Buenas noches a todos, a qui les traigo otro capitulo de esta hermosa historia
Ni los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos autores
aliciacevbra: esa es la intención de Lucy, realmente no te diré si lo hace o no, descúbrelo! pero sinceramente no creo que el entrenador deje que todo su trabajo se valla al drenaje solo por una "Rubia Tonta"
Guest: Me encantaría saber como te llamas jajajaja, pero en fin muchas gracias por leer la historia, y me alegra que te este gustando.
Mirai Fuyu: !Feliz Cumpleaños¡ realmente no sabia eso, pero me alegra haberte dar un regalo de cumpleaños, intente buscar This Man, pero realmente no lo encontré, espero encontrarlo pronto. Lo mismo me paso a mi cuando lo lei, lo adapte y lo re- lei para subirlo, odie a Jude bastante y Rogue no se diga.
Kitsuni: Te entiendo perfectamente, lo mismo me pasa a mi cuando voy al gimnasio, de hecho solo voy por mi entrenador jajajaja
Muchas gracias a todos los que leen esta historia, y muchas gracias por sus comentarios.
Sin mas los dejo leer
—No hay que darle más vueltas, Salamander —dijo Tully Archer, dirigiéndose a Natsu Dragneel en susurros como si fueran espías aliados encontrándose en el Grunewald para intercambiar secretos militares—. Te guste o no te guste, la preciosa rubia está al mando.
—Jude ha debido pensar con el culo—Natsu miró ceñudamente al camarero, que estaba a punto llegar con otra bandeja de champán y el hombre rápidamente dio la vuelta. Natsu odiaba el champán. No sólo por el afeminado sabor, sino por la manera en que sentía las estúpidas copas en sus grandes manos llenas de cicatrices. Incluso más que al champán, odiaba la idea de que la rubia tonta del cuerpo de infarto poseyera su equipo de fútbol.
Los dos entrenadores estaban de pie en el espacioso mirador de la Sears Tower, que había sido cerrada al público esa tarde en beneficio del United Negro College Fund. Del suelo al techo había ventanas que reflejaban los centros florales de todo el recinto, mientras un quinteto de viento tocaba la Sinfonía de Chigado de Debussy. Los miembros de todo el equipo se mezclaban con figuras locales de la prensa, política y algunas estrellas de cine que estaban en la ciudad. Natsu odiaba cualquier ocasión que requiriera esmoquin, pero cuando existía un motivo lo suficientemente importante, se obligaba a asistir.
Desde que había comenzado como quarterback en la Universidad de Crimson, Alabama, hacía tantos años, las luchas de Dragneel, dentro y fuera del campo, se habían convertido en algo legendario. Como argumento a su favor, él había sido un demonio sanguinario con aspecto de bárbaro. Había sido un quarterback que se entregaba, no un niño mimado, incluso con el defensa más feroz intentando amenazarle, porque en cualquier enfrentamiento que Natsu Dragneel mantuviera, asumía que era el más fuerte y el más listo. De cualquier manera, tenía intención de ser el ganador.
Fuera del campo también era agresivo. Algunas veces había llegado a ser arrestado por alterar el orden público, destrucción de la propiedad, y, al principio de su carrera, poseer alguna sustancia ilegal.
La edad y la madurez lo habían hecho más sabio en algunas cosas pero no en otras, y se encontró observando a la congresista más joven de Illinois cuando se paró ante un grupo de personas de etiqueta detrás de Tully. Llevaba puesto uno de esos vestidos de noche que parecían simples pero que probablemente costaban más que un par de pendientes de diamantes. Su pelo castaño claro estaba retirado de su nuca por un lazo fino de terciopelo. Era bella y sofisticada. Y además atraía una considerable cantidad de atención y no pudo evitar darse cuenta de que él era una de las pocas personas de la reunión que ella no había saludado. En cambio, una atractiva morena con un ceñido vestido plateado se desvivía por él. Dándole la espalda a Tully, ella pestañeó directamente a Natsu con unas pestañas tan llenas de rimel que le asombró que todavía las pudiera mover.
—Estás muy sólo, entrenador —se relamió los labios—.Te vi jugar contra los Cowboys antes de que te retiraras. Eras un autentico salvaje ese día.
—Estoy bastante seguro de que soy salvaje todos los días, cariño.
—Eso es lo que he oído. —Él sintió que la mano femenina se deslizaba en el bolsillo de su chaqueta y supo que le estaba dejando su número de teléfono. Intentó recordar si había vaciado sus bolsillos desde la última vez que se había puesto el esmoquin. Con una sonrisa húmeda que ofrecía todo y más, ella se marchó.
Tully estaba tan acostumbrado a que sus conversaciones con Natsu fueran entorpecidas por mujeres rapaces que siguió la conversación como si no los hubieran interrumpido.
-Todo ese asunto me irrita. ¿Cómo permitió Jude que algo así pudiera ocurrir?
Lo qué Lucy Heartfilia estaba haciendo con su equipo de fútbol indignaba tanto a Natsu que no quería ni pensar en ello, sobre todo cuando no tenía nada alrededor que golpear. Se distrajo buscando con la mirada a la bella congresista y la divisó hablando con uno de los concejales de Chicago. Sus rasgos aristocráticos estaban totalmente controlados, sus gestos eran a la vez forzados y elegantes. Rezumaba clase de pies a cabeza, no era el tipo de mujer que pudiera imaginar con harina en la nariz o un bebé en los brazos. Se dio la vuelta para irse. En ese momento de su vida, una mujer enharinada, horneando galletas y sosteniendo bebés era exactamente lo que quería ver.
Después de incontables años de escándalos y un matrimonio que había sido un error garrafal, Natsu Dragneel quería establecerse. A los treinta y siete años, anhelaba tener niños, una casa entera llena de ellos, y una mujer que estuviera más interesada en cambiar pañales que conducir un Chrysler.
Estaba a punto de empezar una nueva vida. Nada de mujeres con profesión, no más conejitas glamorosas, no más devora-hombres. Quería fijarse en una mujer que se quedara en casa, del tipo que disfrutaría del desorden de un niño que comenzara a andar, una mujer cuya idea de la moda fuera unos vaqueros y una de sus viejas sudaderas, el tipo de mujer corriente que no hiciera girar cabezas, ni volviera locos a los demás hombres. Y una vez que estuviera comprometido, sus días de vagabundeo se habrían acabado. No había engañado a su primera esposa y no iba a engañar a esta.
A su lado, Tully Archer todavía roía el tema de Lucy Heartfilia.
—Sabes que no me gusta hablar mal de nadie, especialmente del sexo débil, pero esa rubia me llamó caramelito. Joder, Salamander. Ese no es precisamente el tipo de persona que debería poseer un equipo de fútbol.
—En eso has acertado.
La cara de Santa Claus de Tully se arrugó como la de un bebé.
—Y tiene un caniche, Natsu. Los dos sabemos que los entrenadores de los Bears están siempre peleando con Mike McCaskey, pero joder, al menos no tienen un dueño que vaya a todos lados con un caniche. Te lo digo en serio, los he estado evitando desde el entierro. Me apostaría un riñón que todavía están riéndose de nosotros.
Una vez que Tully empezaba, era difícil detenerle, y siguió con el mismo tema. Natsu advirtió que la congresista se estaba acercando gradualmente a las puertas del ascensor, rodeando un grupo de gente mientras se marchaba. Le echó un vistazo a su reloj.
—Se supone que éste es un año de transición para nosotros, Salamander —dijo Tully—. Jude despidió a Brewster el noviembre pasado y te contrató como entrenador principal. Tuvimos suerte con el plan B, lo hicimos mejor de lo que pensábamos, incluso ganamos un par de partidos al final de la temporada.
¿Pero quien podía pensar que Makarov Dreyar nos abandonaría y que terminaríamos por tener a Gray de presidente? Un músculo comenzó a palpitar en la mandíbula de Natsu. Tully negó con la cabeza.
—Lucy Heartfilia y Gray Fullbuster, los Stars tienen nueva dueña y presidente interino. Fíjate lo que te digo, Salamander, Vince Lombardi se está riendo de nosotros y seguirá haciéndolo hasta que se muera.
El silencio cayó entre ellos mientras los pensamientos de ambos hombres tomaban caminos igual de deprimentes. En las seis semanas que habían pasado desde el entierro de Jude, Lucy había desaparecido, deteniendo todas las operaciones comerciales, porque nadie más estaba autorizado para firmar los contratos. Cuando no pudo ser localizada, Makarov Dreyar, presidente de los Stars, se había dejado llevar por la frustración y a continuación había buscado empleo en la Oficina del Comisionado. Y para completar la crónica de un desastre, Gray Fullbuster, que había sido asistente de Makarov Dreyar, era el presidente de los Stars.
Las condiciones del testamento de Jude se habían filtrado a los medios de comunicación, dejándolos estupefactos. Como todos los demás, Natsu había asumido que Jude le dejaría los Stars a Sting inmediatamente, no al final de la temporada. Aunque Sting Eucliffe estaba bien considerado en la comunidad, Natsu siempre lo había encontrado un poco repulsivo y no había esperado con ilusión trabajar para él. Ahora, sin embargo, habría dado cualquier cosa por ver a Sting sentándose en la vieja oficina de Jude.
—Howie me dijo que has estado intentando ponerte en contacto con Lyon Vastia. ¿No te sentirás culpable por dejar que lo echara finalmente, verdad?
Natsu negó con la cabeza, si bien aún le molestaba.
—Tuvimos que hacerlo.
—Maldita sea. Él cada vez entrenaba menos y no hubiera pasado un control antidoping.
—Lo se. —La muerte de Lyle Alzado por abuso de esteroides no le había enseñado ni una maldita cosa a tíos como Lyon Vastia. Natsu sabía que Tully había tenido razón al aconsejarle echar a Lyon del equipo y debería haberlo hecho cuando Lyon había sufrido su segundo arresto del año. En vez de eso, lo había traído de vuelta, Natsudo al veterano defensa de los Stars más oportunidades de las que le habría dado cualquier otra persona. Vastia había sido un jugador genial hasta que su dependencia del alcohol y las drogas se habían descontrolado, pero Natsu había querido agotar todas las posibilidades. Había intentado meter a Lyon en rehabilitación. Lo había intentado hasta que había dejado de llegar a tiempo a los entrenamientos y dejado de fingir que obedecía las reglas, pero Lyon ni siquiera escuchaba a otra persona que no fuera su camello habitual.
Tully tiró del cuello de su camisa.
—¿Sabías que Gray me llevó aparte un par de días después de que Makarov se fuera y me dijo que te presionara más para echar a Vastia?
Natsu odiaba hablar del actual presidente de los Stars casi tanto como odiaba hablar de la nueva dueña.
—¿Y porqué Gray no se dirigió a mi?
—Lo tienes aterrorizado. Desde que lo encerraste en aquella taquilla.
—Me cabreó.
—Gray nunca fue nada más que el perrito faldero de Makarov. —Tully negó con la cabeza—. Todo el mundo sabe que obtuvo el trabajo sólo porque Jude le debía un favor a su padre. Sé que Jude nunca habría dejado los Stars en manos de su hija si supiera que Makarov iba a abandonar. Gray es un asno, Salamander. ¿Te conté la última vez que Bobby Tom hizo el burro después de un entrenamiento en la última temporada, cuando Gray salió al campo? Ya sabes cómo es Bobby Tom, le gusta tomar un poco el pelo —Oye, Gray, buscamos un nuevo receptor—. Y le lanzó la pelota en un lanzamiento realmente suave, de no más de cinco yardas. De todas maneras, Gray levantó el brazo para atraparlo y le aplastó los dedos. Comenzó a sacudir la mano como si alguien le estuviera matando. A Bobby Tom le gusta perforar intestinos. ¿Pero cómo puedes respetar a un presidente que no puede recibir un lanzamiento de pelota como ese?
El monólogo de Tully se interrumpió cuando uno de los protagonistas de su conversación, uno de los fichajes del año anterior, el receptor5 de los Stars, Bobby Tom Denton se acercó. A Bobby Tom le gustaba vestir bien y su impecable esmoquin negro estaba acompañado por una camisa blanca, pajarita plateada, botas de piel de serpiente y un gran Stetson negro.
Como cualquiera sabía, el único momento en que Bobby Tom se sacaba su Stetson de vaquero era cuando se ponía su casco. Una de sus muchas novias había dicho al Nacional Enquirer que incluso lo llevaba puesto cuando hacía el amor. Sin embargo, no era demasiado creíble porque también le había dicho al Enquirer que Bobby Tom era hijo ilegítimo de Roy Orbison, una declaración que había contrariado poderosamente a la madre de Bobby Tom, aunque cualquiera que hubiera oído cantar alguna vez a Bobby Tom se hubiera dado cuenta de la mentira.
Bobby Tom saludó con el Stetson a Tully y a Natsu.
—Entrenador. Entrenador.
Natsu inclinó la cabeza hacia atrás.
—Bobby Tom.
El receptor se dirigió a Tully.
—¿Oye, Entrenador, que opinas de esto? Esa pelirroja de allí me dijo que todos sus novios creen que soy el mejor receptor de la liga. ¿Tú que opinas?
¿Crees que mi perfil es mejor que el de Tom Waddle?
Tully contempló el perfil del receptor como si estuviera considerando seriamente la pregunta.
—No sé, Bobby Tom. La nariz de Waddle es más recta que la tuya. —Bobby Tom solía picarse cuando alguien ponía en duda su buena apariencia y esa noche no fue una excepción.
—¿De veras? Para tu información dijo que me parezco a ese actor de cine,
¿Cuál era su nombre? Christian Slater. —Bobby Tom frunció el ceño—. ¿Alguien sabe quien coño es Christian Slater?
Ninguno de ellos lo sabía.
Por un momento Bobby Tom pareció algo perdido. Luego arrebató una copa de champán a un camarero que pasaba y sonrió ampliamente.
—Bueno, pues te diré una cosa sobre él. Debe ser guapo como un demonio.
Todos ellos se rieron. A Natsu le gustaba Bobby Tom fuera del campo, pero le gustaba aún más dentro. Era uno de los mejores receptores que Natsu había visto en años, tenía arrojo, cerebro y las manos tan suaves que ni siquiera podías oír el golpe de la pelota cuando la recibía. Lo que no tenía era su actualización de contrato firmada y ese hecho estaba a punto de llevar a Natsu a contemplar la posibilidad de cometer homicidio con determinada rubia tonta.
Jude se había muerto cuando estaban a punto de terminar las negociaciones con el taimado agente de Bobby Tom. Y ahora no había nadie en Los Stars con autorización para firmar el contrato salvo Lucy Heartfilia, de quien sólo sabían que estaba de vacaciones y no podía ser molestada.
Bobby Tom no era el único jugador de Natsu que tenía el contrato sin firmar. Tenía un línea ofensiva6, Darnell Pruitt, que era tan bueno que daba miedo, y un joven línea secundaria7, que ya había participado con los Stars en las irreflexivas acciones forzadas de la última temporada. Ninguno de ellos podría viajar a Meadowlands el próximo fin de semana para el cuarto partido de pretemporada de los Stars contra los Jets. Y si no se solucionaba pronto, ninguno podría participar en el inicio de temporada al cabo de dos semanas.
Gracias a la rubia tonta que había desaparecido, Natsu Dragneel estaba a punto de perder a tres de los jugadores más prometedores de la liga. Sabía como funcionaba la NFL y no necesitaba una bola de cristal para saber que había una docena de equipos esperando, babeantes y con las chequeras en blanco, que esos tres jugadores perdieran la paciencia con un equipo que se estaba convirtiendo rápidamente en un mal chiste.
A una edad temprana el cinturón de su padre había enseñado a Natsu que ganar era lo único que contaba en la vida. Siempre había sido un competidor agresivo, derribando a cualquiera que se pusiera en su camino y en ese mismo momento se hizo una promesa a sí mismo. Si alguna vez ponía sus manos encima a cierta rubia, le enseñaría una lección que no olvidaría.
—Hola, Entrenador, soy Melanie.
La mirada de Bobby Tom vagó por una bella joven bien proporcionada que sólo tenía ojos para Natsu. El joven receptor negó con la cabeza.
—Joder, Entrenador. Ligas más que yo.
—Te llevo ventaja, Bobby Tom. Ya me alcanzarás. —Rodeó con el brazo a la chica—. Ahora, ¿me vas a decir tu nombre otra vez, cariño?
Natsu oyó la sirena justo cuando alcanzó el Eisenhower Expressway donde el East West Tollway se separaba a la izquierda. Había dejado a Melanie en la recepción una hora antes y cuando le echó un vistazo al espejo retrovisor se alegró de que sus días de borrachera hubieran pasado.
Echó a un lado su rojo Ferrari 512 TR. Era un coche muy pequeño para él, pero soportaba la falta de espacio para sus rodillas porque el Testarossa era la máquina de conducir más bella del mundo. Realmente, doscientos mil dólares eran una suma muy grande de dinero para pagar por un coche cuando había gente durmiendo en las calles, así que después de comprarlo, había donado la misma cantidad para una de sus ong's favoritas. La mayor parte de los años donaba más dinero del que gastaba, con lo cual creía que ya hacía lo correcto.
Cuando el patrullero se acercó al lado del conductor, Natsu bajó su ventanilla. El policía ya había visto la matrícula del Testarossa: "Salamander. 11".
Apoyó el codo en la capota del coche y se inclinó hacia abajo.
—Buenas noches, Entrenador. Natsu saludó con la cabeza.
—Supongo que tiene prisa.
—¿Qué velocidad llevaba?
—Iba a más de ciento cuarenta cuando pasó Mannheim. Natsu sonrió ampliamente y golpeó el volante.
—Joder, me encanta este coche. También creía que iba a menos. Hay demasiados domingueros en la carretera esta noche.
—Y que lo diga —El policía se tomó algunos momentos para admirar el coche antes de devolver su atención a Natsu—. ¿Y como crees que lo harán contra los Jets este fin de semana?
—Nos dejaremos el pellejo en ello.
—¿Ya firmó Bobby Tom?
—Me temo que no.
—Es una pena. —Retiró el brazo—. Bueno, pues de todas maneras buena suerte. Y levante el pie del acelerador, ¿vale, Entrenador? Tenemos algunos chicos de guardia esta noche que todavía le guardan rencor por ese partido que perdió contra los Browns el año pasado.
—Gracias por la advertencia.
Era casi la una de la mañana cuando Natsu salió de la autopista, el tráfico era más o menos fluido. Ya se había quitado la chaqueta de esmoquin cuando se echó al arcén izquierdo, se sacó violentamente la pajarita y se desabrochó el cuello de la camisa.
A pesar de haber tenido algún encontronzo con la ley, le gustaban los policías. Había tropezado con la ley varias veces desde aquella vez que había robado una cerveza a los doce años. Los policías de Tuscaloosa habían hecho bastante por enderezarle cuando jugaba para el Tide algunos años después. Uno de ellos incluso había logrado convencerle en una noche, del valor de la educación universitaria después de que los polis hubieran acudido a una riña entre Natsu y un pijo de clase alta de Auburn en un bar llamado Wooden Dick.
—Tienes cerebro, chico. ¿Cuándo piensas empezar a usarlo?
El guardia le había hablado la mayor parte de la noche y lo había hecho comenzar a pensar en el futuro a largo plazo. El fútbol había sido el billete de Natsu para salir de la pobreza en la que había crecido, pero el policía le hizo darse cuenta de que no podría jugar siempre.
En los siguientes semestres, gradualmente reemplazó sus clases de educación física y arte por cursos de negocios, matemáticas y finanzas. Al cabo de un año tenía un brillante historial académico a pesar del número de noches que se iba de juerga. Su máxima satisfacción en Alabama fue percatarse de que tenía cerebro y no sólo talento deportivo.
Regresó por Cermak Road y Oak Brook y serpenteó a través de las calles laterales hasta que divisó la tienda a su derecha. Aparcó, apagó el motor y salió del pequeño vehículo.
Había cinco personas dentro de la tienda, pero sólo dos de ellas eran mujeres. Una era una pelirroja teñida y la despachó de inmediato. La otra parecía demasiado joven para estar en un Seven-Eleven a las tantas de la noche. Estaba de pie como una chica de alterne, mascando chicle y haciendo un montón de globos mientras lo contemplaba. Sus flequillo estaba suelto, pero el resto de su pelo estaba retirado de su cara y sujeto en la coronilla con un pasador de plata. Si bien la noche era caliente, húmeda y calurosa, ella llevaba metidas ambas manos en los bolsillos de una chaqueta con el nombre de Escuela Secundaria "Varsity Cheerleader" sobre el pecho izquierdo.
Lo miró acercarse y su boca se entreabrió. Una faldita muy ajustada de lycra sobresalía varios centímetros bajo la chaqueta. Sus piernas eran delgadas y estaban desnudas, sus pies metidos en un par de zapatos negros. Cuando él se detuvo delante de ella, se dio cuenta de que llevaba bastante más maquillaje del que debían llevar las muchachitas.
—Sé quien eres —dijo ella.
—¿De veras?
—Ajá —Ella masticó el chicle varias veces como si estuviera nerviosa, pero no lo estaba—. Eres el entrenador de los Stars. Natsu… no… Sr. Dragneel.
—Cierto.
—Soy Tiffany.
—Si tú lo dices.
—Te he visto mucho últimamente en la tele.
—¿Cuántos años tienes, cariño?
—Dieciséis. —Pero sus ojos los recorrieron con una madurez de muchos más años—. Eres muy guapo.
—Y tú pareces mucho mayor que dieciséis.
—Lo sé. —Masticó su chicle durante unos segundos y luego se miró los pies—Mis padres no están esta noche. ¿Quieres venir a mi casa conmigo, Sr. Dragneel?
—¿Para hacer qué?
—Ya sabes. Tener relaciones sexuales.
—¿No crees que eres un poco cría para liarte con un tío tan mayor como
yo?
—Estoy cansada de niños. Quiero hacerlo con un hombre.
Una máquina de videojuego emitió un pitido cerca de la puerta.
—Me gustan las mujeres con unos cuantos años más encima.
Ella sacó una mano del bolsillo de su chaqueta y, acercándose lo suficiente
para que nadie dentro de la tienda pudiera ver lo que hacía, acarició con un movimiento ascendente el interior del muslo de Natsu.
—Seré realmente buena contigo. —Su mano presionó más—. Por favor. Te lo prometo. Te dejaré hacer cualquier cosa que quieras.
—Si lo pones así, nena, haces difícil que pueda negarme.
Ella quitó la mano como si se avergonzara de su descaro y sacó un juego de llaves del bolsillo.
—Conduzco el coche de mi papi. Sígueme.
El coche era un Mercedes modelo antiguo. Natsu siguió los faros traseros mientras recorrían, en la quietud de la noche, la calle de tres carriles de una exclusiva zona residencial. La casa, blanca y de dos plantas, se asentaba en una zona arbolada. Cuando enfiló el camino de acceso, vislumbró las luces de una lámpara de araña de cristal resplandeciendo a través de la puerta de rejilla de la entrada principal.
La casa tenía un garaje de tres plazas a un lado y la puerta de la izquierda estaba abierta. Introdujo el Mercedes dentro. Él estacionó detrás y salió. Cuando él estuvo dentro del garaje, ella presionó el botón que cerraba la puerta.
Su faldita de lycra mostraba cada curva de su trasero cuando se encaminó a las puertas dobles que llevaban a la casa.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó ella cuando entraron en una cocina blanca débilmente iluminada con aparatos de avanzada tecnología y un refrigerador de grandes dimensiones de acero inoxidable.
Él negó con la cabeza.
Las luces caían suavemente sobre ella exagerando su maquillaje. Ella colocó su bolso sobre el suelo y se sacó los zapatos. Sin quitarse la chaqueta de colegiala, alcanzó debajo de su falda y se bajó las bragas. Eran azul claro.
Las dejó caer sobre el alicatado blanco.
—¿Quieres patatas fritas, tacos o alguna otra cosa?
—Bueno, algo quiero, eso es cierto.
Durante varios segundos ella se mantuvo completamente quieta. Luego salió de la cocina. Él la siguió a través de un vestíbulo a una sala de estar espaciosa con muebles de roble americano tapizados con lujosas telas, de brillantes colores. Las paredes de mármol exhibían originales de grandes obras maestras y pedestales de piedra sostenían diversas esculturas.
—Papá debe de tener pasta —dijo él con voz ronca.
—Somos italianos. Es de la mafia, pero se supone que nadie lo sabe.
¿Quieres ver una de sus armas?
—Paso.
Ella se encogió de hombros y lo condujo a otra habitación, que se mantuvo a oscuras hasta que presionó el interruptor de una pequeña lámpara de sobremesa produciendo una gran sombra sobre el escritorio. La luz reveló que ella había escogido un estudio en lugar de un dormitorio. Había un negro escritorio liso delante de un par de librerías. Más arte caro colgaba de las paredes y los postigos cubrían las ventanas. Ella se detuvo entre un sofá de cuero negro y la butaca a juego.
—¿Seguro que no quieres algo de beber, Sr. Dragneel?
—Seguro.
Ella lo contempló un momento y luego sus manos fueron a la hilera de botones de su blusa blanca. Uno por uno, los desabrochó.
—Supongo que te desharás de ese chicle por mí.
Ella se encaminó al escritorio y con expresión malhumorada se quitó la gran bola rosa de su boca. Alargando la mano por encima de un montón de documentos, la dejó en un cenicero de alabastro. No llevaba sujetador y él vio sus pechos cuando se inclinó hacia adelante. La incandescencia de la lámpara de sobremesa doró sus pequeños pezones.
—Siéntate sobre el escritorio, cariño.
La lycra de la falda se subió por sus muslos cuando ella elevó sus caderas sobre el borde. Abrió las piernas, manteniendo las puntas de sus pies sobre la alfombra.
Él caminó hacia ella, sacando el cinturón de su pantalón.
—¿Eres una fierecilla, no es cierto?
—Aja. Supongo que es parte del problema.
—Apuesto que sí. —Él metió sus manos bajo la chaqueta de colegiala y luego bajo su blusa, sacándola de la cinturilla de la falda. Su gran mano viajó hacia arriba por su columna y se movió al frente. Él ahuecó sus pequeños pechos y acarició los pezones con sus pulgares.
Las manos de ella se movieron a la cremallera. Por un momento se quedó quieta, luego tembló.
—Dime que quieres que haga.
—Parece que lo haces realmente bien tú sola.
—¡Dímelo, maldita sea!
—Bien cariño, ábreme la cremallera.
—¿Te gusta esto?
—Bastante.
—¿Y ahora qué?
—Mete la mano dentro, a ver si encuentras algo que te interese.
Con la respiración entrecortada ella obedeció sus instrucciones al pie de la letra.
—Eres realmente grande. —Lo acunó entre sus manos mientras arqueaba la espalda para que sus pechos se apretaran más contra sus palmas—. Me da miedo.
—Ah, lo haré realmente fácil para ti.
—¿Lo harás?
—Lo prometo.
—No me importa si me duele un poco.
—No me gustaría lastimarte.
—Está bien, en serio…
—Si tú lo dices, entonces… —Él olió el chicle en su aliento cuando le cogió las rodillas y las elevó para apoyar sus talones en la parte superior del escritorio. La falda se subió hasta el estómago. Él se movió entre sus muslos abiertos y metió un dedo dentro de ella.
—¿Quieres que te duela?
—Oh, Sí. ¡Sí! ¿Qué vas a hacerme? Él se lo dijo. ronca y explícitamente.
Su respiración se hizo más pesada y él pudo sentir el calor de su aliento al respirar. Él le sacó la chaqueta y, metiendo las manos bajo sus nalgas desnudas, la elevó del escritorio. Ella envolvió sus piernas alrededor de sus caderas y rozó sus pechos contra los pliegues de la camisa de Natsu mientras la
llevaba a la gran butaca de cuero. Él se sentó allí y situó sus rodillas a cada lado de sus caderas a fin de que ella se montara a horcajadas sobre él.
Su blusa abierta colgaba sobre sus pechos que habían enrojecido por el roce de su camisa. Sus piernas abiertas revelaban la reluciente maraña de rizos de entre sus muslos. Él estaba palpitante y comenzó a empujarla hacia abajo para que ella lo pudiera albergar, pero ella se resistió.
—¿No vas a pegarme primero? Él gimió.
—¿Lo vas a hacer? —repitió ella. Él se rindió a lo inevitable.
—¿Hiciste algo incorrectamente?
—Se supone que dejo entrar a cualquiera en casa cuando mis padres se
van.
—Entonces creo que voy a tener que castigarte, ¿no es cierto?
—¡No! ¡No lo hagas! —Sus párpados se cerraron con excitación.
Él estaba listo para explotar y desde luego no de humor para jugar.
Tomando la decisión de no tardar demasiado, la derribó sobre su regazo y subió bruscamente la falda hasta su cintura. Dejando ante sus ojos las nalgas al descubierto, él dejó caer su mano sobre sus curvas suaves.
Él era un hombre fuerte, pero contuvo cuidadosamente su fuerza, dándole sólo un poco más de lo que ella quería. Ella se quedó sin aliento y se retorció bajo sus golpes, que se iban volviendo cada vez más excitantes.
Mientras sus nalgas adquirían un matiz débilmente rosado, reflexionó sobre todos los problemas que su ex-esposa le causaba. Llamadas nocturnas cuando estaba hecha trizas, molestias legales, entrevistas con periodistas.
—¡Ay! ¡Eso es demasiado fuerte!
Una vez y otra su mano conectó con su carne blanda.
—¿Vas a ser buena, cariño?
—¡Si!
—¿Cómo de buena?
—¡Ay! ¡Para!
—Dime lo buena que vas a ser.
—¡Vale! ¡Seré buena, maldición! Él le pegó otra vez.
—Nada de sucias pullitas en los periódicos.
—Vale. ¡Para!
—Nada de llamadas a medianoche.
—Estás estropeándolo todo.
Él metió la mano entre sus piernas—. No lo creo. —Y luego volvió a sacarlo.
Ella inmediatamente se empaló sobre él.
—Eres un hijo de puta.
Él se introdujo más profundamente.
—Cierto. Soy un hijo de puta.
Ella se retorció brutalmente. El teléfono del escritorio comenzó a sonar, pero ambos lo ignoraron. Graycos gemidos salían de su garganta mientras agarraba su pelo albino con sus puños. Él enterró la cara en sus pechos al tiempo que clavaba los dedos en sus nalgas.
El timbre se detuvo y el contestador automático empezó a sonar.
Ella echó hacia atrás la cabeza y gritó cuando se rompió en mil pedazos.
—Soy Lisanna Dragneel. Ahora mismo no puedo contestar. Si me dejas un mensaje, me pondré en contacto tan pronto como sea posible.
La máquina emitió un pitido y luego sonó una voz.
—Congresista, soy Stu Blake. Siento mucho llamar tan tarde, pero…
La voz siguió hablando.
Con un gemido, Natsu se derramó dentro de ella. Ella cayó sobre él al mismo tiempo que el mensaje llegaba al final.
Beep.
5 Receptor: Wide Receptor, wide-out, aunque también reciben otros nombres como Split End o Flanker, son los encargados de recibir los pases del quaterback. Hay varios tipos de receptores pero dos principales: El velocista y el de posesión. El velocista, como su nombre indica, se caracteriza por su rapidez y su principal baza consiste en dejar atrás a su marcador por piernas y desmarcarse. Suelen ser los destinatarios de pases profundos. El de posesión se caracteriza por tener muy buenas manos y atrapar balones en las peores condiciones. Se les suele utilizar en pases cortos e intermedios y en jugadas vitales en las que hay que asegurar la posesión (N de T)
6 Línea ofensiva: offensive tackle, La jugadores de la linea ofensiva destacan por su envergadura y peso ( algunos pesan más de 150 kilos ) y sus siluetas no son nada atléticas (ni falta que les hace ). El objetivo de estos hombres es simplemente formar una barrera para que ningún hombre de la defensa les sobrepase y llegue hasta el QB o el portador del balón. (N de T)
7 Línea secundaria: Safet, es el cierre de la defensa y el último hombre a batir. Su trabajo consiste en parar al atacante que haya logrado superar a todos sus compañeros y evitar el touchdown como mal menor. (N de T)
Subiré mas rápido estos libros, ya que los tengo adaptados, intentare subir un capitulo por dia, si no cada 3 días mas tardar, todo depende de como llegue a la casa.
Los quiero
Nalu Forever
Luce Dragneel
