Reino de Sangre


Capítulo IV: La venganza de Vegeta


Todas las noches la soñaba. Todas las malditas noches soñaba que ella estaba en la sala del trono, quejándose del calor, abanicándose. Soñaba verla intentando subirse a su caballo, ese que le había mencionado una vez, que se llamaba Kinton. Soñaba que le acariciaba la mejilla, que lo miraba como si fuese lo mejor que hubiere visto en la vida.

Luego la soñaba sujetando su estómago, con una expresión de miedo. Veía su hermoso vestido color crema llenarse de sangre, hasta los pies, y caer desplomada. Temblando, escupiendo vino con sabor a hierro. Manchándose los labios de carmesí. Él la toma entre sus brazos, tendido en el suelo. Toma su mano y le grita cosas que ni él entiende. Ella lo mira con miedo, con miedo de morir, con miedo de dejarlo. Entonces su mano dejaba de temblar, su ceño se relajaba. Su rostro ya no siente.

Luego él se da cuenta de que ya no estaba. Que no quedaba de ella más que un cuerpo vacío y la culpa lo envenena. La culpa lo vuelve loco.

Entonces llora y la abraza con fuerza, y le hiere sentir como sus brazos se caen inertes, que no lo abraza. Y la siente contra su mejilla, perder de a poco la calidez. Pero no lo quiere creer y le suplica que se despierte, que vuelva a él. Que no lo deje. Pero Bulma ya no está.

Entonces él se despierta, sudando frío. A veces en el medio de la noche, y no vuelve a dormir.

Ya se había desquiciado y abierto la puerta a golpes, pero afuera lo esperaban más guardias de los que podía contar. Así que había desistido de escapar. Su padre lo tenía custodiado.

Tarble había entrado a conversar con él, pero no pudo sacarle muchas palabras. Vegeta le pidió que le devolvieran sus armas, la espada y la daga que cargaba escondida. Pero Tarble se negó, bajo órdenes de su padre.

Dos semanas lo tuvieron bajo custodia, hasta que su comportamiento se tranquilizó y dejó de parecer una amenaza. El Rey lo invitó a reunirse con él y su hermano para discutir la situación, pero al entrar en la habitación y encontrar a su padre ofreciéndole asiento, se sintió a punto de iniciar un cuestionario del que no deseaba formar parte.

—Iré al grano. Paragus asegura que tú te acostaste con esa muchacha, que Broly actuó en todo derecho por la traición que le causaron. Pero dijo perdonar a nuestra casa, no quiere meterse con nosotros.

—¿Perdonarnos? Ya te dije que era virgen, seguía siendo virgen hasta el día de su boda.

—Te creo, sé que dices la verdad. Tarble me ha convencido de eso. Pero hoy no importa si lo hiciste o no, no tengo necesidad de gastar recursos en una guerra. No me interesa que ellos hayan muerto, si cumplieron o no su palabra. Lo único que me importa es mi reino. Por eso te ordeno que te comportes, no vas a salir a buscar venganza por esa niña. No es nuestro problema.

Vegeta quería responderle cientos de improperios, pero eligió quedarse callado, apretando los dientes. Sabía con antelo que de hacerlo le volverían a reforzar la seguridad y eso era lo contrario a lo que estaba buscando. Así que no dijo nada, fingiéndose derrotado. Se cruzó de brazos y asintió sin ganas, esquivó la vista y su padre tomó asiento. El alivio que sintió al ver a su hijo acceder sin tanto miramiento como en otras ocasiones lo desarmó. Estaba listo para golpearlo si se negaba, estaba dispuesto a encerrarlo y tenerlo en cautiverio hasta que se calmara. A lo que no estaba dispuesto era a perder a su heredero a manos de Broly. No era necesario que ninguna vida saiyajin se perdiera en un enfrentamiento sin sentido.

Tarble, del otro lado de la habitación, miraba con atención cómo Vegeta se mordía la lengua. Había pasado tanto tiempo admirado de su hermano que era capaz de reconocer señales sutiles sobre su humor, casi le adivinaba el pensamiento. Sabía que Vegeta no se quedaría en paz. Sin embargo, no dijo nada, y la reunión prosiguió a todos los otros asuntos de la corona, que habían estado pasando por alto desde el incidente de la boda.

El rey eliminó la seguridad en la puerta del dormitorio del Príncipe, aunque por consejo de Tarble aumentó el número de guardias en los jardines. A pesar de todo Vegeta no parecía tener planes de escapar del castillo. Ciertamente estaba más callado de lo normal, pero podían atribuirlo al luto por el que seguramente estaba pasando. Se medía en extremo en las palabras que usaba y ya no se exaltaba tanto, como lo hacía antes. Tarble jamás lo había visto tan abstraído.

Un mes y medio había transcurrido sin ningún percance. El Rey estaba satisfecho, por supuesto. Su reino estaba a salvo junto con sus dos herederos. A él no le preocupaba tanto que Vegeta se hubiera vuelto más absorto en sus pensamientos, al menos no tanto como a su hermano. Aseguraba que luego de un debido tiempo él olvidaría lo ocurrido y asumiría sus deberes con más responsabilidad.

Esa noche, luego de terminar de cenar se disculpó y abandonó la mesa. Sólo quedaban Tarble y Vegeta, más una joven moza que llenaba sus copas de vino cuando estaban vacías. El más joven deseaba hablar con su hermano, con una honestidad que no podían escuchar nada más que sus oídos, así que luego de pedir a la moza que llenara sus copas por última vez, le solicitó que se retirara.

Vegeta arqueó una ceja y lo miró, del otro lado de mesa. Él lo veía fijo, aunque sumamente nervioso. El mayor ladeó una sonrisa y luego de dejar sus cubiertos sobre el plato, se apoyó sobre el respaldo de su silla y se cruzó de brazos.

—Adelante… —le dijo con diversión—. Di lo que tengas que decir.

Tarble no imaginó que le sería tan difícil hablarle a su propio hermano, pero lo era. Tragó saliva, miró su plato a medio terminar y luego lo miró a él. Incluso ahora que era su turno de liderar la conversación, Vegeta parecía estarle dando la oportunidad de hacerlo bien. La confianza que le brotaba por los poros era digna de envidiarse. Tarble muchas veces deseaba poder ser como él.

—¿Qué estás planeando? —le cuestionó sin flanquear el tono—. Sé que algo planeas, te conozco, no eres el de siempre. Te he visto mirar por la ventana, analizando. ¿Estás planeando cómo escaparte? Sabes que ese sería el peor error que pudieras cometer…

—¿Y este eres tú deteniéndome? —Apoyó sus codos sobre la mesa y se sonrió—. Si quieres hazme encerrar, sé que después de lo que pasó, Padre ya no confía en mí plenamente, ahora tú eres su pequeña mano derecha. Si se lo pides y fundamentas tus sospechas estoy seguro de que doblará la vigilancia. El único problema es que no les he dado motivos para hacerlo, ¿me viste mirando por la ventana? Qué descaro el mío… Seguro Padre se horrorizará al oírlo.

Detestaba admitirlo, pero las sospechas de Tarble no eran más que una mera corazonada. Vegeta se había comportado como nunca en ese último mes y no había razón suficiente para atiborrar de guardias la puerta de sus aposentos.

—Sé que quieres hacerlo, Vegeta, pero si logras llegar a Broly él te matará…

—¿Y es más digno? ¿quedarme aquí sentado, escuchando cómo ensucia mi nombre?

—¿Eso es lo que realmente te enfurece?, ¿que diga que tú deshonraste a esa muchacha o lo que hizo con ella el día de la boda?

—¡Silencio! —ordenó dando un golpe contra la mesa—, la próxima vez que siquiera se te ocurra mencionarla, será la última vez que puedas abrir la boca —Se levantó de su asiento y, sin mirarlo, se retiró.

Tarble se quedó en silencio, observando los restos sobre la mesa, miró las copas de vino y se sintió agotado. Estaba quizás tan cansado de seguir los pasos de su hermano, tan cansado de pensar en las consecuencias de sus actos. Por supuesto no iba a ir detrás de él, con la amenaza de romperle la mandíbula aún tan fresca. Dejó la servilleta de tela que cubría sus piernas sobre la mesa y caminó a paso lento hasta su alcoba.

Cuando se acostó sobre la cama se dio cuenta que estaba más cansado de lo normal. Por lo general leía un par de libros antes de dormir, pero esa noche apenas podía mantener los ojos abiertos. Recordó entonces la copa de vino de Vegeta, totalmente llena, e intentó pensar en el rostro de la joven moza, pero no creía haberla visto antes. Vegeta probablemente lo había drogado para escabullirse sin tanto problema. Lamentablemente, cuando se dio cuenta de su plan ya no podía levantarse de la cama. Ya se había quedado profundamente dormido.

Cuando finalmente pudo abrir los ojos ya no recordaba los últimos segundos de la noche anterior. La luz del sol iluminaba por completo la habitación, ni siquiera había cerrado las cortinas, y a juzgar por su posición ya había pasado la media mañana.

Se levantó algo confundido y salió de sus aposentos, cuando uno de los soldados del palacio se acercó a él con una noticia que lo hizo entrar en pánico.

—Tormenta ya no está en el establo —dijo y agregó que los demás corceles estaban en su sitio, que no había ninguna señal de que haya sido robado.

Antes de que el soldado terminara de hablar, Tarble se retiró apresurado a las habitaciones de Vegeta con la esperanza de que todo fuera un error.

La cama no parecía haber sido usada en toda la noche, de modo que, si se había escapado después de la cena ya tendría medio día de ventaja. Corrió a alertar a su padre, la espada de Vegeta y su daga no estaban. Al parecer había descifrado dónde las habían ocultado.

El Rey no tardó en poner a su caballeriza en marcha, a seguir los pasos de Vegeta. Pero a pesar de que Tarble le rogó que le permitiera ir con ellos, el Rey le ordenó permanecer en el castillo y cumplir con sus deberes hasta que ambos regresaran.

Tarble sintió en la voz de su padre un rastro de incertidumbre. Realmente no estaba seguro si Vegeta o él volverían al reino después de ir a por Broly y Paragus, por lo que no sacrificaría toda su dinastía. El joven príncipe vio cómo, casi una hora después, las caballerizas junto con el Rey se retiraban de la ciudad, portando los estandartes de Vegetasei.

Él estaba a cargo, y aunque se había estado diciendo que lo mejor era dejar el asunto como estaba, la fuga de Vegeta no le dejó más opción. Se giró a la habitación de su padre y tomó pluma y papel.


Tormenta galopaba a toda velocidad. No por nada era considerado el corcel más veloz del reino.

Un mes atrás había enviado un cuervo al Reino de Briefs, solicitando un combate entre él y Broly. Sabía muy bien que de llegar y enfrentarse a todos sus soldados antes de poder verlo a los ojos, no duraría mucho. Estaba en una clara desventaja, así que lo mejor era desafiarlo directamente. Esperaba con ansias que su pedido no fuera rechazado. Aunque también cabía la posibilidad de que, de ganar la batalla, Paragus decidiera matarlo. Pero sabía que igualmente valdría la pena luego de quitarle la vida a aquel desgraciado.

Si se le daba la oportunidad mataría a padre e hijo al mismo tiempo.

Apretaba la empuñadura de su espada con fuerza, estaba ansioso por finalmente vengar la horrorosa muerte de Bulma. Sentía tantas ansias por enfrentarlo que hizo pocas paradas, estaba seguro de que su padre estaría detrás de él y si se demoraba demasiado podían encontrarlo y detenerlo. Y si tenía que amenazar a su propio padre con el filo de su espada para continuar, lo haría.

Varios días pasaron cuando el cansancio lo vencía, y decidió descansar a un lado del camino, debajo de un sauce. Si se desplomaba de sueño no serviría para nada.

Dirigió a Tormenta a un claro donde ambos bebieron un poco de agua y luego se recostaron bajo las hojas del sauce. Vegeta apoyó la cabeza en el terciopelo negro del estómago de Tormenta. Lo miró de soslayo, el animal estaba tan vencido como él.

—Terminará dentro de poco —le dijo y miró al cielo estrellado.

Le vino a la mente el recuerdo del primer beso que le dio Bulma, montados sobre el lomo de aquel fiero y fiel animal. Recordó haberla acariciado debajo de un árbol como ese. Entonces vio en el suelo un pimpollo amarillo y se le escapó una media sonrisa. Ella tenía razón, esa flor florecía durante todo el año en sus tierras.

Luego de dormir un par de horas, Vegeta y Tormenta siguieron su camino. Él tenía hambre, tenía ansias, coraje, rabia, cansancio. Pero más que todo eso lo dominaba un deseo incontrolable de vengarse. Por momentos se imaginaba el modo en el que le había arrebatado la vida a Bulma, a sus padres, cómo había masacrado dentro de su hogar. Le enfurecía pensar que ya no volvería a ver su rostro sonrojado nunca más, le enloquecía pensar que, si se la hubiera llevado ese día, ella estaría viva.

Fue entonces cuando vio a lo lejos los banderizos color ocre y amarillo blandirse contra el viento. Al menos unos cuarenta soldados a caballo, y dirigiéndolos venía Paragus junto con Broly a su derecha.

Vegeta detuvo a Tormenta y esperó a que se acercaran. Al llegar observó con detenimiento la ropa de Paragus, mucho más fina de la que le vio alguna vez vestir. Broly se bajó inmediatamente de su caballo y se le acercó, hasta que Paragus lo detuvo.

—Príncipe Vegeta —lo saludó—, ¿está usted rechazando nuestra generosa oferta de paz? Es decir, ha arruinado por completo nuestra alianza con la casa Briefs, mi hijo se vio en la obligación de hacerlos pagar por su traición, como debió haberlo hecho contra su familia también. Pero hemos tenido la gracia de perdonarles la vida. ¿Está consciente de lo estúpido de esta decisión?

—Era tu plan desde un principio deshacerte de ellos, sólo que el energúmeno de tu hijo no pudo respetarlo y como el animal que es, los mató incluso antes de casarse. Nadie deshonró tu alianza. Qué descarado eres al seguir mintiendo al respecto. No hay nadie más conmigo, ¡lo único que quiero es a él! —exclamó señalando a Broly.

Él se sonrió y Vegeta notó que se veía diferente. Parecía, como de costumbre, estar en otro sitio metal, pero esta vez estaba divertido. Ya no tenía esa mirada ausente y fría, se divertía, se reía solo. Y lo miraba deleitado, anticipando una idea macabra de lo que pasaría allí.

—Y él te quiere a ti, Príncipe Vegeta. Él se ha comportado muy bien para que yo le permitiera enfrentarse a ti y dar esto por terminado. Cuando mi hijo gane este enfrentamiento te iras a tu reino y no volverás jamás.

Vegeta medio sonrió ante la exagerada confianza de Paragus. Él era el mejor espadachín del reino y se vociferaba en los restantes. Aunque le parecía sospechoso que contemplara la posibilidad de dejarlo ir, si perdiera, no le prestó atención y se bajó del lomo de Tormenta.

Mientras esperaba a que Broly se posicionara frente a él, tomó la empuñadura de su espada. El otro Príncipe camino con ansias hasta él, aun sonriendo. Su mirada ya no estaba perdida, sino fija en su objetivo, y en un instante, sin que Vegeta lo notara, ya se había abalanzado sobre él. Alzó el filo de su enorme espada por sobre su cabeza y en un abrir y cerrar de ojos, Vegeta desenvainó y se protegió con el acerco. El rechinido de las espadas entre sí lo hizo notar que había logrado escudarse. Tenía el sádico rostro de Broly a pocos centímetros de él y prácticamente podía sentir su respiración. La presión de su espada era brutal, con un poco más de fuerza estaba seguro de que podría rebanarle el rostro en la mitad. Una gota de sudor frío le recorrió desde la frente a la mejilla, no esperaba que fuera tan fuerte. En un instante, sintió como Broly, aprovechando su gran altura, apoyaba su pie derecho sobre su abdomen y con una amplia sonrisa lo empujaba varios metros hacia atrás. Antes de que Vegeta pudiera levantarse, vio la gigantesca figura de Broly aproximarse blandiendo su espada directo hasta su rostro. Rápidamente se giró sobre el suelo y la espada cortó su capa, rasgándola y dejando retazos repartidos en el suelo. Se hincó sobre una pierna y nuevamente el gigante blandió su espada sobre él, esta vez el filo hundió su armadura.

Vegeta no podía creer la agilidad con la que se movía a pesar de su peso y tamaño. Había subestimado a su enemigo y ahora se encontraba dudando si podría sobrevivir esa pelea o no.

A Broly no le faltaba la respiración, ni había sudado una gota. Lo miraba a unos metros, sosteniendo su enorme espada como si fuera una aguja, y luego de sonreír con diversión, la dejó caer al suelo. El estruendo del acero le sorprendió.

El Príncipe apretó con fuerza la empuñadura de su espada, Broly estaba retándolo a soltarla. Vegeta soltó su espada y empuñó sus enguantadas manos. Nuevamente Broly se lanzó hacia él, quien apenas podía sortear la serie de puñetazos. No fue hasta que se sintió desvanecer, cuando notó que Broly le había dado un certero golpe en el estómago. Tan profundo y doloroso que no pudo mantenerse de pie, no podía respirar. Cayó sobre su rodilla y recibió una patada en el rostro que lo envió al suelo, de espaldas.

De su cabellera brotó un trazo carmesí, que pasó sobre su ojo y luego a su mejilla. La luz del sol se ocultó detrás de la silueta macabra de Broly, que lo miraba triunfante. Sintió que lo tomaba del hombro y en un segundo le había arrancado la armadura.

El relinche de Tormenta se escuchó a unos metros, junto con su aguerrido trote. Vegeta se giró y vio a su negro corcel pararse en dos patas, preparado para defenderlo. Entonces alzó su mano para detenerlo cuando vio con horror como Broly alzaba su espada contra él, rebanando su cuello a la mitad.

Tormenta cayó al suelo, junto a Vegeta. Dividido en dos. La sangre que brotaba a borbotones manchó al Príncipe, quien quedo estático ante la horrorosa muerte de su compañero. Sus guantes blancos se tiñeron de rojo oscuro. Vegeta miró la punta de sus dedos, los cuales temblaban ante lo que acababa de ver. Los cerró en un puño y sus ojos comenzaron a arder. Una lágrima se manchó de la sangre de su frente.

—¡Desgraciado! ¡Maldito animal! —le gritó sin poderse levantar—. Peleas conmigo, bestia. ¡Conmigo!

Abrió los ojos por completo cuando vio cómo con una amplia sonrisa se disponía a introducir su espada en su abdomen.

—¡Broly! ¡Te dije que no lo mataras! —gritó Paragus y su hijo se quedó inmóvil. Su sonrisa se había borrado—. Córtale la mano derecha, es diestro. No podrá volver a combatir. Eso será suficiente castigo para este iluso y para su padre. Si lo matas, el Rey Vegeta nos declarará la guerra. ¡Córtale el brazo entero si quieres!

El gigante pensó con expresión de hastío y finalmente volvió a sonreír. Inmediatamente clavó la espada en el abdomen de Vegeta y se reclinó sobre ella, lo miró toser sangre y ver con pánico la enorme herida. Lo miró a los ojos y encontró una sádica perversión que jamás había visto antes, en ningún otro hombre. Broly era un desquiciado. Repentinamente, Paragus se acercó sobre su caballo y tomó por un brazo a su hijo.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —le gritó y luego de ver cómo su expresión cambiaba, retrocedió con cautela—. Ya has hecho suficiente. Debemos irnos…

Broly se giró a su espada y la tomó por la empuñadura, la revolvió en el interior de Vegeta y lo observó retorcerse de dolor, para luego retirarla y subirse a su caballo.

Vegeta permaneció inmóvil, mientras escuchaba las caballerizas retirarse. Estaba seguro de que había llegado el momento de su muerte, pero jamás había imaginado que sería por desangrarse en el medio de la nada. Miró nuevamente el cadáver de Tormenta. Quizás su padre y Tarble habían tenido la razón. Se había conducido a sí mismo a su muerte y sin darse cuenta, había implicado a Tormenta a ello.

Apoyó su mano sobre la herida y sintió cómo la sangre brotaba, abandonándolo.

Se preguntó si la vería a dónde fuera que se dirigiera ahora… Qué tonto había sido, se reprendió y soltó una sonrisa derrotada.


A su mamá no le gustaba que se alejara mucho de casa. Decía que había gente extraña en las ciudades y gente aún más extraña viajando entre ellas. Caminó con cuidado, cuando vio un cuerpo extraño moverse entre las malezas y un caballo empujándolo con el hocico. Se acercó en silencio, y cuando notó que era una persona salió corriendo, gritando por su padre.

Estuvo atento, mirando a su padre cargar aquella persona mientras el amigable animal los seguía de cerca. Su madre examinó sus heridas y luego de apoyar la mano sobre su frente, le dijo que tenía fiebre.

Gohan ofreció amablemente su cama para que la extraña se recuperara. Y la mantenía vigilada durante los días en los que permaneció dormida. Tenía el cabello largo y un golpe en la cabeza. Ellos creían que se había caído de su caballo, probablemente se había insolado.

—¿Crees que sea ella? —preguntó su madre a su padre, mientras observaban a la mujer.

—Dicen que fue asesinada…

—Pero ¿qué hay si no fue así? ¿Qué tal si logró escaparse? La gente dice que Paragus nos pedirá un mayor porcentaje de lo que cosechemos, apenas nos estamos reestableciendo, Goku. Si es ella, es la heredera del trono —Acarició con angustia su incipiente abdomen. Aún tenía pocos meses de embarazo, pero su bebé se desarrollaba con rapidez.

Su esposo apoyó la mano sobre su vientre. La acarició y le sonrió con seguridad.

—Nadie debe saber que está aquí —sentenció Milk.

—Vamos a protegerla.

Gohan escuchó con atención, aunque poco entendía sobre la conversación de sus padres. Ellos, especialmente su madre, se encargaban de no dejarle saber ciertas cosas. Sabía que había nacido después de una época de guerra, pero los detalles al respecto jamás le fueron revelados. Milk y Goku habían sobrevivido a duras penas, y él aún conservaba una vieja espada que uso en más de una ocasión para proteger a su familia y amigos.

Lo último que ella logró escuchar fueron gritos, gritos que se multiplicaban a cada paso que daba Kinton. Se giró a ver cómo se iniciaba un fuego y cómo una nube negra se esparcía por los alrededores del castillo. Pero estaba segura que si regresaba no tenía nada asegurado más que la muerte. Cerró los ojos con fuerza y agitó las riendas de su caballo hasta que ya no logró escuchar nada. Cabalgó sin detenerse cuando el viento se le vino en contra y su sobrero casi deja al descubierto su larga cabellera. Continuó debajo de la lluvia, empapada y hambrienta. Siguió hasta que el sol de la mañana la dejó sin aire y Kinton apenas caminaba.

Se recostó sobre el cuello de su caballo y acarició su pelaje dorado. Una lágrima se le escurrió, pero la limpió tan rápido como pudo. Se preguntaba si Vegeta estaría bien, si la ira que se había despertado en Broly lo habría alcanzado. Se preguntaba quiénes habrían logrado escapar del castillo cuando la tragedia se desató. Agradeció que su hermana estuviera en los últimos meses de su embarazo para la fecha de la boda y no pudiera viajar. Al menos sabía que Tights estaba a salvo junto con su familia. Fue cuando sintió que ya no podía sostenerse a sí misma que se fue al suelo.

Cuando abrió los ojos no encontró nada familiar. Temió que Paragus la haya encontrado y aunque había recuperado un poco de fuerzas, seguía cansada. Miró a los alrededores y se encontró en una pequeña vivienda de una sola habitación. Había una cama matrimonial y no muy lejos percibió la luz cálida de un fuego, acompañado del aroma de un puchero. Su abdomen rugió.

Milk, quien revolvía con una cuchara de madera la enorme hoya con la cena, se giró a verla y rápidamente se limpió las manos con su mandil. Se acercó a ella rápidamente y colocó la palma de su mano contra su frente.

La Princesa no se inmutó, aún estaba levemente confundida para cuando la humilde dama le dijo que ya no tenía fiebre.

—Gohan ha estado cambiando los paños durante varios días. Llegué a pensar que no iba a sobrevivir, pero es una mujer fuerte.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella y se dio cuenta lo difícil que era hablar. Colocó una mano sobre su garganta e inmediatamente Milk le ofreció un vaso de agua que ella bebió sin dudar.

—Mi nombre es Milk, mi esposo y mi hijo te encontraron a un lado del camino junto con tu caballo.

—¿Kinton está bien? —preguntó después de beber.

—Sólo tenía un poco de hambre… ¿Puedo saber tu nombre?

Bulma dudó sobre esa información. No estaba segura si de ahora en más debía inventarse un nombre nuevo y ocultarse el resto de su vida. ¿Qué pasaría si esa familia supiera quién era? ¿La entregarían a Paragus y Broly?

—No tengas miedo —dijo Milk al ver la incertidumbre en la mirada de la joven—. El caballo en el que venías es de raza pura… Eres una dama de alta cuna, ¿no es así? Te has vestido como una plebeya, pero olvidaste quitarte los anillos —Bulma miró sus manos con pavor, era cierto—. El camino por el cuál venías, es el camino al castillo. Eres la princesa Briefs…

Sin dudarlo se retiró las alhajas y las puso sobre el vientre de Milk, empujándolas con ambas manos.

—Te las daré, sólo no me entregues a ellos. ¡Te lo suplico! —gritó, y las lágrimas que había contenido hasta ese momento se desprendieron de su mirada—. ¡Quédate con el caballo! Me iré a dónde sea, pero por favor no me entregues.

Milk la miró con tristeza y le sonrió. Se preguntaba todos los horrores que se habrían visto dentro de los muros del castillo, y cuando sintió su miedo la tomó por los hombros.

—Tu padre fue el Rey más justo que tuvo nuestra nación. Hizo lo necesario para terminar con una guerra… Mi familia le debe mucho a la tuya. Mi hijo Gohan pudo gozar una época de paz que quizás nunca volvamos a ver con Paragus. Nosotros jamás te entregaríamos.

La princesa supo en las palabras de aquella mujer algo que no deseaba confirmar aún. Que su padre había muerto aquel día. Su cuerpo cedió una vez más y cayó a su regazo a llorar su pérdida. Milk acarició su cabello hasta que el cansancio la venció.


Sentía la sangre de Tormenta pegarse a su cuello, acompañado del intenso hedor a hierro que ambos emanaban. Miró al cielo y respiró profundo.

—Qué forma tan estúpida de morir —se dijo sonriendo.

Si tan sólo hubiera hecho caso, si tan sólo hubiera oído las advertencias. Lo único que lo consolaba era saber que Tarble sería un buen líder para su gente. No como él, que había caminado directo a la muerte.

Una brisa le rozó el rostro y una flor acarició su mejilla. Se giró a la derecha y vio las flores amarillas que había recogido Bulma, aquel día en que le pidió que se casara con él para apartarla de Broly.

No sabía que tenían flores de cala en esta región —la escuchó decirle y recordó el aroma de su piel— Son muy buenas para tratar heridas… —Miró con duda la flor y con dificultad cortó un ramo de ellas. Tal vez Bulma desde donde estuviera le estaba dando un consejo… Pero esa herida era tan profunda que dudaba que aquello lo pudiera ayudar. Sin embargo, colocó un ramo de flores amarillas sobre su abdomen y las manchó de su herida. De pronto ya no sentía tanto dolor.

Quizás era la muerte, se dijo. Quizás la muerte era más misericordiosa de lo que él creía y le permitiría morir sin tanto sufrimiento.

Estaba profundamente arrepentido de todo. De engañar a su hermano para escapar, de no saber quién era su enemigo al momento de enfrentarlo. De haber perdido a Tormenta en su torpeza. Pero ya todo había terminado.

Vegeta cerró los ojos y luego de un último suspiro, la mano que sostenía las flores cayó inerte al suelo.


Continuará.


N/A: No los olvidé. Sólo me absorbió la vida por unos días. Me costó mucho decidir si Tormenta moriría o no en este capítulo, lo tenía planeado desde un principio pero escribirlo fue difícil para mí. Aunque personalmente creo que era lo mejor para lo que queda de esta historia, será importante para el desarrollo.

Gracias a los que se animaron a dejar reviews, aunque sea porque se sintieron abandonados jaja ¡No lo hice! Espero que compartan conmigo lo que les va pareciendo esta historia. Gracias de nuevo y nos vemos en el próximo capítulo.