Siempre me pareció que Lavi es como un personaje de un libro que leí hace unos años. El libro es "La Emperatriz de los Etéreos", y el personaje se llamaba Aer. Era gracioso y muy inteligente, pero siempre parecía querer "escapar". Y, es más, se fue y arrastró tras de él a Bipa. Creo que en el anime Lavi siempre va a permanecer "alejado" de los demás por una muralla de simpatía.

Y, bueno… este capítulo es M total. Quizá me quedó demasiado denso, o me explayé demasiado. Vamos, que no es para menores. Creo que quedó un poco mal u.u

Gracias por leer, chicas, espero no defraudaros =)

Capítulo 4: Simples humanos.

No tuve tiempo de reaccionar. Mi espalda dolorida chocó contra el tronco de uno de los árboles, y gemí. Sus manos aferraban mi rostro con fuerza. Tiró con fuerza para hacer que lo mirase a los ojos. Vi reflejado el dorado de los míos en el verde esmeralda del suyo, y aquello me provocó algo parecido a la repulsión. Torcí el gesto mientras él me miraba fijamente.

-Puedo verte –me dijo-. No… no eres… él.

Opté por no responder. Lavi comenzaba a clavar sus uñas en mi piel, pero no me moví. Con el dedo índice, trazó el recorrido de mi difuminada maldición. Cerré los ojos cuando acarició el párpado, y suspiré.

Cuando los abrí, él estaba muy cerca. Quizá demasiado.

-No eres el Decimocuarto. No ahora, ¿verdad?

Me preguntaba porqué de pronto veía borroso, hasta que cayó la primera de mis lágrimas. Él la limpió al instante.

-No –respondí, con la voz quebrada.

Pasó una mano lentamente por mi pelo, jugueteando con los largos mechones. Parecía estar igual de confuso que yo. Avanzó un paso más hacia mí, y pude entonces oler su aroma, el olor que despendía su cuerpo, a rayos de Sol y verano perpetuo. Acarició mi rostro.

-No –me negué entonces, intentando retroceder inútilmente-. No me trates así.

Su rostro se volvió serio, peligroso. Volví a ver mi dorado en su pupila, haciendo que me sintiese peor aún.

-¿A qué has venido? –gruñó.

-Yo también busco Inocencias –respondí sinceramente.

-¿Vas a matarnos?

De nuevo, la sinceridad derrotó a la mentira.

-No. No podría.

Desvió la vista. La Inocencia seguía brillando entre los dos, atrapada en mis manos. La miramos un momento, y después nos miramos el uno al otro. El semblante del Bookman se suavizó. Volvió a rozar mi mejilla, como si realmente no creyese que estaba allí, justo delante de él.

-¿Qué tal te ha ido? –preguntó en un susurro. Era la frase que nos decíamos, como un ritual, cada vez que alguno de nosotros volvía de una misión. Cerré los ojos fuertemente y volví a mirarlo. Cuando regresase al Arca, seguramente aquel recuerdo sería el más preciado de los que conservase.

-Monótono –respondí-. Y… ¿a ti?

-Un infierno.

Entonces, me abrazó. Sentí sus manos aferradas a mi espalda, su rostro hundido en mi pelo. Correspondí al gesto algo más tarde, desconcertado, pero lo apreté contra mí todo lo fuerte que podían mis débiles brazos. Escondí la cabeza en su pecho. Lo oía. Oía su corazón, como una melodía sin freno y desesperada, ahora rápida, ahora lenta.

Me sentí tranquilo, calmado. Todo volvía a su sitio. Mis manos se amoldaban a su espalda, las suyas buscaban su lugar en mi pelo, o recorriendo mi columna. Todo estaba bien. Todo estaba bien.

Todo estaba bien, hasta que me besó de nuevo.

Podría haberme preguntado porqué creía en mí tan rápidamente, o si realmente yo parecía tan inofensivo, aún con los ojos del Decimocuarto brillando en oro.

Pero no me pregunté nada de eso. En realidad, no me pregunté nada. Supongo que él tampoco. Sólo éramos los dos pedazos recortados de un mismo folio en blanco, que compartían de nuevo sus bordes y tinta para reescribir su historia.

Se separó de mí y, tras un largo segundo, abrió los ojos, como despertando de un bonito sueño. En ese momento, tomó la Inocencia que aún sostenía en mi mano y la tiró por encima de nuestras cabezas, hacia la inmensidad del follaje.

Me miró a los ojos:

-Basta por esta noche –me dijo, y al hablar sus labios rozaban los míos-. Vamos a ser simples humanos esta noche.

Volvió a besarme, y bebí de ese beso como si fuese el agua al final del camino. Pronto, el beso único se fue transformando en una cadena húmeda desenfrenada, que bajaba por mi cuello y me aplastaba contra el tronco del plateado árbol.

Cuando me di cuenta de lo que significaba para él "simples humanos", era demasiado tarde. Había ido allí deseando que alguien me matase, y había acabado echado en el suelo, con el hombre que ocupaba cada uno de mis sueños sobre mí, besándome como si el mundo se acabase a la mañana siguiente.

Gemí al sentir su boca en mi cuello, y sus manos acariciando todo mi cuerpo. Podía ver sus ojos cerrados, el rubor en su rostro y su boca entreabierta. Oía su respiración agitada estallando en mis tímpanos, y el sonido brutal de la cremallera de su uniforme al bajarla.

Llamé su nombre. El tintineo de los cinturones siendo desabrochados llenó el silencio.

Y comenzó el fuego.

Odiaba la sensación del calor abrasando mis ropas, así que comencé a quitarme todo, sin esperarlo siquiera. Su lengua iba recorriendo el camino que los botones de mi camisa iban abriendo. Mi pecho subía y bajaba al mismo compás del suyo, y me estremecí.

Él se deshizo del resto de su uniforme. Cuánto había echado de menos ese pecho, esos brazos y esas manos…

Precisamente esas manos, que se deslizaban bajo mis pantalones. Suspiré cuando comenzó a acariciarme lentamente, casi con miedo. Se inclinó para besarme mientras mis caderas se arqueaban involuntariamente hacia él, y nuestros gemidos estallaban en los labios del otro.

-¿Lavi…? –realmente necesitaba…

-Soy yo, Allen –… oír que era él de verdad.

Humedad. Lavi aceleró el ritmo de su mano, y yo ya no podía controlar el volumen de mi voz, ni siquiera mi propio cuerpo. Entonces, él me sonrió una sola vez, y sentí que me rompía en fragmentos de placer y gritos ahogados en su pecho.

Me dejé caer en el suelo iridiscente, completamente rendido ante él. Volvió a besarme, y sentí en sus labios el sabor salado y maleable de algo que no quería pensar qué era exactamente.

-Esto no son cosas de humanos –espeté sin aliento, cuando una lasciva mirada suya erizó todo el vello de mi nuca. No me creía capaz de aguantar el asalto final, pero no era la primera vez que comprobaba que realmente podía aguantar más de uno.

-¿A quién diablos le importan los humanos? –gruñó antes de lamer mi oreja.

En un segundo, me encontré de cara a la hierba luminosa, y el resto de nuestra ropa se hallaba en paradero desconocido. El sudor era ya una segunda capa de piel, que nos limpiábamos como gatos el uno al otro.

Sentí uno de sus dedos en mí, y me mordí el labio inferior, conteniendo la respiración. No le dejé seguir cuidando de mi cuerpo.

-Vamos… –casi supliqué.

Dolió, pero lo palió por completo el placer que sustituyó a la tortura. Grité de la sorpresa, de ese placer tan completo que hacía años que no sentía. Me arqueé para mirarlo. No había lunar bajo unos ojos dorados. No había contraste gris y blanco. No había violencia gratuita en sus embestidas, ni una oscuridad perpetua para imaginar.

Aquello era real. Eran reales los rojos mechones húmedos pegados a su frente, y sus pupilas verdes. Era real el color tostado de su piel. Totalmente cierto.

Al final, acallamos el fuego con fuego, besándonos. Caímos rendidos al suelo, y él me abrazó fuertemente. Hundí el rostro en su palpitante cuello, intentando reponerme de todo aquello.

-Vaya –le oí suspirar, y sabía que mostraba una sonrisa de autosuficiencia. Lo miré. Sí, ahí estaba esa sonrisa. Sonreí también.

-Ahora es cuando yo finjo pedir ayuda a la Orden desesperadamente para que te curen, ¿verdad? –comenté, y él rió con ganas.

Acarició mi pelo lentamente. Parecía no creerse que fuese tan largo. En un movimiento reflejo, casi sin pensar, alcé la mano lentamente y la pasé por encima de la tela negra que cubría su ojo derecho. Él se apartó rápidamente, alarmado.

-No pensaba… lo siento.

No dijo nada, sólo volvió a besarme, haciendo que me acurrucase junto a él.

Qué bonito recuerdo aquel.