Let it go - James Bay
Hinata
Desperté sola en mi cama, solamente el eterno aroma a fresas y banana de Himawari que flotaba en el aire me acompañaba. Me senté en el borde y volví a meditar lo mismo que me mantuvo en vela hasta entrada la madrugada mientras el sol y las olas lejanas me saludaban a lo lejos.
Fue un verdadero shock volver a ver a Naruto, sus ojos azules, su cabello rubio... pero sobre todo darme cuenta de que en el fondo seguía anhelando su corazón, su amor.
Sin embargo, eso era imposible aun sí él aseguraba que no me había olvidado, aun si sus ojos brillaban con aquel sentimiento que siempre me hizo sentir segura.
Estaba rota.
Por dentro y por fuera.
Y los recuerdos de lo que sucedió después de que me dejase esperándolo por horas en nuestra playa opacaba cualquier atisbo de sentimiento, de esperanza que pudiera surgir, del deseo de volver a ser abrazada por esos brazos fuertes y poderosos.
Me habían arruinado al amor por completo.
No soportaba siquiera pensar en volver a depositar mi confianza en alguien más, sobre todo él; la persona que más amé, en la que más confié, a la que entregué mi corazón como si fuese un delicado tesoro y permitió se le resbalara de las manos y se hiciera añicos.
Naruto no tenía la culpa de lo que me pasó, lo sé y siempre lo tuve bien claro. Pero fue su abandono, la falta de fe en lo que sentíamos, las promesas rotas, los constantes rechazos antes de que todo sucediera; lo que acabó con cualquier oportunidad de volver a amar y ser amada. Por mucho daño que me hubiese causado, Naruto merecía a alguien completo para ser feliz, no una mujer arruinada que vivía a medias, que siempre miraba sobre el hombro, recelosa, desconfiada, que se mantenía de un lado de la acera para evitar que la lastimaran otra vez.
Sequé la lagrima que sin querer escapó, riñéndome a mí misma por compadecerme, por sentir lastima de mi futuro desalentador. Tenía una hija preciosa que amaba, que lo era todo, tenía también mi propio negocio y aunque me quedara tan poco tiempo para disfrutar de la compañía y el amor de mi padre, agradecía al menos estar aquí con él. Eso debía ser suficiente para mí.
Solo me quedaba desearle a Naruto lo mejor.
Ingresé al baño y me desnudé, admirando esa fea cicatriz en mi clavícula, la señal física de que estaba rota, de que no tenía arreglo, y de que era mejor así; vivir en una burbuja que evitaba que los demás entraran más allá de donde me sentía cómoda.
Bajé las escaleras una vez me duché y me vestí, en la cocina escuchaba voces y risas y al entrar, no pude evitar sorprenderme cuando me encontré a mi madre; la refinada Hana Hyuga cubierta de harina y riendo a carcajadas junto a su nieta. Preparaban galletas, al parecer y sin poderlo evitar, una gran sonrisa se dibujó en mis labios al verlas compartir. Mi madre podría ser fría e indiferente, pero no podía negar que Himawari había tocado su corazón. Merecía algo de felicidad en medio de toda la mierda por la que estaba atravesando.
― ¡Buenos días mamá! ―exclamó mi pequeña hada, radiante y blanca por la harina―. La abu y yo estamos haciendo galletas de avena ¿quieres?
―Por supuesto ―Me acerqué y besé sus mejillas regordetas―. Muero por probarlas.
―Estarán listas en unos minutos ―dijo mi madre, besé su mejilla también.
― ¿Papá ya desayunó? ―Sacudió la cabeza, apartando la mirada, no queriendo mostrar el dolor que sé que la carcome por dentro. En ese momento entró la enfermera sonriéndonos a modo de saludo―. Yo le llevaré la comida ¿está bien? ―indiqué, suponiendo que lo mejor para mi madre ahora que estoy aquí es distraerse de la enfermedad de mi padre.
―Claro, señorita Hyuga, en unos minutos lo tendré todo listo.
―Hinata ―susurró mamá a mi lado. Ladeé la cabeza, dispuesta a escuchar lo que sea que me diría. Himawari corrió fuera de la cocina cuando Kakashi la llamó desde el jardín. Era impresionante como todos se habían enamorado de mi hija tan rápidamente, pero lo comprendía, lo mismo me sucedió una vez la tuve en brazos y rodeó mi dedo índice con su diminuta manita.
Volví mi atención a ella.
―Dime, mamá.
Suspiró.
―No sabes cuanto lamento haberte hecho lo que te hice, esa niña es... increíble.
Sonreí.
―Mamá, los perdoné en el momento en que le dieron una oportunidad, no tienes nada de qué preocuparte.
―Pero es que... ―La interrumpí.
―Irme de aquí fue necesario para sanar, compréndelo por favor. Si me hubiese quedado probablemente me hubiese consumido por el dolor, por la depresión. Salir de Myrtle Beach fue lo mejor que me pudo haber pasado dadas las circunstancias, he logrado reconstruir mi vida, forjar mi futuro. Fue difícil no te lo niego, pero estoy satisfecha. Así que no tienes que disculparte, todo se acomodó a cómo debía de ser.
Un brillo de compasión atravesó sus ojos grises.
― ¿Eres feliz, cariño?
Enmudecí, incapaz de responder a esa pregunta. ¿Lo era? Tenía todo lo que necesitaba, pero... sí, lo reconocía, hacía falta algo, existía dentro de mí un vacío que no quería explicar, que no quería reconocer, pero que ahora pinchaba con más fuerza desde que lo volví a ver, desde que me volví a perder en el océano de sus ojos, en las profundidades de unas sensaciones que hacía años no sentía, no experimentaba.
Reía, sí, tenía amigos en Chicago, disfrutaba mi trabajo y compartía con mi hija. No obstante, no podía negar que todas las noches; cinco minutos antes de dormir, me sentaba frente al enorme ventanal de mi apartamento a contemplar las luces de la ciudad, a pensar en él. Esos minutos eran de Naruto, y durante cinco años fueron intocables, sagrados, suyos.
―La comida del señor Hyuga está lista, señorita ―interrumpió la enfermera, notando el ambiente tenso que se formó una vez mi madre formuló esa pregunta que atravesó las barreras de mi defensa.
―En seguida voy ―Giré sobre mis talones, sintiendo la mirada penetrante clavada en mi nuca. Tomé la comida de mi padre y salí de la cocina con ese conocido y ya acostumbrado nudo en la garganta.
Subí las escaleras y empujé la puerta que me separaba de mi padre; la penumbra era casi absoluta, por lo que, frunciendo las cejas, deposité su comida en el buró y me apresuré a descorrer las cortinas. Él necesitaba luz, algo que le diese vida, no que lo sentenciaran a esa oscuridad como si la muerte estuviese solo a dos segundos de apoderarse de él. El olor a enfermedad perturbaba mis pulmones, así que apunté mentalmente solicitarles a las empleadas que limpiaran la habitación y cambiaran las sabanas por otras más limpias, suaves y frescas, y que la mantuvieran así, iluminada... unas flores tampoco estarían mal.
―Gracias, cariño ―farfulló mi padre desde la cama, sonriendo perceptiblemente―. Me sentía metido... en un sarcófago con tanta... oscuridad... ―Se interrumpió cuando la tos lo volvió a atacar.
―Debiste haberlo dicho.
Se encogió de un hombro.
―No quiero... ser una molestia.
―No eres ninguna molestia ―Acomodé varias almohadas tras su espalda y le ayudé a sentarse―. Ahora a comer.
Lo hice y fue sumamente difícil, para él era un esfuerzo enorme pasar bocado y pronto una película de sudor cubrió su frente pálida. A medio plato se dio por vencido y se rindió contra las almohadas, pero al menos... comió la mitad.
―Cuéntame... cómo te ha ido ―susurró minutos después.
―Bien ―exclamé―. Con el dinero que poseía alquilé un apartamento y sobreviví con eso hasta que Himawari nació, luego, cuando ella tenía dos meses, busqué trabajo y lo conseguí como camarera. Había forjado una buena amistad con la casera y ella me ayudó a cuidarla mientras yo trabajaba. Las propinas eran buenas y fui ahorrando más, y cuando ella cumplió un año y empecé a recibir tu ayuda; me inscribí y saqué un técnico en Fotografía y Edición Digital, como ya tenía mi propia cámara no fue muy difícil, y una vez terminé, invertí todo lo que me diste en un estudio fotográfico... me ha ido muy bien hasta el momento.
―Me alegra... tanto que... ―Tomó aire entrecortadamente―, a pesar de... lo imbéciles que... fuimos tu... madre y yo... pudieras salir... adelante...
―Como le dije antes a mamá; a pesar de que dolió... fue necesario ―Sonreí secando su frente―. Necesitaba sanar y solo lejos de aquí lo lograría.
―Nada de eso... hubiese sido necesario... de no ser... por mi culpa... ―Sus labios temblaron, ladeé la cabeza.
― ¿Por?
Él apartó la mirada, rehuyéndole a mis ojos y luciendo terriblemente culpable por algo. No lo era, nadie hubiese podido adivinar que algo así pasaría, que tendría que vivir algo tan horripilante como lo que pasé, nadie tenía la culpa y eso fue algo que me costó demasiado admitir. Me culpé, culpé a Naruto, pero no era así, el único culpable fue ese... maldito bastardo que me desgració la vida, nada más.
―Días... antes de... ―Tragó saliva con dificultad―. Hablé con... Naruto...
Un sudor espeso bajó por mi nuca cuando escuché su nombre en sus labios. Me tensé, sintiendo como mi interior se coludía, como mi sangre empezó a enfriarse y recorrer mis venas con más potencia. Mi boca se secó y mis palmas sudaron...
―No sabes... como me ha remordido... ―susurró antes de toser con demasiada fuerza. Tomé el pañuelo del buró y lo presioné en su boca.
―No hables más papá, no importa ―Mi voz sonó tensa, hueca... como si mis cuerdas vocales estuvieran tan estiradas como las de un violín.
―No... ―Sacudió la cabeza―. Tengo que... decirlo.
―Papá, no creo que...
―Hija ―Me interrumpió―. Yo... le dije que te... dejara, que no podían... seguir juntos. Le dije cosas que... no eran del todo... ciertas...
Me puse de pie, casi jadeando y probablemente tan pálida como las paredes blancas de esta habitación. Era cierto, lo sabía, sabía que mi padre lo había hecho. Habíamos discutido sobre eso tantas veces y fui rotunda al decirle que jamás dejaría a Naruto, que lo amaba y que habíamos hecho planes. Planes donde nos veíamos juntos, donde vivíamos y nos superábamos por nuestros propios medios. Él quería Harvard, pero yo quería lo que Naruto quería; Carolina del Norte, y a él simplemente no le importó... le fue con mierda, con juicios errados de estatus social, de prestigio universitario que probablemente lo aturdió, tambaleó aquellos cimientos que forjamos...
Sin embargo...
¿Tan inestables eran esos cimientos?
¿Tan débiles eran?
―Hija, perdóname...
―No ―espeté furiosa, pero más que todo dolida ¿Así de débil era el amor que decía sentir por mí? – No es tu culpa.
―Pero...
―Papá ―Me acerqué a su cama y sostuve su mano entre la mía, parpadeando las lágrimas que debido al dolor enrojecieron mis ojos―. No lo es. Conozco a Naruto, unas simples palabras no lo hubiesen hecho cambiar de opinión, él ya planeaba dejarme, él ya había decidido que lo nuestro no tenía futuro. Lo que hiciste fue lo que necesitaba para convencerse de que era así. Lo que pasó, pasó porque tenía que pasar. Punto.
Lo vi bajar la mirada... y si que lo terca lo había heredado de mi padre. Aun cuando esa era la verdad, que lo que pudo decir en ese entonces no fue lo que hizo a Naruto irse y abandonarme, sé que sigue fustigándose. No diré que él es perfecto, porque no lo es. Sé muy bien que mi padre pudo ser mejor de proponérselo, pero no por eso le echaré la culpa de algo de lo que definitivamente no tiene responsabilidad, de que lo que Naruto sentía por mí fuera pura mierda.
―Descansa ¿quieres? Llevaré a Himawari por un helado, tal vez a la playa... Nos vemos más tarde, descansa.
―Te quiero, hija.
Besé su frente.
―Yo también.
Una hora después de desayunar y aplicar bloqueador solar en mi piel y la de mi hija; Himawari y yo nos dirigimos al paseo costero. La brisa marina que sacudía nuestro cabello era purificante, como si espantara ese peso que llevaba sobre los hombros desde hacía cinco años. No sabía cuánto extrañaba Myrtle Beach, pero ahora sabía que lo hacía, y mucho. Disfruté del paisaje que solo esta ciudad poseía, de la imponente vista de Skywheel, el muelle y de la larga caminata escuchando el oleaje y las gaviotas mientras mi hija parloteaba y se entusiasmaba por cada cosa que veía.
Nos hacían falta vacaciones, y aunque las circunstancias eran demasiado tristes, me prometí que haría a mi hija enamorarse de este lugar tanto como yo lo hice... y continuaba estando.
― ¿Hinata? ―dijo mi nombre una voz femenina cuando nos detuvimos cerca del Parque Pyler por un helado. Volteé y me tensé cuando vi a Sakura; una de las que en ese entonces llamaba amiga, pero de la que siempre desconfié por haber intentado algo con Naruto siendo mi novio.
Aunque bueno, él ya no era ni sería nada mío, eso ya no debía de importar.
―Hola, Sakura ―Aferré la manita de Himawari cuando vi sus ojos verdes desviarse hacia ella.
―Wow ¿es tuya? ―Asentí. Sus iris relampaguearon sorprendidos―. Se parece mucho a ti.
―Soy tan bonita como mi mamá ―Saltó mi pequeña, ella la escrutó sin saber que la estaba observando hacer precisamente eso.
Enarqué una ceja.
―No sabía que habías regresado a Myrtle Beach ―dijo elevando su mirada a la mía. Iba muy bien vestida en comparación a como solía en aquel entonces; elegante, maquillada, bolso de marca y tacones altísimos.
―Lo hice por mi padre ―susurré―. Tiene cáncer terminal.
―Pensé que por Naruto ―Su ceja se elevó, ignorando lo de mi padre, pues bien, papá tampoco era muy querido por la comunidad―. No hace muchos días que lo vi por aquí, seguro querrás que se haga cargo ¿no?
Parpadeé comprendiendo a lo que se refería, y es que nadie sabía lo que me había sucedido, mi padre se había encargado de que nadie lo supiera. Suficiente humillación y dolor había sufrido como para soportar también las habladurías de la gente, le agradecí eso y por eso es normal que Sakura asocie la edad de Himawari a la posibilidad de que sea hija de Naruto. Mordí mi labio. Si supiera que antes de ese día llevaba semanas sin tocarme...
Tragué el nudo de mi garganta.
―No es de Naruto.
Sus cejas subieron hasta casi tocar el nacimiento de su pelo rosa. El interés brillaba en esos iris verdes ahora que le había asegurado que no había ningún obstáculo en su camino. Pues no era tonta, ella siempre estuvo interesada en él, y a juzgar por la apariencia de Naruto después de estos años en el ejército...
De pronto una imagen se formó justo delante de mí y por un segundo sentí el sabor de mi saliva demasiado rancio, demasiado amargo. Naruto rodeando a Sakura con sus brazos fuertes, bronceados, llenos de venas y brillantes de sudor, aquella boca sensual y carnosa fundiéndose con la suya tan fina... ese sonrojo característico sobre el puente de su nariz y sus pupilas oscurecidas por el placer... por el placer que ella le provocaba... placer que no provenía de mí.
Mi boca se secó y mi puño se apretó.
―Oh, vaya...
Fingí ver la hora.
―Nos vemos por ahí, Sakura. Me dio gusto verte.
Giré sobre mis talones, alejándome de Sakura, pero deteniéndome de golpe cuando atisbé una silueta que me observaba de lejos. Enfoqué la mirada, pero fue inútil. El sol estaba en lo alto y era difícil distinguir formas con tanta luz.
―Claro, espero que pronto nos reunamos por un café o algo...
Ignoré a Sakura cuando esa sensación de alguien observándome estremeció los poros de mi cuerpo y cuando la figura se volteó y desapareció, alcance a vislumbrar las curvas características de una mujer.
«¿Qué demonios?»
― ¡Mamá quiero un helado! ―El grito emocionado de Himawari me trajo de vuelta a la tierra. Sacudí la cabeza, espantando ese estremecimiento, ese frío que erizaba los vellos de mi nuca.
―Claro, cariño.
Compré un helado de fresa para mí, ignorando esa punzada de melancolía que me inundó cuando con ese simple acto recuerdos que jamás se borrarían volvieron a acudir a mí. Himawari tomó el suyo de choco menta y aferró su manita a la mía. La guie por el paseo costero hasta alejarnos de la multitud turística que se aglomeraba cerca de Skywheel, pero inevitablemente mis pasos se detuvieron cuando supe hacia donde me dirigí inconscientemente, cuando lo vi a él sentado en esa banca donde compartimos tantas cosas, donde nos dijimos otras muchas que hasta el día de hoy pululan en mi mente.
Naruto miraba fijamente el mar, que brillaba gracias al intenso sol de la tarde y cuyas olas destelleaban como el flash de una cámara a la hora de capturar una imagen que sabes será impresionante. Sus cabellos dorados se mecían con la brisa, sus ojos reflejaban el paisaje que admiraban, y el color canela de su piel prácticamente resplandecía y opacaba el precioso paisaje gracias a esa camisa blanca que se ceñía a sus bíceps marcados.
Era hermoso.
Eso nadie lo podía negar... jamás.
― ¿Mami? ―susurró Himawari.
Al escucharla; Naruto giró en nuestra dirección, conectando nuestras miradas permanentemente gracias a ese hilo invisible que siempre las atraía.
―Hinata ―exclamó poniéndose de pie. Vi el momento exacto en que se percató de la presencia de Himawari, lo supe en el instante en que sus mejillas palidecieron, sus pupilas se encogieron y su nuez de Adán se movió.
― ¿Mami quién es él?
¿Han investigado ya sobre Myrtle Beach? Es un lugar preciosísimo
