"Somos los afortunados que nunca fuimos oprimidos por un arma;
Somos las imitaciones de una rebelión. "
3
La noche interminable.
La voz de Milo no era más que un eco en medio de la melodía que conformaba el temblor de la tierra y el derrumbe de todo lo que había alrededor, pero Saga a duras penas pudo resistir el impulso acuciante de cubrirse los oídos. No podía imaginar cuánto dolor tendría que soportar una persona para que su voz desgarrara su cerebro al oírla, no podía siquiera comprender por el destino se empeñaría en hacer sufrir de esa manera a una persona, a una chica que ya había dado su vida dos veces antes por un mundo que no le daría las gracias. Pensó que incluso Milo, que tenía un destino mucho mayor que el del resto de ellos tendría su propio umbral de dolor y supuso que era ese, porque mira que esa chica se había metido en situaciones que la llevaron a acabar empapada de su propia sangre, pero esto era diferente, esto era cruel.
Recordó a Aioros decir que Milo lucía como si se estuviera quemando viva, que las llamas se adherían a su piel y la cubrían como si intentaran consumirla y aunque su piel no se deterioraba a causa de ellas, el dolor que expresaba era el mismo. Aioros la había visto en persona mientras sucedía y Saga estaba firmemente seguro que con oírla tendría suficiente para esta vida y todas las que le siguieran.
El violento movimiento de la tierra se detuvo al mismo tiempo que la voz de Milo dejó de oírse y Saga, que yacía de rodillas, buscó con la mirada a sus compañeros. DeathMask estaba al otro lado del parque, sosteniendo un pilar de luz que estaba a medio caer sobre algunos de los hombres que no habían despertado, Afrodita estaba sobre los escombros de lo que quedaron de los edificios que se quemaron, sosteniendo entre sus brazos al niñito con el que había aparecido. Camus estaba en el suelo, recostado sobre su lado derecho con toda la pinta de alguien que está muy adolorido y el general marino se inclinaba un poco sobre él y parecía hablarle, pero no logró escuchar lo que decía. Por lo poco que esperaba ver de dolor en el rostro del acuariano, Saga se sorprendió de escucharlo gruñir mientras sostenía con fuerza su abdomen, literalmente haciéndose una bola en su lugar e impidiendo al joven de cabellera verde ayudarle en lo que sea que estuvo a punto de hacer cuando extendió sus brazos hacia él.
—¿Qué le sucede al cubo de hielo? — murmuró DeathMask, acercándose a él tras dejar a un lado el pilar de luz eléctrica muy lejos del camino de las personas.
—No lo sé, creo que está herido—respondió de forma ausente, incorporándose y quitándose el polvo de la armadura.
—Actuó muy extraño hoy—replicó su compañero, mirando alrededor y encogiéndose de hombros—los bomberos y oficiales que no se esfumaron en el aire están despertando, será mejor que regresemos al Santuario e informemos de todo.
—Apoyo la moción con toda violencia—un impetuoso Afrodita pasó entre ambos, todavía cargando al niño en su brazo. Caminó a prisa hasta llegar donde Camus, y acto seguido, pateó la pantorrilla del onceavo guardián dos veces antes de voltearse hacia ellos e instarlos a acercarse.
Saga y DeathMask se miraron y luego se acercaron. El general marino refunfuñaba sobre regresar pronto mientras Afrodita le preguntaba cuál era la urgencia sabiendo que en el recinto sagrado había santos de oro, plata y bronce que podían arreglárselas solos, Camus estaba algo ocupado retorciéndose y ese detalle no le pasó desapercibido a Saga. Él sabía tan bien como todos que tenían suerte si el acuariano fruncía el ceño tres veces en un mes.
—¿Qué le sucede? —preguntó al general.
—¿Cómo voy a saberlo? Ya estaba así cuando llegué y salvé su pellejo de esa cosa—respondió su voz sonando engreída y altanera mientras sus ojos veían despectivos hacia Camus.
—Oye, amigo. Sabemos que has tenido un rato difícil, pero ¿puedes caminar? —preguntó DeathMask, poniéndose de cuclillas delante de su compañero y sacudiendo uno de sus hombros.
—Ni siquiera puede hablar—gruñó de nuevo el general, haciendo que Saga frunciera el ceño. Si no mal recordaba, ese jovencito fue alumno de Camus al igual que Hyoga.
—Se respetuoso con tu maestro—instó con voz grave y baja, deshaciendo con un solo movimiento la posición acurrucada en la que estaba el acuariano y pasando uno de sus brazos por sobre sus hombros. Se quejó un poco, pero sus ojos fuertemente cerrados permanecieron así incluso cuando comenzó a andar con él a cuestas.
El camino al Santuario fue hecho en silencio. La noche estaba tan tranquila que nadie sospecharía que tan solo unos minutos atrás habían enfrentado un incendio y un posterior terremoto. Muchas de las columnas estaban inclinadas o caídas y la entrada que debería ser cuidada por los espectros de Hades se hallaba desolada y abandonada. Frunciendo el ceño, apresuró el paso cuanto pudo sin incordiar a su compañero herido, preguntándose si no habría sufrido una fractura interna ya que no había sangre a la vista. Había intentado hablar con él una o dos veces, pero todo lo que consiguió por respuesta fue un atropellado murmullo sobre que algo le ardía. Él se mantuvo con un brazo cruzando su abdomen, como si quisiera cubrir la zona herida, y para cuando llegaron al inicio del recinto de los doce templos, Mu salió a recibirlos tomando el brazo libre de Camus para ayudar a cargarlo, más el onceavo santo no se dejó y Saga acabó por soltarlo cuando de la nada se dobló sobre sí mismo.
—¿Qué le sucede? —preguntó Mu, con las manos extendidas al frente y una expresión de angustia.
—No quiere decirnos— contestó Saga, volviéndose de nuevo hacia el muchacho para colocar otra vez su brazo sobre sus hombros—¿Camus, puedes decirnos qué te sucede?
—Es… esto… es… —farfulló, su voz baja sonando grave y desganada—Quema…
—¿Quema? —preguntó DeathMask con impaciencia tiñendo sus facciones—¿Esa cosa de allá te quemó?
—…Mi…lo… —farfulló otra vez antes de volver a inclinarse sobre sí mismo. Esta vez, ya no se movió, y aunque su cosmos era estable y no se sentía débil, Saga se llenó de preocupación.
—Debe estar preocupado por ella— murmuró Mu, mirando hacia arriba, donde el octavo templo se vislumbraba como si nada hubiese ocurrido. De hecho, no había daño aparente a la vista.
—Hay que llevarlo a su templo—decidió Saga, volviendo a reanudar su marcha.
Mu los acompañó, tomando parte del peso de Camus sobre sus hombros, el chico no se movía pero su respiración era pesada y sus brazos temblaban a la vez que sus manos se sacudían en ligeros espasmos. A partir de Tauro ya no había nadie en los templos siguientes y el camino fue rápido con la ayuda de su compañero de orden. El general marino los había abandonado apenas pisaron Aries, pasando el templo sin permiso y corriendo lejos de la vista de Saga. Afrodita iba mucho más adelante, llevando todavía al niño en su brazo y en algún punto entre Cáncer y Leo DeathMask murmuró sobre por qué rayos había traído al mocoso consigo. Saga no le prestó atención, él solo quería dejar a Camus en Acuario y luego bajar de nuevo hasta Escorpio y verificar a Milo.
Hacía una semana que no la veía y por lo poco que Hyoga de Cisne les decía acerca de lo que sucedía en el interior de Escorpio, solo llegaron a saber que ella aún estaba enojada con todos y no quería verlos ni oír de ellos y aunque Saga sabía que tendrían que esperar a que su furia pasara, todo lo que quería hacer era al menos comprobar si se encontraba bien. Podría soportar algunos insultos y sus golpes no dolían tanto, podía arreglárselas para esquivar sus Agujas Escarlatas, podría contra cualquier cosa que le lanzara; solo quería comprobar que estuviera bien. Sus gritos todavía hacían eco en su mente y se preguntó si su garganta estaría dañada, o si tendría fiebre, o alguna clase de dolencia.
Viéndolo de ese modo, esperaba que no estuviera consciente.
Cuando llegaron a la entrada de Escorpio, Saga pudo oír las voces susurrantes de Hyoga de Cisne, quien se encontraba frente a la puerta que llevaba a la residencia privada del templo. Acompañado de Shun de Andrómeda, hablaba en voz baja con el general marino Isaac. Por un momento, una mirada de preocupación se deslizó lejos del control emocional de ambos santos de bronce, pero se recompusieron rápidamente para erguirse y saludarlos con una pequeña reverencia que fue correspondida por un asentimiento de cabezas colectivo.
—Marín y Shaina están con Milo ahora, no nos permiten pasar—dijo Hyoga, cruzándose de brazos y viéndose como alguien que fue injustamente hecho a un lado.
—Eso está bien, nosotros no podemos tocar a Milo—respondió Mu, sonriendo mientras acomodaba el brazo de Camus sobre sus hombros—tu maestro parece estar herido, así que lo llevaremos para que descanse, pero no te preocupes, no parece que sea serio.
—Ayudaré a cargarlo y luego regresaremos aquí—agregó Saga, comenzando a andar nuevamente a la par de Mu—Quiero ver cómo está Milo.
—No creo que ella…—susurró Shun en voz baja, con su acostumbrado tono amable y medio tímido.
—Lo sé, pero no me importa—replicó Saga de inmediato.
Un quejido bajo provino de los labios sellados de Camus y él se removió, abriendo los ojos e inclinándose hacia la derecha. Por un momento, él se deslizó lejos de su agarre y DeathMask tuvo que apresurarse a agarrarlo para que no se fuera de bruces contra el piso.
—Estate quieto—pidió Saga, con cuanta amabilidad fue capaz de dar sin parecer forzado. Nunca había tratado demasiado con él y la verdad a veces se preguntaba por qué Milo lo consideraba como su mejor amigo a él y no a alguien como Aioria o Mu. Eran tan opuestos en todo que resultaba desconcertante.
—Quiero ir… quiero ir con ella—susurró el acuariano, extendiendo el brazo que Saga sostenía en su hombro hacia la puerta tras la cual estaba Milo.
—Oh, vamos. Ni siquiera puedes contigo mismo— gruñó DeathMask, con los brazos extendidos al frente para atraparlo en caso de ser necesario.
—Quizás debamos dejarlo descansar aquí—propuso Mu, mirando con pena a su compañero.
—No. Milo se molestará si tan solo damos un paso…
—Es su mejor amigo y está herido y para el caso, no sabemos si ella está consciente…
La discusión apenas iniciada fue interrumpida por las voces del interior de Escorpio, que sonaban como si Marín y Shaina estuviesen alteradas y luego, la voz de Milo volvió a alzarse en grito a la vez que el suelo comenzaba a temblar ligeramente y la edificación se sacudía. Lo que acabó por alterar a Saga no fue escuchar tan de cerca el dolor de Milo, o una nueva réplica del terremoto, sino que Camus comenzó a gritar y a retorcerse de dolor al mismo tiempo que ella. El agarre que tenían sobre él se deshizo y el acuariano cayó al suelo, donde volvió a agarrarse el abdomen con fuerza.
—Perdóname, compañero—susurró Saga antes de apuntarle con el dedo y dejar ir su cosmos acumulado para provocarle una ligera versión del Satán Imperial que lo noqueó al instante.
—Eso fue demasiado—la precaución en la voz de Mu sumado a las miradas heladas del general marino y los dos santos de bronce pusieron a prueba lo que quedaba de su paciencia.
Girándose hacia la puerta cerrada detrás de Hyoga, quien se hizo a un lado para dejarlo pasar, murmuró:
—¿Preferirías dejarlo sufrir como hicimos con Milo?
Sin esperar una respuesta, abrió la puerta y la cerró, escuchado murmurar a DeathMask que había razón en eso y que ya tuvieron suficiente de gritos por una noche. Las voces de Marín y Shaina venían desde la sala donde Milo solía recibirlos a todos, pero antes que pudiera dar un paso en esa dirección, la amazona de plata de Ofiuco se materializó en el umbral con una postura y presencia amenazante.
—No puedes pasar. Ella no desea verte.
—Shaina, déjalo. Milo ya está vestida—murmuró Marín desde adentro y la aludida no tuvo más remedio que hacerse a un lado ante el amable pedido de su compañera.
—¿Qué hicieron con ella? —preguntó Saga, repentinamente ansioso. Apresuró el paso sin esperar nuevamente la respuesta y se detuvo en seco al ver una gran mancha de sangre tiñendo el suelo de la sala. El aroma metálico hizo que su estómago se revolviera y desvió la mirada, sabiéndose incapaz de creer que esa sangre le pertenecía a Milo, esperando que hubiera un error y ella hubiera dañado sin querer a una de las amazonas de plata.
—La encontramos aquí, en el suelo—Marín vino desde la cocina, acarreando consigo un paño enorme y una cubeta mediana—Acabo de meterla a su cama. Procura que no te descubra y no tardes demasiado. Le pediré a Hyoga que baje su temperatura.
Saga avanzó en silencio hasta la habitación a la que varias veces en el pasado había acarreado a una dormida Milo de seis años en la madrugada luego de que ella se escabullera hasta Géminis buscándolo y acurrucándose a un lado de su cama. Y ahí estaba, ataviada con lo que supuso era un pijama casero compuesto por pantalones cortos y una camisa negra de mangas cortas que dejaba sus brazos expuestos, donde las líneas blancas brillaban de forma tenue anunciando los nombres de los dioses en una lengua que no podía siquiera imaginar cómo se pronunciaba o interpretaba. Profundamente dormida y con una extrema expresión de cansancio, Milo yacía acostada en la misma posición en la que había estado Camus, acurrucada en sí misma y con los brazos cruzados sobre su abdomen.
—Qué rayos…—susurró.
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En el momento en el que Mu soltó su agarre del brazo de Camus en una mullida cama de dos plazas, la armadura se desprendió de él y entre rayos de luz dorada volvió a su lugar en la caja de pandora. A su lado, DeathMask, quien había ayudado a cargarlo, suspiró y se rascó la barbilla mientras miraba con resentimiento al inconsciente santo de Acuario.
—Para ser tan delgado pesa mucho—se quejó, a la vez que realizaba un movimiento con los hombros que podría sugerir que le dolían los músculos, lo cual era ridículo.
Mu miró a su compañero con pena, sintiéndose mal por él. Camus era generalmente un hombre callado y serio, no demostraba sus emociones y en retrospectiva no recordaba haberlo visto nunca rogar por algo. La expresión de su rostro más allá de la obviedad del dolor que estaba sintiendo rogaba más por estar cerca de una persona que por conseguir alivio a su malestar físico. No podía creer que Saga considerara que traerlo hasta Acuario y dejarlo convalecer en soledad era una mejor opción que dejarlo junto a Milo. De verdad que no podía creerlo, aunque tampoco podía hacer nada. Podría ser ella siguiera enojada con todos, pero podía asegurar que su mal humor decaería si viera el estado en el que se encontraba su mejor amigo.
Mu sabía que el obvio amor entre esos dos era más fuerte que la situación, pero estaba solo en su parecer.
—Bueno, he cumplido con mi misión de ser humano moral y caritativo. Me voy a…—comenzó DeathMask, aunque con la mirada que Mu le lanzó, se silenció y tras un breve carraspeo, asintió y se deshizo de su armadura.
—Ayúdame a quitarle esa ropa. Está arruinada—murmuró Mu, quien sin esperar una reacción o acción de su compañero, llevó sus manos a la tela casi deshecha de la camiseta de Camus y la rompió.
El material cedió sin mucha resistencia y Mu lo dejó a un lado mientras seguía con sus zapatos de entrenamiento y sus pantalones. Se detuvo al escuchar una ahogada y aguda risa detrás y se volteó a ver a DeathMask, que tenía la cabeza metida en el armario del que algunas prendas asomaban.
—Dudo que esto le quede—susurró bajito, sacando su cabeza del armario y extendiendo hacia él una prenda algo pequeña, de color blanco y con simples tirantes finos que sostenían la tela de un claro corte femenino.
—No debemos inmiscuirnos en la vida privada de nuestros compañeros. Dame algo que sí le quede y deja de hurgar en sus cosas.
—Pero sé de alguien a quien podría quedarle bien—continuó sin prestarle atención—Cuando Shura dijo que Milo bajaba temprano en la mañana pensé que bromeaba. Me pregunto si…
—¡DeathMask! —exclamó, frunciendo el ceño a su compañero. Iba reprenderlo diciéndole acerca de lo malo que era suponer hechos que no podían probarse, pero su atención se desvió al costado izquierdo del acuariano—Mira esto.
—Qué rayos—susurró su compañero, inclinándose sobre el inconsciente peliturquesa y viéndolo desde varios ángulos.
Camus tenía la piel del lado izquierdo de su pecho totalmente teñida de un violáceo opaco que se intensificaba en algún punto entre sus costillas, donde algo parecido a una picadura se denotaba de un violeta casi negro más intenso. El punto, no demasiado grande y más bien como un lunar se extendía hacia arriba con líneas de un intenso violeta semejantes a venas infectadas de veneno. Frunciendo el ceño, Mu recordó que su amigo dijo que sentía quemazón, recordó también que en la misma frase él dijo el nombre de Milo.
—Eso se parece un poco a las Agujas Escarlatas—susurró.
—Nunca he visto que un ataque de Milo le haga esto a alguien—replicó DeathMask, alejándose un poco—Ni siquiera ella acabó con marcas como esas cuando se aplicó esa técnica a sí misma siendo una niña. Aioria, Camus, Saga y yo lo vimos. A esa edad fue francamente espantoso. Aioria creyó que se murió y se puso a llorar.
—¿Qué fue lo que pasó en el pueblo? El enemigo que enfrentaron pudo herirlo sin que se dieran cuenta.
—¿Crees que no notaría si tuviera mi costado izquierdo en esas condiciones? No lo vi sino hasta que estaba tirado en el suelo y el pececito verde tampoco sabe nada que pueda ser de ayuda. Pero él actuó extraño allá. Se lanzó directo al fuego pensando que vio a Milo entre las llamas.
—Hay que decírselo a Athena y al Patriarca, y preguntarle también a Milo si su técnica puede hacerle esto a alguien.
—Como si fuera a respondernos—murmuró DeathMask antes de tomar una camiseta al azar y arrojársela a Mu—vistamos al príncipe encantador y luego vayamos a descansar. Él no despertará sino hasta que se deshaga la técnica de Saga y necesitaré energías para tratar con Afrodita mañana. Se veía muy molesto.
Suspirando, Mu decidió que tenía razón. Pero él no se iría a descansar, se encontraba muy preocupado y alterado como para pensar en cerrar los ojos y conciliar el sueño. Hablaría con Athena al respecto y luego se quedaría a velar por su amigo. Y quizás con suerte al amanecer podría conseguir llegar lo más cerca que pudiera de Milo para preguntarle si tenía alguna idea de qué le sucedía a Camus, o si había alguien además de ella que supiera ejecutar su técnica.
Ella podría estar enojada con todo el mundo, pero había una cosa que era segura: Milo no les haría a ellos lo mismo que ellos le hicieron.
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Como dos horas después que llevaran a su maestro a Acuario, Hyoga abandonó Escorpio siendo consciente de su propio agotamiento y queriendo alejarse de la tensión que reinaba en el octavo templo. Había ayudado a paliar la fuerte fiebre de Milo utilizando su cosmos pero incluso aunque mantuvo su frío hielo deslizándose hacia ella por más de sesenta minutos, todo lo que consiguió fue que Saga de Géminis pusiera una mano sobre su hombro cuando estaba a punto de desmayarse y lo convenciera de irse alegando que ya habían tenido suficiente de personas cayendo inconscientes por una noche.
Así que ahí estaba ahora, subiendo los últimos escalones que llevaban al onceavo templo y viendo con curiosidad a las dos menudas figuras paseándose por la entrada. Se detuvo al identificar a Mika, el pequeño hermano recién descubierto de Milo. El niño era algo bajito para tener la edad que decía tener, quizás también algo delgado y de aspecto frágil pero no quería ni iba a subestimarlo bajo ninguna circunstancia, no sabiendo el hermano de quién era y lo mucho que había avanzado tras solo un mes y medio de entrenamiento. Los músculos tenues en sus brazos y la forma definida de sus piernas le daban un indicio del problema del cual Milo se encargó primeramente y las cicatrices en sus manos y los pies le hacían doblar los labios en una mueca al imaginar lo mucho que debieron dolerle los cortes, o golpes, o lo que sea a lo que fue expuesto. No podía visualizarlo en un entrenamiento con Milo sabiendo lo rápida y estricta que era; eso sin contar ese lado de su personalidad que se satisfacía con el sufrimiento ajeno.
Al oírlo, ambos, él y su amigo se voltearon a verlo. Zeth, actual alumno de su maestro le dedicó una reverencia pequeña a la vez que sus labios se extendían en una sonrisa mínimamente amable que no llegaba a los ojos ocultos tras gafas que le daban un aspecto adorable y a la vez estricto y lejano. En muchos sentidos ese niño era la imagen de su maestro y eso a veces perturbaba a Hyoga. Mika, que era la viva imagen de su hermana, se quedó en su lugar, estático e incómodo con sus ojos brillantes y tristes vagando nerviosos de un lado a otro.
Quizás solo se parecía a su hermana físicamente.
—¿Disfrutando de la agradable noche? —preguntó casi con parsimonia, preguntándose internamente cómo es que a su maestro no se le ocurrió la idea de enviar a esos niños a Asgard.
—Qué más da, con todo este alboroto no podría dormir, mucho menos leer—las mordaces palabras del nuevo aprendiz del santo de Acuario hicieron que Hyoga tuviera ganas de suspirar cuan profundo pudiera, pero se abstuvo. El chiquillo por su parte se cruzó de brazos y se sentó en el primer escalón, cerca de una columna.
—¿Qué hay de ti?
Mika guardó silencio, viendo a la espalda de su amigo y compañero de entrenamiento y luego más allá de él, donde el octavo templo se sumía en un triste silencio. Las orbes turquesas del joven aprendiz se llenaron de agua, pero con un rápido vaivén de hombros y un movimiento de cabeza casi imperceptible, el agua retrocedió de los ojos de Mika. De pronto, él adquirió una expresión demasiado seria y bien ensayada. Hyoga quiso tirar de sus mejillas.
—¿Cómo está mi hermana?
Hyoga dudó en responder. Por un momento, Mika no le miró, pero luego, cuando lo hizo, se vio atrapado por el intenso brillo de sus ojos. Inocente e infantil un instante y terriblemente maduro y tranquilo al siguiente, realmente tuvo dudas acerca de mentirle diciéndole que su hermana se encontraba segura y descansando. Técnicamente Milo estaba segura y durmiendo, pero no estaba en buen estado. Él mismo se había deteriorado mucho intentando estabilizar la temperatura de su superior sin lograrlo. El propio Camus no lo había logrado.
Quería ver a su maestro, estaba preocupado por él y por el mal estado en el que llegó a cuestas de Saga de Géminis y Mu de Aries. Según Isaac, el santo de Acuario se había quedado estático y sin hacer nada mientras una enorme bola de fuego era lanzada directo a su durísima cabeza; palabras de su amigo. No entendía por qué razón Isaac estaba actuando tan duro con casi todos, sabía que él no era así realmente y le preocupaba también sus cuchicheos sobre hablar con Milo de irse del Santuario. Casi podía imaginarse al general marino echando chorros de sangre por todo su cuerpo y a una Milo muy cabreada delante de él, regañándola por desmerecer de una manera tan audaz su rango y lealtad a Athena.
Le daba quizás demasiada curiosidad el saber cómo se desarrollaría un encuentro entre Isaac y Milo. Pensaba seriamente que su amigo actuaría como un completo caballero serio y formal, y estaba segurísimo de que Milo lo incitaría a perder los estribos para luego reprenderlo por su falta de auto control.
—¿No te gustaría verla? —soltó de repente, animado por esos pensamientos totalmente inapropiados para una situación como en la que estaban.
Mika abrió mucho los ojos y su boca formó una perfecta "O" casi como un reflejo, sin embargo, tras dejar vagar sus ojos nerviosamente por todas partes, volvió a recomponer su expresión seria y serena y Hyoga una vez más quiso tirar de sus mejillas. No comprendía por qué Milo lo rechazó en un primer momento.
¿Quién en su sano juicio podría resistirse a una cara como esa?
—Ellos no me dejarán verla—rezongó con un tono de voz que le hizo ver más joven de lo que realmente era, aunque eso también se debía a que era algo bajito para su edad—Ya he intentado de todo, pero ni siquiera me dejan ver a tu desabrido maestro.
Hyoga sintió que medio se ahogaba y medio reía a la vez al escuchar las polémicas declaraciones lanzadas sin el más mínimo respeto o recato, o valor por su propia vida. Un insulto hecho a un santo dorado de esa manera le hubiera valido una buena serie de azotes, pero creyó firmemente que ese niño no era para nada consciente. Acuclillándose para estar a su altura, puso una mirada cómplice y sonrió a la vez que decía, en voz muy baja:
—Yo puedo ayudarte.
—Aioros de Sagitario dijo eso ayer. Y no hizo nada.
—Afrodita de Piscis también se lo prometió antes de ayer—dijo Zeth, volteándose a verlos con una mirada casi de reproche. —Y hace media hora intentamos ver a mi maestro, pero el santo de Aries no nos lo permitió.
Mika inclinó los hombros en un claro gesto de derrota pero Hyoga no iba a dejar que se desanimara. Milo había estado algo tensa cuando habló con ella pero estaba seguro de que si despertaba y veía a una persona con la que no estaba enemistada, eso sin dudas la ayudaría a relajarse y de paso le haría un favor a un niño triste. O dos, dependiendo de lo que pudiera o no hacer por Zeth. Alzando su cosmos discretamente, reconoció el del mayor de los Géminis yendo cuesta abajo, probablemente a su templo. El de su hermano menor estaba lejos, en dirección al mar y no daba señales de acercarse o alejarse. Marín y Shaina se habían marchado al mismo tiempo que él entre murmullos sobre hombres que creían que podían meterse a la alcoba de una chica solo porque portaban armaduras doradas. El cosmos de Isaac todavía estaba a las afueras de Escorpio y decidió que él no sería un problema. Volteándose aún de rodillas, sonrió a Mika y dijo:
—Sube a mi espalda.
—Oye, no soy un niñito—replicó de inmediato, dando dos pasos atrás para alejarse.
—¿Quieres ver a tu hermana o no?
Mika no se hizo esperar ni por un segundo y pronto se vio rodeado por los delgados brazos del aprendiz. Aseguró sus piernas en el hueco de sus brazos y tras acumular una buena cantidad de cosmos en sus pies, saltó tan alto como pudo para llegar a una columna cercana a la parte trasera de Capricornio. Desde ahí se impulsó más allá del templo hasta que comenzó a perder altura y aterrizó de cuclillas en la entrada posterior de Sagitario. Un ruidito ahogado semejante a una arcada le hizo separarse por instinto de Mika, quien se tambaleó lejos agarrándose el estómago y palideciendo completamente.
—No eres bueno con las alturas, ¿verdad? —preguntó, cruzándose de brazos y sonriendo.
—Ni con la sangre—contestó el enano, dando una convulsión que sugería que podría seriamente vomitar en algún momento muy pronto.
Hyoga tiró de sus brazos rápidamente y lo guio a través del templo sabiendo que no tendría problemas con Aioros. Le hizo un gesto a Mika de ser silencioso mientras cruzaron el largo y penumbroso pasillo no oyó siquiera las pisadas del enano hermano de Milo y para cuando estuvieron en la parte delantera no pudo advertirle que se mantuviera en el anonimato sino hasta que estuvieran en la residencia privada de Escorpio, porque el niño literalmente se convirtió en un borrón que atravesó las escaleras en lo que él tardaba en recuperarse de su asombro.
Suspirando, elevó su cosmos hacia Isaac y le advirtió que no le impidiera el paso a un enano aparentemente psicótico que estaba dirigiéndose hacia allá. La respuesta que recibió fue el sobresalto que sufrió su amigo y luego una pregunta a través de su cosmos sobre qué era esa cosa borrosa que pasó corriendo a su lado como si Hades estuviese tras su madre.
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Llegar a Escorpio desde la entrada de Sagitario le llevó menos de lo que hubiera imaginado y en un santiamén había logrado atravesar a quien sea que estuviese haciendo guardia para ingresar. Todo estaba tal cual recordaba desde la última vez que estuvo en ese lugar. Los cómodos y mullidos sillones, la mesa baja donde hizo sus deberes alrededor de cuatro veces, la cocina en perfecto orden y el aire libre de cualquier mota de polvo. Pero había algo que no le gustaba del ambiente que se respiraba en el templo, algo pesado y que le instaba a contener el aliento, algo que parecía querer absorberlo. Su corazón latió muy rápido cuando dio cuenta que se trataba del aroma de la sangre, era apenas un rescoldo, pero Mika sintió que podría vomitar.
Con pasos certeros pero silenciosos y largos llegó a la habitación donde dormía su hermana. Nunca había entrado pero no dudó en abrirla sin preguntar o golpear. Había visto dos veces el fuego negro; en el templo principal y luego en Escorpio, ascendiendo hacia el cielo como una enorme hoguera que se llevaba las almas al cielo.
Mika creyó firmemente que su familia tenía mucha mala suerte con lo que al fuego les concernía.
El cuarto era amplio y penumbroso, con una sola ventana, un armario mediano, una puerta que probablemente conducía al baño y un escritorio contra la ventana. Simple y práctico, ordenado, pulcro, pero para nada aburrido. El escritorio estaba repleto de papeles y dos libros uno encima del otro en una punta, la silla frente al mueble de color marrón claro tenía una camiseta de mangas largas roja colgando de un extremo y una toalla en el otro, la puerta del armario estaba abierta y la ropa amontonada adentro parecía un mal lugar para cualquier claustrofóbico que lo viera. Había al menos tres pares de zapatos junto a la cama de una plaza pegada a la pared y las cortinas de la ventana estaban retraídas a los lados, solo que un lado estaba amarrado y el otro no.
Mika sintió su ojo izquierdo temblar a la vez que un nudo se instalaba en su garganta. El tick en su ojo se debía a su obsesión con el orden actuando en su cerebro, impulsando cada célula de su cuerpo a ordenar el poco desastre de la habitación, y el nudo se debía a su hermana.
La poderosa Milo de Escorpio a quien había admirado, anhelado y temido. Estaba acostada sobre su lado izquierdo, de cara hacia él con los brazos cruzados sobre su abdomen y las piernas colgando un poco por afuera de las mantas que la cubrían. Había también algo parecido a un rescoldo de cosmos dando vueltas. Podía reconocer uno como el de Hyoga de Cisne y otro más que por lo fuerte que se sentía debía pertenecer a un santo de oro, y otro dos más que estaban como a un nivel intermedio pero de cierta manera eran más suaves. Su sangre hirvió en sus mejillas al pensar en todos esos tipejos reunidos alrededor de su hermana en un espacio tan reducido cuando ella se encontraba indispuesta. Si él fuera el mayor les prohibiría dar un paso más allá del pasillo que conducía a la habitación de Milo.
Pero él no era el mayor y ni siquiera podía considerarse realmente como su hermano. Eran de padres diferentes y tuvieron vidas diferentes. Apenas si podía verla como algo más que un sueño hecho realidad, el sueño que su madre le inculcó desde muy pequeño.
Conviértete en alguien poderoso y digno, y podrás conocer a tu hermana, que es una amazona dorada y da su vida para proteger a los más débiles.
Casi podía escuchar la voz de su madre, ilusionada y triste al mismo tiempo.
El plan alguna vez había sido que Mika encontrara a su poderosa hermana mayor y le hablara de lo mal que estaba todo en su casa, que le hiciera saber que su madre era víctima de un esposo violento y autoritario.
El plan era huir a los brazos de Milo, lejos de ese hombre al que aprendió desde temprana edad a no considerar como un padre.
Pero ahora no tenía a su madre, ahora no tenía una casa a la cual regresar y su padre se había ido a quién sabe dónde para escapar de las acusaciones que Mika había lanzado hacia él en la policía del pueblo luego del incendio.
Suspirando y sintiéndose repentinamente desesperanzado, avanzó hacia la cama con los brazos pesándole el doble y los pies cansados y adoloridos. Se sentó al borde y miró un momento el rostro de su hermana, preguntándose brevemente si se molestaría mucho cuando despertara y lo viera ahí. A pesar de haberla escuchado gritar, a pesar de haber visto el fuego y haber sentido el horrible terremoto que sacudió los cimientos del templo, no temía que el mundo se acabara o que una nueva guerra santa estallara.
Lo único a lo que le temía desesperadamente era que alguien o algo lo alejara de la única familia que le quedaba.
Se impulsó a sí mismo hacia abajo y luego a un lado, deshaciéndose de sus zapatillas en el proceso y acurrucándose al lado de su hermana, pegado a ella y deleitándose en el extraño y agradable aroma a manzanas que desprendía su cabello. La calidez de su cuerpo lo invadió gradualmente y Mika no hizo ningún movimiento, limitándose simplemente a respirar con normalidad y disfrutar de la sensación de familiaridad y seguridad que su cercanía le proporcionaba. Sus ojos se cerraron por instinto, y si no estuviera tan cansado se hubiese preocupado por el movimiento que hizo su hermana, que al fin y al cabo fue solo deshacer su postura para rodearlo con sus brazos y atraerlo más cerca.
Se durmió con la sensación de haberla escuchado decir que estaba seguro a su lado.
Adelanto del próximo capítulo:
"—Se te ve preocupado—murmuró ella, sonriendo de lado y entrecerrando los ojos en un gesto de burla por demás cruel—Nunca te he visto preocupado. Quizás este sea verdaderamente el fin del mundo.
—Cierra la boca y vuelve a... tu piedra en medio del Pacífico a peinarte o algo así.
Thetis frunció el ceño y su gesto burlón se deshizo, formando una fea mueca que dejaba en evidencia a la bruja que ocultaba en el interior de su corazón. Kanon miró en dirección de los doce templos y suspiró. Tenía que volver y verificar que Milo estuviera bien, pero esa loca medio pez estaba jugueteándo con su paciencia, negándose a decirle por qué Poseidón estaba pensando en enviar una invitación a Athena que la diosa no podría rechazar."
Nota al margen: bueno, por hoy hasta aquí. Seré breve porque acabo de terminar de escribir el capítulo y mi cerebro literalmente tiene vida propia; les dice Hola.
Espero que disfruten el capítulo y de la aparición de Mika. Iba a hacerlo más largo pero como les dije... acabo de terminarlo y me duele cada centímetro del cráneo. xD Espero que pasen una buena semana y nos estaremos viendo pronto. ¡Saludos y bendiciones!
*Las estrofas utilizadas para este capítulo corresponden a la canción: Rebellion de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 30/04/16.
