Capítulo IV
Mi forma de amar
Pasaron los días y evite a Kagome todo lo que me fue posible, me dolía verla sonreír, me dolía notar su felicidad y me dolía verla junto a Sesshomaru. No me costó demasiado dejar de coincidir, considerando mi trabajo y sus intentos por conseguir uno, tampoco había demasiada oportunidad. Mi jefes insistían en que les comunicara mi decisión de quedarme en Nagato o ir a Kioto, y yo no era capaz de deshacerme de la esperanza que algo cambiara, que Kagome abriera los ojos y me viera por fin.
Ese día había sido extraño, a pesar de ser verano, el cielo había permanecido encapotado y había llovido más de lo habitual. Cuando volvía del trabajo me encontré con Myoga que se iba, él se había encargado de nuestra casa durante años éramos tres hombres solos y estábamos fuera de casa gran parte del tiempo, por lo que necesitábamos de alguien que se encargara de parte de las labores.
- Myoga… ¿ya te vas?... – pregunté, con una sonrisa sincera. El hombre de apariencia bonachona.
Había sido de gran compañía para mí cuando aún estaba terminando la carrera. Mi padre y Sesshomaru ya trabajaban y yo habría regresado a una casa solitaria de no ser por la presencia de Myoga. El me enseñó a cuidar del jardín y a poner una lavadora de ropa. Cada vez que lo recordaba me reía internamente, muchas de las labores domésticas las conocía gracias a él.
- Han traído esto – me extendió una carta, en el sobre, la letra inconfundible de Kagome y el destinatario, Sesshomaru.
Era la primera carta que llegaba, desde que Kagome era la prometida de mi hermano, no pensé que llegarán más, incluso estaba esperando el momento en que se descubriera todo este asunto de las cartas, aunque aquello era una de mis menores preocupaciones, si sucedía me encogería de hombros sin más, seguramente caerían sobre mí recriminaciones y acusaciones, pero lo peor que podía suceder, ya había sucedido, Kagome estaba comprometida con mi hermano, nada podía ser peor que eso.
- Esta ya no es para mí – le dije mientras le devolvía la carta, que él no recibió.
Myoga me había solapado durante todos estos años, cuando recogía el correo, se encargaba de guardar las que había enviado Kagome y me las dejaba bajo la almohada de mi cama si yo no estaba. Recuerdo que muchas veces entré a mi habitación ansioso por encontrar algo de ella. Bebía de sus letras el amor, como un sediento bebe el agua, pero nunca era suficiente.
- Es a ti a quien le escribe – me animó él.
Negué en silencio pesaroso.
- Ella le escribe a su novio – deje de ofrecerle la carta al ver que él no la recibiría y acaricié con la mirada la forma de su letra.
Nos quedamos ambos en silencio un momento más, y luego él insistió con decisión.
- Bueno… yo seguiré separando la correspondencia y creo también, que si ella ha vuelto a escribir, es porque extraña al hombre del que se enamoró.
"El hombre del que se enamoró"
Me repetí aquello como una especie de armadura que deseaba enfundarme, si tan solo supiera que ella me extrañaba.
- Adiós muchacho – dijo Myoga, dándome un par de palmaditas en el hombro antes de irse.
- Adiós Myoga… gracias.
Lo miré mientras cruzaba la puerta de salida del jardín y luego miré la carta una vez más, la metí al bolsillo que tenía mi camisa a la altura del pecho y casi podía sentir como me quemaba el llevarla ahí. Entré en casa y estaba solitaria, era algo habitual para mí estar solo en casa, mi padre y Sesshomaru pasaban gran parte de su tiempo en la empresa de mi padre, yo por mi parte trabajaba asalariado y tenía un horario fijo, me reí con ironía. Jamás sería el hijo perfecto.
Subí a mi cuarto y me quité la camisa dejándola sobre la cama y volví a bajar. Abrí el frigorífico en busca de un refresco y me quedé un momento con la puerta abierta, mirando sin mirar, lo único que ocupaba mi cabeza era la carta que estaba en el bolsillo de la camisa y que parecía hacer el ambiente más denso, sin permitirme olvidar que ahí se encontraba. Finalmente saqué un refresco de manzana y lo abrí bebiendo el primer trago, mientras paseaba descalzo por la casa.
Me bebí un sorbo más del refresco, encendí el televisor y luego de vagar inútilmente por los canales, desistí. Miré por la ventana el jardín trasero y comprobé que había que desmalezar, el verano ya había hecho estragos y yo no había estado de humor para mantenerlo en condiciones. Intentaba mantener mi mente ocupada, pero no lograba quitarme la dichosa carta de la cabeza, Myoga me había dado un argumento al que podía apelar. Respiré profundamente y apoyé la cabeza en la puerta entre abierta que daba al jardín. Quizás había sido un egoísta, pero yo no pensaba enamorarme, cuando llegó aquella primera carta para Sesshomaru, solo pensé que hacía un bien.
- ¿Le entregas esto a tu hermano? – me dijo Myoga, entregándome una carta. El destinatario era Sesshomaru, pero el remitente era Kagome.
Recuerdo que aquello me causo asombro. Pero de todas maneras cumplí con lo que Myoga me había pedido en cuanto Sesshomaru estuvo en casa le entregué la carta, aunque no pude dejar de pensar en qué sería lo que decía aquella carta. Kagome era una chiquillas y como muchas que conocía, estaban ilusionadas con la imagen que veían se Sesshomaru, pero ellas no conocían el carácter frío y duro de mi hermano. A la mañana siguiente, antes de irme al instituto, luego que mi padre y Sesshomaru ya habían salido, entré en la habitación de mi hermano buscando algún indicio, entré mirando solo lo que había encima, no tenía intención de ponerme a revisar cajones como un demente, pero entonces vi la carta, no tuve que buscar mucho, estaba mal arrugada dentro del cesto de los papeles que Sesshomaru mantenía junto a su escritorio.
Una punzada de cólera se alojó en mi pecho. Me agaché y tomé la carta, luego el sobre, que estaba debajo, extendí el papel arrugado sobre el mismo escritorio y comencé a leer.
"Sesshomaru…
Sé que te preguntaras qué hago escribiéndote y aunque me costó mucho decidirme a hacerlo, quería que supieras que dentro de mi corazón, estás tú.
Si te decides a responderme, por favor, hazlo por intermedio de Sango.
Si lo haces, sabré que los sueños son posibles.
Kagome"
Aún recuerdo el sentimiento de congoja y rabia que me inundó, cómo podía mi hermano ser tan insensible ante los sentimientos de otras personas. Kagome y yo nos pasábamos la mayor parte del tiempo juntos, ignorándonos o molestándonos, esa era nuestra relación, pero era una buena chica, y por sus palabras en esta carta, sensible. Me quedé con aquella carta y la metí en un cajón de mi escritorio. Si Sesshomaru la había tirado sin miramientos, ya no le pertenecía.
Luego de aquello, me dediqué a observar a Kagome, la miraba durante los descansos en las clases, la acompañaba a ella y a Sango hasta casa y era consciente de su ansiedad, del modo en que miraba la calle en la que estaba nuestra casa cuando me separaba de ellas. Así que una noche, con la luz tenue de mi lamparilla de noche, les escribí la primera carta.
"Kagome…
Tus palabras han rondado por mi mente durante todos estos días y a pesar de lo difícil que pueda parecer, se han ido alojando en mí con pausa y convicción. No puedo ofrecerte amor aún, pero puedo ofrecerte este medio, para conocernos y hablar.
Con afecto.
Sesshomaru"
Las palabras fluyeron sin más, era lo que realmente sentía, sus palabras se habían alojado en alguna parte de mí, no estaba seguro si podía decir que se habían alojado en mi corazón, pero sí sabía que habían generado una inquietud que no conocía. La firma ya había sido otra cosa, ponerle una firma a esa carta me había costado más de lo que pensaba. Quería poner mi nombre, pero sabía que la ilusión de Kagome estaba puesta en otro sitio y si mi hermano no había sido capaz de ser receptor de aquellos sentimientos, yo le entregaría a Kagome un poco de la felicidad que se merecía.
El timbre sonó y me devolvió del recuerdo de aquellas primeras cartas, que había memorizado de tanto leer. Me dirigí a la puerta y sentí como si me golpearan el estómago dejándome sin aire cuando la vi.
- InuYasha – la escuché pronunciar mi nombre con algo de sorpresa, después de tantos días sin verla, me parecía que el recuerdo que conservaba de ella no le hacía justicia. El corazón se me paró y volvió a latir con un ritmo acelerado.
- Kagome… - susurré.
Y de pronto me sentí como un idiota de pie en la puerta, descalzo, sin camisa y con una lata de refresco de manzana en la mano. Genial, si esta era mi idea de superar a mi perfecto hermano, lo estaba consiguiendo, pero a la inversa.
Me miró y noté que se inquietaba, bajaba la mirada y la enfocaba en el piso, luego en el marco de la puerta y volvía a mis ojos. Un leve sonrojo le bañaba las mejillas.
- Quería… bueno… - titubeaba, mientras su miraba volvía a vagar por los rincones antes de enfocar la mía nuevamente – venía… - se silenció y por fin me miró a los ojos sin esquivarme - … venía a ver si se encontraba Sesshomaru.
Cómo me dolía el nombre de mi hermano en sus labios.
- No, no está – respondí con brusquedad, tanto que hasta me di cuenta de ello.
- Ya veo – dijo algo desilusionada y aquello contra toda la voluntad que había intentado tener estos días, me ablandó.
- Pero debería llegar pronto – intenté animarla. Realmente estaba loco.
- ¿Podría esperarlo? – me pidió con cierta cautela.
Y yo no fui capaz de negarme.
- Pasa – le indiqué, moviéndome a un lado para permitirle la entrada – iré por una camisa.
Se giró, mientras yo cerraba la puerta y me miró sonriente.
- ¿Puedo ir contigo? – preguntó con total naturalidad.
Ahí estaba la diferencia para Kagome entre Sesshomaru y yo, con él se sentiría nerviosa en un sitio tan intimo como su habitación, conmigo le daba igual.
- Como quieras – dije mientras comenzaba a subir los escalones de dos en dos.
La escuché tras de mí.
En cuanto entre en mi cuarto, lo primero que vi fue la camisa sobre la cama, me acerqué rápidamente y la hice un ovillo que fue a dar a un rincón del piso al que no le permitiría a Kagome acceder. La escuché reír tras de mí.
- No tienes que ser tan cuidadoso – me dijo, mientras avanzaba hasta mi cama y se dejaba caer sentada sobre ellas – he visto esta habitación en peores condiciones – continuó mientras probaba la resistencia del colchón.
Si ella supiera la cantidad de veces que la he soñado en esa misma cama.
Debo haber tenido una expresión acusadora, porque Kagome se quedó quieta y mirándome como si mí mirada le estuviera contando todos mis sueños. Y aquello me resultó tan íntimo y excitante que tuve que tragar para bajar el nudo en mi garganta y lograr hablar.
- Buscaré algo que ponerme. – dije mientras me giraba en busca de una camisa en el armario.
El silencio que se produjo en la habitación fue intenso, tanto que me temblaban las manos al intentar sacar una camisa del colgador. Cerré los ojos intentando calmarme y entonces escuché la puerta de entrada. No sabía si estar alegre o furioso.
Sesshomaru estaba en casa.
- Sesshomaru – la escuché decir y la miré. Se había puesto en pie de un salto y se dirigía hacia la puerta de mi habitación, ahí se detuvo y me miró – gracias.
- Por nada – le dije mientras me quedaba mirando la estela de luz que parecía dejar a su paso.
Dios, cuanto la amaba.
Me abalancé hacía la puerta y la cerré, me quedé un momento ahí, sosteniendo la puerta para que se mantuviera cerrada, con el peso de mi tristeza intentando abatirme y luchando para que no lo consiguiera. A pesar de tener la puerta cerrada, aún podía escuchar la voz de Kagome en la planta baja y su alegría y sus risas, que no eran para mí.
No podía dormir. Llevaba en la cama cerca de una hora, que se había convertido en un largo martirio de imágenes, recordaba a Kagome moviéndose sentada sobre mi cama y el deseo que me había invadido violentamente. Mi cuerpo reaccionaba ante las imágenes y mi cabeza respondía con ensoñaciones que me llevaban al delirio. La deseaba tanto como la amaba. Comencé a acariciarme en la oscuridad, soñando con que eran sus manos las que me tocaban, su boca la que comenzaba a darme placer y fui dejándome llevar por la fantasía de su cuerpo, de sus besos. La visión inalcanzable de poseerla, de hacerla mía. La vi, agitándose sobre mí, con ese hermoso cabello azabache desordenado y sus rizó acariciándome la piel, sus pechos sacudiéndose y su voz susurrando mi nombre. Mientras yo susurraba el suyo, angustiado, ansioso y con los ojos humedecidos.
Me quede ahí en la oscuridad, sintiéndome un inmundo mentiroso. Jamás sería digno de su pureza.
Me giré y me ovillé imaginando que la tenía entre mis brazos. No recuerdo en qué momento llegó el sueño finalmente, pero recuerdo la vigilia y el padecimiento.
Llegó la mañana y como cada día todos nos preparábamos para un nuevo día de trabajo. Me di una ducha intentando limpiar con el agua los pecados de mi naturaleza masculina. Muchas veces me preguntaba si las mujeres sufrirán de este mismo instinto que nos lleva al delirio. Alguna vez me imaginé teniendo con ella, largas conversaciones de este tipo luego de hacer el amor.
Sacudí la cabeza intentando despejarme, bajo el chorro de agua más fría que caliente, esa mañana me hacía falta.
Me vestí con prisa, ese día llegaba tarde y antes de salir de mi habitación recordé la carta, que seguía en el bolsillo de mi camisa, tirada en un rincón. La miré desde la puerta y me devolví para recogerla y guardarla esta vez en la camisa que llevaba. Aunque no fue hasta la tarde que pude leerla. Siempre me había gustado leer sus cartas en un sitio que me permitiera evadirme y centrarme solo en la magia de sus palabras.
Sabía de antemano que esta carta no podía responderla, pero de todas maneras la abrí y me sumergí en su letra.
"Mi amor…
Te escribo, esperando encontrarnos a través de las palabras. Cuando estoy junto a ti, te abrazo y te beso, pero hay algo que no es igual, me faltas tú y eso me entristece. Cuando me sentí libre de ser como en nuestras cartas con la misma sinceridad y confianza, te lo dije y tus ojos me miraron con incertidumbre. Quizás te cuesta abrir tu alma, así que volveré a encontrarte por este medio, como siempre.
Desde mi corazón, para ti."
Me quedé sentado releyendo sus palabras.
"…me faltas tú y eso me entristece…"
Caminé hacía casa con lentitud, la tarde se iba apagando en el horizonte y yo no lograba dejar de pensar en Kagome y en el daño que le podía estar haciendo.
Me encontré con Sango, que se quedó de pie frente a mí y me miró seriamente.
- Vengo de tu casa – me dijo – tenemos que hablar.
- Dime – se notaba muy inquieta, pero me tomó del brazo en dirección contraria a la que yo llevaba hasta entonces.
- Pero no aquí.
Cuando comenzamos a caminar, escuché la voz de Kagome que venía hablando con alguien. Tuve el impulso de darme la vuelta, pero entonces Sango me habló.
- No te hagas esto – la miré y comprendí.
Cuando llegamos hasta su casa, me senté en la escalerilla que había para llegar a la puerta de entrada. Ella se acomodó junto a mí.
- Hasta dónde piensas llevar esto – me dijo con la voz más calmada.
Miré las piedrecillas que formaban un pequeño camino en el reducido antejardín. Sango había sido mi amiga desde hacía mucho, un día me descubrió echando una de las cartas para Kagome en su buzón y aunque intenté engañarla diciéndole que era un favor que le estaba haciendo a mi hermano, no logré convencerla.
- Soy un egoísta Sango, quiero atarla a mí… y tengo tanto miedo de perderla para siempre –le dije enredando los dedos en mi cabello – no me la merezco – hice una pausa resignándome – Para mí ha terminado.
- Para Kagome no – entonces la miré – ella cree que está enamorada de Sesshomaru, pero en realidad está enamorada de la ilusión que has creado para ella todos estos años.
Suspiré.
- No he creado una ilusión Sango… me he entregado en esas cartas por completo. – le dije con sinceridad.
- Lo sé – me respondió, mientras ponía su mano sobre mi brazo, brindándome su apoyo. – pero Kagome está comprometida para casarse con un hombre al que no ama.
- Sí lo ama Sango – aseveré levantando la voz, enfocándome en sus ojos – lo ha amado toda su vida.
Ella se rió suavemente, miró a lo lejos y me dijo.
- Kagome te ama a ti… solo que aún no lo sabe.
Como podía esa simple frase hacerse tan grande en mi vida, parecía como si todo hubiera dado un giro y el miedo en mi interior se hacía más grande, hundiéndome, pero la esperanza también crecía y me elevaba hasta el cielo mismo.
Continuará…
Ayyy… pobre Inu, sigo pensando que se ha metido en un lío grande, pero a él lo único que en realidad le importa es la felicidad de Kagome, aunque no haya hecho bien las cosas.
Espero que les vaya gustando la historia, ahora sí me tengo que poner de cabeza con el capítulo de La Danza que es para mañana y como mis fines de semana están comprometidos, creo que no nos veremos hasta el lunes con este fic.
Muchas gracias por los mensajitos y disculpen las faltas, con las prisas me equivoco y no tengo por costumbre revisar… eso lo tengo que cambiar.
Besitos y recuerden… su review es mi sueldo.
Siempre en amor.
Anyara
