TERCERA PARTE
FANTASMAS
PARTE I
SEBASTIÁN
Vio al niño suspirar con pesadez entre sueños, acosado seguramente por sus recuerdos. Por segunda vez en poco más de tres meses se desmoronaba frente a si y esta vez por voluntad propia. Temblaba envuelto entre las sábanas, los cabellos se le pegaban a la frente sudorosa y los labios resecos lucían pálidos bajo la suave luz de la sala. Arrojó otra manta sobre el pequeño cuerpo en espera de que recuperará un poco calor corporal. Se alejó unos metros con la intención de preparar chocolate caliente para tenerlo listo cuando despertará.
Ciel había tocado a su casa poco antes de la medianoche, bañado en lágrimas y bajo una lluvia torrencial, suplicando ayuda para su Madre, esa noche se celebraba una Fiesta dentro del Pueblo y él había otorgado el permiso a su personal de servicio para asistir, se mordía los labios en un intento desesperado por no llorar, pero los sollozos involuntarios se le escapaban; sentía que si estirará su mano casi podría palpar su desesperación y miedo.
Intentó hacerse cargo de la situación, pero la Señora Rachel necesitaba ayuda profesional, por lo que se vio obligado a acudir con Claude…él sabría que hacer y al parecer no se equivocó. Con la calma y serenidad de un experto Claude hizo su trabajo, llamó a los profesionales para que se encargasen de los detalles posteriores y se retiró con el mismo hermetismo con qué llego.
Ciel sitiado por la desesperación y acunado en la mirada de Alois, decidió que esa noche no dormiría en casa y preparó sus cosas para hospedarse en el pequeño y único hotel del pueblo. Motivado por la empatía, lo invitó a quedarse en su casa y ante su sorpresa el niño aceptó con facilidad, sin renuencia, aunque manteniendo el orgullo que le mantenía en pie. Se sentó sobre un sillón en espera de que Sebastián terminará de preparar una habitación y en cuestión de minutos se durmió en medio de la sala, con el pijama aún puesta, lo envolvió en una suave manta de seda y lo dejo dormir. Demasiado actividad por un día…
Y lo observó en silencio, sosteniendo entre sus manos una taza de café caliente sin azúcar; contemplando con gozo la imagen que ante sí se mostraba…era hermoso, demasiado quizás para su edad, combinaba la inocencia y dulzura externa de un querubín con la personalidad fría y caprichosa de un demonio, pero…pasó sus manos por sus cabellos, jugando con las hebras, finas y oscuras como la noche y…
Se apartó de súbito. Él quizás no fuera su maldito Ángel Guardián, pero tampoco un pedófilo sin escrúpulos, sentirse atraído por un chiquillo de trece años cuya única compañía era una madre loca iba más allá de sus límites. Le duplicaba en edad y además, no…era sólo un niño. Conocía más de sobra los argumentos de muchos abusadores de niños, alegaban quererlos, amarlos, protegerlos…cuando lo único que buscaban eran satisfacer sus más bajos instintos de la peor manera, misma que ni él, amante y apasionado de los placeres más bajos y mundanos conseguía tolerar; porque luego habría que afrontar las consecuencias y recoger los restos. Chicos con ojos vacíos, demasiado lastimados y maltratados como para encontrarse a si mismos. Si tenían suerte terminaban como Alois, ese muchacho cuya mirada casi demencial se encontraba eventualmente, dolor, odio, temor…todas las emociones buenas y malas parecían disolverse en un sentimiento cuyo nombre tal vez no era posible conocer y comprender hasta que lo experimentabas en carne propia; y en el peor de los casos terminaban como Johan…sólo sombras y cascarones de los niños que un día fueron, demasiado asqueados de la vida y saciados de la inmundicia humana, al igual que Ciel quién se movía como una marioneta de aquí para allá sostenido únicamente por su orgullo y arrogancia.
Le habían quitado todo, no podía arrebatarla posiblemente lo único que le quedaba, pero…allí estaba, embelesado ante tanta belleza, incapaz de apartarse y dar un paso atrás tal y como debería ser.
—¿Por qué me miras tanto?—le preguntó Ciel abriendo los ojos velozmente.
—Nada en especial.
—No me mientas.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Olvídalo…no estoy de humor para…
Y sus labios volaron fatalmente hasta los del pequeño quién consternado aceptó el trato, demasiado sorprendido tal vez para oponer resistencia alguna o quizás preso de temores pasados. Iba a morir, cierto…al demonio, se arrojaría a los brazos de aquellos pensamientos pecaminosos y asiría con fuerza todo el gozo por muy sucio u obsceno que fuera, él…
Sintió los labios de Ciel correspondiente y después las arcadas del evidente asco; Ciel rompió el contacto, en lo absoluto placentero para ninguno y vomitó sobre su costosa alfombra egipcia.
—Te dije que no estoy de humor para esto—fue su único comentario antes de salir a toda prisa y regresar a su imponente y oscura Mansión.
Lo dejó marcharse sin oponerse, en el más absoluto silencio, rememorando los sucesos que les habían orillado ante esta situación.
ALOIS
Comió si fruta sin mucho entusiasmo, picándola sin interés verdadero ante la mirada aprehensiva qué Claude le dedicaba cuando apartaba la vista del periódico y daba un par de sorbos al café.
—¿A dónde vas cada tarde?—le preguntó levantándose finalmente y apartando el plato de frutas para colocar en su lugar un plato de huevos estrellados con chorizo al lado.
—Quiero café—pidió ignorando la pregunta y empezando a jugar con los huevos de la misma manera que con la fruta. Esperaba siquiera una pequeña reacción de enfado o desesperación por parte de Claude, pero sin importar que tan mal se comportará o lo maleducado que fuera, él otro no parecía tener deseos de corregirle. Cuidaba de él con la misma destreza y atención con que lo haría un padre, tal vez más, pero algo faltaba dentro de aquella relación…algo qué le incomodaba y no era precisamente el hecho de que fuera un "asesino desalmado" sino que jamás mostraba sentimiento alguno por su persona, ninguno, ni odio o afecto; como si sólo fuera un pajarito al qué debía cuidar, mostrando sólo indiferencia que aunque en los primeros días fue agradable y reconfortante, ahora le lastimaba, demasiado…no quería ser ignorado nunca más.
—Saldré todo el día, volveré en la tarde—anunció poniéndose de pie y comenzando a arreglar su maletín. Hizo a un lado el plato y recostó el rostro sobre la mesa, estaba aburrido…
—No me gusta estar solo—se atrevió a decir en voz alta y corrió hasta el adulto para abrazarlo—. ¡No me dejes solo!—suplicó cediendo ante las lágrimas—. ¡No quiero, no quiero, no quiero!
Y entonces Claude al igual que en otras tantas ocasiones anteriores tomó su rostro entre sus manos y le observó fijamente, sin sentimiento.
—Volveré—exclamó y se retiró en silencio, él permaneció de pie, observándole...hasta que cerró la puerta y comprendió que no volvería hasta muy tarde.
—Eres un idiota—murmuró en silencio sin nadie para escucharlo, a la vez que se limpiaba las lágrimas y se dirigía a la sala con intención de jugar videojuegos, matar el tiempo, desperdiciarlo...
CIEL
Mordió la tostada cubierta por una delgada capa de mantequilla, debía cuidar su colesterol, ya que apenas hacía ejercicio era lo mínimo qué podía hacer para conservar su salud.
"Su negativa a renunciar al pasado le impide ser feliz"
Las palabras de su última sesión con Claude, su Psiquiatra, aún retumbaban dentro de su cabeza, sonando dentro de sus oídos y preguntándose si estaba haciendo realmente lo correcto al mantener viva su Empresa y todo lo que implicaba. En ocasiones se preguntaba si en verdad todos sus sacrificios valían la pena y miles de respuestas se extendían ante si, confundiéndolo más de lo que ya estaba.
Seguramente el mundo ya había olvidado su tragedia, podía vender su Empresa y obtener suficientes millones como para vivir cómodamente el resto de su vida, internar a su Madre en un hospital con excelente reputación e instalarse en una Gran Ciudad donde podría salir con chicas, tener amigos y ver comedias baratas en los que jamás mencionarán palabras como "dividendos", "intereses" o "utilidades"; también podría inscribirse en un costoso internado donde pagaría suficiente dinero para ser mimado y consentido de igual manera que un Pequeño Príncipe.
Pero todos sus planes, por muy fantasioso, irrisorios o ridículos que fueran se venían abajo al ver a su Madre postrada sobre la cama, relatándole sucesos que hacía mucho tuvieron lugar y creyendo que él era su Padre.
—Y entonces tú interviniste, te veías tan guapo con ese traje negro. Sino hubieras llegado no se lo que habría pasado…tan caballeresco. ¡Mi Príncipe!
Rachel extendió su mano hasta Ciel quién todavía no terminaba su desayuno, se levantó y sostuvo su muñeca, besándola galantemente.
—Si, Tú Príncipe—repetía él por enésima o centésima vez, daba igual. Si en medio de toda esa farsa, siquiera alguien podía ser feliz él representaría su papel a la perfección—. Debo irme, querida…volveré más tarde—y soltó su muñeca conteniendo las lágrimas, beso su frente y dándole las órdenes correspondiente a las enfermeras se dirigió a su estudio con intención de trabajar.
CLAUDE
Y disfrutaba de las lágrimas de su pequeño Alois, cada vez qué lo veía llorar antes de ausentarse moría en ansias de sorber aquel salado líquido. Alois…creación casi perfecta, antes lo había intentado con muchas otras mujeres y con alguna lo consiguió, pero terminaban por aburrirlo, convirtiéndose en títeres, seres planos encerrados dentro de su pequeño mundo donde la felicidad sólo podía existir si él les felicitaba o mostraba un poco de afecto, casi tan patéticos como Alois, pero el muchacho continuaba jugando con él, coqueteando discretamente, desobedeciéndole siempre que podía, ocultando secretos al parecer oscuros y eso le gustaba. El pequeño era un ser inestable, débil, incluso miserable, pero encantador a su manera…quizás esta cualidad lo mantenía con vida. Ni siquiera él mismo encontraba las palabreas correctas para describir el tipo de afecto qué profesaba hacia su pequeño y lo prefería así, los pensamientos teóricos y técnicos de las ciencias sólo terminarían por arruinarlo. Por supuesto que tarde o temprano el hechizo terminaría por romperse cual pompa de jabón, siempre sucedía, nada duraba eternamente...
Condujo por el pueblo, los preparativos y adornos festivos para la Fiesta Anual mantenían ocupada a gran parte de la población.
Sebastián quién en una esquina parecía esperarlo le indicó con un ademán que se detuviera.
—¿Qué quieres?—preguntó arrepentido de haber parado, por la cantidad de cajas alrededor del hombre imaginaba su respuesta.
—Podrías llevarme hasta el próximo pueblo, necesito llevar estas cajas.
—¿Y tú automóvil?
—Con el mecánico...—torció los labios como si recordará un suceso desagradable y agregó—. Si quieres seguir un Consejo, te recomiendo no conducir por la carretera en la madrugada y con más alcohol en el Sistema del que puedes recordar.
—Imbécil—dijo en voz alta para ser escuchado.
—Sólo abre la cajuela y cierra esa boca—exigió el otro sin apariencia de haberse ofendido.
Obedeció, aunque hubiera preferido arrancar a toda velocidad y no volverlo a ver en toda la vida.
—¿Asistirás a la Fiesta?—intervino Claude motivado por la curiosidad.
—¿Te molesta si fumo?—cuestionó Sebastián por pura cortesía y sabiendo de antemano qué sería ignorado respondió:
—Si.
Ignorando su protesta sacó la cajetilla y extrajo un cigarrillo, Claude bajó la ventana en el preciso momento en que se encendió el primer fosforo.
—Conocí a una chica del pueblo, quiere ir a bailar un poco. La acompañaré.
—Aunque tu automóvil estuviera con el mecánico, tardarías menos de una hora en conseguir otro. ¿Qué quieres decirme?
Sebastián rió suavemente y exhaló el humo por la ventanilla. El silencio tomó posesión dentro del reducido espacio.
—Me conoces tan bien como yo a ti, así que seré franco. Deshazte de ese pequeño rubio, es peligroso.
Claude arqueó una ceja y acomodó sus lentes.
—¿Sabes algo sobre él?
—Un poco.
—¿Quién es?
Lo cierto es que lo único que conocía de Alois es que era huérfano, tuvo un hermano llamado Lukas y había sufrido abuso físico, psicológico y sexual, por el momento lo consideraba suficiente, pero la información nunca estaba sobrevalorada.
—No necesitas ser un genio para averiguarlo—contestó el otro sacando un nuevo cigarrillo porque el anterior estaba próximo a terminarse.
—Lo encontré en la calle, lo recogí y acogí por piedad. Tenía una enfermedad de transmisión sexual. No había muchas piezas en el rompecabezas.
—Hace mucho hice algo similar con un chico—confesó Sebastián apagando la colilla y tirándola por la carretera—. Intenté salvarlo, pero todo salió terriblemente mal. Simplemente no pude evitarlo—un hilillo de angustia y desesperación rasgaba la voz del adulto normalmente grácil y melodiosa—. Johan estaba demasiado roto.
—¿Qué sugieres?
—Llévalo con las autoridades, confío que entre tanta incompetencia algo podrá hacer, su historia es triste y conmovedora, se difundirá rápidamente entre la prensa, estará a salvo.
—¿Conoces su historia?
—Sólo partes, Johan me habló un poco sobre él—el tono de su voz cambio, con firmeza preguntó—. ¿Lo harás?
—No y antes de que me mires como si te confesará que soy un asesino en serie—rió para sus adentros, las palabras y su poder nunca terminaban de aburrirle—te diré que todos tenemos fantasmas, sombras ocultas de nuestro pasado que nos persiguen. Incluso tú. Alois me ha pedido quedarse conmigo y he aceptado, no pienso lastimarlo más.
—Jamás me permitirás olvidarme de eso. ¿Por qué piensas que me interesa tanto?
Claude sonrió, ajustó sus lentes y se estacionó en frente de un supermercado para después responderle.
—Por que tienes una imagen que mantener y esa no es la de asesino, además de una promesa.
Sebastián respondió con una sonrisa igual de cínica en reconocimiento al hecho de que aceptaba sus palabras.
—Será agradable tener compañía durante una eternidad en el infierno—agregó antes de bajar del automóvil.
Lástima, pensó Claude "Soy ateo"
ALOIS
Sentado sobre el tronco pensaba en lo mucho que odiaba estar solo, porque en esos momentos se veía obligado a pensar y recordar y su miserable vida pasaba frente a sus ojos, una y otra y otra vez, similar a una película malísima que ves hasta hastiarte porque a alguien más le gusta.
Ciel llegó a la hora fijada, tres en punto…ni un minuto más, ni un minuto menos, por lo poco que sabía era un maniático del orden.
Se sentó junto a él y no dijo nada, ni siquiera saludo, tenía buen aspecto, sin ojeras y hasta un ligero rubor teñía sus mejillas de rosado.
—La gente anda muy atareada en el pueblo, ¿Qué se celebra hoy?—preguntó comenzando a jugar con unas hormigas que pasaban por ahí.
—Es una fiesta anual—contestó Ciel con la apatía de siempre—. Se celebra cada año, festejan algo…no estoy informado respecto a la misma y realmente no me interesa.
—Ya veo… ¡Mira!—exclamó mostrándole una mariposa cuyas alas estaban rotas y se retorcía entre sus manos—. ¿No es patética?
—¿La atrapaste?—inquirió Ciel horrorizado por un instante, una reacción extraña de su parte.
—No, estaba tirada por ahí. ¿Crees que morirá aunque le deje libre?
—Si—contestó el menor en un susurro, pero con una ansiedad inexplicable.
La depositó en el suelo bajo la atenta mirada de Ciel quién parecía sentir cierto afecto hacia los animales.
No se sentía con el entusiasmo suficiente para entablar su acostumbrado monologo así que permanecieron casi toda la hora en completo silencio.
—Dime Ciel…—llamó observando el piso.
—¿Tus padres viven?
El muchacho no contestó al instante, se mordió el labio inferior con cierta aprehensión para finalmente responder con un simple.
—No.
Y como era de esperarse, la acostumbrada pregunta de reversa no llegó y Alois pensó en su madre y en su padre, casi les había olvidado, hace mucho había enterrado sus recuerdos, pero hoy se sentía con ánimos de traerlos de vuelta.
Recordaba la suave caricia de su madre por las noches, el beso de "Buenas noches" de su padre, las risas de su hermano siempre que le hacían cosquillas, pero un día todo terminó. Sin anuncios ni vistos, simplemente murieron, se fueron y mucha gente asistió al funeral. Él sostuvo la mano de su hermanito antes, durante y después de la ceremonia, temeroso de que si lo soltaba siquiera un instante y lo perdía de vista alguien viniera más tarde para decirle qué también estaba muerto y nunca más lo volvería a ver… lo meterían dentro de una oscura caja y le echarían tierra encima.
Si, cuando sus padres murieron empezaron a pasarles cosas malas. Los arrancaron de su hogar y llevaron a una casa grande y fría siguiendo las órdenes de su abuelo, fue en ese momento que…
—¿Y tus padres?—Ciel agitó su hombro exigiendo una respuesta a la inusitada pregunta, al menos si esta era formulada por él. Le agradeció en silencio y con tristeza contestó:
—Muertos.
El silencio se apoderó de ambos, Alois sentía como si compartieran un vínculo lo suficientemente fuerte como para que su sola compañía bastara en momentos en los qué no parecían tener nada que decir.
Al igual que otros días Ciel se levantó quince minutos antes de las cuatro anunciando que debía marcharse. Aunque no tenía la menor idea de donde o que hacía Ciel, Alois concluyó que debía de ser un chico muy ocupado o con una afición que le exigía mucho tiempo, una especie de niño desadaptado al que normalmente los noticieros le dedicaban algún reportaje. Pese a que llevaban cerca de tres meses "conversando" o algo similar…continuaban sin saber mucho el uno del otro.
¿Dónde vivían?
¿Quién cuidaba de ellos?
¿Qué hacían regularmente?
¿Tenían mascotas?
Ninguno conocía las respuestas en relación al otro, ni tenían intenciones de saberlas.
Ciel se retiró, pero antes le lanzó una pregunta que casi cualquier persona con sentido común consideraría estúpida.
—¿Le temes a los fantasmas?
Su pequeño amigo se giró, asumió la pose de alguien que va a decir algo importante y acompañado de una traviesa sonrisa en el rostro respondió.
—Sólo a aquellos que te persiguen en la soledad y no descansan hasta asesinarte.
Soltó una carcajada, quizás no hablará mucho, pero lo poco qué decía bien valía la pena escucharlo.
Permaneció unos momentos más sentado en medio del bosque, ese lugar la daba una sensación de seguridad, como si sintiera que nadie podría dañarlo si estaba ahí, sus fantasmas también desaparecían; Ciel debía compartir un sentimiento similar, de lo contrario habría dado una respuesta estúpida como "Los fantasmas no existen", en cambio se había referido a ellos como los demonios que los acosaban. Compenetraban de una extraña manera.
Estuvo ahí un largo rato, emprendiendo el camino de regreso cuando oscureció tanto que sólo a la luz de la luna llena podía ver sus manos. No le importaba perderse, tenía instintos felinos…encontraría el camino de regreso a…
—Casa…—se sorprendió ante la palabra. No, él no tenía un lugar al que llamar un hogar, sólo un fantasma que tarde o temprano se desvanecería frente a sus ojos.
Las estrellas brillaban en el firmamento, intentó contarlas en imitación a un tonto juego qué jugaba cuando era pequeño. "Encuentra a tu estrella y podrás pedirle un deseo" le dijo alguien un día, nunca lo encontró por lo que nunca pidió ese deseo.
Y se encontró frente a la casa de Claude una vez más, tocó el timbre y esté acudió a abrirle, llevaba puesto una ridícula pañoleta en la cabeza y un mandil blanco, preparaba la cena.
—Hola—saludó sobrecogido por la realidad, se pasó los dedos por el cuello, los moretones se habían ido, pero la sensación de asfixia y miedo no.
—Buenas noches—contestó el otro invitándolo a pasar.
Entró dentro de la hermética casa, tomó una fresa y se sentó en un banco de la cocina a verlo trabajar.
Claude estaba loco, completamente loco…mataba personas por simple placer, pero también era perfecto; todo en él lo era, su cocina, su ropa, su cuerpo y lo odiaba, detestaba sentirse atraído hacia alguien de esa manera, no valía la pena, pero él no era realmente malo, no lo era o eso quería creer. Había conocido a peores personas en la vida, más viles y detestables, quizás las mujeres qué asesinaba se lo merecían, eran malas...él también había conocido a mujeres diabólicas, tan crueles o incluso peores que los hombres.
Nunca le había preguntado de donde venía y casi siempre fingían qué nada pasaba, Claude respetaba su privacidad, no pedía respuestas y él hacía lo mismo, similar un acuerdo mutuo.
—Mañana te llevaré con el Doctor Steven, necesito que te revisé una vez más. ¿Has tomado tus medicamentos?
Asintió con la cabeza sintiéndose sucio. Claude había insistido en llevarlo a un médico cuando las fiebres se volvieron intensas, y tras una serie de exámenes, algunos de ellos bastantes vergonzosos, él médico le diagnóstico "gonorrea", una enfermedad de transmisión sexual, no se sorprendió, lo extraño era que sólo tuviera una enfermedad después del todo tiempo que estuvo en ese lugar. Tras unas semanas de medicamentos las fiebres se habían marchado y él se sentía por primera vez en años realmente bien. Si en aquel entonces hubiera mantenido relaciones sexuales con Claude seguramente lo habría contagiado, ahora no había excusas para rechazarlo.
Se acercó hasta el adulto, apagó la estufa donde freía y hervía carne y pasta respectivamente y se mostró ante él, seductor, cariñoso, atractivo.
—Oye, ¿quieres jugar un poco?—preguntó recordando el tono y los gestos indicados para usar, aunque estaba fuera de práctica no les había olvidado, había sufrido demasiado para aprenderlo—. Realmente me encuentro bien ahora—comentó comenzando a desabrochar su camisa con manos temblorosas. Nunca le gusto lo que estaba a punto de hacer, pero no tenía nada más que dar, además de que no creería en que lo acogía en nombre de un acto benéfico, todos querían algo más—. Será divertido, lo prometo—y sonrió inocentemente, se arrodilló y con sus delicados dedos empezó a bajarle el cierre…a los hombres siempre les gustaba eso, después de aquello no podían detenerse hasta terminar, igual que animales. Siempre le había asqueado. Sintió a las grandes manos de Claude tomarlo de los hombros, ponerlo de pie y alejarlo bruscamente de él mientras se abrochaba la ropa.
—¿Por qué no me detuviste antes?—preguntó al borde de la histeria—. ¿Acaso te causo repulsión? ¿Me tienes asco?
—Esto no es lo que busco—contestó encendiendo nuevamente la estufa.
—Entonces, ¿Qué es?—cuestionó cayendo al suelo y empezando a llorar—. Dime…—suplicó en voz baja, levantó la vista y se encontró con las frías orbes del adulto—dime y yo te lo daré. Lo juró—y volvió la vista al suelo sintiéndose derrotado, demasiado cansado como para continuar luchando.
Claude se dirigió hasta él, se arrodilló y tomando su rostro de la barbilla contestó:
—Lo que yo quiero son sus lágrimas.
—¿Mis lágrimas?
Pero ya no hubo tiempo de una respuesta porque alguien tocó, apretando el timbre insistentemente y pegando a la puerta con suficiente fuerza como para derribarla.
—¡Claude, ábreme de una maldita vez!—gritaban con fuerza.
El mayor se puso de pie, reacomodó su ropa una vez más y sacudió el invisible polvo; él se limitó a limpiarse las lágrimas y ocultarse en un rincón oscuro de la sala.
—Sebastián, ¿qué hace aquí?—preguntó al observarlo junto a Ciel, ambos empapados por la tormenta que recién iniciaba y amenazaba con durar toda la noche.
CIEL
Al igual que días anteriores acudía puntualmente a la cita, con la misma formalidad que si se dirigiera a una reunión de negocios.
Alois le esperaba con esa estúpida sonrisa impresa en su rostro, aunque al parecer ese día no estaba del todo animado, incluso se mostraba triste.
Tal vez su novia le había dejado o discutido con algún amigo, se le pasaría con el tiempo.
Se despidió, aburrido del silencio, pero ligeramente animado gracias a la pregunta de Alois; nunca comprendía si ese muchacho hablaba en serio o bromeaba.
Volvió a casa, se encontró con Sebastián, el hombre se había vuelto parte de su vida. Quizás fuera la única persona adulta con la que no le molestaba conversar, era sarcástico y se burlaba de sus actitudes siempre que podía, sin embargo sentía que le veía y trataba como a un igual, a diferencia de ese idiota de Claude, su Psiquiatra quién insistía en tratarlo como un niño.
—¿Irá a la fiesta?
—No, aunque la mayoría de mis sirvientes estarán presentes. ¿Y tú?
—Por supuesto, la música sin importar su variante es un gran atractivo—y Sebastián sonrió mirando de soslayo el violín.
Ciel le observó y agregó con un dulce enfado.
—Vamos, dilo ya…
—¿Decir que, Mi Joven Señor?
Ciel le miró despectivamente, aunque él le llamaba de "tú", Sebastián continuaba refiriéndose hacia su persona con el pronombre de "usted", seguramente a modo de burla.
—No he mejorado nada en lo relacionado con el piano. Lo único que puedo tocar bien es el violín y mi madre no necesita de esto.
—¿Me permite decirle algo irrespetuoso, Señor?
—Adelante—accedió temeroso de arrepentirse más tarde.
—Ha planteado la posibilidad de que usted se niega a aprender por voluntad propia, no quiero suplir a su Padre más de lo necesario. Una acción inconsciente de su parte.
—Casi hablas como él—opinó tomando un libro de su amplio librero—. Ya debió haber llegado, te veré más tarde.
Dos veces a la semana Claude visitaba la Mansión interrumpiendo sus clases de piano, una sirvienta lo conducía a la Biblioteca donde se desarrollaban las sesiones y Ciel llegaba más tarde con un elegante retraso de cinco minutos, con la misma actitud caprichosa e infantil, firme en su decisión de no intercambiar más que un par de palabras. Durante las últimas semanas incluso había adquirido la costumbre de llevar un libro que leía durante la sesión.
Ciel estaba seguro de que ambos esperaban a que uno de los dos cediera, tarde o temprano tendría que suceder; afortunadamente él no pagaba las costosas sesiones, porque de otra manera habría perdido una pequeña fortuna. Lo lamentaba por su Tía.
—Ya son más de tres meses, Señor Phanthomhive. ¿Cuánto tiempo más piensa seguir usted con esa actitud?
Ciel apartó la vista de su libro y con una arrogancia no apta para un niño respondió:
—¿Cuánto tiempo piensa usted continuar viviendo? No tengo dudas de que un hombre con su talento y preparación podría estar en cualquier otro lugar. Así que respóndame usted y obtenga su respuesta guiado por la lógica.
—Comprendo. Estaré aquí el tiempo que sea necesario.
—Entonces tendrá que ser un largo, muy largo tiempo.
Y retomó la lectura de su libro. Ese día amenazaba con ser terriblemente normal.
Y así transcurrió hasta la noche.
Ciel leía el libro en voz alta para su madre. "La dama de las Camelias", una obra romántica de temática simple, pero escrito con una sencillez y dulzura que los ojos de su progenitora se iluminaban al escucharlo, lanzando comentarios respecto a la trama y los personajes, así como el contexto histórico.
En momentos como ese creía que su madre volvía a ser la misma. Había sido una ávida lectora y leído en voz alta para él desde antes de que naciera. Le debía su pasión por la lectura.
—"¡Que anhelos de vivir excitan la vida y la dicha ajenas, aun a los que la víspera, en medio de la soledad de su alma y de la oscuridad de su alcoba, deseaban morir pronto!"—leyó en voz alta, a unas páginas de terminar la novela, después planeaba irse a dormir.
Los ojos de su madre brillaron con una extraordinaria viveza, como si hubiera despertado de un profundo y largo sueño, estiró su mano y Ciel la tomó de la misma manera que en ocasiones anteriores, se disponía a besarla cuando Rachel lo tomó de la camisa y rodeándolo con los brazos le dio un profundo y fuerte abrazo.
—Ellos dijeron que nunca volverías, que lo mejor era no aferrarse a ninguna falsa esperanza, pero yo supe que continuabas vivo, volverías para reunirte con tú madre y tú padre, aunque sólo fuéramos fantasmas.
—Mamá…—dijo antes de ceder al llanto en el pecho de su progenitora, soportando el peso de la surrealista escena. Lo había imaginado tantas veces, de tantas formas diferentes qué no podía creer fuera cierto.
—¿Dónde esta tu padre, Ciel?—preguntó Rachel sin sentimiento en la voz
—¿Mi padre?...—debía responderle. Era una mujer fuerte, si había vuelto podría asumirlo. Más tarde lamentaría su respuesta y error.
—Esta muerto.
—Ciel…—le susurró ella al oído, buscó su rostro y depósito un beso sobre su nariz—. Vamos con papá, si…seremos felices. Juntos
Y en un acto que ni en sus más terribles pesadillas tenía lugar, Rachel tomó una lámpara e intentó golpearlo, falló…así que empezó a arrojarle objetos, para ese entonces él ya había escapado de sus brazos e intentaba asimilar la realidad.
—¡Mamá!—gritaba intentando devolverla a la realidad—. ¡Mamá!, ¡Mamá!, ¡Reacciona, por favor! ¡Te lo suplico!
—¡Cállate! Tú padre nos espera, debemos ir con él…No dolerá, lo juró, sólo un momento y todo habrá terminado. ¡Ven con mamá!—y abrió los brazos en un gesto de bondad maternal. Por un instante imaginó que se dirigía hasta sus brazos y ella lo protegía y cuidaba, todo el miedo, dolor y soledad se iban…
—Mamá…—susurró diluyendo la imagen dentro de su mente y salió de la recamará, puso el seguro y se sentó recargado contra la pared, escuchando sus gritos. Permaneció un par de segundos ahí, tapándose los oídos y concentrándose en la lluvia cayendo del techo en lugar de los desgarradores gritos de su madre. Finalmente decidió asumir el papel de adulto responsable qué le correspondía, se limpió la sangre que emanaba de una herida en la cabeza y se dirigió hasta donde estaba el único adulto en quién confiaba: Sebastián.
El resto de los sucesos sólo eran recuerdos difusos, perdidos en el momento en que creyó haber recuperado a su Madre, que ingenuo, continuaba siendo un niño…si creyera en los duendes, mounstros, fantasmas, demonios o Santa Claus no se sentiría menos estúpido.
SEBASTIÁN
Si, realmente estaba muriendo…había despedido a la chica sin otra explicación más complicada que "Este no es el momento", si hubiera alegado dolor de cabeza como cualquier otra mujer casada no se habría escuchado menos ridículo. La joven recogiendo su ropa a toda prisa, se había marchado entre susurros y quejas justificadas.
Creyó que no le afectaría, él médico había dicho lo habitual, no había esperanzas, el mal avanzaba con la misma determinación que una hormiga…era una mala analogía, pero no se le ocurría nada mejor. Tal vez había bebido demasiado alcohol.
Se asomó por la ventana, la lluvia comenzó a caer antes de lo previsto, pero en el centro del pueblo la fiesta seguramente continuaba, la gente no se desanimaría por un capricho de la naturaleza. Alguien corría hasta su casa, la pequeña figura tocó la puerta, él la abrió…en pijama y con el rostro bañado en sangre Ciel le explicó con precisión y exactitud la situación de su Madre, las lágrimas se difuminaban entre las gotas de lluvia.
Acudió a la Mansión donde consiguió someter tras mucho esfuerzo a la Madre de Ciel, esa mujer representaba un verdadero peligro, al grado de intentar matar a su propio hijo. Incluso un hombre como él con experiencia en el combate tuvo problemas para someterla sin causarle verdadero daño.
Finalmente consiguió atarla a la cama y decidió pedir ayuda a Claude, él era médico o al menos se había graduado alguna vez, sabría que hacer.
Y tal como imaginó así fue, Claude le aplicó unos tranquilizantes, llamó a uno de sus colegas quién le hizo una revisión exhaustiva y tras dejarla custodiada por enfermeras recomendó tras una primera evaluación internarla.
Ciel escuchó en silencio, asintió y se dejo curar las pocas heridas por las manos de Alois al que parecía conocer.
¿Cuántas sorpresas podían tenerse una noche?
Cuando todo terminó era ya muy tarde, casi amanecía y al igual que los asistentes de la fiesta volvían, ellos regresaron a sus camas.
Fue entonces cuando lo beso y el menor correspondió al gesto por un segundo antes de ser presa del pánico.
Al día siguiente fue a verlo para disculparse y renunciar a su trabajo, lo encontró con la sobriedad y arrogancia habitual, antes de que siquiera pudiera pronunciar un par de silabas, el menor se adelantó y expresó firmemente.
—Señor Sebastián Michaelis—le llamó por primera vez en mucho tiempo por su nombre completo—. Tengo una propuesta que hacerle.
CONTINUARÁ…
El capi 4 con una rapidez inusitada para mi, pero quiero terminar esto en dos semanas.
Si, bueno…cada vez nos metemos con temas más escabrosos, el próximo capi ahora si va para Claude y su "pasatiempo"…parte de la historia de Claude y Sebas saldrá a la vista y nos metemos con el shonen—ai, de una manera poco habitual para mi estilo.
MUCHISIMAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS!
Siempre los agradezco y animan a seguir escribiendo, tal vez no tan bien como debería. Aún así, muchas gracias.
Cualquier duda, comentario, queja, sugerencia, crítica será bien recibida.
Gracias por leer.
