— ¡Mira México! ¡Tengo aquí a mi amigo Prusia! ¡Es uno de mis mejores amigos!

— ¿Y qué hace aquí?— dice con desgano el menor mientras come un poco de pan.

— Ah, viene para conocer tu casa. Mira, ahí está.

El pequeño ve a lo lejos a un hombre alto, de cabellos albinos y sonrisa confiada, el cual se acerca a ellos y comienza a hablar, interrumpiendo el saludo de la joven nación para dar un discurso.

— ¡Yo soy el gran reino de Prusia! ¡Una nación única y poderosa! ¡Estas de suerte, niño, porque tienes la certeza de ver a un gran guerrero de fuerza inigualable! ¡Deleita tus pupilas mientras puedas! ¡Porque brillo mucho más que el sol y puedo cegar tu vista! ¡Este milagro no ocurre siempre! ¡Así que te doy permiso de que admires a mi grandioso yo!

— Lo único admirable de ti es tu grandiosa estupidez. — Le contesta Nueva España con toda la flojera del mundo.

España tiene que sostener a un furioso Prusia para que no mate a México, quien sigue comiendo pan muy agusto.


— ¿Tengo que hacer este viaje?

— ¡Anda! ¡Será divertido!

— No creo que sea divertido pasar meses contigo en un barco.

España no escuchó esto último. México mira un tanto triste cómo el barco en el que se encuentran se va alejando de la costa, se despide con su manita de sus amigos rubios. Jamás había dejado su hogar, y todo esto porque la jefa española quiere conocer a ''Nueva España'', nombre que por supuesto, detesta. Según su tutor es bueno que amplifique sus horizontes y demás ñoñerías, por su educación y todo eso. Sigue hundido en sus pensamientos hasta que alguien le carga bruscamente: unos piratas han invadido el barco.

— ¡Suéltame jijo del máis! ¿Qué te pasa? ¡Idiota!

En este momento se encuentra en manos del, que se podría decir, es el capitán, y nota, sorprendido, el ave verde que posa tranquila en su hombro.

— ¡Wow! ¡Es increíble que hayas podido dominar a este animal! Pero dime ¿Cómo le hiciste, perico?

— ¡Cómo te atreves! ¡Pedazo de imbécil! ¡Yo soy el capitán y merezco respeto! ¡Y sólo por eso te quedas sin comer!

— Que mamila.

— ¿Cómo?

— Aparte de tarado, sordo.

— Suficiente, me verás comer.

El pequeño mira a su alrededor y maldice por tanto "guardia" en el barco que realmente sirvió para nada. El pirata cruza de nuevo a su navío llevando consigo a México, para llegar al comedor lleno de comida suculenta, y eso se sabe por el puro aroma, aquel barbudo amarra al escuincle y le pone frente a él, por castigo a su insolencia, sin importarle que al mocoso se le cae la baba y le pide comida, empieza a comer como una bestia.

— Dame un poco, no seas gacho, ándale, yo no tengo la culpa que el perico te domine.

— No te daré ni un bocado.

— ¡Por favooooor! ¡Muero de hambre!

— Te lo mereces.

— ¡Toñito! ¡Qué bueno que ''vinistes'' por mí!— El infante finge alegría y también ver a alguien fuera del comedor.

— ¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde está quién?

El capitán, alarmado de que se encuentre un intruso, se levanta de su lugar y desenfunda su espada, lo que nunca sospechó, fue que su rehén ya se había liberado para ese entonces y cuando volteó ya no se encontró con comida alguna.

— ¿Pero qué carajos pasó?

— Estuvo buena tu comida, lástima que no te dejé.

— ¡Maldito mocoso!

El pirata intentó atrapar al niño, pero este le pegó en la cara con un plato. Y los guardias españoles, que ya se habían liberado, encuentran a México muy contento, sentado en el casi cadáver del pirata. España simplemente recoge a su colonia y regresan a su barco.


Ora les puse dos capítulos, por no haber actualizado (me quedé sin internet) Espero que les guste y se se la pasen suave. Portence bien, si se portan mal me invitan.