Lucy Quinn Hotchner
Era una mañana cálida de verano, el número 321 de la Avenida Carolina del Sur mostraba movimiento por parte de sus habitantes; una familia pequeña de tres integrantes: el matrimonio Hotchner y su único retoño, Lucy Quinn; una jovencita de 16 años. La familia se preparaba para salir de viaje, por ello no era raro que Jack estuviera en la cochera revisando el auto mientras Lucy preparaba aperitivos en la cocina y Quinn gritoneara de cuando en cuando porque no encontraba tal o cual cosa.
Lucy Hotchner, era una zoologa que no ejercía su profesión pero atendía un pequeño centro veterinario en la parte norte de la ciudad; por otra parte, todos en el vecindario sabían que en el otoño la familia se mudaría a New York debido al nuevo trabajo de Lucy: Un proyecto para abrir un zoológico en pleno Central Park. Lucy, era el claro ejemplo de la definición típica de una mujer hogareña: siempre cuidaba su pulcra vestimenta, nunca llegaba después que su esposo a casa, siempre tenía las comidas listas para sus respectivas horas, obligaba ir a Quinn a la iglesia cada domingo y además era una excelente anfitriona.
Jack Hotchner, por otro lado, era el capitán del departamento policíaco del Distrito de Columbia y el entrenador del equipo de fútbol de la Iglesia a la que acudía con su esposa e hija. Jack, era muy popular en el vecindario debido a que el había nacido, sido un niño, después un adolescente y ahora un hombre en el mismo vecindario. Jack era un hombre que a simple vista parecía frío, arrogante y severo; pero en realidad era el hombre más cariñoso, humilde y tolerante de todo el mundo. Jack a pesar de su demandante trabajo, solía dedicar sus sábados y domingos por completo a su familia.
Por último estaba Lucy Quinn Hotchner, una chica que era tan dulce y adorable como iracunda y antipática. Era la vicecapitana del equipo de porristas además de la presidenta del consejo estudiantil, y por si eso fuera poco el año pasado había ganado la corona en el baile de Bienvenida. Era la estudiante modelo, la hija modelo, la cristiana modelo y la adolescente modelo. Todos amaban a Lucy y sus padres siempre eran elogiados por los adultos que se maravillaban por la buena actitud de la chica
Ese fin de semana, el plan era ir en automóvil hasta New York para comenzar con la búsqueda de una casa para comenzar su mudanza lo más pronto posible. Así que puestos en acción los tres Hotchner hacían sus respectivos papeles para que el viaje saliera como se esperaba. Sin embargo, lo que ninguno de los tres sabía era que al cruzar la calle en aquella casa que llevaba un par de meses sin ser ocupada, alguien los vigilaba con suma atención.
Jack, había tenido una semana difícil en el trabajo ya que los mayores le estaban pidiendo resultados en la desmantelación del clan Duckesse-Gotti, un grupo de ganster que había expandido su territorio desde New York hasta Washington. Y por mucho que Jack se esforzaba e incluso se había quedado tres días a cubrir el turno nocturno; no había mucho avance y eso le estaba llenando de piedras el zapato. Tampoco era como sino hubiese hecho nada, porque de hecho asía un par de semanas había interceptado una carga importante de anfetaminas que procedían de New York, también había capturado a un pez pequeño que esperaba le ayudará de algo en su debido momento... pero más allá de eso, nada.
A pesar de ello, Jack se estaba esforzando porque sus chicas no notaran en absoluto que estaba un tanto molesto así que había estado en el garage desde la mañana, gracias a la excusa de la revisión del automóvil.
Eran cerca de las diez de la mañana y Jack estaba dando un último chequeo a los frenos del automóvil, Lucy salió de la cocina rumbo a la cochera que estaba en el patio delantero de la casa y entonces un ruido ensordecedor llenó por completo el vecindario provocando que más de uno terminará tirándose al suelo; en busca de algo de protección. Jack, como el agente policíaco de alto rango que era, saco su pistola que siempre traía en la parte trasera del pantalón y corrió asía el frente de la casa, cuando estuvo en el jardín delantero sus ojos no daban crédito a la imagen que estaba frente a él. En el suelo, el cuerpo de su esposa se convulsionaba mientras una significativa mancha de sangre salía de su boca y también de su abdomen. Jack corrió para acogerla en sus brazos y entonces llegó a la escena Quinn que en cuanto se percató de la situación se derrumbo en el marco de la puerta y comenzó a llorar.
Para cuando la ambulancia llegó, Lucy había fallecido y lo único que pudieron hacer los enfermeros fue inyectar a Quinn un tranquilizante porque sus nervios realmente le estaban afectando. Fue así que cuando Lucy despertó el domingo por la mañana, arropada con una manta y con su padre mirándola desde el otro extremo de la sala, por un momento pensó que todo había sido una pesadilla; pero el timbre y los agentes policíacos, que poco después llegaron, le recordaron que su madre ya no estaba.
Los respectivos papeleos e investigaciones fueron hechas, pero de antemano se sabía que nada se podría solucionar ya que no había testigos visuales de la escena. Sin embargo, una llamada anónima al departamento de policías de la guarnición a la que Jack pertenecía esclareció un poco el panorama, ya que un hombre desde una caseta pública había marcado para amenazar a Jack diciéndole que la próxima vez que se metiera en los asuntos de Tony Ducks quién moriría sería su hija.
Las semanas pasaron, Lucy no volvió ese otoño al Instituto y su padre preocupado por su vida escolar contrató un profesor que viniera a darle clases a casa. Y por mucho que Jack se negaba a que Quinn siguiera sin ir a la escuela en modo presencial, no podía evitar complacer a su hija que aún no podía sobrellevar todo lo que había sucedido en el verano. Así pues, todas las mañanas Quinn recibía sus debidas lecciones en casa, a medio día iba a su terapia psicológica y por la tarde pasaba al panteón para volver ya bien entrada la noche a casa.
Por otra parte, Jack fue dado de baja en el cuerpo de policías y desde ese momento se dedico a trabajar de guardia en la Biblioteca del Congreso. A pesar de que se esforzaba por ser fuerte para su hija, no podía evitar salir cada noche a un bar que se encontraba cerca de su casa y allí bebía lo suficiente para no recordar nada hasta las siete de la mañana del día siguiente.
Y así pasaron los meses en la familia Hotchner, por una parte Quinn estando la mayor parte del tiempo o acostada o en el cementerio y sin cruzar muchas palabras con su padre; y por otra parte, Jack que de a poco se convertía en un alcohólico. El memorial anual de Lucy llegó, y solo fue celebrado por Jack y Lucy con una pequeña visita al panteón que significó el comienzo de la recuperación de sus vidas.
-Quinn...- susurró Jack, a su hija que aún estaba hincada a un lado de la lápida de su madre -Lu...- la rubia suspiró y volteó a ver a su padre
-¿Qué pasa Jack?
-Necesito qué sepas que nos mudamos... a New York, creo que necesitamos irnos de la ciudad y sé que posiblemente New York no sea la mejor alternativa para comenzar a desprendernos de tu madre... Pero, ella siempre amo New York ¿sabes? Así que es probable que a ella le agrade vernos comenzar allí... Como personas nuevas, todo nuevo, tu y yo- el policía se mostraba firme y serio mientras su rubia hija le miraba desde su posición con un gesto de confusión
Y fue así como la mudanza de Lucy Quinn y Jack Hotchner dio inicio; las decoraciones del 321 de la Avenida Carolina del Sur comenzaron a ser empacadas en cajas y los muebles fueron los primeros en subir al camión de mudanzas.
A mediados del mes de Noviembre, los Hotchner estaban listos para dejar Washington y a pesar de lo difícil que era eso; ambos se mostraron expectantes ante lo que les depararía el futuro en New York. Así fue como aquella fría tarde Jack encendió el automóvil indicando que era la hora de partir y de cierto modo apurar a Quinn, quién aún estaba en su habitación. Quinn al escuchar el claxón sonar se levantó del suelo, donde había estado sentada desde asía un rato, y antes de salir tomó consigo una caja; bajó las escaleras a paso lento, disfrutando de cada minuto en aquel lugar que había sido su hogar durante sus 16 años de vida. Cuando Quinn estuvo fuera, suspiró mientras dejaba que una ligera media sonrisa surcara su rostro en tanto caminaba hasta el contenedor de basura que estaba a las afueras de su casa, y allí dejó aquella caja que contenía: su uniforme de porrista, sus pompones, su chaqueta de la secundaria y aquel letrero en luces neón que dejaba leer un grande y pomposo "Quinn Hotchner". Ese fue el acto que marcó el inicio de la nueva vida de quién paso de ser Quinn Hotchner a ser Lucy Hotchner; en honor a su madre.
New York, era la ciudad de los sueños de muchos; pero aún así a Quinn le parecía demasiado en comparación al pacífico Washington que había dejado atrás. La adaptación fue una de las partes más difíciles para la rubia que prefirió seguir con sus clases en casa. Sin embargo, Lucy poco a poco comenzó a salir de casa y recorrer la ciudad y cuando menos se dio cuenta estuvo lo suficientemente lista para acudir a inscribirse en el Senior Year de la Secundaria Pública de New York; provocando que Jack al fin se sintiera satisfecho y pleno.
Y así de a poco el mes de septiembre de 1975 llegó, de modo que el inicio de clases estuvo en la vuelta de la esquina; lo cual, indicaba un nuevo inicio para Lucy Quinn Hotchner. Una rubia que se había propuesto dejar atrás su vida de porrista, chica popular y otras cosas en Washington junto a la muerte de su madre; para pasar a ser una rubia poco reconocida en el ambiente escolar y que estuviera enfocada en la Universidad. Eso fue lo que se recordó aquel primer día de clases, Lucy, mientras se peinaba frente al espejo y tarareaba Help!, en tanto Jack preparaba el desayuno en la cocina.
