LIBRO CUATRO

Buena justicia se hará…

El boticario era uno de los hombres más amables que August conocía, era un hombre mayor mucho más viejo que el doctor Anton –si es que esto último era posible- con cara de tortuga vieja siempre sonriente ¿por qué sonreía tanto si vendía medicamentos y drogas de mal sabor que te dejaban una desagradable sensación en la boca por días? Ni idea, pero lo cierto es que siempre que August y cualquier otro pilluelo iban a surtir recetas medicas siempre les recibía con un cono de papel lleno de dulces, tal vez sí sabía finalmente que los jarabes sabían horrible.

Ese día la botica estaba a rebosar de gente, tal vez los enfrentamientos en las distintas barricadas de la noche anterior habían tenido algo que ver para que la venta de ese día fuera mucho mejor que en todo el invierno pasado.

Después de recibir su paquete por fin August pudo regresar a casa con los frascos de medicamentos que mademoiselle Sophie le había solicitado y con su cono lleno de caramelos.

¿Había dejado la puerta abierta? No, era imposible, August había cerrado bien. Esa era la primera regla de Monsieur, que siempre dejara a Sophie protegida del exterior.

¿Mademoiselle Sophie?- llamó August solamente asomar la cabeza por la puerta abierta.

No hubo respuesta. Sin importarle lo mucho que amaba los dulces dejó caer su cono de papel.

Mademoiselle Sophie! ¡Sophie!

August sintió un vuelco en el estómago que no le gustó para nada. Ni siquiera cuando Monsieur le ordenaba seguir a los rufianes a las tabernas y encrucijadas más terribles de toda la ciudad de Paris el pequeño se aterraba de esa manera, no, ahora tenía miedo por mademoiselle Sophie. ¡Por qué había tardado tanto en la botica! ¡Por qué!

El pequeño no dijo nada, solamente abrió la boca sin que ninguna palabra saliera de sus labios. Mademoiselle se encontraba apoyada en los escalones de madera con el caballero inconsciente entre sus brazos, la cabeza de éste estaba apoyada sobre su hombro mientras la dama francesa tarareaba su arrullo favorito.

Au clair de la lune era la canción de cuna favorita de Mademoiselle Sophie desde que August recordaba, la chica siempre tarareaba esa canción para acompañarse tanto en la soledad de sus noches como en el frío de sus días.

Mademoiselle Sophie, giro de pronto su bonito rostro hacia August indicando que todo estaba bien ¿por qué tenía sangre en el labio? Se preguntó el niño. Después de cerrar la puerta y dejar el paquete en la mesa de la cocina August fue hasta la escalera para ayudar a la dama.

Subir al inspector Javert hasta su habitación hubiera sido lo más difícil del mundo para Sophie o para August si hubieran tenido que hacerlo solos pero al contar con la ayuda del otro el trabajo se redujo considerablemente.

Merci beaucoup, August- dijo finalmente Sophie cuando el inspector una vez más estuvo en la cama.

El pobre infeliz que intentó propasarse con mademoiselle Sophie siguió corriendo como alma en pena por las calles de Paris sin que nadie en ese momento le prestara atención, avanzó por callejones y encrucijadas que cualquier otro ciudadano de la ciudad hubiera considerado un laberinto de adoquines hasta llegar a una repugnante taberna en uno de los barrios más miserables.

En el interior no había nadie bebiendo a esa hora, el pordiosero subió corriendo las escaleras del local hasta llegar a la última habitación del corredor. De un golpe abrió la puerta.

En lugar estaba iluminado solo por la luz que se filtraba por la ventana.

¿Y bien?- preguntó una voz desde el sillón protegido entre las sombras de la esquina opuesta a la ventana- ¿Dónde está?

La puerta se cerró al momento dejando ver a un hombre de complexión robusta de gran altura, tanto que parecía su cabeza golpearía con el techo de la habitación. El pobre diablo estaba atrapado en ese lugar.

No… no… no estaba sola- dijo entrecortadamente ya fuera por la carrera o por el miedo.

¿Excusez-moi?- alzó la voz la sombra- ¡A qué demonios te refieres con "no estaba sola"!

El pobre hombre intento escapar pero los brazos de hierro del titán detrás de él lo detuvieron.

L'inspecteur… L'inspecteur…- comenzó a balbucear.

¿Le detective?- la voz sonaba molesta cada vez más- ¿Estaba en casa?

La presa sacudió frenéticamente la cabeza.

L'inspecteur Javert- atinó a decir.

El nombre hizo que todos se congelaran en ese momento, hasta el titán dirigió una mirada significativa a las sombras, todos conocían el nombre de Javert en el bajo mundo de las sucias calles de Paris.

Merde- exclamó la voz después de unos minutos de silencio- eso complica nuestros planes… C'est la vie, seguiremos de acuerdo al plan, esto no cambia nada… Elimínalo, ya no nos sirve y puede comprometer nuestro plan.

Y sin escuchar las protestas y suplicas del pobre infortunado el titán obedeció la orden abrazando a su presa de tal forma que lo único que se escuchó fue el crujir de los huesos del pobre hombre.

¡Oncle!- Sophie se lanzó contra los brazos de su tío temblando como una hoja.

¿Ce qui se passe?- se sorprendió su tío solamente ver a su sobrina llorar en su pecho.

No paso ni un minuto sin que fuera puesto al tanto de la situación tanto por August como por la misma Sophie, al terminar la cara de Monsieur era inescrutable, solamente atinó a levantarse del sillón que ocupaba en la sala y caminar directamente a las escaleras.

Sophie y el pequeño August no preguntaron qué pasaba, solamente le siguieron a pasos rápidos...

El inspector Javert había vuelto a recobrar el conocimiento después de unas cuantas horas de sueño y descanso. Al momento recordó lo que había pasado mientras una vez más la tos seca se hacía presente. Comenzaba a impacientarse de esa molesta tos que parecía ir en aumento, al parecer las medicinas del doctor Anton no habían hecho efecto.

OncleFrançois abrió la puerta de la habitación del inspector justo en el momento en que el inspector se apoyaba sobre sus codos para poder ver quien había irrumpido de golpe.

¿Quién era este hombre? El inspector lo recordaba vagamente… claro, era el hombre del bastón que había visto la noche anterior. ¿Qué relación tenía con la mujer joven de la escalera? Un momento… ¡Por Dios, Javert sabía quién era este hombre mayor!

¡Le détective Vidocq!- exclamó el inspector Javert cuando la tos por fin cedió.

¡Á votre service, Monsieur L'inspecteur Javert!- hizo una ligera reverencia el detective Vidocq.

Eugène-François Vidocq el ilustre director de la Sûreté Nationale, el detective por excelencia, no había hombre en el cuerpo de la policía francesa que no conociera el nombre del respetable detective.

El inspector Javert, no podía creerlo, de entre tantos hombres en todo París fue salvado (para buena o mala suerte) por el Gran Vidocq. Sin poder evitarlo se dejo caer sobre los almohadones sin lograr ocultar su desconcierto.

Monsieur- comenzó a hablar el detective- ha salvado el honor de mi sobrina, estoy en deuda con usted.

¿En deuda conmigo?- trató de incorporarse el inspector.

¡Eso era imposible, ningún inspector, ni siquiera uno de primer rango como él podía permitirse tener una deuda de honor con el gran detective Vidocq! ¡Era como tener una deuda con el más importante de los Magistrados!

Dirá misa, si gusta- le cortó bravuconamente Vidocq como hacía siempre que le aburría el protocolo- pero lo cierto es que nunca me perdonaría si a mi Sophie le hubiera pasado algo. Ya veremos si con el vaivén del tiempo puedo pagar esta deuda.

¿Puede un hombre que ha sido de la muerte quedar en deuda con el más ilustre de todas las autoridades a favor de la seguridad de los ciudadanos en toda Francia? No, posiblemente no…

Era mi deber- fue lo único que argumento Javert.

Sophie estaba impresionada, de una sola intención ella y August habían presenciado el descubrimiento de la identidad del hombre del Sena, habían visto como Oncle Vidocq agradecía las acciones del caballero (en toda su vida August solo había visto dos veces atrás a Monsieur agradecer sinceramente algo) y no solo eso sino que también comprobaban que aunque en diferencia de edades y temperamentos (lo poco que habían visto) estos dos hombres tenían el mismo respeto reverencial por la justicia, y que los dos al igual que los sabuesos de casa no descansarían hasta poner detrás de las rejas a cualquier infractor.

Veo que se encuentra mejor- continuó Oncle Vidocq- los remedios del doctor y las manos de mi sobrina hacen milagros- agregó con una risilla maliciosa.

¿Las manos de su sobrina? ¡Merde! ¡Javert no solo había salvado a la sobrina del detective sino que también había sido atendido por ella durante toda ese tiempo! ¿Estaba ahora en deuda no solo con el exconvicto de Jean Valjean sino con una mujer? Bueno, él la había salvado así que podrían decir que estaban a mano. No, había sido su obligación protegerla no una deuda. Mal momento para ponerse a divagar con cuestiones de ética y moral.

Sophie hubiera deseado arrojarle un almohadón a su tío, siempre era así de inoportuno, ahora el inspector Javert pensaría que él había sido una carga. ¿Cómo podía ser su salvador una carga? Mal momento para que la mentecita de madmoiselle se echara a volar.

El único que parecía conservar la cabeza fría era August que con toda calma y sabiduría del mundo dijo de pronto:

-¿A qué hora se servirá la cena?

Lo más sensato que ninguno de los tres adultos había dicho en toda esa conversación.

Vidocq lanzó una sonora carcajada.

¡Claro, claro! ¡Los vivos a las cosas de los vivos!- exclamó dando un fuerte golpe con el bastón- Bueno, inspecteur, como nuestro invitado supongo podrá bajar a cenar con nosotros. Además ya que su febril cabeza ha dejado de dar vueltas, deseo hablar de algunos negocios con usted. De un hombre de ley a otro hombre de ley…

Excusez, Monsieur l' inspecteur- se aventuró a hablar Sophie- está es la forma en que mon oncle agradece al salvador de su sobrina. ¿Desea bajar a cenar o prefiere que le traiga la cena a la cama?

No es necesaria esta muestra de atención femenina- habló Javert sorprendiéndose a sí mismo de lo normal que sonaba su voz después de casi morirse (aunque ese era el propósito de lanzarse al Sena)

Cortante, brusco y hasta cierta forma arrogante pero, esa era la forma de ser de Javert además ¿qué se podía esperar de aquel a quien nunca nadie mostro una muestra de afecto? Sophie no se sintió agraviada o dolida ante la actitud de su salvador, era tan parecido a su tío que sabía perfectamente cómo tratar a este tipo de caballeros.

D'accord, la cena estará lista en quince minutos- contestó alejándose de la cama.

August la siguió hacia la cocina dejando solos a Vidocq cómodamente sentado en su sillón y al inspector Javert a medio incorporarse en la cama.

Debo admitir- habló Vidocq levantándose con toda calma- que mi sobrina tiene carácter, viene de familia… En fin, c'est la vie, vamos Monsieur, tenemos negocios que atender…

Continuara…