DECLAIMER: Harry Potter y su mundo son propiedad de J.K. Rowling.
RECUERDEN:Las imágenes de TODAS mis historias están en mi perfil. No olviden mirar la de este SevMione.
¡AVISO IMPORTANTE!: Ésta historia está siendo editada. Pretendo corregir errores de ortografía y unas que otras cosillas. La trama no cambiará.
DEDICATORIA: Este capítulo te lo dedico a ti, Sevillana, por ser ejemplo de constancia al leer cada uno de los capítulos que subo de la historia, pero sobre todo por darme ese voto de confianza desde el principio.
Capítulo IV
¿No se supone que lo odio?
_ Jueves _
Apunté en mi cuaderno las fechas, acontecimientos y acciones más importantes que iba relatando el Profesor de Historia de la magia con una lentitud que nos tenía a todos bostezando, algunos compañeros lo hacían sin disimulo, Ronald, por lo menos, dormitaba en su asiento mientras Harry miraba al frente apoyando su cabeza en sus brazos estirados sobre la mesada, al tiempo que otros de forma más diplomática dejaban escapar las muestras visibles de agotamiento. Examiné las caras y los gestos del resto de los Leones de mi año y caí en cuenta que yo era la única diplomática que quedaba en aquel salón, aunque podía apostar que no por mucho tiempo más.
De un momento a otro el fantasma que teníamos por Profesor comenzó a comentar una de sus grandes hazañas, esa misma que ya nos había relatado en varias clases anteriores con el mismo entusiasmo, hazaña que por cierto no tenía nada que ver con su asignatura. Aproveché esos minutos valiosos para guiar mis castaños ojos hacia la ventana más cercana donde vislumbré un radiante sol que iluminaba y calentaba todo a su paso, sin duda éste clima no tenía nada que envidiarle al del Lunes que había sido totalmente opuesto.
Sonreí programando, mentalmente, una caminata al aire libre después de esta mortífera clase o aun mejor, pasear el resto de la tarde con mis amigas las cuales, honestamente, he tenido algo abandonadas con todo esto de los deberes, ganar puntos para Gryffindor sin parar, lidiar con Harry y Ron todos los días sin descanso, el bendito castigo, los Mortifagos…
— Mortifagos — Murmuré, distraídamente, aun mirando el mundo reflejado en aquella ventana abierta.
¿Cuántas cosas habían pasado durante ésta semana? ¡Vaya! Pensar en eso es, increíblemente, sorprendente porque nunca, aunque alguien me hubiese incitado a imaginarme algo así, nunca me lo hubiese planteado con seriedad. ¿Cuántas cosas más conocería? ¿Me agradarán o por el contrario, me desilusionarán? ¿Por qué mi corazón late cada cierto momento con tanta fuerza, como con ansias, en otros tan lentamente como si lo único que quisiera fuera parar? ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿Por qué a pesar de concebir tantas dudas y temores me siento aliviada? ¿Por qué el alivio no sirve de bálsamo para calmar mis malos pensamientos, mi corazón, el calor en mi pecho y el revoloteo en mi estomago? ¿Por qué temo tanto por la vida de alguien que tan solo 24 horas atrás no me interesaba en lo más mínimo, mucho menos su destino, su final? O… ¿Siempre me interesó?
Ciertamente, necesitaba un respiro, el fin de semana me ayudaría a recompensar todas las horas sin dormir con un sueño que se me antojaba lejano y algo extraño, pero se me hacía imposible esperar tanto. Precisaba una distracción ahora mismo. Definitivamente, mis amigas serían las indicadas para aquello.
— ¡Se terminó! — Espetó Harry con una entusiasmo avasallante logrando traerme de golpe a la realidad.
— ¡Al fin! — Corroboró Ronald con mayor violencia que el primero y notorios gestos hostiles. Odiaba esa clase.
Honestamente, Ronald Weasley odiaba todo lo relacionado con los estudios.
Reí, disimuladamente, ante aquella verdad muda que sabía muy bien mi amigo la negaría al principio, pero terminaría aceptándola al final porque era parte de su día a día, de su realidad.
Reservándome todos mis pensamientos comencé a meter mis útiles en mi mochila con cierto desespero al caer en cuenta de lo perturbada que estaba, realmente necesitaba caminar, descansar, cualquier cosa que mantuviera mi mente despejada u ocupada un tiempo, tiempo que me permitiría alejar, aunque sea parcialmente, la persistente imagen de mi Profesor de Pociones vestido como Mortifago, así como la rememoración de cada una de sus palabras al explicarme lo necesario en cuestión.
Debía de recordarme ciertas veces que NO ERA UN MORTIFAGO, más bien ERA UN ESPÍA. Pero, de igual forma aquello no me calmaba en absoluto.
— Hermione, juguemos una partida de Ajedrez mágico.
La mención de mi nombre en aquella afirmación me sobresaltó un poco, simplemente, tomé aire con suavidad y respondí a aquello que no era una pregunta.
— No, Ronald — Le sonreí amistosamente al ver el mismo gesto que yo adoptaba apagarse en su rostro — Lo siento, prefiero,…
— ¡HERMIONE!
Volteé hacia la entrada del salón donde, justamente, provenía la entusiasta voz que me llamó. Al divisar quien era fui inevitable que la sonrisa en mis labios se ensanchará más.
Eran mis mejores amigas.
— Tenemos tarde libre y pensamos que sería grandioso disfrutar del esplendido día que hace afuera — Esbozó Ginny acercándose junto a una colorada Luna que miraba a sus pies como si tuviesen algo interesante que mostrar.
— Precisamente, iba a buscarlas para eso mismo — Coincidí con alegría logrando que ambas me miraran con ojos brillantes.
Al parecer, no era la única que necesitaba despejar la mente.
— No deberíamos perder más tiempo — Sonrió Luna con mirada soñadora — El sol brilla como hacía tiempo no lo hacía, será porque trae buenas noticias — Susurró apenas audiblemente dejando que sus ojos claros se fijaran en una de las ventanas del lugar.
— Solo déjenme terminar aquí — Pedí mientras metía el bote de tinta negra en mi mochila para, finalmente, cerrar su cremallera — ¡Listo!
Tomando a cada una de un brazo nos dirigimos a la puerta del salón, pero antes de atravesarlo unas voces enfadadas lograron captar nuestra atención.
— ¡POR CIERTO, NOSOTROS NO SOMOS INVISIBLES!
— ¡RON TIENE RAZÓN! Y TAMBIÉN NOS GUSTAN LOS PASEOS POR EL JARDÍN…
Las tres, aun dándoles las espaldas reímos sonoramente.
— NO ESTÁN INVITADOS — Gritó Ginny para que pudiesen oírle mientras retomábamos nuestro andar.
Me agradó darme cuenta durante nuestra caminata armonizada hasta el terreno verdoso de Hogwarts que la menor de los Weasley no tenía intensión de mencionar nada relacionado con la otra noche, no al menos en ese momento; y otra cosa que no me pasó desapercibida fue que Luna seguía demasiado ruborizada como para dejarlo pasar.
— ¿Qué pasa contigo?
— ¿Ah?
— Luna, no seas tonta, andas muy extraña — Al terminar la frase no me sentí nada satisfecha porque normalmente ella era extraña, así que volví a intentarlo… — ¿Por qué estás tan sonrojada?
Mi rubia amiga me miró con ojos chispeantes de emoción, mientras la sonrisa visible en sus labios se hacía más notoria y el escarlata de sus mejillas brillaba más.
— Estoy muy feliz.
— Se nota — Le sonreí.
— Yo si sé que le pasa — Bufó Ginny a mí otro extremo aun andando por el soleado y cálido lugar.
— Yo no he dicho que no sé lo que me pasa…
La Weasley volvió a bufar de forma descortés y le pellizqué disimuladamente en el brazo del cual la sujetaba, mientras a la más risueña de las tres le acariciaba con suavidad, dándole ánimos para que diga algo más.
— ¿Acaso no viste a Ronald?
— No — Respondí inmediatamente — Bueno, sí lo vi — Corregí con cierto atropello — ¿Qué tiene eso que ver?
— Si, se veía tan…
— ¡Le he preguntado a Hermione, Luna! — Escupió Ginny con un enfado que no tenía razón, no para mí. Viré mi cabeza hacia el otro costado y observé como mi rubia y pequeña amiga continuaba sonriendo absorta en sus propios pensamientos, cosa que logró hacerme esbozar una sonrisa similar — Estaba tan colorado como ella.
— ¿Quién?
— ¡Ronald! ¡¿Quién más?!
Abrí los ojos por la impresión que me produjo su voz colerizada. ¿Qué le estaba pasando? Inmediatamente la solté, apoyándome solo en Luna. Nos adentramos en el jardín sin decir nada, ni una sola palabra más. Luna continuaba con sus divagaciones, mientras Ginny pateaba cualquier cosa que se le topara en el medio, y yo intentaba, silenciosamente, entender la actitud de ambas.
Manteniendo el mismo mutismo nos sentamos en un árbol que nos regalaba una sombra esplendida. Cuando cada una estuvo en su sitio, respiré profundamente y hablé. No podía soportarlo más…
— Alguna de las dos me puede explicar, ¿Qué pasa? — Las miré seria. Ya comenzaban a preocuparme.
— Estoy enamorada — Respondió Luna rápidamente con una sonrisa contagiosa, mientras que Ginny volvió a resoplar con fuerza fulminándola con la mirada.
— ¡Ginny! — La regañé — Explícame tu, ¿Qué pasa, entonces?
— ¡Los dos son unos tontos, Hermione!
— ¿Harry y Ron? — Pregunté desconcertada.
— ¡No! Mi hermano y Luna — Escupió y luego de pensarlo un segundo más culminó con… — ¡Aunque Harry también lo es!
— Sigo sin entender el por qué de esa confirmación tan venenosamente expresada.
— Enserio que eres tonta tu también.
Le reñí con la mirada pidiendo más explicación. Ginny suspiró resignada encogiéndose de hombros.
— Cuando Ronald notó nuestra presencia en el salón de Historia de la magia se coloró como un tomate, también.
— ¿Y eso qué? — Pregunté mientras Luna suspiraba ajena a nosotras.
— Pues qué son unos tontos, porque se quieren, se miran con disimulo, se sonríen y mil cosas más y son incapaces de dar el paso que les falta. ¡Menuda bobería! — Espetó con sorna cruzándose de brazos mientras dejaba perder su vista en la lejanía.
— ¡Pero, mira quién habla! — Exclamé comenzando a disgustarme — ¿Qué necesitas tu para dar ese mismo pasa? ¿¡Ah, Ginny?! — No hubo respuestas — ¡Dime! — Insistí, pero ella siguió mirando a la nada. Suspiré tratando de tranquilizar mis nervios — Ginny, por amor a Dios, si para ti Ronald y Luna son unos tontos, pues hazte la idea que tu y Harry lo son, también.
Al culminar mi intervención se dignó a mirarme y rápidamente me arrepentí de cada palabra. Ya conocía yo esos ojos acuosos.
— Estas equivocada, Hermione. ¡El idiota de Harry no me quiere! — Sollozó ocultando su rostro entre sus manos — No de la forma en que Ron quiere a Luna… — Susurró partiéndome el corazón, aun habiendo escuchado esa misma frase muchas veces antes.
Compartí una melancólica mirada con la rubia mencionada que había perdido cualquier atisbo de felicidad en su rostro.
— Amiga, tal vez no se ponga rojo, ni tartamudeé a tu lado, pero él te quiere, te quiere mucho y en cualquier momento lo reconocerá — Le aseguré con la misma calma con la cual se le hablaría a un niño para hacerlo entrar en razón.
— ¡Ya no más! — Espetó limpiándose con brusquedad las lágrimas — Más bien cuéntanos tú, ¿Cómo te fue en tu ultimo día de castigo?
— ¿Ah?
— ¡Hermione! — Me regañó por haberme hecho la desentendida.
— No te gustará lo que te diré… — Susurré con un tono de voz tal que dudé que me hayan escuchado.
— ¿Qué pasa? — Preguntaron ambas al unísono, una visiblemente preocupada y otra muy, pero muy molesta.
— Podría decir que, continúo castigada.
— ¿¡QUE?!
Cerré los ojos con fuerza y cubrí mis oídos con las palmas de mis manos. Aquel grito había agitado todo dentro de mí. Maldita sea Ginny y su cabreado humor.
— Te dije que no te gustaría.
— Pero, ¿Cómo rayos es posible que sigas castigada? — Preguntó furiosa con los ojos tan abiertos que daba miedo. Parecía que estuviera a punto de asesinar a alguien — ¡Y peor, lo dices como si nada! — Rió con sorna — ¡TU! ¡TU! ¡Tú que lo llamaste de todas las formas habidas y por haber tan solo un par de días atrás! ¡Tú que juraste vengarte! ¡Tú que prometiste en tu habitación no prolongar por más de dos días aquel miserable castigo!
En serio estaba enfadada y cada una de sus aseguraciones lograron estremecer todo dentro de mí de peor forma que su grito anterior.
— ¿Ya terminaste? — Alcé una ceja inquisitivamente.
— ¡Oh, no! Créeme que no, Hermione. Tengo muchas cosas que decir aun sobre el lunes… muchas — Enfatizó lo ultimo mirándome con determinación — Pero dejaré que me expliques antes que yo misma saque mis conclusiones las cuales estoy segura que no te gustarán oír — Aquella suposición, ciertamente, no me gustó nada escucharla porque podía dejar mi imaginación volar y tocar casi las suposiciones de mi aun más que mal humorada amiga.
Tomé aire y dejé que saliera con potencia por mi boca.
— No estoy castigada en sí, solo ayudaré al Profesor Snape.
Podía jurar que faltaba muy poco para que los ojos de Ginny salieran de sus orbitas. Su mandíbula, literalmente, tocaba el verdoso césped en el que estábamos sentadas. Estaba molesta.
De un momento a otro, respiró cerrando los ojos como si tratara de tranquilizarse. Cuando me miró se veía más descompuesta, no dejaba de mover su cabeza de un lado a otro negando con incredulidad.
— ¿Quién eres tú y donde has dejado a mi mejor amiga? — Inquirió seria.
— Gin, por Dios…
— ¡Hablo en serio! No te quiero a ti, devuelvan a la Hermione que planeaba vengarse del narizón…
— Lo dices como si en ese momento tu hubieras estado de mi parte, recuerdo más bien que intentabas calmarme — Espeté con fuerza.
— ¡Oh, sí! Recuerdo también que te pregunté…
— A mi me encanta — Susurró Luna sorpresivamente.
Aquella intervención logró que el órgano que comenzaba a latir desbocado dentro de mí se tranquilizara un instante, al mismo tiempo que, hacia parar a Ginny. Solo pude agradecer, silenciosamente, al cielo.
Le sonreía con cariño a Luna, mientras la menor de los Weasley tenía la clara intensión de ahorcarla reflejada en sus expresivos ojos cafés.
— Lo digo enserio, me parece estupenda la idea de que lo ayudes en sus obligaciones, Hermione. Seguramente, como cualquier Profesor de Hogwarts, tendrá muchas responsabilidades y una mano extra no le vendría mal. Tal vez era eso lo que lo tenia de tan mal humor, espero que la próxima semana esté mejor… — Comentó como si nada, como si aquello no fuera dirigido a nadie, como si toda aquella intervención solo fuera un pensamiento que se le había escapado con plena libertad.
Pelirroja Gryffindor la miraba con la boca abierta. Sí, ella pensaba igual que yo: Luna era extraña, pero la quería igual. La queríamos.
— Tranquilas. Hasta hoy solo iré — Aseveré con una firmeza que sonó a mentira y por la expresión de Ginny supe que lo percibió. Resoplé mirándola — No me va a pasar nada, se los aseguro — Sonreí sintiéndome optimista sobre ese asunto. Sobre él, porque no era malo como mis amigos creían, como yo misma creí.
Él no era malo.
Con una silenciosa sonrisa agradecí el punto final que le dio mi intervención a aquella conversación que sí continuaba podía encaminarse hacia un desfiladero del cual no estaba lo suficientemente segura de salir ilesa.
Más bien, Ginny pareció recordar un rumor que hasta sus oídos había llegado y no quiso perder esa oportunidad para dejárselo claro a la sonriente, silenciosa y soñadora Luna: Lavender Brown quiere algo más que una amistad con Ronald Weasley.
Aquello mantuvo a ambas algo ocupadas, una relataba los honestos y buenos sentimientos de la antes mencionada con todos, haciéndola incapaz de semejante cosa; otra alegaba con vehemencia que si la primera continuaba pensando así lo perdería. Yo, yo solo las miraba discutir cada una a su forma, una muy segura de todos los que la rodeaban, otra muy desconfiada. Eran como el azúcar y la sal, pero sobre todo, eran mis amigas, las mejores.
Al Ginny concluir que Luna debía abrirse más a la probabilidad de acercarse a Ronald, el nombre de Harry Potter saltó sin aviso permitiendo sumergirnos en un nuevo tema algo quejumbroso para ella, pero necesariamente importante para tratarlo en esa calurosa tarde del jueves que corría: Sus sentimientos hacia el Niño que vivió para volverla loca.
Sinceramente, antes de opinar intento ponerme en el lugar de la persona aconsejada por eso preferí evadir ambos temas con afirmaciones de cabezas esporádicas y de vez en cuando una que otra negación cuando Ginny me miraba con los ojos abiertos de par en par para pedirme apoyo en una de sus intervenciones más complejas. Simplemente, no podía ponerme en el lugar de Luna y decirle lo mismo que Ginny le decía, es decir, si se me presentara la ocasión no estoy muy seguro que iría tras la persona que me atrajera con la intensión de que notara mi interés por él, mucho menos entonces dejar a la luz mis sentimientos sin saber si el susodicho siente lo mismo hacia a mí y lo que es peor dejándome vulnerable frente a él. ¡Oh, no! Yo no podría hacer ni una cosa, ni otra, así que tampoco podría aconsejar semejante actuación.
Pero, si lo pienso un poco más, ¿Cómo alguien puede obtener una respuesta a una pregunta muda o a un acto no realizado? Sin duda, esa interrogante me lleva a darle un punto positivo a las proposiciones de Ginny y Luna. Toda una locura.
Finalmente agradecí que Harry y Ronald fueran los protagonistas de la tarde, en vez del Profesor poco querido de Hogwarts.
— ¿Saben qué? Ha sido asombroso que nos reuniéramos hoy después de tantas semanas. Esto debería repetirse más seguido — Aseguró Ginny poniéndose de pie — Pero por ahora, ya debo irme. Tengo que terminar un trabajo escrito para la Profesora McGonagall — Explicó rodando los ojos mientras limpiaba la parte trasera de su informe con sus manos para borrar cualquier rastro de arena o césped en él.
— Yo me retiro, también — Canturreó Luna poniéndose de pie de un salto. Miró hacia el cielo de forma risueña por unos silenciosos segundos y sin poder evitarlo tanto Ginny como yo observamos hacia el mismo punto que veía con tanto interés sin encontrar nada distinto a un conglomerado de densas nubes y un sol palpitante que hacia arder con vigor nuestros ojos — Aprovecharé que el clima está a mi favor para explorar cerca de los arbustos del bosque, si tengo suerte tal vez encuentre un Gulping Plimpies o aun mejor, un Snockack de Asta Arrugada, especie que por cierto, fue la protagonista del artículo principal de El Quisquilloso este mes, decía que habitaban en Suecia, pero según nuevas investigaciones han ido migrando a otro países… — Comentó soñadoramente con una sonrisa genuina y esperanzadora pintada en sus labios.
Ginny bufó negando con la cabeza energéticamente.
— Está mal de la cabeza — Articuló solo para mi haciéndome reír — Adiós — Se despidió comenzando a alejarse.
— Espérame, Ginny, por favor — Pidió Luna con suavidad al notar que la primera ya le había sacado unos cuantos pasos de ventaja — Hasta luego, Hermione — Hizo un gesto con la mano que le imité.
Sonriendo fue alejándose hasta dejarme tan solo con los vigorosos árboles, el canturreo de diversos animales que no lograba identificar, el verdor del césped, el centelleante sol y la suavidad de la esporádica brisa que al rozar mi piel me producía unos escalofríos tan intensos que me hacían sentir viva.
Suspiré profundamente y con lentitud dejándome embriagar por el aroma a naturaleza, a tierra mojada, a brisa fresca. ¿Hacía cuanto no me dedicaba unos minutos solo para mí? ¿Desde cuándo no me permitía olvidar los problemas aunque sea unos minutos para maravillarme de las pequeñas y hermosas cosas de la vida?
Tomé de la mochila mi pergamino de notas y apunté con tinta azul: DEDICARME MÁS TIEMPO.
Con una sonrisa cerré la cremallera y miré mi reloj de muñeca con la intención de comprobar que aun tenía unos cuantos minutos más para mí, pero no era así. Tan solo tenía 2 minutos para llegar a mi destino: Las Mazmorras.
— ¡Mierda!
A trompicones me puse de pies, tomé mi bolso y corrí hacia el interior del Castillo sin percatarme de lo que ocurría a mi alrededor. Honestamente, no me interesaba lo que pudiese ocurrir cerca de mí, solo necesitaba llegar puntual. No quería fallar, no esta vez. No ahora.
Al maldecir por enésima vez la lejanía de la oficina del Profesor de Pociones divisé la puerta de entrada al lugar. Antes de tocar me permití tomar una bocanada de aire helado que quemó mi garganta. Cerré los ojos con fuerza como si con aquello pudiese contrarrestar el molesto ardor.
Al permitirme mirar nuevamente caí en cuenta de lo lúgubre que era esa zona del Castillo alumbrada por antorchas en la pared que transmitían tan solo la justa luminosidad para ver. Aunado a esto, los sonidos de las múltiples pisadas invisibles que iban de aquí para allá parecían la mejor ambientación para hacer una gran película de terror al estilo Muggle.
— Gracias al cielo no pertenezco a la Casa de las Serpientes — Susurré sin saber si era correcto sentir repulsión por ellas o más bien lastima.
Sin perder más tiempo estampé mi puño cerrado en la superficie de madera oscura dejando saber al mismo tiempo que se trataba de mí, como en los últimos días había hecho. Eso bastó para escuchar la característica voz de mi Profesor permitiéndome entrar.
Al rodear la manilla de la puerta con mi mano comencé a experimentar la angustiosa necesidad de respirar para controlar el palpitar vigoroso de mi corazón. Cerré los ojos por segunda vez en menos de 10 minutos maldiciéndome por la penosa situación en la que me encontraba. Estaba ocurriendo lo que durante todo el día impedí que pasara: La realidad de Severus Snape volvía a atormentarme.
Liberé el pomo de la puerta para posar mi mano en mi pecho. Dolían cada una de las interrogantes sin responder. Dolía repetírmelas una y otra vez en mi cabeza. Dolía saber que existía la posibilidad de perderlo y las lágrimas que comenzaban a conglomerarse en mis ojos eran testigo de ello.
Estaba viviendo una pesadilla.
— ¿Ocurre algo? — Preguntó el hombre que en secreto arriesgaba su vida para asegurar la de otros, los cuales en su mayoría eran personas que no merecían que él hiciera algo semejante. No conocían su valor.
— Todo en orden — Me obligué a sonar serena aun detrás de la puerta — Entro en un momento — Le aseguré secando con las mangas de mi túnica mi húmedo rostro.
Pasé las manos por mi cabello intentando aplacar las rebeldes hebras de cabello que se habían salido de la coleta que llevaba, luego por mi uniforme tratando así de darle un mejor aspecto. Suspiré con los ojos cerrados y sin más, volví a rodear el pomo de la puerta esta vez dispuesta a girarlo para entrar, pero una burlona voz me detuvo.
— ¡Vaya! Así que Granger vuelve a visitar la oficina del Profesor Snape en la misma semana. Creo que ha superado su propio record y el de cualquiera — Se rió sin cortesía el estudiante tras de mí, seguido por otros más. Sin necesidad de virarme ya sabía de quien se trataba. Esa voz cortante unida a la particular risa altanera y envenenada son inconfundible — ¿Aun continúa castigada o será más bien que la Sangre Sucia los prefiere mayores que ella? — Inquirió con malicia Malfoy junto a Crabbe y Goyle.
Uní mis ojos con fuerza mientras me repetía una y otra vez para tranquilizarme: No lo mates. Sentí como si mi sangre se hubiese transformado en diminutas y multitudinarias colmenas de hormigas que recorrían a toda velocidad mi cuerpo sin dejar ningún lugar vacio. El cosquilleo en las palmas de mi mano era mucho más palpable, quería partirle la cara para que al menos dejara de reírse.
Después de unos pocos segundos, al sentirme menos rabiosa que al principio de toda esta incomoda escena decidí encararlos, pero extrañamente cuando me disponía a girar noté como mi mano giraba de forma involuntaria en la manilla de la puerta.
— ¿Qué es lo que está pasando aquí? — Preguntó Severus Snape sin apartar sus ojos de las tres escorias tras de mí, las cuales guardaron silencio desde que se percataron de su presencia. Hasta yo lo hice, porque sentía que cualquier cosa que dijera o hiciera en ese momento se saldría de contexto — ¡¿Acaso no me escucharon?! — Gritó aun plantado frente a mí.
— ¡CORRAN! — Ordenó Draco y lo siguiente que escuché fueron sus pasos alejándose a toda velocidad.
— ¡MALFOY!
Puedo jurar que aquel llamado impetuoso me dejó sorda al menos unos segundos. Severus Snape pasó por mi lado para posicionarse en medio del pasillo, no dijo nada más, solo miró fijamente al solicitado que había parado en el mismo instante que escuchó la voz del Profesor, mientras sus otros compañeros prefirieron huir, sensatamente. Después de unos segundos de mudas miradas entre ambos el hombre habló…
— 10 puntos menos para Slytherin por faltarle respeto a una autoridad de la Institución — Aquella frase salió de la boca del Profesor con rabia, realmente no sabía si era por hecho de que su propia Casa perdía puntos o por la mera actuación de su ahijado — Recuerda que correr es de cobardes — Siseó con lentitud, como si lo que estaba diciendo era una lección que no iba a volver a repetir. Cruzó sus brazos cubiertos por la negra tela de su túnica en su pecho y sonrió con desdén — No dejo que nadie se meta en mis asuntos y tu, no serás el primero. Vete.
El Slytherin no esperó ni otro gesto ni otra palabra más para partir, pero antes de eso me miró de reojo por unos cortos segundos con el odio centellando en sus grisáceos ojos. Perpleja continué mirando el mismo sitio donde antes había estado Draco Malfoy de pie.
¿Qué significó todo aquello?
El sonido de unas pisadas a mi lado me trajo de vuelta a la realidad, así que suspiré tratando de olvidar los ojos de la asquerosa Serpiente que me habían mirado con una intensa rabia unos minutos atrás y seguí a mi Profesor de Pociones hacia el interior de su despacho.
Él tomó asiento tras el escritorio y yo lo imité ocupando el puesto frente a él. Al hacerlo me arrepentí inmediatamente por no haber esperado algún gesto de su parte. Me estaba pasando de la raya, además, lo más probable era que esté de muy mal humor y yo no quería formar parte de los responsables. Me equivoqué como una tonta.
Avergonzada miré hacia mi regazo, en donde mantenía mis manos unidas formando un puño que no dejaba de sudar a pesar del frio ambiente. Odiaba equivocarme, realmente, detestaba hacerlo y mucho más frente a él.
¿Por qué todo me tiene que salir mal cuando estoy bajo su compañía?
— ¿Cómo está, Granger?
— ¿Cómo?
Aquella bisílaba en tono de pregunta salió sin proponérmelo, me había tomado desprevenida. Así que cuando alcé la mirada para verle me congelé en el asiento por lo que descubrí. No podía hablar, honestamente, no quería hacerlo porque no había razón. No podía mover ni una milésima parte de mis extremidades superiores, tan solo estaba segura que en mi rostro descansaba una sonrisa genuina que salía del fondo de mi alma, lugar que ahora, teniéndolo tan cerca, se mantenía tranquilo, cálido y sobre todo, vivo, no había miedo. A su lado no temo a nada, solo a equivocarme y hacerlo enfadar. Sin embargo, tampoco había lugar en mi para temerle a esas trivialidades, mucho menos cuando de forma burlona, pero sin malicia, él reprimía una sonrisa.
Apretaba sus finos labios con tanta fuerza que habían cambiado de color mientras simulaba leer un pergamino que pocos minutos atrás reposaba tranquilo sobre la superficie de madera. Sus ojos oscuros, pero abrillantados miraban a eso que no quería que mirara, sus largos dedos sujetaban al manuscrito que comenzaba a odiar, al mismo tiempo que de su boca salía ese sonido particular a risa, a una risa espontanea, pura, sin maldad, pero aplacada por el muro que formaban sus labios.
Me estaba jugando una broma.
¿No se suponía que debía estar aun alterado por lo ocurrido con Malfoy? Al parecer ya no, se sentía tan bien verle así, despreocupado, sonriente, pero sobre todo, sin temor.
Aparté con cierta brusquedad mis ojos de su rostro al no poder contener la humedad en ellos. La realidad que me angustiaba sin avisar dolía mucho más al notar que era no solo era su realidad, sino la mía.
No quería perderlo.
No quería que le hicieran daño de ningún tipo.
No quería que se multiplicaran las marcas de combate en su cuerpo.
No quería que esas heridas dejaran cicatrices en su alma.
No quería tantas cosas, pero al mismo tiempo deseaba con intensidad otras que me sentía a morir.
De forma disimulada tomé una bocanada de aire que me ayudó a controlar el desbordamiento en mis almendrados ojos. Así que, sin perder mucho más tiempo lo miré y al comprobar que continuaba con la misma expresión de hacía unos segundos, fue inevitable sonreír.
— ¿Granger? — Inquirí hallando la razón de aquella sonrisa reprimida — Profesor, recuerdo haberle dado permiso para que me tuteara — Le aclaré.
— Si usted no lo hace, yo tampoco lo haré — Sentenció mirándome con una intensidad y seriedad que logró sobresaltarme.
La sonrisa había desaparecido.
Suspiré profundamente sin saber si era correcto lo que diría a continuación, mucho menos si era la mejor decisión.
— Está bien, ¿Severus?... ¿Así está mejor? — Sonreí al mirarle hacer lo mismo.
— Sí, pero con una condición señorita, cuando esté en mi clase o en cualquier otro lugar de la Escuela exceptuando mi despacho tendrá que anteponer el sustantivo Profesor. ¿Entendido?
— Sí, señor — Respondí, inmediatamente, al estar de acuerdo con lo que me proponía.
Él era el Profesor, eso no podía olvidarlo.
Satisfecho, me extendió el pergamino que leía sin decir una sola palabra más.
Lo tomé sin hacer preguntas, solo comencé a leer las pociones escritas en él. Hasta ese momento fue que me di cuenta que no era solo un pergamino, sino un juego de documentos compuestos por ingredientes y pasos para realizar pociones que parecían haber sido mejoradas con tachaduras y palabras escritas a trompicones sobre él. Podía encontrar muchas correcciones hechas, lo cual le daba a los documentos un aspecto de haber sido usados constantemente y sobre todo, noté que la tinta de las letras originales perdía un poco su color. Esos pergaminos tenían su tiempo ya.
Así mismo, comprendí que la primera poción ocupaba ese lugar por algo. Intuí que esa era la que él le interesaba que mirara porque estaba señalada con tinta color verde Slytherin en una de las esquinas superiores.
— ¿Qué te parece?
— Estoy tratando de hacer memoria, no recuerdo haber escuchando hablar antes de ella — Expresé con sinceridad leyendo los beneficios de dicha posición — Por lo que leo es muy parecida a la poción Multijugos, pero en vez de convertirte en otra persona, la trasformación sería en un animal — Sonreí fascinada aun con la vista clavada en el documento — Honestamente, me parece muy útil — Reconocí de forma soñadora.
— ¡Exacto! — El júbilo en su voz me obligó a mirarle — Y no hay necesidad de ser un Animago, ni conseguir pelo del animal seleccionado, solo hay que pensar en él sin distracción y con total claridad al tomar la pócima — Culminó sonriente.
— Por lo que dices, ya la has probado. ¿Verdad? — Quise saber tan entusiasmada como él por el tema.
El mohín que formó en su boca y la disyuntiva entre no saber si afirmar o negar una respuesta a mi pregunta con un movimiento de cabeza, me dejó claro que algo había pasado y eso me hizo reír sin disimulo aun teniéndolo sentado frente a mí.
Al no poder darle fin a mis carcajadas, opté por ocultar mi rostro en el pergamino para que al menos no me mirara.
Después de unos minutos de silencio por su parte, e hilaridad por la mía, habló por encima de mi bullicio:
— Sí la probé, Hermione, pero no resultó como me lo esperaba.
Tratando de contener la risa, para así minimizar el dolor que se había situado en mi vientre por el esfuerzo, lo miré y descubrí que sonreía de oreja a oreja como nunca antes lo había visto. Sus ojos eran fuegos artificiales en pleno cielo nocturno.
— ¿Qué ocurrió, exactamente?
Severus suspiró resignándose a responder algo, que por su gesto, parecía avergonzado de decir, pero al mismo tiempo le causaba tanta gracia que no sabía cómo comenzar.
— El Director, Albus Dumbledore, se ofreció de forma voluntaria a probar la pócima cuando estuvo hecha. Según lo que me había contado quería convertirse en un ave Fénix. Sin embargo,…
Hizo una pausa dramática en la que me miró directamente a los ojos y yo, simplemente, asentía sonriente una y otra vez dándole ánimo para que continuara. Lo siguiente que ocurrió no me lo esperaba, en vez de proseguir con la historia comenzó a reírse a carcajadas como nunca antes lo había visto.
Severus Snape se estaba riendo de forma despreocupada frente a mis ojos y aun así, parecía mentira.
Lo contemplé anonadada sin saber qué decir, ni qué hacer. No quería interrumpirlo, mucho menos que todo aquello acabara. Nunca antes lo había visto de esa forma y sin duda, me gustaba lo que veía. No podía ocultarlo.
— Lo único que obtuvo del Fénix fueron las alas… ¿Puedes imaginártelo? — Rió ocultando su rostro con las palmas de sus grandes manos blanquecinas.
— ¡Oh, claro que puedo imaginármelo! — Sonreí ante la imagen de Albus Dumbledore con dos grandes alas cayéndole a los lados del cuerpo.
El Profesor respiró profundo intentando tranquilizarse.
— Por esa razón le he hecho una serie de modificaciones con las que supongo deberá funcionar correctamente — Explicó adoptando su serio carácter, aunque aun la sutil sonrisa seguía pintada en sus labios — ¿Qué dices, te gustaría ayudarme a hacerla?
— ¡Por supuesto! — Respondí, inmediatamente, con un entusiasmo desbordante — Me encantaría, pero… con una condición — Sonreí borrando, automáticamente, el mismo gesto de sus labios.
Se removió un poco en su asiento, cruzó los brazos a altura del pecho, alzó la cabeza de tal forma que me miraba de manera altiva, y finalmente, enarcó una ceja.
Severus Snape, el aterrador Profesor de Pociones había vuelto.
— ¿Cuál?
— Que no me prestaré, de ninguna manera, a ser el objeto de experimento para ésta poción.
Nuevamente, el despacho se llenó de carcajadas, esta vez me relajé un poco y me uní a él. Se sentía tan bien.
— ¿Cuándo comenzamos?
— Mañana — Tomó el pergamino en donde se encontraba la pócima de la cual hablábamos y otras más — Hoy necesito pasar todo esto a pergaminos limpios, ¿Quieres ayudarme?
— Para eso estoy aquí — Le sonreí tomando el rollo de pergamino que me extendía.
Al comenzar a transcribir la primera poción noté que antes ya la había hecho en una de sus clases, pero esta tenía una variación en los ingredientes y muchas más en los pasos de la preparación. No hubo preguntas, ni sonrisas, mucho menos carcajadas, ambos nos habíamos sumergido en nuestra tarea que era, exactamente, la misma, lo comprobé cuando no pude evitar mirar hacia su dirección y lo descubrí escribiendo en pergaminos limpios otro lote de pócimas modificadas.
Aparte de incomodo, el silencio entre ambos se había vuelto extraño, al menos para mí. Me había acostumbrado a las preguntas que ameritaban una respuesta y luego a otra interrogante de rigor que no podía quedarse sin contestación, a sus explicaciones en clase, la manera en que narraba cualquier hecho acontecido hasta sus regaños e insultos. Es deprimente, pero era la verdad. Extrañaba escuchar su voz con aquel tono adecuado que no era ruidoso aun cuando sobresalía por encima de las demás y al mismo tiempo era tan sibilante, fría y algunas veces tan lúgubres que la hacía aterradora, aunque oírla me hacía sentir segura.
Ahora mismo más que querer, necesitaba escucharla, pero tan solo el sonido acompasado de nuestras respiraciones, el de las plumas con tinta al deslizarse ágilmente y con suavidad sobre el papel, el de las cálidas llamas al chocar unas con otras para mantenernos tibios en aquella gélida zona del Castillo volviendo polvo la leña, era lo único que en ese momento teníamos permitido escuchar ambos.
Al no poder contenerme, cada cierta cantidad de minutos desviaba mi vista de mi tarea para mirar al frente tan solo una milésima de segundos, porque necesitaba comprobar que no estaba sola, que el sonido de la las dos respiraciones se trataban a la suya y la mía y no a un sucio juego de mi imaginación.
Los minutos corrían y yo me inquietaba más porque el mutismo continuaba. Habían tantas preguntas vagando por mi cabeza que necesitaban alguna contestación por parte del hombre que, tenía al frente, por varios motivos: primero, porque se lo habían ganado después de no haberme dejado descansar en paz ni un solo momento; segundo, porque si no conseguía lo que necesitaba para esfumarlas no podría volver a estar tranquila; tercero y no por eso menos importante, al contrario, tenía tanta relevancia como las otras razones, mi alma pedía las respuestas en silenciosos gritos que estaban desgarrando todo dentro de mí al tan solo suponerlas.
No podía seguir así. No otra noche más.
Sujetar la pluma entre mis dedos se estaba volviendo una labor casi imposible por culpa de mis sudorosas e inoportunas manos. Cerré los ojos un instante y suspiré de forma disimulada para que no lo notara, justamente, en ese momento noté que mi pies subían y bajaban al ritmo de una música que no existía. Odiándome por haber hecho un gesto de ansiedad que pudo ser audible para cualquier oído humano cerca intenté concentrarme de lleno en lo que hacía con o sin manos temblorosas y resbalosas.
Podía escuchar dentro de mi cabeza la impalpable aguja alargada del reloj Muggle girar en toda su circunferencia con una lentitud demencial, al mismo tiempo en que los granos de arena caían uno tras otro a una velocidad inverosímil dentro de otro reloj. Sin duda, el primero mostraba la verdadera celeridad del tiempo y el segundo la mía.
Ya no me quedaba tiempo, en cualquier momento iba a explotar; pero,… ¿Cómo? ¿Cómo preguntarle sin sonar descortés ni mucho menos atrevida? ¿Cómo interrogarlo sobre un tema que evadía porque es muy suyo, pero yo lo sentía de igual forma mío? ¿Qué es lo que quiero saber realmente? ¿Cómo se lo hago saber? ¿Cómo expresarle que temo por él? ¿Cómo pedir más explicaciones?
De cualquier forma y sea cual sea la pregunta, sonaría más grosero que audaz por mi parte.
— Pregúntame.
Mi ojos viajaron a toda velocidad hacia su rostro, esta vez el disimulo fue dejado de lado por el desconcierto.
¿Acaso, realmente, había dicho lo que escuché?
Por un instante dudé aquello porque sus ojos continuaban moviéndose al mismo compás en que la pluma sujetada con su mano derecha producía ágiles trazos corridos y diminutos en tinta negra sobre el pergamino. Nada parecía haberlo inmutado. Permanecía en la misma posición que unos minutos antes, su espalda recta sin tocar el sillón, su largo cabello caía como dos cortinas oscuras a los lados de su cara mientras sus pestañas mostraban el suave y esporádico movimiento de sus parpados al abrirse y cerrarse. Sin embargo, de forma repentina dejó la pluma en el tintero, se apoyó del espaldar y me examinó en silencio.
Anonadada desvié la vista hacia mi mano inmóvil sobre el pergamino.
¿Cómo lo supo? ¿Leyó mi mente? Aquella última interrogante me aterró por la posible suposición de una respuesta afirmativa. No, eso no podía ser posible. No había ningún contacto visual y por ende no pudo ejercer Legilimancia sobre mí. Por supuesto que no.
— Después de lo que descubriste ayer, es natural que tengas preguntas — Explicó sereno y volví a mirarle.
Él tenía razón.
— Ciertamente, Profesor, habitan dentro de mi cabeza varias interrogantes que no me dejaron dormir muy bien anoche… — Cerré los ojos, rápidamente, al notar mi alto grado de sinceridad. No debí haber dicho eso ultimo. Al permitirme ver, nuevamente, él continuaba sereno, pero serio contemplándome, gesto que me posibilitó proseguir — Honestamente, no entiendo como usted, pudo terminar siendo un falso Mortifago — Enfaticé.
Dejando escapar un profundo suspiro, unió sus dedos sobre el escritorio y los miró con una fijeza que hubiese hecho suponer a cualquiera que en ellos estaba escrita la respuesta que le daría a mi pregunta mal formulada; pero, yo, Hermione Granger, estaba segura que lo que saldría de su boca no sería más que la verdad de sus vivencias.
— Es una historia muy larga.
Volvió a guardar silencio por unos minutos y yo tan solo adopté su mudez sin poder dejar de mirar hacia su rostro, exactamente sus oscuros ojos escondidos tras sus largas pestañas que seguía fijos en un punto perdido entre sus manos mientras, entendía yo, los recuerdos cruzaban de un lado a otro por su cabeza.
Súbitamente, clavó su mirada en la mía.
— Necesito que me des tu palabra, de que sea lo que sea que escuches hoy, no te marcharás sin que conozcas el final. ¿De acuerdo?
Por el tono autoritario que usó, estaba totalmente segura que no se conformaría con mi silencio e inmovilidad como la vez anterior, así que asentí varias veces.
Suspiró uniendo sus parpados unos breves instantes, al separarlos miró fijamente hacia las llamas de la chimenea logrando que sus ojos adoptaran un brillo espeluznante.
Tragué saliva ante la ansiedad que me producía la espera.
— Hace muchos años atrás, específicamente, la temporada en la que estudié aquí, en Hogwarts, fui objeto de muchas burlas no solo por mi apariencia, sino por mi inteligencia — Repentinamente, posó sus ojos en los míos — Me enamoré perdidamente de una mujer, una Gryffindor, Lily Evans, la madre de Potter, la cual a su vez, amaba a James, James Potter — Cerró los ojos con fuerza por un instante. Al mencionar a aquella última persona, al padre de Harry, comprendí que no fue de su agrado toparse con él durante su vida — No me sentía bien con esa situación ni con ninguna de las que me estaban ocurriendo en ese momento, así que cuando unos compañeros de Casa, Slytherin, me unieron a su grupo demostrándome el valor que poseía, pero sobre todo prometiendo tan solo amistad y un trato… un trato normal. Como puedes imaginarte, ese no fue el mejor grupo al que me uní, por el contrario, estando con ellos surgió esto — Estiró sobre la mesa su brazo izquierdo, arremangó su túnica y dejó al descubierto la Marca tenebrosa, que muy bien sabía debía estar ahí, pero aun así, la impresión que me causó fue tal que volvió a ocultarla con rapidez — En mis días como Mortifago, justamente, el ultimo, escuché en una caverna de Hogsmeade a Sybill Trelawney contarle una profecía al Profesor Dumbledore que mencionaba al Señor Oscuro y a un niño que él debía destruir para poder vivir. Mi tarea era informarle, y eso hice, sin saber que minutos después me arrepentiría porque se trataba del hijo de la mujer que siempre amé, el hijo de Lily, Harry Potter.
— ¡Oh! — Gemí horrorizada — Usted es el culpable de que los padres de mi mejor amigo estén muertes — Afirmé porque no había necesidad de que él confirmara nada, pero aun así, asintió produciéndome un intenso dolor a altura del pecho. Un vacio brutal — ¡No puede ser! — Golpeé el escritorio con el puño cerrado al mismo instante en que me ponía de pie de un salto. Él hizo eso ultimo también — ¡Usted le desgració la vida a Harry! — Lo miré con una intensidad que me hacía daño, pero lo hice aun sabiendo que las lágrimas acumuladas por la impotencia y la tristeza que sentía en ese momento serían liberadas en cualquier instante sin poder dominarlas — Podía imaginarme cualquier cosa de usted, cualquiera, menos ésta…
— No tenía ni la menor idea de que se trataba del hijo de Lily — Confesó en susurros — ¡Solo sé que me equivoqué!
— ¡¿Acaso no lo entiende?! — Grité sintiéndome muy poco segura teniendo tan solo el escritorio entre ambos — No importa de qué niño se trataba, porque solo era eso,… ¡Solo era un niño! Un indefenso bebé que lo único que necesitaba era, justamente, eso que tú, Severus Snape, le robaste — La molesta humedad en mis ojos no me permitía verle con claridad, pero eso no me importó al girar y correr hacia la puerta del despacho dejando escapar los rebeldes sollozos que no querían esperar por un lugar solitario.
— Prometiste que no te irías hasta escuchar el final — Me recordó con voz potente en el momento que mi mano rodeaba la perrilla de la puerta. Durante mi momento de vacilación entre no saber si cumplir con mi palabra o no, él aprovechó para continuar — Inmediatamente, cuando supe que Lily había muerto y por mi culpa, al intentar mantener con vida a su hijo… — Susurró tras de mí con un tono de voz que nunca antes le había escuchado usar. Era muy bajo para ser de él, poco indiferente, pero sobre todo, consternado — Hablé con Albus, Albus Dumbledore, quien desde aquel entonces era el Director del Colegio — La Hermione Granger desilusionada le ganó la batalla interna a la curiosa haciendo girar el pomo, y por ende, abriendo la puerto. Sin embargo, él no se amilanó, las palabras de su boca salieron una sobre otra, pero aun así, con claridad — Desde el principio él fue claro conmigo, dijo que la muerte de Lily Evans no podía quedar en vano, y lo apoyé. ¿Cómo no hacerlo? — Inquirió más para sí mismo que para mí porque ya tenía más de medio cuerpo fuera de su oficina — Así que, desde ese entonces acepté su propuesta de proteger al niño por el que Lily Evans dio su vida. De esa forma fue que me convertí en un espía dentro del clan de los Mortifagos.
¡¿QUÉ?!
Esta vez una Hermione Granger desconfiada y desconcertada en partes iguales por lo escuchado me hizo cerrar de golpe la puerta y girar para mirarle directamente a la cara. Descubrí que eran muy pocos los pasos que nos separaban. ¿Cómo se atrevía a mentirme de esa forma tan descarada?
— Eso no es verdad.
— Lo es — Aseguró imperturbable. Tomándome aun más por sorpresa, comenzó a andar frente a mí de un lado y para el otro con los brazos como jarra mientras mantenía su mentón en alto y su vista en cualquier parte — Ciertamente, la manera en que lo protejo no es evidente, pero la razón a esto, claramente, la más obvia, es que lo hago en secreto y por supuesto, porque no me interesa, de ninguna manera, que esto se sepa. Pero, es verdad, lo protejo manteniéndolo alejado de muchos peligros que constantemente, día a día, lo acechan, y no solo a él, a ti y a tu amigo Weasley, a su hermana, hasta a la propia Lovegood, también — Confesó dejándome más perpleja que antes — Esto lo logro, gracias a que informo con detalles a Dumbledore sobre las posteriores acciones que realizará el Señor Tenebroso permitiéndonos así planificar nuestra intervención, y a éste último, le suministro datos errados de lo que sea que quiera saber o de las personas que habitan aquí dentro como el propio Potter o Albus — Paró en seco frente a mi permitiendo que sus ojos oscuros se encontraran con los míos — Por favor, toma asiento.
Aparté mi mirada de la suya al no poder soportar por un segundo más su intensidad. Nos sumergimos en un incomodo silencio en donde él permanecía quieto e inquebrantable y yo, reflexiva y sorprendida. No podía ser cierto, y en caso de que lo fuera, el hombre frente a mi tendría una valentía indudable que debió haberlo hecho parte de los Gryffindor con gran facilidad.
Volví a mirarlo sin saber que pensar, aunque decidida a conocer lo que sea que quisiera contarme, así que con pasos lentos y cuidadosos volví a ocupar el asiento frente al escritorio, mientras Severus Snape hacia lo mismo tras él.
Según lo que me dijo, fue él el que informó del paradero de los Potter al Señor Oscuro, sin saber que se trataba de ellos. Desde ese mismo día que fallecieron se había convertido en un espía para el Director y al mismo tiempo, el protector de Harry Potter y sus amigos. ¿Podía ser cierto?
Lo miré directamente a los ojos cuando estuvo sentado frente a mí. Todo parecía encajar para formar una historia más fantasiosa que real, pero como juzgarla en un mundo como en el que me encontraba en donde la magia era la clave de su existencia. Pero, aun así, al formar el rompecabezas de todo lo escuchado habían piezas inexistentes, aunque importantes que si no tenían un porqué claro en los próximos minutos podrían conseguir varias cosas: Primero, que me volviera loca en un santiamén; segundo, que me hiciera correr con todas mis fuerzas hasta la Dirección para contarle al Profesor Dumbledore que Severus Snape era un Mortifago mentiroso y muy peligros; o tercero, matarme.
Carraspeé mi garganta para que lo que saliera a continuación lo hiciera con propiedad, sin debilidad, aun cuando sentía mis sentidos y nervios a flor de piel, a la espera de cualquier gesto o acción de su parte que merezca una respuesta inmediata. Pura supervivencia.
— En caso de que todo lo que me ha contado sea verdad…
— Lo es.
—… ¿Cómo es posible que el Señor Tenebroso no haya notado su verdadera identidad? — Inquirí suspicaz y con firmeza, restándole importancia a su interrupción.
— Soy un maestro en el arte de la Legilimancia y la Oclumancia. Bloqueo los recuerdos y pensamientos que puedan delatarme y divago por aquellos que dan fe de mi lealtad hacia él. Además, no soy idiota, sé cómo y cuándo actuar. Por ese motivo, aun puedo jugar a este doble papel.
— Suponiendo, que eso que me dice es verdad,…
— Lo es — Repitió de forma tajante, logrando que hiciera una pausa en medio de mi intervención, en la cual tan solo lo miré detenidamente, intentando conseguir algún gesto de su parte que me permitiera darle el beneficio de la duda que no lograba.
Sus ojos a pesar de lo oscurecidos por su genética, estaban brillantes, claros y muy abiertos, sus labios se mantenían unidos con una firmeza que dejaba en evidencia al hablar. Se veía más sereno que antes, pero sobre todo, sincero.
Suspiré desviando la vista hacia el pergamino inerte con una pócima a medio escribir sobre el escritorio. Aunque quise todo lo contrario, mi voz sonó apenas audible…
— De cualquier forma, no deja de preocuparme — Reflexioné más para mí misma que para él, aunque era consciente de que me escuchaba, tal vez con cierta dificultad, pero lo hacía — No logro comprender cómo un ser racional puede arriesgarse a tal nivel sabiendo que su vida corre peligro. No sé, honestamente, si lo suyo es un acto de valentía o de reverenda estupidez — Le acusé de forma altanera, olvidando por ese momento que él era una autoridad del Colegio que merecía ser respetada y yo una simple estudiante que por argullosa podía ser expulsada — Porque si lo descubren, que es lo más probable ya que la verdad tarde o temprano siempre se sabe, lo matarán,… ¿Verdad? — Al final la voz se me quebró sin querer.
— Es lo más posible — Respondió sereno, como si estuviese hablando del riesgo de otra persona y no de la de él. Tomó aire antes de continuar — Sobre el hecho de que no sabes si es valentía o estupidez lo que rige mis acciones, considero que ninguna de las dos opciones tiene validez para mí. ¿Acaso no lo has comprendido? — Inquirió con suavidad y esperó unos segundos alguna respuesta que no fui capaz de dar, porque no, no lo había interpretado aun — Hermione Granger, yo, Severus Snape, no tengo nada que perder.
— ¿Perdón? — Enarqué una ceja suspicaz — ¿Acaso su vida no tiene ningún valor para usted? ¿Morir no es perder demasiado?
— No — Respondió con serenidad mientras buscaba una posición más cómoda en el sillón en el que se encontraba.
— ¡JA! — Gemí sintiéndome molesta, pero sobre todo dolida por tal contestación — ¡Por supuesto que vale! ¡Sí es demasiado! — Exclamé mirándole fijamente, incapaz de comprender como podía pensar una cosa así.
— Sí yo muero, seamos honestos, serían más lo felices o indiferentes ante la noticia que los afligidos.
— Vaya, nunca esperé escuchar una frase tan desmotivadora y constituida por tan poca autoestima de su parte. Ese vocablo no parece pertenecer a usted, Profesor — Dije con firmeza — No concibo que alguien pueda alegrarse por el fallecimiento de un ser humano, le daré el beneficio de la duda a los indiferentes quienes seguramente serían personas que no conocen realmente a Severus Snape, por eso estoy totalmente convencida que muchos, bastantes, lamentarían perderle — Recalqué mirándolo directo a los ojos.
— Difiero de lo que dices, pero suponiéndolo, ¿Quiénes serían los desafortunados? — Inquirió desconfiado.
— El Profesor Albus Dumbledore, ciertamente — Respondí de inmediato uniendo mis manos sobre la superficie de madera — Y no me olvide a mí — Susurré aun molesta con él, pero dispuesta a hacerle ver que estaba equivocado — Y no solo somos nosotros dos, porque me inclino a que si muchos supieran lo que yo sé…
— Huirían, huirían como tú lo querías hacer y por supuesto, me juzgarían por ser un asesino sin escuchar el final — Cubrió su rostro con sus manos y suspiró — Sé que cometí un error, muchos, pero te juro, Hermione, que día a día intento enmendar lo que hice — Me miró fijamente, nuevamente — No descansaré hasta saber que Harry Potter y todos a los que él quiere pueden vivir tranquilos en este mundo. Al derrotar al Señor Oscuro, me sentiré aliviado. Eso espero.
— Por eso mismo, Severus. Tal vez tengas razón al afirmar que antes de conocer lo que haces para enmendar ese error que cometiste hace muchos años ya, las personas huirían al escuchar el principio de esa historia, pero, yo sé, lo siento, si tan solo conocieran lo que yo ahora sé, puedes dar por seguro que muchos lamentarán el trato que te dan, sobre todo, se arrepentirán de cada cosa estúpida que pensaron sobre ti — Mis ojos continuaban clavados en los suyos mientras mi corazón latía con tanta fuerza que temía que él lograra escuchar su bombeo — ¡No es justo!... No es justo que arriesgues tu vida por el beneficio de aquellos que hoy no te dan el valor que mereces. No es justo que entregues tu vida en bandeja de plata para salvar a un mundo que si no se organiza y lucha para conseguir un mismo fin no logrará nada.
Con la yema de mis dedos borré la lágrima que solitariamente recorría mi mejilla derecha mientras su mirada me trasmitía tantos sentimientos que, tal vez antes no identificaba, pero ahora sí, había resignación, dolor y finalmente, un toque de dulzura, como si lo que escuchara salir de mi boca lo llenara.
— La vida puede llegar a ser muy injusta.
— Ya veo — Sonreí con ironía — Intentas salvar, principalmente, la vida de Harry Potter anteponiendo la tuya, mientras él vive día a día pensando que lo odias a tal magnitud que deseas verle muerto. Es injusto tanto para él como para ti, pero ¿Qué puedes recriminarle si no sabe la verdad? — Suspiré tratando de mantener las lágrimas en mis ojos — Por eso mismo, no puedes juzgar a nada, muchos de tus estudiantes piensan cosas erradas de ti porque ven al Severus Snape que muestras en tus clases y en los pasillos del Colegio, pero no al verdadero. ¿Para qué negarlo? Yo pensaba igual que ellos, pero ahora todo dentro de mí cambió con brusquedad.
— ¿Qué piensas ahora de mi?
— ¿Acaso importa?
— Por supuesto que importa — Susurró con una intensidad que me incitó a desviar la mirada, pero no lo hice.
— Severus Snape es un mago valioso, valiente, fuerte y decidido — Sonreí con cariño volviendo a sentir el ardor en mis ojos — Valioso aun cuando muchos no lo noten y ni él mismo lo haga. Valiente aun cuando no sea Gryffindor — Sonreí — Fuerte por tener que soportar tanto en silencio. Decidido por tomar decisiones, plantearse metas y cumplirlas; pero sobre todo, Severus Snape no merece morir porque es bueno. Nadie lo merece.
— ¿Tiene alguna otra pregunta, Granger? — Inquirió con aspereza tomando la pluma, nuevamente.
— No, Profesor. Ninguna otra — Respondí, inmediatamente, al notar como había vuelto a usar mi apellido, demostrándome que la barrera entre ambos estaba volviendo a construirla.
Había sobrepasado el límite, eso podía entenderlo. No debí dejar que la conversación siguiera ese camino, mucho menos debí haberlo descrito de esa manera tan personal, tan mía. Debí callar, guárdame todo, tal vez hubiese sido preferible huir, no escuchar toda la verdad, porque estoy segura que en vez de continuar sintiendo miedo, incertidumbre, tristeza, rabia por la injusticia de la vida hacia él y estas molestas ganas de llorar abrazándome a mí misma, tan solo sentiría un profundo odio.
No volví a mirarle, tan solo suspiré de forma disimulada, tomé mi pluma con la intensión de continuar con la labor que había dejado sin terminar. Escribía palabras tras palabras sin saber a ciencia cierta que colocaba. Ya no me interesaba memorizar las modificaciones, tan solo quería llorar, gritarle a la cara que su vida sí importaba hasta que se le metiera en la cabeza. Pero, callé, él me había hecho entender que el muro seguía ahí y que fue un error saltarlo para llegar hasta él. No podía equivocarme otra vez.
¿Realmente, conocía a Severus Snape?
¿Cuánto más tenía que contarme?
¿Cómo fue su infancia?
¿Dónde están sus padres ahora?
¿Cómo conoció a Lily Evans?
¿Aun ella es la dueña de su corazón?
No, no lo conocía y esa realidad dolía. No saber las respuestas a esas interrogantes y más era perturbador. Al menos, durante esta semana descubrí que, ciertamente, tras Severus Snape si hay un misterio que lo hace encantador y enigmático. De reojo miré hacia su dirección y comprobé que sus ojos permanecían fijos al pergamino frente a él, mientras su mano se movía con agilidad pintando trazos que subían y bajaban como el ritmo de mi corazón.
¿Qué era, realmente, lo que sentía allí dentro?
Es tan difícil de describir, claramente saber que no es un Mortifago causa una pizca de alivio que se olvida al bombardearme el recuerdo de las marcas de guerra en su piel, en su cuerpo ¿Cuánto ha sufrido? ¿Cuánto le falta por sufrir? Pensar en todos aquellos que usan descalificativos para llamarle, que no valoran, al menos, su labor como Profesor me produce una rabia inmensa. Lamentablemente, entre ellos están mis amigos, estuve yo, también. Deseo tanto abrazarlo ¿Cuándo fue la última vez que alguien la abrazó? ¿Cuándo fue la última vez que lo hicieron sentir querido? Gritar a los cuatro vientos que él no era como muchos creían no le agradaría para nada, pero quería hacerlo. Quería que conocieran que cometió errores como todos, pero que desde ese mismo momento trabajó para enmendar lo hecho. Deseaba que fueran conscientes del coraje que lo caracterizaba, que lo hacía poder pararse frente a asesinos profesionales y ocultar su verdadera identidad. Sin embargo, sus verdaderas intensiones, la valentía y su valor no le servirán de mucho el día que el Señor Tenebroso y sus secuaces descubran la verdad. ¿Y si ese día llega pronto? ¿Qué hago si un día recorro el Castillo y no me topo con él por los pasillos? ¿Cómo decirle a mi cabeza y a mi corazón que tal vez, dentro de poco, otra persona lo reemplazará en su puesto como Profesor de Pociones? Las ganas de llorar se intensificaban al recordar que su vida, para él, no vale nada, situación que lo hace más susceptible para lanzarse directo a los colmillos de la serpiente. Duele pensar que existe la posibilidad de perderle.
Yo no lo soportaría.
— No quiero que mueras… — Susurré mirando mi mano inmóvil sobre el pergamino.
Estaba segura que no me había escuchado, no era mi intensión que lo hiciera, pero estaba equivocada.
— ¿Realmente, te importa tanto? — Inmediatamente, fijé mis ojos humedecidos en los suyos y asentí sintiéndome devastada por la duda en su voz y la desconfianza en su expresión — ¿Por qué? — Susurró con el ceño fruncido.
Tomé aire. Era mi oportunidad. La única que tendría, estaba segura.
— Porque, porque yo,… — Balbuceé incapaz de decir la verdad de mis sentimientos. Sintiéndome avergonzada por mi torpe manera de hablar, pero sobre todo por haber tenido, hace tan solo unos segundos que parecían lejanos, la osadía de contarle una verdad que no sabía si realmente lo era — Lo mejor es que me vaya — Dije cortante, sin mirarle y al mismo tiempo que me ponía de pie.
No quería su permiso. No lo necesitaba.
— Tienes razón, debes ir a cenar — Aconsejó con suavidad cuando hice girar la perilla de la puerta.
Había abierto lo que dividía su oficina del lúgubre pasillo de las Mazmorras y a pesar de que ambas partes del Castillo pertenecían a la misma sección, sí se notaba la diferencia. De forma visible y superficial, podía mencionar lo desiguales que eran en luminosidad, temperatura y tranquilidad; pero, si dejo que mi corazón enumeré las disparidades comenzaría con la calidez, el despacho era acogedor, estaba rodeado de una esencia que embriagaba, el sonido que producía el suave baile de las llamas de la chimenea tranquilizaba, saber que ahí dentro había alguien fuerte, valiente, pero sobre todo bueno, me hacía sentir segura. Tranquila.
No quería dejar de sentir todo eso. Pero, debía irme.
Antes de cerrar la puerta del despacho, me permití mirarlo una vez más.
Estaba de pies tras su escritorio y no comprendía en qué momento había ocurrido eso, mi pluma y la suya aguardaban por ser usadas, nuevamente, en el tintero, mientras los pergaminos a medio escribir mostraban que el trabajo que se suponía debíamos hacer esa tarde no se había culminado. Mis ojos volvieron a los suyos, y noté como a pesar de tener la chimenea alejada las llamaradas hacían brillas sus oscuros iris dándole un toque adorable que lo hacía ver menos fuerte, menos valiente, menos Severus Snape.
Aparté mis ojos con brusquedad y cerré la puerta que hacia la división entre ambos lugares, ahora añoraba la calidez, la atmosfera del lugar, realmente, su sola compañía. Me abracé a mi misma para contrarrestar el frio y caminé dando rápidos y largos pasos hacía en Comedor.
Recordando todo lo descubierto esa misma tarde anduve por los pasillos hasta, finalmente, llegar a mi destino. Me sorprendió verlo, totalmente, desbordado de estudiantes, supuse que era por la hora que no manejaba en ese momento. El bullicio era descomunal. Sin proponérmelo, mi vista viajó hacia la alargada mesa que ocupaba el panel de Profesores, exactamente, hacía el vacio asiento de aquel que se hacía pasar por un Mortifago más.
Sin perder más tiempo, encaminé mis pasos hacia la mesa correspondiente a los Gryffindor, específicamente hacia el punto en donde mis amigos ya se habían ubicado.
— Hola — Les saludé al ocupar el espacio libre junto a Ginny, la cual me sonrió al percatarse de mi presencia. Al parecer, estaba de buen humor.
Harry y Ronald por su parte, tan solo asintieron al tener la boca ocupada masticando la comida. Desganada tomé un plato y comencé a llenarlo con un poco de cada una de las porciones que tenía más cerca para no llamar la atención de mis amigos y de nadie más, tan solo quería subir a mi habitación, desconectarme de todo a mi alrededor para así poder descansar. ¿Era mucho pedir?
Quería dejar de pensar en los pros y en los contras de saber la verdad de Severus Snape, quería mantener su rostro alejado de mis reflexiones, sus gestos, su voz. Quería que la Hermione Granger de antes regresara, esa que se ocupaba tan solo de sus estudios y sus amigos. La que tan solo tenía en mente día a día la planificación que ejercería para lograr sus objetivos en clases, sus tan anhelados puntos que hacía días no conseguía en iguales cantidades, ni con mucho esmero por su parte. No quería más preocupaciones, menos sentir ese bombeo desenfrenado en mi corazón que comenzaba a preocuparme. Podía estar enferma y no saberlo.
Noté que mis amigos habían dejado de lado la comida para sumergirse dentro de una conversación que parecía tener un tema que los hacía enfurecer, porque lo gestos de Harry y Ron no eran otros que desprecio, repugnancia, hastío hasta rabia. No les presté atención al estar sumergida en mi propio dilema interno, además de estar muy ocupada jugando a comer sin hacerlo. Sin embargo, no bloqué del todo sus voces para así poder escuchar la mención de mi nombre en caso de que lo hicieran y sobre todo saber qué decir, para contrarrestar mi poco interés sobre su discusión. Llamaría demasiado su atención si asentí cuando debía negar o viceversa.
Repentinamente, un nombre saltó sobre la mesa y no fue el mío, pero de igual forma causó que todos mis sentidos estuvieran en alerta…
— No lo soporto… — Susurró Ronald con desprecio mientras tomaba un sorbo de su jugo de arándanos — No veo la hora de que se largue del Colegio.
— Concuerdo contigo, nunca conocí a un Profesor con tanta malicia como él. Es un completo idiota — Manifestó Harry sumergido en sus propios recuerdos.
— Tranquila… — Susurró alguien a mi lado tironeando de mi mano con fuerza hacia abajo.
La voz de Ginny y su contacto lograron hacerme dar cuenta de que en algún momento de la conversación me había puesto de pies. Mis manos formaban apretados puños en donde mis propias uñas me hacían daño. Cerré los ojos y tomé aire profundamente para tratar de tranquilizarme, pero los espasmos continuaban en todo mi cuerpo, el latir frenético de mi corazón no paraba, el calor que transitaba por mis venas subía de grados a cada segundo.
Iba a explotar y nada ni nadie podían detenerme.
— ¡USTEDES NO SABEN NADA! — Grité enfurecida hacia Harry y Ron, pero sobre todo en dirección al último. Estaba segura que podían escucharme aun estando aturdidos por tanto alboroto y algarabía propio del Comedor — ¡¿Cómo se atreven a juzgarlo si no lo conocen?!… ¡Ustedes no saben quién es Severus Snape, realmente! — Sorpresivamente, mi puño voló hacia la mesa haciendo tambalear las copas cercanas — ¡No se atrevan a hablar de él más así! — Exclamé mirándolos directo a sus ojos, los cuales mostraban el desconcierto y el temor que sentían en ese momento.
Al soltarme del agarre de Ginny y terminar de decir aquello ultimo, comencé a alejarme de ellos a toda velocidad sintiendo que el colérico humor continuaba empeorando y solo por culpa de mis amigos. Repentinamente, sentí que alguien me tomaba del brazo con fuerza, logrando hacerme parar.
— ¿¡QUÉ QUIERES?!
— No tienes por qué gritarme, Hermione. Solo quiero que te calmes — Explicó una inquieta Ginny justo en el umbral del lugar.
Miré alrededor y comprobé que todos los estudiantes a excepción de Harry, Ron y unos pocos Gryffindor más continuaban comiendo con el mismo entusiasmo que antes, e internamente, agradecí por eso. No quería armar un escándalo, mucho menos quería que el Profesor de Pociones tuviese problemas por ello. Suspiré intentando desechar las terribles ganas que tenía de llorar en los brazos de mi mejor amiga, la cual permanecía frente a mí con la única intensión de darme desasosiego para no cometer ninguna locura más.
— Quiero estar sola, Gin, por favor — Mentí para ahorrarme la escena en la que le explicaba sentimientos de los cuales no estaba muy segura aun, pero sobre todo lo hice porque no creía que ella pudiese comprenderme.
— ¿Vas a estar bien? — En su voz había un deje de preocupación.
Asentí para no alarmarla.
Ella no dijo nada más y yo tampoco esperé que lo hiciera. Di media vuelta para continuar con mi andar menos rápido que antes, pero aun sin mirar a los lados mientras mi cabeza parecía estar separada totalmente de mi cuerpo al trabajar a otro ritmo y en un lugar diferente a los pasillos del Castillo, tan solo rememoraba como si fuese una película sin final la escena vivida en el Comedor hacía instantes intercalando los momentos compartidos junto al Profesor que más que impartir la asignatura Pociones, parecía ser el epicentro de mis problemas.
¡Sí que lo era!
Por su culpa me distraía con una facilidad vergonzosa en clases, discutí con mis mejores amigos, sé una verdad que me hace sentir más que mal, culpable, por no saber qué hacer con ella. ¿Qué era lo mejor: Callar o hablar?
Al llegar a mi solitaria habitación compartida comprendí que mi mal humor no había mejorado nada porque cerré la puerta produciendo un portazo que, seguramente, pudo escucharse en el Comedor. Caminé en círculos por el lugar sin saber si agradecer o no la soledad que reinaba en el lugar. La camas estaban hechas, las lamparillas en las mesitas de noches apagadas, la ventana ubicada en la zona que me correspondía del cuarto permanecía cerrada. Me estaba asfixiando. Me dirigí a aquel lugar, corrí las escarlatas cortinas y pegué las palmas de mi mano en el cristal, los cuales moví para dejar que el fresco aire de la noche me golpeara el rostro con fuerza, pero sobre todo, entrara por mi nariz y así reviviera todo dentro de mi.
En el Comedor había pensado que unos minutos de soledad me haría bien, pero ahora que los tenía no estaba segura de ello. Extrañaba tenerlo cerca. Suspiré cubriendo mi rostro con ambas manos tratando de persuadir los deseos de llorar al no poder gritar a los cuatro vientos lo que, realmente, sentía dentro de mí.
Al permitirme mirar nuevamente, mis ojos se posaron en las almohadas sobre mi cama que se me antojaron suaves y esponjosas, idóneas como para golpear sin producirle daño a nadie. Me tumbé en el lecho, tomé un almohadón y comencé a estampar un puño tras otro en ella intentando de esa forma sacar todo el coraje que reinaba mis acciones. Todo gracias a mis amigos y a Severus Snape.
— ¡Ellos no lo conocen! Él es bueno, es uno de los mejores hombre que he conocido — Exclamé hacia la almohada como si ésta tuviese vida. Como si quisiera hacerla entrar en razón al igual que a mis amigos.
Al sentir dolor en mis nudillos cesé los golpes, preferí tomar la misma almohada y colocarla bajo mi cabeza. No quería dormir, aun cuando lo necesitaba, solo quería relajarme un instante, desconectarme aunque sea por unos minutos de este paradójico mundo. Suspiré intentando que el dolor en mi pecho disminuyera, pero seguía allí.
Aun cuando rogaba poner mi cabeza en blanco no lo conseguía, al contrario, ella trabajaba en mi contra mostrando recuerdos resaltantes de la semana que corría. Me estaba abrumando una parte de mi cuerpo que me pertenecía, que creía podía dominar a mi antojo, pero era todo a la inversa. Me estaba destruyendo a mí misma.
— Se suponía que lo odiaba con todas mis fuerzas… — Susurré a la nada sintiendo un terrible escozor en mis ojos, los cuales miraban sin ver el techo de la habitación.
Siempre pensé que eso de que entre el odio y el amor existe solo un paso, era algo banal, que se inventaban los que después de recibir insultos, desprecios y quién sabe si hasta golpes intentaban consolar la estúpida decisión de unirse sentimentalmente al enemigo. Pero, al parecer, hoy tenía que tragarme todas esas reflexiones, todas las palabras que dije defendiendo aquel punto de vista expuesto. Hoy lo banal parecía mucho más profundo, con más sentido que antes.
Y reconocer aquello sumaba una angustia más.
— Sin querer, creo que yo di ese paso… — Murmuré sintiendo una lágrima resbalar por mi mejilla. La pesadumbre aumentaba — Y no sé como ocultarlo.
Aquella ultima y dolorosa confesión que le hice a la solitaria noche que era mi única compañía no me hizo sentir mejor como me lo suponía. Cerré los ojos permitiendo que el líquido acumulado en ellos huyera hacia mi enmarañado cabello aun sujeto por una coleta que comenzaba a molestarme.
Estando en ésta situación los consejos que se dieron Ginny y Luna en la tarde parecían idóneos para mi, ahora. Pero, me sentía totalmente incapaz de seguirlos. ¿Cómo decirle a mi Profesor de Pociones lo que siento por él? ¿Cómo demostrarle con gestos lo que escondo dentro de mi? ¿Cómo hacerlo escuchar hasta el fina? ¿Cómo le explico mis motivos?
Reconociendo ésta realidad, no estaba muy segura de mis acciones frente a él y eso me daba miedo. Tan solo,...
No quería parecer una testaruda niña tras un dulce.
No quería que pensara que fuera un pequeño capricho.
No quería que me rechazara.
No quería dejar de verle.
No quería perderle.
Tampoco quería que todo esto fuera verdad.
Permití que Morfeo me tomara en brazos con el deseo de que al abrir los ojos en la mañana comprendiera que lo vivido esa semana, especialmente ese día,… la verdad sin decir, la discusión con mis amigos, la reflexión real, todo, sea tan solo producto de mi imaginación. Un largo y espantoso sueño que, muy dentro de mí, sabía que era mi dolorosa realidad…
CONTINUARÁ…
