Este... Hola. A-alguien se acuerda de esto? ._. En tal caso:

-Si es la primera vez que te encuentras con este fic, te invito cordialmente a leer los tres caps anteriores, a ver que opinas :)

-Al contrario, si eres alguno de los que ya lo habían leído pero no te acuerdas ni pipa de lo que iba, bien podrías o leer las últimas tres párrafos del cap anterior, o atender a este bonito resumen de lo sucedido: (Jinx llega a Piltover y la lía mucho, boom-crash-powpow- y muchas cosas más, luego Vi se molesta mucho y Caitlyn se molesta aun más porque Vi no le había contado que Jinx en en verdad su cof-cof-hermana-cof-cof) [Best resumen ever :v]

-Nota al final del capitulo :D


Capitulo 4: Headshot (1º parte)


A la edad de seis años, Caitlyn había encontrado en la sala de la que por entonces fue la casa familiar en la que vivía, los borradores preliminares para la fabricación de un mini androide casero que su madre seguramente habría hecho en el trabajo, y que ahora los había olvidado por allí. Las ideas plasmadas se veían que todavía no eran del todo precisas, además algunos cálculos estaban errados, probablemente solo eran un pequeño trabajo aparte que su madre habría hecho por diversión, o aburrimiento, de cualquier forma, aquello había atraído la implacable curiosidad de la pequeña niña.

Luego de un par de días en el que la madre de Caitlyn diera por perdidos esos planos, grande fue su sorpresa cuando sin buscarlos los encontró entre los cuadernos de dibujo de su hija menor, y no solo eso, sino que el borrador ya estaba terminado, con los bocetos completos y los cálculos corregidos y resueltos. En cuanto interrogó a la pequeña sobre el asunto, esta sencillamente se encogió de hombros, hasta se animó a preguntarle a su madre "¿cuándo armaría al androide?".

¿Te gustaría que lo hiciésemos juntas?, le preguntó la mujer. La joven asintió con entusiasmo y una gran sonrisa en su carita.

"Su hija es muy inteligente", "Seguramente llegará muy lejos"; como estás y entre otras son el tipo de frases que la madre de Caitlyn solía escuchar con más frecuencia. Y más que elogios, para ella se trataban de hechos. Su hija menor había demostrado desde muy joven ser astuta, curiosa, y muy testaruda, cualidades que según ella definirían su genialidad, porque en efecto, al igual que todos a su alrededor, veía en ella una gran futuro.

Si bien es verdad que le hubiese encantado que su hija siguiese sus pasos, que se metiera de lleno en la búsqueda sobre avances y entendimiento dentro del campo de los hextech que ella misma había comenzando hace unos años, nunca pudo transmitirle la misma pasión que ella sentía por ese tipo de investigaciones (Más tarde comprendería que su pasión residía en las investigaciones de otro tipo), pero eso jamás le habría disuadido de intentar empaparla sobre el tema, ya sea anotándola en diferentes cursos, pasándole específica bibliografía, llevándola a sus seminarios…

O algo más básico, como fabricar un mini androide casero.

Hoy por hoy, Caitlyn no le guardaba ningún tipo de rencor a su madre por sus constantes y -en teoría- disimulada insistencias de que se dedicara a la investigación hextech; al contrario, ese fue uno de los factores fundamentales que la ayudo en el buen desarrollo de su sentido de la indagación y el pensamiento crítico, y otras características que en suma la hacen ser quien es hoy en día. La Sheriff de Piltóver es una persona muy independiente, pero a la vez muy arraigada a sus afectos. Por eso, después de tantos años y cosas vividas, seguía conservando entre las pertenecías de su hogar el mini androide que había fabricado junto con su madre cuando era niña.

Seguramente ahora debía de estar hecho cenizas.

Luego de ese último encuentro con esa delincuente, poco era lo que podría recuperar en verdad de su destruido departamento.

Parada ahora del otro lado de la acera del su edificio, de su ex edificio, con los brazos cruzados y el seño fruncido, mientras intentaba ignorar el alboroto a su alrededor como los policías, la ambulancia y los curiosos a la redonda, sus pensamientos viajaban de escena en escena, de recuerdo entre recuerdo, hasta que por fin concluyó que teniendo en cuenta el contexto actual, preocuparse por algo tan innocuo como ya no tener vivienda, solamente interrumpiría su concentración de lo que es realmente importante.

Ahora, por el momento, solo podía pensar en una persona… Dos en realidad.

Esperó un poco para analizar la situación, y una vez que se hubo asegurado de que nadie la seguía observando, discretamente se escabulló entre el gentío hasta adentrarse en el portón que llevaba al estacionamiento subterráneo de su ex edificio. Una vez dentro, camino con más tranquilidad, seguía con los brazos cruzados y la expresión severa. No era para menos, pues estaba molesta. Demasiado molesta.

La Sheriff tenía fama de ser una persona serena y aparentemente imperturbable, siempre tomando las cosas con una calculada frialdad, aunque en realidad y lo que pocos saben, es que ella todo el tiempo está luchando contra su mal genio. Sus ganas de ser efusivamente irascible siempre quedaban aplacadas bajo un pesado manto de sosiego y reflexión, y también un par de tazas de té. Ahora, lo único que tenía a la mano para ayudar a tranquilizar su enfado, era su propio autocontrol, lo cual quizás podían ser muy malas noticias para la persona a la que estaba buscando.

Al girar por la última esquina del lugar, la encontró apoyada contra una de las paredes. Vi estaba sentada sobre la pequeña veredilla a los costados del estacionamiento, casi escondida tras uno de los pilares, con la cabeza gacha y un cigarrillo entre los dedos.

"¿Otra vez? Creí que ya había dejado de fumar", se preguntó mentalmente la Sheriff. Pues entonces sería otra cosa de la que no estaba enterada de su compañera.

En ese instante, Caitlyn deseo poder darse una patada a sí misma. "¡Por supuesto, idiota, todo estaba ahí!" Los graffitis, la nota en su escritorio, la peculiar actitud de Vi en estos días, las insistencias de Jinx… "Pensé que eran burlas generales. Ignore las coincidencias como si fuera una novata…" Fue un error, un terrible despiste. ¡Estaba clarísimo que había una relación entre ambas, y no fue capaz de indagar más en ella! Aunque ni en el más loco de los sueños pudo haberse llegado imaginar qué clase de relación tenían.

Hermanas.

"Ella dijo hermanas", se volvió a repetir.

La siniestra carcajada de Jinx perdiéndose en el horizonte volvió a irrumpir en su cabeza, así como también ese refulgente brillo en sus ojos, la imagen de sus largos y esqueléticos dedos puestos en el gatillo, moviéndose impacientes por disparar…

"No, alto."

Caitlyn se detuvo con paso firme al lado de Vi, esta ni siquiera levanto la cabeza. "No te distraigas, comprueba los hechos, indaga a fondo", rezo nuevamente para sus adentros.

Vi sabía quién era Jinx desde hace tiempo, eso lo tenía claro. El por qué de todo lo que demoró para contárselo a ella, a su compañera en este caso, la persona en la que se supone podía confiar, era algo que comenzaba a intuir, pero que quería escucharlo de su propia boca cuanto antes.

Caitlyn dio media vuelta y comenzó a alejarse. Finalmente, Vi se digno a levantar la mirada cuando esta ya se encontraba un par de metros lejos de ella, entonces la Sheriff se dio apenas la vuelta y con la mano le hizo una seña para que la siguiese. "¿Acaso tengo otra opción?" pensó desanimada la oficial. Le dio una última calada más al cigarro, lo tiro a un costado y lo apago con el talón derecho antes de seguir a la otra mujer.

Caminaron casi hasta la salida cuando Caitlyn se detuvo junto a la cabina del guardia de seguridad del estacionamiento. Abrió la puerta que estaba a un costado de este como quien abre la puerta de su casa, y después de asegurarse de que no hubiese nadie adentro, volvió a hacerle señas a Vi. Esta trago saliva con dificultad. Ya se imaginaba lo que iba a suceder.

Una vez ambas mujeres entraron a la cabina, Cait cerró la puerta tras de ella, bloqueándola por completo. No quería que nadie las interrumpiese ni que la oficial escapara, pues no sabía cuánto tiempo les llevaría. "Supongo que ella decidirá eso". Fue Caitlyn la primera en decir algo.

—Bien, te escucho. Comienza a hablar.

No hacía falta de mucho ingenio para darse cuenta de la situación, conocía ese tono de voz a la perfección. Esto era un interrogatorio, y Vi se sintió una vez más como la criminal bajo custodia.

(. . . Años atrás . . .)

Estaban siendo las últimas horas de la tarde, cuando un grupo de ladrones volvían exhaustos a su guarida luego de un largo y provechoso día de trabajo. Hoy les había tocado ir a por el botín mayor: tres enormes cargamentos repletos de la tan codiciada y célebre nueva tecnología hextech, una que estaba haciendo furor en la ciudad-estado, y siendo ahora mismo de lo más rogado a gritos en los negocios bajos. Sin dudas, y luego de que el atraco haya sido todo un éxito, las ganancias que harían gracias a ello le vendrían de maravilla para las remodelaciones que necesitaban hacer inmediatamente a su cuartel.

Dicho escondite se trataba de una enorme casa a las afueras de Piltóver, semejante a una de estas galardonadas pensiones, pero con muchos más pasillos y patios esparcidos por doquier. Se encontraban escondidos tras una seguidilla de muros y de edificios que los mantenían completamente alejados del resto de los alrededores, y más importante, de la presunta mirada de otros grupos rivales. Con el dinero que sacarían del trabajo de hoy, se asegurarían de distribuirlo en busca de mejorar su seguridad, o por lo menos de ese escondite, puesto que no era el único que tenían, pero definitivamente al que más cariño le guardaban.

Cada vez que este enorme equipo se preparaba para su próximo trabajo, eran las cabezas del grupo los únicos que se encargaban de vigilar y revisar que en cada ejecución hubiese el menor grado de margen de error posible. Al ser un grupo tan grande y numeroso, no siempre todos eran igual de capaces, y no todos tenían las mismas habilidades. Aquí para los inútiles no había lugar, sin embargo no discriminaban a nadie; hombres, mujeres, ansíanos o jóvenes, sean de Piltóver o no, eso era lo de menos. Siendo tantos y tan diferentes entre sí, era normal que hubiera discrepancias o enemistades entre ellos, por lo que con más razón siempre había que tener dos o tres líderes que mantuviesen el orden.

Roy, o nueve, como le llamaban la mayoría, era uno de estos. Un hombre alto, con un parche en su ojo derecho, de largo cabello castaño y expresión impasible, pero sumamente autoritario e intimidante. Pocos -si es que ninguno- tenían el suficiente valor para ir contra él y lo que sea que ordenase, es por eso que cuando dictó que uno de los miembros más jóvenes del grupo los acompañaría en el importante atraco del día de hoy, nadie objeto en absoluto, y más tarde tuvieron que quemar cualquier pensamiento que se hayan guardado, pues la chica de grandes ojos azules y de tan solo once años de edad, aquella ocasión se había desenvuelto a la perfección.

La joven en cuestión, en ese momento estaba ayudando a los demás hombres y mujeres (todos mayores que ella) a bajar las cajas y bolsas del importante botín del día para guardarlos en las bodegas, pero mientras caminaba con dos grandes bolsas cargadas a la espalda, no se fijaba por dónde andaba. Estaba buscando con la mirada inquieta entre los pasillos y ventanas abiertas que encontraba a alguien en particular, por lo que no tardo demasiado en chocarse contra uno de los hombres que caminaba en frente suyo.

— ¡Oye, fíjate por dónde vas, enana! —le gritó el enorme fortachón a la niña, mirándola con cara de pocos amigos. Esta le sacó la lengua en cuanto aquel se dio la vuelta.

— ¡Hey! —escuchó decir tras de ella y en un rápido reflejo, volteo hacía la dirección del llamado. Temía que la hubiesen descubierto —. Pero mira nada más quien ha vuelto del trabajo. ¡Manitas regresó sana y salva!

La voz había provenido desde el segundo piso. Allí, apoyada en el barandal de uno de los balcones, se encontraba una mujer alta, de cabello rubio arreglado en una enorme y puntiaguda cresta que coronaba su cabeza, rapada por los costados. Su piel, vista bajo su sencilla camiseta sin mangas, lucía tan pálida al ser rozada por los últimos rayos del sol de la tarde, provocando que sus tatuajes en ambos brazos le resaltaran del mismo modo en que resaltan las señales que indican peligro. Estaba usando sus pantalones verdes favoritos, esos que eran al menos diez talles más grandes que ella, sujetados con fuerza a su estrecha cintura con un elástico. Tenía otra vez los nudillos cubiertos con vendajes viejos, y en su rostro se iluminaba su siempre cándida sonrisa, una que brillaba con la misma intensidad con la que lo hacían sus piercings faciales. Su nombre era Sam. La siempre genial, arrebatadora y amorosa Sam. Justo la persona que la niña de once años que por entonces era Vi, había estado buscando desde que llegó.

Sam saltó desde el segundo piso, cayendo de pie en el suelo cual gato callejero, extendiendo los brazos para saludar a la joven, que de inmediato soltó las bolsas que estaba cargando, corriendo en dirección a ella. Después de ese amistoso abrazo, Sam pasó una de sus manos por entre los rebeldes mechones de cabello de la pequeña -la niña apenas si le llegaba un poco más abajo del pecho, y aun así ya era bastante alta para su edad.

—A ver Manitas —volvía a hablarle la mujer, agachándose hasta quedar a su mismo nivel —. Déjame que te eche un vistazo… ¿Estás bien, has vuelto entera? -le preguntaba mientras la zarandeaba con ligereza, provocando que la pequeña se riera un poco.

—Estoy bien, Sam. Ya deja de hacer eso. —le respondía entre risas.

— ¡Genial! Entonces, cuéntame… ¿Qué tal ha salido todo, eh? Ya me imagino que te pusieron a trabajar duro con todas esas cosas de… ¿C-cómo me dijiste que se llaman?

—Hardwares —le respondió —. ¿Puedes creer que uno de esos idiotas que me acompañó, tardó como diez minutos en desmantelar solamente uno? ¡Se supone que tendría que ser jodidamente fácil para ese pedazo de mierda!

— ¡Eh, shhh…! —le chistó molesta la mujer mayor, aunque solo tendría alrededor de unos veintitantos años —. ¿Y esa boquita? ¿Quién te enseñó a hablar a así?

—Amh… ¿Qué no fuiste tú? —le preguntó confundida.

—Ah, sí. Es verdad —Sam volvió a enderezarse y pasó una mano nuevamente por entre el cabello de la niña. —. Igual no quiero que hables como una maldita perra todo el rato, ¿de acuerdo?

—Si tú lo dices… —dijo un tanto divertida, después le devolvió la sonrisa a la mujer, con una todavía más amplia.

Sam era maravillosa, o al menos lo era con ella.

Desde que algunos miembros de esa agrupación se fijaron en la niña, ya de eso hace mucho tiempo atrás, cuando tendría alrededor de seis años más o menos, época que era justo en la edad en la que se permitían recibir nuevos integrantes (por conveniencia), la que fue en ese tiempo una Vi más joven, había mejorado las habilidades como timadora y mecánica hextech que ya en su momento demostró tener, además de seguir forjándose su fuerte y altanera personalidad, labrándose así entonces su propio camino e importancia dentro del grupo.

Dicho así suena muy fácil, pero nunca fue sencillo. Lejos de ser aquello una especie de familia disfuncional, cada integrante dentro del grupo permanecía dentro del mismo y se seguían tolerando entre sí, solo y únicamente por los beneficios que eso conllevaba. Al final de cuentas, todos no eran más que un conjunto de diferentes personas unidas por los mismos o muy similares intereses, entre ellos -y el que más le interesaba a la joven- el de sobrevivir.

Sin embargo, el ambiente era demasiado hostil para una niña de solamente seis años por ese entonces, y aunque ella confiaba en que podría con este tipo de cosas, jamás estaba dentro de sus opciones bajar la guardia; pero había excepciones, en las que simplemente relajarse y confiar eran posibilidades apetitosamente tentadoras. Y la más importante de todas esas excepciones era Sam, sin lugar a dudas.

Cabe destacar que todo aquel dentro del grupo no era llamado por su nombre real, sino por un número que se le iba asignando a cada uno con el correr del tiempo, para evitarse cualquier otro tipo de conflictos, hecho que por cierto no era algo que se tomara a la ligera. No en balde, cuando los cabecillas del grupo te asignaban finalmente tu número, este era permanente, en todos los sentidos. Sin ir más lejos, una vez llegado el momento, te obligaban a elegir una parte de tu cuerpo para que te tatuaran tu sigla escogida, como una especie de maldito recordatorio, o quizás una burda forma de reconocimiento frente a los demás. Sam decía que solo era un estúpido ritual para compensar la baja autoestima que se tenían los antiguos líderes, y si Sam lo decía…

Eso también era algo que llamaba la atención: Sam era la única dentro del grupo que se tomaba la libertad de romper con esa ley supuestamente sagrada. Ella también tenía su número. Estrictamente hablando se identificaba dentro del grupo como dieciséis, pero lo que ella hacía, era identificar a la gran mayoría de los miembros de esta gran agrupación con algún apodo, el cual variaba independientemente de quien sea que se tratara: Rulitos, Fosforo, Cabeza de chorlito… Y luego estaba la jovencita de ojos azules e inquebrantable vigor, a quien por su habilidad con las manos, Sam le había apodado tiernamente Manitas.

Todos conocían esta particularidad de Sam, y todo el mundo se la dejaba pasar, por el simple y llano hecho de que es un caso perdido ir en contra. En realidad, solo los más petulantes y estrictos idiotas se seguirían refiriendo a ella como dieciséis.

A Manitas no le hubiera importado incluso referirse a ella como a una hermana mayor, quizás hasta más. Después de todo Sam siempre estaba cuidándola, enseñándole lo que sea que necesitara, como una inquebrantable compañía, y era la única persona en muchísimo tiempo que le había ofrecido ese amor familiar que todo el mundo necesita en realidad, aunque sea en pocas porciones.

—Ya deja esas cosas a un lado —le decía la mujer de cresta rubia a la joven mientras que señalaba las bolsas que había vuelto a sujetar —, y ven conmigo, que ya sabes quién y yo te hemos estado esperando toda la santa tarde.

Manitas resopló frustrada, "otra vez esa pesada" había pensando, pero de igual manera dejó las cosas a un lado y caminó arrastrando los pies detrás de los animosos saltos de Sam, siendo ambas detenidas por una potente y gutural voz masculina que les había llamado la atención desde el otro lado del patio.

— ¿A dónde crees que vas, sucia mocosa? —le espetó autoritario el mismo tipo con el que se había chocado antes al entrar. A la joven Vi, por esos días, todavía no le habían asignado ningún número, aunque ya le habían adelantado que eso pronto se acabaría, y esperaba que así fuera, de esa manera ya no tendría que tener que soportar las despectivas formas que tenían algunos de referirse a ella cuando le hablaban. — ¿Crees que ya se terminó el trabajo y que puedes ir a jugar por ahí? Todavía tienes muchas bolsas que bajar.

—Y como siempre, ya tenía que aparecer el pesado del Gordis… —dijo Sam con una voz socarrona. Se había dado la vuelta y colocado una mano sobre el hombro de la chica para evitar que esta le hiciera caso al grandulón. —Bien que tú podrías cargar esas bolsas fácilmente, sabes, un poco de ejercicio extra no te haría daño, ¿o no? —le espetó esta vez sonando más burlona y dándose un par de palmadas en el estómago.

—Cállate Dieciséis, no te estaba hablando a ti —le dijo este acercándose más hacía ellas. Otras personas a su alrededor miraban con curiosidad la escena.

—Pues yo sí que te estaba hablando a ti —Respondió colocándose delante de la joven. Su voz ya no sonaba amistosa. Sam había metido una mano dentro de uno de los bolsillos de sus amplios pantalones, gesto que todo el mundo conocía y que sabían que solo se podía interpretar o como una amenaza, o como una advertencia, como más se prefiera. —. ¿Qué pasa, eh? ¿No encuentras a nadie de tu tamaño con el que meterte? No me extrañaría.

El tipo dio un paso hacia atrás. Sam no era como por ejemplo lo era Roy (así es como ella lo llamaba), ella no es una de las cabecillas del grupo, pero su reputación se la tenía muy bien posicionada, y es que nadie querría meterse con ella, más que nada porque tenerla de contrincante en un uno contra uno, no era de las mejores ideas.

Sam no esperó a que este otro le respondiera, simplemente volvió a darse la vuelta para marcharse de una vez, y teniendo a Manitas detrás de ella, esta la siguió sin mirar atrás. Cualquier lugar, mientras sea al lado de Sam, era seguro, el resto queda al azar y a las habilidades que ella tendría para enfrentársele a lo que sea que se le avecine. Más adelante lo comprobaría.

Recorrieron ahora más tranquilas un par de corredores, entre pasillos y pasillos, hasta llegar a otro de los patios internos del escondite. La chica más joven de ambas pudo ver a la distancia como es que se estaban moviendo un par de contenedores apilados contra una de las paredes, como si algo diminuto se estuviese moviendo entre ellos, y ya sabía perfectamente de que se trataba.

Sam le dio a la chica un ligero codazo para llamar su atención y después le indicó que hiciera silencio. La joven al principio se mostró algo confusa, pero no tardó demasiado en caer en cuentas de lo que acontecía. Al parecer, Vi había llegado a la guarida luego de su misión justo para cuando Sam y aquella otra niñita se encontraban envueltas en un juego de escondidas. Con el mismo andar tranquilo, Sam comenzó a moverse de una esquina a la otra del patio, en un pobre intento de simular que seguía buscando a la otra participante. En un punto, cuando estaba justo al frente de la pila temblorosa de contenedores, se dejó caer al suelo con expresión rendida. Se aclaro ligeramente la garganta antes de hablar.

— ¡Vaya, pero que cosa tan seria! He buscado y buscado por todos lados, pero no logro encontrarla. ¿Tú qué piensas Manitas? Yo digo que la muy escurridiza se volvió invisible o algo así... —Aquella Vi más joven no contesto, sencillamente se limitó a girar los ojos descalificativa, por otro lado Sam optó por hacer caso omiso y seguir con el juego. —Pues, ya no sé qué hacer la verdad, tengo muchas ganas de tirar la toalla y dejar que ella me gane esta vez. A menos que… —De un solo salto, Sam se puso de cuclillas nuevamente frente a los contenedores, tomando uno de ellos con ambas manos — ¡Jinxi este escondida justo aquí!

Y de un raudo movimiento quitó el contenedor, revelando el espacio tras de este. No había nadie escondido allí.

Amabas chicas miraron ese espacio vació sorprendidas, incluso se tomaron sus segundos para mirarse entre ellas y compartir su confusión. Manitas dio un par de pasos al frente para acercarse más, hasta que un fuerte empujón que le propinaron desde su espalada, provocó que cayera hacia adelante. Se hubiera dado entero de geta al suelo de no ser porque puso las manos frente de sí justo a tiempo, aun así largó un sonoro quejido por el repentino golpe. Luego, quien la había empujado se sentó sobre ella.

— ¡Ja, ja! ¡Las engañe a ambas dos…! —pregonaba burlona la jovencita sobre su espalda.

— ¡Pero qué molesta, quítate, pesada de mierda! —Se quejaba la chica sobre el suelo. Solo hizo falta que esta moviera su brazo hacía atrás para quitarse a la menuda y escandalosa cría de encima, para después levantarse con el seño todavía fruncido y quitarse la tierra de la ropa. La más joven de las dos, en su lugar de pararse, se quedó recostada boca arriba, carcajeando de la situación. Sam también se estaba riendo.

—Ja, me engañaste completamente pequeña piojito, y eso que hace poco que te enseñé a jugar a las escondidas. ¡Aprendes muy rápido! —le decía Sam mientras que la ayudaba ponerse en pie.

— ¡Si, sí… soy la mejor escuendiendo de todo el maldito mundo! —pregonaba con orgullo la pequeña

—Se dice 'escondiendo', no escuendiendo —le corregía con ternura la mujer de larga cresta rubia, mientras que le sacudía el polvo de la ropa y el pelo a la pequeña, seguramente se habría metido en muchos lugares estrechos y mugrientos tratando de esconderse.

Así precisamente la encontró.

Un día que Sam había estado dando vueltas en solitario por la ciudad, cuando de pronto había comenzado a llover, y en esos instantes, mientras buscaba refugio hasta que pasara el chaparrón, bajo un abandonado y sucio pórtico se topó con esta pequeña niña que aparentaba unos seis o siete años, de brillantes ojos y cortas trenzas que le caían por los costados de la cabeza, con ropa harapienta y el estomago vacio. Desamparada, sola en las duras y peligrosas calles que solía tener Piltóver por entonces, y completamente marginada sabrá el cielo por qué. Era definitivamente una candidata perfecta para unirse al grupo. O casi perfecta. Antes que nada tenía que demostrar tener alguna habilidad o talento específico que les pudiera ser benéfico a los demás, de lo contrario nadie estaría dispuesto a hacer caridad. Aquí es dónde el carisma de Sam entra en acción:

La escuálida niñita acepto a regañadientes acompañar a la desconocida mujer, y esta convenció a todos de que la susodicha tenía siete años, sin lugar a dónde ir, ni familia por detrás, y más importante, que se trataba de una prodigiosa ladrona en potencia. Esto no podía impresionar a nadie, y mucho menos si se sabía que la mitad de las cosas eran probablemente una mentira, pero con esto, y con la ayuda de Sam, bastó para que le dieran una oportunidad.

La niña que fue Vi por ese tiempo, sentía cierto recelo y animosidad por la misteriosa infante. Siendo que a ella todo le había resultado siempre muy complicado y difícil de sobrellevar (incluso estando ya dentro del grupo), y que ahora de pronto a esta afortunada mocosa le dieron refugio, alimento, y lo más importante para Vi, el cariño de Sam solo así, porque sí, era algo que no se lo terminaba de tragar.

En efecto, Sam adoraba a la pequeña, y por eso la ayudó a buscar ese talento o habilidad especial que seguro tendría oculto, o si era necesario le armaría un talento especial, no le importaba el tiempo o el esfuerzo que le costara. Aunque pasados unos días, se dio cuenta de que nada de eso haría falta. La niña aprendía con facilidad, bastaba con se le enseñara una sola vez a hacer una determinada acción o ejercicio, y luego parecía que no lo olvidaba jamás, aunque igualmente a veces daba la impresión que solo aprendía lo que ella decidía querer entender. Con forme el tiempo iba pasando, también comenzó a soltarse cada vez más con la gente a su alrededor. No paso mucho para que un día empezara a decirles a todos que de ahora en más la llamaran 'Jinx'. Nadie tenía idea de dónde había sacado ese nombre, si es que era realmente el suyo o si se lo había inventado (no es un nombre que se le suela poner a los bebés por esa zona), pero a Sam le había parecido ingenioso, así que le quedo el mote, o lo que fuese.

—Escon… ¿Escon-dien-do? —repitió la pequeña Jinx, luchando porque no se le trabara la lengua.

—Claro, muy bien. Intenta repetirlo otra vez —la alentó Sam sin borrar su expresión.

— ¡Pero si lo dije bien! Soy una gran escuendedora.

La simpática risa de Sam había quedado opacada frente al bufido que había largado Manitas para expresar su fastidio.

—Ay, por favor, pero que tonta eres —le dijo con desdeño.

—Ñah… Manitas está celosa porque yo gané el juego, y ella solo es una perdedora —le contestó sin mirarla con un molesto tono burlón en su voz. —. ¡Es perdedora, lista para llorar, tu-tu-tu! — Siguió burlándose mientras entonaba juguetona las últimas frases.

—Estúpida, si yo no estaba ni jugando.

—Yo no soy estúpida —Le dijo la niña parándose firme, encarando a la mayor.

—Si lo eres. Estúpida. Intenta repetirlo...

— ¡Cállate, culo gordo! —Y después de eso terminó por rematar a su insulto fingiendo asco y sacándole la lengua.

— ¡Cállate tu, enana asquerosa!

— ¡Eres una culo de mono, gordo y cochino!

— ¡Pues tu eres una mierda de mono!

— ¡Pues tu culo es más grande que tu cabezota!

— ¡Feto bastardeado!

— ¡Culo mutante lleno de gusanos!

—Suficiente, las dos. —Dicho esto, y después de que su expresión se volviera a tornar muy seria, Sam las sujeto de una punta de la oreja a cada una y entre "¡ay, ays!" y demás balbuceos de suplicas, las arrastró hasta sentarlas juntas sobre un banquillo de por ahí.

—Pero mira que boquitas tan sucias que tienen las dos, eh. ¿Qué no les da pena hablarse de esa manera entre ustedes? —Continúo sermoneándolas con tono muy adusto y autoritario.

—P-pero Sam —la interrumpió apocada la pequeña —. Tú le hablas así a mucha gente. Y también les dices cosas más feas…

La rubia de ojos pardos cruzo los brazos sobre su pecho, a la vez que relajaba el resto de su cuerpo en un suspiro. Torció los labios a un costado a modo de cavilación cuando volvió a mirar a ambas chicas a los ojos. Sus miradas eran tan profundas como dinámicas, de colores tan brillantes, vivos, jóvenes, que ahora solo le prestaban atención a ella, expectantes a lo que sea que ella les dijera.

Roy solía decirle a menudo que ambas niñas tienen mucha suerte de que ella estuviese tan cerca, lo irónico es que con Roy nunca se sabe si lo que te está diciendo es un elogio o una siniestras amenaza, pero más allá de eso, era consciente de que el modelo más cercano de ser humano que ambas joven tenían era ella misma, y si eso era algo positivo o negativo… Jamás podría admitirlo en voz alta.

Puso una rodilla en tierra hasta quedar más o menos de la altura de las chicas, colocando ambas manos sobre su otra rodilla.

—Tienes razón Jinxi —Comenzó diciendo. —. A veces… Le digo cosas, o les hago cosas feas a ciertas personas.

— ¿Qué otras cosas son feas? —le interrumpió inocente la menor.

—Bueno… —Tanto Sam como Vi habían corrido la mirada hacia el lado contrario —. Con el tiempo te irás dando cuenta, de lo que está mal y lo que no y todo eso. Por ahora, las dos son solo pequeñas piojitas —un atisbo de su siempre alegre tono comenzó a escucharse por fin en su voz nuevamente. —, pero son inteligentes, y cuando crezcan estoy segura de que me harán sentirme muy, muy orgullosa de ambas. Y para eso… —se detuvo para asegurarles de alguna manera el sentido del mensaje próximo a través de la mirada. —Me gustaría que fueran más unidas la una con la otra.

Ambas niñas se miraron mutuamente por escasos dos segundos, después quién giro la cabeza hacía otro costado con frustración fue Manitas. Sam hizo un mohín, sabía que algo como esto pasaría tarde o temprano, así que mejor sería arreglar la relación de ambas jóvenes antes de que algo malo ocurriese.

—Oigan —volvía a llamarles la atención. –, las dos bien ya saben cómo funcionan las cosas allá afuera. Saben que no es fácil ni tampoco es lindo andar por ahí sola, y también saben que hay un montón de hijos de… —Sam se detuvo justo a tiempo, carraspeó un poco antes de continuar. – Ya saben que hay… personas, muchas personas, que las van a molestar, y no importa lo hagan, no importa que tan injusto les parezca, siempre va a ser así. Y si un día deciden hacerles cosas malas a estas personas, como insultarlas, o molestarlos a ellos igual que ellos a ustedes, está bien; a no ser que las vea en peligro, yo no seré la que se entrometa en sus decisiones… Después de todo, yo no siempre estaré con ustedes –Nuevamente, ambas niñas volvieron a alzar la mirada hacia la rubia. Sentimientos de preocupación y angustia se vieron reflejados en sus caritas tan claras y tan velozmente, que bien aquel golpe podría habérsele comparado con recibir un puñetazo en la nariz, o en el pecho, o eso le pareció a la mujer. –. Por eso estoy cansada de verlas pelear todo el tiempo, porque no quiero que terminen creyendo que no pueden confiar la una en la otra, ¡esa es la mejor parte de tener una hermana!

— ¡¿Hermana?! —Pregonó casi al grito histérico aquella Vi más joven, también quiso levantarse del lugar, aunque solo bastó que Sam la mirase con más intensidad para impedírselo. – ¡Ella no es mi hermana!

— ¿Manitas no es mi hermana? —Volvía a preguntar Jinx. Sonaba sinceramente confundida.

—No, no lo es —respondía Sam con tranquilidad —. Pero bien podrían fingir que lo son. No tienen idea de lo que yo hubiera dado por tener una hermana, o alguien en quien confiar cuando tenía tu edad –Les dijo, más que nada refiriéndose a Manitas, quien se mostraba más reticente.

—Pero entonces… ¿Sam estuvo ella sola mucho, mucho, mucho tiempo? —pregunto casi con pesar la más joven. Sam le sonrió de lado un tanto lúgubre, asintiendo un par de veces.

La niña entonces se puso de pie, se acercó más hacía la rubia y la abrazo por el cuello, prácticamente colgándose de este. Sam se sorprendió al principio, luego solo cerró los ojos y la rodeo con sus brazos. Un gesto muy aprensivo. No le sorprendía, la pequeña también sabía lo que se sentía estar sola; ese crudo malestar al creerse abandonado por el mismísimo mundo, y por unos instantes recordó ese momento en el que la encontró, ocurriéndosele lo mucho que a esta le hubiese gustado recibir un sencillo abrazo en esos coléricos momentos, uno como el que ahora le estaba regalando.

La niña de ojos azules miraba la escena todavía con el seño fruncido. Se veían como si realmente fueran una familia, y algo dentro suyo quiso ser parte de ella. No lo admitiría en ese momento, de hecho ni siquiera ella misma se daría cuenta sino hasta mucho después, pero en esos instantes deseó que todo aquello fuera posible de creer, que realmente no eran solo un grupo de lacras buscando sobrevivir, sino que podían ser mucho más, como personas que están allí para ti, gente en quien puedes confiar…

Antes de que pudiera enterarse, Sam ya había estirando un brazo hacia ella, envolviéndola en el mismo abrazo. ¡Es una trampa!, se dijo, una preciosa y seductora mentira, y había caído en ella. Muchas alarmas sornaron en su cabeza, pero a ninguna les hizo caso. De cualquier forma, si las cosas se mantuvieran siempre de esta manera, entonces no habría ningún problema, y por más fantasiosa que resultara la idea de una concreta estabilidad, envuelta en ese significativo apretón, la joven se sintió capaz de cree en lo que sea.

Sam finalmente las soltó, se levantó y se puso firme ante las niñas una vez más.

—Quiero que las dos me prometan que se van a tratar y a portar muy bien entre ustedes —Jinx cerró sus manos detrás de la espalda y asintió efusiva. Vi no se negó, pero tampoco dio ningún mensaje de afirmación. Sam soltó un suspiro casi inadvertido para ambas. — Más les vale que no me mientan, o si no, van a empezar a usar expansiones en las orejas por el tirón que les voy a dar, ¿quedó claro?

Ambas chicas se cubrieron las orejas con las manos, ya teniéndolas suficientemente doloridas como para tentar a la suerte, asintiendo al mismo tiempo.

Sam les pidió que se quedaran en ese sitio mientras ella iba hasta la cocina a buscarles algo para que merendasen. Por unos escasos cuarenta y seis segundos que se sintieron increíblemente largos y pesados, ambas niñas se quedaron quietas en su mismo lugar, sin atreverse si quiera a mirarse la una a la otra.

El atardecer ya estaba llegando a su culmine, algunas luces de las habitaciones y pasillos a su alrededor comenzaron a encenderse antes de quedar en completas penumbras. Manitas fue la primera en observar a la otra joven, pero apenas sí por el rabillo del ojo. Esta parecía inmersa en profunda concentración, intentando sacarse algo de la nariz usando su dedo meñique. La separación entre ambas dejaba lugar para que otras dos personas pudieran sentarse entre ellas, y aun así, creyó que podía sentir el tufillo de la niña desde allí, ¿o acaso sería el suyo? Al rascarse detrás de las orejas, la mayor encontró unos pocos pedacitos de escombros enredados entre hebras de su cabello, y al mirarse las uñas pronto descubrió que la suciedad en ellas podía fácilmente rivalizar con la que seguramente tendría la niñita a su lado en las suyas. Ninguna de las dos era especialmente fanática de la ducha, con lo cual no era de extrañar que de vez en cuando hicieran maña por meterse. Sam ya les había recomendado una vez que entraran a ducharse a eso de las cinco de la mañana, cuando no había casi nadie despierto que molestara, o lo suficientemente avispado para ser despertado por el ruido, igualmente con el fresco mañanero típico de la ciudad, la situación no era del todo reconfortante. Después de la misión del día de hoy, seguramente las duchas estarían atestadas, la mayoría aquí es muy decente en ese sentido, pero antes que tener que pelearse por usar la esponja color violeta (que por alguna razón era el que más le gustaba), prefería mil veces dejarlo para más tarde y esperar tranquilamente a que Sam volviera, sentada junto a…

¿Jinx?

¿A dónde carajo se metió esa enana? Si estaba a mi lado hace solo unos segundos, pensó la joven medio alterada, pues Jinx estando por su cuenta es muy problemática. Es ese tipo de personas capaces de meterse en líos a velocidades records, como si tuvieran un imán especial adherido a su cabeza para esos eventos, y no dudaba de que si los llegaba a provocar ahora, seguramente también se los provocaría a ella.

Antes de darse cuenta, ya se había levantado para buscarla. No se atrevió a salir del patio, pero no importaba cuantas veces diera la vuelta en redondo, la pequeña se le había escabullido por completo.

— ¿Jinx? ¡Deja de jugar, mocosa, y sal de dónde quiera que estés!

— ¡Eh Manitas!

La joven dio media vuelta medio alterada por la sorpresa con los puños ya levantados y listos para la acción. Solamente de milagro se detuvo a mitad de camino de estamparle un golpe limpio sobre la respingada nariz de la niña que, de la nada y como si fuera un acto de magia, ahora se encontraba frente a ella.

— ¡Mierda, tonta…! Casi haces que te de un golpe en la cara.

— ¿Eeeh…? ¿Pero por qué? Ya te pedí perdón por llamarte culo gigante, o lo que sea...

Manitas pensó unos segundos aquello mientras se hacía sonar los dedos de la mano izquierda, luego así con la otra.

—No, no lo hiciste. –Le recalcó, incluso creyó escuchar que acaba de sonar un poco demandante.

—Ah… —Jinx junto los dedos sobre su pecho, mirando hacía un costado, después agregó: —Pues Manitas menos te disculpaste.

—Se dice 'tampoco te disculpaste'.

— ¿Del qué…?

—Bah… No importa.

— ¡Qué bien! —La pequeña se rascó detrás de la oreja derecha, y luego con la misma mano tomó a la otra joven, arrastrándola por el patio —Si no importa, entonces ven, sígueme Manitas, tienes que ver esto que…

—No, no, basta… —Volvía a sacudir con brusquedad el brazo para soltarse — ¿A dónde crees que vas? Sam dijo que nos quedemos acá a esperarla.

—Si, cierto… —La pequeña volvió a mirar hacia un costado y a rascarse la cabeza. —Pero, Manitas tiene que venir conmigo, porque hay algo que le tenía que enseñar. Así que ven, ven, sígueme…

— ¿Eres retrasada? Ella dijo que nos quedemos… —la frase que poco a poco aumentaba en volumen al final quedó en el aire. En cuanto se dio cuenta de que la niña ya no la estaba escuchando y por tanto seguía alejándose, decidió que lo mejor sería ir tras de ella y traerla de los pelos de vuelta al patio… O ver a dónde las llevaría todo esto.

Manitas siguió a Jinx por un par de pasillos, hasta que llegaron a uno de los salones del escondite. Allí a un costado, se encontraba un grupo de personas enfrascados en un aparentemente interesantísimo juego de cartas, de los cuales casi ninguno noto la llegada de las niñas al salón, y de hecho, también ignoraban el resto de ajetreo a su alrededor. En el otro extremo, amontonadas en una fila contra la pared, se encontraba una sucesión de improvisados escritorios repletos de lo que para la mayoría era solo basura, pero para la joven Jinx en su momento, se trataba de un gran botín lleno de tesoros.

Sin vacilar, la más joven se trepó al primer escritorio y saltó de superficie en superficie hasta llegar a su objetivo. Sobre esta, varias cajas, papeles, y demás artefactos se amontonaban unos con otros como si intentasen por ellos mismos no venirse abajo, cosa que así terminó sucediendo cuando esta hurgueteó entre el desorden sin ningún reparo y con seguridad.

— ¿Qué tanto buscas? —Le interrogó la otra. Al principio se preocupo por el pequeño alborotó que estaba armando, pero al fijarse que esto no parecía atraer la especial atención a alguien, se relajó un poco. Desde hace años que el estar atenta a todo le resultaba una costumbre, con frecuencia los problemas siempre aparecían en cuanto uno bajaba la guardia.

—Lo escondí por aquí para que nadie se lo robara. Lo hizo, digo, lo hice bien. Puse un montón de cosas arriba así ninguno lo veía. —Explicaba con orgullo la niña mientras sacaba y lanzaba al suelo aquellas cosas que había utilizado para esconder su tesoro. Entre ellas, unos guantes de boxeo cayeron justo sobre los pies de aquella Vi.

La joven los observo pasmada. Esos eran los guantes de Doce, otro de los miembros del grupo. Recordó que hace como una semana justamente, lo había visto a este utilizando unos nuevos y mejores, preguntándose con algo de lástima que habría sido de esos preciosos otros guantes, que aunque gastados, igualmente majestuosos. Ahora esta Jinx sin querer los había encontrado, y ahora es Manitas quien los encontró sobre sus pies. Y quien lo encuentra…

Se agachó para poder tomarlos. Eran pesados, más grandes que el tamaño promedio, eso era seguro, de un ya muy desteñido color fucsia y cordones grises. El guante izquierdo tenía un improvisado parche a un costado y al derecho le faltaba la mitad de la parte de abajo, pero aun servían. Si, aquellos guantes todavía podían seguir repartiendo golpes.

— ¡Oh yeah, baby! ¡Todavía está aquí!

— ¿Qué…? —Manitas se sobresaltó un poco con la vocecita de la pequeña sobre el escritorio. Se sentía como si se acabara de despertar de un desmayo, entornaba los ojos mientras todavía sujetaba los guantes de boxeo como si se tratara del nido de un ave con sus pichones dentro. Entonces contempló como Jinx terminaba de sacar algo de entre esa pila de desastre.

Entre sus manos, ahora sujetaba triunfante a un desalineado peluche con forma de tiburón. Una aguda risita cargada de entusiasmo y felicidad hizo vibrar su garganta mientras lo balanceaba sobre su cabeza. Un peluche con más polvo que relleno, de un considerable gran tamaño que en las manos de la pequeña lo hacía lucir gigantesco. La mayor se preguntó cómo algo tan inofensivamente inútil pudo haber llegado a la guarida de unos rufianes, aunque eso sí, pareciera ser una obra del destino que justamente haya sido la más joven del grupo quien diera con él.

— ¿No es lo más archi-recontra-grandioso que hayas visto en toda tu re cochina vida?

—Más bien sería en la tuya, hilacha con patas –Le recriminó. Enserio, ¿tanto escándalo por esto? —. Es solo un viejo y sucio peluche.

— ¡No es un peluche, es mi nuevo mejor amigo! ¿No lo ves? Le dije que me esperara, que ya volvería a buscarlo después de jugar, ¡y me espero! Pudo haberse ido a cualquier otro sitio, pero no lo hizo.

—Obviamente que no, ¡porque no está vivo!

—Si, sí, claro… —se mofaba con sarcasmo —. Mi amigo tiene más vida en una sola aleta que tú en toda tu cabezota.

Manitas no pudo contener las risotadas que le provocaron todas las incoherencias que soltaba la más joven, simplemente se llevó las manos a la barriga, sin soltar todavía los guantes de boxeo, y disfruto de lo que para ese momento fue la única carcajada que había tenido en todo el día. También se tomo su tiempo, no demasiado, para contemplar a esta otra.

Parda sobre el escritorio como estaba, con los brazos todavía aferrados a su nuevo mejor amigo, Jinx quedaba evidentemente más alta que quien la observaba, y aun con todo aquello, la niña imponía menos presencia que un perro rondando entre la basura de un callejón. Todo en ella lucía frágil, como si solo bastara, por ejemplo, sujetarla con fuerza desde su brazo para escuchar como este se te rompe en pedazos entre tus dedos. Desde sus huesudos hombros hasta sus diminutas manos, pasando lo mismo con sus piernas, que incluso a tan corta edad ya le delataban una buena estilización, al menos en esa zona; todo esto unido al resto de su escuálido torso, cubierto ahora apenas con un viejo jardinero de jean con la falda deshilachada, que por ahora resulta ser de su única prenda buena. Aunque si sigue con esa costumbre de meterse por todos los recovecos que encuentra, quizás la pobre prenda no dure demasiado, pensó su hermana.

Un momento… ¿qué?

— ¿Y ahora de que tanto te ríes, eh? —Exigió saber la pequeña colocando una mano sobre su cintura. Luego se llevó la misma mano golpeándose ligeramente la frente en aparente vergüenza —. Nah, tranquilo amigo —Le decía al peluche de tiburón —, no le hagas caso a esta, ¡está loca!

— ¡Que no está vivo, sonsa! —Siguió burlándose la mayor. La situación le había comenzado a sentar mejor, de hecho, bromear a costas de Jinx empezaba a resultarle tentador —. Si acaso estuviera vivo, ¿entonces por qué me deja hacerle esto?

La joven estiró el brazo y en un movimiento raudo sujetó la nariz del peluche, sacudiéndola de un lado al otro, de arriba abajo, negándose a soltarlo y sin que la otra joven pudiera hacer algo al respecto.

— ¡Eh, qué pasa, eh, por qué me dejas que te haga esto tiburoncín! ¿Eh? Ah, claro… ¡Por qué estás muerto!

— ¡Suéltalo bruta, lo estas lastimando!

Jinx forcejeo en vano hasta que la mayor se aburrió, o se compadeció, lo que haya sucedido primero. Solo entonces, soltó el peluche y por la fuerza ejercida Jinx terminó cayendo de espaldas sobre el escritorio, golpeándose la cabeza con la pared detrás de ella, a la vez que soltaba un cómico alarido mezcla de la sorpresa y el dolor. Manitas sencillamente estalló en risotadas, definitivamente eso se podía considerar como su venganza por haberla empujado hace un rato, lo cual la dejó bastante satisfecha.

"Muy bien… Creo que con esto estamos a mano."

Sobándose la cabeza, la pequeña logró enderezarse, sentándose con las piernas colgando desde el borde de la gastada superficie del escritorio. Se la escuchaba gruñendo por lo bajo, tenía el seño fruncido y apretaba los labios con tanta fuerza que ahora su boca se veía solamente como una pálida línea. No es como si acaso estuviera conteniendo las lágrimas, al contrario, más bien parecía estar conteniendo las ganas de bramar enfurecida. La otra joven no tardó en notarlo, así que sosteniendo un guante de boxeo en cada mano, colocó los brazos en jarra y le devolvió la mirada desafiante, diciéndole: – ¿Y ahora qué, eh? ¿Acaso piensas golpearme?

—Claro que no, tonta. Sam me arrancaría las orejas si lo hiciera —La joven se sorprendió un poco, creyó que lo que Sam le dijo le habría entrado por un oído y salido por el otro, aunque pensándolo mejor, con semejante amenaza, difícil hubiera sido que se le escapara la idea. —. Nap… Yo no te voy a no hacer nada, no… Espera, ¿qué? ¿Qué dices amigo? —Ahora Jinx había acercado un oído hacía el mugriento tiburón de peluche, como si aquel le estuviera susurrando algo, y en esos breves instantes su expresión cambio. Se veía sorprendida, incluso un poco asustada. – ¡No, no puedes hacer eso amiguito! No, espera… ¡No lo hagas!

Jinx tomo al peluche por la cola, levantándolo en alto sobre su cabeza. Manitas apenas tuvo tiempo de cubrirse con el antebrazo derecho cuando la pequeña piltrafa intentó golpearla con el animal, provocando que una nube de mugre y tierra le callera en los ojos y entre los ya alborotados mechones de su cabello castaño. Tosió, se hizo para atrás, y con la voz entre cortada, por supuesto, le grito de todo a esa enana, que no desistió de aquel sorpresivo ataque… Bueno, en realidad era su amigo quien no quería detenerse.

— ¡Basta Espinas, detente! ¡Eso no está nada bien! —Seguía sermoneándole Jinx a su nuevo amigo (aparentemente recién bautizado), sin embargo esta ya se había bajado del escritorio para continuar con su juego. La mayor no pudo hacer nada, creyó que tenía polvo hasta en las orejas, y aunque se refregaba los ojos en un exasperado intento por poder abrirlos, le resultaba imposible teniendo a la insoportable niña dándole con ese sucio muñeco una, y otra, y otra…

— ¡Para de una vez, estúpida!

Manitas estiro los brazos, empujando a Jinx con todas sus fuerzas lo más lejos de ella. Como no podía ver, no sabía a dónde rayos habría ido a parar la niña luego de ese golpe, y en ese momento menos aun le importaba, sentía los ojos y la nariz arder, solo quería limpiarse la molestia del rostro cuanto antes.

Lo único que recuerda después del empujón, fue haber escuchado un golpe, luego un repentino estruendo, cajas derrumbándose, otro golpe, y una voz quejándose.

Todavía no terminaba de enfocarse su visión, aunque de todas formas lo que vio era imposible de confundir.

Treinta y tres -el Gordis, como le llamaba Sam- estaba apartando las cajas ahora desparramadas por el suelo hecho todo una fiera. Su rostro estaba enrojecido, pero no por una alergia como le había ocurrido a Vi, sino más bien por la rabia, la ira, todo un cúmulo de frustración que se le había formando en la garganta tan pronto como fue sorprendido por aquel montón de chatarra y basura sobre los escritorios viniéndosele encima, dejándolo en ridículo frente a sus dos colegas que venían junto con él, y frente a todos los demás en el lugar que finalmente se voltearon a mirar todo ese escándalo. Aquel fue todo un espectáculo, uno humillantemente ridículo, y todo por un par de niñas, aunque este solo tuviera puesto la vista en una.

Finalmente la encontró. Jinx estaba tosiendo frenética por la nube de polvo que se abalanzó contra ella, pero poco después comenzó a chillar, cuando Treinta y tres la levantó del suelo sujetándola desde las dos trenzas de su cabello. Apenas sintió el tirón, soltó al peluche de tiburón y se llevó desesperada ambas manos a los costados de la cabeza, girando su cuerpo y dando patadas al aire en un vano intento por zafarse, pero todo intento solo incrementaba ese insoportable dolor. Aquello hacía parecer a las tiradas de orejas de Sam como si fueran amorosas caricias. Habría estado así apenas unos segundos, pero hubiera jurado que fueron horas. No aguantó más.

— ¡Suéltame, suéltame…! —Le ordenó con la vena hinchándosele en su pálida frente.

—Puta cría de mierda… — El fornido hombre acercó su duro y sudoroso rostro al de la pequeña. –Te voy a enseñar a respetar, ¿oíste?... ¡Vas a empezar a respetar!

— ¡Suéltala…!

El hombre dejó caer el cuerpo de Jinx con un golpe seco sobre uno de los montones de chatarra, viéndose obligado a llevar sus manos hacía su cuello, dónde ahora mismo una chica que usaba dos enormes guantes de boxeo lo estaba estrangulando por atrás. Años después, si alguien le preguntaba a Vi sobre ese día, contestaría que no sabía en qué momento se había colocado los guantes, corrió hasta donde se encontraban ambos, para luego saltar a la espalda de ese sujeto y comenzara a presionar con todas sus fuerzas hasta dejarlo todavía más rojo.

Si bien la joven le dio batalla, el fornido hombre no tardo en deshacer aquel agarre. La chica cayó de pie siguiendo estando detrás de él, esperando a que este, inminentemente, se diera la vuelta.

¿Y ahora qué?

¿Qué podía hacer alguien como ella contra un mastodonte como aquel? Debería haberse movido, eso estaba claro. Debió haber salido corriendo, incluso pudo haberse escabullido entre sus piernas, buscar a Jinx, tomarla de la mano y arrastrarla lejos de allí; pero no lo hizo. Simplemente se quedo paralizada, o más bien, se preparo para lo peor. Ya había entrado al combate y no se echaría para atrás.

El sujeto no se dejo esperar, y tomando velocidad en el mismo movimiento para girase, le asentó una brutal cachetada a la joven que le hizo dar vuelta la cara.

— ¿Con que tu también quieres, no? —La voz del hombre sonaba repugnantemente maliciosa. Uno de los que estaba con él, intentó detenerlo tomándolo del brazo, pero este se zafó del él de un empujón. — ¡Entonces a ti también te voy a enseñar lo que es bueno!

El hombre la tomo desde el cuello de su camiseta. Manitas volvió a levantar los puños y logró acertarle un fuerte puñetazo a la mandíbula. Había logrado moverle el rostro, pero nada más que eso, excepto incrementar su rabia. Ahora con una mejilla hinchándosele repulsivamente, cerró los ojos y esperó el siguiente golpe.

Pero este nunca llegó.

Alguien acababa de lanzarle a Treinta y tres un pedazo de fierro a la cabeza, obligándolo a darse la vuelta. Allí detrás estaba la otra niña. Jinx había dado justo en el blanco, y no encontrando más cosas que unas cuantas tuercas cerca de sí, volvió a repetir la misma acción contra el sujeto. Para él, este ataque era absurdamente lamentable y rídiculo, pero sí sumamente molesto, por lo que todavía teniendo sujetada a la otra joven entre sus manos, a penas utilizando algo más de su fuerza, la convirtió en un proyectil humano al lanzarla contra la pequeña. La colisión las había lanzado a un corto tramo más lejos, chocando al final contra uno de los escritorios. Apenas y si lograron volver a abrir los ojos solo para ver como el fornido y atemorizante hombre estaba a solo unos pasos de ellas…

Entonces Sam apareció por un costado, derribando a aquel tipo de una potente patada voladora. Sin dejarle tiempo si quiera a pensar en lo sucedido, se hecho al suelo junto a él, se aferro a su cuello aprisionándolo en una fuerte llave estranguladora, comenzando a presionar.

— ¡Vamos, a qué esperas, defiéndete infeliz! –Comenzó a gritarle, aunque dudaba seriamente de si la estaría escuchando. Su presión era tan fuerte que al tipo parecía que los ojos estaban a punto de salírsele de las orbitas, un sudor frío corría alrededor de su ancho cuello tornándose tan rojo como su sangre, mientras Sam seguía oprimiendo más presión, y más presión…

— ¿Crees que no te mataría frente a la vista de todos? ¡Vamos, defiéndete!

— ¡Sam no, no lo hagas! —Vociferó alguien a sus espaldas.

Algunos de los hombres y mujeres que se encontraban allí se abalanzaron sobre ellos, intentando separarlos a la fuerza, cosa bastante complicada, pues mientras más tironeaban de ellos, más fuerza ejercía Sam sobre el sujeto.

Mientras tanto, las dos abatidas niñas se ayudaban mutuamente a levantase.

— ¿Estás bien? —Preguntó la mayor.

Jinx, antes de responder nada, busco con la mirada entre el desastre que habían ocasionado, a su peluche de tiburón. Cuando lo encontró, lo tomo tímidamente de su cola, arrastrándolo hasta dónde estaban, y solo entonces le asintió afirmativa a la chica a su lado.

—Tenemos que salir de acá cuanto antes…

Sin embargo, ninguna llegó a dar un solo paso cuando una austera e imponente voz las hizo congelarse en sus sitios. Era Nueve -era Roy-. Su tono, tan autoritario y frío, era inconfundible entre la multitud. Ambas jóvenes apenas si lograban ver algo entre el círculo de personas que se había formado de repente alrededor de Sam y Treinta y tres.

—Ustedes dos —Roy se estaba refiriendo a los dos que estaban peleando (al menos en ese instante), parece que al final si lograron separarlos —. Salgan fuera. Ahora.

— ¡Bastados! —Grito Sam enfurecida. —Tú, y todos ustedes, ¡son unos infelices bastardos! Todos fuimos abusados hasta por nuestras madres, ¡¿Y ahora sencillamente se sientan a ver como abusan de los demás?! Son peor que unos infelices, ¡son unos cobardes! —Jamás habían escuchado a Sam gritar de esa manera. Realmente estaba enojada, más enojada que cuando las encontraba peleándose entre ellas, más de lo que nunca la vieron defendiéndose contra alguien jamás. Ambas sabían que tenían que marcharse, de lo contrario era seguro que tendría más problemas, y así lo hicieron, pero aun seguían escuchando la voz de Sam a la distancia. — ¡Solo a un montón de enfermos se les ocurriría sentarse a ver como golpean a dos niñas...! En cuanto ti, escoria humana. ¡Si, te hablo a ti, gordo de mierda! ¿Meterte con dos niñas, enserio? ¡¿Y por qué no te metes conmigo, he?!

— ¿Te crees mejor que yo, mejor que cualquiera? ¿Y por qué no simplemente me mataste? ¡¿Quién es la cobarde aquí entonces?!

—Tsk, no vales ni eso. Ya tendrían que saber todos, manga de maricas, que golpear a alguien en desventaja es caer muy, muy bajo.

(. . . Tiempo presente . . .)

Alguien golpeó a la puerta.

—Jayce, ¿Qué haces aquí? —Interrogó Caitlyn al susodicho en cuanto abrió la puerta de la cabina del guardia.

— ¡Maldición Cait, te he estado buscado por todas partes! ¿Estás…? —En cuanto el hombre hecho un vistazo hacía adentro de la cabina, no tardó en descubrir que Vi también se encontraba allí. De pronto sintió que el ambiente cambiaba, tornándose más denso. —Cait, ¿qué es lo que pasa?

Vi estaba sentada en la única butaca, con los brazos cruzados, la mirada gacha y el seño fruncido. No se movió ni dijo nada, ni siquiera resopló por la 'intromisión' de Jayce, siendo que siempre es ella la primera en protestar por su llegada a donde sea y en cualquier momento, excepto ahora, y eso es algo que este no dejó pasar desapercibido.

—Podrías, por favor, esperarme afuera… del estacionamiento –se apresuró a decir la Sheriff. No fue una petición. Jayce la miro directo a los ojos. Él jamás se encontró entre las personas más receptivas, de hecho, en el fondo sabía que siempre sería ese mismo niño nerd que amaba encerrarse en su mundo de nuevas invenciones y descubrimientos, pero hasta el ser más obtuso podría haberse dado cuenta con solo mirar a la Sheriff, de que este no era el mejor de los momentos para interrumpir, o peor aún, para insistir en saber qué es lo que sucedía, de eso quizás se enteraría mas tarde. Se limitó a asentir una sola vez y se marchó. De camino afuera, se resistió a contar los segundos de espera, porque la realidad, es que se moría de ganas por saber qué ocurría con esas dos.

Caitlyn se dio la vuelta para así enfrentar una vez más a la otra mujer dentro de la cabina. No parecía haberse movido ni un centímetro.

Ambas se quedaron en silencio absoluto al menos unos seis segundos, quizás más. Definitivamente se sintió como si hubiesen pasado horas. Caitlyn tomó aire abruptamente, solo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. La inesperada intrusión de Jayce en ese momento, al final funcionó como una alarma, una que les recordaba a ambas el tiempo y momento en el que realmente se hallaban. Volvió a tomar aire y luego dijo:

—Si quieres, podemos dejar esto para otro momento.

La peli rosada parecía estar sopesando la propuesta.

— ¿Quieres que me detenga? —Preguntó finalmente.

—Si no lo deseas, no puedo obligarte a continuar.

—Ah, no me digas… —Dijo irónica. Una sonrisa sarcástica se le había formando, pero tan rápido como apareció también se esfumo. "Así no es como interrogas a un sospechoso Cupcake", pensaba Vi mientras que presionaba el puente de su nariz con tres dedos. Cuando en algún momento atrás se imaginó a sí misma contándole estas cosas, esta parte de su pasado a Caitlyn, se dio cuenta de que nunca tuvo la suficiente perspicacia para imaginar que le resultaría demasiado… pesado… emocionalmente. — ¿Qué más necesitas saber?

—Vi, mírame.

La mujer se desestabilizo un poco ante aquella petición. Si, así fue. Cuando finalmente se digno a levantar la cabeza, se encontró con algo inesperado para ella.

Al mirar a Caitlyn a los ojos, a esos fijos y relucientes ojos azules, se dio cuenta de que no la estaba mirando con la misma severidad y frialdad como la había visto hacerlo a tantos otros criminales y sospechosos. Por un momento la desconoció. Aquella no era la analítica, la metódica, ni la impávida Sheriff de Piltóver, sino que se trataba de una joven más empática, tolérate, alguien que solo quería ayudar, escuchar aquello que Vi (muy en el fondo) ansiaba finalmente dejar salir. Tal vez ambas personas siempre fueron la misma Caitlyn, y Vi fue lo suficientemente insensible como para no haberse dado cuenta antes. Ahora lo tenía claro.

—Jinx no es mi hermana —Dijo Vi, confiando en poder ser la primera en romper el silencio que las envolvía —. Al menos no biológicamente, pero es como si lo fuera. —Volvió a callar un momento, ordenando sus pensamientos. —Ya sé que a lo mejor es difícil de pillar, que no tenga sentido, es cierto. Pero en ese entonces si que lo tenía. Jamás se me habría ocurrido que fuera ella, porque creí que esa parte ya había sido borrada de mi sistema, por completo, hasta que la tuve en frente, sabes… Cuando eres una niña, no te das cuenta de cuánto en realidad te pueden llegar a afectar esas cosas, hasta que creces y ves la enorme bola de basura que se ha formado durante tanto tiempo. Algo así me pasó. Y a partir de ahí, todo se convirtió en una mierda, porque ahora es como si de pronto no supiera qué hacer, ¡y yo siempre sé qué hacer!, y ahora… no. Nunca dudé en lo que hacía, simplemente me lanzó hacía la acción, siempre, y ahora solo… No pude. Y lo peor es que tampoco puedo si quiera pararme a pensar en lo que me pasa, porque lo único en lo que puedo pesar es en Jinx… Jinx, Jinx, Jinx todo el tiempo. Siento que me está rebajando a su mismo nivel… ¡Que me estoy volviendo loca!

Se detuvo y cubrió su rostro con ambas manos, suspirando agotada. Mientras seguía hablando ella misma iba entendiendo un par de cosas. Creyó que esta era la primera vez que se escuchaba de esta manera. Cait no tardó en darse cuenta de aquello, por lo que le dio unos instantes para que se recompusiera.

—En ese encuentro que tuvimos en mi casa —volvía a hablar Vi. —, Jinx repitió las mismas palabras que Sam también dijo en aquella ocasión. Ese fue, si lo quieres poner de esta forma, el empujón que me faltaba para caer directo a la neurosis.

("Jinx también lo recuerda, y sin embargo…")

— ¿Qué fue lo que pasó con ella?


Nota: Si, he actualizado después de mucho... mucho tiempo :/

Este tema de autores que aparecen, se van, aparecen y se van es más común en ff que el lemon, (como lectora recurrente también sé lo mucho que esto puede llegar a molestar) y si bien no quiero explayarme mucho más en este tema, bien podría decir que han pasado muchas cosas en este periodo (tanto buenas como malas) que en conjunto nos trae hasta este momento.

Como se habrán fijado, el capítulo (como el resto) es largo. De hecho en teoría tengo terminada esta parte del capitulo cuatro desde hace bastante tiempo, pero es que justamente ese era uno de los problemas: que solo era una "parte". Y les digo más: El que iba a ser el cap 4, en su totalidad, no está terminado D: Un día me percaté de que sin darme cuenta si quiera, la escritura se me había ido de las manos (eso entre otras cosas) y como soy tan inteligente (?) pensé "no voy a publicar hasta que lo termine, y lo voy a subir entero!". Lel. Creerme de que si hubiera concretado aquella locura, el cap 4 hubiera sido un monstruo hermano de Nashor. Así que si a alguno le sonó medio introductorio el cap, no es de sorprender. Pero hoy, porque sí, después de haber dejado todo aquello en pause (y a un seguro surrender) retomé los viejos borradores, y esta vez pensé: Bah, que puedo perder?

Así que heme aquí :3

Sería muy pretencioso de mi parte suponer que alguien haya mantenido el interés después de tanto tiempo, (normal, las cosas cambiaron y mucho, y pensar que esto yo lo comencé, creo, la season pasada) pero eh, podía pasar, no? xD Bien recuerdo que hubo por allí un anónimo que a pesar de la demora seguía manteniendo la fe en mí de que actualizaría. A lo que me lleva a...: Querido anónimo, no sé quién eres, pero si aun estás ahí y pero si aun lo recuerdas, que sepas que este episodio va por ti :)

Y ya que estamos con esto: Gente que dejo reviews el cap pasado, y que lo puso en fav y demás, ¡les agradezco mucho! En sí todos fueron muy amables al igual que han opinado cosas muy alentadoras, y me han sacado muchas risas también!

-Un saludo a Deadpool, que lo amo *-*/

-Y Vi, por cierto, quiero que sepas que a lo mejor y si voy a ir necesitando esa paliza :S y de que manera!

A todos, muchísimas gracias!

Ahora es igual, puedes comentar lo que quieras dejando un review o mandando una paloma mensajera (?) [Lo que pasa con las palomas mensajeras es que suelen tardar un poco; yo creo que con lo de los reviews es más directo y tal..)

-Un saludo a todos (sobretodo si has llegado hasta el final xD)

P/d: De paso respondo a una pregunta frecuente: "Va a haber CaitxVi?!" Respuesta[que suelo gritar mentalmente]: Siii! :3