Capítulo 3

Korra cerró los ojos. No deseaba dormitar: necesitaba pensar. Asami, sentada frente a ella en la volanta, continuaba leyendo su libro de tapas rojas, aunque sabía qué hacía media hora su mirada se perdía en la misma página.

Se había casado con ella porque quería unirse a una mujer de alcurnia que le quitara el último vestigio de advenedizo. El dinero había hecho mucho. Su estrecha relación de más de veinte años con Raiko había hecho otro tanto. De todas maneras, ella sabía que la gente de abolengo la miraba con desprecio y arrogancia por su origen incierto, por ser una bastarda. A veces deseaba gritar a los cuatro vientos su verdad; pero no podía, había hecho una promesa.

No era la mirada altiva de las personas con prosapia lo que le molestaba; simplemente necesitaba blanquear su apellido para que los negocios se le facilitaran.

Además, deseaba un heredero que continuara lo que ella había construido. Por eso la había elegido. Ella era de la más alta sociedad porteña, su abuelo era uno de los estancieros más reconocidos de la Federación, su tía Azula había contraído matrimonio con una famosa comerciante inglesa y vivía ahora en Londres. Todas esas cosas lo habían decidido.

Pero, ¿por qué insistía en ese razonamiento? Ella jamás se había engañado. ¿Por qué lo estaba haciendo ahora? ¿O acaso no recordaba el primer día en que la vio? En el atrio del Socorro, después de la misa del domingo, con su vestido de blonda verde claro y la mantilla de encaje blanco que le cubría la cabeza y enmarcaba las líneas femeninas más bellas que ella hubiera visto.

—Ni lo piense, miss de Wolf —le había susurrado al oído Zhu Li en esa ocasión—. Es inalcanzable.

Zhu Li no sabía que para ella nada era inalcanzable. Sin embargo, debía reconocer que por aquellos días Asami Sato se le había convertido en una obsesión.

Era difícil encontrarla en las tertulias, casi nunca iba; jamás recorría la calle de la Florida después de misa los domingos. Más raro aún era hallarla en el paseo de la Alameda, al que sólo concurría en contadas ocasiones para montar su caballo, alejada de todos y sin dirigir una mirada al grupo de gente; jamás asistía a tomar el té a lo de Manuelita los miércoles. La obsesión lo llevó a averiguar acerca de su familia. Zhu Li lo puso al tanto de la calamitosa situación económica en la que se encontraba su abuelo.

Entreabrió los ojos al escucharla estornudar. Había sido un sonido corto, delicado, hasta divertido, como el de un gatito. La Observó repasar su nariz con un pañuelo de lino y sus modos le resultaron tan femeninos que no pudo evitar que su pecho se llenara de una sensación de orgullo. Asami era distinta a todas. Su rebeldía, su inteligencia, su libertad, la hacían diferente. Sus arrebatos e ímpetus eran definitivamente divertidos. Además, estaba herida porque se sabía comprada y eso había echado por tierra sus sueños románticos; ya se lo había advertido Zhu Li cuando ella le expuso su plan.

¿Y qué le importaban a ella los sueños románticos de una joven que nada entendía de la vida, que siempre había tenido todo en bandeja de plata, que jamás había pasado hambre o frío? Su inflexibilidad, su extrema severidad, incluso su crueldad, le habían merecido a de Wolf el famoso mote: la diabla. Pero ser así le había servido, y mucho.

Su mundo era distinto, al cuento de hadas en el que parecían estar los niños y niñas bien de la ciudad. Vivir en medio del campo, entre gauchos brutos, teniendo que llagarse las manos hasta verlas sangrar nada más que por unos centavos para comer, y defendiendo lo poco que tenía con uñas y dientes, eso no era un cuento de hadas.

Manejaba el facón como nadie y era famosa por sus puñaladas certeras y mortales, que le habían granjeado desde muy joven el temor y el respeto de los gauchos e indios de las pampas; su nombre había traspasado los lindes de sus estancias para llegar más allá de la frontera.

— ¡Miss de Wolf, estamos llegando!

La voz del lacayo resonó dentro de la volanta y sobresaltó a las dos mujeres. Korra no tardó en salir de su ensimismamiento.

—¡Por Dios y Visola Purísima! —exclamó Visola, con la vista clavada en el paisaje.

La curiosidad carcomía a Asami, pero su orgullo no le permitía asomarse por la ventanilla. Había cerrado el libro, que descansaba ahora sobre su regazo, e insistía en retorcer el pañuelito de lino entre sus manos.

—¡Visola, déjate ya de tanto aspaviento y entra! No puedes tener medio cuerpo fuera del coche —exclamó Asami en inglés, descargando toda la tensión en la pobre mujer. Visola, sin emitir sonido, se acomodó obedientemente al lado de su niña. Sabía que cuando su joven patrona le hablaba en ese idioma era porque deseaba que un tercero no la comprendiese o porque estaba furiosa con ella. Pero la imagen de lo que acababa de ver volvió a reflejarse en su retina y, olvidando el reto de Asami, comentó:

—¡Oh, Asami! Deberías verla, es preciosa. —A continuación, y sin mirar a Korra, dijo—: Miss, tiene usted una casa bellísima.

—Gracias, Visola.

Asami habría querido estrangular a Visola. Se sentía traicionada al verla tratar con tanta deferencia a de Wolf. Y aunque la fulminó con la mirada, sólo obtuvo de la mujer un gesto de descaro que la dejó atónita.

—Tal vez deberías hacer caso a Visola. La vista de la mansión se aprecia mucho mejor desde aquí —agregó Korra.

—Desgraciadamente para mí, miss, tendré toda la vida para apreciarla. ¿Por qué adelantar la tortura?

El sarcasmo del comentario molestó a de Wolf: sin embargo no lo demostró. Al contrario: fijó sus ojos en ella y le dedicó una mirada amorosa.

Visola se incomodó por la acidez, de las palabras de su ama. Sabía que podía ser venenosa con las personas que le desagradaban, pero debía tratar de cambiar esa actitud inmadura con su esposa.

Asami jamás había visto algo como aquello. La impresión que le causó la mansión de la morena la dejó sin aliento. Su rostro dejaba entrever fácilmente la fascinación que la embargaba.

Chan la ayudó a bajar los escalones del carruaje. Sus ojos no podían apartarse del palacete que se erguía frente a ella. Era majestuoso, parecía la residencia de algún rey europeo, una de ésas que veía en los cuadros que aunt Azula le enviaba desde Londres. De dos pisos, mucho más elevada que los altos de Riglos, estaba claramente dividida en sendas alas separadas por una construcción circular que finalizaba en un techo cónico con una pequeña claraboya en su ápice, como si se tratase de un cobertizo. En la parte superior, cada una de las alas poseía varias puertaventanas que daban a un gran balcón corrido que las comunicaba. El techo era a dos aguas, de modo tal que uno caía hacia delante y podía ser divisado en su totalidad, mientras el otro se perdía por detrás y era difícil verlo. El tejado era extraño; de color negro, brillaba bajo la luz del sol y se tornaba por momentos de un color azul pétreo que pronto volvía a convertirse en azabache. Tiempo después supo que se trataba de una roca muy exclusiva llamada pizarra, que su esposa había hecho traer de unas canteras en Italia. Finalmente, y sobre la cumbrera del tejado, una baranda lo circundaba de un extremo al otro, imprimiéndole un toque tan especial como extraño para la época. Su soberbia fachada gris caliza poseía algunos detalles en ladrillos color terracota que bordeaban los sotabancos de las puertaventanas.

Lo único que cruzó por su mente en ese momento fue que jamás podría terminar de conocer aquel palacete que se erguía arrogante ante ella. La increíble mansión era una prueba más del poder y dominio de su esposa, que tanto había podido construir esa fastuosa casa como tomarla a ella a cambio de algunas abultadas deudas. Este pensamiento la ahogó, y una sensación de angustia le oprimió el pecho.

Varias sirvientas aparecieron por la puerta principal para recibir a la patrona y bajaron solícitas las escaleras de mármol hasta alcanzar el camino de pedregullo en el que esperaban las tres volantas. Algunas eran negras, otras mestizas, y todas vestían impecables guardapolvos blancos y llevaban las cabezas cubiertas con pañuelos rojos.

Asami, aún de pie cerca del coche, divisó entre la servidumbre a una negra que se destacaba por su vestimenta. Un traje de seda borravino con detalles en encaje color marfil festoneando el escote, demostraba que se trataba de alguien especial.

Obviamente, ésa era la negra que se suponía su madre. Mantenían esos mismos rasgos en cuanto se trataba a piel canela y ojos azules unos más intensos que otros pero en todo lo demás no se parecían en nada. La divisa punzó que la negra había acomodado en el lado izquierdo de su tocado era tan vistosa que Asami sintió que la suya apenas se veía.

De Wolf estaba alejada, cerca de la primera volanta, dando órdenes a los otros cocheros, cuando su mirada se encontró con la de Katara. Asami supo en aquel instante que su esposa la adoraba: jamás había visto semejante expresión en su rostro.

Pareció que los ojos se le iluminaban como los de una niña frente a un dulce, mientras el entrecejo, siempre fruncido, se le suavizaba. Se acercó a grandes trancos a la mujer, que la observaba seria, pero no enojada.

—Te esperaba anoche —dijo la negra Katara con aire de reconvención, provocando la sonrisa cómplice de Korra, que la tomó por los hombros y la besó en las mejillas.

Luego, la condujo donde Asami, que no podía apartar su mirada de la de ella. De Wolf la escrutaba seriamente como diciéndole "atrévete con ella y te mato".

—Katara, te presento a mi esposa, la señorita Asami de Wolf. Asami, Katara es como una madre para mí; espero que la trates con el respeto que merece.

—Es un placer, señorita.

La joven la besó en ambas mejillas, tal como viera hacerlo a su esposa. Se sintió extraña al conferir ese trato tan especial a una negra; por aquella época eran casi como esclavos, aun cuando la Asamblea del año XIII hubiese abolido esa práctica.

De todos modos, tenía la certeza de que con de Wolf a su lado nada volvería a ser normal y supo en ese entonces que esa mujer no era su madre.

—El placer es mío, señora de Wolf —contestó la mujer, sin disimular su disgusto.

Las tres primeras noches en La Katara, Asami durmió en el sofá de la sala principal. Jamás consentiría en compartir una habitación con de Wolf; se ahorraría esa humillación.

De Wolf, por su parte, tampoco daba el brazo a torcer y no le permitía ocupar otro de los tantos dormitorios de la casa. O se instalaba en el de ella o en ningún otro.

El matrimonio aún no se había consumado, Asami no quería compartir su cama y, lo que era peor aún, lo miraba de soslayo y con desprecio. Estaba de un humor de los mil demonios y los empleados de la estancia eran sus víctimas. Nunca había resultado un patrona fácil pero la paga era buena, sus campos los más famosos, y trabajar en una de sus estancias o en el saladero era una llave segura para cualquier otro empleo.

Ahora, estaba definitivamente insoportable, jamás la habían visto así. Parecía un tsunami a punto de chocar en la costa, se molestaba por tonteras y, por momentos, parecía distraída. Era obvio que se trataba del asunto con la mujer, concluían los peones en la ronda del mate, cerca del fuego, por la noche.

Por fin, la cuarta mañana, Visola la despertó de su incómodo sueño en el sillón. Al erguirse, todavía amodorrada y mareada, todos y cada uno de sus músculos estaban contracturados. Las ojeras, cada vez más violáceas, se acentuaban bajo sus ojos enrojecidos, y el semblante pálido por la falta de buen dormir le daba un aspecto fantasmagórico. Casi no había comido; sentía que tenía las paredes del estómago pegadas, y eso le provocaba una espantosa sensación de languidez.

Se acomodó en el sillón con las manos bajo la cintura y descubrió su aspecto reflejado en un espejo de la sala. Casi cae de espaldas. Las hebras de su cabello negro estaban mustias y ajadas y habían perdido su brillo natural. Su bata, toda arrugada, ya empezaba a oler mal. Durante esos primeros días apenas si había podido lavarse un poco sus partes íntimas con un trapo embebido en agua de azahares en la diminuta habitación de Visola.

—Vamos, mi niña.

Cuando Visola la llamaba "mi niña" era porque estaba sintiendo pena por ella.

—La negra Katara me ha dicho que debes ubicarte en la cuarta habitación del ala derecha —explicó su criada.

Asami la miró extrañada, frunciendo el entrecejo, mientras mesaba los mechones de su cabeza.

—¿Eso te dijo? —La observó asentir en silencio—. ¡Pensar que yo soy la señora de la casa, y ella decide qué cuarto puedo tomar!

—Bueno, Asami, coincide conmigo en que no te has comportado justamente como la señora de la casa desde que llegaste.

—¡Qué dices! ¿Qué pretendes? ¿Qué duerma con ella? ¿En la misma cama?

Su rostro reflejaba la honda perturbación que se había apoderado de ella.

—¡Pero Asami! Tú aceptaste casarte con ella. Sabes lo que un Alfa espera de su mujer. Tu tía Azula te lo explicó... —Visola dejó la frase en suspenso.

—Aunt Azula no fue demasiado explícita con ese tema. Sí, algo me dijo pero... Opal tampoco sabe mucho, aunque por lo menos Jet la besaba en los labios cuando eran novios. Yo, ni eso.

Había bajado los ojos y la imagen de la castaña y P'Li se le presentaba ahora más nítida que nunca.

Llegaron al inicio de la escalera de mármol, con su imponente baranda de hierro negro y madera oscura. Era la primera vez que Asami subía a la parte alta; los primeros días había deambulado entre la habitación de su criada y los salones de la planta baja. Había matado el tiempo leyendo y escribiendo su diario íntimo, en inglés, por las dudas.

Aunque no la había visto prácticamente en esos días, se había sentido humillada, inerme y vulnerable frente a su esposa. Ella salía muy temprano por la mañana, minutos antes de que amaneciera; para cuando regresaba, ya era de noche; pasaba como flecha hacia su dormitorio en la planta alta y Katara le llevaba algo de comer en una bandeja.

Sabía que la servidumbre estaría haciendo de eso la comidilla del año. A ella no le importaba en absoluto; lo que sí le importaba era que esa sarta de rumores llegara a oídos de su familia y su abuelo se enterara del plan que su hijo Hiroshi y de Wolf habían trazado. Eso sería el fin.

Llegaron a la habitación; los baúles con su ropa habían sido dejados a un costado. No quería siquiera imaginar el estado deplorable de sus vestidos después de varios días de encierro; estarían más arrugados que un fuelle.

No podía negarlo: la habitación, amplia como un salón, era deslumbrante. La cama con baldaquino era enorme, como para un matrimonio. "Para un matrimonio."

Se sobresaltó. ¿No sería ésa, finalmente, la habitación de Wolf? Corrió despavorida hacia uno de los roperos. Visola, asombrada, la siguió con la mirada. Asami abrió una de las puertas del armario y comprobó que estaba vacío. Suspiró aliviada; si la ropa Korra no estaba allí era porque ésa no era su recámara. Cuando Visola comprendió la corrida de su ama, arqueó una de sus cejas con enojo. A su entender, Asami estaba manejando mal las cosas.

—Es hermosa, ¿no lo crees, Asami?

—A mí no me parece —mintió la jovencita, que no podía despegar los ojos de las paredes forradas con un extraño papel aterciopelado color damasco.

—¡Por Dios, Asami! Cambia esa actitud, por el bien tuyo y el de todos.

La sirvienta se dirigió hacia ella y, tomándola por los hombros, la sacudió levemente, como si quisiera hacerla entrar en razón.

—¿Qué estás buscando? ¿Que tu abuelo sepa toda la verdad? ¿Eso quieres? Porque te aseguro que eso lo llevará a la tumba antes que las deudas de los campos.

Asami abrió sus ojos tan grandes que Visola pudo ver dentro de ellos algunos derrames.

—¿Eso quieres, Asami? ¿Es eso lo que estás buscando? —insistió, envalentonada ante la evidente vulnerabilidad de la joven.

—¡No! ¡No! Por supuesto que no.

La sala de baño estaba al lado del dormitorio y sólo se podía ingresar por una puerta situada en la pared derecha. En el centro, había una tina de latón rebosante de agua caliente. El baño le sentó de maravillas; Visola lo completó con esencias de jazmines y le frotó el cuello y la agarrotada espalda con aceites aromatizados.

Al salir del toilette, le llamó la atención una puerta enfrentada, ubicada en la pared contraria. Caminó descalza hacia allí. Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave; quiso husmear por el ojo de la cerradura, pero algo lo cubría del otro lado. Al fin, se dio por vencida, y, dirigiéndose a la cama, le pidió a Visola que encendiera el pebetero de plata que acababa de descubrir.

Se arrellanó entre los cojines y dejó que su cuerpo se relajara sobre el colchón. Sintió que cada hueso, cada músculo, cada tendón, se acomodaba nuevamente en su sitio, provocándole una rara sensación, entre placentera y dolorosa. Durmió más de ocho horas seguidas.

—¡Asami! ¡Despierta, vamos!

La voz de Visola parecía venir de ultratumba. Estaba aún dormida y los párpados le pesaban toneladas; no podía abrirlos. Se restregó los ojos. Como en la lejanía, escuchaba los pasos presurosos de su criada.

Trató de ubicar la ventana de su habitación: no la encontró. Tanteó con la mano, buscando el pañuelo en su mesa de noche, pero la cama parecía no tener fin. Por último, miró hacia arriba para situar la araña con caireles que tanto le gustaba; sólo descubrió el techo del dosel cubierto por una delgada muselina blanca.

—¿Dónde estoy?

Aunque sabía que no estaba en el dormitorio de la casa de su abuelo sino en la propiedad de, de Wolf, necesitó preguntar.

—Te encuentras en casa de tu esposa, miss Korra de Wolf, ¿lo recuerdas? —replicó Visola, siguiendo el juego.

Por fin, Asami se incorporó. Sentía un dolor muscular en la espalda y la cabeza le pesaba. En medio de su embotamiento atinó a reconocer a Visola, abocada a la búsqueda frenética de algo dentro de uno de los baúles.

—¿Qué haces?

—Vamos, Asami, levántate. —Fue todo lo que le dijo, de espaldas a ella, sin interrumpir su tarea. —No quiero levantarme; quiero seguir durmiendo —dijo con pereza y volvió a recostarse sobre la almohada de pluma de ganso.

—¡Vamos, Asami!

Esta vez la mujer dio media vuelta y la miró fijamente. Asami volvió a incorporarse.

—¡Vamos, levántate! De Wolf mandó decir que te espera en el comedor hoy a las ocho y media para cenar —insistió Visola, mientras retomaba la búsqueda—. ¡Ah, por fin! ¡Lo encontré! Te pondrás éste; es bellísimo y no está tan arrugado —dijo, mostrando en alto el vestido.

—¿Que de Wolf quiere cenar conmigo? ¿Quién te dijo?

—Y quién va a ser. Katara, pues —contestó Visola, sin quitar los ojos del vestido—. Anda, levántate. Todavía hay mucho por hacer. Tengo que tratar de componer un poco esas ojeras y arreglarte el cabello; parece un nido de ratas.

Cuando bajó al comedor, de Wolf y Katara ya estaban sentados a la mesa. Al verla entrar, Korra se puso de pie y salió a su encuentro; sin decir palabra, le ofreció el brazo para acompañarla hasta su sitio, al lado de ella y frente a Katara.

La mujer la observaba seriamente, con una mirada cargada de desaprobación. "No será fácil", pensó Asami, dirigiéndole un vistazo furtivo.

Una vez en su lugar, por el rabillo del ojo trató de mirar una vez más a Korra. Su cabello castaño brillaba bajo la luz de las bujías por efecto del fijador con el que lo había peinado; Asami, perpleja, tuvo que admitir que le sentaba muy bien. Esa noche vestía una impecable camisa de batista blanca con puños de encaje del mismo color. Ella odiaba los chalecos colorados rameados en negro, pero a Korra le quedaba muy bien el suyo, tal vez por el contraste con su piel morena y el cabello castaño, tal vez por la forma en que contorneaba sus pechos.

Estaba nerviosa; las manos le temblaban, y se le ponían cada vez más húmedas a medida que los minutos corrían y nadie hablaba. Cuando las tripas comenzaron a hacerle ruido temió que Korra oyera. Tomó su copa de cristal y bebió un poco de agrio, pero la acidez de la bebida surtió el efecto contrario: acentuó aún más el vacío del estómago y los ruidos de sus entrañas. Tenía deseos de levantarse y salir corriendo sin dar ninguna explicación, a pesar de que le había prometido a Visola que se comportaría como una dama.

—¿La habitación resultó de tu agrado, Asami?—preguntó Korra, rompiendo abruptamente el silencio.

—Sí, miss. —Su voz sonó como un graznido que la llenó de vergüenza; su rostro se puso de mil colores y, rápidamente, bajó la cara.

En aquel momento una de las sirvientas anunció la presencia de un chasque.

—¡Cuántas veces debo repetir que no deben interrumpirme cuando estoy cenando! —vociferó de Wolf.

La jovencita temblaba, con las manos apretujadas en el regazo y los ojos clavados en el suelo. Asami, aterrada como si le hubiese gritado a ella, pudo sentir a lo largo de su columna vertebral el pánico que de Wolf inspiraba. Katara, en cambio, lo miraba sin inmutarse.

—Es un chasque de su excelencia, patrona. Pensé que..,

—Está bien, hazlo pasar —refunfuñó.

Korra, malhumorada, arrojó la servilleta sobre la mesa y se incorporó. Al cabo, ingresó un hombre envuelto en una capa roja de nanquín rústico, con el clásico gorro punzó caído hacia un costado que llevaban los servidores de Rosas.

—¡Viva la Santa Federación! —gritó a modo de saludo.

—Viva —dijeron al unísono Katara y Korra sin demasiado ímpetu. Asami permaneció callada.

—Buenas noches, miss de Wolf. Señoras... —inclinó su cabeza, primero en dirección a Katara, luego a la que seguramente sería la señora de Wolf.

—¿Qué lo trae por acá, Cosme?

—Disculpe usted la hora, doña Korra. Pero su excelencia el gobernador le envía a usted una misiva que ha pedido sea contestada ahora mismo, así yo llevo la respuesta antes del amanecer.

El hombre extendió la mano reseca y agrietada por el frío y le entregó un sobre lacrado con el sello de Rosas. Korra quebró el precinto de lacre, abrió el sobre y retiró un papel color tiza doblado en dos. Katara se puso de pie y abandonó el comedor sin decir palabra. Asami la observó marcharse con los ojos dilatados por la sorpresa. Korra, que parecía no haberse percatado de la escapada de la mujer, continuó enfrascada en la lectura de la carta.

Al cabo de unos minutos, la negra regresó con un tintero, una pluma y una barra de lacre que depositó sobre la mesa. Korra, que acababa de finalizar la lectura de la misiva, tomó la pluma, embebió la punta en el tintero de bronce y comenzó a garabatear algunas palabras en la hoja color tiza. Asami quedó atónita; parecía que de Wolf y Katara podían comunicarse con sólo mirarse, era extraño verlas juntas.

Sintió cierta envidia y celos de esa mujer que tanto conocía a su esposa y que, más que amarla, parecía idolatrarla.

—Dile a Carmelita que te dé algo bien caliente para comer y un poco de vino antes de partir. Pídele a Celedonio que te cambie el caballo, el tuyo debe estar agotado —ordenó de Wolf al chasque, mientras derretía el lacre en una de las velas de los candelabros de plata. A continuación, estampó el sello de su anillo y le entregó el sobre.

—Gracias, doña Korra. Gracias y buenas noches. —Miró a las damas y nuevamente saludó con la cabeza.

—Buenas noches. —Esta vez, respondieron los tres.

La cena fue servida. Todo estaba exquisito, pero Asami casi no probó bocado.

—¿No le ha gustado la comida, señora? —preguntó Katara, sería como siempre y con tono imperioso—. Visola me dijo que el budín de espinaca es uno de sus platos predilectos.

—La comida es toda exquisita —se apresuró a contestar Asami—. Pero no tengo mucha hambre por estos días.

—Está muy delgada. Debe comer para estar fuerte, señora.

El comentario de Katara sonó más como orden que como sugerencia.

—¿Necesita algo más en su alcoba? Dejé toallas en el ropero del tocador y más sábanas en los cajones del armario.

—Gracias, Katara. Todo está bien. —Asami se llevó la copa a los labios para no tener que hablar más. Presentía que en cualquier momento cometería algún error del que se arrepentiría.

Korra, que observaba alternadamente a una y a otra, no pudo dejar de percibir la tirantez entre ellas.

—Korra, ¿vas a tomar el mate como siempre en el estudio?

"Korra, ¿vas a tomar el mate como siempre en el estudio?". Asami repitió en su mente una a una las palabras de Katara con el tono más burlón. Una rabia incomprensible la inundaba cada vez que la negra trataba con tanta familiaridad a su esposa. Era evidente que conocía cada uno de sus secretos y costumbres. Sabía bien lo que le gustaba y lo que odiaba, sus preferencias y sus deleites. Ella, en cambio, no sabía nada de ella.

—No, Katara. Manda preparar el salón azul. Tomaré un coñac allí junto a Asami.

Korra miró a Asami de costado y sus ojos se encontraron por un instante. Los párpados de la joven bailotearon, sin saber qué hacer. Finalmente, dejó que su mirada se perdiera otra vez en algún bordado del mantel.

—Hace días que no abrimos ese salón... —comentó Katara—. Debe de estar helado, y...

—No importa, que lleven el brasero —ordenó ella, sin quitar la vista del cabello de su mujer.

Asami parecía haber perdido la acidez de los últimos días; no usaba palabras acres y estaba un poco más serena. Korra había cedido otro tanto; en gran parte, por los ruegos de Katara que, si bien no adoraba a la muchachita, tampoco podía verla dormir en un sofá o deambular por la casa como ánima en pena sin apiadarse de ella. Además, ya no soportaba el chismorreo de las sirvientas.

Asami quedó pasmada al entrar al salón. Ni siquiera Zhu Li tenía una habitación como ésa en su casa. Acababan de iluminarla y las bujías encendidas reflejaban su llama sobre los caireles de la araña y miríadas de luces iridiscentes surcaban la sala de punta a punta. El empapelado azul oscuro llegaba hasta la mitad de las paredes, que finalizaban en un estucado color gris claro, casi blanco. El piso de madera, de un tinte oscuro, resonaba a medida que los botines de Asami avanzaban.

Los muebles de caoba oscura eran de estilo inglés y los canapés estaban tapizados en una tela damasco amarilla muy tenue. El piano fue lo primero que atrajo su atención.

Con taconeos cortos y presurosos, llegó hasta ella; apoyó la punta de los dedos sobre la madera bruñida de la cola y acarició la superficie.

—Lo mandé comprar para ti antes de casarnos. Me dijeron que tocas el piano mejor que Tahno. —La voz profunda de Korra cargó el ambiente de una tensión inmanejable—. Y como nunca accediste a tocarlo en casa de tu abuelo, pensé que tal vez ahora... bueno...

La frase quedó en suspenso. Asami, de espaldas a ella, no dijo nada.

En ese momento, entró en el salón una sirvienta. Traía, en una bandeja, una botella de cristal, dos copas y una canasta de filigrana con pastelitos de durazno.

—Cierre la puerta.

La doméstica hizo una reverencia antes de atrancar las dos hojas de madera casi sin hacer ruido.

—¿Jamás pide las cosas "por favor", miss?

—No —respondió Korra, divertida.

Asami continuó callada, investigando las paredes del salón, cargadas de cuadros de gran belleza y maestría.

—Asami, ¿podrías tocar algo para mí, "por favor"?

Los ojos le chispeaban a de Wolf, y sus labios se curvaban en una sonrisa pícara.

Asami dio media vuelta para mirarla, sorprendida por lo de "por favor". No pudo advertir el gesto divertido de su esposa, que ahora, mientras servía la bebida, le daba la espalda. Un momento después, cuando llegó hasta ella para ofrecerle la copa, su rostro estaba tan serio como de costumbre.

—¿Cuántos "por favor" más debo decir antes de que toques algo para mí en el piano? —preguntó, al tiempo que le alcanzaba el trago.

Ella se mojó apenas los labios: la bebida le resultó demasiado fuerte. La dejó sobre una mesa. Se encaminó al piano y se sentó frente a ella. Levantó la tapa y admiró por unos instantes las teclas nuevas y relucientes. Hizo crujir sus dedos, y luego jugueteó unos segundos, probando sonidos y acordes. Perfecto.

De Wolf, mientras tanto, se había acomodado en un confidente, y copa en mano, se aprestaba a escucharla tocar. Las primeras notas llegaron a sus oídos y cerró los ojos; le parecía que así podía escucharlas mejor. Poco a poco, la melodía fue aletargándola, transmitiéndole una sensación de paz y armonía. Imaginó que los lánguidos dedos de Asami se llenaban de vigor y descargaban todo su ímpetu sobre las teclas. Imaginó que el gesto osado de su magnífico rostro, concentrado ahora en la melodía que tan magistralmente estaba ejecutando, se trocaba en una expresión angelical como la que ella le viera alguna vez. Imaginó que sus mechones de pelo color negro se escapaban del tocado y bailoteaban enloquecidos sobre sus sienes. Imaginó su pecho agitado y sus labios apretados, y...

Sus ojos cambiaron a un rojo intenso, sintiendo el calor aumentando llenando cada parte de su ser, conocía esa sensación.

Casi, como un autómata, llegó donde ella y le posó la mano sobre el hombro, desnudo y suave al tacto como terciopelo. El roce de esos dedos la sobresaltó y dejó de tocar. De Wolf la sintió estremecerse con su contacto.

—No dejes de tocar. —La voz de ella sonó tensa y torturada.

Con menos bríos que antes, Asami retomó la melodía, pero la mano de Korra sobre ella la tenía en vilo. Sentía que su corazón palpitaba alocadamente y su respiración se aceleraba por los olores que la embargaban. Sentía en el estómago el mismo cosquilleo que tanto la había atribulado cuando pasaron la noche en la posada, una sensación extraña que antes nunca había sentido, y una ansiedad que se contraponía con el odio que aquella mujer le inspiraba.

Korra no soportó más: rodeó con sus piernas las caderas de Asami y quedó sentada a horcajadas detrás de ella. Los sonidos del piano se cortaron en seco; el profundo silencio que siguió denunció la agitación en la que ambas estaban sumidas.

Con un movimiento automático, la joven se corrió hacia adelante, hasta el borde del taburete queriendo pensar con más claridad pero no podía todas las sensaciones que presentía en ese momento eran nuevas y le asustaban.

Asami sintió que su mente comenzaba a girar vertiginosamente. Su pecho subía y bajaba, su garganta se había resecado y ya no sentía las piernas. Lo que sí sentía sobre sus nalgas era la potente y erecta virilidad de la Alfa.

Las teclas retumbaron cuando, desde atrás, de Wolf entrelazó sus dedos con los de ella, inertes sobre el piano, y la envolvió con sus musculosos brazos. Acto seguido, Korra hundió el rostro en el cabello de Asami. Inspiró profundamente y se llenó de esencias balsámicas que despertaron en ella aún más el deseo irrefrenable. Tomó el cuello de su mujer con ambas manos y lo besó con unas ansias que alimentaban aún más su pasión.

La garganta de Asami se contrajo convulsivamente cuando sintió las manos ásperas de Korra. Estaba asustada, muerta de miedo. Jamás había experimentado semejante intimidad con una mujer. Sentía que el aliento de su esposa le quemaba el cuello.

—Asami...

La voz de Korra la asustó más que nunca. Como pudo, se liberó de la presión que la mantenía atrapada contra el piano; despavorida, abandonó el salón azul queriendo combatir las sensaciones que empezaban a alojarse en su ingle.

Estaba a punto de alcanzar el rellano de la escalera cuando a sus oídos llegaron, magníficamente ejecutados, los primeros acordes de una sonata de Mozart.

—Salga, Visola. — Tras una pausa, agregó—: Por favor.

Korra ingresó por la puerta que se alzaba en la pared izquierda del cuarto de Asami. Evidentemente, la habitación contigua era la suya.

Al escuchar su voz, Asami emergió de los brazos de Visola que, desde hacía unos minutos, la consolaba. Tenía el rostro enrojecido y las pestañas empapadas. La criada la separó de su regazo y la dejó sola al borde del lecho.

Una vez que se cercioró de que la criada estaba fuera y la puerta había sido cerrada Korra se acercó a ella. Con los cabellos revueltos y sus ojos en un tono cobrizo, mechones caprichosos le caían ahora libremente sobre el rostro. Se había quitado el chaleco rameado y llevaba la camisa fuera del pantalón, abierta hasta la mitad de los pechos.

¿Qué le estaba sucediendo? ¿Por qué con ella no podía? ¿Era de veras inalcanzable? Estaba enloqueciendo; presentía que si no la hacía suya algo explotaría dentro de ella. Pero no quería lastimarla. ¡Por Dios! A fin de cuentas, sólo tenía que arrojarla sobre la cama, abrirle las piernas y... Sí, así era la naturaleza de un Alfa, aunque lo que parecía ser su propia esencia se le volvía en contra cuando se trataba de Asami.

—Asami... —Intentó que su voz se oyera tranquila y dulce.

La joven levantó la mirada llorosa fijándola en la de ella. Parecía un animal herido dispuesto a cualquier ardid con tal de defenderse.

—Asami... Eres mi esposa.

No sabía qué decir. Jamás le había faltado elocuencia; nadie se atrevía nunca a refutar sus agudos y convincentes argumentos. Asami, en cambio...

El calor de la Alfa llenaba otra vez los sentidos de la Omega que intentaba desesperadamente por no caer en su encanto, en su vigor pero le era inútil estaba ahora bajo su dominio.

La sujeto del brazo y ella respondió quedándose inmóvil con la cara más enrojecida por el deseo incontrolable que la llamaba la sujeto más firme de las caderas y la cerco a ella.

—¡No se atreva a tocarme! —Agazapada, Asami tenía la mirada directo en esos ojos que irradiaban la lujuria que se acrecentaba aún más en su dueña.

Sintió su aliento golpearla directamente en la cara entendía sus palabras pero sus acciones eran diferentes sus manos estaban sosteniéndose de sus hombros apretándolos deseando acercarse más.

Asami había comenzado a temblar de placer; no sabía qué hacer para ahuyentar esos deseos.

—¡Para que sepa, de Wolf, usted no es mi Alfa! —gritó, en un intento desesperado por ganar tiempo.

Lo infantil de la supuesta confesión hizo reír a carcajadas a Korra. Ahora, su rostro se había suavizado y ya no parecía el monstruo que tanto la asustaba. Sin embargo, era evidente que no tenía intención de abandonar el dormitorio.

—Eso ya lo veremos —dijo al cabo, con los ojos fijos en el escote de Asami.

—¡No hay nada que ver, miss! ¡Yo se lo estoy diciendo! –jadeo por esa mirada enardecida.

—Así que no hay nada que ver... —repitió ella, con sorna.

La expresión de desconcierto de su mujer la dejó atónita.

—Realmente eres más cándida de lo que imaginé, amor mío —concluyó, y avanzó hacia ella.

Se besaron con desesperación, Asami gimió en su boca encendiendo algo dentro de Korra.

Ya la tenía era suya y se había entregado a ella como siempre lo había querido. Comenzó a apretarla ya quería probar cada centímetro de su piel blanca y Asami hizo lo mismo con ella sujetándola de los hombros acariciándola sujetando su cabello castaña impidiendo que se fuera, se separaron jadeando con el deseo elevándose a las nubes.

La arrastró sin el menor esfuerzo hasta la cama y la depositó gentilmente allí, como se coloca la porcelana más fina.

La cabeza de Asami elevada en el aire y sus codos hundiéndose en el colchón, las puntas del cabello rozando la manta y el escote corrido del camisón dejando entrever la perfección de los senos, esos ojos azules que no cesaban de mirarla y la boca entreabierta dejando escapar un jadeo irreprimible, todo en aquel momento la enardecía el calor de un Alfa era abrumador y quería compartirlo con su mujer.

Asami estaba paralizada viendo cada acción de la mujer esperando deseosa que se acercara más con sus ojos amarillos invitándola. Así, sin poder articular palabra, vio cómo Korra se quitaba la camisa y se deshacía luego del pantalón. Vio los pechos desnudo de su esposa, empapado de sudor que le hacía brillar la piel.

Asami estaba extasiada por la visión de sus fuertes músculos morenos. Entonces, sus ojos se encontraron con los de ella, enigmáticos y profundos, y en ese instante Asami comprendió que la miraba en una forma extraña el deseo y algo más combinados, completamente nueva, y advirtió que esa mirada parecía despertar en ella sentimientos desconocidos.

Y esos sentimientos, tuvo que admitirlo, no le resultaban desagradables.

Un cosquilleo la recorrió cuando Korra comenzó a acercarse a ella, casi desnuda; unos calzones cortos ceñían sus piernas y esa proximidad inquietantemente lenta arrancó un gemido ahogado a su garganta. Korra la escuchó, y en su boca, una vez más, se dibujó esa sonrisa entre divertida y burlona.

—Por favor... —susurró Asami, tratando de acercarse.

La voz se le quebró al sentir el peso de su cuerpo sobre ella. Con dulzura inesperada, Korra comenzó a acariciarle el rostro, mientras le dedicaba una de esas miradas que tanto la desconcertaban.

—Por favor, ¿Qué? —susurró ella. Le besó el cuello y el aroma de su piel la enloqueció. Hábilmente, sus manos la despojaron del camisón—. Pídemelo, amor mío, por favor... Asami... —volvió a susurrar.

Asami se aferró a ella como un salvavidas. Su mente intentaba ordenar a sus brazos, a sus piernas, a sus dientes, que defendieran su dignidad, pero una fuerza desconocida estaba doblegando su voluntad la fuerza de un Alfa en celo que jamás había experimentado.

—Por favor te quiero dentro de mí... —le murmuró al oído.

—Asami... Eres tan hermosa... Te deseo tanto...

Korra de Wolf escuchaba su petición. Estaba extraviada en un mundo de sensaciones. Cientos de veces había fantaseado con ella desnuda, como ahora, pero nunca había imaginado la extrema magnificencia de su cuerpo. Cada centímetro de la piel de su mujer era su mayor fortuna, su más grande Conquista. Por eso, la tocaba con suavidad, como si temiera dañarla, o tal vez mancillar su perfección.

—Déjame mostrarte, Asami...

Los labios de Korra buscaron otra vez deseosos los de ella, y por segunda vez sintieron su carnosidad. Su lengua se abrió paso entre los dientes de la joven y jugueteo con su lengua.

Asami sintió que el mundo giraba alocadamente cuando las manos de ella se cerraron suavemente sobre sus pechos desnudos. Y el vértigo creció cuando unos dedos expertos rozaron sus pezones endurecidos como si se trataran de inapreciables gemas.

Ambas gimieron acaloradas hambrientas de conectarse de una vez por todas y Korra no soportó más iba a hacer lo que su Omega le había pedido.

Se obligó a separarse de sus labios e hincada abrió las piernas de Asami. Sus ojos volvieron a encontrarse, ella la estaba esperando jadeante y colorada, miro su entrada brillante excitada por sus caricias y besos, tomo su miembro y lo guio hasta su centro abriéndose paso por sus labios creando una presión en el vientre de Asami.

Se aferró a las colchas la intromisión era dolorosa pero Korra la trataba con amabilidad. Ambas soltaron un suspiro cuando estuvieron conectadas.

—Ya está, amor mío, ya pasó... —susurraba Korra, respirando con dificultad sobre los labios de ella—. Relájate, Asami. Relájate y verás.

Asami después de sentir ese orgasmo tan placentero cuando estuvieron unidas, había permanecido yerta bajo el cuerpo de Korra, que, entre gemidos y jadeos, parecía no poder dejar de moverse dentro de ella.

Korra se dejó caer en su cuerpo sus pechos juntos sintiendo el éxtasis cuando sus pezones erectos se rozaron. Korra volvió a embestirla agarrándose a las sobrecamas mirando las reacciones de Asami que le sujeto las caderas incitándola a moverse más, por instinto la rodeo con sus piernas.

Dando inicio a la faena. Las paredes de Asami le apretaban tan deliciosamente que le hacían palpitar su miembro con ganas de explotar en su interior.

De pronto, algo ocurrió; sintió que una energía surcaba como un fluido veloz sus zonas más íntimas, y eso la llenó de gozo, de un rarísimo placer que la incitó a friccionar la pelvis contra el cuerpo de la morena. En un movimiento inesperado Korra mordió en el hombro a Asami, marcándola como suya y de nadie más, logrando llevarse un alarido doloroso de su esposa que no comprendía muy bien lo que había sucedido.

Cuando por fin esos dientes filosos se separaron de ella, Asami abrió desmesuradamente los ojos cuando de Wolf curvó el cuerpo hacia atrás, separando sus senos de su pecho, y llevó la cabeza hacia arriba, como en trance.

La mujer soltó un grito profundo, desgarrador, semejante al de un animal herido de muerte, que la estremeció cuando ella hizo lo mismo. Los brazos de Korra se tensaron a los costados de su rostro, los músculos se le remarcaron bajo la piel transpirada y sus rasgos se dejaron ver cuando, por fin, cayó exhausta sobre el cuerpo desnudo de ella.

Asami sentía que los pechos de Korra se sacudían y chocaban rítmicamente contra sus senos.

A los pocos instantes, de Wolf se retiró hacia un lado llevándola consigo y la acostó en su pecho no iban a poder separarse todavía así que debían esperar. Aún estaba agitada y la joven la observaba atónita. No sabía qué hacer; ¿se hacía algo después de eso?

Trato de incorporarse quitarse de encima del cuerpo de su esposa pero no podía todavía había algo que la llenaba y cuando intento moverse al descubrir de qué se trataba, profirió un alarido tan estremecedor que arrancó bruscamente a Korra de su letargo.

—¡No debes preocuparte! ¡Es absolutamente normal! —le dijo, al descubrir la causa de su pánico.

La miraba al rostro que se encontraba a horcadas de ella se había incorporado sosteniéndose con sus codos y trataba de volver el rostro de Asami hacia el suyo, pero la joven, que no podía contener sus sollozos, insistía en mantenerlo oculto tras sus manos ensangrentadas.

—Así que nadie te lo explicó... —De Wolf no podía creerlo. Ella parecía tan segura de sí, tan inteligente y cultivada—. Es normal la primera vez que lo haces con un Alfa y sobre lo otro siempre va a pasar de esta manera una vez que nos unamos. Estaremos así por lo menos media hora. La mordida es normal también.

Asami no quería escucharla. Pero ya que no podían separarse espero hasta que su pene volvió a su lugar.

—Vayase... Vayase, por favor —dijo entre suspiros—. Por favor...

Cuando Korra abandonó la habitación, su esposa no cesaba de sollozar. Antes de cerrar la puerta, volvió su mirada y la vio hecha un bollito, acurrucada entre las sábanas, con el cabello esparcido detrás de ella. El corazón se le contrajo, pero otra sensación más grata la embargó.

Después, de Wolf se tendió en su cama, con la mirada fija en el cielo raso, los brazos extendidos hacia atrás sirviéndole de almohada, un cigarro que se consumía en sus labios, y la imagen de ella en su mente aún excitada.

A la hora de la cena, cuando Korra se presentó en el comedor, sólo Katara la esperaba sentada a la mesa.

—¿Dónde está? —quiso saber.

—Se disculpó con Visola. Dice que no cenará porque no tiene apetito. —La negra parecía medir cada palabra; había advertido que Korra tenía cara de pocos amigos—. No ha de ser nada. Debe sentirse un poco cansada, ya sabes, el aire de campo...

Katara intentaba suavizar las cosas. Días atrás había habido otro escándalo, cuando Korra descubrió que Visola le estaba llevando el desayuno a la cama.

—Nada de frivolidades en mi casa —le había dicho a Asami con dureza—. Desde mañana, desayunas en el comedor, como todos, a las siete en punto. —Sin decir más, se había retirado, dejando a las dos mujeres boquiabiertas.

—Tal vez esté un poco... —comenzó a balbucear la negra; pero de Wolf ya no la escuchaba.

Subió los escalones de a dos, y rápidamente estuvo en la planta superior. Caminó a paso rápido por el corredor, llegó a su alcoba, y se plantó frente a la puerta que comunicaba las habitaciones: procuró abrirla. El único cerrojo estaba de su lado, totalmente descorrido; no entendía por qué la puerta no cedía.

De prisa, salió al corredor e intentó entrar por la puerta principal del cuarto de su esposa, pero tampoco pudo. Probó varias veces el picaporte, pero nada.

Desde adentro, Asami seguía con oídos atentos y los ojos muy abiertos cada uno de los movimientos de la Alfa. No le sería tan fácil entrar a su dormitorio esta vez.

Con una de las sillas había trancado la puerta común, colocándola reclinada en dos de sus patas bajo el pestillo; en la otra, la que daba al pasillo, había echado la llave que Visola había conseguido arrancarle a regañadientes a una de las sirvientas.

Desde su cama, escuchaba los inútiles esfuerzos de Korra y sus ojos parecían sonreír satisfechos. Se sentía divertida con la situación, y al mismo tiempo un poco extraña. En lo más recóndito de su alma deseaba que su esposa sorteara cada una de las celadas que le había tendido. Quería verle el rostro, seguramente encarnado de furia después de que abriera la puerta, para así poder reírsele en la cara con sorna y desprecio.

Por unos segundos, los intentos cesaron y Asami se sintió decepcionada.

Un aullido resonó por toda la casa y un momento después, el estruendo que produjo el golpe de Korra sobre la puerta la sacudió. La cancela de madera golpeó de lleno contra la pared: prácticamente se salió de sus goznes. El espejo que recibió el impacto cayó hecho añicos, lo que agregó un poco más de escándalo a la escena. Korra, con el rostro cambiado con sus dientes sobresaliendo, sus ojos rojos y sus orejas puntiagudas. Había descargado sobre la puerta todo su poder Alfa.

Asami, boquiabierta, observaba cómo su esposa recuperaba la compostura. Rígida, sentada en el lecho, presenciaba la escena con la mitad del cuerpo cubierto por las sábanas.

Lo vio acercarse hasta los pies de la cama. Sus ojos, cargados de odio, conservando su color rojo. Sus cejas, unidas en una misma línea, habían recuperado ese aspecto satánico que lograba inmovilizarla y enmudecerla. Presintió que se aproximaba su fin.

Korra llegó al extremo del lecho y, sin quitar su mirada de los ojos de Asami, sacudió en el aire las sábanas que la tapaban, dejándola al descubierto. Sin darle tiempo a nada, la tomó por los tobillos y la arrastró hacia ella como si se tratase de una muñeca de trapo. Asami gritó de terror.

Las piernas le quedaron colgando a ambos costados del cuerpo de Korra que, al borde de la cama, se erguía colosal frente a ella. Desde esa perspectiva, parecía un gigante. Se sintió morir cuando le acercó el rostro al suyo y la tomó por el cuello.

Trató de bajar la vista: no soportaba mirarla.

—¡Ah, no, señora mía! Ahora me va a mirar directo aquí —exclamó Korra, quitándole la mano del cuello por un segundo, y señalándose el entrecejo. Y como ella insistió en no mirarla, le levantó el rostro, presionando con sus pulgares bajo el mentón.

—Si no deseas que te haga el amor —musitó con odio—, no lo haré; pero dímelo de frente y no actúes como una chiquilla malcriada y torpe.

Korra permaneció unos instantes más sosteniendo la cara de Asami; ella sentía que su respiración le golpeaba la piel. Pensó, aterrada, que con un movimiento de sus manos podría quebrarle el cuello. Pero no lo hizo.

Cuando se apartó de ella, dispuesta a salir, sus ojos chocaron con los sirvientes de la mansión, entre ellos Visola y Katara, que contemplaban atónitos la escena desde la puerta.

—¡Fuera! ¡Fuera de aquí, cuervos malditos! —gritó, fuera de sí.

Todos se hicieron humo.

Antes de salir, divisó la silla que impedía el acceso por la entrada común. Se acercó a ella lentamente. Luego, dio la vuelta, clavó sus ojos en los de Asami, y le sonrió sarcásticamente.

—Muy ingeniosa —dijo, con expresión torva. La madera de la silla crujió con el puntapié que le propinó de Wolf, que la desencajó del picaporte, y la envió a varios metros de distancia.

Asami lanzó un grito desgarrador, y un momento después rompió en un llanto amargo y lastimero.

—¡Cree que le tengo miedo! —Bramó en el momento en que Korra traspasaba la puerta—. ¡Cree que le temo porque puede matarme con una sola mano! ¡No, no!

De Wolf se detuvo bajo el dintel.

—¡Lo odio, maldito de Wolf! ¡Lo odio con toda mi alma! ¡Y usted sí debe ser la mismísima diabla como dicen, porque esto se ha convertido para mí en el infierno!

Sin siquiera mirarla, Korra abandonó la habitación.

Con las palabras de Asami aún golpeándole los oídos, Korra salió al corredor. Ya no había nadie allí; los sirvientes habían desaparecido.

Bajó a paso rápido la escalera y dio un portazo al ingresar a su escritorio. Se dejó caer en el sofá, y ocultó el rostro entre las manos. De pronto, se incorporó y fue directo a la bandeja con el coñac. Se sirvió una copa y la vació de un trago. Luego, sin inmutarse, apuró otras tres copas más. Finalmente, volvió al sofá, se recostó, y fijó la vista en el cielo raso.

Trataba de entenderla. Quería hacerlo, pero no podía. No conseguía ordenar sus pensamientos. Estaba demasiado humillada y herida para controlarse. Sabía que si regresaba a la habitación de Asami era capaz de estrangularla. Golpeó con rudeza el piso de madera y profirió un insulto. Después, se levantó del sofá y abandonó el estudio.

Vio la puerta del salón azul entornada y el piano que había comprado para ella.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar aquella primera noche. Todo había comenzado allí. La silueta de Asami, hermosa y tentadora, reaparecía frente a ella, sentada en ese taburete, descargando su pasión sobre las teclas nuevas del piano.

Volvió a ver su rostro concentrado, su boca entreabierta, y a escuchar los acordes armoniosos que acompañaron el despertar de su irrefrenable deseo. Alcanzó de prisa la puerta principal y abandonó la mansión.

El frío de la noche le golpeó el pecho, pero no le importó. De pronto, el sonido de la guitarra de los peones inundó sus oídos; decidió seguir aquella melodía hasta que el color alazán del fogón apareció unos cuantos metros más allá. Sólo deseaba escuchar la música, de modo que se mantuvo alejada, medio escondida. Sin embargo, tampoco así pudo dejar de pensar en Asami.

Cada recuerdo volvía a su mente azotándola cruelmente. ¿Por qué había trabado las puertas? ¿Por qué se había encerrado? ¿Por qué no la deseaba? ¿Por qué no era amable y dulce con ella? Las preguntas sin respuesta le provocaban una sensación de tristeza y vacío que nunca había sentido.

Cuando volvió a mirar hacia el grupo de peones, las cuerdas de la guitarra ya no sonaban y el fuego se había extinguido.

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Luu7: pronto, gracias por tus palabras

Delldertod: para que no se quede con la duda. enserio? porque? tan mala se mira Korra?

TenaciousElixir: me alegro mucho que te gusten espero que sigas sintonizando a pesar de todo. no me había fijado en eso que dices así que le pondré un poco mas de atención aunque los siguientes capítulos se vean algo así. ya que otra vez no tengo la computadora y se me dificulta editarlos.

Maria: lo que pasa es que conozco a este publico y se que no le gusta leer poco así que uní dos capítulos.

lo siento chicos pero las noticias no van mejorando otra vez me quede sin la computadora y solo publicare los episodios que tengo asi que espero que me disculpen otra vez y tengan paciencia.

Que La Fuerza Los Acompañe…