Disclaimer: Ningún personaje de Full Metal Alchemist me pertenece. Tristemente...
4/10
Hola a todos, ¿cómo están? Espero que bien, de verdad. Bueno, he aquí el capítulo de hoy, y ojalá les guste. Por otro lado, quería agradecerles particularmente a quienes me dejaron un review. ¡Gracias! Sinceramente, no saben lo feliz que me hizo saber que a alguien -al menos- le había interesado mínimamente mi historia. Ya estaba empezando a pensar que era peor que terrible... (y así fuera me gustaría saber qué hago mal para corregirlo) Pero saber de ustedes me animó. La verdad es que había empezado a escribir otra historia Royai pero había considerado en desistir, dado que quizá no era lo mío (no que lo sea... tampoco, solo estoy intentándolo =P) pero supongo que voy a continuar intentándolo. Al menos de esa forma se aprende. ¡Gracias! A todos también, por tomarse el tiempo para leer mi historia. Y, por otro lado, sepan que planeo atenerme a mis palabras hasta el final. Por ende, voy a continuar subiendo todos los días. Así que siéntanse libres de corregirme o hacerme llegar lo que piensan en cualquier momento. Ojalá este capítulo les guste... ¡Nos vemos y besitos!
Una bala por un beso
IV
"El mundo antes"
Tras soltar un suspiro sobre el líquido humeante, curvó sus dedos alrededor de la asidera de la taza, llevándose el objeto cilíndrico de porcelana blanca a los labios, solo para hacer una sutil mueca de disgusto inmediatamente después. Muy fuerte. Pensó, observando el color negro intenso del café. Recordando, casi inconscientemente, la mirada obsidiana sobre ella, tal y como la había percibido la noche anterior en la puerta de su apartamento. Sin embargo, algo mas la distrajo en ese momento. Una mano –evidentemente masculina- acercándole al rostro una pequeña jarra con leche tibia.
—¿Está ocupado, teniente?
Alzando la vista, se encontró con nada más y nada menos que la persona en la que había estado pensando segundos atrás —No, general —replicó, volviendo su vista a la taza. Aún así, él depositó junto a la mano de ella la jarra de leche. Sabiendo perfectamente que desde que tenía 16 años tomaba su café con un poco de esta. Así como ella sabía perfectamente que él tomaba el suyo, negro, y con cinco terrones de azúcar. Mientras que el té lo tomaba con tres. Eran pequeñas cosas, realmente. Trivialidades, que no importaban mucho. Pero que habían hecho, alguna vez, a su cotidianeidad.
Por lo que, haciendo caso a las palabras de ella, se dejó caer en la silla de enfrente. Depositando su propia taza humeante sobre la mesa. Dándole un sorbo, y observándola verter un poquito de la leche, que él le había traído, en el interior de su propio pocillo —Gracias.
—De nada. Supuse que lo necesitaría. Ya sabe, el día de hoy viajaremos nuevamente al este. A Ishbal. Y necesitaré todo su apoyo, así como necesitaré que cubra mi espalda.
Riza asintió —Lo tiene, señor —y volvió a beber otro poco. En completo silencio. Aguardando que él dijera algo, cualquier cosa, o que comentara siquiera sobre el clima. Pero no lo hizo. No dijo nada. Simplemente continuó también bebiendo su café en silencio, dedicándole una furtiva mirada de vez en cuando, que ella respondía de la misma forma.
Siempre volviendo, ambos, la vista al café. Como si este fuera el punto de anclaje seguro para los dos. Y quizá, de momento, lo fuera.
El único sonido entre ambos, el de la vajilla chocando suavemente contra la mesa de la cafetería del cuartel. Así como el barullo de las demás personas conversando, yendo y viniendo. Hasta que él dio dos pequeños golpecitos sobre la mesa con su taza, para luego depositarla suavemente. Aún sin levantar la mirada.
Riza dirigió sus ojos a él, por un instante, y tras la confirmación de que aquello era un asunto importante, se volvió una vez más a su café, aguardando que él comenzara la conversación casual —Alphonse Elric estará regresando pronto del Este, o eso oí.
Ella asintió. Era probable que él no quisiera que alguien más los oyera, si es que estaban a la pesca —Era de esperarse, con el asunto de Edward Elric en manos.
—Si —musitó Roy, dando un sorbo distraído—. Ha pasado bastante... desde todo el asunto con los homúnculos, desde el asunto con Lust. Me pregunto como estará Acero. Por cierto, el Fuhrer Grumman tiende a dejar demasiado trabajo a sus subordinados. ¿No lo cree, teniente?
Ella aún entonces, no alzó la mirada, sino que continuó bebiendo con una pequeña sonrisa —Me recuerda a alguien, ¿no lo cree general?
Mustang también sonrió —Nadie me viene a mente, teniente. Aunque... Eso me recuerda, Olivier Amstrong envió unos papeles. Creo. Recuérdeme revisarlos.
Ella continuó con la casi imperceptible sonrisa, bebiendo su café casi absorta en la acción —Si hiciera su trabajo correctamente, no necesitaría de mi presencia todo el tiempo señor.
—Creo que subestima su importancia —su sonrisa se torció aún más, aunque siempre con la mirada en la taza. Riza cerró los ojos calmamente—. Por cierto, Scar ha sido de bastante ayuda en el Este. Aunque odie admitirlo yo mismo. Lo que me recuerda... ¿Cómo está su amigo Uni allá? Si mal no tengo entendido está en el Este también. Así como Charley. ¿No es así?
—Charley ha sido trasladado al sur.
—Oh, ya veo.
—Pero volviendo a los hermanos Elric, Darius se había marchado también al este con el menor de ellos, ¿cierto? Y esa otra Quimera... No recuerdo su nombre.
—Heinkel, señor.
—Si, creo que ese era su nombre. Ambas se marcharon con el menor de los Elric. Elric, Alphonse. Quizá se encuentren de camino con su antigua compañera Nora, ¿no lo cree teniente? Los Elric suelen tener ese tipo de suerte. Lucy, trabajaba con Nora.
—Así es, general.
Roy asintió, cruzándose de brazos y apoyando su espalda contra el respaldar de la incómoda silla de la cafetería —Sigo encontrando curioso que Edward Elric vaya a casarse, ¿no le parece curioso teniente?
—No señor, no creo. Supongo que lo tomé como algo inevitable, dada la naturaleza de su lazo con Winry Rockbell. Y el tiempo trascurrido.
—Cierto, la mecánica. Nunca consiguió su venganza con Scar.
—No, matar no es para cualquiera —susurró, comprendiendo el peso de estas. Y observando sus propias manos discretamente. Manos manchadas de sangre.
Roy notó también el gesto, pero no acotó absolutamente nada al respecto sino que continuó con la aparentemente casual conversación —No, no lo es. Pero es inevitable, supongo, cuando se usa este uniforme. A veces, el título estatal crea las peores de las atrocidades. Tucker y sus quimeras fue un ejemplo de eso, ¿no lo cree?
—Eso creo... —la mirada de ella ensombreció— pero no fueron las únicas atrocidades.
—No, no lo fueron.
—General, excúseme un segundo. Debo retirarme —dijo, poniéndose de pie y haciendo el correspondiente saludo.
Él asintió —Bien. Encuéntreme en media hora para partir.
—Señor. Si, señor —y sin decir más, dio media vuelta y se dirigió al baño de mujeres más cercano.
Una vez dentro, apoyó su espalda contra la pared, y cerró los ojos intentando recuperar el aliento. Cada vez que el tema salía a colación, sentía que algo en su interior constreñía sus vías respiratorias, impidiéndole paso alguno al aire. Era una sensación únicamente, y aún así la opresión era tal que necesitaba apartarse un poco y poder respirar. Al menos por unos segundos, concentrándose en inhalar y exhalar, hasta poder recuperar su semblante neutro y volver a la normalidad. Solo entonces, tomó un papel y garabateó las letras que había retenido de la conversación con Roy. Separándolas cuando creía conveniente y uniéndolas cuando no. Al fina, descubrió, se trataba solo de cinco palabras: Algo sucede en el Este. Un mensaje breve.
Arrojando el papel en el excusado, jaló la cadena y se lavó el rostro. Lista, o al menos algo más colecta y calma, para partir hacia el Este. Hacia Ishbal.
—Estoy lista, general.
Roy asintió, comenzando a caminar en dirección al auto negro estacionado en la puerta del cuartel general, con ambas manos tras su espalda —Bien teniente, vamos.
—Si, señor.
—¿Todo en orden? —la cuestionó finalmente, cuando ambos se encontraban ya en el auto. Y él tenía la mano lista para encender el auto.
Pero Riza solo asintió, enderezándose en su asiento y comenzando diligentemente a cargar sus armas una tras otra, introduciendo con sus dedos pulgar e índice las balas en cada uno de los espacios del tambor —Preocúpese por usted mismo, por favor.
El moreno asintió también, y volviendo la vista al frene encendió el auto. Poniéndolo en marcha, y abandonando el puesto de estacionamiento frente al cuartel lentamente. El motor comenzando a rugir en el interior del negro capó. De reojo, la observó continuar con su ardua tarea, mientras se desplazaba por las calles –doblando aquí y allá- y hacia la salida de Central, en completo silencio. Una vez dejaron atrás la ciudad, Riza se permitió relajarse un poco y bajó la ventanilla, observando distraída el paisaje afuera. Sus ojos caoba deslizándose lentamente por el vasto panorama campestre, mientras descansaba su mejilla sobre su puño derecho.
—Recuerda a aquel entonces, ¿no lo cree teniente?
—Si... —susurró en respuesta, comprendiendo perfectamente a qué se refería. A tiempos pasados donde las cosas habían sido más simples –mucho más simples- y donde ella solo había sido una chica y él solo un chico. Uno ambicioso e idealista, pero uno inocente a fin de cuentas. Como ella. Y donde ella solo había sido la hija de su maestro, y él el alumno de su padre. Y donde todo había parecido que estaría bien, eventualmente, si tan solo continuaban deseando que lo estuviera. Y quizá, solo quizá, aquella había sido la primera vez que lo había visto, mirado realmente. La vez en que se había enamorado de sus ideales, o de él, o quizá de los dos. O ninguno realmente.
Aquella vez en el porche de su vieja y desvencijada casa. Cuando solo tenían 17 años —Aquí tiene, Mustang-san —había dicho, depositando una taza de té sobre la oxidada mesa circular junto a la puerta de entrada. Sin siquiera mirarlo. Nunca lo hacía, no realmente. Aún no comprendía porqué su padre había aceptado a un estudiante en el estado delicado de salud en el que se encontraba. Más aún, cuando se había rehusado a tomar a otros tantos antes que a él. Riza Hawkeye no veía qué había de distinto en Roy Mustang. No entonces. Para ella, él solo había sido otro intento de alquimista más.
Roy, sentado en los escalones de la entrada, trazando un círculo con una rama en la tierra, había dicho —Gracias —sin apartar la mirada del dibujo que estaba trazando bajo sus pies. Un círculo de trasmutación—. El círculo, representa la circulación de poder...
Ella se había detenido en sus pasos, tan solo un segundo –antes de entrar nuevamente a la casa-, para oírlo. En ocasiones, le contestaba alguna que otra cosa. Y en otras simplemente lo oía hablar pero no respondía nada al respecto. La alquimia no era lo suyo después de todo, era lo que estaba consumiendo a su padre, y ella no veía realmente lo que atraía a tantos hombres a ésta.
Pero él se había volteado a verla, mechones negros cayendo sobre su sudada frente, con una sutil sonrisa y había dicho —El año entrante entraré a la academia militar.
Una vez más, Riza no había dicho nada; pero conocía la opinión de su padre al respecto. Al respecto del país y de la milicia. Y sabía que estaría en completo desacuerdo una vez que lo supiera. Incluso, sería capaz de pedirle que se marchara, y no regresara jamás. Pero él había continuado como si nada, su expresión suavizándose a medida que hablaba.
—¿Sabes? Pretendo usar la alquimia para el bien de las personas. Para proteger este país. Para protegerlos a tu padre y a ti... —por un instante, un efímero instante, sus ojos caoba se habían abierto ligeramente— para protegerlos a todos... Fortalecer la milicia es un asunto de suma importancia y quiero ser parte de eso. Quiero ser capaz... —¡crack! La rama en su mano se había quebrado. Ni siquiera se había percatado de la fuerza que había estado ejerciendo sobre esta—. No lo entiendo, las razones de tu padre. Si tan solo se postulara para un puesto como alquimista estatal... ya no tendrían que vivir en esta pobreza. No soporto ver... como alguien tan hábil como él, como tú, sufren en esta pobreza.
Pero ella solo había cerrado los ojos, y se había volteado decidida a regresar al interior de la casa. No obstante, se había detenido un segundo, un mero segundo, para decirle unas breves palabras —Mi padre es un hombre terco, después de todo —mientras, en su cabeza, había decidido –allí y en ese instante- que no le diría a su padre sobre la conversación que había mantenido con él. No le diría de los deseos de su aprendiz de unirse a la milicia, aún sabiendo que estaba traicionando su confianza. No lo haría.
—Teniente, ¿sucede algo?
Parpadeando, volviendo a concentrarse en el tiempo presente, volteó su cabeza en dirección a él. Deseando ver, por un momento –si bien tan solo un momento- la inocencia que sus ojos habían perdido tras Ishbal. Pero esta había abandonado largo tiempo atrás sus orbes ónices, así como los ojos castaños de ella —No, nada. Solo pensaba...
Roy entrecerró los ojos, aún con la mirada fija al frente —¿Ishbal?
—No, de hecho no... Solo estaba recordando, como era el mundo antes que eso.
Los dedos de él, forrados en sus habituales guantes blancos, se curvaron aún mas fuertemente alrededor del volante. Su mandíbula se tensó —Lo siento. Te he causado demasiados malos recuerdos.
—No, este camino es el que yo decidí.
—Aún así... Creo que ahora entiendo un poco más a tu padre y su opinión sobre la milicia. Pero todavía creo... no, deseo, volverme la piedra angular de este país.
Riza asintió —Mi padre era un hombre terco, después de todo.
Y esta vez, él no pudo evitar sonreír. Recordando las palabras que ella había repetido en varias ocasiones. Teniente, espere aquí. Si algo me ocurre entonces huye. Cuando él le había dado la misma orden, una y otra vez. No lo haré. Aún cuando fuera, en efecto, una orden. Es una orden. Y aún cuando solo estuviera velando por la seguridad de ella. No puedo cumplirla. Riza Hawkeye siempre respondía lo mismo. Eres bastante terca —Me recuerda a alguien, teniente. ¿No le parece? —usted me conoce bien.
—Solo cumplo con mi deber, general. Sino, ¿quién cuidaría de usted y se aseguraría que termine su trabajo a tiempo?
Él carcajeó algo más animado —Ah... no me dejará en paz con el asunto, ¿cierto teniente?
—Solo cuando haga su trabajo correctamente, señor.
Él sonrió para sí —Si, siempre tan estricta. Incluso era así cuando la conocí.
Ella volvió la vista a la ventanilla —Entonces sabrá que no cambiaré mis modos, general.
—No —musitó. Y, honestamente, no esperaba que lo hiciera. De hecho, no lo deseaba. No realmente. Así era ella, así era él, y siempre habían sido de esa forma. Al menos desde que lo recordaba, y eso estaba bien por él también. Solo él tenía el privilegio de conocer todos sus verdaderos colores, cuando solo se trataba de ellos dos, y ese era un placer en el que Roy solía regodearse. A falta de algo mejor con que conformarse.
—Por cierto general, si está agotado puedo conducir...
—¿Eh? No, no. Está bien. Mejor descanse teniente, la necesitaré cubriendo mi espalda.
—Como siempre señor —replicó, y cerrando los ojos suavemente se recostó contra el costado del automóvil. Acomodando su cuerpo de forma que su espalda no estuviera demasiado recta, ni su cuello demasiado contorsionado. Debiera haber estado realmente agotada, porque en tan solo cuestión de segundos su conciencia había sucumbido al cansancio. Aunque Roy sabía, mejor que nadie, que el sueño de la teniente –como el suyo, y como el de cualquiera que hubiera estado en la guerra- era ligero, sumamente ligero. Por lo que aminoró la velocidad intentando amortiguar los movimientos del auto a causa de los baches, solo para evitar que ella despertara.
Después de todo, habían abandonado Central temprano. Y tenían el tiempo suficiente para llegar y realizar los controles necesarios en la zona de Ishbal sin tener que hacerlo hasta altas horas de noche. Por lo que una hora, hora y media más, no harían realmente la diferencia. Y él no veía motivo alguno para apresurar el paso. De momento, se sentía bien únicamente prolongando su llegada a aquel maldito lugar. Viéndola de reojo dormitar en el asiento de al lado. Sus pesados párpados oscilando de vez en cuando. Pesadillas, sin duda alguna. Él lo sabía, él las tenía. Pesadillas de Ishbal, y de las atrocidades que habían cometido allí. Pesadillas de todos los pecados con los que debían cargar; y deberían cargar, hasta el fin de sus tiempos.
Una vez más, curvó sus dedos alrededor del volante con un poco más de fuerza de la necesaria o requerida. Aferrándose a este mientras su rostro se contorsionaba en una mueca de disgusto. El exterminio de Ishbal, lo habían llamado. Y Roy no podría haber pensado él mismo un nombre más conveniente para enmascarar la verdadera naturaleza de lo que había ocurrido allí. Una masacre indiscriminada. Iniciada, causada y sostenida por el odio. La discriminación. Y el miedo irracional a las diferencias. Aún cuando el primer disparo hubiera sido iniciado por un homúnculo, ellos eran quienes debían ser culpados por sus propias acciones. Por sus propias decisiones. Nadie más. No, nadie más. Oye Hughes, ¿Por qué estoy matando a la gente de mi propio país?
—Maldición —murmuró entre dientes, golpeando su puño en el centro del volante y volviendo el rostro parcialmente a ella.
La guerra lo había arruinado todo, los había arruinado a todos ellos. Había destruido demasiadas familias –de ambos bandos-, cobrado demasiadas vidas. Vidas que recién habían comenzado incluso. Y los había convertido a ellos en asesinos. A él, a Hughes, a Armstrong y a ella, entre otros. Pero ella nunca debería haber estado allí, nunca haber aparecido en el campo de batalla. Riza Hawkeye nunca debería haber estado destinada a convertirse en una asesina también, como él. ¿Cómo es posible? Sus ojos también se han convertido en los de una asesina.
Riza abrió un ojo —¿General, hay alguna razón por la que me esté mirando?
Roy negó con la cabeza, y volvió la vista al frente —No teniente. Ya estamos por llegar.
—Entendido —replicó, y enderezándose comenzó a acomodarse las distintas pistolas en sus lugares correspondientes. Asegurándose que todas estuvieran cargadas. Previo a colocarse la chaqueta del uniforme encima.
Roy, estacionó a un lado y abrió la puerta. Al otro lado del auto, ella hizo lo mismo. Ambos deteniéndose un instante a contemplar el vasto desierto frente a ellos. La arena teñida de sangre ahora invisible. Y las obras en construcción destinadas a recuperar las infraestructuras que alguna vez había tenido la ciudad de Ishbal. Así como los campos de algodón y trigo que recién comenzaban a ararse por las manos mismas de los habitantes. Sus pieles curtidas bajo el abrasante sol, aún a pesar de ser ya otoño. En el desierto, después de todo, las estaciones del año no hacían demasiada diferencia. No realmente.
—El mayor Miles debería estar aquí en cualquier momento —comentó él, aún observando la ardua labor de los Ishbalitas. Ella asintió también, con la vista al frente. Aunque, de vez en cuando, sus ojos caoba se desviaban en una dirección particular. Algo que no pasó desapercibido para Mustang tampoco. Aún así, se abstuvo de preguntar al respecto, dado que sabía que ella lo prefería de esa forma.
En efecto, en ese preciso instante, un hombre familiar de tez morena, ojos rojos y cabello albino se acercó a ambos. Deteniéndose inmediatamente delante de ambos y saludándolos correctamente –llevándose estrictamente la mano a la frente- antes de comenzar a guiarlos a través del árido desierto del este. Roy conversando calmamente con él, mientras Riza permanecía en silencio tras ambos.
—¿Sucede algo teniente? —se volteó a verla.
Y ella se enderezó, chocó sus talones y alzó su mano a la frente también —Solicito permiso para retirarme un segundo, general.
Él cerró los ojos y asintió —Lo autorizo. Pero... no se demore demasiado, por favor.
—No lo haré, señor —aseguró. Y sin decir más comenzó a alejarse de ambos. Sintiendo el peso de sus pasos cada vez más y más pesados a medida que se acercaba al destino que llevaba en mente. Como si estuviera hundiéndose en la arena. Como si esta la estuviera tragando, absorbiendo. Aún así, no se detuvo. Eso era algo que ella necesitaba hacer. Algo que había querido hacer en mucho tiempo. Solo deseaba que aún estuviera allí. Que hubiera permanecido allí, todos esos años.
Y lo había hecho. No supo si sentir alivio o si derrumbarse al mismo momento. Pero estaba, allí estaba, aquella tumba improvisada que ella misma había hecho, con una viga de madera sobre esta. Con sus propias manos. Enterrado a un niño Ishbalita con sus propias manos. Sus manos manchadas de sangre.
Una vez delante de esta, se detuvo. De pie. Mirando con ojos cansados el mero símbolo armado con aquella vieja y húmeda madera. Era un sorpresa, realmente, el que aquella cosa hubiera sobrevivido todos aquellos años en el desierto. En el clima adusto y bajo las ocasionales –e inusuales- precipitaciones anuales pero lo había hecho. Y aún así no era suficiente. No era justo. Debería haber más para ellos, más que aquello, mas que una lastimera tumba sin nombre ni identificación. Más que un pozo cavado y polvo sobre este. ¿La tumba de algún compañero? Más, mucho más. No, es de un niño de Ishbal. Le dispararon y lo dejaron tirado en la calle.
De reojo, observó a alguien oculto, asomarse, tras una de las paredes en ruinas de aquella infraestructura demolida. E iba a desenfundar su arma, realmente iba a hacerlo –de hecho ya tenía la mano en la culata-, cuando vio que se trataba tan solo de un niño. Un pequeño niño de tez curtida y ojos rojos. El cual vestía tan solo una túnica rasgada. Al verlo directamente, el pequeño se escondió una vez más tras lo que quedaba de la pared. A juzgar por el tamaño y la apariencia, no tendría más de 6 años.
Como el niño de aquí... Pensó apesadumbrada, cerrando los ojos y volviéndose a la tumba. Sus manos cerradas en puños. Pero el niño de allí, aquel que la observaba oculto, no era el mismo. Y no había forma que conociera los horrores que la guerra habían cernido sobre todos ellos. Y por eso estaba agradecida. Por otro lado, sabía que sí había forma de que el odio hacia ellos aún viviera en las siguientes generaciones. Y eso lo entendía también. Después de todo, ellos habían sido quienes habían masacrado su pueblo. Su cultura. Su ciudad. A sus antepasados y no tan pasados. A sus abuelos y padres, y quizá también a sus hermanos y hermanas mayores.
—Señorita...
Riza abrió los ojos de repente, oyendo la voz pequeña a su lado. Grandes ojos rojos e inocentes devolviéndole la mirada con tristeza —¿Por qué está triste señorita?
Un nudo se le formó en la garganta. ¿Qué decirle a un niño? ¿Qué estaba triste por los pecados que había cometido en su pasado? ¿Qué odiaba haber sido parte de una masacre que había destruido tantas vidas? ¿Qué había matado a aquellos que debería, en verdad, haber protegido? ¿Mismos ciudadanos de Amestris? No, no podía decirle todo aquello. No podía siquiera encontrar su voz, no en ese momento.
—Obaa-san dice que aquí duerme un hermano Ishbalita y que hay que traerle flores para que no se sienta solo... —murmuró el niño, acuclillándose y depositando unas raíces secas sobre el montículo de arena—. Pero no encontré flores... no crecen muchas aquí... Así que le traje esto... ¿Cree que sirva?
Su expresión tensa se suavizó, y una mueca de dolor atravesó sus facciones adultas —Si... eso creo...
—¿Verdad que sí? —musitó el pequeño niño, sonriendo animado, mientras con sus dos manitos dejaba la raíz cuidadosamente sobre la tumba y rezaba por un segundo. Para volverse nuevamente a ella. Sin embargo, sus ojos carmesí se abrieron desmesuradamente y su vista se clavó en algún punto tras ella. Su boca también abierta.
¡Crack! Una rama rompiéndose bajo el peso de una persona. En una fracción de segundos, Riza ya se había volteado, desenfundado su arma y amartillado el martillo, apuntándola en la dirección del intruso. Pero al momento de jalar el gatillo, se detuvo en seco. Su dedo paralizado en el gatillo al ver que se trataba de otro niño, de no más de 9 años, con ojos llorosos y llenos de miedo. Y odio. Y miseria. Ojos que conocían perfectamente la desgracia, porque la habían sentido en carne propia.
—Onii-san, ¿qué haces? —musitó el otro niño, observando a su hermano mayor con miedo.
—Ellos fueron... Ellos mataron al abuelo y al hermano de mamá... Por ellos mamá llora todo el tiempo... Es su culpa, ¡todo su culpa! —gritó, cerrando los ojos. Y en una fracción de segundos, casi efímera, había jalado el gatillo con un sordo ruido de explosión.
Y con otro ruido sordo, Riza cayó al piso.
—¡Onii-san!
