..? Vuelve con... tu ejercito... inconsciente... - Le imprecó Celeborn agarrándole un brazo, y el medioelfo agitó la cabeza.

No voy a dejarte morir aquí, me da igual lo que pienses de mí - Le respondió muy serio desviando los ojos de los suyos para ponerlos en los afilados cantos que la lanza había practicado en la armadura.

Miró a su alrededor para cerciorarse de que no corrían peligro y tras asegurar el arma en la herida sujetándola, partió el asta con un seco chascar. Celeborn tembló por el dolor y, cuando un espasmo de tos le hizo escupir sangre por la boca, las manos de sanador de Elrond rodearon el asta partida sin tocarle.

De pronto llegó a ellos una fuerte onda de energía que amenazó con tirar al suelo a aquellos que estaban de pie y que, sin duda, había lanzado volando a los que habían estado cerca de su fuente.

El poder de la maza de Sauron había abierto entre ambos ejércitos un hueco considerable al golpear fuertemente su magia a las primeras filas de la Alianza, siendo Elendil y Gil Galad los únicos que se mantuvieron impasibles frente a él.

Ninguno de ellos dijo nada, sino que empuñando sus armas anduvieron al encuentro de su Némesis, sus pertrechos brillando si cabe más intensamente frente a aquella oscuridad corpórea. Nársil, forjada en Annuminas, resplandeció hiriendo los ojos del Señor Oscuro mientras Elendil ejecutaba con ella el saludo propio de los Numenóreanos al entrar en combate.

Apenas se oía nada en el terreno de la batalla que no fueran las explosiones del volcán y el tintineo de las armaduras de los tres combatientes, que se estudiaban mientras giraban, las armas dispuestas para lanzar el golpe que habría de ser fatal.

Los soldados de ambos bandos miraban expectantes, y no tuvieron que esperar demasiado pues ambos Reyes lanzaron un rápido ataque por dos frentes para cobrar ventaja de su superioridad numérica...

... pero no contaron con el poder del Anillo.

Elendil fue el cebo, atacando por delante con Nársil para dejar vía libre a Gil Galad y su Aiglos por un costado, y cuando la legendaria lanza del Rey Noldor se clavó en la negra armadura sin daño para su dueño y Elendil fue rechazado con un manotazo, la oscuridad se adueñó de los corazones de la Alianza.

Ereinion luchó por sacar su arma, pero Sauron le tomó por el cuello, abrasándole con el calor de su armadura, y le alzó en vilo hasta que pudo mirarle a las cuencas llameantes. El elfo miró a su muerte anunciada sin temor, como hicieron todos los Reyes antes que él, y no tuvo tiempo de pensar nada antes de que el calor del Señor Oscuro le consumiera totalmente en una llamarada.

Los soldados de la Alianza vieron caer, horrorizados, la corona dorada del Rey al suelo junto a sus cenizas, y los orcos rugieron deleitados cuando su Señor se arrancó a Aiglos y la tiró con desprecio al suelo.

Cuando Elendil se levantó, los ojos le brillaban de ira y rabia por el brutal asesinato de su amigo elfo. Miró a Sauron, que parecía sonreírse bajo el casco puntiagudo, y alzando a la brillante Nársil se lanzó contra Él con intención de hallar la victoria donde Ereinion había fracasado...

...pero nada podía acabar con el poder del Anillo.

Sauron hizo ondear su maza en el aire en el momento oportuno, alcanzando de lleno al Rey de Númenor e hiriéndole de muerte.

Y fue entonces, desvanecida ya toda esperanza cuando Isildur corrió junto a su padre caído dispuesto a vengarle o morir en el intento. Tomó a Nársil, descubriendo que la espada se le había roto a su padre bajo el cuerpo y, cuando el Señor Oscuro fue a levantarle en vilo de la misma manera que había hecho con Gil Galad, Isildur ondeó la Espada Rota y le cortó el dedo en que tenía el Anillo.

El mundo pareció encoger cuando una gran cantidad de fuerzas convergieron en la armadura negra, que parecía a punto de estallar. Elrond se levantó y sin creer lo que veía contempló, cubriéndose los ojos para soportar la explosión, la destrucción de Sauron.

Cuando la armadura cayó, vacía, junto a Isildur, el tiempo pareció descongelarse y los soldados retomaron las armas y siguieron sus escaramuzas, matando sin piedad a los orcos que trataban desesperadamente escapar de ellos. En medio de la confusión, y mientras el medioelfo ordenaba a dos guerreros que llevaran a Celeborn al campamento apareció Círdan, el rostro serio y los ojos afligidos de una profunda pena.

Elrond, necesito que vengas conmigo - Le dijo suavemente.

Elrond no lo dudó un segundo; se acercó al inconsciente Celeborn y tomó de su cuello lo que un año antes le arrebatara a él; el colgante de Celebrían. Momentos después acompañaba al Carpintero de Barcos allí donde se había librado el último combate, agravándosele el gesto al escuchar que Círdan y él debían subir al Orodruin para destruir el Anillo. ¿ Por qué ellos, si aquello era tarea del Rey?

Mientras marchaban vio, de lejos, el cuerpo inmóvil de Elendil junto a Isildur, y el alma se le encogió en el pecho y sus ojos empezaron a moverse entre las armaduras doradas, buscando, con ansiedad, la de Ereinion.

Isildur, aún con la espada rota de su padre en la mano, miraba estupefacto la negra armadura de Sauron que acababa de desplomarse a su lado con gran estruendo y humareda. La armadura estaba vacía, el espíritu del Señor Oscuro, dispersado al haberle separado de la fuente de su poder.

El Anillo prendido en el dedo opaco de la armadura atrajo la atención del Numenóreano. Los ojos claros se le empañaron unos segundos, y su mano lo aferró, haciéndose polvo el metal negro y quedando tan sólo el brillo dorado del Anillo en su guante, tan hermoso, tan cautivador que no podía apartar los ojos de él...

- ¡¡Isildur! ¡¡De prisa, ven!

El hombre alzó los ojos con un respingo y miró al par de elfos a su lado, cuyas elevadas estaturas estaban combadas por el dolor y la fatiga. La expresión del heraldo de Gil Galad era de ansiedad, y el ahora Rey de los Hombres pudo ver mientras se levantaba que sus ojos grises buscaban por la planicie casi con frenesí, evidentemente sin encontrar lo que buscaba.
Con un suspiro y tras mirar una última vez el cuerpo de su amado padre, Isildur se cuadró delante de ellos y pronto el trío emprendió una rápida escalada al ardoroso Monte del Destino.

Las palabras de los elfos para que Isildur mantuviera el ritmo sonaban poco amistosas y afectadas, como si aquello que fueran a hacer allí fuera de una importancia inconmensurable y le necesitaran irremediablemente. Entre los dientes llevaba a Nársil Quebrada, y pensó que quizás hubiera alguien más a quien derrotar en la cima, o que el mismo Sauron se hubiera escondido allí...

Con este pensamiento y su sangre guerrera corriendo en sus venas el alto hombre de Númenor escaló tan rápido como el que más la ladera del Orodruin hasta la cima abierta del volcán que el propio Sauron había utilizado de forja.
Arriba, entre los calores y vapores sofocantes, en una estrecha plataforma de piedra, Elrond le conminó a arrojar el Anillo.

- ¡Isildur! Arrójalo al fuego, ¡destrúyelo!

Por un momento Isildur le miró sorprendido, pues no reconocía en él al elfo tranquilo en cuyo hogar había dejado en custodia a su mujer e hijos, pero pronto otro pensamiento más fuerte, dorado y brillante se abrió camino hasta su mente con insistencia.

- ¿Arrojar el Anillo? He derrotado a Sauron, Medioelfo -dijo con gran arrogancia, mirándole con la cabeza bien alta- ¿Qué daño puede hacernos?

- El Anillo es el mal por sí mismo. Debe ser destruido, o Sauron regresará por él - Explicó Círdan pacientemente, la larga melena revuelta por los humos del volcán revoloteando a su alrededor.

- Tonterías -el rostro de Isildur se endureció, lo mismo que el agarre en la empuñadura de Nársil- el Anillo es mío ahora, me lo he ganado y lo conservaré como pago por las vidas de mi hermano y mi padre, y pasará de generación en generación por todos los Reyes de los Hombres.

- Isildur, ¡¡no seas necio! -le reconvino Elrond con un grito- ¡¡Arrójalo al fuego del que procede!

El hombre sonrió desdeñoso y apretó el Anillo en su puño contra su pecho antes de darles la espalda.

- ¡¡Isildur! - Elrond dio varios pasos hacia él, y el hombre de Númenor se giró alzando amenazante los restos de Nársil.

- Tendrás que matarme, Elrond Medioelfo, si quieres mi Anillo -dijo, y se lo mostró, dorado y reluciente en su palma. Los ojos grises de Elrond se clavaron en el aro que siseaba su nombre, llamándole, tentándole... y allí quedó inmóvil mientras Isildur cerraba el puño y se alejaba montaña abajo.

Elrond y Círdan bajaron del Orodruin sin mediar palabra, y allí vieron cómo los hombres se recogían ante la voz de mando de su señor, dispuestos a abandonar esa tierra maldita. Tampoco a ellos les dijeron nada, sino que siguieron andando parándose tan sólo cuando algún elfo reclamaba su ayuda.

- Maestro Círdan... ¡Elrond! -exclamó Glorfindel tomándole por los hombros- Cuando te perdí de vista temí por ti. Llegué a creer que también te habíamos perdido...

- Glorfindel, ¿dónde está Ereinion? - La voz del peredhel sonó seca y distante mientras miraba sin ver las tierras yermas tras el elfo, las escaramuzas que se sucedían sin cuartel entre sus tropas y los orcos que huían en desbandada.

El elfo de Gondolin le miró sorprendido, y tragó saliva de pronto. No podía ser...

- Mellon... - le llamó, apretando las manos en sus hombros mientras el alma le caía a los pies. ¿Tenía que ser él quien se lo dijera...? Miró a Círdan de soslayo y le vio asentir - Ven conmigo... - Suspiró, y desandando lo andado llegaron al lugar donde había tenido lugar la batalla.

Elrond estuvo en silencio todo el camino, perdido en sus pensamientos sin notar la desazón de su amigo hasta que se detuvieron.

- Apartad, por favor -Les pidió Círdan a los dos elfos que custodiaban los restos del Rey. Los ojos grises del medioelfo recorrieron el suelo de ceniza negruzca hasta dos pares de botas élficas para ver, tras ellas, un montoncito de cenizas y una corona dorada sucia de oscuro. A la derecha, la punta de Aiglos aún refulgía...

El Noldor quedó con los ojos abiertos en una expresión de horror y dio un paso para dejarse caer de rodillas junto a los restos como si le hubiera fulminado un rayo. Cogió la corona con dedos temblorosos y la apretó contra su pecho, dos largas lágrimas escurriendo por sus mejillas teñidas de oscuro.

- Es tuya, ahora... - Le dijo Círdan suavemente poniendo una mano sobre su hombro, comprendiendo perfectamente el dolor que le suponía el perderle.

- No la quiero... Nunca la quise, y menos así... - agitó la cabeza con un gemido - Elbereth, ¿por qué le has dejado morir en vano...?

- ¿En vano? - Glorfindel lanzó la pregunta y, aunque quedó en suspenso fue respondida por el súbito hundimiento de hombros de su señor y amigo.

- Elrond, debes ponerte al mando de los nuestros. Debemos reunirnos y abandonar estas tierras malditas, cuanto antes, mejor - Le dijo Círdan al escuchar el retumbar de las cornetas Gondorianas.

- No soy quien para realizar semejante tarea - Le respondió, cerrados los ojos.

- Eres el heraldo de Gil Galad, además de Supremo Rey de los Noldor y custodio de Vilya. Es a ti a quien ha de seguir nuestro pueblo - Dijo el mayor en un suspiro. Elrond agitó la cabeza cuando le recordó el Anillo de Zafiro que Galadriel tenía bien protegido en Imladris, la larga melena sucia y desgreñada ocultando parcialmente su rostro gacho.

- No soy digno de nada de eso... ¡Por Eru, Círdan! Todos estos años... ¡todas las muertes! ¡¡No ha servido de nada...! ¡¡Sauron volverá, y no quedará poder en la Tierra Media capaz de afrontarlo!

- Elrond...

- Nunca debiste confiar en un medioelfo para destruir el Anillo... - dijo casi con un sollozo cubriéndose el rostro con una mano- Maldita sea mi parte humana...

El Anillo no ha sido destruido... Glorfindel se quedó helado en el sitio tratando de hacerse a la idea mientras contemplaba a su amigo a sus pies. Círdan agitó suavemente la cabeza y le tendió una mano al moreno.

- Quizá no era ese tu destino, Elrond, y Eru tiene otra cosa en mente para ti, para todos nosotros. De todos modos, quizá el corazón de Isildur cambie y regrese a nosotros una vez más. Puede que no pase mucho tiempo antes de que volvamos a estas tierras oscuras, pero ahora levántate, y haz honor a tus padres siendo la luz que aleje al resto de nuestro linaje de aquí...

Durante unos segundos el señor de Imladris dudó, pero terminó tomándole la mano a su amigo para levantarse, cabizbajo, y recoger a Aiglos del suelo.

Círdan le cogió entonces la corona de las manos y, tras limpiarle la suciedad se la puso en el pelo. Elrond apretó los dientes mientras lo hacía, los ojos húmedos fijos en el cielo encapotado, sintiéndose el más miserable de los elfos que habían puesto el pie en aquella tierra de pesadilla, incapaz de encontrar consuelo ni siquiera en el colgante de Celebrían que, de nuevo, palpitaba en su pecho.

La primavera estaba muy avanzada cuando Thranduil, nuevo rey del Bosque Verde, regresó a su hogar, y los primeros días de verano se sucedían cuando dieron la voz en Imladris de que los soldados regresaban por fin.

A pesar de que no cabían en sí de gozo por un regreso que sabían era victorioso, la ansiedad de saber si sus seres queridos habían sobrevivido les carcomía.

Erestor dispuso a la ciudad escondida para recibir a los héroes que volvían de la batalla, preparando ropas limpias, habitaciones y un campamento de tiendas con todas las comodidades que pudieron. Además, planeó una fiesta para la noche donde servirían los mejores manjares y el mejor vino que hubiera en Imladris.

Entre tanto movimiento y frenesí, Galadriel aguardaba con calma el regreso de los soldados a pesar de que las últimas veces que había unido su fëa al de Celeborn había notado que había pena en su corazón. Su marido no había querido dejarla ver por qué, y la Dama Blanca temía que alguno de sus queridos amigos les hubiera abandonado.

Aunque en aquellos años había sido hecha partícipe del secreto de su niña no compartió sus pensamientos con ella para no alarmarla, pero sí comenzó a pensar cómo podría suavizar, si se diera el caso, la postura de su marido frente a Elrond.

Si Celebrían estaba segura de lo que quería, entonces ella no podría ningún impedimento a su compromiso, pues la misma Galadriel tenía al medioelfo cerca de su corazón. Aún a veces, cuando miraba las aguas del Bruinen discurrir veía el mar, amplio y sereno, y recordaba a Elrond y Elros jugando en las playas de Lindon mientras ella les cuidaba y les enseñaba por estar Ereinion y Celeborn siempre ocupados en cuestiones de guerra...

Por fin, cuando la tarde ya estaba cayendo llegó el momento que tanto habían esperado. Todos los habitantes de Rivendell se asomaron a los balcones, y muchos incluso formaron un pequeño paseo para verles entrar. Sonaron unas trompetas, y las armaduras sucias y abolladas, pero aún doradas, brillaron con los rayos de Anor.

Glorfindel portaba el estandarte de Gil Galad, su bandera heráldica azul con doce estrellas y un paso tras él marchaba Elrond, que miraba frente a él a ningún sitio en concreto, la capa azul ondeándole a cada paso y Anor sacando destellos a su corona y a Aiglos; allí por donde pasaba la enseña, los murmullos que pudieran haber se silenciaban de pronto.

Asumiendo los puestos de capitán de las tropas, Celeborn y Círdan marchaban detrás de ellos justo por delante de las filas de soldados cansados pero aliviados de estar, por fin, en casa.

Glorfindel se detuvo cerca del edificio principal y así lo hicieron todos los que andaban tras él. Al momento Elrond dio un paso adelante, el rostro serio y los ojos oscuros, y entonó una oda que se había compuesto en el viaje de vuelta.

Gil Galad was an Elven-king.
Of him the harpers sadly sing:
the last whose realm was fair and free
between the Mountains and the Sea.

His sword was long, his lance was keen,
his shining helm afar was seen;
the countless stars of heaven's field
were mirrored in his silver shield.

But long ago he rode away,
and where he dwelled none can say;
for into darkness fell his star
in Mordor, where the shadows are…

Muchos de los habitantes de Rivendell se lamentaron profundamente de la pérdida del ejemplar Ereinion, pues siempre había demostrado ser franco y bueno con todos aquellos con los que tuvo trato. Galadriel, desde una balconada blanca como el vestido que llevaba, cerró los ojos recordando a su amigo con profunda pena.

Sobre ti también ha caído la maldición de los Noldor... Pero cuán heroicas canciones cantarán sobre tus gestas y cuántas generaciones te recordarán...

Con un suave suspiro, Glorfindel miró a Elrond para indicarle que estaban esperando a que hablara y lo que habían estado temiendo Celeborn y Círdan desde que salieran de Mordor se hizo realidad frente a ellos; el medioelfo apretó la mano en el asta de Aiglos y echó a andar hacia el edificio principal.

Elrond sabía que debía contarle a su pueblo lo acontecido en la batalla, pero se le había hecho un nudo en el estómago tal que ni siquiera sabía cómo había sido capaz de terminar de cantar. Las miradas interrogantes le agobiaban, y algunos de los suyos parecían quererle traspasar el alma con los ojos claros.

En su caminar vio que Erestor balanceaba su peso de una pierna a otra, visiblemente nervioso y afectado, y no pudo escapar de los ojos tristes y profundos de Galadriel.

No puedes escapar de tu destino, Elrond...

El medioelfo apretó el paso queriendo alejarse de ella lo más posible y se quitó la corona del pelo, deseando por encima de todo estar solo en su estudio, con sus libros, lejos de todos, apartado de los recuerdos y sobre todo, de su fracaso.

- No soy Rey, ni lo seré nunca - Dijo con amargura, y con saña tiró la corona dorada al suelo sin siquiera volverse a ver las reacciones de la gente.

En primera fila, junto a la puerta, estaba Celebrían, quien no podía creer lo que veía. Cuando pensaba que iba a pasar de largo, Elrond se detuvo junto a ella, partió la cadena que colgaba de su cuello y le puso la joya en la mano.

- Te lo devuelvo - Fue lo único que dijo antes de pasar bajo la entrada que tan hermosamente habían tallado los Noldor de Ost-In-Edhil...

Anor : Sol
Ithil: Luna
Peredhel: Medioelfo
Tangado haid: Mantened las posiciones!
Hado i philinn: Soltad las flechas!
Morgoth: Nombre élfico del amo de Sauron, Melkor el Vala, que se oponía a Manwë Súlimo y el resto de los Valar. Cuando salía a luchar en la Primera Edad, llevaba siempre su gran Martillo Infernal con el que segó la vida de varios nobles elfos, entre ellos, el 1º Rey Noldor, Fingolfin.
Mellon: Amigo
Elbereth: La Dama de las Estrellas, nombre que le dan los elfos a Varda, la esposa de Manwë
Fëa: Espíritu

"...la espada se le había quebrado debajo del cuerpo...": Eso fue lo que le pasó a Nársil en el libro... ;)


Fin de la 2º Edad...