Pasaron los días y el ciclo escolar terminó. Lo esperábamos con ansías, sin embargo, era algo triste porque los de tercer año se iban. Hicimos una gran fiesta en los dormitorios para despedirlos. En los clubes, los de último año hacían la representación de entregar algo que los haya acompañado en su vida estudiantil en el internado, a sus sucesores para que guiaran al equipo de manera correcta.
El capitán de esgrima, entregó su florete. Ya no participaría en campeonatos, pues se dedicaría a la universidad y quizá solo lo practicaría como hobby. Fue fuerte para mí porque era uno de los pocos chicos centrados en ese infierno llamado Illirya y me había dado buenos consejos, además que conversar con él siempre me ponía de buen humor. Supongo que la razón que me cayera tan bien es porque era maduro y dedicado, el tipo de persona que quiero ser.
Terminé por recoger mis cosas del dormitorio. Debíamos dejarlo limpio antes de entregar la habitación al encargado. Sin daños, sin rayones, sin vidrios rotos, sin aromas raros y miren que teniendo a Kim eso fue muy difícil, gasté tanto desinfectante que en momentos me desmayé por los químicos. Varios de mis compañeros me invitaron a eventos, decline su propuesta pues ya tenía planes, un merecido viaje por las playas asiáticas para celebrar mi cumpleaños y aniversario de mis padres. Yo les daría su espacio en cuanto lo creyera pertinente, debían pasar más tiempo como pareja. Sería un tour lleno de actividades y a la vez de descanso, ya quería irme.
Además, estaba más tranquilo por una última cosa.
—¡Adrien! ¿A dónde vas? —preguntó Allegra mientras yo llevaba algunas cajas.
—A terminar de entregar unas cosas al laboratorio de química. —contesté.
—No lo vas a creer. —Exclamó contenta. —El papá de Felicia me acaba de llamar, dice que ella salió bien de la operación.
—¿En serio?
Aparentemente, algo pasó en la última semana que hizo a su cuerpo mejorar las condiciones para que la operación fuera apropiada. Resistió los estudios, las pruebas y el médico optó por hacerlo cuanto antes. Después de veintiséis horas de operación, al fin tenía luz verde. Me hizo sentir feliz. Ahora solo faltaba que despertara, le comenté a Allegra que cualquier cosa que se enterara me avisara.
—Por supuesto. Estaré en Marsella con mi familia, pero no te preocupes te avisaré cada cosa que le ocurra. —Estaba feliz y se notaba en su voz. Ahora teníamos esperanzas, aunque estuviera lejos sabríamos que estaba bien. Tal vez no la volveríamos a ver, ella en Nueva York con algunos conocidos y nosotros en París en ese internado, era un océano de distancia; al menos estaría viva y tendría una oportunidad más. —Le diré que estuviste preocupado por ell-
—Mejor no. —interrumpí a Allegra, su rostro de desconcierto no se hizo esperar. —No creo que se sienta cómoda. Gracias de todos modos.
No quería que se sintiera mal por mi culpa, Felicia debía enfocarse en su recuperación y en estar tranquila. Sentí como mi corazón se aligeró. Me despedí de Allegra y le deseé felices vacaciones.
Si querías podías quedarte en el internado y te daban la habitación que tendrías para el año siguiente, muchos de los chicos se quedaban por cuestiones familiares ya que vivían en otros países o bien porque no querían estar en su hogar. La verdad ya no aguantaba estar ahí otro día mientras había un mundo esperándome. El encierro era malo, no sé cómo lo soportaban.
Cuando al fin nos liberaron, fui uno de los primeros en salir. Mamá había mandado la limusina así que me ofrecí a llevar a Kim e Iván a París, pues sus familias también vivían allá. Kim seguía contándonos cuantas chicas planeaba conquistar en la Costa Azul o cuanto se ejercitaría para ser fornido y lograr que cayeran ante sus encantos.
No nos quedaba más que escucharlo, siendo sincero si quería que alguien se enamorara de él, aunque, debía cambiar antes. Nos despedimos y me ofrecieron vernos cuando regresara de mi viaje. No los rechacé, al fin y al cabo, eran lo más cercano a amigos que tenía. La pregunta seguía siendo la misma ¿seguir mi plan de ser un cínico que no le importaba el mundo o ser mi verdadera versión?
Tendría las vacaciones para pensarlo.
Primero sería un viaje a las playas asiáticas y volveríamos a casa después, pasando por la campiña francesa.
En cuanto llegué, la casa ya estaba hecha un caos. Con maletas en la entrada, ropa en la sala y algunos otros accesorios. En cuanto vi a mamá y a la señora de servicio detrás de ella, supe que la organización de mi madre era la causante de todo eso. Papá bajó varias veces de su estudio para pedir silencio, aunque mamá estaba tan emocionada que poco le importaba lo que dijera.
La última vez que salimos de vacaciones fue cuando yo tenía como cinco años y sólo fueron unos días a la casa de veraneo en la Costa Azul, así que un mes con mis padres de tour era algo que no volvería a repetirse. Salimos al día siguiente de mi regreso de Illyria.
Aun en el avión, papá estaba trabajando en su computadora la cual le fue arrebatada varias veces por mi madre que quería pasar un momento "romántico" con él, es decir, quería que la abrazara o le dijera cosas tiernas pero, mi padre estaba enfocado en dejar las cosas "relativamente" bien en la empresa para que no lo interrumpieran durante su descanso/mi cumpleaños/aniversario de bodas. Mamá no lo entendió y se molestó con él.
Ver a papá rogándole perdón a mamá y mamá haciendo pucheros infantiles al no querer hablarle era hilarante, sencillamente creo que lo hacía a propósito para molestarlo. La verdad es que ella también había tenido tanto trabajo que, según la señora de servicio, hubo días en los que ninguno había regresado a casa o al contrario no habían salido de sus respectivos estudios pues estuvieron inmersos en el trabajo. Se esforzaron sólo para estar juntos, aunque eso importara sacrificar un poco de tiempo entre ellos para un pasar un rato agradable en esas vacaciones. Si, ellos me hacían creer en el amor. Ver como cambiaba mi padre ante mamá era lo más curioso y bello que podía imaginar. Lo que me hacía preguntarme si esa persona que tanto decía mamá que existía para mí, me haría cambiar sólo y exclusivamente para con ella. No me imaginaba lo que sería capaz de hacer y me hacía anhelar que esa chica llegara pronto.
En cuanto arribamos, mamá le arrebató cualquier cosa con la que papá pudiera comunicarse a la empresa. Le pidió a Nathalie, la asistente de papá, que en caso que fuera algo que ella no pudiera solucionar, se comunicara con ella y ella pasaría el mensaje a mi padre. Lo cual no creo que sucediera, Nathalie es la mujer más eficiente que conozco. Tantos años al servicio de mi padre la han adiestrado en cada circunstancia de como respondería él.
Llegamos al aeropuerto y en cuanto encontramos nuestro equipaje, tomamos un taxi que nos llevaría al Resort, donde la recepción fue cálida. Nos dieron nuestras habitaciones, de hecho, era un pent house del hotel; eran dos habitaciones conectadas con una sala de estar, así tendríamos cierta privacidad pero, estaríamos juntos.
Todo era tranquilo. A pesar de las cuantiosas horas de viaje y lo fastidioso que había sido el aeropuerto, era medio día; el jet lag aún no nos molestaba así que yo quería conocer el hotel y todo lo que nos ofrecía. Mamá quería explorar la zona y papá sería arrastrado por todos los lugares a los que ella quisiera, me dijeron que fuera con ellos, pero estaba mareado así que preferí quedarme en el hotel, donde si pasaba algo sabría que alguien se daría cuenta.
—Adrien, ¿tienes bloqueador solar? —preguntó papá entrando a mi habitación, ya se había cambiado a un outfit más relajado y a doc con Balí, yo estaba por hacer lo mismo.
—Si. —lo extendí, pero se me resbaló de la mano, me dio un mareo bastante fuerte así que me senté en la cama.
—¿Estas bien?
—Debe ser por el cambio de horarios.
—No deberías ir a nadar, mejor recuéstate un rato. —comentó papá quitando parte de mi equipaje de la cama para que me acostara.
—No. —el mareo fue más fuerte, terminé por colocar una de mis manos sobre la cama para evitar caer de bruces sobre ella. —Tal vez es por el aire o la altura. No voy a celebrar mi cumpleaños enfermo.
—Bueno, tomando en cuenta el huso horario, tu cumpleaños ya pasó aquí pero en París está ocurriendo.
Sentí un ataque de ansiedad indescriptible, mis niveles cardiacos aumentaron exponencialmente, un escalofrío me recorrió el cuerpo, el sudor frío me bañó y el aire me faltaba. Mi vista se nubló y una luz verde fosforescente se puso delante de mí. Fue tomando la forma de una esfera que empezó desde un punto hasta crecer casi del tamaño de mi puño. La burbuja de energía explotó y lo siguiente que vi era una bolita negra, que se fue estirando hasta tomar la forma de una criatura con orejas, algo parecido a un gato. Bostezó y abrió los ojos que eran del mismo color que la esfera de energía.
—¡Ñam! —Bostezó el "bicho" —¡Qué bien dormí! Sentí que fue una eternidad.
Grité y lancé uno de los cojines más cercanos que tenía, pero este ni lo tocó, al parecer la cosa se hizo intangible.
—¡Hola! Así que ¿tú eres el nuevo portador? —preguntó la criatura. —No sé por qué todos actúan violentamente cuando nos conocemos. —se cruzó de manos y puso una mirada de desconcierto.
—¡Qué demonios eres tú! —le lancé otro cojín, yo estaba totalmente asustado.
—¿Plagg? —la voz de mi padre rompió mi histeria.
—¿Hola? ¿Quién eres tú?, ¿cómo sabes mi nombre? Y ¿Por qué no me han dado queso?
—Adrien, tenemos que hablar.
El tono de preocupación en la voz de papá me asustó más que la criatura que volaba en la habitación. Era un enorme bicho, por un momento pensé que los gusanos de paraísos exóticos eran demasiado grandes. Había visto cucarachas del tamaño de un zapato y caracoles del tamaño de una lechuga, pero esa cosa estaba hablando. ¡Ningún bicho podía hablar el lenguaje humano!
Papá salió de mi habitación para llamar a mamá, quien al igual que yo, se asustó con la voz de mi padre. En cuanto entró, me vio en una esquina abrazando una de las almohadas usándola como escudo de esa criatura que se había dado cuenta del efecto que tenía en mí y estaba haciendo caras raras.
A diferencia de mí, mamá tenía esa fijación por tocar las cosas. Así que se acercó y la tomó entre sus manos. Como niña pequeña con una mascota, la acarició, mencionó que su pelaje era tan suave y acariciaba su mentón.
—¡Qué bonito juguete! Es un lindo regalo de cumpleaños, Gabe.
—No es un juguete, es un kwami y creo que es el regalo de cumpleaños más complicado que pude darle a Adrien. Se tienen que enterar de todo.
Mamá se llevó al "kwami" entre sus manos, acariciándolo y esa cosa parecía que ronroneaba. Llegué a creer que era un experimento nuclear y un gatito había caído en químicos, algo así.
Fuimos a la sala y papá nos pidió que nos sentáramos. Su relato inició con una pareja de amigos de hace muchos milenios, los chicos eran unos guerreros naturales, fueron bien vistos por el rey de su país y comandaban los ejércitos, sin embargo, eran sencillos humanos. Cuando estaban a punto de morir, un mago les dio una segunda oportunidad dándoles poderes místicos de un espíritu guardián. El chico tomó el poder del gato y la chica la de una mariquita.
La bendición dada por el mago, pasaría generación a generación, cuando el elegido cumpliera dieciséis y terminaría cuando cumpliera treinta y dos.
—Descendemos del chico con poderes felinos. Han existido miles de guardianes de la paz a través de todo el mundo.
También nos contó que la familia de la chica con poderes de mariquita siempre había estado a nuestro lado y eran compañeros para proteger al mundo del mal, desafortunadamente era de una familia muy cerrada y jamás se enteraron de su verdadera identidad.
—¿Es una broma? —Interrumpí el relato—¿Me estás diciendo que soy una clase de héroe elegido? ¿Cómo en los cómics? Y esa cosa es la que me ayuda a tener poderes.
—Extiende tu puño y dí: "Plagg, transformación" —dijo mi padre en tono neutral.
—¡No!
—¡Hazlo!
Le obedecí a regañadientes y la criatura entró a un anillo que yo no recordaba haberme puesto. Un remolino de energía verde me rodeó y mi ropa desapareció para ser sustituida por un traje negro que se adhería a mi piel, unas botas con punta plateada, un enorme cascabel en el pecho, un antifaz que me cubría la mitad del rostro y una clase de orejas en la corona de la cabeza.
—¡Debe ser una broma! —grité cuando me vi con ese traje.
—¡Mi hijo es un super héroe! —Mamá estaba emocionada y su sonrisa sorprendida apoyaba el gesto.
—Todo esto es genético. Cualquier persona nacida con una gota de sangre de la familia tiene la oportunidad de transformarse. Por eso te dije que este había sido mi peor regalo para ti, mi madre, tu abuela fue Kitty Noir, hace algunas décadas. —expresó papá.
Siguió declarando todas esas cosas pero, las escuchaba tratando de entenderlas. No tenían lógica. Un chico de mi edad debía de estar sufriendo por el acné, por los cambios de voz, el vello facial, los bajones de testosterona, ¡no por qué te transformas en una clase de héroe!
De lo poco que comprendí, es que al ser yo un chico, había una elegida del lado de la familia de la mariquita, pues siempre eran de géneros contrarios. En el caso de la abuela había sido un chico que se hizo llamar Lordbug y ambos combatieron el crimen en la ciudad e incluso mencionó que entre nuestros antepasados, participaron para la creación de organizaciones sociales internacionales como la ONU. ¡ONU! ¡No inventen! Ahora una clase de embajador a los dieciséis que lucha contra los "malos", era una broma malvada que nadie debía vivir. Al menos no estaba solo, allá en alguna parte del mundo había una chica con mi misma mala suerte. No supe si reír o llorar.
Me dijo que la abuela había dejado una clase de bitácora que me sería de ayuda, aunque estaba en casa. Esperaba que los poderes se saltaran otra generación, como le había pasado a él. Mi abuela lo había preparado para seguir con la herencia familiar, no la del diseño sino lo de ser héroe, aunque al llegar los dieciséis no pasó nada. Se sintió aliviado, pero no contaba que yo nacería con esta clase de estigma. Le pedí que me dijera como quitarme ese traje pues no me lo podía sacar. Era algo similar, extendí el brazo y dije: "Plagg, des transfórmame".
—¡Ya me acordé de ti! —exclamó la criatura, dirigiéndose a mi padre, después de haber salido del anillo. —Eres el bebé de Elliette. ¡Vaya que has crecido!... ya me puedes dar queso.
Eran muchas cosas por un día. Me fui a recostar, con la esperanza que eso fuera un sueño, un divertido y falso sueño.
El día siguiente fue similar. La cosa esa, estaba en mi alcoba apestando con un oloroso Camembert el lugar. ¿Por qué me pasaban esas cosas a mí? Los 3 primeros días de las vacaciones me quedé en cama, pedía servicio a la habitación y me volvía a meter en las mantas.
—Todos los humanos son unos quejicas. —comentó al cuarto día el "bicho".
—No me hables. Las alucinaciones depresivas no hablan. —contesté.
—¿Sabes? —dijo o al menos supongo que fue lo que dijo pues tenía la boca llena de Cammembert el cual detesto por su aroma tan fuerte y al parecer era la única comida que aceptaba el "bicho". —Para mí tampoco es fácil dormir y despertar muchos años después con otra persona. No recuerdo mucho a tu abuela y a veces confundo a mis portadores, no sé si era una persona de hace una generación o de hace mil años. Algunos me esperan anhelando tomar su trabajo y otros como tú, lo toman como una maldición. Yo tampoco pedí esta clase de vida.
Escuchar las palabras de ese "bicho", me rompieron el corazón. Al menos yo esperaba que eso se terminara en unos años más, él desaparecería cuando mi familia ya no existiera y de ser así ¿qué le ocurriría? Él era energía, era magia que se hizo tangente en el mundo gracias a alguien que mostró valor.
—¿De verdad no recuerdas? —pregunté sentándome en la cama, para poder verlo bien. —Papá te llamó "Plagg" ¿ese es tu nombre?
—Lo único que recuerdo es mi nombre y las enseñanzas que debo darle a mi portador. —contestó dejando a un lado su trozo de Camembert. —Fuera de eso todo es una página en blanco. Hablo el idioma del portador, suponiendo que es por que comparto conexión con él, aunque conforme vaya pasando el tiempo y todo mi poder despierte, mi pasado volverá y con ello todo lo que he aprendido en estos seis mil años.
—O sea que serás como un erudito para ese entonces.
De pronto ya no me parecía tan molesta su presencia, me comenzaba a interesar y sentía que todo lo que dijera sería importante. Durante los días de mi reclusión no podía dejar de ver el anillo que yacía en mi dedo. Por más que me lo tratara de quitar, parecía adherido a mi piel o mejor dicho, ya era parte de mi cuerpo. No podía girarlo o moverlo un ápice. Me frustraba ver algo extraño en mí… bueno más raro de lo que ya era toda esa situación.
La argolla era plateada, en el centro tenía una patita de gato grabada. No era molesto pero, no me gustaba tenerlo; era como si me impusieran algo. Eso no iba conmigo. Quería tomar decisiones, me gustaba tener cierta libertad, aun cuando mi madre se opuso a que ingresara a Illirya, me planté firmemente con mi padre y él aceptó la idea. Aún si no lo hubieran hecho, habría buscado cualquier forma de no estar en ese círculo de personas hipócritas y falsas. Sé que el mundo se mueve tras manipulaciones pero no quería hacerlo de ese modo, al menos todavía no.
Comencé a conversar con Plagg, era bastante cínico y algunos de sus comentarios rozaban en lo mordaz aunque también era disperso y se distraía con facilidad; lo que me agradó más, es que era auténtico. Decía las cosas sin filtros, eso a veces era difícil o molesto pero, valía la pena.
Nos pasamos esa tarde conversando, o más bien yo quejándome y él burlándose de mí.
Los poderes que aseguraba que tenía, parecían más llamativos de lo esperado. Cosas como agilidad, fuerza, e incluso "magia" venían dentro del anillo en mi dedo. Tenía un bastón que servía como comunicador, no sólo con mi contraparte que quizá se haría llamar "Ladybug" que no estaba seguro que aun fuera elegida.
Según me comentó, bien podría ser mayor o menor que yo. No había un espacio amplio entre las edades pero, a veces solía existir, bien podría ser de unas horas más, no pasaba de un año, eso sólo podía ser si no había muchos herederos en la otra familia. Quizá ella ya tuviera más experiencia que yo o seguía ignorante de todo el embrollo que nuestros genes nos atraerían… como fuera, estábamos en el mismo barco y sería más fácil si nos encontráramos.
Algo que no comprendía, era como fue que la herencia del gen del gato se saltara a mi papá, no tardaban mucho tiempo en elegir a un nuevo portador, pero de mi abuela a mi había una brecha de varios años. Plagg no tenía respuesta de eso, supongo que me enteraría cuando todas sus memorias regresaran junto con sus poderes.
—Neh, mocoso, —Plagg sobrevoló a mi alrededor, apestando la habitación con ese asqueroso queso —¿Quieres intentarlo?
—¿D-de qué hablas?
Obvio sabía de qué hablaba, me estaba muriendo de la curiosidad por saber si todos los poderes que mencionaba eran ciertos. Era importante para mí como es que eso me llegaría a afectar y sobre todo como poder usarlos. La curiosidad era mala y no quería cumplir con el dicho de "la curiosidad mató al gato" entienden, soy un gato y tengo curiosidad y… ok, olvídenlo.
Bueno, pues no iba a permitir que Plagg viera que en verdad me interesaba este asunto de los Miraculous, al menos debía mantener un poco mi postura.
—Ah, se me olvidaba decirte que mantenemos una relación, puedo saber lo que sientes. Así que es evidente que sé que te mueres de ganas por probar tus poderes.
¡Demonios!
Ahí se iba al diablo mi idea de parecer un bohemio, que rechaza lo que siente. Al parecer esto sería más complicado de lo que creí. Plagg me explicó que puede sentir el peligro que hay a mi alrededor y por eso se mantendría cerca de mí para que su portador estuviera a salvo. La muerte de un heredero sería el final para él, es una lástima que sea único. No lo niego, sentirme especial es interesante pero, ser cuidado por ser la esperanza de una dinastía es abrumador.
Era como todas las esperanzas de seis mil años sobre mis hombros y ahí estaba yo, envuelto en mis mantas sollozando por mi mala suerte. ¡Qué tipo tan enfermo había sido ese mago al darle un poder tan fuerte a unos niños! ¡Quién demonios podría aceptar eso! ¡Qué carajos iba a hacer yo! ¡Inclinar la cabeza y aceptar este destino! ¿No tendría alternativa?
No, no podía seguir en este ciclo de lamentos para mí mismo. Debía hacer algo, aceptarlo… tal vez, no tenía opción, no podía elegir. Todo estaba en mis genes, mis hijos tendrían que pasar por esto, la única forma de terminarlo sería ¿destruyéndome? Eso era drástico, un suicidio terminaría con el último vestigio de esta familia, seis mil años cerrarían conmigo… para siempre. Sin embargo no estaba seguro de aceptar una responsabilidad enorme por los siguientes dieciséis años, me costó mucho llegar a estos dieciséis como para buscar otros tantos en los que debería ser una clase de ¿esperanza?
Tenía miedo y mucho, demasiado, excesivamente. Esto no era una bendición, era una maldición con todas y cada una de sus letras.
—Mocoso, a eso me refiero que estamos unidos. Puedo sentir tu miedo. —explicó Plagg. —Cada una de tus emociones que son capaces de alterar tu corazón y mente, son perceptibles para mí. He perdido la cuenta de cuantos como tú han cruzado por este umbral de pánico. Piensas "¿por qué yo?".
Si, esa frase encierra todo lo que pasa en mí. ¿Por qué yo? Así se deben sentir los condenados a muerte, como sus órganos colapsan, sus nervios son destrozados y ese zumbido interminable en tus oídos, mi cerebro dejó de pensar, todo dejó de funcionar.
Una angustia indescriptible me invadió, mi respiración aumentó a la par que el aire me faltaba y mis pulmones no eran suficiente para tratar de hacerlo, jadeaba con sólo pensar en todo lo que habría de pasar. La adolescencia no debía ser así. Si, significa dolor pero, no así. No con esperanzas mundiales y de milenios sobre mí.
—Es normal que lo sientas, tan sólo eres un niño. No puedo exigirte más.
La voz de Plagg, antes chillona y cínica, se hizo profunda y con un rastro de tristeza en ella. ¿Así de fuerte eran mis emociones?
—Recuéstate un rato, lo mejor será que trates de dormir.
Era lo mismo que había hecho esos días, dormir e ignorar lo que me estaba pasando. Mis padres venían a ver cómo me sentía, creo que no habían salido del pent-house solo para verificar que yo estuviera bien, fingía dormir ante cada una de sus visitas. Mi padre se sentaba en la orilla de la cama a mi lado, pidiéndome perdón, rogándome que lo disculpara por hacerme participe de todo.
En una de esas visitas, se arrodilló y tomó mi mano, la tomó con fuerza, lo escuché sollozar, sus palabras resonaban en mi ser y es algo que nunca olvidaré.
—Perdón, perdón Adrien. Nunca quise que tú pasaras por esto. —dijo entre lamentos. —Eres lo más preciado que tengo en mi vida, nada tenía importancia hasta que conocí a tu madre, la felicidad que sentí el día que me casé con ella sólo es comparable al día que me dijo que te tendríamos. Alejé mi júbilo al pensar que cargarías con esto tú solo. ¿Serás capaz de disculparme por todo?
Conforme las palabras iban saliendo de sus labios, me rompía el corazón escucharlo, pensé en abrir los ojos y decirle que él no tenía la culpa de nada… no pude. Sencillamente, no pude. Era mentirle, tenía a mi padre delante de mí abriendo su corazón, al fin estaba mi padre, no el diseñador Gabriel Vincent Agreste, sino… el ser que me amaba pero, que no era capaz de expresarlo. Él no se merecía esto. Así no.
Escuché cada uno de sus lamentos y no fui capaz de detenerlo. En un acto egoísta permití que cargara con la culpa de lo que me estaba pasando. Aunque ¿mi padre de qué es culpable? ¿Acaso es culpable de haberse enamorado y querer formar una familia con esa persona?
No, no lo era. Nadie lo era.
Un cambio puede ser bueno o malo según tomes las circunstancias. Según mamá, debo ver siempre el vaso medio lleno, era momento de tomar la personalidad de mamá y volcarla en esta situación. No me dejaría vencer, no permitiría que mi mente me convenciera que esto era malo, debía ver algo bueno. Podría ayudar a las personas y en el camino ayudarme a mí. Salir de la apatía que me envolvía, este era mi giro dramático que me puliría hasta convertirme en una mejor versión, en el Adrien que quiero ser, en el Adrien que seré.
—Plagg, quiero transformarme. Necesito que me ayudes a salir. —comenté quitándome las mantas que me cubrían y sentándome al borde del colchón.
—¿A qué debo ese cambio? —suavizó su voz la pequeña criatura, tratando de amortiguar el momento anterior lleno de drama.
—El miedo es perder el control de la situación, así que debo tomar el control para perder el miedo. —expliqué.
—¿O ya te rendiste o quieres ver lo bueno de esto? —La risa sardónica del kwami resonó en la habitación, sólo lo observé.
—Tu lo dijiste, tengo curiosidad y miedo. Me quitaré ambos siendo el gato negro o como sea que me llame.
Estaba nervioso pero, escuché a Plagg en cada una de sus instrucciones pues estaría "solo"; él se fusionaría con el anillo para que ambos hicieran que mis genes se alinearan con la magia y pudiera transformarme.
Hice exactamente lo mismo que el primer día, extendí mi mano y grité "¡Plagg, transformación!"; el traje apareció y esta vez me detuve a examinar centímetro a centímetro de mi cuerpo, según Plagg, esa clase de cuero negro era igual de resistente que el acero. Tomé uno de los floreros y con todas mis fuerzas lo rompí en mi pierna, no sentí nada, de los trozos intenté cortarme con él más no ocurrió nada. En mi espalda estaba el bastón, ese del que me había hablado Plagg diciendo que era mi arma y aquel que podría rescatarme según mi imaginación me lo permitiera.
Practiqué en la habitación, como niño con juguete nuevo, me puse a saltar, pero un brinco de diez centímetros lo hacía como uno de un metro, al parecer mi fuerza, agilidad,
Abrí las ventanas de mi habitación, que daban hacia una clase de pequeño risco donde había otra playa. Bueno, lo que iba a pasar que sucediera, no tenía alternativa más que intentarlo. Me paré sobre el barandal, el aire cálido y la brisa marina me inundó. Las terminales nerviosas vibraban dentro de mi, tan resonantes y firmes. ¡Qué más daba! Todo esto estaba en mi genética y no creía poder deshacerme de esto, o aprendí a vivir con esta maldición o me la pasaba los siguientes dieciséis años tratando de ignorarlo.
Me dejé caer del balcón, pronto una serie de imágenes borrosas llegaron a mi mente y como si de un manual se tratase, pude ver algunas técnicas que podría llegar a hacer. Me quité el bastón del cinturón y lo hice crecer en un rápido movimiento golpeando la piedra del risco, lo que hizo que yo saliera disparado con dirección contraria. Mi visión, a pesar de ser de noche era perfecta, mis sentidos se afinaron increíblemente, podía escuchar muchos sonidos inimaginables, una ola de adrenalina me inundó. Todo se sentía bien, los nervios pasaron y ahora quedaba una sensación que todo era perfecto. Aterricé en la copa de uno de los árboles cercanos, usé una de las ramas para impulsarme para otro y así sucesivamente, me fui alejando de la zona hotelera para adentrarme a la zona boscosa.
Escuchar los ruidos de los animales que vivían en esa zona era vigorizante, pues no es algo que pudieran hacer con sentidos humanos normales, incluso el oleaje del mar era algo que hacía que mis orejas estuvieran alerta, los saltos que hacia parecían tan fáciles pero sin duda eran inhumanos, lo que veía, todo era diferente.
No sé a qué hora regresé al hotel, seguía con la adrenalina a tope así que me quité la transformación dejé que Plagg saliera del anillo, busqué un poco de queso que mamá había guardado en el frigorífico y se lo dí.
—¡¿Qué tal tu primera vez como el gato negro?! —preguntó Plagg mientras desenvolvía el queso.
—No sé ni que estoy pensando, pero se sintió bien. Como si todos mis miedos se fueran y creo que ni siquiera podré dormir.
Busqué unos zapatos cómodos, una sudadera, una bermuda y salí a correr. Plagg me acompañó escondiéndose entre los pliegues del gorro de la sudadera.
Tenía que correr y lo hice con el mar de fondo. Debía cansarme tanto mental como físicamente, no podría soportar toda esa energía durante todo el día.
Aprovechamos para hablar, le conté más de mí, de mi familia, de la escuela a la que iba, de las cosas que habían pasado en el mundo durante esos últimos años, le platiqué de mi abuela; que había fallecido unos diez años atrás, recuerdo que era una mujer seria e inexpresiva. Ella era la que había heredado a mi padre Agreste Design y también su personalidad tan difícil de descifrar. Ella me decía que yo tenía que ser un caballero y por lo tanto las muestras de afecto en público eran reprobables. Si para mí era difícil entender a papá creo que es culpa de ella, así fue criado bajo tan estrictas órdenes. Supongo que al creer que sería el siguiente portador; mi abuela quería prepararlo y como su frase representativa era "los sentimientos estorban". Creo que tuvo a papá solo para tener un heredero en la familia más que por ganas de tener familia.
Conforme iba diciéndole todo eso a Plagg me di cuenta de todo lo que papá tuvo que vivir y por eso dijo que "nada tenía sentido" hasta que conoció a mi mamá. Vivir bajo órdenes tan cuadradas e inflexibles debieron agotarlo y por colmo para lo que lo habían preparado por dieciséis años, jamás llegó. Quizá para la abuela Eliette que mi padre jamás se transformara en el gato negro había sido una desgracia y se volcó en convertirlo en un "digno Agreste" que fuera capaz de ocupar el lugar que ella dejaría algún día.
Tengo entendido que jamás aceptó a mi madre, no era lo suficiente para estar con su único hijo. No sé cómo fue que papá lo logró. Tenía que disculparme con él, debía hablar más con él. No sólo para saber más del gato negro y las cosas curiosas de la familia, sino para conocerlo a él, no a Gabriel Agreste sino a mi papá.
El sol se asomaba por el horizonte y las personas comenzaban a movilizarse, era hora de volver. Entré al lobby, aun escurriendo de sudor. Jamás había sido de aquéllos atléticos, sólo lo suficiente para continuar con el esgrima. Debía aprender a calmarme si continuaría con esto. Plagg, se había quedado dormido, dejó de contestarme en algún momento y eso me permitió hablar conmigo. Pensar más, escuchar mi propia voz. Todo lo que quizá sabía pero había preferido ignorar.
Entré al pent house con mi tarjeta de acceso.
—¡Adrien! ¡Por el amor de Dios! ¡Estás bien! —Mamá me abrazó fuertemente en cuanto puse un pie dentro de la sala.
—¿Dónde estabas? —La voz de mi padre era una mezcla entre alivio y preocupación.
—Necesitaba pensar, la habitación me asfixiaba. —comenté aun en los brazos de mamá. —Dejé una nota, estaban durmiendo y no quise preocuparlos.
—¿En serio? —Levantó la nota a la altura de los ojos —"Vuelvo más tarde" —leyó de manera fría. —¿Crees que esto nos calmaría? Te quedas en cama por cuatro días, apenas si comes, te niegas a hablar o a vernos y de pronto sales como si nada.
—Adri, tu padre me ha explicado varias cosas. Todo esto es difícil y más en la etapa en la que estas pero,
—Sé que ustedes están aquí para apoyarme. —Interrumpí a mamá. —Si bien, no era mi intención preocuparlos, lo hice y me disculpo por eso. Estaba asustado y no reaccioné de manera correcta.
—No Adri, lo hiciste bien.
—Me volvió a abrazar fuertemente. —Lo hiciste bien.
—Adrien, yo. —Papá se rascó la cabeza tratando de acomodar sus ideas. —Tu madre y yo… Adrien, todo esto es complicado. Yo, pasé años esperando para que el gen del gato se desarrollara en mi, al final me saltó y si eso detuvo parte de las exigencias de mi madre pero, sólo incremento mis problemas al ser un Agreste. No te voy a obligar a aceptar ni una ni otra. El que tengas el gen, no te obliga a nada y formar parte de esta familia tampoco.
—Papá-
—Déjame terminar. —levantó la mano en señal para que me detuviera. —No haré lo mismo que tu abuela hizo conmigo. —Mamá me soltó permitiendo que papá se acercara. —Eres mi hijo, antes de ser el gato negro o el heredero Agreste, eres mi hijo y te quiero. Cualquier decisión que tomes tienes mi apoyo incondicional.
Esa frase era lo único que siempre quise escuchar. La aprobación de mi padre.
Debía retribuirle la confianza que me tenía, y se lo pagaría con ambas, siendo un buen gato negro y un buen miembro de la familia Agreste. El diseño no era lo mío pero, haría que mis padres vieran lo mucho que he aprendido de ellos.
—Papá, la verdad es que he pensado en esto durante mi encierro y me di cuenta que quiero participar. Es una tradición que muchos no sabíamos siquiera que existía aun así mis antepasados tomaron la oportunidad y cumplieron, con el apoyo de su familia pues nunca estuvieron solos. —Observé a mi padre. —Quiero que me enseñes, por favor.
—Estas creciendo hijo, y de una manera tan madura que me enorgulleces.
Decisión buena o mala, el tiempo y las circunstancias lo dirían, aunque lo más importante es que era mí decisión, sólo mía. Quizá me arrepentiría, quizá no, creo que sería algo divertido.
