Capítulo 4: Pasado, presente y futuro
Las clases habían terminado hace media hora, hoy era uno de esos días en que extrañamente no hacíamos mucho en el orfanato, habíamos tenido doble turno de las materias recientes, por lo que Roger decidió darnos el resto del día libre. Este hecho no era muy de extrañarse en realidad, era sábado y por consiguiente trabajábamos menos, pero lo hacíamos al fin... Nos explotan como ratas de laboratorio, pensé con desagravio y volteando otra página del libro que me encontraba leyendo allí sentado en medio de las ramas de un árbol.
Antes de comenzar a traducir la oración siguiente comencé a divagar sobre mi soledad, no era algo que hacía muy a menudo, en realidad ni siquiera le daba la importancia que, según Roger, merecía. Pero esa tarde el aviador del que corrientemente me encontraba leyendo me trajo ese tipo de cuestiones a la mente. ¿Por qué me encontraba siempre sólo? ¿Me agradaba? ¿Me hubiera gustado que me adoptasen en el orfanato en el que me encontraba hace tres años? ¿Hubiera sido mejor que no descubrieran mis habilidades? ¿Que Watari no se haya enterado de lo sufríamos allí? De todas formas me hubiera empeñado en estar sólo me dije sonriendo con sorna ante la voz de mi conciencia. "Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas mas grande que él y tenía la necesidad de un amigo..." leí en las letras de aquel libro de repente. ¿Amigos? Jamás mostré interés en acercarme a alguien lo suficiente si no era para agredirlo de alguna manera me dije curvando mis labios nuevamente en un gesto de diversión. Ni siquiera cuando estaba con mis padres me esforcé en hablar con nadie. Pensé nuevamente, pero ahora mis labios se curvaron hacia abajo ante tal recuerdo. Y eso fue porque en el tiempo en que vivía con mis padres, yo no era el chico más feliz del mundo.
##:::#Flashback#:::##
No tengo idea de cómo es que recuerdo esto, pero... viví con ellos los primeros cinco años de mi vida en un pueblo de Alemania y al parecer mi presencia en sus vidas no era precisamente un regalo del cielo. Yo sólo era un error, algo que no debió pasar... algo que no debió existir.
Vagamente recuerdo a mi madre, sé solamente que ella tenía veinte años cuando nací y el canalla al que se atrevían a llamar mi padre, era sólo un ebrio holgazán.
Comencé a darme cuenta de mi situación a los tres años... a esa corta edad tuve claro que yo no era más que un descuido de sus impulsivos actos. El maldito aquél siempre llegaba a casa y golpeaba a mi madre sin motivo aparente y ella lo amaba, lo amaba de una manera estúpida e ingenuamente ciega, y cuando ella sufría con otra magulladura en su rostro, el mío recibía un doble escarmiento, ella me maltrataba y decía '¡Es tu culpa que él ya no me ame!'. Años después lo asimilé por completo y comenzó a dejar de importarme el dolor que sentía con cada golpe que me daba, tomándolo como algo que de alguna manera merecía y que no estaba dispuesto a cambiar. Nunca tuve realmente claro por qué, pero luego de ser agredido por esa mujer, me sentaba en la esquina de la habitación y aferraba el crucifijo de un rosario que había encontrado bajo uno de los viejos sofás de esa casa... eso me tranquilizaba.
El tiempo pasaba y yo sólo estaba en medio de una continua guerra entre las personas que equívocamente me trajeron al mundo, hasta que en una noche de verano, papá no regresó a casa... Mi madre estaba devastada, de modo tal que golpearme ya no calmaba sus nervios. Recuerdo claramente que ella corrió hacia el baño y me ordenó que pase lo que pase, no entrara con ella, cosa que obedecí al considerar la idea de que se abstenga de golpearme. La esperé, esperé que abandonara el cuarto de baño por horas y horas, cada vez me aburría más y ya no tenía nada más para hacer hasta que alguien llamó a la puerta. Con cuidado me acerqué a ella y la abrí, allí había un hombre vestido con un uniforme azul y me preguntó por mi madre, a lo que yo asentí y lo tomé de la mano tranquilamente para llevarlo hacia donde ella estaba.
Si llamar otra vez, abrí la puerta del baño y quedé paralizado para después comenzar a temblar frenéticamente.
Vi el cuerpo de una mujer tendido en el suelo, cuyas muñecas cortadas dejaban escapar un río de líquido carmesí de ellas, expandiéndose en el suelo del baño. El oficial cubrió mis ojos apenas tuvo oportunidad y me sacó de la habitación susurrando 'Ella pronto estará bien, no te preocupes...' Recuerdo también con nitidez cómo sus ojos se abrían más de la cuenta cuando yo le dirigí una hostil y enfadada mirada para comenzar a pronunciar palabras frías y cortantes 'Sáqueme de aquí, no quiero permanecer en este lugar para cuando el cuerpo se pudra.'
Minutos después me llevaron a la estación de policía y jamás volví a ver mi antigua casa, solo esperaba en la oficina de uno de los fiscales de allí mientras ellos discutían al otro lado de la habitación diciendo que yo me encontraba seriamente traumado por la situación y que no sabían si sería conveniente enviarme a un orfanato común y corriente, de un momento a otro me negué a escuchar y cerré mis ojos con cansancio.
Así fue como a los cinco años llegué al orfanato Stanfields, estaba algo alejado de la ciudad y sus habitaciones de paredes grises y demacradas lo hacían parecer una correccional de menores. Yo me había resignado a pasar mi tiempo allí, en ese establecimiento sólo se admitían a niños de dos a doce años, pensando que sería mucho mejor que pasar más tiempo en mi hogar, pero estaba muy equivocado.
Los mocosos a los que llamaba compañeros no eran más que pandilleros sin capacidad de hacer sinapsis con un par de neuronas. Ni bien entré al salón de comedor, comenzaron a burlarse de mí y de mi corte de cabello, hasta ese momento yo sólo bajaba la cabeza y los ignoraba. Ese lugar era demasiado extraño ya que la mayoría de los niños que vivían allí tenían cabellos oscuros, piel trigueña y ojos en diferentes tonos de café. Digamos que yo era el único chico pálido, rubio y de ojos azules de allí y me preguntaba ¿No se supone que estoy en Alemania? cada vez que observaba las diferencias características entre los demás huérfanos y yo.
Los primeros dos años allí fueron literalmente tranquilos: aprendiendo a leer y a escribir con los demás, ellos burlándose de mí y yo pasándolo por alto... hasta que se dignaron a golpearme. Tres de ellos me acorralaron mientras sus risas cubrían el bullicio que producía la aglomeración de niños en el jardín trasero. Me empujaron, me resistí. Me escupieron, lo ignoré. Me llamaron niña, no me importó. Me tomaron del cuello de la camiseta, volteé el rostro. Quisieron arrebatarme el crucifijo...
Quince minutos después habían tres chicos de diez años llorando en el suelo y dos maestros deteniendo mis movimientos. Desde ese día fui la oveja negra de allí. Recuerdo un día en especial... fui llevado a la oficina del rector y me pidieron que esperara allí hasta que se discutiera mi castigo, segundos después me ordenaron ir a la biblioteca por una semana y hacer tarea extra. Esa misma tarde, permanecí en la vieja biblioteca de allí haciendo tareas estúpidamente fáciles, hasta completarlas, al no tener nada más para hacer, me acerqué a uno de los polvorientos estantes de allí y tomé un enorme libro. Sin darme cuenta, los tres siguientes días que pasaba en la biblioteca, lo tomaba y continuaba leyendo, al cuarto día terminé... había encontrado otra cosa que lograba calmarme. Desde ese momento, comencé a meterme en más y más problemas para poder acceder a la biblioteca y leer diferentes libros extensos de diversos autores... no tardaron mucho en notar que yo era muy inteligente.
Luego de un año, cuando cumplí ocho un nuevo director tomó el mando en Stanfields y al parecer los demás profesores le habían advertido de mi comportamiento. Una tarde, me dirigía a su oficina para cumplir un castigo por haber pateado a uno de mis compañeros en el estómago, pero mi castigo no fue el mismo...
Ése hombre cerró la puerta del cuarto y comenzó a sermonear sobre la violencia, cosa que no me interesaba en lo absoluto, no hasta que llegó a la frase 'Ojo por ojo, diente por diente...' agregando que pagaría por cada golpe que mis puños liberaran. Eso no impidió que yo continuara defendiéndome o agrediendo... eso no evitó que ese tipo me golpee mil veces peor.
El mismo método era utilizado en todos los huérfanos de Stanfields por dos años. Dos años más en mi vida soportando patadas, bofetadas, jalones de cabello y hasta cortes. Desde la llegada de ese tipo los demás maestros se desquitaban con nosotros implementando su educación a base de violencia y miedo... todos les temían... todos menos Mihael Keehl, todos menos yo. Quizá eso era lo que incrementaba mis escarmientos. Aún así jamás dejé de escaparme de mi habitación para continuar leyendo... eso realmente me sedaba de una forma casi sobrenatural.
Era una noche de invierno cuando todo sucedió, cuando Watari me sacó de ese infierno, cuando L salvó mi vida. En ese tiempo él tenía sólo diecisiete años y yo diez. Había seguido la pista de un estafador con antecedentes violentos hasta el orfanato, ese delincuente era justamente el director. Desde ese día, L fue mi héroe.
A base de los expedientes de todos los demás niños, los promovieron a otros orfanatos, en cuanto a mí, sólo me sugirieron tomar unas pruebas. A la mañana siguiente, me llevaron a Wammy's House en Winchester. Me dijeron que debería crear un alias, ya que no estaba permitido llamarse con el verdadero nombre allí, yo sólo les respondí 'Llámenme Mello...'
##::##Flashback end#::##
Golpeaba con fuerza mi aparatito, pensando y recordando. Recordar siempre es difícil para mí. Posiblemente mi nuevo compañero de habitación, no se preocuparía en preguntarme el por qué de mi forma de ser, posiblemente no puede suponer mi pasado, pues alguna vez fui completamente diferente. Venir a Wammy's solo es el capítulo más tranquilo de mi algo complicada infancia.
-Recordar- murmuré mientras mi mente me llevaba a mis orígenes.
::##::Flashback::##::
Tenía apenas tres años, cuando vivía en Irlanda. Nací en la gran Escocia, pero mis padres eran del tipo que formarían parte de Green Peace o se unirían al ejército republicano irlandés (IRA) solo por ideales y precisamente eso fue lo último que hicieron. Mis padres tenían mucho cerebro, demasiado para mi gusto, así que eran unos expertos en el terrorismo y en el ataque sorpresa.
A mis tres años ya podía sostener un arma la cual era para mí un juguete, muy peligroso. Recuerdo que yo era la mascota del equipo, todos me cuidaban a su forma, a pesar de vivir en un antro sucio, nunca me quejé por falta de cariño, hasta que ese maldito día llegó...
Tenía apenas cinco años y mis padres se habían quedado conmigo en su guarida esperando la ejecución de uno de sus planes terroristas, cuando de la nada apareció uno de sus más allegados compañeros, cuyo nombre era Kail. Sin mediar palabras, el hombre que alguna vez llame amigo y tío, sacó de su funda un arma y apuntando directamente a mi padre, le disparó fríamente frente a mis ojos, luego apuntó a mi madre y disparó dejándola sin vida. Yo no me podía mover, pues mis piernas estaban completamente dormidas, mi atacante levantó su arma, apuntó directamente a mi cabeza y un disparo se escuchó. La sangre bullía del hombre, tenía un disparo en el hombro derecho y su arma cayó en el suelo, corrí hacia el arma y la tomé empuñándola con temor.
- Aléjate- balbuceé aun sin poder hablar bien mientras mis manos y cuerpo temblaban. Sin dejar de mirar a mi atacante me acerqué a mi padre que aun sostenía el arma humeante, con la cual había logrado herir a hombre, pero ese gesto fue un error, pues el hombre golpeó el arma que tenía en la mano, lanzándola lejos de ambos, para luego tomarme por el cuello y comenzar a golpearme. Con cada golpe mi mente se bloqueaba, se colocaba en un estado neutro, mientras mi corazón no daba crédito que el hombre que me había visto crecer, estaba golpeándome hasta la muerte. Como en el décimo impacto decidí morir, estaría mejor con mis padres, así que sencillamente cerré mis ojos que ya derramaban sangre y sentí como dejaba de respirar.
No sé cuántos días estuve inconsciente en un charco de sangre, pero cuando desperté entendí que era un huérfano y no un huérfano cualquiera sino uno de guerra, en un país desconocido para mí.
Los años y mi camino, me llevaron a solo mantenerme con un cigarrillo en la boca y la sed de vengarme de quien me había quitado todo lo que más amaba en el mundo. Solo tenía ocho, cuando a pie recorrí casi toda Irlanda, buscando a ese hombre y diciendo que era el padre que nunca conocí, hasta que lo encontré en el pueblo de Omagh en el condado de Tyrone. Pero no me tardé mucho en darme cuenta que no era el único que buscaba a mi atacante. Un hombre relativamente anciano seguía con fiereza a este asesino y fue cuestión de tiempo para que ambos nos encontráramos. El hombre se identificaba como Watari y buscaba a este tipo por ser un brutal asesino, pero nuestro encuentro fue algo accidentado, pues esa mañana fría, me dirigía a la entrada de la guarida de mi asesino, empuñando un arma con dos disparos, uno para él y uno para mí. Después de asesinarlo, me suicidaría y terminaría con mi vida.
Caminaba mientras el amanecer se levantaba y la bruma del anochecer comenzaba a dispersarse. Caminaba seguro que este sería mi maldito destino y estando a dos pasos de la puerta que separaba a mi objetivo, Watari apareció.
- Mail- dijo mi nombre y me hizo pensar que hace mucho tiempo no me llamaban así- Soy Watari, ven conmigo.- el hombre comenzó a caminar, mientras yo me quedaba mirando la puerta y aferrado a mi arma.- Siempre se pueden hacer las cosas de maneras diferentes, tú decides.- agregó mientras se detenía y me veía de reojo. Mi confianza y mi capacidad para hablar habían muerto junto con mis padres, pero no sé por qué confié en aquel anciano. Caminé en silencio detrás del hombre por varias cuadras hasta que llegamos a una pequeña casa, ambos entramos y adentro un grupo de cinco personas estaban frente a monitores y televisores con equipo, que en ese momento era desconocido para mí. Todo era apabullante, me sentía confundido en medio de tanta gente, hasta que mis sentidos estallaron y salí corriendo hacia un esquina de la habitación, en donde me refugié, colocando mis manos en mis oídos y meciéndome rítmicamente. Todos se sorprendieron frente a mi reacción, así que cesaron de hablar en el acto, Watari llegó a mi lado y tomándome de la mano, me llevó a una habitación vacía, llena de consolas y equipo.
- Quédate aquí- me ordenó y se fue. Pero en ese instante, algo pasó en mi cerebro... la curiosidad reemplazó el temor y lentamente me acerqué a aquellos equipos desconocidos para mí y allí conocí mi mayor habilidad, ser autodidacta. El bullicio del exterior ya no me afectaba y a medida que tecleaba y aprendía, mi cerebro entraba como en trance y pensaba con más claridad. En menos de dos horas, había roto la seguridad de los equipos y había acezado a los informes secretos y confidenciales de los investigadores. Mientras veía terribles fotos de hombres y mujeres brutalmente asesinadas, encontré un archivo cuyo nombre era Jeevas, mi apellido. Accedí al archivo y descubrí una horrible verdad, mis padres eran investigadores de alto elite, trabajaban encubiertos en la IRA, para desenmascarar este asesino que se había cobrado cientos de vidas, pero un pequeño error había sido suficiente motivo para que éste hombre los matara. En ese archivo, se decía todo sobre mis padres y sobre mí, pero sobre todo afirmaba mi estatus actual como "DESAPARECIDO". Pasé toda la noche aprendiendo y pensando hasta que por primera vez desde que murieron mis padres, decidí hablar. Salí de esa habitación y camine hacia Watari.
- Sé cómo detenerlo.- dije con seguridad. Todos los hombres se comenzaron a reír, todos menos Watari, que me veía serio.
- Entonces dime.- sentenció el hombre, tomé su mano y lo llevé a la habitación donde estaba. Pasamos horas en ese lugar, le mostré planos, posiciones e información que constituiría mi plan para vengarme de ese traidor. Él me miro y luego asintió.
- ¿Cuánto tiempo?- preguntó.
- Tres días.-dije y así por primera vez mi mente me dio las respuestas a todo lo que se necesitaba, mientras que Watari coordinaba a todo el equipo. Durante ese tiempo sin dormir y teniendo sólo ocho años, consumía tantos cigarrillos que la habitación donde me había encerrado, emanaba humo. Le había pedido a Watari, monitores donde seguir cada uno de los movimientos del equipo y él me dio todo lo que pedí, con algo adicional... unos googles que me pidió que usara y me harían sentir seguridad.
Pasaron los tres días, todos estaban en su posición y yo estaba solo con un hombre en el centro de comando. Las horas pasaban, mientras veía como Watari se aproximaba a la entrada de la guarida de aquel horrible hombre y deteniéndose a solo dos pasos, esperó a que éste saliera.
Mi plan en esencia era muy sencillo, Watari se acercaría al hombre diciéndole que había encontrado a aquel niño que había sobrevivido, el único testigo que podría llevarlo a la cárcel, cuando el hombre estuviera afuera, todos lo apresarían y ese hombre pagaría por cada cosa mala que había hecho, pero al pasar los segundos me daba cuenta que había algo que no estaba bien. La puerta se abrió, el hombre salió y consigo llevaba una mochila... en ese momento supe lo que haría. Sonrió y dejo caer la mochila, mientras Watari no retrocedía.
- ¡Muévete!- grité a la consola, bajando mis googles- Noooo nooo, mueveteee!- gritaba, me quite los auriculares y comencé correr, mientras la mochila y la risa de ese hombre se congelaba en uno de los monitores. No encontré nadie que me detuviera y eso sólo confirmaba mis temores, llegué al punto de encuentro, para solo apreciar como el hombre accionaba un sistema y de la mochila comenzaban a salir cientos de esquirlas que se dirigían hacia el cuerpo de Watari. Corrí con mayor fuerza y empujando con todo mi ser, derribe a Watari posicionándome sobre su cuerpo y llevando la mayor parte de esquirlas de aquella bomba casera. La sangre salía de mi cuerpo y de nuevo no sentí dolor alguno, Watari parecía inconsciente, mientras yo esperaba que alguien detuviera al asesino, pero esto no sucedió, pues la mitad del equipo fue asesinada por los compañeros de ese matón. Los pasos del hombre se sentían más cerca y sentí como desenfundaba de nuevo su arma, nos apuntó, disparó y el asesino cayó en seco. Un franco tirador, nos cubría y finalmente nos había salvado. Allí sobre el cuerpo de aquel anciano mi mundo se desvaneció.
Cuando desperté estaba en una gran casa, con muchas comodidades, muy lejos de Irlanda y la guerra, Watari estuvo también allí y por varios días, se encargó de mí, hablando sobre alguien que para mí era desconocido: el gran L. Hablaba como un padre y me explicó que esta era una investigación que él llevaba a cabo.
Con el tiempo, mis heridas comenzaron a cerrar, prefería siempre estar solo, pues no podía confiar y tampoco me gustaba hablar, Watari era el único a quien le permitía hablarme y acercarse.
Me realizaron, muchas pruebas extrañas, físicas e intelectuales y al parecer les sorprendieron los resultados. Pero esa fase de mi vida duró poco pues Watari me dijo que me llevarían a un orfanato donde me cuidarían y me dejarían estar a placer y cuando estuviera listo me llevarían a Wammy's House , pero antes de partir, me explicó que ya no podía usar mi nombre, así que me pidió que tomara uno, yo lo miré y dije:
- Matt- Era corto, no se necesitaba decir mucho, era perfecto. Partí de esa casa y llegué a mi viejo orfanato. Los días y los meses pasaban y yo me sentía brutalmente aburrido, hasta que en la navidad de ese año recibí un regalo; una pequeña consola que me pareció maravillosa, pero más maravillosa fue la tarjeta que acompañaba a este presente.
- L-murmuré lo que decía la tarjeta- Diviértete- Después de eso todos los años me regalaba una consola más moderna que la anterior, pero más allá del regalo estaba el hecho de que el fabuloso L tomara su tiempo para buscarme un presente.
::##::Flashback end::##::
Recordar era siempre un problema, mi pasado violento y lleno de conflictos, seguramente se escapaba de la imaginación de mi temible compañero de habitación. Pero ese pasado era precisamente, el motivo por el cual nunca perdía la paciencia, amaba la paz y la soledad, pero sobre todo, eso hacía que no pudiera confiar en alguien o socializar de forma normal. Suspiré, hasta ahora…
De un momento a otro, volví a presente y continué leyendo sin darle mucha importancia a mi pasado ni a mis pensamientos recientes. "- Un día vi ponerse en sol cruenta y tres veces.- y poco después agregaste:- ¿Sabes?... cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol...-
- ¿Estabas, pues, verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces?- El principito no respondió." Esa frase me devolvió a mis divagaciones... ¿Alguna vez sentí tristeza verdadera en mi vida? ¿Alguna vez él sintió tristeza por su pasado? Me pregunté frunciendo un poco el ceño... habían pasado unas buenas horas desde que llegué aquí a las cinco de la tarde No me arrepiento de nada que haya hecho hasta ahora... eso debería ser suficiente pensé respondiendo a mi primera pregunta mental reciente, que se suponía que era retórica. El sol se ponía efectivamente y la luz se hacía cada vez más escasa, eran las siete. Dejé mi habitación por mucho tiempo ya... más vale que todo continúe en su lugar. Me dije de pronto, cerrando el libro y bajando del árbol, saltando y cayendo de pié.
Caminé hacia el cuarto sin intenciones de apresurarme mientras rodaba mis ojos ante cada persona que veía pasar y una vez allí abrí la puerta.
Lo que encontré allí no me causó demasiada impresión tampoco, sólo era Matt sentado en su cama jugando con una PSP, con sus auriculares y googles puestos en la opaca habitación. ¿Es que acaso no se dignará a hacer otra cosa que no sea joder con ese aparatito? Me pregunté algo hastiado de la falta de capacidad para realizar otras actividades de mi nuevo compañero.
Sin mucha ceremonia, tomé asiento en mi cama, tomé un I-pod que recibí para navidad aquí y colocando unos pequeños y casi invisibles auriculares negros en mis oídos, presioné 'Play' en la sexta de Bach y abrí mi libro para progresar con mi lectura luego de encender una lámpara.
Mello había entrado a la habitación y sentí cómo mis entrañas se movían y el nerviosismo se posesionaba de mi cuerpo. Era imposible no verlo, era demasiado llamativo, no solo su físico sino su forma de ser. Noté que, como siempre, yo era ignorado. Brutalmente ignorado, me sentí como el cordero dentro de la caja, estaba allí pero no podía o no quería verme, pero a pesar de eso, mi mirada no se podía desviar de mi compañero de habitación, sin notar que no había puesto pausa a mi juego.
Fue en ese momento en que noté por mi vista periférica cómo la cabeza de Matt volteaba por unos segundos para percatarse de mi presencia y seguidamente escuché una maldición en abandonar su boca. HA! Perdió su partida en ese estúpido jueguito. A pesar de saber que había volteado a saludar quizá, me mantuve ignorante de sus acciones mientras retomaba la lectura de 'El principito' y sonreí. "- Conozco un planeta donde hay un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas.-" quise reír en ese mismo instante cuando mi mente torció las palabras de aquella frase... Conozco una habitación donde hay un chico pelirrojo. Jamás ha aspirado aire puro.Observé los cigarrillos... Jamás a salido de su cuarto. Era antisocial. No ha hecho más que jugar con un jodido aparatito.Mantuve mis carcajadas en el interior de mi mente, pero aún así no pude evitar que una sonrisa se posara en mis labios, una que seguramente había sido captada por sus ojos…
¿Sonrió? Noté extrañado y a la vez feliz. Era la primera vez que desde que llegaba a este lugar, que mi compañero de habitación sonreía y vaya que sonrisa. Era cálida, tierna y dulce, la sonrisa de un niño, que seguramente ha sido tan o más infeliz que yo, pero sobre todas las cosas lo que me extrañaba es que su presencia no me molestaba y lejos de inquietarme como siempre, él lograba calmarme y hacerme sentir seguro y eso por ahora era lo que me importaba…
