Capitulo Cuatro

Sentir cómo el champán bajaba bailando por su garganta fue uno de los lujos más dulces que había experimentado Hinata en su vida, pero sentirlo subir, sentir el roce de sus inocentes burbujas garganta arriba hasta llegar a la nariz era harina de otro costal. Los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que esforzarse por respirar entre toses.

Consiguió no dejar caer la copa de champán hasta que una mano más firme se la arrebató. Un momento después, sintió unas suaves palmadas de Lord Sabaku en la espalda.

- ¿Estás bien, Hinata? ¿Quieres que te traiga algo?

De haber podido contestar, le habría dicho que no tenía sentido hacerle preguntas a alguien que tosía de aquella manera, pero aun así, la preocupación manifiesta en su voz la tranquilizó lo suficiente para respirar de nuevo con normalidad.

- ¡Pobrecita! – se compadeció el conde - Espero que no hayas pensado que me refería a que vuestro compromiso tenga raíces ocultas o siniestras. Lo que quería decir es que se que los dos lo hacéis para complacerme a mí, algo que por cierto habéis conseguido, os lo aseguro.

Hinata se sintió doblemente estúpida. Debería haberse imaginado que el conde no se refería a las tristes predicciones del médico. Una reacción así podía haberle hecho sospechar. Afortunadamente, toda una vida de práctica en subsanar meteduras de pata acudió en su rescate.

- No ha tenido nada que ver con lo que usted ha dicho, Milord. Es que es la primera vez que bebo champán y las burbujas me han hecho cosquillas en la garganta.

- ¿La primera vez? - el conde movió la cabeza - ¡Y Shimura presumiendo de ser un caballero!

La mano con que Lord Sabaku le había estado dando suaves palmadas quedó apoyada en su espalda un momento en lo que podía ser un gesto de felicitación por su ocurrente respuesta, pero la reacción que ella experimentó no tuvo nada de inocente.

Una energía potente y oscura se despertó en su interior y se extendió por todo su cuerpo, y sus pensamientos vagaron empujados por la curiosidad hacia los misteriosos rituales del amor. Menos mal que esos pensamientos no se le vieron en la cara...

- Tómalo a sorbos pequeños, querida - le aconsejó el conde.

Lord Sabaku fue a llenar de nuevo su copa y cuando volvió a llevársela, Hinata rozó deliberadamente su mano. ¿Sería posible que él sintiera también algo de aquella extraña fuerza que su contacto había desencadenado en ella?, se preguntó mirándolo a los ojos un instante. La voz del conde rompió el instante de intimidad.

- Debería avergonzarme por haberme metido así en vuestras vidas - dijo, mirándolos a ambos con evidente satisfacción - pero no me avergüenzo de nada. Esa idea moderna de que las parejas se elijan me parece una locura. Estoy de acuerdo en que un joven pueda escoger pareja, pero siempre con la guía de sus mayores.

- No necesitas predicar conmigo en ese sentido, abuelo. Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Lord Sabaku fue a apoyarse en el frontal de la chimenea e hizo su comentario con tal desenfado que Hinata se preguntó si no habría sido cosa de su imaginación aquella energía que había palpitado entre ellos.

- Chico listo - comentó el conde - Pienso que ya que voy a tener que posponer la placentera ocupación de preparar la boda, al menos podemos celebrar debidamente vuestro compromiso.

- Eso creía yo que era lo que estamos haciendo - contestó Lord Sabaku, alzando su copa casi intacta. Bien el conde no oyó su respuesta, bien decidió ignorarla.

- ¡Un baile! - exclamó, y tomó un sorbo a la salud de su idea - Estos últimos años los he pasado casi recluido, rechazando invitaciones y sin salir a ninguna parte. Ya es más que hora de rectificar.

¿Un baile? ¿Por ella? En circunstancias más normales, la idea la hubiese atemorizado, pero en aquel momento le pareció perfecta. Quizás se debiera a la copa de champán que había vaciado con demasiada prisa, pero no le importó.

Un baile.

La palabra en sí conjuraba imágenes de cuento, puesto que carecía de experiencia de primera mano con que contrastar. Las invitaciones a sus primas Sakura y Ino nunca la habían incluido a ella. La tía Hester consideraba el baile en los salones locales muy por debajo de su posición social, así que no le permitía asistir.

A veces se celebraban fiestas en casa de sus tíos en las que se bailaba un poco, pero nada que ver con un baile de verdad celebrado en una maravillosa residencia cómo Helmhurst. Y siendo ella la invitada de honor.

- ¿Un baile? - repitió Lord Sabaku y su tono de voz reventó la burbuja de sus ilusiones - ¿Es que has perdido la cabeza, abuelo?

¡Vaya por Dios! Así que no se iba a divertir nada con aquella historia del compromiso...

Antes de que el conde pudiera contestar, intervino ella.

- ¿Dónde están tus modales, Gaara Sabaku? Ese no es modo de hablarle a tu abuelo. ¿Y qué tiene de malo un baile, si me permites que te lo pregunte? Cualquiera diría que estamos hablando de una bacanal.

Pero se guardó de llamarlo por su apodo, o de sugerir que por su reputación debía haber asistido a más de una. ¿Y si Kurenai estaba en lo cierto sobre Lord Lucifer?, se preguntó al mirarlo a los ojos. ¿Y si de verdad era capaz de maldecir a la gente?


¡Dios bendito! Una copa de champán había bastado para que se emborrachara.

- Hinata tiene razón, hijo - contestó el conde - En primer lugar, los modales que yo te he enseñado no son esos, y en segundo lugar, creo que este compromiso es la excusa perfecta para un poco de alegría.

Todos sus amigos... y enemigos invadiendo su santuario, mirándolo a la cara, murmurando sobre la desgracia que ocultaba su máscara. Pobre Sabaku. Qué pena. Con lo guapo que era... la estrella de la alta sociedad.

¿Y por qué no se le había ocurrido amputarle una pierna a modo de diversión? ¡Incluso su solícita prometida podría proporcionarle la sierra!

Hinata se levantó de la silla y se acercó a él con un gracioso pero peligroso balanceo.

- Si celebrar nuestro compromiso con un baile puede hacer feliz a tu abuelo, ¿qué más razón necesitas? - sus enormes ojos y su sonrisa lo hipnotizaban de un modo imposible de resistir - Al fin y al cabo, ¿no era ese el objetivo de...

Tenía que hacerla callar antes de que lo descubriera todo. Quizás fuese porque había pensado más en besar a una mujer en aquellas últimas tres horas que en los últimos tres años, Gaara encontró un modo de hacer callar a su prometida que no despertaría las sospechas de su abuelo: tomó la mano de Hinata, la rodeó con los brazos y la besó como si de verdad lo sintiera.

¡Así aprendería a morderse la lengua!

Pues no se le había olvidado cómo se besaba a una mujer, descubrió aliviado. Lo que había olvidado, o había intentado olvidar, era qué se sentía, aunque aquel caso era un poco especial. El sabor a champán que había en su boca poseía un exquisito bouquet, con una dulzura y un cuerpo muy intensos, tanto que la cabeza comenzó a darle vueltas como si se hubiera bebido toda una botella.

Al final se separó tan a regañadientes como un alcohólico de su bebida favorita. El beso consiguió dejar a Hinata muda al menos temporalmente. Lo que no se había imaginado era que tuviese el mismo efecto en él. Mientras tanto, el conde siguió sentado de espaldas a ellos, disfrutando de su copa y haciéndose el sordo ante las libertades que la pareja pudiera estarse tomando.

- ¿No... no se te ha ocurrido pensar - preguntó Gaara cuando por fin recuperó el don de la palabra - ... que podría preferir mantener nuestro compromiso en la intimidad?

Aunque se dirigía a su abuelo, le lanzó una mirada a Hinata con la que pretendía atravesar su aturdimiento. Cuanta más gente conociera su compromiso, más difícil resultaría romperlo cuando llegase el momento. No es que a él le importase demasiado, pero el escándalo podría dejar a Hinata sin la oportunidad de casarse después.

- Intimidad es una cosa, hijo, pero esto raya casi en el furtivismo. Y supongo que no querrás desatar las murmuraciones dando a entender que te avergüenzas de que te relacionen con Hinata.

- ¡Por supuesto que no!

Gaara se acercó a la mesa en la que estaba la bandeja. Necesitaba otra copa de champán. Y tenía también que separarse de Hinata todo lo que pudiera.

- Dudo que alguien pudiera llegar a pensar algo así solo porque no organices un baile. Todo el mundo sabe que vivo retirado.

- Generando con ello toda clase de murmuraciones que dejarán manchado el nombre de nuestra familia durante generaciones - concluyó el conde - Y yo estoy deseoso de acabar de una vez por todas con tanta maledicencia. La celebración por todo lo alto de tu compromiso con una preciosa y dulce joven como Hinata rehabilitará tu reputación.

Para ser un viejo decrépito, su abuelo tenía una voluntad de hierro, pensó Gaara con una mezcla de admiración y fastidio. Así que no iba a conseguir hacerle cambiar de opinión. Ni siquiera le hacía falta la cooperación de Hinata, que desde el otro lado de la estancia lo miraba con la precisión de una pieza de artillería.

No habría pensado ni por un momento que podría avergonzarse de casarse con una belleza como ella, ¿no?

Tomó un trago de champán. Le quedaba una última munición y de un poderoso calibre, particularmente apuntando al tierno corazón de Hinata.

- ¿Ninguno de los dos os dais cuenta de lo que me estáis pidiendo? ¿No os dais cuenta de lo que supone para mí pasar una velada a la luz de los candelabros?

El rostro de ambos no necesitó de más explicaciones.

- Lo siento, hijo - murmuró el conde - No había pensado en eso.

Su abuelo parecía tan desilusionado que Gaara deseó haberse mordido la lengua. Tal y como Hinata quería decir antes de que él se lo impidiera con el beso, el objetivo de aquella mentira era conseguir que los últimos meses del conde fuesen felices. Comparado con lo que ya había hecho, ¿qué era un bailecito?

- ¡Ya sé! - exclamó Hinata - ¿Y si no lo celebramos en la casa, a la luz de los candelabros? Helmhurst tiene uno de los jardines más encantadores del condado. ¿Y si lo hiciéramos fuera, a la luz de las estrellas?

Al mirarla, Gaara supo que estaba perdido.

- ¡Magnífico! - palmoteó el conde como un chiquillo con un juguete nuevo - ¡Qué maravillosa idea, querida!

- Es por el champán - contestó Hinata - ¿Y si fuera un baile de disfraces?

¿Un baile de disfraces? ¿Cómo oponerse a eso? Su apariencia no despertaría la curiosidad de nadie.

- Si los dos estáis tan decididos - dijo, mirándolos - , supongo que tendré que rendirme. Celebraremos ese baile.

- ¿En serio? - Hinata parecía a punto de abrazarlo entusiasmada, pero al final cambió de opinión y se limitó a tomar sus manos - ¡Gracias!


¿Sería el champán lo que la estaba volviendo tan osada?, se preguntó Hinata al soltar sus manos. Porque si él había pretendido con aquel inesperado beso castigarla por oponerse a él, o asustarla para que en el futuro se mostrara más obediente, se había equivocado, porque desde el momento en que la había dejado agarrada a la repisa de la chimenea para no desvanecerse, no había dejado de preguntarse cómo podría provocarlo y conseguir otro.

- Sabía que terminarías cediendo, hijo - se alegró el conde.

- Si algo aprendí durante el servicio con el general Wellington es a reconocer cuándo estoy desarmado.

- Anda y no te quejes tanto, que lo pasarás en grande. Todos lo pasaremos bien.

Alguien llamó suavemente a la puerta y el conde hizo pasar a su mayordomo.

- El servicio quiere agradecerles el champán y felicitar a Lord Sabaku y a la señorita Hyuga por la feliz noticia de su compromiso

Baki parecía haber participado de la invitación a juzgar solo por el brillo de sus ojos

– Chiyo quiere saber si Milady va a quedarse a cenar.

- Desde luego - contestó el conde, y luego la miró a ella - Te quedarás a cenar con nosotros, ¿verdad, querida? Así confeccionaremos la lista de invitados al baile.

Hinata sonrió a su amigo. Por nada del mundo empañaría la felicidad del poco tiempo que le quedaba, pero el champán le había soltado la lengua y erosionado su discreción natural. Mejor sería no quedarse y arriesgarse a una metedura de pata de la que Lord Sabaku no sería capaz de salvarla.

- Ojalá pudiera - contestó -, pero le prometí a Kurenai que estaría en casa a la hora de cenar, y se preocuparía si no vuelvo. ¿Mañana por la noche, quizás? Ahora que voy a ser una de la familia, ¿puedo tomarme la libertad de invitarme yo misma a cenar?

- A partir de ahora, todas las noches estará dispuesto un lugar en la mesa para ti - le aseguró el conde - Baki, ordene que dispongan el carruaje para que Lord Sabaku pueda llevar a la señorita Hyuga a Netherstowe.

- No es necesario - contestó Hinata, que no estaba segura de poder confiar en sí misma si se quedaba a solas con Gaara Sabaku en el estado en que se encontraba - Llevo años yendo y viniendo a pie.

- Pero nunca tan tarde como hoy. Además, parece cómo si fuera a llover.

Conocía lo bastante bien al conde para saber que no iba a conseguir que cambiara su decisión, al igual que tampoco habría renunciado al baile.

- Está bien. Gracias - contestó, mirando brevemente a Lord Sabaku.

Aunque no había objetado nada y parecía simplemente resignado, Hinata sabía que no podía estar más complacido de lo que lo estaba ella con aquella disposición. Y el silencio que mantuvo mientras el conde y ella se despedían fue lo bastante elocuente. Con muda cortesía la acompañó a la puerta principal, donde los esperaba un carruaje de dos ruedas.

La distancia entre Helmhurst y Netherstowe era bastante más grande por carretera que a campo traviesa. Lord Sabaku parecía dispuesto a mantenerse en silencio durante todo el camino y apenas habían salido cuando la lluvia comenzó a caen. Unas nubes oscuras y cargadas de agua redujeron la luz a una claridad tolerable para el barón, pero angustiosa para ella.

Su buen humor, animado por el champán, se había oscurecido también, y el rostro de expresión pétrea de Lord Sabaku junto a su silencio era un reproche más efectivo que cualquier palabra que pudiera haber pronunciado. En la casa de Lord Shimura, el enfado solía expresarse en silencio.

Hinata solía escapar a esas situaciones visitando la despensa de Kurenai en busca de dulces, pero en aquel pequeño coche no había donde esconderse y mucho menos algo comestible que pudiera consolarla. La tempestad fue creciendo en su interior hasta que no pudo contenerla.

- ¡Vamos, diga de una vez lo que está pensando!

Su repentino estallido asustó al caballo, que piafó agitando la melena. Pero Gaara Sabaku no apartó la mirada del camino. - No tengo la menor idea de a qué se refiere, señorita Hyuga. Sabía que no debía seguir, pero estaba experimentando tal desahogo que no pudo contenerse.

- Si espera que me lo crea, es porque debe considerarme insufriblemente estúpida, aparte de todo lo demás.

- ¿Todo lo demás?

- Sí... molesta, inestable y... ¡ y tan desagradable de besar como ese caballo!

Su perfil seguía vuelto hacia el camino, pero vio que su mejilla se tensaba. ¿Estaría conteniendo una sonrisa? Lord Sabaku tiró de las riendas y el carruaje se detuvo al pie de una colina. Luego se volvió hacia ella y a Hinata dejaron de parecerle ridículos los temores de Kurenai acerca de Lord Lucifer

- Muy bien, señorita Hyuga. Puesto que exige saber lo que estoy pensando y parece decidida a atribuirme determinadas opiniones, estoy dispuesto a poner las cosas en claro entre nosotros.

Hinata se preparó. Lord Sabaku parecía tan severo. Quizás pensase peor de ella de lo que se temía. ¿Habría suficientes rollitos de canela en el mundo con que calmar sus magullados sentimientos después de haber escuchado la verdad de labios de Milord?

- Creo que es tan metomentodo como mi abuelo. Eso sí, con su propio estilo. Y temo que entre él y usted os aprovechéis de esta situación para cambiar una reputación que yo prefiero que continúe tal y como está. Eso para no hablar de poner patas arriba una vida que a mí me satisface como es.

Comparado con lo que se esperaba, casi parecía una alabanza. Abrió la boca para contestar, pero él levantó una mano.

- Me ha pedido que le diga lo que pienso, así que le ruego que tenga la cortesía de escucharme.

Así que había más...

- Creo que en el futuro sería mejor que evitase el champán, a menos que desee cometer una indiscreción. Y por último, aunque nunca he rozado mis labios con los de un caballo, puedo decir con cierta autoridad que los suyos son preferibles a los del animal.

Tan repentinamente como había detenido el carruaje, hizo chasquear las riendas y volvió a concentrarse en la conducción. Hinata siguió sentada a su lado, preparada para recibir un golpe que no llegó. Pero quizás fuesen sus palabras, o los efectos aún del champán los que la empujaron a decir:

- Ha besado usted a muchas mujeres, ¿verdad?

- En el pasado - contestó él tras un momento - Está bien: siento haberla besado, pero no porque lo haya encontrado desagradable. ¿Podemos ya hablar de otra cosa?

¿Quería decir que lo había encontrado agradable... tan agradable quizás como ella? Tomaron la larga recta que acababa en Netherstowe, y antes de qué a Hinata se le ocurriera otro tema de conversación, llegaban a la puerta principal. Lord Sabaku descendió del carruaje y acudió a ayudarla. A pesar de la lluvia, los dos se quedaron un instante más de lo necesario despidiéndose, las manos unidas. Hinata miró al barón, intentando penetrar en los misterios de la mirada de sus ojos verdes.

- Si alguna vez cree necesitar volver a besarme... no me importará.

Una luz intensa brilló en sus pupilas, tan intensa como un rayo que surcase el cielo negro de una tormenta.

- Esperemos que esa necesidad nunca vuelva a suscitarse.

Hinata no habría podido sentirse más avergonzada ni aunque la hubiese escupido a la cara, y soltando su mano, entró corriendo a su casa y cerró la puerta de un portazo.

¿Había pensado que le pedía algo que él no podía darle? Porque nada más lejos de su intención... ¿verdad?

Ojalá pudiera estar segura.