CAPÍTULO 4 Asistentes no deseados a la boda.
-¡Arre! ¡Yiaaa!
Los hermanos Leagan partieron a todo galope con dirección al castillo Grandchester, Eliza iba a la cabeza, su rostro seguía rojo de rabia. – ¡No lo permitiré!- Repetía en voz baja mientras golpeada una y otra vez su caballo con el fuete exigiéndole al pobre animal una velocidad más allá de sus límites.
-¡Arre!
Lucía totalmente desquiciada, y no era para menos, su mayor propósito en la vida, desde el día en que se conocieron hacía ya varios años, había sido evitar a toda costa la felicidad de Candy, y de ser posible, ser ella la causante de su sufrimiento. Nunca había entendido qué era lo que veían los chicos en esa huérfana maleducada; era ruda, vulgar y ordinaria. Demasiada poca cosa para compararla con la hija de la gran familia Leagan, pero aun así todos parecían caer en una especie de maldito embrujo al conocer a Candy que los hacía tratarla como a una igual.
Y no solo eso, muchas veces la habían colocado en un lugar por encima de la propia Eliza, dentro de la misma familia Andrew, en el colegio otorgándole un suite, y sobre todo en el afecto. Anthony había preferido a Candy y ella lo llevó a la desgracia. Pero ahora Terry, -¡Terry no!- esto era demasiado. Terry era un excelente partido para cualquier chica de sociedad, pero para esa andrajosa era alguien con el que ni siquiera le estaba permitido soñar. Y debía de impedir lo que sea que estuvieran planeando a toda costa. Tal vez debió dar aviso a las hermanas del colegio San Pablo, lo pensó, pero tardarían mucho tiempo en averiguar. Esto era algo que tenía que impedirlo ella en persona.
Llegaron al castillo Grandchester encontrando la enorme reja de la entrada cerrada. La noche había caído y el castillo estaba a oscuras exceptuando una habitación.
-¿Qué hacemos ahora Eliza? La puerta está cerrada.
-Tendrás que saltarla para que la abras y pueda entrar. Solo hay luz en una habitación, probablemente están guardando el equipaje para huir.
-¿Saltarla? Eliza la puerta es muy alta, si me caigo puedo lastimarme gravemente.
-Neal no seas cobarde y date prisa mira que tenemos el tiempo contado.
-¿Quién anda ahí?
-o-
Marc era el hijo de la mucama que estaba al servicio del Castillo Grandchester desde hacía bastante tiempo. El niño que apenas contaba con 11 años de edad, idolatraba a Terry y le tenía un profundo cariño, sobre todo porque el joven heredero le otorgaba su amistad sinceramente. La madre del chico constantemente lo reprendía, porque según ella, a Marc muchas veces se le olvidaba que Terry en ausencia del Duque era el señor de esa casa y por lo tanto, debería de tratarlo con el debido respeto y sobre todo demostrarle siempre lealtad a él y a toda la familia. El resto de la familia Grandchester a Marc no le importaba, pocas veces había visto a los hermanos de Terry pero lo suficiente para darse cuenta que los otros hijos del Duque distaban mucho de su primogénito, tanto en apariencia física, pero sobre todo en carácter y trato hacia los demás. Marc no veía cómo su amistad podía ofender o faltarle el respeto a Terry, a quien parecía tampoco importarle que no se dirigiera a él como "joven", "señor", "patrón" o demás tonterías. Y en cuanto a la lealtad, no hacía falta que su madre se lo recordara, por su cabeza nunca pasaría el pensamiento de traicionar a Terry o desobedecerlo. Si Terry le hubiera pedido que saltara de un despeñadero el chico lo habría hecho sin detenerse a pensar si su amigo tendría alguna razón lógica para pedírselo. La lealtad para un niño no resulta un concepto complicado o difícil de cumplir; en ellos es un sentimiento tan simple, pero tan fuerte y sincero como la amistad, algo que no se puede ordenar, exigir o arrancar por la fuerza, nace directamente del corazón. Esa noche, su lealtad quedaría demostrada.
Por alguna inexplicable razón (conocida comúnmente como intuición) había decidido por iniciativa propia montar guardia en los alrededores de la propiedad, aunque el viejo castillo nunca había sido objeto de vándalos o ladrones, el simple apellido Grandchester inspiraba respeto entre los habitantes de la zona; aun así, armado con una lámpara y un viejo bastón de pastor se acercó al portón principal guiado por unos susurros en medio de la oscuridad.
-Mira Neal se acerca un sirviente, pero es solo un chiquillo.
-¿Quién anda ahí?, ¿qué buscan?
-Hola, mi nombre es Eliza Leagan y él es mi hermano Neal.-comenzó a decir Eliza esforzándose en mantener una empalagosa sonrisa- Somos grandes amigos de Terry y hemos venido a visitarlo. Sé amable y ábrenos la puerta. Pero no le digas que estamos aquí, nos gustaría sorprenderlo.
-El señor Terry no se encuentra disponible para nadie en este momento, vuelvan otro día.
-¡Eh!, ¿pero qué te has creído mocoso insolente?, esta no es forma de tratar a las visitas. Te ordeno que abras la puerta inmediatamente que mi hermana y yo necesitamos entrar.
Marc observó a Neal y Eliza por un momento. Luego extendió el bastón por entre los barrotes y tocó a Neal suavemente con la punta de éste.-Yo ya les he dicho que Terry pidió no ser molestado por NADIE, y nadie los incluye a ustedes dos.
-Cómo te atreves a decirnos que no somos nadie. Ya te he dicho que somos amigos de Terry, él mismo nos invitó y tendrás muchos problemas cuando se entere de la forma tan grosera en que nos trataste.
-Señorita, por quién me toma. Primero me dice que no le avise a mi patrón porque desean sorprenderlo, y ahora me dice que él mismo los invitó. Está bien, si Terry los invitó, les ruego por favor me muestren su invitación, si son tan amables.
-No necesitamos una invitación impresa para venir a visitar a nuestro amigo.
-Tal vez para una visita informal no señorito, pero para una boda sí.
-¿BODA?- exclamaron los hermanos al unísono.
- ¡Ah ya veo!, ni siquiera sabían y dicen que estaban invitados. Mejor dejen de molestar y retírense ahora mismo
-¿Boda? ¿De qué boda estás hablando? Contéstame. –Eliza avanzó contra la reja y por medio de los barrotes sacudía fuertemente al pequeño.
-¡Suélteme!
-¡Contesta!
-¿De qué otra boda voy a hablar? De la boda del joven Terry y la señorita Candy.
-¿Queeeeeeeeee?
-¡Eliza cuidado!
Eliza casi se desmaya debido a la impresión. Estaba pálida y fría, en su rostro dibujada una mueca de terror y locura. Marc aprovechó para librarse de ella.
-¿Escuchaste eso Neal?, era peor de lo que imaginábamos, se van a casar. ¡No podemos permitirlo, salta inmediatamente esa reja!
-¡Aquí nadie entra!-Marc tenía la lámpara en el piso y blandía su viejo bastón como una espada.
-¡Apártate, no podrás impedirlo!-Y Neal comenzó a trepar por la reja. En ese momento empezó a llover.
-¡Napoleón!, ¡Atila!, ¡Defiendan su castillo ahora!
Dos enormes perros sabuesos emergieron de la oscuridad dirigiéndose inmediatamente hacia Neal quien ya había trepado hasta media reja. Pero los perros daban enormes saltos y uno de ellos alcanzó a morderle la parte trasera de los pantalones, Neal, quien nunca se había caracterizado por su valor, se aferraba fuertemente a los barrotes para evitar caer a merced del enorme animal y gritaba como un desquiciado.
Una regordeta oveja bautizada como 93 también se unió a la batalla por defender el Castillo Grandchester; corrió directo hacia Eliza dándole un tope que la hizo volar cayendo directamente en un charco de lodo recién formado por la lluvia torrencial. El otro perro ladraba furiosamente a los caballos, quienes relinchaban de terror a punto de huir.
-¡Napoleón! ¡Atila! Quietos ya. Tú también 93. Ahora bien, señores Leagan. ¿Será que se retiran por las buenas, o prefieren que los perros los persigan? Corren el riesgo de que sus caballos huyan despavoridos y regresar caminando bajo esta lluvia no será nada agradable.
-Eliza vámonos por favor, estos perros parecen lobos hambrientos, vámonos ahora.
-¡No seas cobarde Neal! Tenemos que impedir que esa boda se lleve a cabo a como dé lugar.
-¿Impedirla? JAJAJAJAJA. Me complace informarle señorita, que tiene aproximadamente una hora que el padre les dio la bendición. El amo Terry y la Señorita Candy, mejor dicho, la Señora Grandchester, ya están casados; y en estos momentos se encuentran festejando su unión al lado de unos cuantos amigos en el salón.
-No…. No puede ser… ¡NO NONONO NOOOOOOO!…-Eliza azotaba furiosamente los puños en el pasto mojado. Parecía que estaba a punto de perder la razón. – ¡Maldita y mil veces maldita! Neal vámonos de aquí…pero esto no se va a quedar así Candy, me las vas a pagar lo juro. ¡ME LAS VAS A PAGAR!
-JAJAJAJAJA- en el salón todo era risas y celebración, solo Annie tenía una expresión de preocupación en el rostro y miraba por la ventana.
-¿Qué te pasa Annie, que estás mirando?
-Nada Candy, es solo que…los animales están muy inquietos y me pareció escuchar a alguien gritar.
-¡Bah! No es nada Annie. Los animales se asustan cuando hay tormenta. Ven con nosotros. Vamos todos siéntanse como en su casa. Aquí viviremos Candy y yo y quiero que se sientan a gusto, ya que espero que nos visiten con frecuencia. Todos brindemos una vez más. Porque me he casado con la mujer más maravillosa del mundo entero. ¡Por Candy!
-¡Por Candy!-Exclamaron todos chocando sus copas.
Terry bebió el contenido completo de su copa de un solo trago. -¡Ahhh! Estoy tan feliz que sería capaz hasta de besarte, Archie.
-No gracias, mejor guarda los besos para Candy.
Y todos estallaron en estruendosas carcajadas.
