¡Hola de nuevo!

Estos días he estado algo liada, pero por fin puedo subir el fic. He escuchado mil veces esta canción, sobre todo mientras escribía. Y cuanto más la oía, más cosas cambiaba. Curiosamente, la idea en sí del songfic sigue siendo la misma, pese a todas las variaciones que ha tenido. Tengo que admitir que hasta cierto punto me ha costado escribirlo, porque cada vez añadía y quitaba más detalles y nunca parecía estar conforme. Pero aquí está, por fin, aunque me ha quedado bastante más largo de lo previsto.

Por otra parte, ¡os tengo una sorpresa! Quizás no para todos, pero supongo que a la mayoría os alegrará. Sin embargo, no pienso decir nada aún. Jajajaja, estoy siendo muy cruel, ¿verdad? Bueno, prometo que el próximo fic lo contaré sí o sí~

Y sin entretenerme más, ¡aquí vamos con este 2786 para sayaneko-chan!

Título: Refugio

Autor: Black Cherry

Resumen: Lo único que mantenía en pie a Haru era Tsuna y viceversa. 2786.

Aclaraciones: Pese a ser un 2786, hay algo de 2795. Sobre la canción de este songfic es The Beginning del grupo One Ok Rock. La letra está en inglés, porque me sonaba mejor, pero es fácil de encontrar en español por Youtube.

Ni la canción ni Katekyo Hitman Reborn! me pertenecen~

~Refugio~

Cuando Yamamoto y Gokudera entraron en su cuarto, el primero con una sonrisa al contrario que la mueca del peliplata, Haru les dedicó una pequeña sonrisa antes de colocar otra camisa dentro de la maleta. Al ver que la chica no había acabado de hacerla, Gokudera no pudo evitar repetirle que se diese prisa, que aún tenían que hacer un par de paradas antes de irse. La chica le ignoró. Gokudera, más allá de intentar gritarle, se dedicó a buscar en sus bolsillos algo de tabaco que le quitase la frustración de encima. Ya con el cigarro entre los labios, se apoyó en el marco de la ventana examinando la calle. A su lado, Yamamoto también permaneció alerta.

– No fumes.

– ¿Eh? – La chica, aún con una pequeña sonrisa en los labios, le miraba fijamente.

– En la habitación de Haru no se fuma.

Gokudera hubiese abandonado su compostura para espetarle en la cara que él hacía lo que quería, pero se limitó a apagar el cigarro y volver a posar la vista en las calles de Namimori. Haru, después de hacer un pequeño gesto de victoria, volvió a su tarea de acabar de hacer la maleta. Yamamoto no pudo evitar reír ante la escena. Apenas tenían dieciocho años, y aunque los Millefiore intentaban arrebatárselo todo, aún no habían perdido la esencia tan característica de ellos mismos. Incluso en esos momentos, mientras se preparaban para huir de Japón, Haru era capaz de mantener una sonrisa en sus labios. Era quizás esa alegría en la castaña, que Yamamoto compartía, la que hacia la situación más llevadera. Porque dudaba que él o Gokudera encontrasen palabras de consuelo al ver lágrimas en esos orbes castaños. No, Haru siempre les había regalado una sonrisa, aún cuando le habían comunicado que lanzase su vida por la ventana y fuese con ellos a Italia. Yamamoto agradecía el esfuerzo de la chica; Gokudera, por su parte, sabía muy bien que era lo que mantenía en pie a la chica incluso en esos momentos.

Era lo mismo que les mantenía a todos unidos: Tsunayoshi Sawada.

– Ya está – la chica reprimió un grito de alegría llamando la atención de ambos jóvenes.

– ¿Lo has cogido todo, mujer?

– Sí, todo.

Haru se permitió el dejar una nota encima de su escritorio; había escrito un simple mensaje comunicando que estaría bien. Sus padres gritarían cuando lo leyesen, angustiados por la repentina fuga de su hija. Y luego tendrían que enfrentarse a la situación que ella misma estaba viviendo: la guerra. Los hombres de los Vongola les llevarían a un escondite que ni ella sabría donde estaba y los protegerían. Su amiga Hana, aquella que Kyoko le presentó hacía ya varios años, tendría la misma suerte. Pero Kyoko y Haru eran diferentes: no podían quedarse allí. La primera era la querida hermana del guardián del sol de la décima generación de los Vongola. Y luego estaba ese detalle. A esas alturas, ya no era ningún secreto que Kyoko Sasagawa iba a ser la futura mujer del décimo Vongola. Sin embargo, ella era...

Haru no era nadie.

Ni siquiera en aquel momento, con Gokudera y Yamamoto cargando sus maletas en un coche blindado oscuro que se encontraba aparcado a unas calles de su casa, entendía que estaba haciendo. ¿Por qué no se refugiaba en Japón como Hana o sus familias? No, a ella la enviaban a Italia, como si fuese alguien importante. Sintió un escozor en los ojos, indicio de que varias lágrimas amenazaban con salir, pero reprimió su dolor. Tenía que sonreír, hacer como que todo iba bien, fingir que la situación no la superaba. Ponerse una sonrisa permanente y no romper a llorar a menos que estuviese a solas, como cuando Tsuna le había comunicado su decisión de escoger a su mejor amiga.

Haru había hecho un esfuerzo por felicitarles, por no dejar que su dolor fuese tan palpable como para que su mejor amiga lo notase. Pero no podía ignorar la punzada de dolor que atravesaba su pecho cuando recordaba la sonrisa de Kyoko al comunicárselo. La castaña se alegraba por su amiga; y sabía de sobra que Tsuna, su Tsuna-san, la quería. Iban a ser felices, y aquello le hacía feliz. Pero le dolía, le dolía no ser ella la que pudiese hacer feliz al joven Vongola. Era ella quien se había enamorado antes del chico. Era ella quien siempre había sido la que le había perseguido. Era ella la que siempre había estado ahí para él, por él.

Y no había servido de nada.

Al abrir la puerta del coche, el hilo de sus pensamientos se rompió. Ahí sentado, con ligeras ojeras bajo sus ojos claros, estaba Tsuna.

– Oh, Haru – su voz cansada, el intento fallido de sonrisa y su nombre siendo casi susurrado delataban el estado casi destrozado del chico –. Lo siento tanto...

– Tsuna-san...

– Todo esto es mi culpa. No debí haberos mezclado en esto desde el principio – y fue ese pequeño detalle, el hecho de que hubiese hablado en plural, lo que hizo que Haru le interrumpiese.

– Hahi, no te preocupes, Tsuna-san – una sonrisa en sus labios pareció brillar reflejada en los ojos castaños que la miraban –. Todo saldrá bien.

Los labios de Tsuna correspondieron el gesto, dibujando una pequeña sonrisa sincera mientras la chica se acomodaba a su lado. Cuando Yamamoto cerró la puerta del copiloto, Gokudera arrancó el coche y empezaron a moverse por las calles de Namimori.

– Vamos directamente al aeropuerto – indicó el castaño y sólo obtuvo movimiento de cabeza por parte del peliplata como contestación. Después, deslizó su mirada hasta la chica que se hallaba a su lado –. ¿Estás bien?

– Haru sólo está un poco cansada.

Tsuna sonrió de nuevo ante las palabras de la chica. Se merecía reproches, insultos y una sarta de maldiciones por haber involucrado a meros civiles en aquella situación. Pero la chica, aquella amiga tan inocente que siempre tenía una sonrisa para él, sólo se limitaba a apoyarle. Ojalá Haru le echase en cara algo de lo que estaba ocurriendo, como era el hecho de que sólo por ser su amiga, varios hombres intentaban masacrar su familia.

Tragó saliva; Haru parecía de lo más pequeña sentada con él en la parte de atrás de ese coche oscuro. Se había cortado el pelo dejando que su melena castaña apenas rozase sus hombros, enmarcando de manera más femenina su rostro. Parecía un ser sumamente delicado, con el cuerpo algo encogido por el cansancio y con esa sonrisa pequeña en los labios. Y entonces, probablemente porque sintió los ojos del Vongola clavados en ella, se sonrojó.

Ese pequeño toque carmín en las mejillas de la chica hizo que la realidad chocase contra Tsuna: Haru era demasiado frágil para la guerra.

Tsuna no pudo aguantarlo más. Y quizás fue el amor que tanto había callado por el bien de sus amigos o fue más bien la solitaria lágrima de desesperación que surcó las mejillas del chico, pero cuando quiso darse cuenta, Haru ya se encontraba abrazando a Tsuna. Con el rostro enterrado en el hombro de la chica, los mechones de pelo castaño le permitieron esconderse de la realidad. Tsuna pasó sus brazos por la espalda de la chica atraiéndola más hacia él mientras rompía a llorar. Y Haru, con un pequeño sonrojo por toda la situación pese a la preocupación que la consumía, acarició con parsimonia la cabellera de Tsuna susurrándole una y otra vez que todo iría bien. Su sonrojo aumentó al notar como el chico se aferraba más a ella, sin ni siquiera percatarse en que tanto Yamamoto como Gokudera miraban la situación de reojo. No, a Haru lo único que le importaba era aquel chico que hacía años se había adueñado de su mente. Siguió susurrando palabras de ánimo que parecían mezclarse con los sollozos de Tsuna. Y no eran palabras vacías de consuelo; el chico sentía que el tono de voz conciliador de la chica le acunaba tanto como su abrazo. Sólo entre los brazos de Haru, el joven Vongola se encontró con un refugio de aquel mundo cruel del que ahora formaba parte.

Just give me a reason
to keep my heart beating.
Don't worry it's safe right here in my arms
as the world falls apart around us
all we can do is hold on, hold on.

Tsuna se reunió con Kyoko en las puertas de la mansión Vongola. En la puerta, junto a la chica, había un hombre de cierta edad que hablaba animadamente con Dino en italiano. Cuando se bajaron del coche, aquel señor se acercó a pasos rápidos hacia Tsuna y le abrazó. El chico pareció algo desconcertado antes de responder el gesto. Horas antes había estado llorando en los brazos de Haru, pero cuando quiso darse cuenta, ya estaba en Italia a punto de reunirse con su predecesor. Y ahí lo tenía, el Noveno Vongola que siempre había considerado un abuelo le sonreía con cariño. Cuando el hombre se separó de él, Tsuna aprovechó para saludar a Dino y a Kyoko, que se encontraban a unos pasos de ellos. La chica tenía los ojos rojos, pero le recibió con una sonrisa. Tsuna no la abrazó, ella tampoco hizo el gesto, pero el chico pudo incluso oler el miedo que tenía la que había sido ídol de Namimori .

La mano de Dino le obligó a dejar de mirar a la chica. Agradeciéndoselo internamente, todos entraron en la mansión donde las chicas se marcharon junto a la mano derecha del Noveno Vongola. Y mientras Haru y Kyoko organizaban sus cosas en una gran habitación que había sido decorada especialmente para ellas, Tsuna se reunía con su antiguo tutor, Reborn. En cualquier otra situación, el arcobaleno le hubiese recibido con una patada o algún comentario para reírse del aspecto tan lamentable que llevaba Dame-Tsuna. Pero no fue así. En ese despacho donde diversos conocidos tenían esparcidos documentos relacionados con sus enemigos, sólo reinaba el silencio. Reborn no dejó de mirar a su antiguo alumno. Le observó saludar a gente de CEDEF, susurrarle alguna cosa a su padre, no alejarse mucho de Dino como si el rubio le hiciese la situación más llevadera, pararse delante suyo. Tsuna no dijo nada; y Reborn, tampoco. Pero cuando cruzaron miradas, el arcobaleno comprobó que pese a todo, su antiguo alumno tenía ese aire infantil rodeándolo. Seguía siendo un crío, uno al que habían obligado a crecer demasiado rápido, pero el mismo chico de siempre.

La reunión transcurrió con cierta rapidez. Al parecer el plan principal era acabar con Byakuran, el jefe de los Millefiore, pero lo más importante por el momento era alejar a las fuerzas enemigas de las proximidades de la mansión Vongola. Varia se uniría a la batalla en unos días, pero lo harían en un fuerte situado a 20 kilómetros de donde se encontraban en ese momento. Tenían que llegar hasta allí para asegurar el perímetro de seguridad de la mansión. Los enemigos, divididos en dos facciones, se hallaban a apenas 10 kilómetros. Así que tendrían que derrotar a la primera línea de ataque si querían llegar al fuerte.

Cuando la reunión acabó y todos los hombres se dispersaron, sólo Reborn y sus dos antiguos alumnos se quedaron allí. El Cavallone iba a decir algo cuando un leve ruido le sorprendió: estaban picando a la puerta. Ésta se abrió para revelar a Kyoko Sasagawa, quien hizo una reverencia antes de que Reborn se llevase de allí a Dino y dejase a los dos jóvenes solos.

– Kyoko-chan.

– Tsu-kun – la chica se esforzó por sonreír. Después, rebuscó en sus bolsillos y le tendió algo que Tsuna reconoció al momento –. Es un amuleto de la suerte.

– Gracias.

El chico guardó el objeto en un bolsillo de su chaqueta antes de salir de allí y dirigirse a las afueras de la mansión, donde Gokudera y Yamamoto charlaban con Reborn. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de sus tres amigos, el silencio les envolvió. Era hora de ir a la que sería la primera batalla de muchas. Tsuna apretó el amuleto en su bolsillo para encontrar el valor para sonreír. Y con un intento de sonrisa casi fallido en los labios, le habló a sus compañeros.

– Todo irá bien, pero id con cuidado, por favor.

La voz de Haru, recordó, sonaba mucho más convincente. La suya había sido prácticamente una súplica. Yamamoto le soltó una leve carcajada asintiendo y Gokudera alzó el puño en señal de ánimo. Tsuna se grabó aquella escena en la mente. No luchaba como futuro jefe de los Vongola, no luchaba para destrozar a los Millefiore; luchaba por sus amigos. Más determinado que nunca, Tsuna se encaminó por primera vez a lo que sería el campo de batalla donde pelearía durante los siguientes días.

Pese haberse esperado lo peor, fue un día bastante tranquilo en comparación con lo que se avecinaba. Tsuna tenía el cuerpo tan agarrotado por el viaje a Italia y demás, que cuando quiso darse cuenta, apenas habían hombres de los Millefiore por allí. Claro que el mérito era de dos de sus guardianes: Mukuro y Hibari. Según le explicó Yamamoto entre carcajadas después, esos dos se habían enfrascado en una competición para ver quien acababa con más gente. Eso hacía que los demás guardianes, especialmente Tsuna, tuviesen muchísimo menos trabajo. Sin embargo, no fue hasta que el manto nocturno envolvió el cielo que la batalla acabó. Al parecer ambos bandos habían firmado un contrato que indicaba que cuando la noche caía, la tregua empezaba. Según Reborn, eso había sido obra de Vindice. Y al parecer ni siquiera Byakuran se atrevía a ir en contra de ellos.

Así que la multitud de hombres de los Vongola dejó las armas cuando la luz de la Luna les envolvió. Algunos se fueron a tratar las heridas, otros directamente a descansar y los demás a celebrar que habían sobrevivido de nuevo. Sólo los guardianes y los jefes de las diferentes familias aliadas de los Vongola volvieron a la mansión, con el noveno en cabeza. Tsuna se dirigió directamente a su cuarto y, al tumbarse en la cama, se quedó profundamente dormido.

Un ruido a medianoche le obligó a despertarse. Apenas había descansado, pero su cuerpo pareció despejarse lo suficiente como para hacer que Tsuna no se volviese a dormir en los minutos siguientes. No le quedó más remedio que levantase de la cama y decidió dar un paseo convencido de que un poco de movimiento haría que el sueño volviese a apoderarse de él. Se encontró andando sin rumbo por los pasillos observando la decoración, que estaba compuesta básicamente por cuadros. La mayoría eran retratos que identificó como los anteriores jefes de la familia Vongola. Estaba observando los cuadros de antepasados suyos cuando una figura chocó contra él.

– ¿Hahi?

– ¿Haru-chan?

– ¿Tsuna-san? – Sí, aquella era la voz de la castaña. Tsuna sonrió aliviado –. ¿No puedes dormir?

– Algo así.

Apenas habían un par de candelabros en el pasillo que les alumbraban, pero Tsuna pudo observar el ligero rubor que habitaba en las mejillas de la chica. Se le hizo agradable que no le preguntase por la batalla, ni por el enemigo, ni por la guerra. Una risilla nerviosa se le escapó al pensar que la última vez que habían estado solos – pese a que Yamamoto y Gokudera estaban ahí, ambos habían estado más concentrados en la carretera –, él se había derrumbado. No delante de Reborn, su eterno mentor, o de sus amigos, quienes compartían el peso en los hombros. No, había sido Haru. Tsuna no lo entendía, pero de alguna manera no se imaginaba llorar delante de nadie salvo de la castaña.

Intentando que sus palabras no se atropellasen entre si, Tsuna le contó a la castaña que pronto llegarían a un fuerte algo alejado de la mansión y no tendrían que oír ese murmullo constante de gritos. Con una sonrisa en su rostro, el joven Vongola le prometió que estando ahí, estaban a salvo, y que las noches eran especialmente seguras. Haru le escuchaba atentamente, compartiendo la alegría ante las buenas noticias. Y el cuerpo de Tsuna se destensó por completo.

Había tenido miedo. Como cuando conoció a Mukuro o se encontró luchando contra Xanxus, el pánico se había apoderado de él por completo. Claro que sus ganas de proteger a sus amigos le convertían en el ser más valiente del universo, ese era el motivo por el cual era capaz de luchar hasta con la mismísima muerte. Pero le asustaba, no podía evitarlo. No sólo el ir contra un ejercito tan grande como el de los Millefiore, sino por ser el responsable si alguien de los Vongola salía herido en la batalla. Un error suyo podía costarle la vida a tanta gente que el sólo pensar en ello hacía que sus piernas temblasen. Y se lo callaba; se hacía el valiente porque decirle a sus compañeros que tenía miedo era un ataque dirigido a la esperanza de todos ellos.

Ahora que se encontraba en la penumbra de la noche con la respiración de Haru como el único sonido de fondo, Tsuna pensó que aquello no distaba mucho de las noches de verano donde iban a festivales.

– Haru-chan, ¿puedo pedirte un favor? – Haru asintió algo confundida, pues el chico se había callado repentinamente y ahora cambiaba de tema por completo –. ¿Podrías ponerte una yukata la próxima vez que vayamos a ver fuegos artificiales?

– Claro que sí, Tsuna-san.

La sonrisa de Haru pareció prometerle que habría una próxima vez, así que el miedo abandonó a Tsuna por unos instantes.

Take my hand
And bring me back, yeah~

– Haru-chan, ¿crees que esto acabara pronto?

Kyoko la estaba ayudando a cocinar cuando le sorprendió con esa pregunta. Tsuna le había explicado hacia un par de noches que la mansión Vongola era un lugar seguro, así que no se tenían que preocupar por nada. Asegurar los alrededores del lugar era su máxima prioridad y Bianchi les había confirmado que la situación iba muy bien, lo suficiente como para que las cosas se calmaran en aquella zona italiana. El hecho de que ella y Kyoko pudiesen estar tranquilas en la mansión de los Vongola era una prueba. Haru deslizó su mirada castaña hasta la chica, quien había soltado el cuchillo y jugaba con su pelo algo nerviosa.

– No te preocupes Kyoko-chan, volveremos a casa.

Y mientras miraba las verduras cocerse, Haru deseó que algún dios tuviese piedad de todos ellos.

Fue en ese momento cuando Bianchi se precipitó en la cocina con la cara pálida buscando algo desesperada. Haru dejó lo que estaba haciendo para mirar a la mujer; algo malo había ocurrido. Se debatió entre preguntar y no, recordando que hacia apenas unos segundos rezaba para que las cosas mejorasen. Y por el aspecto de Bianchi no era así. El miedo se apoderó de la castaña cuando Kyoko pronunció lo que ella no se atrevía a decir.

– Bianchi-san, ¿ha ocurrido algo?

La mujer desvió su mirada ante las palabras de Kyoko. Dejando que el silencio se apoderase del lugar, Bianchi se mordió el labio inferior. ¿Cómo iba a decirles a ambas chicas lo que había pasado? Tampoco podía huir de la realidad, así que con todo el tacto posible, intentó explicar lo que había ocurrido.

– La herida no es muy grave y os aseguro que se pondrá bien, pero han disparado a Tsuna – ambas chicas se llevaron una mano a la boca, intentando reprimir un grito de angustia –. Pero no os preocupéis, está bien. Sólo necesita descansar un poco y se recuperará.

– Tsu-kun...

Kyoko rompió a llorar. Ocultándose con sus propias manos, su llanto desconsolado se clavaba en los oídos de sus amigas con cada segundo que pasaba. Bianchi al momento se acercó a ella y le abrazó brindándole su apoyo. Pero Haru se quedó quieta, muy quieta. ¿A Tsuna le habían disparado? Se le olvidó respirar. Aquello no era posible, no estaba pasando. Pero el llanto de Kyoko era demasiado real como para que creer que estaba viviendo una pesadilla. Un temblor se apoderó de su cuerpo cuando se acordó de como hablar y le preguntó a Bianchi donde estaba el castaño. Y la mujer, aún abrazando a Kyoko, le indicó que la siguiese.

El aire contaminado con un fuerte olor a sangre aún seguía presente en la enfermería cuando las tres entraron. Allí, entre Gokudera y Shamal que hacían lo posible por limpiarse la sangre de las manos, se encontraba Tsuna. El décimo Vongola tenía los ojos cerrados, respirando con dificultad mientras un sudor frío formaba una ligera capa por toda su cara. Las facciones de su rostro estaban contraídas por el dolor, cosa de la que se percató Shamal. Y administrándole un líquido que Haru no atisbó a reconocer, el chico dejó de temblar para irse calmando.

Cuando Gokudera se marchó de allí a regañadientes, las tres chicas pudieron acercarse a la cama. Shamal había tenido cuidado cambiándole las sábanas de minutos antes para que las mujeres presentes no observasen la enfermiza cantidad de sangre que las había manchado.

– ¿E-Estará bien?

– La bala no ha atravesado ningún órgano ni punto vital, así que no hay de que preocuparse.

La fuerza abandonó las piernas de Kyoko quien se hubiese desplomado si Bianchi no la hubiese tenido agarrada. La mayor decidió sacarla de allí, alegando que necesitaba descansar, dejando atrás a Haru y al doctor. El hombre miró a la castaña fijamente y avanzó hacia ella posando una mano en su hombro. Apretó ligeramente, pero no obtuvo respuesta. Y dejando reposar su mano allí, Shamal esperó hasta que la chica se recompusiese.

Haru, por su parte, se había olvidado nuevamente de respirar. Al ver como la palidez de Tsuna se confundía con el color blanquecino de las sábanas, sintió como si le arrebataran todo el aire de sus pulmones de golpe. Aún sentía el hedor de sangre en la habitación, como si la muerte estuviese presente allí. Pero el pitido de las máquinas indicaba que Tsuna estaba vivo. Recordó la ilusión con la que el chico le había contado como las cosas mejoraban y ahora estaba ahí tendido, con tantas vendas en el abdomen como era posible. Si bien sabía que estaban en una guerra, si bien había tenido que dejar hasta su país natal, Haru nunca se había sentido tan aterrorizada por la situación como en ese momento.

– Puedes quedarte si quieres.

La voz de Shamal le hizo tragar saliva, notando el ardor seco en su garganta que estaba creando su angustia. El hombre le acercó una silla a la cama del joven Vongola y después de asegurarse de que Haru se había sentado, se marchó de allí. Desplomada en el asiento, Haru se incorporó hasta la cama, buscando la mano de Tsuna entre las sábanas. Tenía varios tubos conectados a la altura de la muñeca, pero su mano estaba lo suficiente libre como para que la castaña la agarrase. Estaba frío, demasiado frío para tratarse de Tsuna-san. Entrelazó sus dedos con los del chico y apretó con fuerza antes de romper a llorar, sin soltar en ningún momento a Tsuna, esperando que su llanto se llevase la repentina frialdad del chico.

Tsuna no estaba seguro de que había ocurrido.

Una puñalada de dolor le atravesó el abdomen haciendo que ahogase un grito. Aquello le trajo a la realidad de nuevo: un soldado de los Millefiore le había disparado. Tsuna sintió la herida resentirse y al removerse, se dio cuenta de que no estaba solo. Alguien le estaba agarrando la mano, notaba la calidez pese al dolor de su cuerpo. Reuniendo las pocas fuerzas que tenía, se obligó a abrir los ojos. Y no pudo más que sorprenderse cuando sus ojos claros se toparon con Haru dormida sobre la cama. Cerró los ojos de nuevo dejando que una suave sonrisa aflorase en sus labios. Le ardía el abdomen, donde el enemigo le había disparado. Sentía el cansancio apoderarse de todo su cuerpo, entumeciendo todas sus extremidades. Y Tsuna sabía que cuando abriese de nuevo sus ojos, tendría que volver al campo de batalla a plantar cara al ejército que Byakuran dirigía, pero no le importaba.

Haru sostenía su mano con tanta fuerza que no le importaba.

I'd risk everything if it's for you
I whisper into the night
Telling me it's not my time and don't give up
I've never stood up before this time
But the thing that I can't even give up, I can't let go of this hand that I held

Cuando Tsuna se despertó, la chica seguía durmiendo. Aún acomodada en esa silla en una posición que el chico aseguraría que era incómoda, la castaña seguía aferrada a su cama como si temiese que el chico se desvaneciese. A Tsuna se le antojó adorable; así que con el máximo cuidado posible, se incorporó hasta quedar sentado en la cama sin soltarse del agarre. Gracias a Shamal, la herida del abdomen apenas le dolía, aunque eso no evitó que el dolor le embriagase durante unos instantes. Después oyó con cierta vergüenza su estómago rugir: tenía hambre. Sin embargo, el tener a Haru ahí le impidió levantarse. Se veía tan tranquila que le daba incluso lástima molestarla, más cuando la castaña había estado ahí todo el tiempo con él.

– Supongo que tendrás algo de hambre – Shamal apareció hablando lo suficientemente bajo como para no molestar y le tendió un plato lleno de bolas de arroz que Tsuna agradeció profundamente –. ¿Haru-chan se ha pasado toda la noche aquí?

– Eso parece.

Y sin percatarse de ello, la sonrisa plasmada en los labios de Tsuna delató demasiado su felicidad. Shamal quiso reírse; que bonita era la juventud. Y sin embargo esos chicos estaban desperdiciando su tiempo en una guerra de la mafia. Ayudó a Tsuna a cambiarse las vendas y a levantarse de la cama sin hacer ningún movimiento brusco. Después, antes de sentarse a devorar la comida que su estómago le reclamaba, el joven Vongola cogió a la chica en brazos y la acomodó en la cama que él había abandonado. Acababa de comerse la primera bola de arroz cuando una sensación de vacío se apoderó de él. Así que con algo de vergüenza pues Shamal seguía en aquella enfermería, se acomodó en la silla que la chica había ocupado anteriormente. Buscó debajo de las sábanas la mano de Haru y la apretó con fuerza sintiendo la calidez de la castaña extenderse desde la punta de sus dedos hasta su propio cuerpo.

Tsuna sintió desaparecer ese vacío cuando se sintió a salvo.

Horas antes le habían disparado mientras peleaba entre un mar de enemigos. Y ahora estaba ahí, en esa paz, comiendo como si nada ocurriese... Se le hacía irreal. Haru era una manera de escapar de la realidad que le había funcionado desde el primer día. Desde la primera vez que había llorado entre sus brazos, cuando la castaña estaba cerca, Tsuna creía que todo iría bien. La chica le creaba esa ilusión de que no había una guerra fuera de esa mansión, que la esperanza aún existía. Haru, con esa sonrisa, le hacía creer que no todo era una pesadilla.

Y Tsuna quería aferrarse a ello tanto como su mano se aferraba a la de Haru.

Shamal rompió el momento avisándole de que Dino le estaba esperando en la puerta, así que Tsuna acabó de comer con rapidez y se preparó para la batalla. Antes de irse, miró por última vez a la castaña. Alargó la mano para quitar algunos mechones rebeldes castaños de la frente de la fémina, acariciando algo de su piel en el proceso. Y Haru, aún perdida en el mundo de Morfeo, sonrió. Tsuna se dejó llevar por sus impulsos cuando se incorporó para besar con delicadeza la frente de la castaña. Y con una sonrisa mayor que la de la chica, salió del lugar dispuesto a dar lo mejor de si mismo otro día más.

Cuando Haru despertó, se encontraba tumbada en la cama donde Tsuna había estado antes. Las sábanas le cubrían el cuerpo, protegiéndola del frío de la mañana, pero lo que hizo a la castaña sentirse vacía fue el hecho de estar sola. ¿Dónde estaba Tsuna-san? Haru se incorporó con prisas buscando por todo el lugar, pero la enfermería estaba vacía. Un ruido en la puerta le devolvió la ilusión, pero se desvaneció cuando Shamal entró con su habitual sonrisa.

– ¿Dónde está Tsuna-san?

– Ya se ha ido al campo de batalla. Me pidió que te diese las gracias por cuidarle toda la noche.

– Haru lo ha hecho encantada.

– Oh, eso lo sabemos todos, Haru-chan. El mocoso es el que no acaba de darse cuenta, aunque antes de irse te ha besado la frente.

Sus ojos se agrandaron a cada palabra que salía de la boca de Shamal. Y entonces Haru enrojeció por completo delatando sus más que obvios sentimientos. Las diversas carcajadas del doctor le acompañaron cuando Haru prácticamente arrancó a correr camino a su cuarto. Aún sentía sus mejillas arder cuando cerró la puerta tras ella y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo. Tsuna-san le había besado. Quizás había sido sólo la frente, pero había sido a ella, a Haru Miura, y no a...

– Estás muy roja, Haru-chan. ¿Tienes fiebre?

Había sido a ella y no a Kyoko, quien la miraba con verdadera preocupación. Haru rió nerviosa, cual niño pillado en mitad de una de sus travesuras, y le restó importancia a su sonrojo. Su amiga sólo le dedicó una sonrisa antes de avisarle que se ausentaría un rato. Al parecer la habían llamado al despacho del noveno Vongola. Así que Kyoko salió del lugar y Haru, cogiendo una muda limpia, salió corriendo camino al baño sin poder borrar la sonrisa de su rostro.

Aquel día no podía haber empezado mejor.

Pero cuando volvió a reunirse con su amiga, que tenía las mejillas coloreadas de carmín, su felicidad se hizo añicos.

– Haru-chan, ¡me casaré en tres días!

Y si la guerra no le parecía lo suficientemente terrible, el anillo que brillaba en la mano de Kyoko lo empeoró todo aún más. Haru huyó de la felicidad de su amiga con una excusa que ni recordaba antes de encontrarse escondida en algún rincón de la mansión llorando amargamente. Aquel día había empezado bien, ¿por qué su felicidad no podía haber durado un poco más? Su llanto parecía resonar con fuerza en sus oídos por el silencio del lugar, silencio que fue interrumpido por unos pasos. A Haru no le dio tiempo a recomponerse cuando vio como Bianchi tomaba asiento en el suelo a su lado. La mujer le tendió con amabilidad un pañuelo para que se limpiase las lágrimas, pero aquello sólo avivó más sus sollozos. Y Haru se abalanzó a los brazos de Bianchi para llorar hasta que sus ojos no tuviesen más lágrimas.

Ya estaba más calmada cuando Bianchi le explicó lo que había ocurrido.

– Después de que disparasen a Tsuna, el noveno se dio cuenta de que en cualquier momento puede morir y entonces no habrá nadie para dirigir a los Vongola. Así que han decidido que Tsuna y Kyoko se casen para que tengan un heredero lo más pronto posible.

– ¡Hahi! Pero si son...

– Muy jóvenes, lo sé. Pero si hay amor, no importa.

Aquello le sentó como una puñalada a la castaña. Y cuando Tsuna apareció delante de ellas, el dolor se intensificó hasta tal punto que Haru tuvo que aguantar la respiración. Bianchi entendió la situación al momento y se marchó de allí, dejando atrás a Haru quien sólo se limitó a rehuir los ojos claros de Tsuna. El chico se sentó a su lado, dejando que su espalda se deslizase por la fría pared, hasta quedar acomodado en el suelo. Estirando las piernas, intentó buscar algo que decir. No encontró ninguna palabra. Miró a la chica de reojo dándose cuenta de que sus ojos estaban enrojecidos. Había estado llorando. Y el culpable era ni más ni menos que él.

Tuvo que desviar la mirada. Cuando le habían dado la noticia de su boda, Tsuna sintió sus sentimientos revolverse. Por una parte, la felicidad le embriagó. Kyoko, su anhelada Kyoko, sería su mujer. ¿Cuántas veces había soñado aquello? Pero por otra parte, también sintió miedo; el miedo de saber que Haru le abandonaría. No era un secreto para nadie que la castaña le quería, incluso él lo sabía. Y cuando se había decantado por Kyoko, de quien llevaba casi toda la vida enamorado, ella lo había aceptado con una sonrisa. Quizás porque aún albergaba esperanza, o porque quería verle feliz, pero ella seguía ahí.

Y Tsuna nunca lo había agradecido tanto como cuando toda aquella guerra había empezado porque Haru era lo único que parecía distraerle de la situación.

Sin mirar hacia ella, su mano buscó a tientas la de la chica. La encontró cerca suyo, apoyada de manera casi mecánica en el suelo. Tsuna posó con delicadeza la suya sobre la de la chica y Haru no retiró la suya cuando sintió la calidez del cuerpo masculino reposar sobre su mano. El chico casi sonrió agradecido, pero se obligó a no hacerlo cerrando los ojos. Kyoko siempre le había parecido una buena opción para ser su mujer, la madre de sus hijos, y por fin iba a conseguir lo que durante años había deseado.

Y si tanto lo había soñado, ¿por qué lo único que podía pensar era en que tenía a Haru a su lado?

Una seca carcajada se escapó de su garganta; la confusión se estaba apoderando de él a pasos agigantados. Quería volver a cuando todo era más sencillo, a cuando podía ir a ver fuegos artificiales con sus amigos o cenar con demasiada gente en su comedor. A cuando no había escogido a Kyoko, a cuando no era el décimo Vongola, a cuando sus decisiones no afectaban de manera tan radical la vida de sus seres cercanos. Quería volver a ser un crío en Namimori. Y no podía, nunca podría. Ni siquiera sabía si la semana siguiente seguiría vivo, o si tendría que enterrar a amigos tan queridos como Yamamoto al final del día.

– ¿Tsuna-san?

Pudo por fin encarar esos orbes castaños. Y llevando su mano libre al cuello de Haru, notando como ésta ardía bajo su tacto, se aproximó a ella. Pegó su frente a la de la chica, notando como un suave olor a flores impregnaba sus fosas nasales. Se sintió cómodo cuando su aliento se mezcló con el de Haru, cuando la sintió más cerca de lo que nunca había estado. Tsuna vio casi asombrado como un ligero rubor se extendía por las mejillas de la chica, logrando arrancarle un pequeño sonrojo a él también.

Toda aquella situación, desde los Millefiore hasta su propia boda, podían con él. Pero Tsuna tenía que seguir de pie, ocurriese lo que ocurriese. Y la verdad es que el tiro que le habían dado le dolía, que era demasiado joven como para casarse, que ya no estaba tan seguro de hasta que punto amaba a Kyoko y que estaba cansado. Agotado de luchar día tras día contra el mundo sin obtener ningún resultado. Pero Haru estaba ahí, con los ojos cerrados, ese sonrojo adorable y esa sonrisa que parecía salvar su alma.

Y pese a querer besarla, Tsuna se quedó en esa posición. Tenerla tan cerca se le hizo lo único agradable de aquella realidad en la que vivía. El silencio les envolvió en una cómoda melodía que Tsuna deseó que durase eternamente. Y Haru, que ya no sabía el punto donde la calidez de Tsuna acababa y la suya empezaba, no pudo ni parpadear.

Aquel momento le pertenecía a ella, a él, a ellos.

So stand up, stand up (Just gotta keep on running)
Wake up, wake up (Just tell me how I can)
Never give up
It's painful as it's crazy

Haru no volvió a ver a Tsuna hasta el día de su boda. Eran apenas las dos de la madrugada cuando ambos chicos se cruzaron en uno de los pasillos de la mansión. Ella no podía dormir porque eso significaría que al despertarse, iba a vivir el peor momento de su vida. Tsuna, por su parte, estaba tan confuso y nervioso que la mezcla de sentimientos no le permitió conciliar el sueño mucho tiempo.

En otra ocasión, un encuentro entre ellos hubiese hecho a la chica bailar en su mente de la emoción. Esta vez, sin embargo, se quedaron cara a cara en completo silencio. Haru no quería romperlo a sabiendas de que cualquier pregunta o comentario acabaría en el mismo punto: la boda. Y Tsuna tampoco quería sacar el tema, no con Haru.

Un rugido proveniente del estómago de Tsuna rompió el ambiente tenso que se había creado. El chico echó a reír nervioso, rascándose la nuca más que avergonzado. Pero el escuchar una carcajada femenina se le contagió rápidamente. Hacia tiempo que no les habían permitido unos minutos de paz para romper a reír como en ese momento, como en los viejos tiempos. Estuvieron varios minutos disfrutando del momento antes de poder siquiera tranquilizarse. Y ambos, por sugerencia de Haru, se encaminaron hacia la cocina.

Tsuna tomó asiento mientras Haru demostraba sus dotes culinarias. La castaña estaba más que feliz, no sólo porque la incomodidad entre ellos se había acabado, sino también porque por fin podía hacer algo por el chico. Aún si era la simple tarea de preparar algo de comer, Haru se sintió realmente útil en aquel momento. Así que sacando algunos alimentos de la nevera, se concentró en cocinar. Tsuna, por su parte, se dedicó a contemplar a la chica. Oía a Haru tararear de manera suave mientras un olor delicioso inundaba el lugar. Su estómago rugió de nuevo, impaciente, pero la castaña pareció no percatarse. El joven Vongola no se molestó en distraerla; se permitió apoyarse en la mesa y disfrutar del suave canto que le acunaba. Aquellos nervios que horas antes le habían obligado a dar mil vueltas en la cama, ahora parecían calmarse como si Haru tuviese total control sobre ellos. Lo tenía, Haru tenía ese efecto sobre él, haciendo que la comodidad fuese presente en él incluso a las tres de la mañana del día de su boda.

Una boda que no estaba muy seguro de desear, pero que se llevaría a cabo para tranquilizar a los Vongola.

El plato de pasta italiana delante de él olía tan bien que se le hizo la boca agua con sólo mirarlo. Contempló como Haru se disponía a comer también, aunque para ella había menor cantidad. Sentados uno enfrente del otro, ambos disfrutaban de una comida deliciosa en un cómodo silencio que Tsuna rompía de vez en cuando para admirar a Haru. La pasta estaba deliciosa, tanto que cuando ambos jóvenes quisieron darse cuenta, ya se había acabado.

Tsuna iba a agradecerle a la chica la cena cuando ella se acercó a su rostro. Parpadeó nervioso; ¿acaso Haru iba a besarle? La idea se le antojó igual de deliciosa que la comida y la sangre se acumuló en sus mejillas. Pero la castaña estaba pensando en otra cosa. Tsuna-san se había manchado levemente de tomate la comisura de los labios, así que utilizó la yema de los dedos para limpiarle. Y entonces se percató de la situación. Lo cerca que estaban, el sonrojo en las mejillas del chico que probablemente compartiría, el tacto suave bajo sus dedos. Se apartó de un salto, limpiándose la mano ahora manchada de tomate y recogiendo con cierta torpeza la mesa. Tsuna le intentó ayudar, pero aún estaba demasiado avergonzado como para no resultar igual de torpe.

Con las mejillas aún teñidas, pusieron en marcha el lavavajillas y echaron a andar en completo silencio hacia sus habitaciones. Cuando llegaron al pasillo donde ambos tenían que separarse, sus miradas se cruzaron. Y Tsuna tragó saliva, porque el intento fallido de una sonrisa por parte de la chica no era nada comparado al nudo que le creó la mirada tan rota que tenía cuando le dijo lo único que podía decirle en aquella situación.

– Felicidades por tu boda, Tsuna-san.

A Tsuna, la voz de Haru nunca le había dolido tanto como en ese momento.

Just tell me why baby
They might call me crazy
For saying I'd fight until there is no more
The selecting glint in your eye that holds sadness is nearly a sense of urge, right?
Blinded, I can't see the end
So where do I begin?

Cuando Haru acabó de ponerse su vestido verdoso, se encaminó hacia Bianchi, quien trataba de peinar la melena rubia de Kyoko en la otra punta de la habitación. En cuanto la vio, su amiga le dijo que estaba preciosa y la castaña intentó sonreír ante ello. El vestido de dama de honor le quedaba bien, sí, pero Kyoko parecía un ángel vestida de blanco. Cuando la mayor hubo acabado, la protagonista del día se levantó para observarse bien en el espejo. Tuvo tiempo de mirarse unos minutos antes de que Dino entrase con una sonrisa en el rostro dispuesto a llevarse a la afortunada. Haru iría con Gokudera, Yamamoto, I-Pin y Lambo, así que hizo una reverencia y aprovechó el momento para huir de allí.

La iglesia, en un rincón de un pacífico pueblo italiano, era preciosa. Era más grande de lo que Tsuna se había esperado y ahora que se encontraba quieto al lado del altar, los nervios parecían hacer más eco de lo necesario. Dudaba de que aquello fuese una buena idea, pero por otra parte parecía un sueño hecho realidad.

Aunque no podía evitar recordar el rostro de Haru al enterarse de la noticia.

Cuando la marcha nupcial se escuchó por todo el lugar, tuvo que aparcar sus sentimientos. Había escogido a Kyoko y se iba a casar con ella, con ese ángel que avanzaba a paso tranquilo hacia él. Le cogió las manos, enfundadas en guantes blancos, y escuchó al cura recitar unos versos sobre el matrimonio. Tsuna no pudo evitar desviar su mirada hacia Haru, sentada a escasos centímetros de ellos. Sus ojos castaños brillaban con fuerza, intentando reprimir las lágrimas y esforzándose por compartir la felicidad del momento. Y el joven Vongola se obligó a cerrar los ojos al sentir una punzada de dolor en el pecho.

Quería salir de allí. Arrancar a correr y volver a Namimori, o incluso a la batalla. Simplemente deseaba desvanecerse, esconderse de todo aquello. Y Tsuna se acordó con cierta amargura de que el único refugio que tenía estaba demasiado ocupada porque él le había roto el corazón.

– Tsunayoshi Sawada, ¿acepta a Kyoko Sasagawa como su esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

– Acepto – su voz apenas fue un susurro, pero Kyoko le regaló una sonrisa antes de que el cura se dirigiese a ella.

Con la alianza ya brillando en la mano, besó con dulzura los labios de Kyoko con un leve sonrojo en sus mejillas. Ya era oficialmente un hombre casado, pese a tener apenas dieciocho años, pese a que la situación no era la mejor. No iba a haber banquete, no era la boda que ninguna mujer deseaba, pero en ese instante Kyoko Sasagawa se convirtió en la esposa del décimo jefe de los Vongola. Los invitados, que no eran muchos porque la mayoría de gente se encontraba en la batalla, se acercaron a felicitarles al instante. Reborn le dijo que no se preocupase, que tenían una hora para disfrutar de aquel momento y así podía aprovechar para ver de nuevo a los líderes de las familias aliadas.

Pero Tsuna sólo tenía una cosa en mente. Besar a Kyoko era algo que había soñado durante años y, sin embargo, la realidad le había fallado. Había sido tierno, sí, pero algo le fallaba. Y creía saber que era. Buscó con la mirada por la sala hasta que vio aquello que le faltaba: Haru se estaba escabullendo entre la gente camino a la salida. Se tendrían que ir pronto, pero Haru parecía huir antes de tiempo. Sus pies le llevaron hasta ella, excusándose con el noveno Vongola, y echando a andar entre la multitud hasta llegar al recibidor de la iglesia. La castaña iba a pasos rápidos, pero parecía arrastrarse hasta la salida. Podía verla tan encogida, tan pequeña, tan destrozada. Y aquello sólo significaba que le quería, que le quería de verdad. Tsuna no se dio cuenta, pero fue su voz la que hizo que la chica detuviese su marcha.

– ¿Haru?

¿Y por qué era la voz de Tsuna la que sonaba rota cuando era ella la que estaba sufriendo? Se giró sobre sus talones para encontrarse con el joven Vongola, quien la miraba de una manera que no supo interpretar. Y aquello le armó de valor.

Haru avanzó a paso seguro hacia el castaño, quien no tuvo tiempo a reaccionar antes de verse envuelto por dos brazos femeninos que se aferraban a él con fuerza. Tsuna acarició con cuidado la espalda de la chica, a sabiendas de que aquello estaba siendo duro para ella. El sentimiento de culpa le invadió; se había casado con la mejor amiga de Haru aún cuando sabía que la castaña le quería. No, le amaba; Haru siempre le había amado.

Y una punzada de dolor le hizo volver a preguntarse si había hecho lo correcto casándose con Kyoko.

No era que no quisiera a la rubia. Kyoko siempre había sido una especie de ángel inalcanzable para él que se había dedicado a perseguir durante toda su adolescencia. Pero la idol de Namimori tenía un solo defecto: que no era Haru. La castaña podía tener sus cosas malas, Tsuna lo sabía muy bien, pero tenía esa sonrisa. Y tenía esa capacidad para mantenerse en pie, con esperanza, con alegría; Haru era capaz de dedicarle siempre una sonrisa para que el joven Vongola saliese adelante.

Quizás Kyoko era más adecuada para ser su mujer, quizás Kyoko era el ángel de la familia Vongola, quizás Kyoko era todo lo que siempre había soñado. Pero Haru era su salvación. Y al estar así, con sus manos en sus mejillas, mirando fijamente esos orbes humedecidos que delataban el amor que la castaña sentía hacia él, no pudo más.

– Haru...

La besó. Al instante, comprendió lo que le había molestado todo el día, aquello que le había hecho dudar de aquella boda improvisada. Lejos de sentir la dulzura que había sentido cuando había besado a su ahora mujer, los labios de Haru le transmitían una sensación que creía olvidada: seguridad. Como una manera de evadirse de la realidad, como si no estuviesen mezclados en una guerra, como un hogar en el que resguardarse; Haru era su refugio del mundo. Sonrió contra los labios femeninos, mordiendo ligeramente el labio inferior para que no se alejase. Tsuna aprovechó el momento para colar su lengua en la boca de la castaña. Tan húmeda como cálida, lo que había empezado como un beso inocente se fue intensificando por los sentimientos de ambos. Porque pese a ser ahora un hombre casado, Tsuna jamás había besado así a Kyoko; porque, después de todo, sólo esa castaña era capaz de hacer que se sintiese a salvo de todo, incluso de él mismo.

Cuando tuvo que abandonar los labios de Haru por la falta de oxígeno, ambos se miraron fijamente.

– Esto no ha sido por la culpa.

– Lo sé.

Y por la tímida sonrisa que se dibujó en los labios ahora ligeramente hinchados de Haru, Tsuna supo que decía la verdad. No podía volver atrás en el tiempo, no podía cambiar el hecho de que se había casado con Kyoko, pero había una cosa que el décimo Vongola tenía muy claro.

Nunca dejaría que Haru se marchase de su lado.

Los siguientes instantes fueron algo extraños para ambos jóvenes. Haru quiso marcharse, pero Tsuna la detuvo agarrándole de la mano. Curiosamente, era la mano donde no lucía una alianza. Sin embargo, el lejano murmullo de la gente aproximándose le obligó a soltar la mano femenina. Lo hizo despacio, como temiendo que al soltarla toda calidez se fuese a desvanecer de su mundo. Pero un beso rápido en sus labios le hizo comprender a Tsuna que lo que había hallado ese día – aquellos días, para ser exactos –, no lo iba a perder fácilmente.

Haru se encaminó hacia la salida de la iglesia a pasos ágiles. Fue cuando a estaba a unos pasos del exterior cuando se permitió mirar hacia detrás. Allí, en el mismo lugar donde se habían besado, Tsuna parecía clavado al suelo. Con los ojos claros reluciendo bajo la luz que entraba por los ventanales del lugar, Haru se topó con el tinte carmesí que habitaba en las mejillas del chico.

Y entonces los labios de Tsuna esbozaron su mejor sonrisa. Sintiendo sus mejillas arder de nuevo, la chica salió del lugar a pasos ágiles pese a su repentina torpeza. Y el décimo Vongola se quedó ahí, quieto, sin ser capaz de borrar esa sonrisa que delataba su felicidad.

Say not a word, I can hear you
The silence between us
Just reflecting like there was nothing
I'll take this chance so that I'll make you mine
The thing that cannot be hidden, pretending like it's been decorated

Al día siguiente, Tsuna partió de nuevo a otra batalla. No sabía como encarar a Kyoko a sabiendas de que el amor que sentía hacia la rubia era más platónico que real, pero huir de ella ahora que era su mujer parecía complicado. Decidió que al menos luchando lograría hacer algo útil, porque pensar en todo aquel asunto lo único que iba a lograr era volverle loco. Tampoco fue de gran ayuda allí. Varia, quien llegó al fuerte como habían pactado, se encargó de llevar la voz cantante en la batalla. Y Tsuna tenía que reconocer que se había pasado casi todo el día metido en sus ensoñaciones, ganándose más de un golpe por su falta de concentración.

Y aún así todo aquello era mejor que estar parado delante de la puerta de su habitación dudando de si entrar o no.

Tsuna estaba seguro de que Kyoko estaba despierta. Y por las insinuaciones del noveno Vongola y Dino, estaba claro cual era su papel: entrar ahí y asegurarse de que habría un heredero para los Vongola. El castaño se había imaginado varias veces su primera vez, la mayoría de veces dejándose llevar por las hormonas antes de enterarse que una familia llamada Millefiore existía. Y mentiría si negase el hecho de haber imaginado a la antigua ídol de Namimori desnuda entre sus brazos.

Pero lo que Tsuna necesitaba en aquel momento era la sonrisa de Haru.

Con los nervios mezclándose en su estómago, quizás porque estaba rehuyendo su deber y por ello decepcionaría a mucha gente, el joven Vongola caminó por los pasillos hasta que llegó a otra puerta que le petrificó. Sin embargo, la pieza de madera se abrió y reveló a la castaña quien bostezaba ligeramente. Ambos dieron un salto atrás. Haru no se había esperado que hubiese alguien plantado en la puerta y Tsuna había estado demasiado perdido en sus dudas sobre si verla o no como para no asustarse cuando la chica apareció delante suyo como por arte de magia. La castaña parpadeó, incrédula, y después se lanzó a los brazos de Tsuna, quien aparcó su dubitación y no pudo más que sonreír.

Como por arte de magia, las heridas del joven Vongola ya no dolían.

Entraron ambos jóvenes en la habitación de la chica, descartando la idea de vagar por unos pasillos donde podrían arriesgarse a ser descubiertos. Y sentados en la cama, empezaron a hablar de nimiedades, intentando ignorar la pesadilla que había fuera de aquellas cuatro paredes.

– Tengo miedo – reconoció en algún punto de la noche el chico –. No soy como Reborn que está acostumbrado a esto, ni como Dino que sabe tratar con su familia a la perfección.

– Tsuna-san...

– Pero... – estiró la mano para coger la de Haru, quien le invitó a continuar –, te protegeré Haru.

Las mejillas de la chica se tornaron de un rojizo carmín que Tsuna no tardó en besar. Luego, desvió la mirada hacia el techo avergonzado él también. Y después de compartir una carcajada nerviosa, porque Haru tampoco estaba acostumbrada a tanta intimidad, la besó esta vez en los labios.

Tsuna había dicho que la protegería, pero en ese momento quien más seguro se sentía era él.

Cuando Tsuna se dio cuenta de la hora que era, se levantó de un salto; tenía que volver a su cuarto. Haru lo entendió al momento y le acompañó hasta la puerta, que apenas estaba a unos pocos metros de la cama. Intentó no mirarle, porque sabía que sus ojos delatarían la tristeza que la embriagaba en aquellos momentos. Pero Tsuna posó sus manos en sus mejillas y la obligó a levantar la mirada. Al toparse con los orbes castaños de la chica, Tsuna se tensó. Aún tenía ese brillo esperanzador, ese toque alegre que surgía cada vez que le miraba. Y sin embargo, podía sentir esa pizca de miedo y de dolor en la mirada de Haru.

Ambos sabían que cada vez que salía el sol, había una posibilidad de que no volviese a ponerse para el joven Vongola.

Y Tsuna, quien quería volver a verla sonreír día tras día, le acarició los labios intentando dibujarle una sonrisa. Haru le interrumpió con un puchero infantil que le arrancó una carcajada al chico. Y al verle ahí a su lado riendo, la castaña le dedicó una de sus mejores sonrisas.

– Tsuna-san, todo irá bien – su murmuro logró hacer que el chico callase, prestándole atención –. Haru está segura de que tú harás que todo vaya bien.

Ni siquiera ella estaba segura de si se había referido a la guerra o a aquello que estaba ocurriendo entre ellos dos. Pero no importaba; tenía fe ciega en Tsuna. Y el chico se inclinó para darle un rápido beso antes de salir corriendo de allí con un sonrojo más que notorio en sus mejillas.

No había amanecido aún cuando Tsuna y Ryohei llegaron al fuerte. El guardián del sol se marchó con el equipo médico mientras el joven capo se encontró con Reborn, quien le comunicó que pese a las treguas nocturnas, debería quedarse a pasar la noche en aquel edificio. El décimo asintió, y cuando el primer rayo de sol se asomó por el horizonte, la batalla se reanudó de nuevo.

Todo iba según lo planeado – porque Xanxus se encargaba de cualquier persona que se metiese en su camino –, cuando llamas del trueno inundaron el cielo en una descarga. El hombre que había aparecido, con un palo para jugar a billar en las manos, parecía examinar la situación con tranquilidad. Hasta que le vio. Deshaciéndose de varios soldados de los Vongola en apenas un parpadeo, aquel hombre de cabellera rubia avanzaba decidido hacia Tsuna.

El rubio, quien poseía una sonrisa casi burlesca en los labios, no iba a ser tan sencillo como los demás. Se deshizo de un par de hombres que luchaban a pocos metros de él y cuando Tsuna se quiso dar cuenta, lo tenía prácticamente encima suyo. Se lo quitó de encima, o eso creyó, porque unas manos enfundadas en guantes oscuros le atraparon por el cuello al instante. Tsuna se golpeó con fuerza la nuca cuando se vio presionado entre el rubio y el suelo. Un grito se intentó escapar de su garganta pero la presión que ejercía aquel hombre sobre ella lo obstruyó. A aquel dolor se le sumaba el pinchazo que le atravesaba el abdomen donde su herida se resentía al sentir el peso de un humano encima. Ni siquiera podía respirar; y la falta de aire hizo que una leve neblina le cubriese los ojos.

Por unos segundos pudo verse a si mismo con catorce años en la azotea del instituto Namimori compartiendo la comida con sus amigos. Como echaba de menos aquellos días, llenos de paz. Y sintiendo como el aire le abandonaba los pulmones, Tsuna juraría que escuchó un susurro que había oído miles de veces desde que todo aquello empezó. Esas palabras que siempre le habían hecho creer que aún quedaba esperanza.

"Todo irá bien, Tsuna-san."

Y esa creencia le obligó a patear a su oponente lo suficientemente fuerte como para poder liberarse del agarre y poder respirar de nuevo. Una tras otra, bocanadas de aire llenaron su interior haciendo que recuperase las fuerzas. Se impulsó con sus llamas y echó a volar haciendo que todo el campo de batalla pudiese observar como relucían las llamas de la última voluntad del joven Vongola en tonos anaranjados que brillaban en la oscuridad del cielo italiano.

Todo iba a ir bien, se repitió Tsuna, así que sólo había que seguir luchando.

So stand up, stand up (Just gotta keep on running)
Wake up, wake up (Just tell me how I can)
Never give up
It's painful as it's crazy

Cuando el cuerpo casi destrozado de un pequeño Lambo que apenas había crecido se hundió en la sangre que le rodeaba, Tsuna supo que no todo iba a ir tan bien.

Ni siquiera sabía que hacía él allí. Si bien era cierto que se trataba de su guardián del trueno, Lambo no era más que un niño. Un crío que se debatía entre la vida y la muerte entre sus brazos. El joven Vongola se permitió retirarse por aquel día de la batalla, llevando a su pequeño amigo a donde varios médicos trataban a los heridos de la batalla. Cuando vieron que se trataba del décimo jefe de los Vongola, todos corrieron a ayudar a Tsuna. Y las mandíbulas desencajadas al comprobar que el herido era un niño de apenas ocho años sólo hicieron que el temblor del cuerpo del castaño aumentase.

Hubiese preferido mil veces antes recibir otro tiro que esto.

Después de unos minutos sumidos en angustia, le comunicaron con tacto que el chico saldría adelante, pero que necesitaban una transfusión de sangre inmediatamente. No supo quien se ofreció, pero cuando Lambo pareció caer dormido, Tsuna agradeció el esfuerzo de todo el mundo entre murmullos. No se permitió llorar delante de aquellas personas que le miraban como si él fuese su última esperanza, pero la visión de Lambo herido causaba estragos en su interior. Y con esa furia presente, se marchó a atacar a cualquier soldado de los Millefiore que se cruzase en su camino.

Haru notó que algo iba mal con Tsuna cuando el chico entró en su cuarto con los ojos oscurecidos. Sus labios aún vestían una mueca de ira y sus facciones estaban contraídas por el dolor. El cuerpo de Haru se tensó al verlo así. ¿Qué había ocurrido? Se temía lo peor viendo al joven Vongola en semejante estado. Acercándose a él despacio, dispuesta a consolar a su amado, llamó su atención.

– Tsuna...

– ¡NO! – Su voz cargada de angustia la interrumpió, haciendo que la chica diese un paso atrás –. Dijiste que todo iba a ir bien, que yo lo lograría. ¿Y sabes qué? No puedo. Todo esto se me ha ido de las manos. Han atacado a Lambo, ¡a un niño! Y es mi culpa, Haru, sólo mi culpa.

Para cuando acabó su discurso, se había dejado caer en el suelo escondiendo su rostro entre sus manos. Respiraba con dificultad, aún visiblemente alterado. Y pese a que en aquel momento ella también sintió algo dentro suyo romperse, Haru le abrazó, posando la cabeza del castaño en su pecho. Durante unos segundos, oyó al chico farfullar palabras que ni entendió, pero a ello le siguió el silencio. Y luego Tsuna rompió a llorar. Haru notaba como su camisa se iba mojando por el torrente de lágrimas que desprendían los ojos del chico, como su sollozo se tornaba interminable. Ni siquiera parecía tener fuerza para devolverle el abrazo, pero tampoco hacia falta.

Si Tsuna necesitaba un refugio del mundo, ella lo sería.

Depositó sus labios en la cabeza del chico, escondiendo su rostro en la cabellera masculina. Y Haru no pudo más que intentar concentrarse en esa esencia tan particular que se había tornado familiar para ella, en la cercanía de su querido Tsuna-san. No derramó lágrima alguna porque entre sus brazos, Tsuna estaba llorando por los dos.

El joven Vongola se permitió descargar en forma de llanto todo su dolor. Tenía sus manos manchadas de sangre. Pese a que se las había lavado antes de ir a visitar a la castaña, Tsuna aún sentía el líquido carmesí escurrirse entre sus dedos. A esas alturas, no era sólo su sangre la que había palpado, tampoco la de sus aliados, sino también la de sus enemigos.

Odiaba esa palabra. Él nunca había sido la mejor persona del mundo, pero tampoco había herido nunca a nadie como para ganarse enemigos. Pero Reborn había aterrizado en su vida, con la mafia y aquella horrenda palabra consigo. Consideraba el acontecimiento, a su mentor, una de las mejores cosas de su vida. Pese a los disgustos, pese a las peleas y demás, el arcobaleno le había ayudado a hacer amigos, aliados, a tener un lugar para ese fracasado que aún era.

Le ardían los ojos aún cuando amaneció. Tenía la espalda recostada en la pared y seguía en el suelo, pero sentía un peso en el hombro. Comprobó que se trataba de Haru profundamente dormida, respirando tan tranquila que Tsuna decidió no despertarla. Tenía que irse, sí, pero estar así unos minutos más no le haría daño a nadie. Después de lo acontecido el día anterior, no podía irse sin disculparse siquiera de Haru. La chica pareció removerse a su lado y apenas había abierto de manera perezosa sus ojos cuando la voz del castaño llegó a sus oídos.

– Haru-chan, lo siento.

Sonrió. Quizás aquello era un sueño, porque la leve luz del cuarto indicaba que ya era de día y eso significaba que Tsuna debía estar ya peleando. Pero si era una ensoñación, no quería salir de ella. Sintió como su cuerpo flotaba en el aire y era depositada en el colchón con delicadeza. Y Tsuna depositó un beso en su frente como aquella vez en la enfermería.

No importaba cuanta sangre tuviesen que derramar allí fuera, no podía dejar que los hombres de los Millefiore llegaran a aquella mansión y acabasen con la castaña. Haru era una parte demasiado importante de su vida que no se podía permitir perder.

Y recordó con una sonrisa como Reborn le había traído a un mundo que sólo significaba desgracias, pero que también le había dado la oportunidad de conocer a Haru Miura. Ocurriese lo que ocurriese, Tsuna nunca se iba a arrepentir de ello.

Simplemente no podía hacerlo.

Just give me a reason
to keep my heart beating.
Don't worry it's safe right here in my arms.
I think this is crumbling, crying and falling down and it has just bloomed
So blinded I can't see the end

La puerta detrás suyo se abrió revelando a Bianchi, quien dejó caer el vaso de agua que llevaba en la mano cuando vio la escena. ¿Estaba Tsuna besando a Haru? El castaño se levantó de la cama de golpe, con los ojos abiertos por la sorpresa. Y entonces Bianchi avanzó hacia él para lanzarle un puñetazo a la cara. El joven Vongola no se apartó; después de todo, se merecía más de un golpe por lo que estaba haciendo.

Le estaba siendo infiel a Kyoko.

Un nudo le aprisionó la garganta cuando vio la mirada que le dedicaba Bianchi. Había estado tan ocupado intentando huir de la guerra que se estaba llevando a cabo fuera de esa mansión que no se había dado cuenta del error que estaba cometiendo allí adentro. Se mordió el labio; llamar a Haru error no era la solución. Tsuna se levantó del suelo, intentado encontrar algo que decir. Pero Bianchi interrumpió el hilo de sus pensamientos.

– Van a trasladar a Lambo a un hospital lejos de todo este problema, pero antes de irse quiere verte – masculló cada palabra con disgusto, con lo que acababa de ocurrir muy presente –. Después hablaremos de esto.

Tsuna no contestó. Se encaminó hacia la puerta dispuesto a ir a ver a su guardián del rayo antes de que se fuese, sólo para comprobar con sus propios ojos que seguía vivo. Pero antes de irse, encaró a Bianchi.

– Esto no es culpa de Haru, Bianchi-san.

Se fue de allí antes de esperar respuesta alguna por parte de la mujer. Caminó a pasos ágiles, queriendo llegar cuanto antes a la puerta donde Shamal le esperaba al lado de un mal herido Lambo. El niño, sin embargo, sonrió con ganas cuando le vio.

– Lo siento.

– Lambo, tú no has hecho nada – el intento fallido de sonrisa por su parte hizo que el niño diese un respingo –. Lo importante es que te recuperes. Si te portas bien, mamá te hará tu plato favorito cuando volvamos a Japón.

– ¿De verdad?

Los ojos inocentes de Lambo brillaron de tal manera que Tsuna sintió sus ojos arder. Sus lágrimas debían haberse agotado la noche anterior, porque sino ahora estaría llorando cual niño pequeño. Sin embargo, se obligó a intentar sonreír de nuevo mientras se despedía de Lambo con la mano. Pero sí que ocurría algo. Detrás suyo, en aquella mansión que le había servido de cobijo en esas noches tenebrosas, se estaba desatando una tormenta.

Bianchi sintió su garganta arder cuando dejó de gritarle a una encogida Haru. Adoraba a la castaña, era como una hermana para ella. Pero Kyoko también, y Haru parecía haberse dispuesto a destrozarla. Había sospechado que algo no iba bien cuando Haru no se derrumbó después de la boda de Tsuna. Se había marchado antes del lugar e incluso estaba segura de que había llorado, pero no se había roto tanto como Bianchi había supuesto que haría. Lo dejó pasar hasta que unos minutos antes, Kyoko golpeó su puerta angustiada porque su marido no había pasado la noche allí. La mujer ni siquiera sabía que excusa se había inventado para la rubia, pero había ido al cuarto de Haru rezando para que sus sospechas no fuesen ciertas.

Pero ahí estaba Tsuna.

El puñetazo le había parecido poco para el chico y el discurso demasiado para la chica, pero Bianchi no podía estarse quieta. Y aún quedaba lo peor: enfrentar a Kyoko. Cuando Tsuna volvió con el rostro algo desencajado después de ver a Lambo, ambos se dirigieron a ver a la que era la mujer del décimo Vongola. Dejaron a Haru atrás, porque Bianchi pensó que era lo mejor. Y Tsuna tampoco quería que la castaña se llevase las culpas, porque la culpa había sido suya.

Él era quien se había casado con otra.

Los ojos de Kyoko llorosos le recibieron cuando entró en el que era su despacho. Bianchi se fue de allí cerrando la puerta tras ella y dándole unos segundos a Tsuna para respirar hondo. Le costó, porque los sollozos de Kyoko eran dolorosos hasta para la vista, pero por fin pareció recuperar su voz.

– Kyoko-chan, tenemos que hablar.

– Tsu-kun, ayer no viniste a dormir. ¿Te quedaste en el campo de batalla?

La mirada de Kyoko reflejaba que aquello era una mentira que quería creer. Tsuna ladeó la cabeza; Kyoko era una mujer inteligente. Estaba claro que sospechaba de lo ocurrido pero había preferido ignorarlo. Pero ya no se podía huir de aquello. Respiró profundamente de nuevo antes de enfrentar a su mujer.

– No, estaba con Haru.

– ¿Con Haru-chan?

– Sí.

Y en un acto de cobardía, Tsuna se calló lo que su culpabilidad no le permitía aceptar.

La quería.

Quería a Haru Miura.

Todo aquello fue un duro golpe para Kyoko, quien se escondió tras sus manos. Aún lloraba; cada sollozo era una puñalada para Tsuna. Y el décimo Vongola se vio incapaz de huir más tiempo de todo aquello. Se había casado con Kyoko Sasagawa, a quien había amado durante años. Y toda la familia Vongola, especialmente Ryohei quien era uno de sus guardianes y ahora su cuñado, esperaba que aquello fuese bien. Deseaban un heredero, que Tsuna fuese un capo digno de una familia como era los Vongola. Y pidiendo perdón a Haru, e inlcuso a él mismo, avanzó hacia Kyoko hasta abrazarla. La chica pareció tensarse entre sus brazos, pero correspondió el gesto.

– No volveré a verla, Kyoko. Quiero que esto salga bien, por eso me he casado contigo. Así que perdóname, por favor.

Por un instante, Tsuna deseó que Kyoko no le perdonase para salir de allí corriendo con la castaña sin mirar atrás. Pero eso, como el querer volver a ver fuegos artificiales todos juntos, eran ilusiones que no se iban a cumplir.

Look how far we've made it
The pain i can't escape it
At this rate I still can't even end it with my own bare hands
Even if I nearly die, even if I nearly decay, there is still no ending within my sight
So where do I begin?

Si encarar a Kyoko había sido una pesadilla para Tsuna, para Haru fueron unas vacaciones al mismísimo infierno. Sentadas una enfrente de la otra en absoluto silencio, la castaña trataba de encontrar algo que decir. Pero cualquier palabra que se quisiera escapar de entre sus labios moría ahogada en su garganta. No había ninguna excusa para dar; y, en el fondo, Haru se alegraba. No quería pedir perdón por unos sentimientos que llevaba años callando.

– Pensaba... – la voz angelical de Kyoko, quien era incapaz de mirarla, le llegó como un susurro inaudible –, pensaba que te alegrabas por mí. Pensaba que me apoyabas con lo que sentía por Tsu-kun.

– Haru se alegraba porque ibais a ser felices.

– ¿Entonces por qué...?

– Te tenía envidia – reconoció con algo de amargura. La otra chica parpadeó con cuidado, asimilando esas palabras –. Amo a Tsuna-san desde que le vi, pero él sólo tiene ojos para ti.

– Tenía.

– No, tiene. Si no es así, ¿por qué se ha casado contigo?

Haru acabó de romper su corazón con su propia declaración. No dudaba de que Tsuna-san no la quisiese, se lo había demostrado bastante esos días. Pero sabía, con cierto dolor al reconocerlo, que el chico quería a Kyoko. Quizás había destrozado la amistad que tenía con la rubia, pero tampoco pensaba dejar que aquel matrimonio saliese mal. Su mejor amiga, o la que lo había sido en tiempos mejores, se merecía ser feliz. Y era su culpa que aquello no estuviese saliendo bien, porque Haru se negaba a echarle la culpa al chico de otra cosa más.

Los ojos de Kyoko se llenaron de lágrimas cuando ambas chicas se miraron. Haru, junto a Hana, era su mejor amiga; pensaba que tenían un lazo inquebrantable. Pero ahora no veía a su amiga, sino a una chica que le había intentado robar a su marido. Se miró la alianza, reluciendo entre sus dedos, y después miró a la castaña. Había intentado entenderla, por eso no la odiaba, pero Kyoko no podía dejar pasar todo aquello.

– Adiós, Haru-chan.

La castaña asintió con la cabeza a modo de despedida y salió de allí con prisas. Sus ojos irritados de aguantar las lágrimas y la garganta seca la condujeron hasta su propio cuarto. Y al cerrar la puerta, Haru lloró. Se permitió ahogar con su llanto el dolor de lo sucedido, enterrando con cada lágrima la amistad que había compartido con la rubia.

Se volvió un juego el evitar a todo el mundo. Si bien con los guardianes la cosa no había cambiado – Haru sospechaba que el asunto se había quedado entre los involucrados –, para Kyoko ella no existía. No comían juntas, Bianchi ni siquiera la visitaba de vez en cuando para ver como estaba y si se cruzaban, la rubia le ignoraba. Haru no sabía si reírse o llorar. Quizás Kyoko no había tomado represalias por lo que había sucedido entre ella y Tsuna, pero que actuase como si fueran desconocidas no era precisamente agradable.

Tampoco quería ver a nadie. Esa mansión, que de día sólo había sido alumbrada por la calidez de su amiga, ahora parecía más oscura que nunca. Haru odiaba estar allí. Le quedaba el único consuelo de que cada noche podía escuchar la voz lejana de Tsuna, confirmando así que el chico seguía vivo. Nada de verlo, ni siquiera de reojo, y mucho menos acercarse a él. Se habían acabado esas visitas nocturnas, esos encuentros que la invitaban a sonreír día tras día.

A Haru sólo le daba miedo olvidarse de la sonrisa de Tsuna, pero la imagen aún seguía fija en su mente. Sin embargo, no sabía cuanto tiempo duraría.

Viajó al pasado. No a cuando era más joven, sino a cuando su viaje a Italia había empezado. Se arrepentía de haber hecho la maleta y haberse subido a ese coche negro donde Tsuna le esperaba. Pero siendo sinceros, se hubiese arrepentido mil veces más de no haberlo hecho. Aquel era el problema, que le dolía horrores haber perdido a una amiga. Y le dolía aún más no ser capaz de ver al joven Vongola.

Haru apenas salía de su habitación, pero escogió el peor momento para hacerlo.

Pensaba que no iba a haber nadie, pues por la noche aquella mansión estaba más silenciosa que de costumbre. Así que aprovechó para comer algo con calma en la cocina antes de volver a su cuarto. Apenas había llegado al primer piso cuando se congeló. Desde el final del pasillo, Tsuna y Kyoko avanzaban cogidos de la mano en su dirección. La imagen era demasiado para ella, así que agachó la cabeza para evitar ver la sonrisa que vestían mujer y marido. Caminó a paso rápido con el cuerpo encogido dispuesta a ni siquiera mirar a la pareja feliz, que parecía irradiar una luz de la que ella no era parte. Cuando se cruzaron, la que había sido su mejor amiga durante años no le dirigió la palabra. Y Haru tampoco pronunció palabra alguna; sólo quería llegar a su cuarto y encerrarse en él hasta que esa pesadilla acabase.

– Buenas noches Haru.

Sus pasos se detuvieron al escuchar la voz tan suave de Tsuna llegar a sus oídos. Incrédula, se giró para comprobar que la pareja seguía su camino aún sonriendo entre ellos, como si ella no existiese en ese pasillo. La castaña sacudió su cabeza; se estaba empezando a volver loca. Pero una mirada de reojo por parte de Tsuna le confirmó que no había escuchado mal.

Aquello hizo que Haru pudiese sonreír de nuevo.

I grasped hold of it tightly so I won't ever loose it
Because if I open my hands, then it'll just escape my grasp
There was nothing to make me lose you who just abandoned your habit for me

Las noches para Tsuna ya no eran lo mismo. Era agradable ver a Kyoko, quien le intentaba recibir siempre con una sonrisa. Y pese a que la chica era la dulzura hecha persona, a los abrazos de su mujer les faltaba algo.

A Tsuna le faltaba el refugio que encontraba entre los brazos de Haru.

Aún así, se esforzó por cumplir la promesa que le había hecho a su mujer. No veía a Haru a solas, pues pasaba gran parte del tiempo junto a Kyoko, y la castaña parecía vivir encerrada en su cuarto. Se vio tentado a visitarla en muchas ocasiones, preocupado por ella, pero no podía arriesgarse. Por suerte, Yamamoto le mantenía al corriente del estado de la castaña. Tsuna no sabía hasta que punto su guardián de la lluvia sabía qué había ocurrido – esa sonrisa parecía esconder algo pese a que destilaba inocencia –, pero agradecía que le asegurase que Haru comía con regularidad.

A veces, por capricho del destino, se cruzaban por el pasillo. La chica parecía encoger bajo su mirada, pero Tsuna no podía evitar dedicarle un susurro. Palabras sueltas que escondían sus disculpas por haberle hecho perder una amiga, el agradecimiento por seguir ahí; palabras que camuflaban que la seguía queriendo. Y aunque nunca lograba alcanzar a escuchar su voz, las miradas de reojo le indicaban que la castaña lo entendía.

Para Tsuna, no había mayor felicidad que esos efímeros encuentros, aún cuando Kyoko estaba presente en ellos. Saber que la castaña le seguía queriendo era alimentar su motivación; seguir queriéndola era la pequeña ilusión superviviente de aquella guerra. Y Haru se conformaba con aquello, porque comprobar que Tsuna seguía vivo era la alegría que mantenía viva su esperanza.

Era poco, demasiado poco, pero al menos había algo entre ellos dos que seguía estando ahí.

También seguía estando ahí la guerra contra los Millefiore. Tsuna ya no recordaba cuanto tiempo llevaba luchando, tampoco sabía cuanto le quedaba, pero seguía luchando día tras día. Ese día apenas había dado un paso dentro de la mansión después de otra batalla más, cuando un hombre se acercó corriendo a ellos. Gokudera se vio obligado a interrumpir su discusión con Yamamoto, atento a lo que el antiguo guardián de la tormenta les podía decir.

– El noveno ha convocado una reunión para todo el mundo.

Tsuna asintió antes de ver como el hombre salía corriendo en otra dirección. Los tres jóvenes se encaminaron hacia allí para encontrarse a Kyoko en la puerta de la sala. Ella les recibió con una sonrisa; después, entrelazó su brazo con el de su marido antes de entrar. Todo el mundo miró a la pareja de reojo con una sonrisa de oreja a oreja que alivió a Tsuna. Nadie sabía nada de lo ocurrido en su matrimonio, pero la felicidad de sus subordinados al verle con Kyoko... Aquello remitía su culpabilidad. Tomaron asiento junto a los demás guardianes, con la esperada ausencia de Hibari. Y esperaron mientras la demás gente llegaba.

En aquella sala de reuniones, todos los Vongola y los jefes de familias aliadas tomaron asiento contemplando la pantalla que ocupaba parte de una de las paredes del cuarto. Tsuna paseó la vista por el lugar reconociendo a algunos hombres y sonriendo cuando su mirada se topó con Dino y Romario. Sonrisa que se tornó más suave cuando se encontró con los ojos castaños de Haru. La chica le correspondió débilmente antes de que un ruido les sorprendiese a todos y fijasen su mirada de nuevo en la pantalla.

Era una foto de Byakuran en un paisaje casi familiar. El noveno Vongola tomó la palabra, señalando la fotografía con una mano.

– Byakuran está en Italia.

Kyoko apretó su brazo con más fuerza, delatando el miedo que sentía. Y cruzando miradas con Haru de nuevo, Tsuna contempló un brillo asustado en aquellos ojos castaños que tanto le habían consolado. A sabiendas de que el joven Vongola la miraba, Haru cerró los ojos y sin emitir sonido alguno, sus labios formularon algo que el chico comprendió al momento.

"Todo irá bien."

Tsuna quiso creer en ello una vez más.

Just tell me why baby
They might call me crazy
For saying I'd fight until there is no more
The selecting glint in your eye that holds sadness is nearly a sense of urge, right?
Blinded, I can't see the end

Tsuna le dedicó una última mirada a su esposa. Kyoko se despedía de su hermano, rogándole que fuese con cuidado. Después, avanzó hacia él con una leve sonrisa. Después del aviso de que Byakuran estaba en Italia, todos se habían preparado para lo peor. Morir era una opción, sobrevivir era su meta. Así que ahora hacían los últimos preparativos por si alguno caía en la batalla. Tsuna no quería pensar en ello, pero quizás perdía a alguno de sus amigos en manos de Byakuran. Sacudió su cabeza, no podía ser tan negativo.

Kyoko le distrajo de sus pensamientos cuando posó sus labios en la mejilla del chico. Tsuna parpadeó por la sorpresa, pero después enfocó la mirada en su mujer. Los ojos claros de Kyoko relucieron por la humedad, pero la rubia intentó contener sus lágrimas.

– Tsu-kun, ves con cuidado.

Y ahí estaba de nuevo, una sonrisa angelical. A Tsuna le recordó a esa sonrisa que parecía irradiar esperanza, a Haru. Aquello le animó, como si el recuerdo de la castaña fuera un conjuro de magia que calmaba sus nervios. Siempre y cuando tuviese algo que proteger, como Haru y su familia, el joven Vongola saldría adelante. Sus llamas brillaron más que nunca cuando alzó el vuelo y se dirigió hacia el campo de batalla.

Los Millefiore ya le esperaban.

La primera línea de batalla del ejercito de Byakuran estaba, para sorpresa del décimo Vongola, casi destrozada. La razón era Hibari Kyoya. Tsuna sonrió; como enemigo era temible, pero no había nada que le diese más seguridad que el hecho de tener a Hibari como aliado. También localizó a Yamamoto luchando mano a mano con Squalo, pues los Varia también estaban ahí, y ambos espadachines estaban logrando muchas bajas en el ejercito contrario. Los Vongola quizás eran menos en número, pero había tanta gente en la que confiar que Tsuna se sentía capaz de ir hasta el fin del mundo con ellos.

Seguía surcando los cielos impulsado por sus llamas cuando un destello le cegó. Y ahí, volando con dos alas de un inmaculado blanco, se hallaba su peor enemigo: Byakuran. Arremetió contra él al instante, pero el albino le esquivó con una mueca llena de burla. Tsuna sabía que era, sin duda, un temible oponente, pero no se podía permitir fallar. Así que atacó una vez más antes de llevarse un golpe que le hizo ahogar un grito. El dolor hizo que sus llamas fuesen incapaz de sostenerle más tiempo, así que de pronto se vio cayendo hacia el suelo donde miles de soldados le atacarían sin piedad.

Tsuna caía a gran velocidad. Y la imagen de cierta castaña pasó de repente por su mente recordándole que caer ahí significaría que lo perdería todo.

Look how far we've made it

The pain I can't escape it

Con sus llamas brillando con más fuerza que nunca, volvió a remontar el vuelo. Cara a cara con Byakuran, se vio obligado a esquivar por los pelos una patada dirigida a su abdomen, logrando así poner distancia entre él y su enemigo. Bajo ellos, las llamas de sus respectivas familias bailaban con fiereza cual estrellas en el cielo. Tsuna confiaba en sus guardianes lo suficiente como para centrar solamente su atención en Byakuran, pero el albino parecía poseer aún más confianza que él en que nadie le interrumpiría.

Siendo sinceros, la confianza de Tsuna remitía a cada instante que pasaba. La herida que días antes le habían hecho se había abierto de nuevo, dejando que su sangre empapase su traje. Le dolía, no sólo sus heridas, sino la de todos sus aliados. Aquello no parecía tener fin.

Y las alas blancas que brillaban en la espalda de Byakuran parecían mofarse aún más de él.

Pero Tsunayoshi Sawada, el décimo capo de la familia Vongola, no iba a rendirse.

Tenía a Byakuran ahí, tan cerca suyo que estaba seguro de que si lanzaba un ataque le llegaría. Pero el albino no le dio tiempo a lanzarse sobre él. Desapareció; como si de una ilusión se tratase, Byakuran se desvaneció más rápido de lo que había aparecido.

Lo único que el jefe de los Millefiore dejó atrás fue una gran explosión.

At this rate I still can't even end it with my own bare hands

Even if I nearly die, even if I nearly decay, there is still no ending within my sight

Tsuna tragó saliva; el sitio en donde se alzaba esa columna de humo era sin duda la mansión Vongola. Usando sus últimas fuerzas, se impulsó con fuerza volando sobre tanto enemigos como aliados para llegar de pronto a la escena. Sólo una parte de la mansión parecía afectada. Salvo el ala oeste del lugar, la casa se alzaba majestuosamente intacta delante de sus ojos. Tsuna se acercó con prisas a la parte quemada, intentando ignorar el mal presagio que tenia. Paseando su vista sobre los escombros que sobrevolaba, dejó que su intuición le guiase.

La tan característica intuición de los Vongola le llevó a una sala medio destrozada que Tsuna reconoció como los baños. Y entonces lo oyó. De manera casi inaudible, un sollozo llegó a sus oídos. Paso a paso, aquel lejano sonido fue cobrando fuerza hasta que Tsuna supo de donde provenía. Abrió la puerta del vestuario de mujeres y recorrió el lugar con la mirada hasta que encontró lo que buscaba.

Ahí estaba Haru.

Se encontraba en una esquina abrazándose las piernas en la parte del cuarto que había quedado casi intacto. Había una ligera capa de humo en el aire y el cuerpo de la chica temblaba tanto que era perceptible a simple vista, pero no parecía herida. Tsuna suspiró aliviado antes de acercarse a ella. Plantado delante de ella, Haru levantó la mirada para toparse con el joven Vongola. Quiso gritar su nombre, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Simplemente se quedó mirando al chico como si fuese irreal, un espejismo creado por su mente para huir de aquello.

Tsuna se había esperado, como mínimo, un grito. Sin embargo, Haru parecía paralizada. Haciendo que sus llamas se esfumasen, se arrodilló delante de la fémina. Hacia tiempo que no la veía llorar, porque Haru parecía no querer llorar delante de él, aunque se imaginaba que cuando nadie la veía no contenía sus lágrimas. Ahora, sin embargo, dejaba que sus lágrimas resbalasen por sus mejillas con total libertad bajo su mirada.

No quería verla así, pero tampoco sabía qué decirle para consolarla.

Así que estiró el brazo e hizo lo único que podía hacer: limpiarle las lágrimas. La chica temblaba tanto que el pequeño temblor de la mano de Tsuna pasó desapercibido. Con suma delicadeza, le acarició la mejilla. La yema de sus dedos dejó un rastro carmesí en el rostro de Haru que le hacía verse aún peor. Sus dos ojos castaños, que en tiempos mejores derrochaban alegría, parecían opacos cuando le miraron fijamente. El joven Vongola no pudo reprimirlo más; estiró sus brazos y la atrajo a su cuerpo, acunándola en su pecho. Por unos instantes, no supo cual de los dos temblaba más. El cuerpo de la chica estaba helado, así que Tsuna la abrazó con más fuerza.

Con Haru entre sus brazos, el chico pudo empezar a ignorar el olor a sangre presente en el ambiente. Ni la ropa pegada a él por culpa de ese líquido carmesí, ni las diversas heridas que aún ardían por el dolor, le negaron disfrutar del momento. Haru le abrazó con más fuerza sintiendo como su cuerpo recuperaba la calidez. Sintiendo como su querido Tsuna-san estaba ahí, a su lado, para protegerla. Y Tsuna, con el rostro escondido en el hombro femenino, sonrió.

Haru siempre sería su refugio de aquel cruel mundo.

– Haru-chan – se hundió aún más en su hombro, como si aquello fuese a borrar sus palabras, su situación –. Mañana volverás a Japón.

Un sollozo llegó a sus oídos. Y Haru rompió a llorar. Tsuna pensó que la situación solía ser a la inversa, que era él quien se derrumbaba delante de ella y no al revés. Y el llanto de la castaña le convencía instante tras instante que aquella era la única opción posible. El joven Vongola recordó el momento en el que había escogido a Kyoko. A diferencia de la rubia, Haru aún podía salir de allí; a diferencia de su mujer, la castaña no estaba condenada a seguirle hasta la muerte.

Nunca había querido que Haru fuese parte de aquella guerra. Y verla así, encogida entre escombros causados por una explosión cercana, no era lo que quería para ella. Pero el décimo Vongola no podía ofrecerle más que eso.

– Haru, te quiero.

No le dio tiempo a reaccionar. Tsuna acalló cualquier tipo de respuesta con un beso tan delicado como lo era la situación. Ahogó los sollozos de la castaña, e incluso los suyos, en el último beso que le daría a esa chica. Se encargaría de que Haru volviese a Japón, de que estuviese protegida, de que pudiese tener un futuro. Y mientras tanto él se quedaría ahí luchando, como era su deber. No le quedaba más remedio que alejarla; y no le importaba, no cuando esa era la única manera de asegurarse de que ella siguiese con vida.

Tsuna ya la había arrastrado demasiado tiempo a esa pesadilla que estaban viviendo. Y para su desgracia, en su vida ya no había lugar para un sueño tan bonito como el refugio que le ofrecía Haru.

It finally begins...


Contestación de los reviews:

sayaneko-chan: ¡Gracias de nuevo por tu review! Se lo he hecho pasar realmente mal a Haru en este fic, lo siento. Mira que me ha sabido mal, sobre todo cuando leí que era tu personaje preferido, así que no me mates xD Por otra parte, el 6986 va a paso lento pero seguro, principalmente porque he estado dedicándome sólo a este, así que no sé cuando lo tendré, pero espero cumplir tus expectativas y que te encante~

fran. varia. niebla: ¡Muchas gracias por el review! Gracias por aclarármelo tan pronto y lo cierto es que la prefiero como mujer, así que mujer será~

mcr77: ¡Gracias por tu review! Cuando escribía el fic 2796, la verdad es que pensaba que estaba escribiendo un concurso de a ver quien se sonrojaba más. Pero es que Tsuna y Chrome son tan tiernos que no podía evitarlo. Tenía un par de ideas más sobre esta pareja, pero hay una que escribiré sí o sí cuando tenga algo de tiempo. Estaré encantada de aceptar tu petición, aunque me da la impresión de que será otro concurso para ver quien es más dulce~

yoss natsuki: ¡Gracias de nuevo por tu review! Me alegro muchísimo de que te haya gustado y como bien he mencionado en la contestación de arriba, escribiré otro 2796 cuando pueda. Apunto otro Giotto x Haru a la lista de peticiones. Jajajaja, no me esperaba tantos fans de esta pareja; nunca se me había pasado ni por la cabeza. Pero lo dicho, me alegro que te haya gustado el fic~

AgathaxB: ¡Muchas gracias por tu review! Y gracias sobre todo por dedicar tu tiempo en leer el 2796, aunque la pareja no te guste. Me alegro de que al menos se te haya hecho dulce. Supongo que este 2786 te habrá gustado más. ¡Apunto otro Giotto x Haru a la lista! Gracias por pasarte por aquí de nuevo~

Nos vemos en la próxima actualización~