Lanzas la moneda al aire, y te das cuenta que un lado y el otro, aún distintos, son parte de lo mismo.
Disclaimer: Es difícil lidiar con el hecho de que nada me pertenece, pero poco a poco iré superándolo.
Aclaraciones/advertencias: Post-movie. Momento Helsa.
Esto es para las amantes de que Hans se salga con la suya.
Una moneda siempre tiene dos caras
La lámpara de aceite golpeó contra la pared de madera y la luz bailó durante unos instantes antes de volver a quedarse fija.
Apartando la vista del balde en la esquina, Hans sopesó sus posibilidades contemplando con mirada analítica el pequeño compartimiento del barco que le servía de celda hasta que llegaran a su reino. Era plenamente consciente de que tenía que idear un plan para poder salir y escapar de allí, conocía el destino que tendría una vez que llegara a las Islas del Sur para recibir una condena justa por sus acciones.
Sabía que nada de provecho resultaría de ello y no le convenía arribar a las islas, por lo menos no en sus actuales circunstancias. Necesitaba encontrar una forma de escape, pronto.
La parte posterior de su cabeza impactó contra la pared en la que estaba apoyado y la lámpara volvió a agitarse, aunque afortunadamente la flama no se apagó, en medio de las sombras no podría hacer algo muy útil, y le desagradaba pensar que la inmunda rata que roía en el compartimiento contrario aprovecharía a ingresar a través del pequeño hueco en la parte baja de la pared.
Desperezó su cuerpo y se puso de pie sintiendo que la temperatura descendía más, el espacio entre la puerta y el suelo, y la ranura, permitían que el aire helado de la noche ingresara al compartimiento y le provocara tener escalofríos por no estar debidamente cubierto.
Se situó contra la puerta frotando sus brazos, libres de grilletes como concesión de parte del francés, cuestionándose cómo haría para escapar de su situación actual. Si iba a hacer algo, tenía que ser ahora, o de lo contrario el día de mañana se encontraría a los pies de las Islas del Sur, sin alguna alternativa más que enfrentarse al castigo que le impondrían el rey junto con el Parlamento —la reina se negaría a castigarlo.
El barco se agitó con vigor y Hans se preguntó si la tormenta seguiría empeorando y si les sería posible librarla. Aun siendo verano, no se podía estar seguro si las tempestades llegarían, tenían conocimiento de las condiciones que predominarían en la temporada, pero la madre naturaleza decidía qué ocurría, sin importar que una lluvia violenta no encajara con el mes de junio en que se encontraban.
Ignorando ese tópico, trató de volver a los planes para escapar de ese pequeño compartimiento y conseguir uno de los botes para poder huir, aun cuando las olas atacaran sin clemencia. Confiaba más en sobrevivir en un bote, por su cuenta, que pisando tierras conocidas. La cuestión era, en realidad, cómo podría salir.
La puerta estaba trancada, no, cerrada con llave, y a menos que la destrozara —lo cual atraería la atención de los marineros, sus marineros—, no había forma de burlar esa barrera, conocía cada rincón de esa embarcación, y en ese maldito compartimiento no existía otra salida fuera de ese trozo de madera inútil. Odiaba que lo hubieran trasladado de la celda en que estuvo antes, como estúpido había burlado el cerrojo en el momento equivocado y el francés había encontrado otra forma de apresarlo.
Un nuevo movimiento del barco lo impulsó hasta la pared contraria y, atontado, sintió cómo el aire le abandonaba durante unos segundos tras el impacto. Soltó un puñetazo a la pared por la impotencia, se sentía como un muñeco y eso le irritaba.
Se propuso dar otro golpe, pero escuchó, en medio de los sonidos de la lluvia y los truenos, que el pomo de la puerta daba un giro y se abría estrepitosamente.
—¿Su Alteza? —La voz alterada del dignatario francés, Émile Lacroix, lo recibió antes de que pudiera dar la vuelta.
—¿Todavía me considera como tal? —repuso Hans con sarcasmo enarcándole una ceja al pelinegro frente a él, que respiraba agitado y se sostenía del umbral de la puerta con tanta fuerza que sus nudillos se veían más blancos que todo su cuerpo. A pesar de su calma, Hans estaba analizando cuál estrategia emplear para encerrar al francés en su lugar y escapar en un bote mientras todos estaban concentrados en la tormenta.
—Así es, su Alteza —afirmó el hombre tambaleándose junto con el barco. Su rostro parecía estar constipado y Hans se jactó al notar que el francés estaba afectado por la tormenta. —Pero no me encuentro aquí para asegurarme de su bienestar. —Por supuesto que no lo haría, de lo contrario su cuello no le dolería por la posición incómoda en que había dormido los pasados dos días—. Me veo obligado a solicitar su ayuda.
Hans esbozó una sonrisa torcida y esperó a que el francés explicara a lo que se refería, era un magnífico negociador y podía pedir algo a cambio.
—Cinco de los hombres han salido gravemente heridos y dos han sido expulsados al mar —Hans arqueó sus cejas sorprendido por quien llevara las riendas del barco en su ausencia, exponer a los hombres de la manera errónea hacía que hechos así ocurrieran. —Y requerimos otro par de manos que pueda encargarse del timón una vez que todo apacigüe.
Con incredulidad, Hans asintió, aprovechando la oportunidad. Todos los hombres del barco, sin excepción, sabían manejar el bote a la perfección, y le sorprendía que hubieran mentido para tenerle fuera de ese compartimiento. Al parecer, todavía le guardaban lealtad a él, sabían que una vez fuera se las idearía para huir sin que ellos fueran culpados por ayudarle.
—¿También ahora servirían mis manos? —cuestionó con fingida preocupación, comprendía que el francés fuera a darle la información de su futura tarea, pero no que lo hiciera mucho antes de cuando tuviera que llevarla a cabo. Émile asintió y Hans lo vio tragar cuando la embarcación volvió a ser arremetida por una ola, para acto seguido desaparecer presuroso hacia donde se encontraba la escalera que llevaba a cubierta.
Conteniendo una exclamación de triunfo, Hans salió del compartimiento sin permitir que el mar le hiciera trastabillar, por una vez más, y esperaba que continuara así —no como la ocasión anterior—, la suerte estaba de su lado.
Con cada paso que daba hacia cubierta, los sonidos de la lluvia se hacían más presentes conforme su intensidad aumentaba. Los compartimientos con los que se cruzaba le recibían con los gemidos de los hombres heridos y las voces de quienes se encargaban de auxiliarles.
Al subir la escotilla, la iluminación de un relámpago lo cegó y se sintió empapado por la lluvia que arreciaba en transcurso de segundos. Un trueno le ensordeció, y envuelto en un zumbido que martillaba sus oídos anduvo con cuidado para hallar lo que estaba buscando, uno de los tres botes pequeños que le ayudarían en su fuga. Sencillamente, el barco no estaba en condiciones para que algún hombre pudiera hacer algo sino esperar a que la tempestad se aplacara.
Por otro lado, él siempre se preocupaba por sí mismo antes que en los otros, y eso no iba a cambiar en ese preciso momento, cuando la situación estaba a su favor.
Otro trueno resonó y una ola inmensa cubrió al barco, obligándole a sostenerse de un mástil cerca de él hasta que creyó viable volver a andar. Estaba lo suficientemente cerca de los botes como para desistir, ninguna oportunidad tan buena se presentaría más adelante.
Temblando por la frialdad del agua que le había cubierto, Hans anduvo a gatas hasta que sus dedos azules y arrugados hicieron contacto con la pulida superficie de madera de uno de los botes. La lluvia golpeaba con fuerza y su temperatura corporal era baja, así que le fue muy difícil comenzar a desatar la cuerda que mantenía sujeto el bote a uno de los mástiles del navío. Sus manos trémulas no podían continuar sin tener un cuchillo en sus manos, debía de volver por uno cuanto antes.
Aspiró todo el aire que pudo sintiendo que la gélida brisa calaba hasta lo más profundo de su ser y se dispuso a tomar el camino que llevaba al compartimiento de armas, en el otro lado del barco. Pero una nueva ola arremetió y tuvo que agarrarse del mástil para no caer al mar.
Fue entonces que a sus rodillas llegó una daga con una hoja de plata y detalles de oro en el mango, con sus iniciales grabadas en pequeño. Riendo, lo cogió y siguió con la mirada la dirección de la que había provenido.
Parpadeando, y a pesar de las gotas de lluvia que dificultaban su visión, Hans vio a uno de sus hombres sujeto a una cuerda, ofreciéndole un asentimiento como despedida. Alzó la mano en agradecimiento y cortó una de las seis cuerdas que sostenían el bote, para girarlo y que en el casco estuviera en posición para caer al agua. Era una idea loca, de la cual no podría salir con vida, pero valía la pena hacer el intento.
Buscó los remos y los puso en el bote antes de subirse él. Reuniendo fuerzas cortó dos de las cuerdas de cada lado y aflojó la de su derecha lo suficiente para romperse cuando cortara la de la izquierda.
Después de años de no recurrir a él, rogó a Dios que le salvara y pasó la daga en la cuerda hasta que se rompió, sujetándose con fuerza hasta que sintió que el lado derecho cedía y le hacía caer.
Con un golpe, el bote hizo contacto con el agua y gimió adolorido escupiendo la sangre de su boca tras haberse mordido el interior de su mejilla.
Atisbó que su pequeña embarcación se alejaba del gran navío, pero no cantó victoria, aún no era tiempo para ello. Con cuidado, guardó la daga en su bota y en hizo un ovillo en el bote, junto a los remos, permitiendo que el agua le llevara a donde deseara, enfrentarse a ella sería estúpido y suficientes tonterías había cometido en la última semana.
Cerrando los ojos para no forzarlos contra el agua que caía, Hans pensó que en el futuro debía de ser más precavido. Intentar matar a la reina fue una de las estupideces más grandes que había intentado en su vida, y que realmente no necesitaba, había arruinado por completo el papel que estaba interpretando, el que le daba los privilegios de rey siendo un hijo de un simple lacayo —ascendido hasta mayordomo.
Había sido un imbécil queriendo tantear al destino ocupando el puesto de la reina de Arendelle. Que el verdadero príncipe Hans hubiera muerto años atrás había sido un golpe de suerte demasiado bueno como para querer aspirar a más.
Pero ya estaba hecho, así como había ocupado el lugar de su medio hermano, debía volver a ser Hans Sørensen, el hijo del lacayo que fue amante de la reina de las Islas del Sur, el joven idéntico al último de la dinastía Westergaard, quien se aprovechó de él muchos años para utilizarlo como su relevo antes de morir en un duelo, obligándole a tomar su lugar indefinidamente.
Ya no existía más Hans Westergaard, reflexionó con aspereza.
Con lo que se había divertido siendo un príncipe.
Una semana después
.
—He muerto —anunció Hans azotando el periódico en la barra de madera de la taberna, haciendo brincar al cantinero que lustraba una copa.
Otto enarcó una ceja y dejó la copa en un estante a sus espaldas antes de coger el Southern Journal con desinterés.
—Es bueno verte de nuevo, Hans —saludó con una risa seca que fue seguida por un bufido del aludido, que después sonrió al escucharle leer la primera plana del periódico en voz alta—: Embarcación Real sufre naufragio en altamar, no hay sobrevivientes.
Mientras el otro leía la nota donde se anunciaba que la embarcación en la que viajaba el décimo tercer príncipe se había hundido en su regreso de Arendelle, tras la visita por la coronación de la nueva reina Elsa, Hans fue al otro lado de la barra y tomó dos vasos, donde les sirvió brandy a ambos.
—El "sepelio" será pasado mañana en punto de las doce, todos los ciudadanos deberán guardar luto por el fenecido —dijo Hans con calma probando la bebida, apoyando sus codos en la barra. —Me lo ha dicho mi padre cuando he ido a saludarlo hace una hora.
—Eres un maldito, ¿lo sabes? —soltó su amigo dándole un sorbo a su propia copa—, pasas tiempo ocupando el puesto del príncipe y cuando llega el momento de asumir mayores responsabilidades, casualmente mueres, volviendo a ser libre.
Hans rió ante las palabras del castaño, no le había dicho lo que trató de hacer en Arendelle, pero se lo haría saber en unos momentos. Otto era el único conocedor de que el verdadero príncipe había muerto seis años atrás, pues fue el padrino del combatiente de aquél, que también murió aquella madrugada porque su herida de bala se había infectado. Él había sido el padrino del príncipe que, moribundo, le pidió no decir a nadie de su deshonrosa muerte, prometiéndole ocupar su lugar.
Su muerte no había sido muy grata, pues en todos los años compartidos con su medio hermano éste se había convertido en su mejor amigo, pero Hans no negaría que al ofrecérsele tal oportunidad no pudo dejarla pasar.
Juntos, Otto y él, habían dado sepultura al príncipe y al idiota al que se enfrentó por una puta, estando borracho. Luego, él había logrado que, al mismo tiempo que el príncipe, partieran, y se prepararan en un lugar muy lejano para ser marineros.
Fue muy sencillo a partir de ese entonces, nadie le conocía y con su propio nombre pudo llegar al grado de Vicealmirante en una de las colonias del reino al que perteneció su madre, puesto con el cual pudo conseguir papeles falsos para el príncipe, para cuando regresara a su reino, lo que hizo dos años atrás, usurpando el sitio de mismo (donde el rey le otorgó a su hijo el grado de Almirante por los logros del extranjero, y también para que el hijo de un empleado de su casa no tuviera una categoría más alta que él).
Durante momentos en el pasado había olvidado quién era, pero ahora se sentía bien siendo libre de las responsabilidades que como príncipe tuvo. Agradecía que Hans fuera un nombre tan común en las Islas o de tal manera sí habría tenido problemas y confusiones.
—¿Qué ha dicho tu padre de tu aparición? —preguntó Otto cerrando el periódico al tiempo que se sentaba en su taburete—, ¿sospecha algo? Tu astucia la obtuviste de él, que no se te olvide.
Hans se encogió de hombros y dio otro sorbo a su vaso. —No, para él acabo de arribar esta mañana a las Islas, como para todo el mundo —Otto arqueó una de sus cejas castañas—, mi partida de nacimiento dice Hans Sørensen, pasé seis años en el sur del continente y soy un Vicealmirante, puedo probarlo, Otto. Nadie podrá decir que soy el príncipe, la única que notaba la diferencia fue mi madre, y ella murió hace quince años. Nadie dirá que soy el hombre que partió hace dos semanas, ni siquiera los viejos reyes cuando me vean. El rey siempre supo que el príncipe no era su hijo, sino de su mayordomo, simplemente por el parecido que guardábamos ambos con mi padre y lo idénticos que éramos entre nosotros. La reina sólo se conmocionará al verme, Hans era su hijo favorito, pero sabe que él tenía a su gemelo.
—Hablando de eso, ¿nunca has indagado con ella si tú y él fueron gemelos en verdad? —inquirió Otto mirando su vaso con expresión pensativa—. El parecido era demasiado casual.
—Mi madre me amó tanto que dudo no haber sido su hijo y la reina me observaba con indiferencia como para considerarme suyo. Y soy tres meses menor… —convino Hans dejando pasar el tema, él alguna vez sospechó lo mismo, pero por la memoria de su madre no quiso buscar respuestas. —Hay algo que debo decirte… —musitó en voz baja. Cerró los ojos preparándose para sus siguientes palabras—: Traté de matar a la reina.
Otto escupió el contenido de su boca y tosió escandalosamente, con su cara obteniendo un color rojizo por la impresión.
—¡¿Qué diantres?! ¡¿Eres estúpido?! —exclamó tomando al pelirrojo del cuello de su camisa, agitándolo con fuerza. —¡¿Cómo se te ocurre?!
Hans comenzó a mover sus brazos para tratar de apartarlo, pero el castaño era muy corpulento para su propia complexión, y el aire que llegaba a su pecho era muy poco como para darle energía. Quería hablar, pero con su boca aspiraba más oxígeno que por su nariz y la opresión en su garganta era tan fuerte que raspaba hacer un esfuerzo.
El otro pareció percatarse de lo que hacía y lo soltó con un tirón. Hans poyó una palma en su pecho mientras recibía aire y con su mano libre le dio un golpe en la cabeza a su amigo.
Inspiró bocanadas de aire y sintió el latido alterado de su corazón mientras carraspeaba para recuperar el habla.
—Sé que fui lo suficientemente estúpido, pero ahora que he perdido una vida no quiero que me arrebaten la otra. Te lo he dicho por si alguna vez lo escuchas y quieres delatarme pensando que te lo he ocultado —aseveró firmemente entrecerrando los ojos.
—No veo algún motivo que pueda justificar matar a la reina —devolvió el castaño cruzándose de brazos amenazadoramente, sus músculos y su aspecto de malo eran de temer, y no le convenía tenerlo en su contra. Otto no era muy agresivo, pero practicando boxeo había aprendido a asestar golpes que eran capaces de noquearlo o matarlo, y él era el único amigo que tenía tras mucho tiempo. Al que podía recurrir para que le cuidara las espaldas. —Empieza a hablar.
—Me entró la locura. Sentí el impulso de saber si podía aspirar más alto y se me presentó la oportunidad…
—¡Hijo de puta! ¡Y una mierda! ¡Tú más que nadie sabe lo que conllevan esas oportunidades! —interrumpió Otto con dureza, entre momentos le entraban sus dudas sobre si guardar el secreto de la muerte del príncipe era adecuado, pero ahora tal vez podría descansar al notar que el alma del pobre muchacho tendría paz.
—¡Lo sé! Me lo repetí bastante en mi celda.
—¿Celda?
—Sí, fui descubierto porque creí que todo estaba a mi favor y la estúpida niñata salió de la nada. —Prosiguió a contarle todos los sucesos ocurridos dos semanas atrás en el reino vecino, desde su llegada con la intención de descubrir el secreto de la reina, su interés en saber si era capaz de enamorarla para desposarla, el cambio de planes al darse cuenta que era más sencilla la menor de las herederas.
Y el momento en el estudio en que decidió que la princesa no le servía para cumplir lo que quería, por sí mismo había alcanzado un sinfín de metas y más adelante la joven iba a ser un impedimento para él del que no habría podido deshacerse tan fácilmente.
Cuando las ansias de más poder entraban a su mente no podía pensar con claridad y seguía impulsos que no finalizaban de la manera correcta. Nunca había tratado de matar a nadie y cegado por los giros de la suerte, su narcicismo y el brillo de la corona, había caído. Se había conformado con ser un príncipe sin haber nacido para ello, pero que el hijo de un plebeyo hubiera podido alcanzar el puesto de rey lo había vuelto loco. Se le había olvidado que estaba en el papel de príncipe y no en el propio, había olvidado la línea divisoria entre las vidas de ambos —y milagrosamente no se había expuesto en el transcurso.
—Sé lo que te ocurrió, Hans —admitió Otto con los hombros caídos, finalizando su whisky—, tus aires de rey todopoderoso y el fingir ser dos hombres a la vez hicieron mella en ti. Tu cordura no podía estar tan bien después de todo eso. Hay veces en que me atemoriza lo que eso puede hacerte, pero finalmente se ha acabado. Agradece que hayas salido vivo de ésta y que ya no tendrás que volver a fingir.
—¿No vas a echarme la bronca? —Hans entrecerró los ojos calculadoramente, su amigo se había convencido rápidamente de sus palabras y le parecía sospechoso.
Otto soltó una carcajada.
—No, no sería hipócrita cuando llevo a cuestas la muerte del príncipe Hans, aun cuando no lo haya matado. A veces me pregunto cómo habría sido todo de seguir los pasos de mi padre y ser parte del clero, establecido en la vicaría de mi isla.
Hans tuvo que reírse imaginándose a un hombre de casi dos metros dando el servicio dominical, ofreciéndole comunión a alguna débil anciana o casando a alguna pareja.
—¿Qué harás a partir de ahora? —Arrugó la nariz, él se hacía la misma pregunta que su amigo. En las costas de territorio griego había perdido su propio barco dos años y medio atrás, y por el momento no podría enlistarse para zarpar con una de las flotas de las Islas porque el luto se extendería, al menos, durante unas semanas.
Quizá disfrutaría del dinero que tenía en su cuenta personal, o pasaría unas noches sin dormir disfrutando de los placeres que llevaba tiempo privándose.
—Por ahora, despedirme finalmente de Hans Westergaard, me gustará que me lloren —manifestó con arrogancia y Otto rodó los ojos antes de volver a limpiar sus copas.
Las banderas izadas en la plaza central del reino se ondearon cuando una brisa suave sopló en la conclusión de la ceremonia en honor al príncipe, sus colores rojo y blanco contrastaban con el negro y gris que portaba la familia Real y los súbditos que se encontraban presentes como público. Una atmósfera lúgubre inundaba el lugar y se sentía la pena que la reina no podía disimular por la pérdida de su hijo favorito, que no era compartida por el rey y gran parte de los hermanos allí congregados.
Hans negó por la indiferencia que los familiares del príncipe mostraban por él a pesar de su muerte. Años atrás no le costó llegar a la conclusión de que esos sentimientos de desprecio se debían a que lo rechazaban por no ser el hijo del rey Herman como todos ellos, y lo mucho que le pesó a su medio hermano que no le tomaran en cuenta.
Se colocó su sombrero naval cuando la ceremonia concluyó y las personas comenzaron a dispersarse hacia las calles adyacentes. Su padre le palmó la espalda con un asentimiento, como no había cuerpo que enterrar, una inscripción en piedra estaría en el sitio donde el cuerpo de su amigo debió descansar.
Sentía que una de las cargas que llevaba a cuestas estaba desprendiéndose. El príncipe había sido enterrado en una fosa común en una vicaría de una de las islas vecinas, ahora por lo menos recibiría un tributo tras morir.
Desganado, acompañó a su padre a entrar por la puerta principal del castillo, como amigo cercano del príncipe e hijo del mayordomo más importante de la residencia —además de portar el grado de Vicealmirante, para sorpresa de muchos—, podía ingresar al lugar por aquella puerta en ocasiones especiales, como la actual. Era increíble que tres semanas atrás la hubiera utilizado sin restricciones, pero eso debía quedar en el pasado.
En unos minutos comenzarían a ingresar los miembros de la Realeza que arribaron para la ocasión, de los cuales más de la mitad no conocieron nunca al príncipe.
—¿Te unirás a la marina de las Islas o volverás al extranjero? —Jens Sørensen enfocó sus ojos esmeraldas en él, inundados en afecto y melancolía pensando en que sólo uno de sus hijos quedaba con vida.
—Planeo tomarme las cosas con calma a partir de ahora —respondió Hans sintiéndose plenamente confiado con sus palabras. Ya había sido demasiada emoción en algunos años para él, y no tenía otra la vida a la cual recurrir. Lo que más le importaba era él mismo y no iba a poner esa vida en riesgo por nada. —Pero me uniré a la marina de aquí y tendré que volver al mar cuando el rey lo ordene, padre.
Jens asintió dando un suspiro antes de que tuviera que volver a sus labores, para él, la pérdida tendría que llorarla cuando su horario concluyera.
Hans se dispuso a dirigirse a la cocina notando que la gente comenzaba a entrar para darle el pésame a los reyes en el salón, pero en la distancia una cabellera rubia conocida atrajo su atención. Rió divertido por la hipocresía de la reina de Arendelle al presentarse en la ceremonia fúnebre del hombre que intentara asesinarla. Por su padre, había sabido que desde una semana atrás era de conocimiento privado la muerte del príncipe, y que la prensa pudo publicarlo seis días después, lo que le dio tiempo al secretario del rey de hacer el anuncio a otros reinos.
Era desdeñosa la manera en que se comportaban en los altos círculos a los que quiso pertenecer, y a los que perteneció, pero daba igual, no volvería a cometer una estupidez como la de antes, Westergaard número trece estaba muerto.
Se encogió de hombros y por darse la vuelta no se percató que la reina se había apartado de su grupo y le seguía, sino hasta que ella le llamó.
Sus ojos se abrieron pero aparentó calma al volverse y enarcar una de sus cejas rojizas. Afortunadamente ya se había recortado las patillas que escondían el único lunar que lo diferenciaba del príncipe y la reina no se daría cuenta de que era el mismo que vio antes.
—¿A qué clase de teatro nos han presentado? —Ella empleaba la misma firmeza que utilizó al negarse al matrimonio entre él y Anna. —¿Qué pretenden sus padres? ¿Dejar que su crimen salga impune, Westergaard?
Se hizo el desentendido y frunció el ceño. —¿A qué se refiere usted, señorita? Yo no soy…
—Habría sido más creíble si se hubiera mantenido en la oscuridad —intervino ella sin dejarle decir que él no era el hombre que pensaba, una mentira más a las muchas que había dicho desde que era joven.
—De verdad señori… —Su padre apareció tras Elsa y aclaró su garganta antes de hablar:
—¿Ocurre algo, su Majestad? ¿Hijo?
Hans miró con cara confusa a la reina y le sonrió a su padre.
—¿Su Majestad, dices? —Realizó una reverencia profunda felicitándose por lo mucho que le sirvió fingir ser otra persona conforme crecía, le permitió poder aprender maneras de engañar a la gente a su voluntad. —Es un honor.
Se incorporó observando a la reina parpadear un número indefinido de veces, mirando entre él y su padre sin comprender qué ocurría frente a sus ojos.
—Lo lamento, su Majestad, pero no he comprendido lo que me ha dicho anteriormente —expresó calmado.
Elsa arrugó su entrecejo levemente y se dirigió al mayordomo en lugar del hombre idéntico al príncipe que intentó matarla.
—¿Por qué hemos venido al funeral del señor Westergaard si él se encuentra frente a mí? —De soslayo observó que el pelirrojo al que se refería suspiraba, al igual que el anciano de cabellos platinados como los suyos, este último adquiriendo un brillo en sus ojos verdes que significaba lágrimas contenidas.
—Siempre ha ocurrido lo mismo —musitó en voz baja el anciano, ofreciéndole una sonrisa triste. —Mi hijo y el príncipe, que en paz descanse, guardaban un parecido sin igual, su Majestad —le explicó y Elsa jadeó con sus palabras. No podía ser así, sabía que se encontraba con la misma persona que se comprometió con Anna la noche de su coronación, era una ruin mentira, pero la mirada afectuosa del anciano para con el pelirrojo y estar en un funeral eran indicios de que debían decirle la verdad.
Se sonrojó abochornada y asintió en dirección del hijo del mayordomo antes de pedir al hombre mayor que les dirigiera al salón para dar sus condolencias a los reyes. Había comentado con Anna que no mencionaría a ellos los deshonrosos actos cometidos por el príncipe y por la mirada de los invitados a su fiesta que estaban presentes ese día, su decisión era la misma que la suya.
No obstante, tenía el presentimiento que algo andaba mal con el hijo del mayordomo.
Miró sobre su hombro una última vez y juró que la sonrisa del pelirrojo era la misma que Hans Westergaard tuvo… o tenía.
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Hans estaba satisfecho por los resultados que sus hazañas estaban teniendo. Sin siquiera preguntarle, por la tarde, después de que los miembros de la Realeza se retiraran, el rey se había acercado para pedirle que se uniera a sus filas, ocupando el lugar que su hijo tuvo con anterioridad; durante un período de prueba decidiría si él le concedería un grado más después de hacer los arreglos con la reina bajo que le había otorgado su alto rango. Podría llegar a ser un Almirante por sí mismo, como merecía.
Aunado a ello, la reina de Arendelle se iría el día siguiente sin tener más sospechas sobre su identidad, pues la misma Regine Westergaard afirmó frente a otros curiosos del baile que su querido hijo y el Vicealmirante Sørensen tenían una apariencia tan similar que hasta a ella le dolía verlo en esos momentos por el recuerdo de su hijo.
Todo estaba yendo viento en popa, se dijo alzando su copa escuchando las risas de los hombres en la taberna de Otto, que jugaban cartas y bebían sin cesar en honor a los marineros muertos que nadie recordaría además de sus familiares. Por un momento se sintió mal por sus leales hombres, pero cuando él sobrevivió pensó que ellos también lo hicieron, una pequeña balsa no era nada comparada con una embarcación de esa magnitud.
Con un asentimiento en dirección a Otto, se retiró del lugar para ir a la casa de citas de madame Dubois, ubicada a tres edificios del otro lado de la calle. Las personas con un buen bolsillo eran quienes podían pagar los servicios de las chicas bajo el cuidado de su "matrona", que sabía habían llegado desde el campo ilusionadas por encontrar un trabajo en alguna casa decente y terminaron siendo acogidas por la lista anciana, que se aprovechaba de cuando ellas eran rechazadas por los secretarios de los aristócratas y temían mendigar en las grandes avenidas.
Cruzó la calle libre de transeúntes y caminó bajo las luces de las lámparas que estaban siendo encendidas por los empleados del reino, ya que comenzaba a oscurecer. En julio los atardeceres eran a horas más altas del día y era explicable por qué hasta ese momento se dedicaban a la tarea. Se apartó cuando una pareja obstruyó su camino, reconoció a la actriz que hacía el papel de Ofelia de Hamlet en el teatro a dos cuadras y un hombre vestido completamente de negro, pero que inclinó su sombrero cuando pasaron a su lado.
Sonriendo, finalmente arribó a la casa de citas, donde madame Dubois le saludó afectuosa.
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Viendo pasar la zona más modesta del reino, Elsa hizo un gesto desdeñoso sintiendo que el hombre que la sujetaba por los antebrazos le lastimaba por la presión ejercida. Detestaba tener sus guantes en sus manos porque no había podido utilizar sus poderes para escapar de las garras de su captor, de no tenerlos habría roto su regla de no utilizar la magia fuera de su reino, pero temía el destino al que quería condenarla.
Se sentía decepcionada de sí misma por la manera en que la habían apresado, por haber sido tan ingenua como para salir del hotel en el que se hospedaba sin compañía, sólo para darle un vistazo al escaparate a dos calles de su estancia. Como excusa, podía decir que la caja de música con un prolijo tallado de copos de nieve, que pensó obsequiarle a Anna, había sido muy atractiva; y pudo haberla comprado si el establecimiento no hubiese estado cerrado.
Se había quedado observándola a detalle más tiempo del que debió y no se pudo dar cuenta de que alguien se había acercado para secuestrarla.
Tendría que emplear sus poderes hasta que se encontraran a solas. El hombre, que utilizaba un sombrero de copa negro, le había asido con fuerza y amenazado con un cuchillo para que no atrajera la atención a ellos dos. Sus demandas y explicaciones de que era una reina no le habían servido para ser liberada, el chantaje tampoco había sido de gran uso, y el ofrecimiento de una gran cantidad de dinero fue en vano. Nada sirvió.
—Puedo cubrirte los ojos ahora, hermosura. —Se estremeció con repulsión al escuchar la nauseabunda voz del hombre en su oído antes de que el camino de piedra y los edificios desaparecieran de su campo de visión.
Pensándolo mejor, sus padres habían hecho bien al cerrarle las puertas al exterior, ella no volvería a salir de su reino a menos que fuera un asunto de extrema relevancia.
En la ocasión actual sólo lo había hecho porque fue lo que se esperó de ella, siendo de las últimas personas que vio con vida al príncipe y, en menor instancia, la causante de que ese barco se encontrara en el mar durante esos momentos. Aunque eso no había sido su completa culpa, al mar no podía mandársele, pero para los demás su inasistencia se habría visto como una falta de respeto a los reyes y los otros reinos se habrían pensado el mantener relaciones comerciales con ella, las cuales era consciente beneficiaban a Arendelle.
Escuchó los sonidos de risas y música cuando subió a trompicones la escalera que su captor le indicó.
Elsa sudó frío por las palabras vulgares que sus oídos captaron y el aroma a perfume repulsivo que llegó a sus fosas nasales; se imaginó el sitio en que se encontraban y temió más por su castidad que por su vida.
Era un burdel.
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La chica, Gertie, restregó su busto contra el pecho de Hans, justo cuando él vio que una joven familiar era dirigida por las escaleras laterales al piso superior. Por mucho que deseó evitarlo, su curiosidad salió a flote y se encontró apartándose de la morena de ojos zafiros que se encogió de hombros cuando un rubio le cogió del brazo para acercarla a él.
Los ojos esmeraldas del cobrizo siguieron la dirección que el hombre y la reina tomaban mientras se aproximaba a la mesa donde madame Dubois supervisaba que los hombres trataran bien a sus muchachas. No era lo suficientemente idiota como para creer el cuento de que la reina Elsa se había ofrecido para el puesto de acompañante y estaba reacio a la idea de que pudieran existir muchas mujeres con la misma cabellera rubia platinada siendo tan joven.
No se explicaba por qué quería entrometerse a la vida de esa mujer, pero sonrió burlón planeando hacerle pasar un mal rato a la reina, si era ella. De no serlo, las rubias siempre le habían atraído y aquella podría ser su escogida para esa noche, después de medio año sin acostarse con alguien.
Hans le sonrió con encanto a la pelinegra con hebras blancas ubicada en el sillón de terciopelo rojo, que respondía al nombre de Bernadette Dubois, y señaló con su cabeza el piso superior.
—La quiero a ella —dijo con tono seguro—, a la chica de cabellos cenizos que acaba de subir con tu guarura, madame.
Ella le miró con ojos desorbitados antes de sonreír con una negativa.
—Lo lamento, Hans —emitió un suspiro la mujer que conoció antes de irse de las Islas cuando el príncipe murió—, pero ella acaba de llegar esta noche y no conoce las reglas. Puedes escoger a cualquier otra, querido.
—¿No crees que pueda explicárselas yo? —inquirió con gracia y se ganó una risa divertida de la pelinegra, que extendió su mano para acercarlo a él y hablar íntimamente. Su perfume de flores no mareaba tanto como el de algunas de sus chicas.
—Te diré la verdad a ti, mi querido Hans. Ese hombre con el que acabo de asociarme me está empezando a dar desconfianza. Las jóvenes que ha traído tienen un miedo velado en sus ojos, y cuando les explico a lo que se dedicarían aceptan extrañamente. —Hans asintió pensativo, Bernadette Dubois se caracterizaba por no raptar a las jovencitas como en otros lugares hacían, y se imaginaba que su allegado sí lo hacía, lo cual dañaría la imagen de la vecina de Otto, si es que podía hacerse cuando dirigía una casa de citas.
—Le diré a él que yo le pagaré por estrenarla, Bernie. No me gustaría que cerraras y yo tuviera que quedarme sin un lugar seguro que visitar ahora que estaré en las Islas.
Con una sonrisa torcida, Hans aceptó la llave que la pelinegra le entregó y se dirigió a las escaleras cuando el hombre las bajaba.
Se cobraría una con la reina por su hermanita, que le hizo pasar la peor vergüenza de su vida al golpearle.
.
Girando el pestillo silenciosamente, Hans abrió la puerta y entró con cautela a la habitación doce, encontrándose la menuda figura de la reina hincada en la cama, forcejeando por liberarse de las esposas que la tenían sujetada a los barrotes de madera de su lecho, y tratando de apartar el pedazo de tela que le cubría los ojos.
La reina Elsa lucía tan indefensa y desamparada que sintió un poco de remordimiento por lo que iba a hacerle, pero se convenció de que era inofensivo considerando lo que ya le había hecho en el pasado.
Cerró sin hacer ruido y con sigilo, aprovechando la alfombra bajo sus pies, caminó hasta la cama y observó que en la mesita de noche estaba la llave que abriría las esposas apresando a la reina. Llegó hasta su lado y notó los pequeños cardenales en sus brazos que indicaban la presión de unos dedos sobre ellos. Ella luchaba con fuerza para librarse de sus esposas y su vestido azul estaba engurruñándose por sus movimientos desesperados, sus cabellos rubios no estaban en mejor estado, el recogido que tenía se deshacía cuando trataba de subir la venda sobre sus ojos.
Hans contuvo una risa por el aspecto descuidado de la joven altanera del día de su coronación y sutilmente se sentó en el colchón de la cama, sonriendo divertido al percatarse de la repentina tensión que acometió a Elsa cuando notó que la superficie acolchada se hundía cerca de ella.
—¿Quién anda ahí? —susurró Elsa con voz temblorosa, adolorida por sus intentos de liberación—. No se atreva a tocarme o se arrepentirá por ello —amenazó inútilmente, pues sonó como una pequeña niña que acababa de lastimarse. —Soy una reina…
Hans colocó la palma de su mano sobre su pómulo frío y suave y ella se removió con fuerza hasta que él posó su otra mano en su cuello, donde le dio una caricia lenta con sus dedos.
—Shhh… —Secó una de sus lágrimas con gentileza e hizo contacto con los finos labios de Elsa siendo delicado, si iba a sacarla de esa no quería que atentara contra su vida restante. En su boca sintió un hormigueo conforme acariciaba los labios dulces de la reina, que cedieron cuando su lengua le pidió entreabrirlos.
Nunca se imaginó que la boca de la reina resultara adictiva, contrario a lo que parecía, tenían una calidez inesperada y se movían correctamente a pesar de su inexperiencia. Eran labios delgados, pero sin titubeos seguían la guía que él les daba, se sentían extremadamente agradables y ocasionaron que Hans cerrara los ojos para disfrutar del beso como no había hecho con ningún otro, aunque había compartido el mismo tipo de contacto muchas veces antes.
Se separó un instante y volvió a arremeter contra su boca, todavía sin brusquedad, unos labios tan delicados no debían ser profanados de esa forma en ese momento.
Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, Hans se alejó de ella y le sintió dar un suspiro embriagado. —Siempre quise saber lo que era besar a una reina —murmuró obnubilado y le dio un casto beso antes de que ella dejara escapar un jadeo.
—Yo… no… Por favor… no —La joven volvió a removerse y, agitando su cabeza, Hans se levantó de la cama para coger la llave que estaba sobre la mesita de noche.
—Tranquilícese y no se preocupe, le soltaré, su Majestad.
Elsa dejó de moverse al advertir la sinceridad en la voz del hombre que estaba con ella y se preguntó por qué se había dejado llevar con el beso que él le había dado. No debió haberlo hecho, pero sintió un cosquilleo cuando el posó sus labios sobre los suyos y olvidó dónde se encontraba. Él había sido tan gentil al besarla que había sentido que se encontraba segura.
Había sido incorrecto dejar que la besara, era un desconocido y tal vez sentiría que podría tomarse mayores atribuciones… Tal vez era un hombre casado que había ido allí a divertirse y pensaba que ella era una de las mujeres disponibles, y sólo la soltaría para que ella participara. ¿Entonces por qué no seguía moviéndose?
—Falta poco —susurró el hombre y sobre la tela de sus guantes sintió el contacto de él al tomar su antebrazo para darle un ligero apretón tranquilizador.
Asintió tratando de pensar si se expondría para escapar o confiaría en el hombre que acababa de besarla. Su sensatez debía de ganar, no mostraría sus poderes, pero tampoco sería tan confiada con el hombre cerca de ella.
Elsa suspiró agradecida cuando su muñeca derecha quedó libre y se impacientó por no escuchar los pasos que confirmaran que el hombre iba al otro lado para soltarle. Elevó una plegaria al cielo cuando escuchó la llave al introduciéndose en el cerrojo. Al quedarse sin esposas, atrajo sus muñecas a su pecho y las talló antes de recordar el pañuelo en su cabeza, pero el hombre fue más rápido y deshizo el nudo con relativa facilidad.
—Gracias —emitió con voz ronca volteando a su izquierda para ver el rostro de su salvador, descubriendo incrédula que no era otro sino Hans Westergaard. Estaba segura. Su sonrisa torcida y el brillo de malicia en sus ojos verdes podían confirmárselo.
El hombre que estuvo en Arendelle era ése.
—Tú —acusó sintiendo asco por haber sido besada por él, comenzando a despojarse de los guantes para… ¿Por qué iba a atacarlo si él no había hecho nada para herirla? Ella seguía teniendo sus dudas sobre si en realidad el hombre que intentó matarla estaba muerto.
Aunque cabía la posibilidad que sí existiría el tal Vicealmirante Sørensen.
Y si no lo era se habría besado con quien trató de matarla.
Consternada, pensó que habría disfrutado besarse con el hombre que quiso matarle.
Con presteza, ignorando aquellos pensamientos, Elsa se quitó su guante derecho para sentirse más confiada y vio al pelirrojo tragar saliva casi imperceptiblemente. Sonrió deshaciéndose del otro guante.
Era Hans Westergaard.
—Casi logras engañarme, Westergaard. —Él frunció el ceño antes de abrir la boca y lo interrumpió señalándolo con su índice, regocijándose cuando, quizá sin darse cuenta, él dio un paso atrás—. No sé qué clase de juego es el tuyo, pero eres el mismo que trató de matarme. Acabas de confirmármelo al desconfiar de mis manos.
Hans emitió un suspiro sabiendo que ella había ganado, pero no por ello no contaba con una nueva estrategia.
—Es una lástima que sea yo quien pueda sacarte de aquí —se burló también por la mentira que estaba soltándole. Con escucharla, Bernadette sabría que era un error tenerla allí, pero eso Elsa lo desconocía. —¿O expondrás tus poderes ante todos estos desconocidos? —inquirió cruzándose de brazos adquiriendo una nueva confianza perdida después de verle quitarse los guantes, el recuerdo de la helada le había hecho bajar la guardia.
—¿Me odia, no es así? Por eso me ha besado… —Sus hombros, cubiertos por la seda azul de su vestido, se encogieron.
Hans rió en voz baja. —Elsa, yo no te odio. Siendo honesto, me importas muy poco. No, en realidad siento un poco de admiración ahora que noto cuan lista eres. Con respecto al beso —las mejillas de la reina adquirieron un encantador tono rosáceo ante sus palabras—, lo hice porque quería ver tu reacción al saber que un plebeyo te había robado tu primer beso. No tiene sentido que trates de negarlo —advirtió al verle abrir sus apetecibles labios rosas.
—¿Cómo podré estar segura de que no me matarás sin dejarme escapar, Westergaard? —Él sonrió por su perspicacia y se ubicó en la silla junto a la ventana, cruzándose de piernas con comodidad.
—Es Sørensen, Elsa. Ése es mi nombre… Y tienes un punto a tu favor, pero puedes tener la seguridad que no te quiero muerta. Nunca lo quise. Cuando pienso en mí fácilmente olvido a los otros y me dejo llevar por impulsos estúpidos, es cierto lo que dijo mi amigo, ser otro estaba afectándome. —No estaba justificándose, ni pidiendo perdón o mucho menos mostraba arrepentimiento, no iba a negar que había ocurrido, simplemente.
—¿Sí es verdad eso de que eres el hijo del mayordomo del castillo? —cuestionó ella con evidente curiosidad y Hans rió cuando sus orbes celeste miraron la puerta antes de regresar a él.
—No podrás dar dos pasos fuera sin mi ayuda, Elsa —reveló con malicia y la nariz respingada de la rubia se arrugó con fastidio antes de bufar nada elegantemente. —Y no pienso dejarte salir antes, mi reputación no podría con eso.
Soltó una carcajada cuando el carmín de sus pómulos apareció al comprender sus palabras.
—No eres para nada un caballero.
—Puedo serlo —contrarrestó con una sonrisa prepotente, haciéndole enarcar una de sus cejas delgadas—, pero no tengo interés alguno en serlo. Por lo de no matarte, te ayudaré a salir intacta de este lugar, y te acompañaré hasta las puertas de tu hotel para que llegues sana y salva si prometes olvidarte que yo era el Hans Westergaard que estuvo en tu reino.
—¿Eso es todo? —preguntó ella entornando los ojos y él se encogió de hombros. No tenía otra opción más que seguir con una vida tranquila después del ajetreo que fue ser un Westergaard. Las cosas estaban saliendo bien para él. —¿Nada de reino?, ¿matrimonio?, ¿engaño?
—No tientes a la suerte, Elsa —le dijo Hans con una sonrisa divertida y Elsa suspiró asintiendo. Lo único que quería hacer era salir de ahí y olvidarse de que había compartido un beso con ese hombre, que estuvo dentro de un burdel… y que llevaría un nuevo secreto a partir de ese momento, porque ella no iba a jurar en vano, aunque él fuera un mentiroso, ella tenía honor.
—¿Cómo llegaste al lugar del príncipe?, ¿qué ocurrió con él?, ¿lo mataste? —Una señal de alarma llegó a su cabeza al pensar en la última posibilidad, si lo intentó con ella, era justo creer que tal vez no fue la primera vez…
—No, Hans —él negó rodando los ojos—, aún resulta complicado referirme a él como si no estuviera refiriéndome a mí. El príncipe Hans era mi medio hermano —Elsa abrió su boca en forma de o comprendiendo las implicaciones—, crecimos juntos, él murió hace seis años… —Creyó distinguir un leve deje de tristeza pero ya no estaba con su siguiente frase—: Me pidió que hiciera lo que muchas veces hicimos, fingir que era él, pero iba a ser permanentemente. Ya había experimentado lo que era ser un príncipe y me gustó, así que acepté sin regañadientes. Pero en algunos momentos me sentí harto después de ello. Ahora me encuentro en mi mejor momento, y no dejaré que lo arruines, querida.
—Entonces no lo mataste… —concluyó por sus palabras y su interlocutor asintió arqueando una ceja. —¿Y qué harás a partir de ahora? —cuestionó culpando a su deseo por obtener más información, siempre había sido muy curiosa y se lamentaba porque en este tema quisiera saber más, entre menos supiera mejor estaría. Lo importante era salir de allí y no cruzarse con ese Hans.
—Sólo yo lo sé. Vamos, es tiempo de irnos.
.
Con una sonrisa burlona, Hans se detuvo frente al Hotel Imperial, admirado de los ojos aliviados de la reina al hallarse de pie en un sitio seguro después de una travesía juntos. Que la reina Elsa hubiera resultado tan infantil a pesar de la reserva que le conoció en Arendelle, le había divertido. No era una mujer demasiado fría como quería aparentar, en cambio algunos de sus actos le demostraban que en ella seguía la niña atrapada en el castillo por largos años.
—Recuerde su promesa, su Majestad —dijo y la vio asentir antes de dar un paso hacia las puertas del hotel de cuatro pisos.
—Nunca rompo una promesa —comunicó ella y notó la elevación de su mentón a pesar de que le daba la espalda.
—¿Bajo ninguna circunstancia? —interpuso y rió con el asentimiento de cabeza que recibió, demasiado ferviente—. Fue un placer haberle ayudado, su Majestad. —Ella avanzó con elegancia hasta la puerta y él aprovechó a llamarla antes de que ingresara—: ¡Por cierto, sí existía la manera de salir por tu cuenta, Elsa!
Con una carcajada se encaminó al apartamento que ocupaba a unas cuadras de allí.
Pensando que le divertiría ser quien se encargara del embarque que iba a Arendelle el próximo mes.
¡Hooooola!
¿Cómo están todos? Espero que estén disfrutando de los últimos días de enero, comenzará el mes del amor ;)
Ignoro si la idea de mi OS ya fue utilizada en otra parte, pero a mí se me ocurrió mientras veía el miércoles Investigation Discovery xD, pueden imaginarse por qué salió, ¿no? Al comienzo quise dejarlo centrado en Hans, pero vi la oportunidad de agregar una escenita entre la reina y él y no me resistí jajaja, y me sorprendió la rapidez con la que escribí tantas palabras. Lo nominaré a los Helsa Awards para la nueva categoría de escrito sin causa o motivo (con eso de que todas las entregas se dan por estas fechas).
Bueno, aquí trataré unos pequeños puntitos de las decisiones que he tomado, incluyen cuánto tiempo me verán por aquí en los meses por venir (por aquellos que estén interesados en mis historias):
1) Por el momento, daré una pausa a las actualizaciones en "Un momento u otro", "Con especial dedicación" y este fic, "El uno para el otro". La razón es que me dedicaré a concluir "Siempre presente", para finalizarlo y no confundirme más. Tengo las ganas, la inspiración y los ánimos para escribir las treinta mil palabras que más o menos restan para terminarse. También, porque pretendo darle un poquito de importancia al fic que hago con Frozen, que pensaba publicar este mes, pero decidí no hacerlo sino como a finales de febrero o comienzos de marzo, lo siento :(. Me dije que en enero le pondría atención y no lo hice :/
2) He abierto un poll en mi perfil, una encuesta, para lo que serán dos OS's más en este fic. Comenté que iba a extender tres drabbles de "Temp...", uno lo tengo decidido, pero me encantaría que contribuyeran en cuáles serán los otros dos. Las historias serán para ustedes principalmente, así que sus votos darán oportunidad para que lean algo que puede gustarles. Es tan secreto el voto que ni yo sabré quiénes fueron T-T. Lamentablemente, sólo usuarios registrados pueden votar :(, pero si alguno de los que no está interesado... mmmm podría seleccionar las dos que les gustaría leer y comentarlo por un review aquí. El poll está en la parte superior de mi perfil :), espero su colaboración y se las agradezco. Estará abierta hasta el 17 de marzo...
¿Cuándo se publicarán las historias? Será hasta finales de abril o principios de mayo, y es lo que volverá a abrir este fic, es mucho tiempo (por lo menos para mí), pero es cuando siento la seguridad que lo publicaré.
3) Entonces, lo único que seguirá actualizándose por ahora, es "Fría como el hielo" (para quienes leen, por supuesto), y en algún momento "Siempre presente" (también a quienes leen), hasta la conclusión de ambos. Para dentro de un mes o poquito más el fic con Frozen :D.
4) ¿Un momento u otro? Para la Semana Santa de este año.
F: Jejeje muchas gracias, pero se lo dije a otra personita, a menos que me toque no volvería a hacer el género del anterior. Por cierto, he leído tu sugerencia en mi otro fic, ¡me encantó!, ¿sabes por qué? No soy fanática de My Little Pony, pero conozco a quienes sí :), y por lo poquito que sé será interesante aplicarla. Espero puedas comprender que por ahora no la haré, pero ten por seguro que será la siguiente publicación en "UMUO". Muchísimas gracias por los comentarios.
Eso es todo, para los que leen sólo aquí, nos vemos hasta dentro de unos meses, espero no ganarme persecuciones por esto... pero cómo duele, el mundo de fuera manda xD, y véanlo positivamente, hay espléndidas historias afuera que les entretendrán, tanto que ni me extrañarán :), ya lo verán. Ojalá que este OS largo valiera la pena :3
Con los que leen alguna otra cosa, hasta la siguiente actualización.
¡Cuídense mucho y tengan días espléndidos! Gracias por leer.
Se despide apenada, pero afectuosamente,
Hoe:*
