Hoy faltan 358 días para que el documento de la primera parte de esta historia sea borrado :'D es una coincidencia graciosa.
Ahora no, ahora faltarán menos XD
Dios cómo me está costando escribir este maldito capítulo... Siento mucho si sentís que la historia se alarga, y va despacio. No me estoy desviando en absoluto del hilo, todos los hechos que ocurren ahora tienen sus consecuencias más adelante, en cuanto al desarrollo de los personajes... Todo lo que hago aquí tiene su relevancia en esta historia, más adelante. Todo llega a su debido tiempo, babys.
Dios cómo me afecta pasar el día encerrado en mi habitación. Mis palabras son el reflejo de mi alma, que asco doy.
Ya saben, si quieren dejen sus comentarios, o no iokse no les obligo XD idk, total tampoco me leen muchos U.U
Siento que lo "bueno" y épico de esta historia no ha comenzado aún... Jo, planteo demasiado a los personajes, pero por otro lado estoy aterrado de que mis palabras se queden cortas para explicarlo todo. Un personaje es como un ser humano: no podemos tratarlo como una mata de pelo y un par de ojos bonitos. Tienen más, mucho más. Y quiero ver crecer a estos personajes. Quiero ver a Sora enfrentarse a todo lo que siempre ha sido, quiero ver a Riku cambiar su manera de ver el mundo y salir de la PUTA LOCURA QUE SE MONTA EN SU CABEZA PORQUE MADREMIA EL CHAVAL ESTÁ IDÍSIMO, y quiero ver a Kairi... Bueno... ya que en la historia original no se le da tanta importancia, quiero verla tener complejos, y crecer por encima de ellos. Bueno, los tres chicos tienen sus complejos y sus mierdas, igual que todos nosotros, vamos.
Por cierto, según la madre de mi novio, mis padres no me hacen caso. Y tiene razón, tristemente. Quería explotar por aquí que nadie me conoce, aunque os de puto igual mi vida personal, en la que no me voy a meter más jajajaja. Que tengáis un buen día *Corazón corazón corazón*
◊Vanitas◊
DISCLAIMERS, IMPORTANTES AS FUCK!
◊ Esta historia es una ADAPTACIÓN de los sucesos acontecidos durante el primer juego de la saga de Kingdom Hearts y algunos guiños a Birth By Sleep. Obviamente sus personajes no me pertenecen, sin embargo, cambiarán algunas leyes de su universo y el físico de algunos personajes con tal de traer una experiencia algo más realista. También introduciré lo que en gaming son llamados NPCs, algunos con algo de relevancia en la trama, pero siguen siendo personajes DE FONDO.
◊ La siguiente historia contiene descripciones de VIOLENCIA GRÁFICA y TEMAS SUGESTIVOS, por lo tanto, si no eres muy fan de ello te recomiendo cerrar esta página e irte a buscar tu preciado "Soft Lemon Escolar con final feliz" a otra parte. Sin ofender, a mí también me gustan esas historias de vez en cuando. Pero este no es el caso :(
◊ También se manejarán temas no aptos para un público sensible, no solo hablamos de sufrimiento y violencia física. Ruego discreción.
◊ Por los jajas que se me otorgan como autor de este fic he de añadir que cambio la relación canónica del juego entre Sora y Kairi. Aquí el crush es entre Riku y Sora, sin embargo, me niego también a desaprovechar un buen personaje femenino: Kairi tiene su debida relevancia en la trama aquí.
◊ La trama tampoco girará en torno al romance entre estos dos personajes. Se explorarán sus dudas y motivos, pero todo esto forma parte de una historia, unos personajes y el desarrollo de estos y sus respectivas relaciones. Sin embargo, el romance entre estos dos afecta a la trama progresivamente.
◊¿Te gusta Juego de Tronos? ¿El Señor de los Anillos? ¿La Catedral del Mar? Este fic es para tí. No es Épica Medieval, ni Hiperrealismo Histórico. Es una historia de aventuras, que mezcla la fantasía de Disney con el realismo del mundo en el que vivimos.
Kairi había pasado toda su mañana ordenando su habitación pese a ser consciente de lo inútil que resultaba este gesto a aquellas horas de la mañana. Que si sujetador por el suelo, calcetines sucios sobre la cama, envolturas de chicle sobre su escritorio y ropa sobre la silla; el mover un poco todo aquello y colocarlo en su sitio hacía que todo el ambiente de su habitación se viese bastante mejor. Eso sí, no quería hacer su cama; era una pequeña manía suya, la de preferir dejarla tal cual, y sacudir las sábanas antes de irse a dormir. Kairi no era una chica ordenada y pulcra, y ese era su pequeño secreto. De apariencia delicada, y de mente prodigiosa; la chica se veía como alguien muy maduro para su edad. Kairi sabía resolver prácticamente cualquier situación en la que ella o sus amigos se encontrasen. Tanto Riku como Sora solían acudir a ella, juntos o por separado, cada vez que discutían o se encontraban ante algún dilema de los suyos. Sin embargo, la chica cuyos cabellos se asemejaban a una rosa había comenzado a sospechar de que las cosas entre ellos tres no iban tan bien como antes, ya que tanto Riku como Sora actuaban bajo los síntomas de enfrentarse a un dilema, o a varios, pero ninguno de ellos acudía en su ayuda, ni partía en busca de su consejo. Mientras ordenaba un poco el caos que se había cocido hacía días en su habitación, se planteaba el ir directamente a la isla Perhea, con tal de continuar ella misma la balsa, ya que no había visto a los chicos con demasiada intención de seguir, pese a lo que decían y las ganas que ponían. No, ponerle ganas no era suficiente si no ponían esfuerzo, y Kairi había vivido esforzándose siempre. Desayunó rápido, poniéndose ropa cómoda para salir a jugar. Saludó a una sola de sus madres, quien estaba en casa, y salió guardando tentempiés y agua en la mochila. En un abrir y cerrar de ojos se encontraba remando y rompiendo las olas con la proa de su barca a su paso.
En el mar ella sentía poder con todo, por aquel motivo siempre que zarpaban ella era la capitana. Y no le faltaba razón. Sentía conocer el mar como la palma de su mano, pese a ser un desierto de aguas profundas y llenas de peligros. Si Kairi iba a bordo, el barco jamás se hundiría. De los tres amigos, ella era quien mejor se movía en las bastas aguas, siendo una gran nadadora, y siendo capaz de incluso capturar pescados solamente con el uso de sus manos y algo de comida. A demás, sabía orientarse tanto de día como de noche, sin usar un mapa siquiera, tenía tan buena memoria visual que con una sola ojeada podía memorizar y calcular las coordenadas de cualquiera de sus destinos. Sin embargo, aquello no le había hecho gran falta durante sus cortos años de vida, ya que no le costaba ni media hora llegar a la más pequeña de las islas que formaban aquel archipiélago, siendo que podía verla tranquilamente desde la ventana de su habitación. Mientras surcaba las aguas se mentalizaba de lo mucho que haría falta ser una capitana de verdad en cuanto decidiesen zarpar los tres chicos, dando un pequeño rodeo y tomando corrientes un poco más fuertes a propósito, con tal de aprovechar su tiempo a solas y ordenar su mente.
Cuando llegó a la playa, en su cara se dibujó una sorpresa al encontrarse a sus dos mejores amigos durmiendo abrazados. Por algún motivo le pareció adorable, sobre todo conociendo bien a Riku, y siendo muy predecible todo lo que este pensaba sobre su amigo castaño. Tras dudar un rato, la chica decidió despertarlos por varios motivos: dormían bajo el sol de verano, hacía demasiado calor como para estar tan apegados, y por último, con tal de sacar unas risas avergonzando a aquellos dos "tortolitos". Se decantó por despertarles con dulzura; no se merecían un cubo de gua y arena mojada enganchada por toda la ropa, pese a haberla dejado plantada aquella noche, entendía hasta cierto punto que necesitasen tiempo a solas. Ambos chicos habían pasado su vida juntos, era normal que también quisiesen pasar un rato ellos dos, pero la chica no se esperaba aquello. No estaba celosa, ni enfadada de forma alguna; estaba bastante feliz, aunque algo decepcionada ahora que sabía qué era lo que había hecho a Riku comportarse de una forma tan extraña con ellos aquellos últimos meses.
—Chicos... Buenos días, "tortolitos". ¿A caso vuestros ahorros no os daban para el hotel? —Bromeó, agachándose y apretándoles ligeramente el hombro, con tal de despertarles. El primero en abrir los ojos fue Sora, quien no entendía nada de lo que ocurría.
—¿Quién...? —Preguntó este, vagamente levantando la cabeza del hombro de su amigo. El chico de fregó los ojos, mirando a su alrededor y finalmente despertando, al darse cuenta de dónde, cómo y con quién había dormido aquella noche; recordando vagamente todo lo ocurrido.
—Vosotros, que os habéis venido a la isla sin mí, y ahora veo que los motivos eran más que obvios... —Kairi bromeó, moviendo la cabeza del castaño para acabar de desperezarle del todo, con tal de que reaccionase. Ante el movimiento, el chico albino comenzó también a abrir los ojos, con un pequeño bostezo. —También va por tí, "rubio".
Ahora ambos chicos se encontraban confusos, comenzando a enderezarse cubriendo el sol que les venía de cara con las manos, mientras intentaban comprender tres hechos:
— ¿Kairi...? ¿Qué demonios haces aquí?
—¿Por qué lo de "tortolitos"?
— ¿Por qué nos has despertado si estábamos tan bien...?
La primera y la última pregunta, como podría adivinarse conociendo muy bien al chico, las hizo el albino, Riku; mientras que la segunda, vino por parte de Sora, quien era distraído pero quería ser también disimulado, intentando guardar apariencias frente a su amiga fingiendo que no sabía nada de lo que había pasado aquella noche. Ambos chicos estaban algo avergonzados, siendo que la única diferencia entre el uno y el otro era que Riku estaba más bien molesto al haber sido arrancado de la utopía onírica en la que se había envuelto aquella noche junto a su mejor amigo. Ambos chicos estaban también confusos, pero otra vez, la diferencia entre uno y otro, era que Riku no quería dudar de la veracidad de la situación que había vivido hacía unas horas; mientras que Sora aún quería dudar de si aquel beso entre su mejor amigo y él no había sido un simple accidente, producto del estado de vigía en el que ambos se habían encontrado la noche anterior.
Con las miradas que se dirigían, sus caras y lenguaje corporal, cada uno de sus gestos, como iban separándose poco a poco, como si no quisiesen soltarse; como un libro abierto, Kairi fue capaz de leer todas sus reacciones, comprendiendo la situación al instante. Ya tenía una base, pero ahora le quedaba imaginar todas las situaciones posibles que pudiesen haberlos llevado a aquel desenlace. Kairi sabía que aquella relación no venía de antes, por la mirada dubitativa de Sora podía entender que había pasado algo no demasiado gordo como para ser oficial: no había habido confesión; tal vez una serie de gestos bonitos que desencadenasen en algo más, Riku había tapado a Sora con su chaqueta, ya que ésta se veía mejor colocada sobre los hombros del chico castaño, que sobre el de la melena de plata, a quien no llegaba a cubrir la espalda. Por la mirada de Riku, quien se veía claramente molesto con ella, podía concluir que él había dado el primer paso, que aquello había sido plan suyo, que Sora dudaba y prácticamente no tenía nada que ver. Entonces tenía el por qué del comportamiento de su amigo mayor, sin embargo, y por la mirada perdida del chico de su edad, entendía que Sora escondía otra duda, que no era amorosa en lo más mínimo; ¿probablemente una preocupación? Y no tenía que ver con su amigo, amante, o lo que fuese en aquel momento. Kairi estaba segura de que Riku había actuado raro con ella aquellos meses porque ahora no competía junto a Sora, sino por él. Pero quedaba por resolver el por qué de la actitud apática del otro joven en cuanto al viaje. ¿Es que a caso eran simples nervios?
Pasaron la tarde trabajando en su pequeño proyecto, entre algunos juegos y risas, alguna que otra carrera, alguna pelea de espadas con sus demás conocidos, quienes jugaban también en aquella isla y sabían guardar el secreto del viaje a los adultos; algunas bromas entre amigos, como si no hubiese ocurrido nada, cosa que hervía la sangre de cierto chico de melena blanca platino. Este seguía deseando ver una mirada azul como el cielo cruzarse con la suya, aunque fuese de forma furtiva; siempre que tuviese oportunidad buscaba la mirada de su mejor amigo, le miraba a los ojos, pese a no ser correspondida aquella mirada, le buscaba de forma cada vez menos tímida, haciendo que temiese lo peor. Y fue cuando Riku, el chico albino, el chico alto, el chico musculoso, el chico de una larga melena plateada, el chico más fuerte, querido, temido y deseado; sintió que uno de sus mayores miedos se hacía real. Aquel día, después de haber estado en el cielo y de haber creído tener toda su vida amorosa por fin resuelta, aquel día después de aquella noche, sintió como el jarrón de leche se rompía sobre su cabeza. Aquel día simplemente le sentó como una patada en la boca por parte de la persona a la que más había querido.
Pese a actuar con toda la naturalidad posible, aquel día bastó para que todo aquel tiempo que estuvo esperando a ser correspondido se le echase encima de golpe, como si su cuerpo hubiese cedido ante todo el peso de la confesión que cargaba. Aplastado sentía que aquel al que llamaba su mejor amigo, y sólo aquello, tenía ojos solo para la chica pelirroja, con quien sí cruzaba miradas. Demasiadas. Y empezó a recordar todas aquellas veces que el chico de cabellos castaños, su querido amigo de la infancia a quien no ocultaba nada ahora, le había mentido, diciendo que ella no le gustaba; aquella misma noche, por ejemplo, en la que no sólo le mintió, sino que a demás decidió jugar con sus sentimientos de la forma más cruel posible, haciéndole creer que tenía alguna posibilidad, todos aquellos años haciéndole creer aquello. Y no, ahora sólo tenía momentos y ojos para la chica. Y el chico más fuerte de la isla, comenzaba cada vez más a odiarlos. Todo un día comiéndose la cabeza y siendo aparentemente evitado fue más que suficiente como para detener a Kairi antes de entrar a su pequeño "lugar secreto" tras Sora, al ver que este se escapaba del trabajo.
—Tranquila, voy yo, si quieres. —La frenó Riku, con una sonrisa tan dulce como falsa. Kairi pareció dudar un momento, analizando aquella expresión. No quería ser una metomentodo, para nada. Así que finalmente le dejó escabullirse entre las rocas de aquella pequeña gruta llena de misterios.
"El lugar secreto", así era como llamaban los chicos a una gruta entre las piedras, la cual daba a una cueva bastante amplia. Aquel había sido el hogar de sus tiernas infancias, el mayor secreto guardado a cualquier adulto, una cueva conocida únicamente por Sora, Kairi y Riku, la cual aquellos tres chicos habían bautizado con dibujos en sus paredes; los cuales narraban todas las aventuras que habían vivido. Absolutamente todas. Y al fondo de aquella caverna, un hueco en el que nadie dibujaba: una misteriosa puerta de madera, sin cerradura ni pomo. Allí había estado siempre, y nadie había logrado abrirla. Imponía cierto respeto, pese a ser un objeto inanimado. Nadie más sabía de su existencia, y quienes conocían la cueva tenían altamente prohibido dibujar sobre ella; aunque hiciese años que hubieran perdido el interés en aquella cueva, ya que los chicos ahora no solían grabar sobre sus paredes rocosas sino que era más bien un santuario simbólico de su amistad. Pero fue una sorpresa ver una inconfundible melena castaña y despeinada de espaldas a la entrada, era Sora con una tiza blanca en la mano, pintando sobre la madera clara. Una estrella, con hojas sobre dos de sus puntas: una fruta paopu.
—Una paopu sobre la puerta sagrada... ¿No eres muy fan de las normas, verdad, Sora?—Comentó el chico quien acababa de entrar, sobresaltando al menor de ambos.
—No falta mucho para zarpar, y esta zona de la cueva siempre ha permanecido intacta. Tenía pendiente hacerlo. —Intentó justificarse Sora.— A demás... Es una paopu, por lo que dicen las leyendas. Si dos personas comparten una, sus destinos se verán interceptados por su magia...
—...Formarán parte en la vida de uno y otro, pase lo que pase.—Completó Riku, conociendo aquel cuento de memoria.— Es muy... Romántico. ¿No?
—Puede tener otras connotaciones. —Intentó justificar Sora, que había dejado de pintar y se había girado a ver a su amigo, quien andaba hacia él y se sentaba a su lado.
Riku no pudo evitar sentir un pinchazo en la boca del estómago tras oír aquella respuesta. Pero le dolió aún más el encontrarse por primera vez en muchas horas con aquellos ojos que reflejaban el cielo; estando estos llenos de dudas. Dolorosas dudas. Suspiró, ignorando completamente lo que pasaba por la cabeza de su amigo, sintiendo que ya no podía mirarle a los ojos. Tantas horas que llevaba queriendo hacerlo, ahora encontrándose cara a cara con la verdad: las dudas y la vergüenza dibujadas en los ojos de su mejor amigo. Aquella mirada le atravesaba el alma como una lanza envenenada. Riku tragó saliva, con la mirada en el suelo, se relamió los labios, pensativo.
—Riku... Lo siento.—Otra vez Sora se había vuelto a disculpar, por algo de lo que ni era culpable, algo que no había hecho ni había querido hacer jamás. La diferencia era, que ahora ni siquiera sabía por qué se disculpaba.
—Está bien... Estoy bien. —Mintió, otra vez, el contrario. Ambos estaban incómodos. ¿Era aquel el destino de su amistad? Sobre todo, porque ambos eran conscientes de lo que había pasado entre ellos dos, pero solo uno era consciente del todo de lo que sentía, mientras que el otro simplemente tenía preocupaciones que iban más allá de si estaba o no enamorado. —Sí, estoy... Bien.
—Llevas mucho tiempo... Actuando raro, con nosotros, conmigo... ¿Es por lo de zarpar?
—Sí, Sora, es por lo de zarpar. No tiene nada que ver con lo que pasó ayer entre nosotros.—Le cortó, siendo horriblemente directo y sarcástico. Ni siquiera planteaba usar una voz dulce como la que usaba su amigo. No podía evitar estar claramente molesto, y ya no sabía por qué. No había sido rechazado aún, Sora no le había dicho que no, pero su cabeza ya comenzaba a maquinar de nuevo, golpeándole desde dentro del cráneo.
—Riku... Lo de ayer...—Sora, por su parte, creía que Riku estaba molesto por lo que había ocurrido, y no por no haber seguido a delante con consecuencia del gesto.— Sólo fue...
—Un accidente, ¿verdad? Sí, también lo pensé. Pero no quería pensarlo, ¿Sabes? Eres consciente de ello. ¿No?
—No... No lo era. —Sora ahora se encontraba bastante perdido, desviando la mirada cada vez que la del contrario alcanzaba la suya, como había pasado toda la mañana haciendo de forma refleja; esquivándole.
Si tenían que aclarar algo, tenía que ser ahora. Si tenía que pasar algo, tenía que ser ahora. Pero esta vez no fue así.
—No... No deberíamos hablar esto ahora. No es buen momento, Riku. —Prosiguió Sora, que prefería evitar el confinamiento, notando cómo su amigo comenzaba a cambiar su tono de voz, de decepcionado a molesto. Viendo cómo estaba la situación, aquello era lo más maduro.— Pasado mañana tal vez zarpemos, necesitamos estar todos unidos, concentrarnos en...
—¿Y ahora pretendes hacer que nada ha pasado? —Ahora Riku alzaba más la voz, sobresaltando a su compañero.— ¿Qué mejor forma de emprender un viaje que estando juntos?
—Riku... Ya no sé ni qué dices, dejémoslo estar, ahora mismo no es el momento de aclarar nada.
—¡Y siempre me vas a decir eso, Sora! —Aquel grito retumbó en toda la caverna. El chico mayor se puso de pie, dejando clara su postura: no iba a marcharse.— "Hoy no, Riku, tengo que estudiar", "¿Y si llamamos a Kairi?", "¿Y si vamos los tres?", "Ahora no, Riku". Y siempre me dices lo mismo, Sora. Siempre. Nunca es un "buen momento" para mí. Nunca es "el momento".
—Riku, en serio, no entiendo nada. —Sora, al contrario, más que levantarse, se había empequeñecido ante sus gestos y el tono de su voz, encogiéndose contra la puerta de madera.— Cálmate, por favor...
—¡¿Cómo que me calme?! ¡Claro que entiendes las cosas, Sora! ¡Sabes perfectamente a qué me refiero! ¡¿Por qué sigues haciéndote el tonto?! —Riku parecía haber perdido los estribos, ahora gritándole y avanzando hacia él ferozmente. Ahora se dibujaba miedo en los ojos del castaño, al darse cuenta de que Riku sujetaba su espada de madera.— Ayer... Ayer tú y yo... Nos... Ya sabes. Nos besamos. —Pese a lo mucho que le había costado decirlo, lo había dicho desde el odio y la ira, lejos de sonrojarse u enternecerse por la escena vivida hacía horas, Riku se veía cada vez más molesto, y ahora levantaba aquel arma de juguete sobre su cabeza. —Ayer ocurrió. Y ahora haces como si nada... Esto me duele a mí, más que a ti.
La frialdad de sus palabras y lo inesperado de sus gestos no dieron al menor tiempo de reaccionar, ni de correr ni de defenderse siquiera. Dejando caer la tiza blanca al suelo, se cubrió la cara con ambos brazos tras recibir el primer golpe. Ahora sus mejillas comenzaban a llenarse de lágrimas, mientras se preguntaba el por qué del comportamiento de su mejor amigo. Era Riku, él le estaba haciendo daño, y por primera vez en años, Sora fue consciente de ello. Algo que jamás se habría cruzado por su mente. Su mejor amigo, golpeándole de verdad, a él. Su mejor amigo, dejando caer con todas sus fuerzas e intenciones, la espada de madera con la que habían jugado a pelear; un arma que ya no usaban como un juguete. Una pelea de enserio, ni siquiera pelea, una agresión. Y era por parte de la persona a la que más había apreciado al largo de los años. Golpe tras golpe, lejos de parar, la ira se intensificaba, y no habían brazos suficientes para cubrirse; el mayor ahora apuntaba a la cabeza. Entró en pánico al poco tiempo de empezar a recibir. No podía gritar, no se le ocurría hacerlo, sólo suplicaba que aquello parase; que su amigo parase. Pero golpe tras golpe la espada se hizo más pesada, comenzando a desgarrar la piel donde habían habido anteriormente hematomas. Ahora se disculpaba, pedía perdón por algún motivo que ni siquiera conocía, pedía perdón por algo de lo que ni siquiera era consciente; por cualquier cosa, con tal de que aquello parase. Pero su sangre se heló aún más al sentir que tiraban la espada lejos. Ahora un fuerte agarre apartaba sus brazos de la cara, y una mirada aguamarina parecía quemarle entero. Ahora notaba a su compañero encima suyo, inmovilizándole, dejándole indefenso. Sora levantó la mirada, esperando que su amigo estuviera más calmado, pero este gesto solo causó que el contrario perdiese por completo el control; dejando que el rencor, los celos, la ira, todo aquello que había sentido, tomase control sobre su cuerpo. Ahora había sido una mano la que le había atestado el golpe. Y en una lucha de forcejeos, el menor intentaba quitarse al otro chico de encima. Por razones más que obvias, esto último no fue posible, y un gesto de victoria comenzó a formarse en el rostro del chico albino, quién golpeaba ahora con todas sus fuerzas al chico que tenía debajo.
Ninguno de los dos podía creerse aquello que estaba ocurriendo, ni querían ni eran demasiado conscientes de aquello. Sora, porque ahora sólo pensaba en salir con vida; Riku, porque estaba perdido en descargar toda su ira en la persona a la que había amado durante años en secreto. Por algún motivo, Riku no parecía asustarse, ni sentirse mal mientras hacía aquello. Era como cuando jugaba a toquetear el brazo quemado del chico, al cual ahora golpeaba sin descanso alguno. Era casi como si estuviese jugando, y eso parecía asustar aún más al más joven de ambos, que a penas lograba divisar la horrible sonrisa de su mejor amigo, entre sus propias lágrimas y los golpes que este le atestaba.
Uno tras otro, los impactos sobre sus mejillas se iban intensificando, ya no era capaz de pensar en nada más que en el miedo de que algo le acabase ocurriendo tras aquello. Aún no había perdido el conocimiento cuando los golpes cesaron, y agradeció aquello, pese a que un fuerte latido retumbase dentro de su cabeza. Se encontraba muy mareado, ahora con los ojos cerrados y la cabeza ladeada, esperando a que aquello acabase, sin fuerzas para abrir los ojos y dirigir su mirada hacia el contrario, que aún se encontraba encima suyo. En la cueva, el frío del silencio entre ambos chicos se hizo abrumador, un frío interrumpido únicamente por los jadeos del chico de cabellos blancos, cuya horripilante sonrisa se le borraba completamente de la cara al mirar sus manos, manchadas con la sangre de su muy querido mejor amigo. Pero su corazón no dio un vuelco hasta que no oyó el silencio romperse por unos sollozos en voz baja, provenientes del chico que tenía abajo. Parecía que el pequeño no quisiese alzar la voz, intentando mantener el perfil bajo con tal de no llamar mucho más la atención del chico albino, con miedo de que éste siguiese torturándole físicamente. Riku simplemente estaba en shock. Oír aquellos sollozos no hicieron más que destrozarle por dentro, desgarrarle el alma, mientras su mirada, cada vez más nerviosa, se paseaba de sus manos al rostro de su amigo, cuyo pequeño cuerpo temblaba bajo suyo. No, definitivamente no le gustaba tener aquel poder, no le gustaba ser más fuerte. No era aquello lo que quería, y nunca lo fue. Pero sólo intentó convencerse de ello; pues recordaba con horror haber sonreído mientras golpeaba. Sin embargo, lo que logró destrozar por completo su corazón fue oír como aquella dulce vocecita, ahora desgarrada por sus propios sollozos, ahora ahogada en dolor y tristeza, aquella vocecita alegre que cuando reía sonaba como mil campanillas de plata; ahora le hablaba, pidiendo piedad, a él. Le estaba hablando, a él, estaba llorando, por él. A causa de él.
—Riku... Pa-para... P-perdón... Perdón... —Y es que la voz de Sora salía débil de entre sus cuerdas vocales, con pocas fuerzas tras haber recibido aquella golpiza. Aún le pedía perdón, por algo que desconocía, y algo que claramente no era culpa suya.
Riku ahora se encontraba horrorizado ante sus actos, ahora más que antes, al haber hecho tanto daño a un chico indefenso, a la persona a la que más había querido en toda su vida, a la persona a la que pensaba vivir besando, a la persona que siempre había permanecido a su lado, a su mejor amigo. Riku había hecho daño, con sus propios puños, a Sora. Y su estado de shock le prohibía volver a tocarle, notando cómo su contrario se estremecía aterrado bajo una caricia dada con la mejor intención posible. Riku ahora notó que un puñal de oro caliente perforaba su pecho, al levantarse poco a poco, de encima del otro chico, que yacía casi inconsciente en el suelo, aún sollozando. Un nudo de culpa en la garganta le impedía echarse a llorar y gritar preso del pánico con todas sus fuerzas; las cuales sentía que había dejado en agredir a su amigo de aquella forma. Apartó su mirada, llena de angustia, del rostro de su amigo, cubierto por sus cabellos castaños, pero se encontró con los murales llenos de recuerdos que habían pintado juntos, los tres, y... Los dos. Riku no quería obligarse a sí mismo a mirar su propia obra, negaba con la cabeza apretando los dientes, mientras las paredes de aquella caverna se hacían cada vez más pequeña, mientras dentro de su cabeza oía una frase que había visto repetida en muchas situaciones al largo de su vida: "Si no eres mía no serás de nadie". El frío le invadía al darse cuenta de que su obra era toda una monstruosidad, intentando aún negarse el haber hecho aquello, buscando la culpa de Sora por alguna parte, buscando la forma de justificar que su amigo merecía aquello. Sora estaba pidiéndole perdón... ¿No era así? Entonces parte de la culpa la tenía él. Sí, Riku seguía intentando convencerse a sí mismo de la forma más egoístamente posible de que no era culpable del todo. Sora tenía la culpa de no prestarle atención suficiente, de mirar a la chica a los ojos, de no corresponderle, de mentir sobre quién le gustaba, de no amarle, de haber aceptado el beso. Sí, Sora era culpable de todo ahora a sus ojos, pero aquello no estaba bien, aquello dejaba de estar bien en cuanto le oía llorar, en cuanto veía su bonito rostro ahora ensangrentado. Pero volvía a estarlo en cuanto levantaba la mirada, ahora fijándose en una pintada en concreto: los dibujos de Sora y kairi.
Aún recordaba rencorosamente ese día. En el que Sora había roto la promesa de mantener aquella cueva como un secreto entre ellos dos. Había ocurrido hacía unos ocho años, cuando Sora le mostró a Kairi, la chica que hacía no tantos años conocían, aquel pequeño santuario que ambos chicos habían construido con el paso de los años. Ahora habían más dibujos, había habido más vida dentro de aquel lugar; pero también había crecido en el chico mayor un ardor, una rabia, celos, el dolor de una traición; que le había provocado el darse cuenta de que ahora eran tres. Ellos tres. Y volvió a existir en él el miedo a perder a su amigo, no solo a perderle, sino más bien a que este ya no le necesitase. A que su amigo ya no necesitase su protección. Pero era muy tarde para que el chico albino se percatase de que realmente era él quien necesitaba a su amigo. Ahora sólo pensaba en todo lo que acababa de hacer, en todo el dolor que le había causado, y en cómo no se había parado a escuchar sus palabras y sus excusas. ¿Excusas por qué? ¿Por no quererle? Aquello dentro de su cabeza destrozada por el miedo tenía sentido.
El miedo a que su amigo no le necesitase más, un miedo que ocultaba su necesidad por tenerle a su lado; había creado en ellos dos la necesidad de tenerse mútuamente. Había creado en Sora la necesidad de sentirse protegido, de creerse débil y buscarle, de pedirle perdón por cosas de las que ni siquiera era consciente. Pero era Riku, quien en un intento de manipular se había arruinado a sí mismo por completo.
Aún con la mirada en aquel mural que habían hecho sus amigos sin él, apretó sus puños con tanta fuerza que notó sus tendones tensarse y su cabeza estallar de impotencia. Hasta que volvió a bajar la mirada, obligándose a sí mismo a ver lo que había hecho. Con sus propias manos. Abrió la boca para llamar a su compañero de vida, pero se vio incapaz de gesticular palabra alguna. En cambio, se acercó de nuevo a él, sentado a su lado, y buscó la forma de atesorarlo entre sus brazos. Al igual que la noche anterior, la tormenta que se formaba en su cabeza volvió a calmarse al notar el tacto del chico. Pero esta vez era diferente, todo el contexto entre ellos dos había cambiado por completo. Sora, por su parte, al notar que el tacto no pretendía ser agresivo, comenzó a calmarse, dejándose envolver en el calor de los brazos de su amigo. Ahora se encontraba apoyado en él, y levantaba débilmente sus brazos para devolverle el abrazo, llorando sobre su hombro mientras balbuceaba "lo siento... Perdón..." como siempre, siendo él quien se disculpaba.
Al salir de la cueva, agradecieron que Kairi no estuviese allí, porque al ver las pintas de Sora y las manchas en la ropa y en las manos de Riku relacionaría todo con velocidad. Cada uno se fue por su lado. Sora quería volver a su casa, agotado, adolorido y bastante triste. Mientras que Riku prefirió quedarse a ayudar a Kairi con la balsa. Antes de ir en su búsqueda se sumergió un rato en las aguas frescas y claras de aquella playa, dejando que las culpas se diluyesen como el rojo en el agua. Al otro extremo de la orilla, Sora se aclaraba la cara y mojaba las heridas, con tal de bajar la hinchazón, estremeciéndose del dolor que provocaba el agua salada. Riku dirigió su mirada a él, ahora siendo correspondido, por primera vez en todo el día, pero no era de la forma en la que el chico albino esperaba. No era para nada una mirada divertida, cariñosa, cómplice, u enamorada. Todo lo contrario, era una mirada vacía y asustada; como si Sora se hubiese forzado a sí mismo a mirarle de vuelta. Riku le sonrió, intentando aliviar su tensión, ¿pero cómo iba a corresponderle después de aquello? Y en efecto, Sora sólo volvió a mirar abajo, a las heridas que tenía que lavar, dirigiéndose directamente al muelle al acabar, como si tuviera prisa; como un cachorro que corre a esconderse con el rabo entre las patas. Al verle alejarse, la sonrisa de Riku se borra por completo, yendo directamente en busca de la chica, con la intención de acabar ellos la barca.
Mientras remaba, Sora se arrepentía de no haber vuelto a casa aquella noche, de haberse escapado con quien creía que era su mejor amigo. El mismo que le había metido una paliza hacía aproximadamente media hora, y el mismo con el que se había besado y dormido abrazado la noche anterior. Estaba tremendamente confuso, y se le hacía realmente complicado leer a Riku actuando así. No entendía nada, otra vez. Y de lo que realmente se arrepentía era, sobre todo, de no haber llevado consigo su pequeño reproductor de música y sus auriculares, con los que solía aislarse del mundo y de sí mismo cuando estaba completamente solo. Y es que poco a poco se había creado en él la necesidad de estar con alguien siempre, de sentirse protegido, porque se creía débil, y los gestos de su amigo se lo habían demostrado instantes antes. Pero Sora no era tan débil, simplemente no se había defendido, no había querido hacerlo, jamás querría hacerle daño a Riku; no disfrutaba con la idea en absoluto. Sin embargo, ahora lo que más deseaba era estar lejos de él, y aislarse en aquella música en la que solía sumergirse cada vez que el miedo le atacaba. Pero ya no tenía sus auriculares ni su música y ahora sólo se sentaba en silencio. Solo y en silencio. Aquello que jamás decía, el por qué hablaba aunque no tuviese nada que decir, aunque dijese tonterías y aunque quedase como un tonto delante de sus amigos; el por qué hablaba siempre que sus amigos hacían silencio, era el mismo motivo por el que usaba aquellos auriculares:para no dejar hablar a su propia mente. Pero ahora sólo se sentaba en silencio.
Acompañado por la melodía de las olas, se veía forzado a escucharse, a lidiar con sus propias emociones, con sus propios miedos. A llenar el vacío que dejaba la música que había comprado con sus propios pensamientos, intentando concentrarse en su respiración y el murmullo del mar para no escucharse. Pero a veces el silencio era violento, y cada vez le era más difícil esconder que su orgullo ya no estaba dentro sino cargado sobre sus hombros pequeños y quemados. Y es que al contrario que Kairi, frente al mar él sólo se sentía pequeño. Al igual que frente a su clase, frente a su pequeña familia, frente a sus amigos, frente a Riku, mientras le pegaba; sólo se sentía minúsculo. Sentía toda su piel gritar por todas aquellas magulladuras, mientras en su cabeza sólo se oían sus propias palabras, atravesándole como mil cuchillas de plata y destrozándole por dentro y fuera, mientras remaba aquellas heridas se abrían; pero remaba más rápido con tal de llegar a su casa, encerrarse en su habitación y escuchar música, para hacer silencio en su mente que clamaba su atención por primera vez en años. ¿Y es que cuándo fue la última vez que se había escuchado a sí mismo? ¿Cuándo fue la última vez que alguien le había preguntado si estaba bien? No, la gente siempre estaba ocupada hablando, y él ocupado sonriendo como un muñeco tonto, con tal de que así siguiesen: haciendo ruido, para no tener que lidiar con el silencio. Pero por esta vez, Sora prefirió lidiar consigo mismo que con aquella mirada aguamarina, que ahora sí pretendía fingir que no había ocurrido nada. Ahora que no le convenía.
Sora empezaba a odiar aquel bote, aquellos remos y el dulce sonido de las olas. Odiaba sus brazos, por no remar más rápido, por no haber pegado más fuerte; odiaba sus piernas por ser cortas y delgadas, por no correr más rápido; odiaba su pelo por ser largo, por no crecer nunca hacia abajo; odiaba sus ojos por llorar demasiado, y su boca por decir sólo tonterías; pero aún más odiaba su cabeza, que ahora no se callaba y estallaba con todo lo que tenía que decirle. En aquel bote ya no tenía donde esconderse. Ni sus amigos, ni su música. Ni una máscara de distracción, ya nada era real y se veía forzado a lidiar con todo aquello que sentía y había vivido evitando. Y ahora se sentaba sólo en el silencio, reflexionando sobre algo aterrador, porque ya no podía esconderse tras el propio sonido, sino que sus propios pensamientos invadían por completo su alma. Ahora, de repente, tras estar sólo, tenía necesidades. Por primera vez, necesidades que le hacían humano y que demostraban que no era invencible. Comenzaba a plantearse el por qué habían acabado allí, por qué estaban seguros de zarpar, de buscar otros mundos; estaba preguntándose el origen de todo, odiándose por ser demasiado profundo, rezando para dejar de pensar. Estaba preguntándose cuántos mundos más habrían; cuánta gente en ellos, cuántos chicos como él, cuántas "Kairis", cuántos "Rikus"; cuántos grupos de tres, que se dividían o se creaban. Cuántos chicos simplemente no tenían amigos, cuántos chicos más se escondían tras la música; cuántos "Soras" sonreían tras la sombra de sus amigos, como objetos de decoración incapaces de hacer nada por sí mismos. Pero otra vez se forzaba a silenciarse, odiaba pensar demasiado en su posición dentro de su propio grupo de amigos. Pero le era inevitable, ya había notado lo que le pasaba si levantaba la cabeza o sí salía del margen. Odiaba pensar pero no podía evitar contar dentro de su cabeza cuántos "Soras" morían por ser demasiado débiles, y cuántos de ellos tenían suerte de tener a un "Riku" para protegerles. No podía evitar ahora pensar en cuantas "Kairis" caerían del cielo en otros mundos, si es que los había; porque tal vez los dos adultos con los que se encontraron aquella tarde en la isla hacía diez años eran estafadores. O tal vez estuviesen muertos, por cualquier circunstancia. Tal vez aquella pareja ya no existiese, tal vez ellos tres están destinados a acabar así, a ser menos que amigos; tal vez Sora era uno de aquellos "Soras" destinados a acabar muertos. Tal vez era demasiado débil para aquel mundo, tal vez el abrazo que le había dado Riku no era una disculpa sino una advertencia, tal vez ahora estaba destinado a estar con él para siempre, para no volver a recibir otra golpiza; tal vez Kairi sí le quería, tal vez Riku le había pegado a ella también; tal vez Riku sólo le usaba, tal vez Kairi también le usaba; tal vez sólo estaban con él por pena, tal vez Sora era el ingrediente necesario en la receta para que aquél grupo pareciese feliz. Tal vez era necesario un tonto sonriendo de fondo para disimular lo mal que iban las cosas entre ellos tres. Y otra vez se odió por pensar. Prefería su bote cuando este tenía música. Y es que el "gran dilema" de Sora no era amoroso, ni tenía que ver con sus notas mediocres, ni con sus amistades; era un todo que tenía que ver con él. Su gran preocupación era simplemente no escucharse, y de tanto que lo había hecho, ahora, sólo en un bote, sus lágrimas cubrían su cara por completo, y apretaba los dientes, evitando gritar, aunque nadie más que las olas pudiese oírle.
Pero se hartó, y casi tirando los remos se puso de pie y chilló. Gritó al viento todo lo que no había gritado en la cueva. Gritó al mar todo lo que no había gritado mientras construía la balsa. Gritó a las islas todo lo que no había gritado en la escuela. Gritó estallando todo lo que no había gritado en todos aquellos años. Gritó dejando que las lágrimas quemasen su cara magullada. El bote se tambaleó, peligrando con darse vuelta, pero Sora se negó a sentarse. Se negó a dejar de sentir el viento en su cara, se negó a cubrir la cascada que rebalsaba de sus ojos azul cielo, se negó a callarse, dejando que su voz se desgarrase en la nada; se negó a quitar las manos de su cabeza, se negó a escuchar nada más que su cabeza tuviese que decirle, llenando el silencio que no podía llenar de música, con gritos. Se negó a todo lo que le habían negado en su vida. A sentarse, a cubrirse, a llorar, a defenderse, a luchar, a perder el equilibrio, a gritar. Se negó a todo el mundo, por primera vez en su vida, en mitad del mar, en un bote minúsculo, sin que nadie pudiese oírle. Se negó por primera vez en su vida a parecer un muñeco sin corazón que sonreía y asentía a todo. Se dio cuenta de lo muy poco que le importaba que Kairi no le correspondiese, que Riku le amase en secreto; se dio cuenta de lo poco que le importaba aquel viaje, aquella balsa y la existencia de otros mundos. Se dio cuenta de que le daba igual de dónde viniese Kairi, o la curiosidad de Riku. Sora no sentía nada de aquello en absoluto. Le daban igual sus notas, los estudios, el deporte y que su madre no hubiese ganado la lotería. Le daba igual todo y por ello ahora gritaba en mitad del mar; alarmándose de lo apático que le había vuelto el no escucharse y el fingir ser feliz oculto tras la espalda de su mejor amigo. Gritó con todas sus fuerzas hasta que su garganta ardió. Lloró como un niño pequeño, mostrándole al mundo que él también sentía, invitando a ver todo su interior. "Miradme llorar todas mis lágrimas". Se sentía impotente, ahora que se había escuchado, ahora que había lidiado consigo mismo. Daba tumbos por la vida y peligraba con volcar, como lo hacía aquella barca a la que pretendía atar a una balsa aún más grande en unos días. Gritó, hasta que volvió a sentarse, en silencio.
Ahora volvía a remar, envuelto en su propio silencio, notando su propio corazón en su pecho. Pero no podía calmar las lágrimas que caían sobre su ropa. Se negaba a calmarlas. Y es que haciéndose caso a sí mismo por una vez, se dio cuenta de lo mucho que había necesitado llorar para sí, y no por los demás. Se dio cuenta de algo horrible, y era que llevaba años sonriendo sin ser feliz; y lo mucho que necesitaba aquello. Se dio cuenta de que su madre ya no le cantaba para dormir, que su padre ya no estaba en casa, que Riku ya no quería verle tanto en público, de que Kairi parecía tener toda su vida resuelta con su inteligencia; y de que él no tenía nada. Se dio cuenta, escuchándose a sí mismo por primera vez en años, de que ya ninguna carrera, ninguna pelea de espadas le hacían feliz. Se dio cuenta de que ya no soñaba con ser un pirata, de que sus historias no eran tan buenas como para hacerle escritor, de que no quería zarpar en búsqueda de aventuras. Se dio cuenta escuchándose a sí mismo de que no era capaz de estar solo por su cuenta, de que no podía dejar sola a su madre, de que sí quería a Riku pero no estaba preparado para enamorarse, de que ya no competía por Kairi, de que nunca le habia gustado. Se dio cuenta, alarmado, de que no estaba preparado para la vida, de que su infancia se había escurrido entre sus dedos, de que no quería trabajar el verano siguiente, de que no quería compartir una fruta paopu con alguien que le había pegado, de que quería que fuese verano para siempre. Se dio cuenta de lo apático que era ante todo, de que su vida era completamente monótona, de que estaba completamente deprimido y jamás se había escuchado. Y ahora agradecía haberse olvidado los auriculares, porque se dio cuenta de lo diminuto que era, a demás de lo diminuto que se sentía.
Y finalmente llegó a su casa, con otra sonrisa tranquila, otra vez, dibujada en la cara.
