IV. Nuestros caminos se separarán ahora.

«Como nada es más hermoso que conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad.»

Cicerón.

Octubre de 2011.

Los Portales jamás acabarían de gustarle. Eso Simon lo tenía bien claro.

Sin embargo, no había otra forma de viajar en grupo con cazadores de sombras, desde Nueva York hasta Londres, sin llamar la atención. El simple hecho de imaginar a uno de sus amigos pasando por el control de armas del aeropuerto le resultó ridículo, aunque tuvo el buen tino de no reír sin motivo aparente. Isabelle no estaba precisamente perceptiva con él.

Adoraba a Isabelle, en serio, pero a veces a Simon le costaba seguir su línea de pensamiento. Conforme pasaban tiempo juntos, aprendía a hacerlo, pero en ocasiones como aquella, sentía como si la acabara de conocer la semana pasada, no hacía unos años.

El sitio donde se ubicaba el Portal del Instituto de Londres no podía ser más lúgubre. En varios rincones se notaba que, antaño, aquella cripta se había usado como un taller, un laboratorio o quizá ambas cosas. Eso hizo que Simon recuperara la fe en los cazadores de sombras, específicamente en los que nacían siéndolo: si antes hubo algunos interesados en la ciencia en un sitio como aquel, posiblemente en la actualidad habría otros cuantos, ¿no?

¿No hay nadie? —preguntó Clary en voz baja, incrédula.

No era para menos. Normalmente, al hacer uso de los Portales entre Institutos, había gente en ambos lados: quienes cruzaban y quienes daban la bienvenida.

Deben estar preparando algún recibimento digno de mi persona —aseguró Jace de buen humor—. ¿Sabían que uno de mis ancestros dirigió este lugar?

Lo dijiste unas cinco veces, como mínimo —tras apuntar eso, una jovencita de tez morena y rasgos latinos hizo una mueca y miró a Simon—. ¿Él siempre es así? —preguntó.

Sí, siempre. ¿Desilusionada, Marisol?

Decepcionada, en realidad. Muy decepcionada. Es mejor Jon, al menos me hace reír.

¡Te escuché, mocosa! ¿Por qué trajimos a la mocosa?

Jace, déjala. No todos caen rendidos a tus pies —espetó Isabelle de mal talante.

Debería haber venido Alec —soltó Marisol de pronto, con una sonrisita maliciosa que dirigió a Jace y que Simon ya conocía: la había visto un montón de veces ser empleada contra Jon Cartwrigth—, él lleva los pantalones en la relación de parabatai, ¿verdad? Y no nos haría quedar mal comportándose como si fuera el dueño del lugar.

¡A Alec, que lo cuelguen!

Después de soltar aquello, Jace se sintió fulminado por varios pares de ojos

¡No era en serio! ¡Clary, me sorprende que lo creas!

A duras penas contuvieron las ganas de reír ante los gestos de Jace, exageradamente melodramáticos. Sin embargo, no tardaron en centrarse de nuevo en su primera interrogante: el que nadie los hubiera recibido.

Tal vez hubo una emergencia —aventuró Clary, cuando decidieron por fin abandonar la cripta y deambular por los silenciosos pasillos superiores.

Pero va contra las reglas dejar el Instituto sin un custodio, ¿no? —dijo Marisol.

En teoría, pero ya sabes que a algunos, las reglas no se nos dan.

Habla por ti, Jace —masculló Simon.

Isabelle se encogió de hombros, un poco más animada; Clary contuvo la risa y Marisol puso los ojos en blanco, seguramente pensando si debía silenciar al rubio con una de sus armas.

¡Demonio de Herondale! ¿A qué se debe semejante intromisión? —La voz desconcertó a todos, mirando a su alrededor frenéticamente—. Lástima que no tienes el pelo negro. Les queda muy bien a los de tu estirpe.

Jace, para gran satisfacción de Marisol y Simon, se mostró genuinamente horrorizado ante la idea de no ser rubio.

¿Con quién tenemos el gusto de hablar? —preguntó Simon, pensando rápido.

¡Gracias al Ángel! Eres un Lovelace con modales —la voz, que parecía provenir de algún punto frente a ellos, se fue acercando al tiempo que añadía—. Y con cerebro, ¡ya era hora!

¿Disculpe?

Ante el grupo, surgió repentinamente una joven rubia muy guapa, con semblante altivo y atuendo antiguo. Nadie habría dicho gran cosa sobre el cómo se podía ver a través de ella…

¡Por el Ángel! ¿Un fantasma presuntuoso?

Nadie que no fuera Jace, por supuesto.

Como dije, ¡demonio de Herondale! —masculló el fantasma de la chica, haciendo un mohín que increíblemente, no la afeaba—. Algunos de tus ancestros lamentarían contemplarte, muchacho, te lo digo en serio.

No lo creo. Conozco a una, la tengo deslumbrada.

Simon estuvo tentado a silenciar a Jace, pero lo pensó mejor. Después de todo, era cierto que Tessa Carstairs apreciaba al impredecible rubio.

Si es quien yo pienso, no cuenta. Los Herondale son su perdición —la rubia adoptó un falso desdén al declarar eso, sonriendo levemente—. Dejando de lado los aires de grandeza de este demonio —señaló a Jace, quien le dedicó una falsa mirada ofendida—, ¿puedo ayudarles?

Sí —respondió Isabelle, para sorpresa de todos—, ¿sabes por qué nadie nos recibió?

¡Ah, eso! La mayoría ha salido a patrullar, como de costumbre, incluso el director. Se ha quedado una chica como custodio, pero…

¿Una chica? —indagó Marisol enseguida—. ¿Cómo se llama?

No estoy segura. Cuando has estado en un sitio tanto como yo, ves tanta gente entrar y salir que si intentas aprender sus nombres, puedes perder la cabeza.

Pero sabes cómo se llama, ¿no?

El fantasma se encogió ligeramente de hombros.

Disculpa, a todo esto, ¿cómo te llamas tú?

La pregunta consiguió lo impensable: que el rubio espectro esbozara una deslumbrante sonrisa, al tiempo que se acercaba a Simon y le dedicaba un asentimiento con la cabeza.

Definitivamente traerás honor al apellido Lovelace —aseguró—. Más que yo, al menos.

¿Eras una Lovelace? —se sorprendió Clary.

Lo fui, sí. Una de las últimas en estar en un Instituto, que se sepa. Y déjame adivinar: tú eres una Fairchild. Puedo ver a Henry en cada cabello rojo sobre tu cabeza.

Clary, dudosa, asintió.

Eso de que los reconozca por sus ancestros da algo de miedo —musitó Marisol, a lo cual Simon quiso asentir, pero se contuvo para no ofender a la fantasma—. Oye, chica Lovelace —llamó, haciendo que la aludida le dedicara una mueca escandalizada—, no es por ser groseros ni nada, pero venimos a ver a alguien. La que se quedó, ¿por casualidad no es Beatriz Vélez?

Beatriz… —la joven rubia frunció ligeramente el ceño, pensativa, hasta que agitó la cabeza arriba y abajo—, sí, creo que sí. Los guiaré hasta ella.

—&—

Como el nerd que no se avergonzaba de ser, Simon sabía que el Instituto de Londres poseía una biblioteca espléndida, aunque pensó que tardaría mucho tiempo en conocerla.

Al llegar a ella, con el resto de sus amigos y siguiendo al fantasma Lovelace, se preguntó si tendría la ocasión de explorar algunas de sus secciones. Sin embargo, cuando entraron al sitio, en aquel momento apenas iluminado con lámparas de luces mágicas, se le quitaron las ganas.

Había largas mesas que podrían considerarse de trabajo; en algunas había pequeñas torres de libros acomodadas de tal forma, que dejaban huecos donde seguramente antes algunas personas habían estado leyendo. Al fondo se veían puntos donde una o dos butacas estaban colocadas junto a mesitas redondas con lámparas de lectura encima, lo cual recordaba a una época pasada, debido al estilo de los muebles, y al mismo tiempo invitaba a leer hasta al menos entusiasta por la lectura. En una de esas butacas, junto a un ventanal, se hallaba sentada una figura vestida de negro, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas en el regazo. No había nada en ella que no mostrara abatimiento y los recién llegados lo sabían.

¡Beatriz!

Marisol no esperó a que nadie se quitara de su camino, ni siquiera la fantasma. Se adelantó a grandes zancadas, esquivando lo que se le pusiera enfrente, hasta llegar a la persona en la butaca. Se quedó quieta a un paso de distancia, dudando por un segundo, hasta que se decidió a inclinarse y rodearla con los brazos.

Simon miró aquello con una mezcla extraña de nostalgia y asombro. Si alguien, un par de años atrás, le hubiera dicho que Marisol se preocuparía tanto por Beatriz, creería que deliraba. Y no exageraba, considerando cómo eran tratados los mundanos en la Academia cuando él, Marisol y Beatriz estudiaron allí.

¿Estás bien? —preguntó enseguida Marisol, observando a Beatriz más atentamente en cuanto se separaron un poco—. ¿Necesitas algo? ¿Llamamos a alguien? ¿Quieres…?

Oír la perorata de Marisol debió ser demasiado extraño, porque Beatriz pareció reaccionar a ella. Alzó la cara, se le quedó mirando a la jovencita y acto seguido, logró esbozar una sonrisa.

Estoy bien —aseguró, con voz baja y cansada—. Dentro de lo que cabe —añadió, reemplazando la sonrisa con una mueca.

Casi le dolió a Simon ver aquello. La sonrisa de Beatriz normalmente era cálida, pero no en ese instante. Ella en realidad no estaba bien, podría jurarlo

Espero que puedan hacer algo, no es agradable ser comparada con ella en este momento —espetó el fantasma, que una vez cumplido su cometido, dio media vuelta y se desvaneció justo cuando iba a atravesar la puerta.

¿Cómo se atreve…? —empezó Marisol.

No importa —aseguró Beatriz con suavidad—. Jessamine no es buena expresándose. En realidad, quiso decir que está preocupada.

¿Jessamine? ¿Así se llama el fantasma? —se interesó Simon. Cuando Beatriz asintió, arqueando una ceja en señal de confusión, él añadió—. Solo nos dijo que había sido una Lovelace.

Seguramente se quedó prendada de ti —bromeó Beatriz, aunque el intento de humor no la animaba a ella misma en particular—. Lamento haber enviado esa carta, Simon, pero no se me ocurrió nada más…

No te preocupes, ¿para qué están los amigos, si no es para ayudar?

Esta vez, la sonrisa que mostró Beatriz era más parecida a la de siempre.

¿Dónde está Jon? —preguntó, digiriéndose a Marisol—. Supe que lo arrastraste a Paraguay… ¿O era a Uruguay?

Ninguno de los dos —aclaró Marisol, rodando los ojos con ligera exasperación; sin embargo, no reclamó por el equívoco—. Estábamos en Colombia, en el Instituto de Barranquilla, cuando Simon nos envió un mensaje. Él quería venir, de hecho, pero le dije que no podía dejar a la mitad su investigación, así que vine yo.

¿Qué está investigando?

¿Además de una forma de ligar con las mundanas? —La burla salió con tanta facilidad de boca de Marisol, que Beatriz no pudo contener una risita—. Hay unos licántropos que por lo visto, en el último carnaval comieron algo de parte de las hadas y no se han recuperado, lo cual es raro, porque el carnaval fue en marzo. Ya sabes que Jon se ha interesado en curación últimamente, así que les está echando una mano a los Hermanos Silenciosos.

Bien, quizá no debería venir, después de todo —aseguró Beatriz, volviendo a mostrarse agotada, abatida incluso.

¿Qué pasó? —quiso saber Isabelle, hablando con firmeza y frunciendo ligeramente el ceño—. Tu parabatai y tú no parecen del tipo de personas que pidan ayuda con frecuencia.

Beatriz hizo otra mueca, esta vez más dolida, por lo cual Simon le puso a Isabelle una mano en el hombro y dio un leve apretón. Ella no lo miró, pero cabeceó ligeramente para dar a entender que comprendía el gesto.

Se los explicaré —dijo finalmente Beatriz, poniéndose de pie lentamente—. Después pueden decidir si ayudarme o no, pero primero solo pido que me escuchen.