Respuestas a los reviews:

Kashu Utau! Me alegra que te haya gustado el fic. Espero que esté a la altura los siguientes capítulos. Jajaja, creo que sí que lo va a estar! ;)

Mariko: No es la novela de Tasuki, aunque el pasado de Genrou en el fic lo he basado en la novela, pero en el próximo capítulo ya no tendrá nada que ver con ella. ^^ ¡Muchas gracias por su comentario!

Portaphyro: Muchas gracias por tus ánimos! Me alegro mucho que te gusten mis fics, Hope está actualizado desde el fin de semana pasado. Espero tus comentarios! ;)

Os dejo con el fic. ¡Que lo disfrutéis!


- ¡Silencio! – ordenó Hakkourou. Al instante, todos los desaliñados bandidos que habían estado armando jaleo en la gran sala callaron para observarle con respeto.

La fortaleza de los bandidos disponía de amplias y cómodas estancias para el uso y disfrute de sus habitantes. Aquella en la que se encontraban era donde solían reunirse para que Hakkourou les explicara las próximas misiones. Tenía los techos altos y adornados con retablos, y hermosos grabados en la madera de las vigas.

Por todas partes podía apreciarse la gran riqueza que poseía Hakkourou, impresionantes y costosas obras de arte solían abrir el paso de los visitantes por los pasillos y estancias, y los exteriores, repletos de cuidados jardines y fuentes, no eran menos ricos.

Tasuki se hallaba entre las numerosas personas que se habían congregado aquel día en la Sala de Reunión. Había pasado ya un año desde que abandonara su aldea, huyendo del pésimo trato que recibía de su familia, y no se había arrepentido ni un momento. Desde el principio, había gozado de un trato especial por parte del jefe de los bandidos, quien le había entrenado personalmente en muchas técnicas de lucha y artes marciales, comprobando con satisfacción lo rápido que aprendía el chico.

Tasuki estaba siendo instruido en muchas otras cosas. Hakkourou consideraba muy importante la educación de sus hombres, y todos sabían leer y escribir. Los más jóvenes, además, recibían clases de matemáticas, filosofía e historia. El jefe no quería ignorantes en su banda. Necesitaba mentes calmadas, despiertas y ricas, no incultos impulsivos que le llevaran al fracaso en las múltiples misiones a las que les enviaba.

El muchacho de los ojos dorados se hallaba con un grupo de jóvenes de entre 14 y 19 años, con los que compartía sus jornadas de aprendizaje y entrenamiento. Tasuki sobresalía con creces por encima de ellos, sobretodo a la hora de la batalla. El chico sacaba ventaja fácilmente en cualquier pelea, fuera la que fuera la táctica que utilizara el enemigo, aunque no era muy común que los chicos pelearan, Hakkourou no lo permitía. De todas formas, solían arreglar sus rencillas en los entrenamientos que compartían, y siempre salía alguien con el labio o la nariz rotos.

- Os he reunido aquí para explicaros la que será una de las más difíciles misiones a las que nos enfrentaremos. – Hakkourou guardó silencio unos segundos, y nadie habló durante ellos, sólo se oía alguna tos apagada o algo de movimiento. – Será en la casa de Ju-Chien.

El silencio que con tanto respeto habían guardado, fue roto por algunas pequeñas exclamaciones de sorpresa. Casi todos los bandidos se hallaban mirándose unos a los otros. Tasuki, en silencio, observaba a su alrededor el murmullo que se había formado. Incluso en su propio grupo, algunos jóvenes habían empezado a comentar en voz baja lo que Hakkourou había dicho.

- Ya he dicho que será una de las más difíciles. Supongo que todos sabéis que Ju-Chien es una de las personas más influyentes de Konan, y también una de las más mezquinas. Tras su aparentemente limpio negocio de cría de caballos, se dedica al contrabando de esclavos. Hace ya muchos años que actúa por los poblados más pobres, llevándose a las personas que no pueden pagarle los tributos que exige y comerciando con ellos, privándoles de su libertad. – Hakkourou caminó por la sala, moviéndose entre sus hombres y evaluando su expresión. – Los espías me informaron hace sólo 3 días de un pasadizo secreto que conduce directamente a las mazmorras del palacio que Ju-Chien posee. Así que entraremos y nos llevaremos sus más preciadas posesiones. Ya va siendo hora de que le demos un escarmiento a ese mal nacido.

Una exclamación unánime de los bandidos le mostró a Hakkourou que sus hombres compartían el mismo sentimiento hacia el traficante de esclavos. Casi todos provenían de aldeas pequeñas y conocían algún caso de secuestro por parte de Ju-Chien, algunos de ellos incluso, lo habían sufrido en su propia familia. Pero Ju-Chien era demasiado poderoso para hacerle frente, cegados por la venganza. Además era demasiado escurridizo y sabía disimular y ocultar muy bien sus verdaderos quehaceres, sobretodo en frente de la autoridad o de la guardia real.

- Ya he decidido quienes de vosotros formaréis el grupo de asalto– Hakkourou se dispuso entonces a decir los nombres de los bandidos que iban a participar en la misión.

Tasuki observaba a todos, impasible. Había presenciado muchas veces otras reuniones de la banda, en las que Hakkourou repartía el trabajo y decidía quién participaba. Todas las misiones eran un éxito y siempre volvían todos los bandidos sanos y salvos, exceptuando algún que otro golpe por alguna escaramuza sin importancia.

Los jóvenes y los aprendices no participaban en misiones como aquella, Hakkourou les permitía acompañar a los bandidos cuando se trataba de asuntos menos complicados, así que los alumnos de Hakkourou se limitaban a observar, curiosos, los preparativos de las expediciones.

El chico, comenzó a pensar en todo lo que el jefe les acababa de explicar acerca de aquel hombre, Ju-Chien. No sabía que pudiera existir alguien que fuera capaz de privarle a la gente de su libertad. Imaginaba su aldea, asaltada quizás por los secuaces de Chien, y a sus antiguos amigos, Sayuri, Kafu y Ren siendo apresados por él y sometidos a la esclavitud. Nadie tenía derecho a esclavizar a otra persona.

El chico apretó sus puños, furioso, y no se percató de los últimos nombres que Hakkourou había pronuciado, hasta que el muchacho que se hallaba a su lado le dio un codazo, para hacerle volver de sus cavilaciones. Tasuki dio un respingo, sobresaltado por este gesto, y miró con el ceño fruncido al chico que le había agredido. Este le devolvió la mirada indicándole con la cabeza que prestara atención.

- Genrou, tú vendrás en el grupo de asalto. – concluyó Hakkourou.

Tasuki dudo si había oído bien. Miró a su alrededor y vio que todos los chicos le miraban, sin dar crédito. El resto de bandidos le observaban sorprendidos también, pero ninguno le dijo nada. La banda comenzó a desalojar la sala, dejando a Tasuki plantado en su sitio, como si hubiera echado raíces.

El chico se apresuró a buscar a Hakkourou con la mirada y le vio observándole desde el otro lado de la sala.

- ¡Vamos, Genrou! ¡No tenemos todo el día! – Le dijo el jefe.

Tasuki, empujado en parte por sus jóvenes compañeros, reaccionó como un resorte, comenzando a caminar rápidamente hacia la puerta por la que Hakkourou acababa de pasar, encontrándose al otro lado con un grupo reducido de bandidos, que le miraban con algo de desconfianza. El chico frunció el ceño, devolviéndoles la mirada y demostrándoles que no le intimidaban en absoluto.

El muchacho se mezcló entre los hombres, esperando en silencio las instrucciones de Hakkourou, sin poder obviar las miradas que sentía clavadas en su persona, y sin poder explicarse porqué el jefe le requería en aquella misión, siendo aún un aprendiz.

Hakkourou dio las órdenes pertinentes. El grupo de asalto se introduciría por el túnel secreto hasta las mazmorras, desde las cuales accedería a la mansión y se llevaría las posesiones más preciadas y valiosas de Ju-Chien. Hakkourou iría con ellos, liderándolo.

Cuando la reunión se dio por concluida, todos los hombres salieron de la sala. La misión sería llevada a cabo al día siguiente, a medianoche. A medida que los hombres abandonaban la sala, miraban a Tasuki con algo de desconfianza en los ojos. No se explicaban que tenía aquel chico que había despertado aquel interés en el jefe. No sabían cual era el motivo de llevar a un aprendiz tan joven a una misión tan difícil.

La sala quedó vacía. En el medio de ella, Tasuki cavilaba. Mil pensamientos acribillaban su cerebro a la vez, y el muchacho no sabía qué hacer a continuación.

- ¿Tienes miedo? – preguntó una voz a su espalda. El muchacho se giró y vio a Hakkourou, limpiando con un paño la hoja de su espada.

- No, señor. – se apresuró a contestar él.

- Entonces, ¿qué te preocupa? – volvió a preguntarle el jefe. Tasuki bajó sus ojos de color ámbar hasta el suelo. No sabía realmente qué era lo que le preocupaba, todo había pasado tan deprisa que no había tenido tiempo ni a hacerse a la idea. – No te preocupes. Esta será tu primera misión, y el primer golpe siempre es difícil para todo el mundo.

- ¿Por qué yo? – preguntó finalmente Tasuki. Enfocó de nuevo su vista hasta los duros ojos de Hakkourou. – Tiene alumnos mucho más fuertes que yo, y más experimentados. ¿Por qué me ha escogido a mí?

- Tengo un buen presentimiento respecto a ti, y mi instinto nunca me ha fallado. – Hakkourou se acercó al chico, envainando su espada y le tomó por los hombros. – Tus compañeros pueden ser más fuertes, sí, pero eso no les hace mejores. Con sólo 15 años has demostrado más valía que muchos hombres de más de 30, Genrou. Tú tienes un potencial que ninguno de ellos tiene, tienes sangre fría, te anticipas a todos los ataques, y tienes un sexto sentido para presentir el peligro. Lo has demostrado muchas veces. Además, eres capaz de enfrentarte a cualquier peligro cara a cara, sin inmutarte. – Hakkourou se enderezó, sonriendo ampliamente. – Tienes razón, muchos chicos son más fuertes que tú y tienen más conocimientos, pero no están preparados. Tú sí que lo estás.

El jefe le observó unos instantes, en los que Tasuki le devolvió la mirada, aquella mirada llena de fuego que tanto apreciaba Hakkourou. Luego, dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Pero justo antes de llegar, se detuvo en seco.

- ¡Ah! Casi lo olvido. – dijo, variando su rumbo y dirigiéndose a una puerta en la sala, que abrió con una llave.

Se trataba de su armería personal. Allí Hakkourou guardaba toda clase de armas las cuales utilizaba de vez en cuando, dependiendo de la misión. El jefe entró en la pequeña habitación y Tasuki, con curiosidad, se acercó tímidamente, alargando el cuello para vislumbrar en la oscuridad de aquel pequeño arsenal lo que Hakkourou estaba haciendo. Tras un momento en el que se oía el sonido de metales entrechocando unos con otros, el jefe emergió de aquella habitación con un objeto alargado en las manos y cerró la puerta tras de sí.

- Necesitarás un arma. No puedes entrar en la casa de aquel cabrón sin una buena espada.

Hakkourou se acercó a Tasuki, que le miraba con extrañeza, y le tendió una espada corta guardada en su vaina. El muchacho, sorprendido por aquel gesto del jefe de los bandidos, vaciló antes de tomarla entre sus manos, con algo de timidez. El arma no era muy pesada, lo cual tampoco habría sido un problema para él, puesto que sus brazos se habían musculado por el entrenamiento. Tasuki la desenvainó a medias, observando que era una espada corta de doble filo, con una inscripción en la hoja de lo más extraño. No entendía aquellas letras. La empuñadura estaba forrada en suave cuero, y el pomo era casi esférico, con algunos dibujos labrados. La cruz de la espada era plana, del mismo grosor que la hoja, con los mismos dibujos que el pomo. La cruz y el pomo estaban ennegrecidos por el paso de los años, pero aquello no deslucía la espada, que contaba con una extraña hoja, de la cual la cuarta parte más cercana a la cruz se hallaba ricamente grabada con los mismos dibujos que habían en la empuñadura, y estaba separada del resto de la hoja, ya lisa, por dos pequeños filos perpendiculares a ella, que actuaban como un arpón en las heridas.

- Señor, yo… Yo no puedo aceptar esto. – dijo Tasuki con respeto, sin dejar de mirar la espada.

- Entonces explícame de dónde piensas sacar una espada ahora. – le dijo el jefe - Tómalo como un préstamo que tendrás que pagarme cuando cobres tu parte del robo.

Tasuki sonrió, enseñando ligeramente un colmillo y miró a Hakkourou. Este siguió hablando.

- Es una magnífica espada, Genrou. Es de los pueblos bárbaros de las tierras del norte. No encontrarás otra igual. Cuídala bien, y sácale provecho. Y habitúate a ella porque a partir de ahora es TU espada.

Hakkourou abandonó entonces la sala, dejando a Tasuki observando el arma que su maestro le había dado, contento.

La noche siguiente la oscuridad era insondable. El ruido de los animales del bosque rodeaba la mansión de Ju-Chien, que se hallaba en calma, envuelta en un extraño silencio.

Los guardias de la fortaleza hacían su ronda sin decir una sola palabra para no romper aquel silencio sepulcral. Ataviados con sus uniformes y sus espadas, vigilaban los pasillos de la mansión asegurándose de que nadie osaba perturbar el descanso de su señor.

Pero en la profundidad del castillo, enterrados bajo el suelo, un grupo de hombres se adentraba en los dominios de Chien en completo silencio, con parte del rostro y los brazos pintados con pintura negra para camuflarse entre las sombras. Habían recorrido aquel túnel secreto durante 10 minutos, sin encontrar a nadie que se hallara vigilando.

La entrada del túnel estaba en el bosque. Se accedía a él mediante unas escaleras que descendían varios metros en el subsuelo y que habían permanecido ocultas por una trampilla que, con el paso de los años y el desuso, se hallaba completamente cubierta de musgo y otras plantas, lo que la había hecho invisible para cualquiera que hubiera pasado por al lado.

El grupo de asalto, liderado por Hakkourou, se hallaba muy cerca de su destino, las mazmorras de la mansión. Llegaron hasta el final del túnel, que estaba tapiado, y, alumbrados por una antorcha, tantearon con los dedos para buscar la forma de atravesar aquella pared. Se dieron cuenta en seguida de que se trataba de tablas de madera y que en un pequeño tramo, aquellas tablas tenían un borde muy definido. Aquella pared tenía una puerta.

El jefe ordenó mediante gestos la apertura de la puerta, y dos de sus hombres se dispusieron a trabajar en ello. Con las dagas fueron dibujando los bordes de la puerta, inflados por la humedad y sellados al dintel. Al cabo de 15 minutos, la puerta era perfectamente visible desde el lado del túnel, y los hombres comenzaron a abrirla. Consiguieron hacerla girar sobre sus goznes con algo de dificultad, ya que había permanecido cerrada durante muchos años, pero poco a poco, consiguieron una abertura suficiente para el paso de los hombres, de uno en uno.

Hakkourou pasó el primero, seguido de su segundo al mando y del resto de hombres. Tasuki se introdujo por la abertura de la puerta y vio que se hallaban dentro de una mazmorra, en un rincón completamente oculto por las sombras. Lo que vio allí le provocó un vuelco en el corazón.

En aquel húmedo y hediondo agujero, decenas de personas dormían o permanecían despiertas en silencio, encerradas en celdas con barrotes, aguardando a que Ju-Chien decidiera venderlos o disponer de ellos a su voluntad. Mientras Hakkourou y otros hombres se adelantaban por unas escaleras que ascendían por una pared, Tasuki observó en silencio aquella gente.

No había visto en su vida algo igual. Estaba ante un grupo de esclavos. Sólo el sonido de aquella palabra le hacía estremecerse. Esclavos. Gente privada de su libertad y sometida a las órdenes y el bárbaro trato de otra gente sin recibir nada a cambio excepto algunos azotes y alimentos medio podridos. Sólo podían aspirar a tener un amo que les tratara con clemencia. La única liberación a la que optaban era la misma muerte.

Tasuki caminó lentamente junto a los barrotes que le separaban de aquellas personas. Los ojos de aquella gente eran ojos sin vida, que a pesar de todo el sufrimiento, le miraban suplicantes, sin atreverse a moverse, o a hablar siquiera para no atraer a los guardias. Las pocas personas que se hallaban despiertas, les observaban en silencio, atentos, desconociendo el motivo por el cual habían entrado allí, pero sin atreverse a pronunciar palabra. Algunos llevaban tanto tiempo encerrados que ni se molestaban en tratar de atraerlos con la mirada o con algún gesto para pedirles que les sacaran de allí.

Tasuki detuvo sus pasos. Se paró frente a una visión que casi le hizo perder el aliento. Se hallaba frente a un niño pequeño, apenas debía tener 4 años de edad y tenía la espalda marcada por latigazos. El niño estaba en el regazo de su madre. Tenía fiebre y seguramente las heridas estaban infectadas. La mirada vidriosa de su madre le mostraba la preocupación que la mujer tenía por su hijo, y parecía pedirle ayuda a gritos, sin decir una sola palabra.

Una tos llamó su atención. Una chica, de más o menos su edad, tosía, con la mirada perdida en algún punto de la mugrienta pared frontal. Sus ojos, hundidos, sus labios agrietados y su pobre cabello, poco y malo auguraban para el futuro de la joven, cuyo aspecto aparentaba como si su vida se estuviera escapando de entre sus dedos a cada segundo que pasaba.

De repente, Tasuki sintió una mano que estiró de él hacia atrás con rudeza. El pelifuego se giró deprisa, alertado por aquel súbito gesto y se encontró con la mirada asesina de un muchacho dos años mayor que él. Formaba parte del grupo de asalto y aquella era su cuarta misión. Tenía el cabello azul oscuro y los ojos verdes. Una cinta amarilla anudada detrás de la cabeza le tapaba la frente.

- No te separes del grupo, y no hagas el idiota. – siseó entre dientes el muchacho, agarrando a Tasuki de las solapas de su chaqueta. Le empujó hacia delante de él, antes de arrearle una patada en el trasero para obligarle a seguir.

Tasuki obedeció a regañadientes sin poder evitar volver a mirar a las personas que en tan lamentables condiciones se encontraban encerradas en la mazmorra.

Hakkourou hizo un silencioso gesto desde la parte superior de las escaleras, indicando al resto de sus hombres que la zona se hallaba despejada, y volvió a desaparecer en la negrura del hueco de la puerta en la que desembocaban los empinados escalones.

El grupo subió en silencio las escaleras, desenvainando sus espadas a medida que avanzaban. Tasuki imitó a sus compañeros y desenvainó su espada bárbara, sujetando con firmeza la empuñadura y controlando su respiración. Cuando atravesó la puerta, vio que a la derecha había el cuerpo de un guardia tendido en el suelo, probablemente el carcelero de la mazmorra.

Los bandidos avanzaban en silencio, escondidos por las sombras de los desiertos pasillos, evitando aquellos en los que los guardias rondaban.

Poco a poco avanzaban por la mansión, como escurridizas serpientes, como invisibles espectros. Tasuki, imitaba al resto de bandidos, tratando de no ser visto y de no hacer ningún ruido que pudiera alertar a la guardia. Hasta contenía su respiración, escondido en las sombras, cuando algún hombre de Chian se hallaba a pocos metros.

Ocultos tras estatuas, columnas o cortinas, fueron avanzando poco a poco hasta llegar a la puerta de una estancia que parecía ser los aposentos principales de la fortaleza.

Sigilosamente, Hakkourou accionó el picaporte de la puerta, mientras uno de sus hombres aplicaba un ungüento pastoso en las visagras, para amortiguar el chirrido.

En silencio, el grupo de bandidos se coló en aquel aposento, iluminado débilmente por la luz de la luna, en el que pudieron comprobar que dormía un hombre de aspecto rudo, gordo y con una barba bastante larga. Las arrugas cruzaban su rostro, haciendo su aspecto aún más inquietante.

El jefe se dirigió hasta el lecho donde descansaba aquel hombre y le tapó la boca, para evitar que gritara. El desconocido se despertó súbitamente, con sus gritos ahogados en la mano de Hakkourou que le miraba con gesto duro y ojos fríos como el hielo.

- Hola, Ju-Chien. – Murmuró en un tono de voz grave. Una maléfica sonrisa cruzaba el rostro del bandido y su ceño, fruncido, daba a entender al traficante que no había llegado allí en son de paz. – Te soltaré si prometes guardar silencio, de lo contrario te atravesaré con mi espada. – dijo, acercando la punta de su arma al cuello del hombre, que miró de reojo la afilada hoja temiendo por su vida.

Con la respiración entrecortada y acelerada, Ju-Chien asintió con la cabeza. Hakkourou le soltó, permitiéndole respirar con más facilidad, sin dejar de amenazarle con el filo de su espada.

- ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? – preguntó casi exigiendo, el dueño de la mansión. El jefe le miró endureciendo aún más el gesto.

- Aquí soy yo quien hace las preguntas. ¿Entendido? – preguntó, apretando el filo de su espada contra el gaznate del hombre. Este abrió mucho los ojos y asintió con la cabeza.

Tasuki, nervioso, aguzaba el oído hacia el exterior del dormitorio, pendiente de cualquier ruido para prevenir a sus compañeros.

- Perfecto. – dijo el jefe, satisfecho con el silencio de Chien - Ahora, nos vas a conducir hasta la sala donde guardas tus tesoros, y luego vendrás con nosotros.

Dicho esto, Hakkourou agarró al hombre de la camisa y lo sacó de la cama de un tirón. Este se levantó y el jefe volvió a agarrarle de la parte trasera de su ropa, evitando que huyera, mientras que con la otra mano apretaba la punta de su espada contra la espalda del gordo traficante.

- Camina. Vamos. – exigió Hakkourou, obligando al hombre a caminar en silencio.

Salieron de nuevo al pasillo, por el que caminaron, guiados por el rehén, y ocultos de nuevo entre las sombras. Tras subir por unas escaleras llegaron a una habitación, escondida tras unas cortinas, y al atravesar la puerta se encontraron de frente con uno de los más grandes tesoros que habían visto. Obras de arte, joyas, cofres con dinero y piedras preciosas llenaban la estancia, robando el aliento de los bandidos por unos instantes.

- Coged lo que queráis, pero no me matéis – suplicó Ju-Chian, entre sollozos. Hakkourou le miró con una sonrisa en su rostro.

- Por supuesto, gracias por tu consejo. Aun tienes que acompañarnos un trecho. – contestó el bandido, helando la sangre de Chian, que cayó al suelo de rodillas.

Tasuki observó a los bandidos introducir todo lo que podían en los sacos que habían traído, entre risas nerviosas y ahogadas. Él no podía evitar mirar hacia la puerta. Temía que en cualquier momento les encontraran allí.

Pero todo fue muy rápido, y antes de lo que había imaginado, ya habían llenado los sacos con la mayoría de las valiosas piezas que contenía la habitación, y se preparaban para huir.

Salieron de la estancia de los tesoros en silencio, vigilando incluso más que antes por no ser descubiertos. Tasuki, con su espada desenvainada, tenía los 5 sentidos puestos en detectar cualquier ruido: unos pasos, una respiración, lo que fuera que pudiera ponerle sobre aviso de que se acercaba alguien.

Llegaron por fin a las escaleras que dirigían a la mazmorra, y comenzaron a bajarlas rápidamente y en silencio. Uno a uno, los bandidos y los sacos con el botín fueron pasando a través del hueco de la puerta escondida, que habían dejado abierta, y uno a uno fueron desapareciendo en la oscuridad del túnel.

Tasuki, esperaba junto al otro muchacho a que todos hubieran huido, vigilando el acceso a la mazmorra, esperando un ataque de los guardias. El pelirrojo, miraba las escaleras que descendían hasta aquel pútrido lugar, y dirigía furtivas miradas a las celdas repletas de personas que le miraban con ojos suplicantes, reclamando piedad en silencio.

El muchacho, pasaba su vista rápidamente de las escaleras a las celdas y de éstas a su compañero, que, con el ceño fruncido hacía lo propio con sus compañeros, los cuales casi habían atravesado todos la puerta.

Por fin, sólo quedaron ellos dos. Ambos muchachos intercambiaron miradas antes de dirigirse rápidamente hacia la puerta.

- Ve tú primero, yo me aseguraré de que no nos siguen – susurró Tasuki al chico de cabellos azules.

- ¡Apresúrate! No tenemos mucho tiempo – le dijo el chico, antes de desaparecer por el oscuro túnel.

El muchacho de cabellos de fuego, miró con desesperación a las celdas que encerraban aquellas pobres personas, indeciso. Y cuando se había decidido a irse, notó unos ojos que le miraban. La muchacha de la mirada perdida había clavado su mirada en él.

Tasuki contuvo la respiración. Aquellos ojos, llenos de tristeza y de dolor, parecían pedirle ayuda, parecían clamar por su piedad en silencio.

Apretando los dientes, el muchacho dirigió una última mirada al oscuro túnel, antes de dirigirse de nuevo junto a las celdas, buscando la puerta.

La vieja y oxidada puerta de la prisión estaba trabada con cadenas y un candado. Tasuki miró con desesperación alrededor suyo, buscando la llave o algo con lo que pudiera forzar aquel candado, sin éxito.

El muchacho, se pasó la mano por el cabello, alborotándoselo, y mordió sus labios. En el interior de la celda, los prisioneros le miraban alertados por su comportamiento, y muchos de ellos habían despertado y se habían acercado a la puerta, adivinando las intenciones del chico. Algunos quejidos comenzaron a oírse y Tasuki se llevó los dedos a los labios para pedirles silencio. Pero aunque habían durado poco, aquellos sonidos alertaron a los guardias, cuyos pasos comenzaron a acercarse hacia la mazmorra.

Tasuki escuchó el ruido de pasos que retumbaba en aquel lúgubre lugar, acercándose por los pasillos superiores, y entonces, sin pensarlo, desenvainó su espada y comenzó golpear violentamente el candado y las cadenas que trababan la puerta.

El ruido era ensordecedor y subía a través de las paredes alertando del todo a los guardias de la fortaleza, que se dirigían hacia allí corriendo lo más rápido que podían.

Al cabo de una decena de furiosos golpes, el candado se rompió, y Tasuki sacó las cadenas de los barrotes apresuradamente, con las manos temblando.

Los prisioneros empujaron con violencia la puerta de la celda y Tasuki se apartó para permitirles pasar. Aquella desesperada muchedumbre se arrojó contra la puerta del túnel, abriéndola con violencia de par en par, permitiendo así el paso de todos ellos.

Tasuki observaba la huída de aquellas personas sin saber exactamente porqué estaba haciendo eso. No sabía si se había vuelto loco o si lo había echo por algún motivo lógico. Lo que estaba claro era que allí estaba él, sólo, sin el apoyo de sus compañeros, aguardando a que los prisioneros acabaran de salir por el túnel para huir tras ellos, mientras esperaba a los pies de la escalera a que aparecieran los primeros guardias, los pasos de los cuales ya resonaban por el pasillo superior que desembocaba en la mazmorra.

Tasuki echó una última ojeada a la celda. Tan sólo quedaban la mujer y el chiquillo de la espalda herida. La madre, con lágrimas en los ojos, murmuró "gracias" mientras se alejaba en dirección al túnel. Tasuki le dirigió un gesto con la cabeza, instándola a huir, y justo cuando la madre y su hijo se perdían en la negrura del túnel, tres guardias irrumpieron a gritos en la mazmorra.

Tasuki, les esperó estoicamente a los pies de la escalera, y les hizo frente él sólo.

Al primero de ellos lo venció con facilidad, haciendo uso de la velocidad sobrehumana que le caracterizaba. Una vez lo hubo atravesado con su espada, tomó la del guardia vencido con la otra mano, y recibió el ataque conjunto de los otros dos guardias.

Tasuki, detenía las violentas estocadas de los guardias, sin perder la concentración y sin doblegarse ni un poco.

Astutamente, utilizó una de las técnicas que Hakkourou le había enseñado, confundiendo a sus dos adversarios y causando que se hirieran de muerte entre ellos.

Tras verles caer al suelo, Tasuki centró su atención en la escalera de la mazmorra, hacia la cual se escuchaba acercarse un batallón entero de guardias. Ante esto, poco podía hacer si no correr por su vida. Así que el muchacho envainó su espada y se dirigió hacia el túnel, a través del cual corrió como alma que lleva el diablo, alejándose de sus enemigos y sacándoles cada vez más ventaja.

Los guardias, armados con arcos, comenzaron a perseguirle por el túnel, débilmente iluminado por una antorcha que los bandidos habían arrojado en la mitad del pasadizo para alumbrar el camino.

Tasuki, sin dejar de correr, escuchaba las flechas silbar junto a su cabeza, peligrosamente.

Cada vez oía más proyectiles, y temía que le alcanzaran, así que comenzó a correr en zigzag, para confundir a los arqueros.

Cuando casi divisaba la estrecha escalera de salida del túnel, notó un agudo pinchazo en el gemelo derecho. Las fuerzas le fallaron y, ahogando un grito, el muchacho cayó al suelo estrepitosamente, con una expresión de intenso dolor en el rostro.

Tasuki llevó sus manos a su pierna y vio lo que había temido. Había recibido un flechazo que le había atravesado la pierna de parte a parte.

Armándose de valor, y con un grito desgarrador, el chico se enderezó, apoyándose en la pared y cojeando se dirigió nuevamente hacia la salida del túnel, que se encontraba a menos de 20 metros de distancia.

En medio de un intenso dolor, Tasuki frunció el ceño y comenzó a apoyar la pierna con la flecha clavada, sangrando abundantemente por ello, y volvió a correr con todas sus fuerzas hacia el exterior. Un resplandor rojizo como el fuego comenzó a emanar de su antebrazo derecho, provocando una intensa luz que iluminaba fantasmagóricamente su camino. Con los dientes apretados por el dolor, Tasuki seguía corriendo mientras las flechas silbaban de nuevo a su alrededor y oía la impotencia de sus enemigos en sus voces, acercándose cada vez más.

De repente, cuando todo parecía perdido, una potente y grave voz resonó en el túnel, desviando la atención de Tasuki hacia ella.

- ¡Rekka Shinnen!

Tasuki se arrojó al suelo de inmediato, cubriéndose la cabeza con los brazos, mientras una enorme llamarada de fuego cruzaba el túnel en dirección a sus perseguidores, abrasándolos en vida y reduciendo sus cuerpos a cenizas.

El pelifuego levantó la cabeza lentamente, respirando con dificultad y gimiendo por el dolor. Algunas lágrimas bañaban su rostro, completamente desencajado en una mueca de titánico esfuerzo. Tasuki alzó el rostro para mirar a quien le había salvado, y le sonrió.

Hakkourou le ayudó a levantarse tras guardar su abanico de fuego en la funda de su espalda. Pasó el brazo de Tasuki alrededor de su cuello y se dirigió a la salida del tunel.

- Yo que quería que pasáramos desapercibidos y tú has decidido finalizar la misión con fuegos artificiales. – le reprendió a medias el jefe.

Tasuki sólo pudo articular un quejido, mientras subía las estrechas escaleras. Desde el exterior, alguien estiró de él y le sacó afuera del túnel, donde por fin, el chico pudo respirar aire puro.

- ¡Imbécil! ¡Yo te mato! ¡Te mato! – gritó una voz, justo cuando Tasuki llegaba al exterior.

Por si la herida de la pierna no había sido suficiente, Tasuki recibió la embestida de un furioso chico de pelo azulado que se tiró sobre él y le derribó sobre la hierba del bosque, comenzando a darle puñetazos en el suelo, mientras que el pelirrojo trataba de cubrir su rostro con los brazos, en vano.

- ¡Kouji, basta! – gritó una voz a su espalda, haciendo que el atacante de Tasuki se detuviera con un puño en el aire y una rabia incontenible en el rostro. – el jefe, que acababa de pronunciar aquellas palabras, agarró a Kouji del cuello de su abrigo y estiró de él hacia arriba, levantándole como un resorte y alejándole de Tasuki, quién, en el suelo, y en un estado lamentable, escupía sangre mientras tosía. – Genrou ha hecho algo loable esta noche. Él ha hecho algo que ninguno de nosotros había pensado en hacer. Ha liberado a los prisioneros de Ju-Chien. – el silencio rodeó al jefe mientras decía aquellas palabras. – Las personas son más valiosas que cualquier tesoro que podamos imaginar y la libertad es la posesión más preciada que tenemos. A estas personas se la arrebataron y las encerraron en aquella pestilente mazmorra. Genrou les liberó, poniendo en peligro su propia vida, y eso le honra, aunque haya puesto en peligro la misión.

Las palabras del jefe hicieron mella en los bandidos que miraron a Tasuki avergonzados. El chico, con la cara hecha un mapa, trataba de recuperar el aliento estirado en el suelo, con los ojos cerrados. La pintura de su rostro se había extendido hacia su cuello y su pelo. Lo que hacía más lamentable aún su aspecto.

A su alrededor, todos los prisioneros que había liberado se hallaban en silencio, extenuados por el gran esfuerzo que acababan de hacer al recorrer a la carrera aquel túnel.

- Por favor - se oyó una voz en la que se podía apreciar el miedo – Yo ya no os sirvo de nada, dejadme marchar, os lo ruego.

Ju-Chien se hallaba arrodillado frente a Hakkourou, que le miraba con desprecio. El gordo, estiraba levemente de la tela del pantalón del jefe de los bandidos, quien le apartó con un seco movimiento de su pierna, tirándole al suelo.

- No soy yo quien debe decidir tu suerte. Creo que ya ha llegado la hora de que recibas tu propia medicina. – sonrió Hakkourou, maliciosamente. – Que sean ellos quienes decidan qué hacer contigo. – dijo el jefe, señalando con la cabeza al grupo de exprisoneros.

Chien, desvió su mirada lentamente hacia el grupo de gente, que le miraba con intenso odio en sus ojos.

- ¡Genrou! – Gritó el anciano asistente de Hakkourou.

Un par de días después del asalto, Tasuki se hallaba con el resto de muchachos, explicándoles entusiasmado cómo había ido la misión. En el grupo se hallaba también Kouji, con quien, tras intercambiar algunos golpes como venganza por pegarle cuando él estaba exhausto, había acabado llevándose bien. El pelirrojo giró la cabeza en dirección al viejo, que le hacía gestos con la mano, instándole a acercarse.

Tasuki se bajó del murete donde había estado sentado y cojeó con pereza hacia el asistente. La herida de la flecha había sido limpia y estaba curando con rapidez, pero todavía le dolía bastante

- El jefe te quiere ver en la sala principal. – le dijo el viejo, antes de marcharse hacia otro lugar.

Tasuki, se dirigió entonces hacia la sala, preguntándose qué querría el jefe de él. Una vez llegó a ella, encontró a Hakkourou de espaldas a la puerta, con una espada en la mano.

- Maestro ¿quería verme? – preguntó tímidamente Tasuki, acercándose lentamente al jefe.

De repente, Hakkourou dio la vuelta, atacando a Tasuki con una fuerte estocada que el pelirrojo pudo evitar justo a tiempo, arrojándose al suelo y hacia un lado. Tasuki, sorprendido y asustado por la actitud de su maestro le observó desde el suelo. La mirada de Hakkourou era fría como el hielo, y en un abrir y cerrar de ojos le tuvo a su lado de nuevo, tratando de atravesarle con la espada.

El pelirrojo se levantó de un salto, sintiendo un fuerte pinchazo en la pierna, y retrocedió cojeando algunos pasos.

- ¿Maestro? ¿qué ocurre? – preguntó Tasuki, asustado.

Sin recibir contestación por parte de Hakkourou, el muchacho tuvo que esquivar otra serie de ataques que el jefe le propinó, retrocediendo hasta una pared, quedando acorralado.

Hakkourou, sonrió entonces, levantó su espada y se dirigió con decisión hacia Tasuki, dispuesto a clavarle el arma. El pelirrojo cerró los ojos y frunció el ceño, y segundos después, un extraño resplandor rodeó su cuerpo. Aquella luz parecía emanar del símbolo que Tasuki llevaba extrañamente tatuado en su antebrazo derecho desde su nacimiento.

Hakkourou, abrió mucho los ojos y se detuvo, justo en el preciso instante en que Tasuki desaparecía, como si se hubiera volatilizado en el aire. Le escuchó detrás de él respirando entrecortadamente.

El jefe, sonrió, y lentamente comenzó a envainar su espada. Se giró y miró satisfecho a Tasuki, que le devolvía la mirada llena de odio.

- Tranquilo, Genrou. Ya ha pasado todo. – le dijo, para tranquilizarle, mientras se acercaba al muchacho, quien aún no había bajado la guardia. – Comprendo que esto haya sido extraño para ti. – continuó Hakkourou, observando al chico con atención.

- ¿Extraño? ¿Qué significaba todo eso? ¡Ha intentado matarme! – exclamó Tasuki, indignado, señalando acusadoramente a su maestro.

- Esta era la causa de todo. – le respondió el jefe, mostrándole a Tasuki la marca de su brazo que se había vuelto incandescente. El muchacho, que no había advertido nada, observó asustado su brazo, sin saber qué decir.

- ¡Qué me está pasando! ¡Me arde el brazo! – gritó Tasuki, gesticulando exageradamente, y provocando la risa de Hakkourou.

- ¡No te arde nada, estúpido! Esa marca no te está provocando ningún dolor, ¿me equivoco? – Tasuki, detuvo sus espasmos y miró a su maestro, luego dirigió su mirada a la marca de su brazo, que efectivamente, no le provocaba ningún daño. – Esa marca, es algo más que una simple señal de nacimiento. Comencé a sospechar desde el primer momento en que te vi. Pero lo vi claro cuando se volvió incandescente el otro día en el túnel cuando te disparaban con los arcos. Se ilumina cuando te encuentras en un apuro y aumenta el potencial de tus habilidades.

El pelirrojo no entendía nada. No sabía de qué le estaba hablando, pero no podía negar que era muy extraño aquello que sucedía con su marca. Nunca antes le había pasado. Por lo menos nunca antes lo había advertido. Hakkourou siguió con su explicación.

- Desde que llegaste aquí tuve muy presente que tenías unas capacidades por encima de los demás muchachos. Eres rápido, más que rápido, eres asombrosamente veloz. Tienes mucha fuerza y agilidad, y aprendes muy deprisa. Luego tienes esa marca en el brazo "Wing". Ahora, después de esta prueba, ya no tengo más dudas. – el jefe tomó a Tasuki por los hombros y le miró fijamente a los ojos. – Eres Tasuki, una de las siete estrellas de Suzaku, enviadas a la Tierra para proteger a la Sacerdotisa.


Pobre Tasuki, pero claro, siendo un bandido seguro que más de una vez ha recibido una paliza. A mí se me ocurrió describir su primera misión :D.

¡Tasuki ha caído en las garras de Syad!

¡La que le espera!

¡Hasta el próximo capítulo! ¡Espero sus comentarios con ilusión!