Lo sé, lo sé, lo sé! Siento muchísimo haber tenido los fics abandonados tanto tiempo. ¡No tengo perdón! A mi favor debo decir que he estado ocupadísima con los estudios y no he tenido apenas tiempo para abrir siquiera la página de FanFiction. Pero el esfuerzo parece haber dado sus frutos, oye, hahaha.
En fin, que vuelvo a pediros perdón por la tardanza, pero espero que disfrutéis de la lectura.
Disclaimer: Nada de lo que podáis reconocer me pertenece. Harry Potter y su fantástico mundo pertenece a J.K.
—¡Mierda, James! ¡Eres un jodido guarro, tío! —Sirius presiona las aletas de su nariz empleando los dedos a modo de pinza—. Díselo Lunático, dile que es un cerdo y que Quejicus huele mejor que él. Merlín, menudo tufo has dejado en la maldita habitación.
Pero Remus, que permanece cómodamente tendido sobre su cama, rueda los ojos y hace caso omiso del joven que brinca salvajemente sobre su colchón. El libro que sostiene entre sus manos es sobradamente más interesante que presenciar otra de las ridículas peleas entre Canuto y Cornamenta.
—¿Qué pasa? ¿Acaso tu aristocrático culo Black nunca se tira pedos o qué? —suelta James con petulancia—. Porque tú tampoco es que tengas una flor en el ojete, precisamente ¿sabes?
Peter ríe animadamente ante la ocurrencia de Potter y ésta le provoca tanta gracia que cae estrepitosamente por el lateral de su cama, aterrizando sobre el suelo con un ruido sordo. Remus retira su mirada ambarina de las líneas del libro y la centra en el rubio regordete que yace despatarrado de cualquier manera. Peter se reincorpora torpemente con el semblante serio y el joven licántropo advierte que le falta un diente.
—Haz el puñetero favor de abrir la ventana y dejar que se ventile el cuarto o moriremos todos asfixiados —le espeta Sirius haciendo exagerados aspavientos con la mano para evitar respirar el embriagador aroma.
—Bésame el culo, chucho.
—Te gustaría demasiado y no quiero ser el responsable de que a tu histérica pelirroja… —enmudece de sopetón cuando un almohadón impacta de lleno en su cara, desequilibrándolo peligrosamente sobre las sábanas, y termina corriendo la misma suerte que Peter momentos antes.
La ensordecedora carcajada de James invade la habitación y pronto se encuentra secundado por Remus y Peter, cuyo incisivo ha vuelto a su lugar de origen por obra del joven licántropo. Sirius se levanta de un salto y se abalanza con deliberada rudeza sobre James, que continúa desternillándose sobre su cama, y comienza a propinarle toscos puñetazos en el abdomen. Ambos jóvenes juegan gritando y jaleando como auténticos energúmenos.
—Me largo a las cocinas, tengo hambre —anuncia Sirius momentos más tarde, apartándose de James y caminando derecho hacia la puerta del dormitorio.
—Oye, Canuto, en serio, no es necesario ir a las cocinas para comer… ¡aquí huele que alimenta! —exclama la voz de Remus, que consigue filtrarse hasta sus oídos justo antes de cerrar la puerta tras de sí.
Black no es capaz de retener una amplia sonrisa.
Se desliza escaleras abajo, cruza la desierta Sala Común y abandona la Torre de Gryffindor tras atravesar el hueco del retrato. El corredor se encuentra totalmente vacío y tenuemente iluminado por las antorchas que permanecen ancladas a la pared. Blancos recuadros de luz se dibujan sobre el empedrado del suelo originados por los esplendorosos rayos, que se filtran a través de las ventanas desde lo más alto del cielo nocturno. Sirius camina indolentemente por los sombríos pasillos sin molestarse siquiera en camuflar el sonido de sus pisadas. El joven, intrépido y desfachatado, tampoco ha creído necesario coger la Capa Invisible ni el mapa del Merodeador. ¿Para qué? El castillo es enteramente suyo, conoce incluso el más insondable de los secretos que el colegio custodia.
Sirius avanza a través del corredor con una mano en el bolsillo del pantalón de su pijama. Pronto llega a su destino: un angosto corredor sin salida alguna. Para cualquier otro alumno de la escuela habría resultado frustrante culminar su paseo en un callejón sin salida, sin embargo, un Merodeador no es un simple alumno y Sirius sabe al dedillo lo que debe hacer a continuación. Se detiene justo al séptimo paso, ni uno más ni uno menos, y se planta frente al descomunal cuadro que expone un bodegón. Localiza la jugosa pera y le hace cosquillas con la yema de sus dedos. Al instante, la obra pictórica se hace a un lado para descubrir el acceso a una colosal cámara.
Aun habiendo concluido la hora de la cena hacía ya un rato, todavía es posible apreciar un apetitoso aroma que permanece adherido a cada una de las losas que conforma las paredes de las soberbias cocinas de Hogwarts. Nada más acceder al lugar, una simpática elfina saluda con amabilidad a Sirius e inmediatamente se ruboriza cuando éste le dedica un guiño de ojo.
—Ándate con ojo, galán, o la próxima vez terminará por pedirte la mano en matrimonio —la repentina voz sobresalta por un segundo al gallardo joven, quien, no obstante, se sobrepone con disimulo en un santiamén y pronto identifica a la poseedora de tan terso sonido.
Savannah recibe al moreno con una singular sonrisa. Y él acoge el gesto de la muchacha con más entusiasmo del que jamás se atrevería a confesar.
—¿Y cuánto tiempo debe pasar para que seas tú quien se decida a hacerlo?
Los iris metalizados de Sirius brillan de manera casi imperceptible en la penumbra de la sala, pero Savannah, que experimenta una violenta corriente eléctrica que recorre su ser de arriba a abajo, se ve obligada a romper el contacto visual, intimidada por el magnetismo de su mirada.
Sirius se aproxima a la larguísima mesa de madera y toma asiento justo frente a ella.
—No te burles, hablo completamente en serio. Parece que no eres consciente de lo que provocas en ella.
—Lo cierto es que eso no me interesa lo más mínimo —responde Sirius por pura inercia.
Savannah alza las cejas de manera inquisitiva y hace un mohín. Sostiene entre las manos una copa cuyo contenido presenta una tonalidad amarilla.
—¿Qué? —se extraña él sin entender muy bien las señas de la chica.
Da un sorbo al apetitoso líquido de su copa y después pasea la lengua por sus labios en un acto que a Sirius le parece de lo más pecaminoso.
—No deberías actuar como si nada de esto te importara. Por muy Merodeador que te creas y todas esas tonterías que tienes en la cabeza, tú también te enamorarás algún día, ¿sabes? Es algo que no podrás controlar de ningún modo. Llegará sin más. Y si continúas con esta actitud de chucho faldero terminarás haciendo daño a alguien.
Sirius permanece mudo, completamente asombrado por lo surrealista de la situación. ¿Enamorado él? Y ríe en su fuero interior. Sin embargo, y contra todo pronóstico, la compañía de Savannah Harley lejos de resultarle molesta, consigue que el chico se sienta particularmente sereno y confiado.
—No estoy hecho para el compromiso, Harley —se sincera el joven Black—. Adoro mi libertad. Es a ella a quien realmente debo mi lealtad.
La chica posa su mirada aceitunada sobre los magníficos ojos de él. Y pasados unos segundos, ambos sonríen sin saber muy bien el porqué.
—¿Sorbete de limón? —ofrece Savannah acercando el recipiente al regazo de Sirius.
Él acoge el aperitivo con sumo gusto y bebe, revelando así la sublime distinción que proporciona una educación aristocrática.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —y no, no es una pregunta hecha al azar, por eso, Sirius se sorprende a sí mismo cuando cae en la cuenta de que verdaderamente siente curiosidad por conocer la respuesta.
Da otro sorbo. Amargo.
—Nada en especial —ella se encoge de hombros, quizá tratando de quitar hierro al asunto. Suspira—. En mi mente ya está más que interiorizada la idea de que no lograré superar los ÉXTASIS de Defensa Contra las Artes Oscuras. No, los duelos no son lo mío.
—¿Eso es todo? —Sirius se retrepa sobre el respaldo de su silla y esboza una media sonrisa. Con un gesto que destila elegancia por doquier, desliza la copa por la superficie de la mesa y ésta se detiene justo entre las manos de Savannah—. En tal caso yo podría ayudarte. Te enseñaré cómo batirte en duelo y salir indemne de él, por supuesto. Soy el mejor duelista de todo Hogwarts, nena.
La castaña alza una ceja, pasmada por la repentina amabilidad con la que actúa el joven Black, aunque, eso sí, sin dejar de lado su característica chulería.
—¿Así sin más? ¿Sin pedir a cambio conductas obscenas ni preguntar cuál es el color de mi ropa interior?
—No hay necesidad de eso, Harley —Sirius se levanta de la silla y se aproxima con deliberada lentitud a la joven. El oscuro flequillo cae sobre su frente, oscureciendo así la tonalidad de sus singulares ojos, y le susurra al oído con voz ronca:
—No llevas sostén.
Savannah enrojece hasta la raíz del cabello y pronto adopta el mismo parecido que una bombona de butano. Muerta de la vergüenza, intenta escupir algún comentario ingenioso e hiriente, pero su cerebro parece haberse declarado en huelga.
Sirius, satisfecho por el efecto que ha causado sus palabras en la joven, vierte el contenido de la copa y se bebe el sorbete de limón de un trago. A continuación, se inclina hábilmente sobre el rostro de Savannah y le planta un veloz beso sobre los labios. Fugaz. Intenso. Ella agranda los ojos de manera desmesurada, totalmente enajenada y sin saber cómo demonios reaccionar.
—El próximo fin de semana empezaremos —anuncia el mayor seductor que Hogwarts jamás ha conocido. Y abandona las cocinas del colegio con una maliciosa sonrisa en la cara.
Limón. Le encanta.
Et voilà! Sólo me queda añadir que el próximo capítulo pinta muy, pero que muy bien ;D
¡Besos!
Danna.
