Acto IV: La fragilidad

Por la mañana condujeron silenciosos hasta un páramo solitario, cargando en la cajuela con lo que parecía un arsenal de guerra. Chousokabe había insistido en que debía aprender por lo menos a identificar diferentes armas.

–¿Esperas... que recuerde cada una de estas cosas? –murmuró Shojumaru, levantando una pistola pequeña con las puntas de los dedos.

–Por lo menos las más comunes... Sí –contestó el Demonio, sacando municiones y continuando con su explicación–. Lo siguiente será la práctica... Aunque para eso deberás escoger la que sientas más a gusto. ¿Quieres probarlas todas? –preguntó, con una sonrisa un tanto sádica.

–No sé, no me siento muy cómodo con esta clase de cosas –dijo el de pelo castaño en voz baja, mirando las armas con aprensión–. No me hacen sentir muy seguro.

Echó una mirada inocente a Chousokabe. Sus ojos se habían humedecido. Bajo la fría luz de la mañana, el labio partido se veía con total claridad.

El muchacho suspiró decepcionado.

–Está bien, entonces sólo toma una, la que llevas esta bien... Básicamente funcionan igual.

–Me siento más seguro si eres tú el que me protege –susurró Mouri, desviando la mirada.

–Por cierto, si te estoy enseñando es por que andarás armado de ahora en adelante.

El de pelo castaño volvió a girar la cabeza para mirarlo.

–¿Es que eres sordo, Motochika? ¿Qué te acabo de decir? –gruñó, molesto.

–No puedo estar contigo siempre, incluso si lo estuviera... ¿Qué tal si me dan un tiro entre los ojos? No me gusta que vayas por ahí desarmado.

–Nadie lo haría. No tienen las agallas de pararse frente a ti –replicó Shojumaru, sin quitarle los ojos de encima.

–Con un demonio, si quieres no cargues nada cuando estés conmigo, pero por lo menos hazlo cuando no... Demasiada gente querría acabar contigo... –para el final de la oración, su tono solaba preocupado.

–Jeh... –rió el de ojos pardos con amargura, dándole la espalda–. Sí, claro.

–Con que sepas usarla y cargues una en la guantera del auto me daré por servido, ¿te parece? –trataba de negociar, pensando por qué diablos tenía que rogarle por protección.

–¿A ti qué más te da al final? –se quejó Shojumaru, sin mirarlo–. Igual te pagará mi hermano aunque yo me muera.

Chousokabe, harto por la actitud infantil de su contratista, lo agarró bruscamente por el brazo, obligándolo a encararlo de nuevo.

–No estoy haciendo esto por dinero... –lo miraba intensamente a los ojos.

–¿Por qué lo haces entonces...? –la voz del otro se escapó de sus labios como un débil suspiro.

El muchacho abrió la boca pero la cerró rápido, repasando lo que había estado a punto de decir. Suspiró hondo y acomodó sus ideas.

–Me preocupa que te pueda pasar algo cuando estoy lejos... Es todo.

Mouri sacudió el brazo, tratando de librarse.

–Siempre haces lo mismo...

El muchacho lo sujetó con más fuerza y lo apresó en un abrazo.

–¿Qué?

–Cada vez que parece que vas a decir algo importante, te callas o dices cualquier otra cosa –se quejó el castaño, con el rostro hundido contra el pecho de Motochika.

–Si... Si te lo digo... ¿Me prometerás ir armado cuando no esté contigo?

–Otra vez con eso –murmuró Mouri, sin moverse.

–¿Lo prometes? –repitió Chousokabe, inclinándose para esconder su rostro entre el cuello y hombro del castaño.

Shojumaru calló por algunos segundos.

–Sí, como sea –soltó al fin.

–El tiempo que estuviste lejos, yo... No podía dejar de pensarte, de preocuparme por ti... –tragó duro, apretando más el abrazo, y dijo en un tono casi inaudible al final–: Te quiero...

El castaño se quedó muy quieto, con los ojos bien abiertos.

–¿Qué has dicho...?

–Te quiero –repitió Motochika en tono firme, sin deseos de salir de su escondite.

Las manos temblorosas de Shojumaru se levantaron de los costados de su cuerpo y se agarraron de la espalda de Motochika, aferrándose con fuerza a la ropa.

–Me quieres... –repitió a su vez, con voz casi inaudible.

El muchacho movió la cabeza, afirmando sus palabras.

–Por eso... necesito saber que estarás bien por tu cuenta... –dijo luego de unos minutos, separándose lentamente.

–Hasta ahora no me ha ocurrido nada... Bueno, exceptuando lo de anoche, pero eso...

Chousokabe lo interrumpió con un beso.

–Por favor... –pidió, sin separar sus labios.

Las mejillas pálidas de Shojumaru se colorearon apenas, y sus labios húmedos, entreabiertos, respiraron débilmente.

Esta faceta "frágil" del muchacho lo sorprendió mucho, no sabía exactamente cómo tomarla pero le gustaba y quería disfrutarla, domar a la bestia.

Su cabeza, fría y helada como siempre, sorteó todo obstáculo para contemplar la escena desde un nivel superior. Motochika lo había descubierto en su casa y no lo había echado a patadas; más bien lo había curado y abrazado, se había preocupado por él, a pesar de todo lo que había dicho. Y ahora le decía que lo quería... Sonaba realmente sincero, ¿lo estaría siendo en verdad?

Porque, si era así, de pronto se había vuelto una pieza más que interesante... ¿Pero qué quería Shojumaru de él? Estaba claro que lo hacía desear su violencia, le encantaba la forma insolente y brutal en que el joven lo tomaba una y otra vez, la pasión y la lujuria de cada encuentro; lo deseaba, eso era algo incuestionable. Pero... no sabía si lo quería.

Por el momento seguiría el juego del Demonio, ya analizaría lo que realmente era el joven para él cuando tuviera oportunidad, pues no era muy sencillo permanecer cuerdo cuando su invitador aliento chocaba con el propio.

–Está bien... Pero sólo en la guantera, no pretendo cargar con esas cosas en mi ropa.

El rostro de Motochika tenía una luz especial en aquel amanecer helado, movía todo su cuerpo, hacía que actuara sin pensar. Apretó la boca herida contra el cuello del joven cano.

Éste dejó salir el aire en un suspiro, con una sonrisa triunfal.

–Es suficiente... por ahora.

Acaricio el suave cabello de Mouri, disfrutando del contacto y deseando más, pero en ese momento tenía algo por hacer y, si se dejaba llevar, el castaño se saldría con la suya sin aprender nada.

Probó una vez más el sabor metálico en los labios heridos de Mouri y lo miró con una sonrisa.

–Vamos...

Los ojos oscuros de éste estaban llenos de determinación. No lo dijo, pero preguntó "¿Me lo vas a negar?" con la mirada.

El muchacho se alejó, aún con una gran sonrisa, buscando latas y cualquier cosa que sirviera de blanco.

–No tengo trabajo por ahora... Seré tuyo toda la semana.

Shojumaru se apoyó en el cofre del auto, cruzando las piernas y los brazos.

–Bueno... qué remedio –aceptó, falsamente resignado.

El día transcurrió rápidamente, siendo el primer disparo una descarga total de adrenalina que Shojumaru jamás habría imaginado. Tener tanto poder en algo tan pequeño, tan simple.

Probó varias de las armas que Chousokabe le ofrecía, acordes a su tamaño y a su fuerza. Si bien daban cierta sensación de seguridad, seguían sin agradarle del todo.

–Bueno, creo que comprendo el principio de estas cosas, pero... –empezó, devolviendo una metralleta delgada a su joven amante.

–¿Pero? –repitió éste, metiendo el resto del arsenal de nuevo en la cajuela.

–No lo sé, no me agradan. Es como si dudara de mi propia fuerza al usarlas.

–No tiene nada que ver, si quien te ataca estuviera en las mismas condiciones que tú, supongo que tendrías razon, pero no siempre es así... O mejor dicho, nunca es así. Siempre hay que tener la ventaja.

–No, yo... entiendo a qué vas –replicó Mouri, llevando la mano derecha al costado izquierdo de su cuerpo y frotándolo suavemente para tratar de mitigar el dolor–. Es que siento que es cosa de cobardes recurrir a esto, como si no pudieras medirte con otro con tu propia fuerza.

–No estas en posición de "medirte" con alguien, Shoju-kun –se burló Motochika, cerrando la cajuela y sacando un cigarrillo–. El mundo donde estamos es de mata o muere, ¿crees que llego a ver qué clase de persona aquella a la que me piden que mate en alguno de mis trabajos?

El de pelo castaño le dio la espalda, molesto.

–Oye, no te enojes... –el de pelo cano se acercó, acariciando sus brazos desde detrás e inundándolo con el aroma del tabaco quemado–. Entiendo tu punto... Cuando estaba con... cuando joven solía pensar lo mismo, pero al entrar en este mundo el viejo me enseñó que las cosas no funcionan así.

A Shojumaru le seguía pareciendo extraño que el bien conocido Shimazu hubiese tomado bajo su ala a un mocoso como Motochika.

–Discúlpame por no andar por las alcantarillas, como ese hato de gente con la que te juntas –masculló Shojumaru, rodeando el auto y entrando, sin mirar al joven.

El muchacho se quedo parado un minuto, terminando su cigarro, y luego abordo el auto.

–A la próxima me quedo callado –pensó.

El viaje de regreso fue en el más absoluto silencio. Llegados que fueron a la mansión Nichirin, Okimoto mismo los recibió e increpó duramente a su hermano menor.

–¡¿Dónde estabas? Te llamé toda la noche, nadie de tu escolta ha regresado... ¿Qué rayos estabas haciendo?

–Los mataron –fue la seca respuesta de Shojumaru–. Debes contratar a gente más competente... Tube que ir a recoger a mi guardaespaldas por la próxima semana.

Okimoto miró a Chousokabe, enrojecido.

–Si tú eres el guardaespaldas de mi hermano, ¿por qué no lo estabas cuidando? –le preguntó, midiendo su voz iracunda.

–Me acaba de contratar –el aludido levantó los hombros, librándose de toda culpa–. Los Mouri no me habían asignado trabajo.

–¿Acaso nadie sabe nada? –exclamó el hermano mayor, molesto–. ¿Cómo es que tengo que estar averiguando todo yo?

–Llegaron unos sujetos de alguna pandilla a acabar con el hombre que me pediste ver, solo que arrasaron con todos en la habitación –Shojumaru se pausó un momento, admirando la expresión de pánico de su hermano–. Por alguna razón no me mataron, parece que darme una paliza sería mas divertido.

Okimoto cayó en la cuenta del hematoma violáceo que tenía su hermano en la frente, y del labio partido.

–Shojumaru...

–Por eso debes dejarme a mí elegir a los inversionistas –recalcó la culpa en el hermano mayor–. Como sea, pasó y espero no se repita.

Por la entreabierta puerta de la entrada se asomó un anciano malgeniado y débil.

–¿Qué está pasando aquí...? –murmuró, entrecerrando los ojos arrugados para que no lo dañara la luz del sol.

–Padre –Okimoto se dirigió hacia el viejo, tratando de devolverlo al interior de la casa–. Regresa a tu cuarto, debes descansar.

El viejo examinó a Shojumaru con aire de sospecha.

–No ves que es un inútil. No debes enviarlo solo a cosas como éstas –masculló, dando media vuelta y regresando por su cuenta.

Shojumaru sólo observó friamente al anciano que se iba, esperando un largo minuto para entrar. El joven, sin ninguna indicación de qué hacer, siguió al castaño.

–Qué linda familia... –comentó cuando llegaron a la habitación.

El menor de los Mouri se echó en su cama, boca abajo. Respiró fuerte por unos instantes, pero luego se quedó muy quieto.

La situación era incómoda. Motochika se recostó a su lado y comenzo a acariciarle el cabello, no muy seguro de si debía decir algo.

Tras un largo minuto, el de cabello cano se percató de que el otro estaba llorando. Ahogaba el rostro contra la frazada, apretando los puños y tratando de anudar su garganta.

–Mouri... –lo llamó suavemente, levantántolo en un abrazo tierno–. Vamos... Sabes que lo que dijo el viejo no es verdad...

–Sí, sí es –Shojumaru masticó las palabras con odio, levantando la cabeza y enseñándole una expresión enrojecida e iracunda, con las mejillas bañadas en lágrimas–. Jamás seré nada para ningúno de ellos, y aun así debo cuidarles las espaldas con mi cerebro... Los dos son unos imbéciles, ¿y sabes qué es peor? Esto nunca va a cambiar –le dirigió una mirada rabiosa–. Siempre seré yo el inútil y ellos dos los grandes hombres de mundo.

Parecía una queja de pena, pero nada en la voz de Mouri indicaba que estuviera deprimido o dolido, sino todo lo contrario... brutal y disimuladamente enojado, como aquella vez que habían discutido por lo del teléfono.

Chousokabe lo miró confundido por un instante y luego suspiró. Pasaba el tiempo y no lograba entender del todo la personalidad de su amante. Sabía que su falta de tacto a veces lo molestaba, pero cuando se mostraba comprensivo, el mayor aumentaba su enojo.

–Huye... –susurró al cabo de un rato–. Que aprendan lo que vales mientras se hunden solos.

–¿Huir? ¿Adónde? –rió nerviosamente el de cabellos oscuros.

–No lo sé... Podrías irte conmigo unos días.

Los ojos pardos se abrieron y detuvieron su llanto de súbito.

El muchacho miraba a otro lado, distraído, como si se tratara de algo muy casual.

Mouri apretó los labios y se incorporó sobre el colchón, gateando hasta enfrentarlo.

–¿Y... adónde iríamos...?

–Podríamos... –pensó unos instantes, viendo los ojos rojizos de Mouri–. Podríamos salir de la ciudad, escuché de unas cabañas... Podríamos quedarnos en mi casa... Rentar algún lugar aquí mismo y encerrarnos... No lo sé...

–¿Solos... tú y yo...? –susurró el de cabello oscuro, acercándose peligrosamente a Chousokabe.

–Si... –contestó éste, perdido en sus ojos oscuros–. Sólo nosotros.

Shojumaru llevó sus manos a los hombros de Motochika y lo empujó hacia atrás, obligándolo a recostarse. Se acurrucó a su lado, abrazando su cintura con fuerza y apoyando la cabeza sobre su pecho.

Chousokabe sonrio para sí mismo y acarició el cabello castaño.

–Podría quedarme así siempre –pensó.

Sólo tenía algo que hacer antes de poder descansar tranquilamente, y era encargarse de los bastardos que se atrevieron a tocar a Shojumaru. Pero sabía que él no le facilitaría nada, así que, en cuanto tuviera oportunidad, iría a ver a su informante.