Cuarto capítulo. Está dividido en dos partes; ésta es la primera y es la más breve, ya verán por qué. Espero que les guste, y ya saben: se aceptan críticas, sugerencias, lo que quieran.

Gracias a todos los reviews recibidos y a las personas que me los enviaron. Sin ustedes, no sé de dónde sacaría los ánimos y la inspiración para escribir.

Hoy: el tema que elegí es en español. "Si fuera ella", de Alejandro Sanz. Quizá no tenga mucha relación con el capítulo, pero me da igual :P

Sin más, el chap.

Enjoy!

Elianela


Recuerdo a la perfección el día en que recibí la invitación para el Baile.

Sí. Yo también.



Otra vez tú - Parte I

Ella permanecía a su lado, elegante pero fría. Sus ojos hicieron contacto con los suyos: era evidente que no había en ellos ni la más mínima nota de aprecio por su persona. Si no fuese por el movimiento natural de las fotografías mágicas, hubiera jurado que ésa la habían tomado con la vieja cámara que su padre atesoraba. La mano lánguida y fina de la mujer se cerraba como una garra alrededor del brazo de su pareja.

En él, como había supuesto, todo era diferente. Parado al lado de Astoria con gracia y compostura, su expresión facial indicaba lo mucho que estaba detestando la velada en la que se encontraba. Sonrió involuntariamente. Lo conocía demasiado como para desconocer ese brillo que poseían sus pupilas, su mirada que gritaba y a la vez callaba, que se dirigía a ella con arrogancia. Anhelo mal disimulado, para aquellos entendedores del amor y sus intrincados caminos.

Se obligó a sí misma a desviar su atención de la fotografía que ocupaba gran parte de la segunda página de Corazón de Bruja, para leer el título de la misma.

"… Draco Malfoy, acompañado de su flamante prometida Astoria Greengrass, posan para los flashes durante la Gala Anual que organiza el Ministerio de Magia, en el marco del Baile en Conmemoración de los Aurores Caídos en Batalla, a realizarse el próximo…"

Abandonó la lectura al darse cuenta de que el autobús ya estaba aproximándose a su hogar. Guardó la revista velozmente en su bolso y atinó a hacerle señas al conductor para que se detuviera. Mientras bajaba de manera atolondrada los escalones, pensó en que la próxima vez que tomara un bus muggle, debía prestar atención al camino en vez de desvariar y perderse en su mundo de fantasía.

No sabía muy bien el porqué de ese cambio repentino en su medio de transporte habitual, la aparición, como tampoco sabía la razón por la cual había leído dos páginas de aquella revistilla de prensa rosa sin que sus neuronas protestaran. Prefería los libros, sin lugar a dudas.

Apenas vislumbró las escaleras que conducían a su "casita", como la llamaban ella y su novio, un nudo se formó en su garganta. Los ojos volvieron a escocerle. Otra vez tenía ganas de llorar.

Buscó a tientas las llaves, revolviendo sus pertenencias. El no poder utilizar la varita para un acto tan simple como el de abrir la puerta, hacía que algunas veces se lamentara de vivir en un barrio enteramente no mágico. No obstante, el pequeño inmueble estaba muy bien ubicado y en el vecindario se respiraba una atmósfera familiar y alegre, con los frondosos árboles y las calles limpias. Algo muy común de ver en el lado norte de Londres.

La cerradura crujió. Las lágrimas amenazaban con rebelarse.

- ¿Ron? ¿Estás en casa?

Imaginó de antemano que no iba a conseguir respuesta. Seguramente debía continuar enfadado luego de la pelea número un millón que había tenido lugar aquella mañana en la cocina. De sólo recordarlo, el nudo se volvió amargo de pura rabia. ¿Tanto le costaba ser un poco más ordenado y limpio? Lo único que le había pedido era acomodar la habitación. Tan sólo eso.

Pero no. Él había replicado de forma grosera y ruda, diciéndole que de las cosas de la casa ella era la encargada. Ya bastante tenía él con su trabajo como Auror. A lo que Hermione había respondido, no muy cortésmente, con una mala palabra y un portazo. Había partido sin desayunar, pero prefería morirse de hambre a sobrepasar el incómodo silencio que conllevaban sus discusiones.

Se quitó los ajustados zapatos de taco mediano y los depositó junto a la puerta, para no hacer ruido. Su bolso cayó pesadamente sobre el sillón del comedor, sin miramiento alguno. La casa parecía estar desierta, por lo que podría relajarse a sus anchas y darse un baño de inmersión como hacía tiempo que no lo tenía. La última vez, lo había compartido con Ron.

Al mismo tiempo que se quitaba la ropa, mientras la tina se llenaba de agua caliente, contempló la fotografía que pendía de un clavo en la pared. Ellos dos, junto a Harry y a Ginny, sentados en el porche de la Madriguera. Felices de verdad.

Una sonrisa asomó a sus labios al acordarse del día en que habían intentado colgar el marco. Ron quiso colocar el clavo mediante magia y el martillo se había incrustado de lleno en su cabeza. Ella no pudo evitar contener la risa, por lo que se desternilló hasta que le dolió el estómago horriblemente. Allí fue donde Ron se burló con gusto y derecho, y luego de varios intentos y tropiezos, lo consiguieron. Una gran sonrisa de satisfacción se dibujó en sus rostros al observar la foto. Ambos tendidos en la cama, abrazados e inundados de esperanza y alegría. Era el comienzo de su convivencia.

Bien dicho. Lo era.

El agua resultó un poco incómoda al principio, ya que parecía estar hirviendo. No obstante, una vez que su piel se acostumbró a la temperatura y que la tina se llenó de espuma, pudo cerrar los ojos. Respiró hondo, apoyando la nuca contra el borde. Se había recogido los rizos en una coleta despeinada y algunos mechones caían sobre su frente de manera molesta. Volvió a echarlos hacia atrás, pensando en aquella vez en la que Ron le había dicho que amaba su pelo. Suspiró.

Sólo conocía a dos personas que estaban conformes con su cabello. Una era su novio.

No quiso ni pensar en la otra. Tenía asuntos más importantes para meditar y resolver.

Como por ejemplo, sus peleas con Ron, que ya la tenían completamente harta. Agradeció para sus adentros el que eligiera quedarse trabajando horas extras, ya que con el cansancio que había acumulado ese día y la migraña al acecho, no tenía ganas de discutir por enésima vez.

La relación se había desgastado. Tan simple como eso.

La rutina, el mal humor innato de ambos y los pequeños conflictos que ellos transformaban en enormes melodramas habían contribuido a aquello. En un comienzo, todo habían sido rosas: él se comportaba como un santo y colaboraba en todo, y ella se desvivía por cocinar exquisiteces para la cena y complacerlo hasta en lo imposible. Ni hablar de las noches de lujuria. Las paredes de esa habitación habían sido testigos del amor que se profesaban y de los gemidos y caricias que cubrían las sábanas. Ahora, ni siquiera podía nombrar con exactitud cuándo había sido la última vez que habían hecho el amor.

Hermione asumía sin problemas su parte de culpa. No era tan estúpida e hipócrita como para declararse inocente y acusar a su novio de destruir la relación. Sin embargo, no podía decir lo mismo de Ron. Transcurridos dos meses desde que se habían mudado a Hampstead, sus llegadas a altas horas de la noche comenzaron a ser moneda corriente. Justificaciones vagas, arrebatos de mal genio y una conducta sospechosa la hicieron sospechar de lo peor. Pero Ron no podría serle infiel. Jamás. No después de lo que, según él, había luchado para conquistarla.

Sintió como el calor aflojaba sus músculos, un masaje necesario después de horas y horas de ajetreo en la oficina. Después de todo, su empleo en el Departamento para la Regulación y Control de Criaturas Mágicas no era tarea fácil. Ella también se merecía un descanso.

Y de pronto, el último pensamiento que había hilvanado abrió paso a un torrente de recuerdos, algunos más vívidos que otros, sobre sus años en Hogwarts. Más concretamente, sobre sus últimos dos años.

Draco Malfoy apareció en su mente como un resplandor, luego Ron, y dolor, y más dolor… todo quedaría marcado a fuego en su ser hasta el día en que su corazón dejara de latir.

Después de aquel beso robado por parte del Slytherin, seguido de su cobarde huida y su regreso al lugar de los hechos, había deambulado sin rumbo ni conciencia por los corredores. Tal como si fuera un alma en pena, con su mente trabajando a la velocidad de la luz. Gritando a los cuatro vientos lo tonta que había sido. Estúpida, insensata, cegada por su orgullo traicionero.

Volvió a paso de tortuga a la sala común, con gesto apesadumbrado y con la certeza de que había montado tremenda escena enfrente de medio plantel estudiantil de Gryffindor. Genial, se dijo, un punto más para mi currículum de vida social nula.

Sin duda, no esperaba encontrarse con un Ron a medias afligido y expectante, quien le pidió perdón de todas las maneras conocidas por el hombre y acto seguido se le declaró, en una escena a la que sólo le faltaban la música romántica y el vestido de novia. Ella se había limitado a responder con monosílabos y a mover los labios de forma que pareciera creíble mientras Ron la besaba con pasión y lentitud. Su corazón ya no latía velozmente; al contrario, disminuyó tanto su ritmo que se asustó al pensar que podría llegar a detenerse. Era más que obvio que su amigo no le suscitaba el más mínimo sentimiento de cariño.

No dijo nada. Permaneció callada cuando Ginny y Harry la abrazaron, la chica a punto de saltar de felicidad, y no emitió sonido al recibir beso tras beso de Ron. Ni siquiera pudo detener las ansias de chusmerío de Parvati, ya sin su fiel adlátere, para que le contara con lujo de detalles cada momento de la declaración de su, a esas alturas, novio.

Todavía se hallaba sumergida en lo sucedido unas horas atrás, con las mejillas ardiendo al rememorar el tacto de los dedos de Draco. Draco, no Ron. Sólo había espacio para un hombre en su corazón.

Al día siguiente, la noticia de que Hermione y Ron estaban saliendo se había desperdigado como pólvora por todo el colegio. Recibió felicitaciones de personas que solían ignorarla, saludos y abrazos de medio mundo a los que correspondió con una sonrisa forzada, exactamente igual a la que había mostrado la noche anterior. Los estudiantes debían de creer que era el día más feliz de su vida. Nada más alejado de la realidad.

Ese día, Draco Malfoy no bajó a desayunar.

Ni a almorzar, ni a cenar. Tampoco asistió a clases.

Cerró los ojos con fuerza, y finalmente las lágrimas empezaron a descender por sus mejillas para morir en el agua jabonosa. Emitió un quejido en voz muy baja, abrazando sus pantorrillas contra su pecho. El frío le recorrió la espalda de forma súbita; mas esto no pareció importarle.

Luego de ese día, todo volvió a ser como antes. Ese pasado primitivo, lleno de odio y de rencor. Draco la insultaba cada vez que podía, la mortificaba sin descanso durante las clases y aprovechaba cada oportunidad que tenía de estar cerca de ella, para observarla de arriba abajo con desprecio y realizar comentarios hostiles sobre ella y sus amigos.

Por supuesto, éstos salían en su defensa al más puro estilo caballeresco y muchas veces terminaban enzarzados en duelos que les valían sus buenos castigos por parte de Snape y McGonagall. Ron se tomaba estos castigos muy a la ligera, al igual que Harry, alegando que haría mucho más por defender su honra y su integridad.

Si hubiese sabido que sus esfuerzos eran en vano, quizás no habría continuado haciéndolo. A ella ya no le preocupaban esa clase de cosas. Mejor dicho, no le preocupaba nada más.

Intentaba concentrarse en sus estudios y en Ron, pero él seguía invadiendo sus pensamientos y sus sueños cada vez que se encontraba ociosa. Por ende, se pasaba tardes enteras en la biblioteca, o en los jardines con sus amigos, o bien en la sala común. Cualquier sitio en donde no hubiera nada que le recordara a él era bienvenido.

En cuanto a los regalos, lo primero que se le había cruzado por la mente era arrojarlos a la basura o en su defecto, a la chimenea de la sala común. Por eso se odió a sí misma con una potencia descomunal el día en que tomó la caja en la que había almacenado todo, y no logró romper ni un pétalo de rosa. No tuvo el coraje suficiente para hacerlo, quizás esperando que algún día la persona que había tenido la gentileza de enviarle aquellas cosas, volviera a amarla. Como ella lo hacía.

El tiempo pasó. Tan rápido, que cuando quiso darse cuenta estaba graduándose en Hogwarts. Los hechos que se sucedieron, ocurrieron como en una especie de torbellino, en cámara rápida: su presentación oficial como novios ante los Weasley y sus padres, la derrota del Señor Oscuro a manos de Harry (en la que tanto Ron como ella participaron activamente junto a la Orden del Fénix) su ingreso al Ministerio… Con veinticuatro años ya tenía una vida establecida y planificada. Tenía su casa, una bella propiedad en una zona exclusiva. Su trabajo era gratificante y la paga, muy buena. Y por supuesto, lo que todos consideraban la guinda del pastel: su novio y ¿quién sabe?, futuro marido, Ron Weasley, mano derecha del Elegido en el departamento de Aurores.

La comunidad mágica en pleno pensaba que llevaba una vida de cuento de hadas.

Los cuentos de hadas son ficticios.

Cada día de su condenada existencia se despertaba pensando en un interrogante. Un interrogante que, estaba segura, la perseguiría por siempre y no la dejaría en paz ni un segundo. Suspiraba mentalmente y despertaba a Ron con un beso inocente en la mejilla. Se había acostumbrado a su presencia y sentía un gran aprecio por él a pesar de sus diferencias. Pero no era lo mismo. Nunca sería lo mismo.

Cada vez que peleaban, cada vez que su adorado noviecito llegaba a casa con un perfume de mujer que no era el suyo, cada vez que veía a Draco Malfoy en los periódicos y las revistas, se lo preguntaba.

¿Qué habría pasado si nosotros hubiésemos estado juntos, Draco?

Dos golpes en la puerta del baño.

- Hola, Hermione – Ron se inclinó para depositar un beso en su frente. El tono de su voz indicaba la parquedad con la que le dirigiría la palabra durante los dos días siguientes – Llegó esto para ti – dijo, extendiéndole un sobre lacrado.

- Gracias - respondió amablemente. La cena está en el refrigerador.

- De nada.

Le echó una última mirada lastimera antes de abalanzarse escaleras abajo, con sus tripas rugiendo de hambre. Ella, por su parte, procedió a examinar la misiva con saludable curiosidad. Tenía que admitirlo: le gustaban las sorpresas. Y bien que le hacían falta. Se encontraba ávida de novedades en una vida que parecía un capítulo de una serie de televisión que se repetía una y otra vez.

Lo que vio la dejó prácticamente sin aliento.

Era una invitación.

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La releyó hasta el hartazgo. Quería y debía cerciorarse de que todas las palabras estaban en su justo lugar, sin errores.

"El Ministerio de Magia se complace en invitarlos a usted y a su esposa al Baile Anual en Conmemoración de los Aurores Caídos en Batalla, el cual tendrá lugar el segundo domingo de este mes, a las ocho en punto, Se ruega arribar al lugar puntualmente y presentarse en túnica de gala.

Atentamente,

George Lanley,

Subdirector del Departamento de Eventos Especiales y Celebraciones

Ministerio de Magia."

Esa tonta invitación tenía muchos puntos que no terminaban de cerrarle.

En primer lugar, Astoria todavía no era su esposa. Que hubieran pactado el casamiento para utilizarlo de pantalla era una cosa, pero de ahí a formalizarlo con fiesta y todo… No, señor. Todavía quería seguir disfrutando de su soltería oficial durante un tiempo, y podría jurar que su prometida también. Luego de la boda, continuarían de juerga, sólo que con discreción. Después de todo, algo le decía que los padres de la menor de los Greengrass no aprobarían el comportamiento actual de su hija

En segundo lugar, ¿qué demonios era eso del Departamento de Eventos Especiales y Celebraciones? ¿Por qué él desconocía de su existencia? No odiaba su empleo como Auror ni mucho menos, pero disfrutaría más las fiestas y afines que la captura de magos tenebrosos. Además, verse librado del ojo avizor de Potter y Weasley sonaba muy tentador.

Y en tercer y último lugar, asistir a ese baile significaría tener que volver a verla.

Eso lo confundía sobremanera. Por un lado, quería mantenerse lo más alejado posible y no pensar en ella o de lo contrario, la secuestraría y la llevaría a un lugar en donde no pudieran encontrarlos ni aunque removieran cielo y tierra.

Pero por el otro, si volvía a verla, todo ese asunto del secuestro podría ser más factible y tal vez…

¿En qué estás pensando, Malfoy?

Merlín. Esa voz sonó demasiado parecida a la de la comadreja.

Sostenía que la había olvidado hacía siglos, y que el centenar de mujeres con las que se había acostado habían sido de gran ayuda en el proceso. Se jactaba de proclamar que Hermione Granger era historia.

Mentiroso. Después de todos esos años, todavía seguía siendo lo primero en lo que pensaba al despertar y lo último a la hora de irse a dormir. Cada vez que escuchaba al cabeza de zanahoria hablando con Cararajada sobre ella, sentía miles de estocadas en el pecho y una opresión en el estómago. La amaba, la amaba con locura y ni diecisiete vidas bastarían para demostrar lo contrario.

Luchaba con sus emociones constantemente, refrenando el impulso de besarla, de acariciarla y de demostrarle con gestos que si estaba vivo, era pura y exclusivamente gracias a ella. Seguía espiándola como en sus mejores épocas de Hogwarts, observándola en cada momento libre que tenía (y que eran de un valor incalculable, ya que San Potter no le daba respiro), admirándola de lejos. Siempre desde lejos.

De solo imaginar que la comadreja, ese inepto con cara de recién nacido que se creía el rey del universo, le había puesto las manos encima, su sangre le quemaba las venas y lo llevaba al límite de la insanidad. Hermione tendría que haber sido sólo suya desde un principio, y de nadie más.

Sabía perfectamente que Hermione lo esquivaba. Que tomaba atajos sumamente innecesarios para circular por el Ministerio y que evitaba quedarse en la oficina a almorzar para no propiciar encuentros incómodos. Quién sabe cuántas medidas más tendría con el fin de resguardarse de su presencia. Medidas a todas luces inútiles, ya que él la veía cuándo quería y en donde quería, sin que ella se percatara en absoluto de ello.

Así como era conocedor de los métodos de evasión de la joven, sabía acerca de infinidad de rumores que corrían sobre los monumentales cuernos que Weasley le estaba clavando en la mollera. La principal sospechosa era su inefable primera novia, Lavender Brown; no obstante, también se lo asociaba con otras mujeres del Departamento. No pasaban de rumores, chismes que pasaban de boca en boca y que nadie se atrevía a mencionar en voz alta.

Aquellos cotilleos eran lo que más impotencia le provocaba. Su incapacidad para actuar y retirarle la venda de los ojos a Hermione era un asunto que lo tenía a mal traer. Eso, y la estupidez de Potter para no comprender las cosas y partirle la cara de un puñetazo a la comadreja. De paso, le acomodaba las ideas. ¿Acaso no entendía que la única perjudicada era ella? ¿Que su novio no era más que una basura con patas?

Su novio. Puaj. La sola mención del término le daba ganas de vomitar hasta el apellido. Se preguntaba cuándo llegaría el día en que se diera cuenta de lo inferior que era a su lado y lo botaría a la calle. Lo más pronto posible, por su salud mental.

Ella, tan hermosa e inteligente, tan valiente, perfecta. Recordó su rostro, con una mezcla de tristeza y alivio, en el día de su juicio. A último momento, como buen cobarde que no se hacía ningún drama en reconocerlo, se había pasado al bando de los buenos. Por este motivo, el Wizengamot había decidido cambiar de opinión y no enviarlo a Azkaban, sino a la escuela de Aurores. En ese momento, le hubiera dado igual si lo despedían de una patada en el trasero hacia el espacio exterior. La había visto nuevamente, tan cerca de él que de tan sólo diez pasos podría rozarla. Y eso era lo único que tenía sentido.

Este cúmulo de sentimientos encontrados y deseos contenidos se llevaba a cabo solamente en su interior. Expresarse en cuestiones de amor no era su fuerte ni su objetivo, por lo que tampoco lo sería a partir de ahora. Quería que creyeran que seguía teniendo el corazón recubierto de hielo y que estaba completamente desprovisto de piedad y misericordia. Draco Malfoy seguía siendo frío y arrogante, al menos en lo que al envase se refería.

Claro que por dentro, todo era diferente.

Hermione le había enseñado, a su propia manera, que había otras cosas por las que valía la pena vivir. No un apellido de renombre ni una fortuna cuantiosa, ni mujeres de todo tipo y sabor. El cariño, la ternura y la dulzura que ella poseía y que derramaba lo habían trastornado.

Y habían pasado años desde aquel beso. Muchísimas horas desde que había tocado su piel por última vez. Infinidad de minutos desde que había aspirado el delicioso perfume de su cabello.

No estaba dispuesto a esperar ni un segundo más. El Baile era la oportunidad perfecta para aproximarse a ella nuevamente y separarla, aunque sea durante un momento, de la custodia permanente de sus amigotes. Necesitaba estar a solas con Hermione, urgente.

Había roto una promesa hacía ya mucho tiempo.

Pero como dice el dicho, nunca es tarde para volver a empezar.

Sólo que esta vez, el destino actuaría a su favor. A favor de ambos.


Espero que les haya gustado. Se aceptan críticas, sugerencias y bla bla bla :)

Aclaración: en este fic, los hechos de DH nunca tuvieron lugar. Remus y Tonks están vivos, al igual que Fred y Dobby, etc, etc.

Si te gustó, dejame un review. Si no, también :D

Gracias por leer!

Elianela