Capitulo 2

Rosalie leyó en voz alta la carta. Luego, miró des afiante a Trudi Baker, su mejor amiga.

—Ahora sabes que no mentía cuando te dije que me ca saría. Antes de fin de mes, seré la señora Cullen.

Estaban cómodamente instaladas en la habitación de Rosalie, un cuarto femenino con cortinados, las paredes empa peladas en color lavanda, una cama con dosel y una carpeta sobre la mesita de color rosado y blanco. El silloncito donde se sentaba Trudi estaba tapizado con brocado rosa, y hasta hacía juego con su vestido.

Las dos jóvenes tenían casi la misma altura y color de piel, aunque los ojos de Trudi eran verdes. Era seis meses ma yor que Rosalie, una notable diferencia, según su opinión. Tenía una personalidad más agresiva. Ambas sabían que Trudi era la más atrevida, y por eso le resultaba tan difícil aceptar y comprender todo este plan.

Si no hubiera visto los pasajes del coche y del tren con sus propios ojos, aún pensaría que su mejor amiga se estaba bur lando de ella.

—¿Bueno? —preguntó Rosalie.

Trudi se refirió al tema que consideraba más importante.

—Tal vez no sea atractivo, ¿sabes?. Quizás es tan feo que por eso ninguna mujer lo aceptó, y tuvo que poner un anuncio.

—Tonterías, Trudi. Tal vez sea todo lo contrario. Quizá no pudo hallar una mujer suficientemente hermosa que hiciera buena pareja con él. Eso es todo.

—¡Ilusiones, Ross! Tú le enviaste una fotografía, ¿por qué no le pediste una también?

Rosalie vaciló. -

—Se la pedí —admitió—. Pero no la envió ni dijo nada sobre eso.

—Ahí tienes. Es viejo y feo, y sabía que no lo aceptarías si vieras cómo es.

—Quizá no tiene fotografías suyas.

—Ross, ¿por qué no admites que cometerás un error?

Rosalie parecía más obstinada. Trudi dijo:

—¿Por qué él? Hay muchos hombres aquí deseosos de ca sarse contigo, hombres, ¿sabes?, hombres que tú conoces. Sólo porque Anthony Cullen te haya enviado los pasajes y te esté espe rando, no significa que tengas que ir. Devuélvele los pasajes.

Rosalie estaba triste.

—No entiendes, Trudi. El único hombre que amo se casa rá con mi hermana. Debo hacer esto. La boda de Isabella será la semana próxima. No quiero presenciar esa ceremonia.

—Entonces, te escaparás.

Rosalie bajó la mirada.

—Si quieres decirlo así, sí, me escaparé.

Trudi frunció el ceño.

—¿No has pensado que tal vez serás desgraciada el resto de tu vida?

—Ya me resigné —dijo Rosalie y suspiró.

—¿No has tratado de cambiar las cosas? ¿No has ha blado con tu padre? ¿Soy yo la única persona que lo sabe?

—No, no y no. Me sentiría humillada. ¿De qué serviría? Mi padre no confía en mí, cree que aún soy una niña. Y no po dría decírselo a Isabella, sentiría pena por mí.

—Es tu hermana, no tu enemiga. Te ama, podría ayudarte.

—No hay nada que ella pueda hacer.

—¿Cómo lo sabes? Tú tienes miedo de hablar con tu pa dre, pero quizás ella no.

—No creo que se atreva —dijo Rosalie. Trudi no co nocía a Charlie Swan.

—Ella es valiente, Ross, y no se deja abatir por los obs táculos.

—Sabe actuar muy bien —confesó Rosalie. Trudi lo intentó una vez más.

—¿Qué ocurriría si Isabella se negara a casarse con Emmet? No creo que lo ame.

Rosalie apenas esbozó una sonrisa.

—Nadie se atreve a desafiar a mi padre, ni Bells ni yo.

—Veo, Rosalie Swan, que estás decidida a no ha cer nada, ¿me equivoco? —exclamó Trudi enojada—. Yo no haría eso. Intentaría cualquier cosa con tal de conseguir lo que quiero.

Rosalie simplemente se encogió de hombros.

—Todo lo que tienes que hacer es decir la verdad a tu hermana. Sabes que ella no lo ama, y que no le importará abandonarlo. Me dijiste que habla de su boda como si se tra tara de una fiesta más a la que asistirá este verano. Yo misma la he visto con trata como a un hermano. Si lo ama, sabe disimularlo muy bien.

—No, no lo ama, de eso estoy segura.

—Entonces no veo por qué no le pides que te ayude.

—Trudi, basta. Ella no puede hacer nada.

—Tal vez. Pero, ¿y si pudiera hacer algo? ¿Qué ocurriría si ella cancelara la boda, y tú te casaras con Emmet? En el peor de los casos, deja que sea ella quien escape. Al menos, no habrá boda.

—Eso es una locura, Trudi —dijo Rosalie enfadada con ella misma porque deseaba que Isabella estuviera en su lu gar. Probablemente Anthony Cullen era viejo y feo, y sería desgra ciada con él. Se había metido en problemas. Los ojos se le lle naron de lágrimas.

—Bueno, supongo que, por lo menos, podría hablar con Bells, y contarle cómo me siento —dijo Rosalie vacilante.

—Creo que eso es lo único inteligente que has dicho en todo el día —Trudi le sonrió, más tranquila.

—Buenas noches, Bells.

—Buenas noches, Emmet.

Isabella cerró los ojos, y esperó el beso superficial de cos tumbre. Ansiaba sentir algo esta vez. Pero no sintió nada. No había pasión en esas manos que la tomaban de los hombros;

no había sentimientos en esos labios que apenas tocaban los de ella. Nunca la había estrechado en sus brazos. Isabella com prendió que no sabía lo que era estar en los brazos de un hom bre. Antoine Gautier tampoco la había abrazado con pasión. Le había hecho el amor a sus manos como lo hacían todos los franceses. Pero aun así, los labios de Antoine contra sus pal mas habían despertado más pasión que cualquier cosa que Emmet hiciera.

No podía culpar a Emmet por esto. Después de haber sido humillada por Antoine, había jurado que no volvería a amar, se lo había propuesto seriamente. No soportaría que la lasti maran de esa forma otra vez. Entonces pensó que ya no podría esperar nada más que afecto.

Suspiró, y se quedó en la entrada mientras Emmet bajaba las escaleras y subía al coche. Era tan elegante. La piel de su ros tro era tan blanca y tersa como la suya. Su bigote estaba siem pre prolijo y recortado. Su físico delgado no era por supuesto imponente como el de su padre. No era arrogante: una cuali dad. Ya tenía bastante con la arrogancia de su padre, la había tolerado toda la vida.

Emmet tenía buen carácter, y un encanto natural. ¿Qué más podía pedir?

¿Por qué se burlaba? No es muy halagüeño para un hom bre no saber disimular cuando desea a una mujer. Al menos Antoine lo había disimulado. No, no podía compararlos. Emmet no era como el mentiroso de Antoine. Era alta, y eso desalen taba a muchos jóvenes, otros se alejaban al ver que era delga da y no tenía muchas curvas. No era femenina, y no tenía nin guno de esos atributos que despertaban la pasión de los hombres.

Bueno, algunos hombres la miraban abiertamente y con lujuria en los ojos, pero ella no les prestaba atención. Eran como Antoine, hombres que vibraban sólo con pensar que po dían acabar con la inocencia de una mujer. Eso era lo único que buscaban. Al menos ya no tendría que tolerar esas miradas y esas actitudes una vez que estuviera casada.

Faltaban quince días. Quince días después se convertiría en la señora de Emmet Parrington. A pesar de que él no la amaba, y de que ella no lo amaba. Pero no importaba. Nunca volvería a amar, por eso no importaba.