La Bella Y la Bestia

Disclaimer: No soy dueño de RWBY o cualquiera de los elementos mencionados y referentes a su mitología. Únicamente utilizo estos elementos con el fin de entretener y sin sacar ganancia alguna.

Capitulo 4: Encuentros cercanos.

Ruby observó su dormitorio por última vez antes de salir, conteniendo un lastimero gemido con su mano. Apenas y pudo contener las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos al observar las vacías e inestables literas, que antaño pertenecían a su grupo. Tomó su maleta, apretando la aza con fuerza y abrió la puerta; sus pies se resistían a marcharse.

¡Vamos!

No pudo dar siquiera un paso y en ese momento, su mente la traicionó. Comenzó a escuchar las voces de Weiss, Blake y por supuesto, su querida hermana, Yang. Escuchaba risas, peleas y verdaderos aquelarres.

¡Solo sal ya!

Ahora eran sus ojos que la traicionaban, mostrándole vaporosos espejismos de su viejo equipo celebrando sus victorias, llorando sus penas, estrechando lazos que siempre esperó que duraran para siempre.

¡Ruby, otra vez te comiste mis galletas!

La chica de cabello rojinegro volteó violentamente al escuchar la voz de Weiss, gritándole por haber hecho otra de sus travesuras. Pero ahí no había nadie, solo ella, sola con sus recuerdos.

Respiró profundamente, se tragó su dolor y salió rápidamente, sin olvidar cerrar la puerta tras de ella. Había sido más difícil de lo que había pensado. Por más de un año aquel simple cuarto había sido su hogar y el de su equipo; lo había habitado ella sola, siempre mortificándose con sus recuerdos.

Ya había pasado la peor parte, ahora solo quedaba entrar al dormitorio de enfrente. Caminó lentamente, un paso a la vez. Aún cuando el equipo JNPR fueran sus amigos, no dejaría de verlos como extraños ahora que oficialmente serían sus compañeros de quipo.

Un paso a la vez, ahora ya estaba justo frente a la puerta, levantó la mano para tocar, pero esta se quedó estática en el aire. No supo cuanto tiempo pasó, pero para ella fueron quizás horas. No sabría qué decir, no era tal fácil como decir ¡Hey! ¡Hola! ¡Yo seré el nuevo reemplazo de Jaune!

Se sintió estúpida al pensar en ella de esa forma. Ella no era el reemplazo de Jaune, nadie podría reemplazarlo nunca, así como nadie podría reemplazar a sus compañeras de equipo. No importaba cuánto había madurado durante el último año, seguía siendo aquella niña que se rehusaba a abandonar su nostalgia.

La puerta se abrió súbitamente y por ella apareció Pyrrha, quien con un gesto de su mano daba libre acceso a Ruby para entrar. La chica dudó un par de segundos y luego por fin se decidió a ingresar a su nuevo hogar.

No había nadie más dentro, lo que hacía ese momento aún más incomodo de lo que ya era.

Pyrrha apuntó hacia una cama vacía en la esquina superior derecha del cuarto y dijo―: Esa será tú cama, acomódate como quieras, pero no dejes cosas tiradas.

Ni siquiera la había volteado a ver.

Ruby observó su cama, era simple y un poco más pequeña que la que tenía en su viejo dormitorio, se sentó en ella y sintió la suavidad del colchón, dándose cuenta de que era más blando de lo que aparentaba. Al lado de su cama había un closet vacío de color ocre, el cual se veía que había sido limpiado recientemente, dado el brillo y el penetrante olor a desinfectante que emanaba de él.

La joven de ojos de plata reconoció esa parte del cuarto; la parte que antaño pertenecía a Pyrrha.

Al parecer, ella había tomado la cama que pertenecía a Jaune y había desocupado la propia para dejársela a ella. Ruby no sabía si aquello había sido por cortesía o para que no profanara el lugar de reposo del anterior líder del equipo. Esperaba fervientemente que fuera la primera opción.

Pyrrha decidió dejar sola a Ruby y salió de la habitación, para luego dedicarse a deambular por los pasillos de los dormitorios. Esa noche había luz de luna y quería aprovecharla para dar un paseo.

Tan pronto como su compañera se fue, Ruby dejó salir el aire de sus pulmones y se calmó. Se acostó en su cama y miró al techo por varios minutos, como si ahí estuviese la respuesta a sus problemas. Ni siquiera se dio cuenta cuando comenzó a dormir, pues el dulce arrullo de una voz que venía de lo más profundo de sus memorias fue demasiado fuerte como para resistirlo, y cayó en los brazos de la inconsciencia.

Weiss cepillaba su cabello en el balcón de su cuarto en su mansión en Atlas, vestida con su camisón de blanca seda. Sus ojos estaban fijos en la calle, viendo a la gente ir y venir, felices y sin preocupaciones. Envidiaba poderosamente a aquella gente, tan libre a diferencia de ella, que era un pájaro enjaulado en una prisión de oro.

Una vez que sintió que había cepillado suficiente, caminó devuelta hacia el interior.

Había pasado el último año recibiendo tutorías privadas en su mansión, dado que tenía prohibido siquiera salir a la calle. Aquellas clases diferían completamente de las que antaño ocupaban su agenda; eran solo clases sobre negocios.

Para rematar, le habían quitado su amado Myrtenaster. Aquel bello estoque que su madre había esgrimido durante sus años de cazadora, y que le había legado en su lecho de muerte.

Su padre había sido muy firme en cuanto a que ella no volvería a ser cazadora, puesto que era demasiado peligroso. Aún en una forma represiva, amaba a su hija y quería protegerla, aunque eso significara cortar sus alas y enjaularla en una prisión de platino y diamantes.

Ni un día había dejado de pensar en sus compañeras, sus queridas amigas, su amada familia. Se preguntaba qué había sido de Blake desde su huida, ya que ni siquiera se dio cuenta de cuando se marchó. No la culpaba, había hecho lo mismo. Sin importar cuánto se escudara en que su padre se la había llevado sin consentimiento, nada cambiaba el hecho de que huyó de forma muy cobarde.

Había escuchado que Yang se recluyó en casa de su padre, resistiéndose a salir siquiera al patio. Casi no hablaba y seguido se le podía ver amargada. Le dolía que aquella rubia hiperactiva y con un pésimo sentido para las bromas muriese aquella maldita noche.

De Ruby solo supo que seguía yendo a Beacon, vivía sola en su dormitorio y su vivaz personalidad se había marchitado, llegando a ser estoica y apartada. Qué no daría por tenerla a su lado, fastidiándola y llamándola mejor amiga, aún cuando ella misma negara ese hecho. Se sintió estúpida por haber negado su amistad cada vez que pudo. Cómo deseaba estar ahí para abrazar a su querida amiga y ser su soporte.

Se sentó en su cama para pensar un rato en sus viejos días. Luego se quitó sus sandalias y miró sus pies por largo tiempo, con expresión indescifrable y un mechón de su largo cabello cubriendo levemente su ojo izquierdo.

De pronto el recuerdo de Jaune volvió a su mente y pudo ver a aquel inocente bufón en su memoria. Su muerte la había golpeado muy duro, y más al verlo desvanecerse frente a sus ojos. Aún cuando fuera un bobalicón y un plebeyo, siempre buscaba la forma de hacerla reír, incluso había sido el primer chico en ver en ella algo más que una rica heredera. Cuan ciega había estado al no darse cuenta de los puros sentimientos que él tenía por ella.

Pero ya no era momento de lamentarse por lo que no fue, aunque siempre se quedaría con la incógnita de qué hubiese pasado de haberle dado una oportunidad, de haberle dado el sí en alguna de aquellas tantas ocasiones en las que le había pedido una simple cita para pasear por Vale.

Rió por lo bajo al recordar la improvisada serenata que le había llevado cuando le pidió ir con él al baile. Por Nora se había enterado de todos los problemas que había pasado por conseguir aquella triste y vieja guitarra; dos semanas limpiando el salón del club de música, aquello no parecía gran cosa para ella, pero para Jaune había sido una proeza.

Pyrrha les había contado a ella y su equipo, que Jaune había pasado dos noches en vela escribiendo una canción que pudiera gustarle, para que así aceptara más fácilmente ir con él al baile. En su tiempo, aquello le pareció una idiotez; pero, ahora que él ya no estaba se enternecía recordando aquella tonta balada.

¿Cómo era que decía?

¡Weiss Schnee~!

¡Bello ángel de nieve de mí corazóoon~!

¡¿Quieres ir conmigo al baile~!

A lo largo de su vida, Weiss había visto a herederos y nobles trayéndole serenata o mostrándole costosos regalos para conquistarla. Cada cosa que provenía de ellos, no era más que el producto de horas de trabajo e investigación de un montón de personas que pretendían ayudarlos a que ella se fijara en alguno. Pero Jaune había sido diferente, él había hecho como un gesto que le salió del corazón, quizás impulsivo, pero lindo.

Todo lo que Jaune tenía para ofrecer era él mismo, y todo lo que él quería, era a ella.

Se preguntó si ella hubiese sido feliz si hubiese aceptado salir con él. Bueno, ahora jamás lo sabría. Pero estaba bien, ya que Pyrrha al menos pudo hacerlo sentir amado en sus últimos minutos.

Weiss dejó de torturarse inútilmente y decidió hacer algo más productivo, como dormir, por ejemplo. Se recostó en su cama lenta y cuidadosamente, sintió la calidez de esta y se cubrió con sus sabanas de satén. Era ya casi media noche y no quería estar somnolienta el día de mañana, que sería su primer día en la escuela de negocios donde pasaría el resto de su adolescencia, aprendiendo a manejar el negocio familiar.

Una lágrima salió de su ojo cicatrizado al pensar que su carrera como cazadora verdaderamente había terminado.

El mundo daba vueltas para Marcus Warner. Sintió que posiblemente tendría un ataque al corazón en cualquier momento, todo por la noticia que había recibido segundos antes.

Tan pronto volvió al circo, sus empleados le habían informado que su amada hija no había sido vista desde la mañana. La habían buscado por todos lados, por toda la ciudad y en cualquier poblado cercano. Por más que se esforzaron, simplemente fue como si la tierra se la hubiese tragado.

El pobre estaba al borde del infarto al pensar que su amada y única hija estaba desaparecida, sola con quién sabe qué clase de sabandijas. ¿Cómo es que ella se había salido de los terrenos del circo? ¿Sería alguien que se la llevó cuando todos estaban distraídos practicando sus actos? ¿Cómo es que había desaparecido sin dejar rastros?

De pronto, el recuerdo de aquella maleta vacía golpeó súbitamente su cabeza, como si una flecha se hubiese incrustado en su cráneo. Su rostro se deformó en una grotesca mueca de horror, y corrió hacia el automóvil, asustando a los miembros del circo que alcanzaron a verlo.

Una vez llegó a su destino, abrió la puerta trasera violentamente y buscó la maleta; estaba donde Cícero la había dejado. Buscó dentro del objeto algo que le diera alguna pista de si su hija estuvo ahí. Sus ojos no le dijeron nada, pero su nariz sí. Acercó la maleta a su rostro e inmediatamente pudo oler el aroma a fresas de la fragancia que su pequeña acostumbraba a usar.

No le tomó mucho unir los puntos para llegar a la respuesta: Felicia se había escabullido para ir al Bosque de Esmeralda.

Pasos se escucharon tras de él, eran dos personas.

― ¡Marcus! ―gritó Michael, quien corría como alma que lleva el Grimm.

― ¡Mi hija está en el bosque, Michael! ―gritó Marcus al ver a Michael tras de él. Su rostro estaba rojo de la ira y sus ojos no contenían sus lágrimas al saber que su bebé estaba en aquel maldito lugar.

― ¡¿Cómo puedes saber eso?! ―preguntó Cícero, quien había sido ignorado por Marcus.

El maestro de ceremonias acercó la maleta hacia sus narices y pudieron sentir la fragancia de las fresas. El terror se reflejó en sus ojos de inmediato al reconocerla.

―Dios mío ―susurró el lanzador de cuchillos, llevando su mano hacia su boca. Cuán idiotas y descuidados habían sido, parecía un chiste que una niña tan pequeña pudiera burlar a tres adultos.

Marcus sentía que la cabeza y el pecho le martilleaban, llegando a sentir que perdería el conocimiento en cualquier momento. Había jurado a su esposa que protegería a su hija con su vida, y ahora ella estaba perdida en tierra de nadie.

No lo soportó más y rápidamente trató de entrar al automóvil; maldito o no, él iría a buscar a su pequeña al bosque.

Cícero vio a través de las intenciones de su jefe y corrió a sujetarlo, doblegando al fornido Marcus con algo de esfuerzo; era más fuerte de lo que uno creería.

― ¡Suéltame, payaso de pacotilla! ―gritó furioso el pelinegro, sacudiéndose salvajemente para quitarse a su empleado de encima.

― ¡Idiota! ―bramó el pierrot, abofeteando a su amigo y jefe ― ¡¿Acaso quieres morir?! ―preguntó, consiguiendo que Marcus se calmara un poco.

― ¡Suéltame! ¡Debo buscar a mi bebé!

El maestro de ceremonias hizo gala de una fuerza sobrehumana y apartó al payaso bruscamente, para luego levantarse y correr nuevamente al auto. Encontraría a su hija aunque muriera en el intento.

Escuchó la profunda voz de Cícero rugir encolerizado y luego sintió como algo lo golpeaba fuertemente en la nuca. Las fuerzas lo abandonaron y el mundo nuevamente comenzó a dar vueltas, solo que ahora se iba tiñendo de oscuridad y desaparecía con cada giro. Cayó al suelo con un golpe seco y dedicó su último pensamiento hacia su hija, pidiéndole disculpas por ser un mal padre.

Cícero se apartó los cabellos con la mano izquierda y se forzó a calmarse. Había hecho lo que pensó correcto y no se arrepentía, pero ahora debía de tomar más decisiones difíciles. Se dio la vuelta y enfrentó la dura mirada de Michael, quien seguro estaba furioso por lo que había hecho a su cuñado.

― ¡No me mires así! ―exclamó―. ¡Ese idiota iba a conseguir que lo mataran yendo a ese lugar!

― ¡¿Y qué se supone que haremos ahora?! ―demandó saber el lanza cuchillos, quien estaba igual de alterado que el mismo Marcus.

En ese momento, el pierrot supo que la vida de la niña dependía solamente de él. Aquel par de idiotas no podrían de la más mínima ayuda en el estado en que se encontraban. Inhaló y exhalo, poniendo en práctica los ejercicios de relajación que usaba antes de cada acto. Habían surtido efecto. Ahora que tenía la cabeza fría, el camino a seguir era claro.

Volteó hacia un par de payasos ayudantes y dijo―: Llévense a Marcus hacia adentro y cuiden de él. Manténganlo sedado si es necesario ―se giró hacia Michael y lo miró con sus penetrantes ojos turquesa―. Tú, busca un directorio y contrata a todos los cazadores que puedas encontrar. Paga lo que pidan y consígueles transporte si es necesario, mientras más experiencia tengan es esa área mejor. Apresúrate, cada segundo que pasa es valioso.

Michael se quedó anonado por un momento al ver cómo Cícero estaba manejando la situación. Su profunda voz de tenor era una voz de mando, una que no aceptaría réplica alguna. Decidió no perder tiempo y hacer lo que se le había ordenado.

Aunque unos habían aceptado las órdenes del payaso principal; a otros, no les hizo gracia.

― ¡¿Quien te crees para dar órdenes después de lo que le hiciste al jefe?! ―reclamó una de las bailarinas que de vez en cuando acompañaban al bufón en sus actos.

Cícero se volteó y le obsequió una mirada gélida como un iceberg.

―Yo soy el único payaso que busca un feliz final para esta trágica y repugnante comedia ―se limitó a decir y luego se dio la vuelta. Debía de esperar a los cazadores y guiarlos hacia el lugar por el que habían entrado al bosque.

La pequeña Felicia estaba asustada, hambrienta y muy cansada. Se lamentaba del momento en que había decidido hacer de las suyas e irse detrás de su padre para buscar atracciones. Solamente quería ayudar, pero nunca se esperó que fuera a quedar en semejante predicamento.

Su blanco vestido estaba sucio y tenía barro hasta los tobillos, el bosque era un lugar peor de lo que se había imaginado. Muy diferente de los parques de las grandes ciudades.

Mientras caminaba, se había encontrado con un tronco hueco que aún seguía de pie, con el suficiente espacio para que ella pudiera entrar sin problemas. Esa sería su escondite aquella noche, solamente le quedaba esperar a que su padre fuera a salvarla.

Hacía tanto frío que se reprochó el no haber llevado un abrigo, las horas pasaron y nadie venía por ella.

Repentinamente escuchó el sonido de hojas crujir y se sintió ligeramente contenta, quizás su papi se había dado cuenta de que no estaba y había ido a buscarla.

Se puso de pie y torpemente se sacudió la suciedad de su vestido, no quería que su papá la viera fea y desarreglada. Se estiró para quitarse el entumecimiento y decidió asomar la cabeza por una abertura del hueco y ver si en efecto era su padre. Ahí no había nadie.

Se volvió a sentar de forma casi automática, sintiendo nuevamente afligida de que su padre aún no llegara. Se dio la vuelta para quedar frente a la entrada del tronco y vio algo que le llamó la atención. Frente a ella y justo a la entrada, había un curioso y opaco destello carmesí, el cual se apagaba por momento antes de volver a aparecer en la misma posición. Le pareció curioso que una luciérnaga tuviera un brillo tan peculiar y no se moviera de su posición, luego escuchó una pesada respiración cerca de ella, que provenía del mismo lugar que el brillo. Aquello no era una luciérnaga.

Un furioso rugido destruyó la tranquilidad de la noche y provocó que Felicia se pusiera a gritar de puro pánico.

― ¡PAPIIIIII! ―chilló horrorizada, viendo que una enorme mancha incluso más negra que la misma noche, golpeaba el frágil tronco en el que se encontraba. Ningún hombre pudo escuchar su grito, ningún animal iría en su rescate.

Por primera vez en un largo tiempo, el bosque no fue sordo.

Otro rugido se hizo presente y un destello embistió a la mancha que golpeaba el tronco, ocasionando que ambos quedaran metidos en una lucha que duró varios segundos, en los cuales Felicia no encontró valor para salir a ver.

El sonido de cuerpos revolcándose llenó ahora el bosque, alejando a algunos lo suficientemente sabios para saber lo que allí ocurría.

Rugidos, golpes y gemidos lastimeros fue lo que se escuchó, hasta que todo terminó con un abominable rugido de dolor. Segundos después, un iracundo aullido pudo ser escuchado por todo el bosque. Luego las cercanías quedaron sumidas en un silencio sepulcral, como siempre acostumbraba a estar.

La pequeña niña estaba llorando de forma incontrolable, apoyándose en una de las fragmentadas paredes del hueco tronco. Quería irse de ahí, quería volver al circo y no salir de ahí nunca más. Solo quería estar con su papi.

El tronco crujió fuertemente y fue arrancado del suelo, haciendo que ella chillara nuevamente al verse atrapada. Se tapó el rostro con las manos, esperando que aquel monstruo se la comiera de un bocado.

El Grimm dorado vio de forma indescifrable a la pequeña pelirroja frente a él. Se le hacía conocida, podía sentirlo. El ella pudo ver una imagen distorsionada de una persona que sentía que había visto antes. Alguien a quien debía de proteger, alguien a quien debía buscar.

Al ver a la pequeña indefensa, sintió que el pecho le daba un vuelco y nuevamente aquella desconocida parte de su psique le gritaba algo que no podía entender. Pero si en algo estaban de acuerdo, es que la pequeña no se quedaría en ese lugar.

La pequeña seguía llorando y la noche avanzando.

Decidido a tomar acción, el Grimm dorado acercó su hocico y tocó la frente de la niña con la punta de su nariz, ocasionando que ella llorara aún más fuerte. Bien, eso no había sido una buena idea, pero algo debía de hacer.

Soltó un pequeño un pequeño gemido, con la esperanza de que aquello pudiera calmarla aunque fuera un poco. Con ella no haría su rutina del rugido, ya que eso llegaría a ser contraproducente y podría acarrear la atención de sus jóvenes congéneres, que no eran lo suficientemente listos como para quedarse lejos.

Felicia escuchó el gemido y aquello le recordó al sonido que haría un perrito lastimado. Se limpió las lágrimas y abrió sus ojos para ver al ser frente a ella.

Inicialmente se sorprendió de ver dos enormes brillos azules frente a ella, pero luego se sorprendió aún más al ver la bestia a la que pertenecían. Era un animal enorme y con una pelaje dorado brillante, parecía un perro con forma de hombre.

Ya no estaba asustada, puesto que aquellos ojos azules le habían devuelto la calma. Simplemente se había quedado embelesada viendo a aquella criatura con innata curiosidad infantil.

Las nubes se apartaron y dejaron a la luna aproximarse, para así cubrir la tierra nuevamente con su suave y amoroso brillo.

Los ojos de Felicia se abrieron como platos cuando la luz de luna llegó hacia ellos. Bajo aquel brillo, aquella criatura era simplemente majestuosa.

Neón contra turquesa chocaron y quedaron metidos en un profundo lapso. Los minutos pasaron mientras ambos se quedaron viendo el uno hacia el otro, sin hacer ningún ruido y sin moverse.

La posición de la luna marcó que no faltaría demasiado para el alba, por lo que debían de moverse rápido y llegar a la seguridad del territorio que la bestia de oro había creado con el tiempo.

La bestia hizo un gesto con el hocico, ordenando a la niña que lo siguiera.

Felicia se puso de pie lentamente, sin siquiera apartar sus ojos de la criatura. No se tomó la molestia de limpiar su vestido esta vez. Dudó de si verdaderamente debía de seguirlo, ya que era una criatura salida de la nada y posiblemente podría ser una trampa.

De nuevo miró a aquellos ojos azul brillante y sus dudas se disiparon. Caminó tímidamente hacia él y se sujetó de los cabellos de su brazo derecho, sintió la suavidad de estos y decidió acariciarlos un poco.

Ya listos, ambos comenzaron a adentrarse más y más en el bosque, perdiéndose entre la maleza para que nadie los viera.

Lo único que quedaba como prueba de una batalla eran el tronco roto, huellas de revolcones y el cadáver casi desintegrado de un Ursa, del cual aún se podía apreciar que le faltaba la cabeza. Solo dios y el Grimm dorado sabrían dónde terminó aquella cabeza.

Pyrrha se encontró nuevamente frente al monumento de los caídos, observando la placa de Jaune nuevamente. Suspiró pesadamente y cerró los ojos para rezar una oración por los caídos junto con Jaune.

Por más que evitara acercarse a ese lugar, sus pies indudablemente tenían otro deseo. No le gustaba demasiado acercarse ahí, ya que le traía muy malos recuerdos. No le ayudaba mucho el hecho de que prácticamente estuviera en la entrada de la academia.

― ¿Por qué tuviste que irte? ―preguntó en un susurro, mientras acomodaba su broche de luna.

Su mirada había dejado de ser triste hace mucho, ahora era solamente triste. Cerró sus ojos y a su mente vinieron los recuerdos de los buenos momentos de antaño. Jaune como siempre, hacía acto de presencia, más exactamente la noche en la que había recitado aquel poema a la luna, ¿Cómo decía?

Bella luna que guías mis pasos, permíteme caminar por la obscuridad sin vacilación.

Que mis enemigos teman a tu resplandor y que tu brillo acaricie el mundo entero.

Permíteme vivir otro día para vernos nuevamente, permite a este mortal observar tu fragmentada y radiante belleza en la efímera noche.

Quédate a mi lado siempre, luz de luna que guías mi camino a través de las tinieblas.

Recitar ese poema la había tranquilizado en cierta forma, consiguiendo calmar su atormentada alma.

Pyrrha levantó su mirada y observó aquel fragmentado astro al cual Jaune había dedicado tantos bellos sentimientos. Era realmente hermosa, pero no tanto como para amarla como si fuera una mujer.

―Los Arc siempre han tenido un flechazo con la luna. Jaune no era la excepción al parecer ―dijo una tranquila voz a espalda de Pyrrha.

Reconoció la voz de inmediato y se giró bruscamente para encontrarse con la apacible expresión facial del director Ozpin, quien caminaba hacia ella, erguido y con las manos sujetas tras su espalda. Al parecer no era la única que había decidido aprovechar.

― ¿Cómo sabe que ese poema fue hecho por Jaune? ―preguntó Pyrrha, sin despegar sus ojos de esmeralda de los ojos marrones de su director.

―Porque solo un Arc podría hablarle a la luna con tal dedicación y amor. Y Jaune era el único Arc que ha venido a Beacon en décadas.

Había que darle su parte de razón en eso.

―Sabes, hay una leyenda que cuenta el origen del clan Arc ―dijo, dirigiendo sus ojos hacia la luna, observando su suave brillo―. Cuenta la leyenda que Clavicus Arc, el fundador del clan y caballero de antaño, nunca encontró a una mujer que verdaderamente llenara sus expectativas, por lo que jamás contrajo nupcias con ninguna doncella.

― ¿Y qué pasó con él? ―la curiosidad la había picado.

―Cuenta la leyenda, que una noche como ésta, Clavicus observó la luna y quedó enamorado de ella. Durante años le profesó su amor y le pidió una señal para saber si ella lo amaba.

―Suena como si se hubiera enloquecido por la soledad.

Ozpin rió de buena gana―Se podría decir que así era, Clavicus Arc no era conocido precisamente por ser ortodoxo. Pero continuando con la historia, siguió amando a la luna por años y continuó pidiéndole una señal. Al cabo de los años, sus plegarias fueron escuchadas. En una noche de luz de luna, Clavicus fue despertado por el llanto de un bebé. No es de extrañar que se sorprendiera de aquel sonido en su cuarto, siendo que siempre había vivido solo.

― ¿Y cómo llegó el bebé ahí?

―A eso voy, no comas ansias. Clavicus se levantó rápidamente y dirigió sus ojos hacia la ventana donde se escuchaba el llanto. Al llegar, pudo ver a un pequeño bebé envuelto en blancas sabanas y con la luz de la luna jugando a su alrededor, como si quisiera entretenerlo. Corrió hacia el niño y de inmediato supo quién era: su primogénito.

Los ojos de Pyrrha se abrieron como platos al darse cuenta de la identidad del niño― ¿El niño era…?

― ¡Exacto! ―exclamó el director―. Ese bebé era la señal de amor que él pidió por tantos años y que al fin se hacía realidad. Clavicus lo levantó cuidadosamente y lo contempló con amor infinito, sintiéndose recompensado por el amor de su vida al darle el heredero que tanto había soñado. Desde entonces, todos lo Arc aman a la luna y la reconocen como una antepasada, aunque eso es algo que muy pocos saben y que fue cambiado para evitar el revuelo.

Pyrrha se sintió extraña al escuchar aquella historia, ciertamente era una bonita historia, pero sentía que algo se le pasaba.

― ¿Sabes por qué te cuento ésta historia? ―preguntó Ozpin, mientras se acercaba a ella con paso firme y depositaba su mano derecha en su hombro.

Pyrrha meditó durante unos segundos, hasta que la respuesta vino a su mente. Y al saber la respuesta, sintió que su corazón daba un vuelco y el universo a su alrededor dejaba de existir. Una traicionera lágrima salió de su ojo derecho.

―Lo entiendo ―dijo, tratando de que su voz no se quebrara.

Ozpin se permitió suspirar de satisfacción. Desde hacía un tiempo que había estado observando a Pyrrha y no le gustaba en lo que se estaba convirtiendo―Me alegra que lo entiendas. Por cierto, espero que puedas integrarte bien con Ruby.

―Yo también.

Viendo que su deber estaba completado, el director se dio la vuelta y emprendió su camino hacia su oficina, había papeles que firmar y mucho que hacer.

― ¡Espere! ―gritó la pelirroja, extendiendo su mano hacia él.

Ozpin se detuvo, pero no se dio la vuelta.

―Quiero darle las gracias, por todo. También quiero que sepa que no debe culparse, él no lo haría.

Ambos quedaron en silencio durante varios minutos, procesando aquellas palabras. Escucharlas, fue como quitarse un gran peso de encima.

Luego de un tiempo, el director continuó con su camino, ahora podría volver a dormir tranquilo.

Pyrrha por su parte, se quedó viendo un rato más al monumento de los caídos. Específicamente se centró en la brillante placa de Jaune.

―Yo no soy Clavicus y tú no eres la luna, por más que te siga amando, jamás volverás a mi lado. Quiero despedirme de ti. No me malentiendas, siempre estarás en mi corazón―suspiró y, por primera vez en meses, sonrió ―. Hasta siempre, Jaune.

Se dio la vuelta y se fue hacia su dormitorio. Mañana sería el primer día de su nuevo equipo y debía de estar lista para todo.

Cícero Braverier se sentía sofocado al estar frente a la entrada del bosque. Aquella sensación era muy diferente de lo que había sentido en la mañana. Era como si ese lugar lo odiara y quisiera teñirse con su sangre.

Había arribado al bosque media hora atrás, junto con una cuadrilla de siete experimentados cazadores, que eran precisamente baratos. Durante el tiempo que llegaron ahí, habían estado planeando cómo proceder, cada uno con un punto de vista diferente y un plan de acción completamente distinto.

Algunos proponían entrar a saco y eliminar todo lo que se les pusiera enfrente hasta encontrar a la niña. Otros proponían mandar maquinas rastreadoras para minimizar el riesgo y no poner a las bestias en sobre aviso.

El payaso dejó de escucharlos y observó el arma que cargaba en su mano derecha: un bastón trucado. Aquella había sido su elección para arma cuando había decidido convertirse en cazador años atrás. Era un arma tres en uno; su modo de bastón era plano y con los bordes afilados, para usarse como espada; su segundo modo se activaba al darle una sacudida, lo cual ocasionaba que el largo se seccionara y pudiera ser usado como un látigo que volvía a su forma original después de cada golpe; y su último modo consistía en una pistola, que podía disparar tres balas seguidas antes de recargar y que se alojaban en la cabeza del bastón.

Aquella era un arma hermosa y que le había costado el dinero de un año para poder conseguir, además de varias horas diseñando su mecanismo. Cuando por fin lo tuvo en sus manos, se sintió el muchacho más feliz del mundo. Era una verdadera desgracia que su padre se hubiese encargado de matar sus sueños y él hubiera tenido que guardar su querido bastón en un cofre, dejándolo olvidado por años hasta esa noche.

Y ahí estaba él, el payaso principal del circo, en medio de un bosque maldito y sosteniendo un arma que apenas sabía usar. Dios, se sentía un estúpido al pensar que podría ser un cazador solo por ir rodeado de ellos y portar un arma.

De pronto unos arbustos se movieron a su derecha y todos los cazadores apuntaron sus armas en esa dirección. Lo que pasó a continuación, ninguno lo esperó.

De entre los arbustos salió sana y salva una pequeña niña de cabellos rojos como la sangre y ojos de turquesas, con el vestido sucio y su cuerpecito bañado en sudor. Su rostro se iluminó en cuanto vio a los adultos, más aún al ver a su querido tío Cícero entre ellos. Sin darse cuenta, se encontró corriendo hacia él con los brazos extendidos. No era su padre, pero era mejor que nada.

― ¡Tío!

Al escuchar aquella vocecita, el corazón del pierrot dio un vuelco y sin darse cuenta, soltó su bastón y corrió hacia la pequeña, para poder estrecharla entre sus brazos y darle la seguridad que necesitaba.

Una vez que llegaron el uno con el otro, quedaron fundidos en un abrazo que duró varios minutos, hasta que uno de los cazadores decidió llamar la atención.

―Entonces, ¿Ya no somos necesarios? ―preguntó, mientras apoyaba su inmenso ultra espadón en su hombro derecho.

Cícero reaccionó y se separó de la niña, no sin antes sujetarla de la mano, para así no despegarse de ella nuevamente.

Se aclaró la garganta y preparó su voz de tenor para comenzar su discurso―Sus servicios ya no serán requeridos.

Algunos se sintieron fastidiados por haber salido hacia el bosque en medio de la noche para nada.

―…Pero igualmente serán remunerados, así que no deben de preocuparse.

El rostro de los cazadores se iluminó, al menos no todo había sido para nada.

El payaso levantó a la niña en brazos y le limpió un poco el rostro, para luego volver a abrazarla y llevarla con él hacia el camión que habían usado para llegar ahí. Ahora su única preocupación era cuántos huesos le rompería Marcus por gastarse todo el dinero de esa forma. Solo esperaba poder ser sanado para el siguiente acto. Soltó un suspiro y entró del lado del copiloto, para luego ponerse a arrullar a la niña para hacerla dormir, era más de media noche y no había necesidad de que siguiera despierta.

De pronto, Cícero se sintió observado y giró su cabeza hacia el lado de la ventana. Lo que vio a lo lejos, lo dejó asustado. Escondidos entre la maleza, habían dos azulados brillos, flotando uno junto a otro.

Algo lo observaba desde lejos y no sabía si era bueno o malo, pero decidió ignorarlo por el momento y mejor centró su atención en el conductor del camión, quien por fin hacía acto de presencia.

Por primera vez en esa noche, el payaso se permitió calmarse. La niña estaba a salvo y eso era lo único que importaba.

¡Hasta aquí!

Muy bien mis chavos, esta vez si me esforcé el triple en este capítulo y realmente espero que les haya gustado. Aquí seguimos viendo cómo la historia sigue tomando fuerza y forma. Espero que en los próximos caps ya pueda mostrarles la verdadera historia, porque esto vendría siendo algo así como un prologo más que todo. La verdad sí me tomé muy en serio lo de revisar más los capítulos antes de subirlos y cambié un poco mi estilo, para así adaptarlo a los consejos que me han dado.

Quiero darles las gracias por siempre seguir apoyando ésta historia y me alegra que les siga gustando. Ya saben que si ven algo mal, siempre pueden decírmelo con confianza y no teman ser rudos, que la tinta con sangre entra XDDD.

Afael, diablos que eres difícil de impresionar y eso me gusta. Siempre das un comentario objetivo y agradezco mucho que dediques tu tiempo a ayudarme a mejorar. Creo que aún sigo flaqueando en el uso de los signos de puntuación, pero he mejorado un poco y espero que esta vez sí quede bien.

Sí me di cuenta de que algunas veces como que fuerzo un poco la explicación o me pasó al poner siempre el nombre de quien habla. Esta vez cuidé un poco más eso y la verdad creo que me quedó bien, puesto que lo basé en el tipo de narrativa que una novela tendría. Cuidé también un poco más lo de los diálogos y la narrativa en general, haciéndola un poco más ligera que antes y menos poética. En fin, también le eché un ojo a las acciones de los personajes y creo que ya capté la idea. Cualquier cosa, dime.

No sé cómo se me pudo pasar el poner al equipo RWBY como los que habían seguido. Siendo sincero, esa era la idea original de la historia, pero luego se me ocurrió algo muchísimo mejor y olvidé quitarlos. Lo de Ren eso fue porque como veía el show en mi teléfono, no se veía demasiado bien y sus ojos parecían negros. Por cierto, se extrañó tu comentario en el segundo cap XD.

Lo creas o no, mi meta personal es hacer un cap que quede tan bien, que no te quede de otra que decir "¡Esta perfecto!". No será tarea fácil, pero lo lograré tarde o temprano, ¡Lo juro!

Solo me queda decirles a todos que les deseo lo mejor y que la luz de luna ilumine su camino.

¡Hasta la próxima!